Dom Dic 04, 2022
4 diciembre, 2022

Rusia bajo Putin

La restauración del capitalismo en la URSS en la década de 1980, llevada a cabo por el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), condujo, como había predicho Trotsky allá por la década de 1930, a una caída en el nivel de vida de la población equivalente a la de una guerra.Por Diego Russo

La caída de la producción industrial fue más pronunciada que la sufrida durante la Segunda Guerra Mundial. De ser la segunda potencia económica del mundo, de ser el primer país en enviar a un ser humano al espacio, pasó a ser un mero exportador de productos primarios, como gas, petróleo y minerales. La educación y la salud públicas, alguna vez motivo de orgullo nacional, fueron desmanteladas. Maestros, médicos y enfermeros pasaron a vivir en la miseria, aceptando pequeños sobornos para poder sobrevivir. Las conquistas sociales de la revolución fueron siendo eliminadas una a una. Al contrario de lo que decían los defensores del capitalismo –que la restauración capitalista traería riqueza y prosperidad– se confirmó, una vez más, el pronóstico de Trotsky de que la restauración capitalista solo traería reveses.

La restauración del capitalismo en la antigua URSS no fue resultado de la ocupación del país por las potencias imperialistas. La restauración del capitalismo se llevó a cabo de la mano del PCUS, con Gorbachov a la cabeza, y acompañada de discursos “socialistas y leninistas” para confundir a la opinión pública. Fue el estalinismo, y ningún otro, el que restauró el capitalismo. Pero la reacción de las masas no se hizo esperar frente a este crimen de la burocracia estalinista. La restauración capitalista comenzó en 1986, y en 1988 estalló una ola de luchas en varias regiones de la antigua URSS, que alcanzó su cúspide en 1989, unificando las demandas de las nacionalidades oprimidas con las demandas económicas de la clase trabajadora, con la clase obrera en la línea de frente. Este inmenso levantamiento popular derrocó primero el monopolio del poder del PCUS (art. 6 de la Constitución soviética), y continuó hasta el derrocamiento de este partido, responsable por la restauración capitalista. Este proceso condujo a la independencia de una serie de naciones, como Ucrania, Belarus, Moldavia, los países Bálticos (Lituania, Letonia y Estonia), los países del sur del Cáucaso (Azerbaiyán, Armenia y Georgia), los países de Asia Central (Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán). Un proceso que transcurrió junto con los levantamientos que derrocaron las dictaduras estalinistas en toda Europa del Este (Polonia, Rumanía, Hungría, Bulgaria, ex-Checoslovaquia, ex-Alemania del Este, ex-Yugoslavia, Albania), en un verdadero efecto dominó. Una revolución continental de hecho, solo comparable, por su extensión y resultados, a la ola de levantamientos que barrió al nazismo de Europa al final de la Segunda Guerra Mundial.

Una revolución que fue lo suficientemente fuerte como para derrocar a una decena de dictaduras de una sola vez, pero que no detuvo el proceso de restauración capitalista. Esto no es de extrañar, dado que la restauración la llevó a cabo el propio Partido Comunista, y cualquier oposición de izquierda a la dictadura estalinista había sido duramente reprimida a lo largo de más de medio siglo. Simplemente no había en la URSS y en Europa del Este una organización política con influencia en las masas y contraria a la restauración y las privatizaciones.

Tras el derrocamiento del régimen del PCUS, Boris Yeltsin, promovido por Gorbachov y también exdirigente del Partido Comunista, tomó el poder en Rusia, la mayor de las repúblicas de la antigua URSS. El gobierno de Yeltsin fue la cara del desastre económico resultante de la restauración capitalista. Un alcohólico, que representaba los intereses de la nueva burguesía comercial y bancaria surgida del saqueo de los años anteriores, rodeado de asesores vinculados los imperialismos estadounidense y europeos, y que entregaba el país a precio de banana.

En esos años, la inmensa ola de resistencia popular iniciada en 1988 derrotó el intento de golpe militar para restablecer la dictadura en 1991, y continuó en un proceso de luchas, huelgas y bloqueos de rutas hasta finales de la década de 1990, paralizando el gobierno de Yeltsin. Estas luchas desembocaron en la llamada “guerra ferroviaria” en 1998, en la que mineros de todo el país, con amplio apoyo de la población, bloquearon todos los ferrocarriles, exigiendo el pago de salarios atrasados. La lucha se extendió por todo el país, poniendo a la orden del día el Fuera Yeltsin y la destitución de todo el gobierno. Fueron más de diez años, de 1988 a 1999, de luchas heroicas e ininterrumpidas de la clase trabajadora rusa, con la clase obrera en primera línea, impidiendo cualquier estabilización de alguna alternativa capitalista.

En resumen, la burocracia estalinista, que había destruido físicamente el bolchevismo en la década de 1930, al no ser derrocada a tiempo por las masas, restauró el capitalismo en la década de 1980, convirtiéndose en la nueva burguesía del país. Y a continuación, las masas salieron a las calles a luchar contra las consecuencias sociales de la restauración, derribando la dictadura estalinista-burguesa e impidiendo, con la fuerza de su revuelta, la estabilización de un nuevo poder burgués. La historia hasta ahora ha confirmado las previsiones de Trotsky.

Pero esta es la mitad de la historia. Todavía hay una segunda mitad que, como marxistas, tenemos la obligación de explicar. Con el cambio de milenio, Putin llega al poder, indicado por Yeltsin. Y estos veintitantos años con Putin al frente de Rusia fueron diferentes de los años de Yeltsin.

Putin asume el poder en 1999

Putin estabiliza políticamente al país, interrumpe el proceso de autodeterminación de los pueblos que habitan el territorio de la antigua URSS, centraliza a la burguesía rusa, reafirma la influencia rusa sobre la mayoría de los países y pueblos que habían formado parte de la URSS y se establece como un actor importante en la geopolítica mundial. Desmantela el movimiento huelguístico y los sindicatos, e interrumpe la ola de huelgas en el país. Hay una relativa mejora en el nivel de vida de parte de la población rusa (hasta 2014), incluyendo mejoras en los servicios públicos, al menos en las grandes ciudades. En el apogeo de este período, la clase media rusa podía viajar al extranjero de vacaciones, comprar automóviles de marcas extranjeras en lugar de los antiguos Lada, sentirse como «verdaderos europeos».

Según la propaganda ideológica del régimen ruso, “Rusia, antes de arrodillarse, se levanta de nuevo”. Durante dos décadas, Putin contaba niveles muy altos de apoyo popular. Interviene activamente en Siria, Libia, Ucrania, Venezuela, Cáucaso, Belarus, Asia Central, etc. Anexa Crimea a Rusia y mantiene focos prorrusos dentro de las fronteras de varios otros países. Es un ídolo de la llamada “nueva derecha europea” y, al mismo tiempo, de parte de la izquierda latinoamericana, especialmente la de origen estalinista.

Es este proceso el que trataremos de explicar en este artículo. ¿Cómo se produjo este giro en la situación política en la transición del gobierno de Yeltsin al de Putin? ¿Cómo se convirtió una situación revolucionaria en reaccionaria? ¿De dónde procede la supuesta «fuerza» de Putin? ¿Cuál es el carácter de su gobierno y del régimen, y cuáles son las perspectivas para el país y las regiones cercanas?

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Petróleo, gas e inmigración masiva

Los analistas occidentales generalmente se remiten a una razón fundamental para explicar el éxito de Putin: los altos precios del gas y el petróleo en las últimas dos décadas. Y, de hecho, Rusia ocupa el segundo lugar en el mundo tanto en términos de producción como de exportación de estos combustibles fósiles. Y los precios se mantuvieron consistentemente altos hasta el comienzo de la crisis mundial, e incluso después de una fuerte caída, se vienen mantenido elevados en el último período. Esto hace posible generar un excedente importante para las arcas rusas.

Rusia es una de las principales abastecedoras de gas en Europa occidental

Esto, a su vez, permite mitigar algunos efectos de la restauración, como mantener una serie de servicios públicos que fueron destruidos en otros países donde se restauró el capitalismo, o tener un plan de privatizaciones más lento. Los altos ingresos petroleros acumulados por el Estado permiten bajos impuestos y el mantenimiento de los servicios públicos en niveles aceptables, lo que repercute en el nivel de vida de la población. No hay necesidad de recurrir a la salud y la educación privadas, aunque muchas veces es necesario pagar pequeños sobornos por los servicios. Las tarifas públicas, como las de agua, gas, calefacción y electricidad, han subido mucho de precio, pero aún se mantienen en niveles bajos en comparación con otros países. La gasolina también es más barata, a pesar de que viene aumentando su precio.

Se suma al boom del petróleo el crecimiento económico mundial, atrayendo inversiones extranjeras, lo que permitió también un crecimiento relativo de la economía rusa, haciendo uso extensivo de la mano de obra inmigrante barata de las antiguas repúblicas soviéticas, especialmente de Asia Central y del Cáucaso. Rusia se convirtió en este periodo en el tercer país que más inmigrantes recibió en el mundo, solo por detrás de EE.UU. y Alemania. Los tayikos, kirguises y uzbekos, así como ucranianos, bielorrusos y pueblos del Cáucaso, pasaron a constituir una parte importante y muy explotada de la clase obrera en Rusia. La decadencia económica de sus países obligaba a estos trabajadores a emigrar a Rusia para poder sustentar a sus familias. El alto precio del rublo hasta 2014, debido al boom petrolero, hizo que incluso con salarios bajos estos inmigrantes pudieran enviar parte de sus salarios a sus familias en sus países de origen. Las remesas de los inmigrantes en muchos casos fueron la principal fuente de fondos en algunos de estos países. A modo de comparación, los salarios en las fábricas y las obras de construcción en Rusia son hoy más bajos que los salarios en puestos equivalentes en China.

Pero estos elementos económicos son insuficientes para explicar todo el asunto. No es el petróleo ni la mano de obra inmigrante lo que explica los bajos salarios, la atomización de la sociedad, la ausencia de organizaciones obreras, el chovinismo ruso, las ideologías reaccionarias, etc. Después de todo, no todos los países que exportan petróleo y gas, o que reciben inmigrantes en masa, gozan de la estabilidad que tiene el régimen ruso. Para entender el tema, es necesario agregar a los factores económicos, también factores POLÍTICOS.

La guerra de Chechenia

Hubo un acontecimiento que marcó la transición del gobierno de Yeltsin al gobierno de Putin: la Segunda Guerra de Chechenia (1999). Durante y después de la disolución de la URSS, los movimientos nacionales reprimidos por décadas de estalinismo salieron a la luz en varias regiones de Rusia. El punto “más caliente” en este sentido fue el Cáucaso Norte, que engloba una serie de pueblos y regiones históricamente oprimidos, como Ingushetia, Daguestán, Kabardino-Balkaria y Chechenia, entre otros. La Federación Rusa tiene alrededor de 160 nacionalidades diferentes, oprimidas por la ampliamente mayoritaria nacionalidad rusa. Rusia con Yeltsin había sido derrotada en la Primera Guerra de Chechenia (1994), que entonces vivía como una región de hecho independiente. Y Daguestán iba por el mismo camino, lo que llevaría a la pérdida de toda la región del Cáucaso ruso, lo que a su vez podía servir como detonante de otros movimientos independentistas.

Guerra de Chechenia

Es en este momento que Yeltsin nombra a Putin (ex agente de la KGB y director de su sucesora, la FSB) como primer ministro y sucesor. Putin es nombrado en agosto de 1999 y ya en setiembre coordina las operaciones contra el movimiento nacional en Daguestán e inicia la Segunda Guerra de Chechenia. La guerra es brutal, la capital Grosniy es destruida por la artillería rusa, el movimiento nacional es masacrado, y un sector de la burguesía chechena, liderado por el clan Kadyrov, pacta con Putin para ocupar el poder, subordinado a Moscú, construyendo un régimen ultrarreaccionario y represor. Los atentados terroristas en territorio ruso preparan a la opinión pública para un apoyo masivo a las acciones militares de Putin en el Cáucaso. Existen serios indicios de que esos atentados fueron fabricados por el propio gobierno ruso (la FSB). Cumplen el papel que los atentados del 11 de setiembre jugarían para Bush un poco más tarde, dándole la oportunidad de ganarse a la opinión pública, restringir libertades democráticas, centralizar el Estado y emprender agresiones militares contra otros pueblos.

De esta forma, Putin y el régimen de la FSB ganan fuerza política, derrotan los movimientos independentistas y sindicales, construyen la ideología de que el país estaría de nuevo “levantándose de las rodillas”, y de una “reconstrucción del Imperio ruso”. Putin usa esta fuerza política para disciplinar y centralizar a la burguesía rusa a su alrededor, eliminando a descontentos, limpiando el espacio político de opositores y construyendo un régimen fuertemente bonapartista, donde todas las demás instituciones están subordinadas a Putin y a la poderosa FSB. Un régimen cuya tarea principal es impedir la autodeterminación de los pueblos bajo el control de Moscú y preservar el estatus de Rusia como una semicolonia privilegiada, que mantiene influencia (y ganancias) en países de la antigua URSS o próximos a ella. Por lo tanto, el régimen que encabeza Putin es un régimen estructuralmente reaccionario internamente y directamente contrarrevolucionario en relación con los procesos de independencia nacional en su área de influencia.

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El Frente Popular con el Partido Comunista en 1999 prepara la derrota

¿Cómo consiguió Putin realizar esta transición, de una gran ola de insatisfacción popular y luchas a la victoria en la Segunda Guerra de Chechenia y la construcción de su régimen bonapartista? ¿Cómo tuvo éxito donde Bush, con muchos más recursos, no pudo hacerlo? ¿Cómo, en el marco de una situación revolucionaria, con un gran ascenso de los trabajadores y de los pueblos oprimidos, la siniestra FSB pasó a ser la institución clave del régimen, por primera vez desde la muerte de Stalin? La clave para entender todo esto es el gobierno de Frente Popular de Primakov-Maslyukov, un frente entre la FSB y el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), que llega para salvar el pescuezo de Yeltsin y abrir camino a Putin.

En la inmensa ola de luchas contra Yeltsin, el Partido Comunista venía apareciendo como oposición al gobierno. Primakov, ex miembro del Consejo Presidencial de Gorbachov, exjefe de la KGB/FSB, ex miembro del PCUS, y por entonces sin partido, es elegido por Yeltsin, bajo presión del parlamento, como primer ministro. Encabeza así el nuevo gobierno, apoyado por el PCFR (y prácticamente todos los partidos, siendo un gobierno de unión nacional), con Maslyukov, del PCFR, como viceprimer ministro y también responsable de la cartera de Economía. De esta forma, la FSB vuelve al centro de poder de la mano del PCFR, para no salir nunca hasta hoy. El gobierno de Primakov-Maslyukov es visto entonces por las masas como una esperanza, como un gobierno que interrumpiría las privatizaciones, restauraría los servicios públicos, atendería las demandas de los huelguistas, etc.

Pero fue todo lo contrario. Al asumir el poder, Primakov declaró que no estaba preparando ninguna “venganza roja” ni detendría el curso de las reformas procapitalistas. Al contrario, aprovechando su popularidad, evitó la caída de Yeltsin, desmovilizó los procesos de luchas existentes, negoció un nuevo acuerdo de sumisión al FMI, realizó una maxidevaluación del rublo, aprobó una serie de reformas muy duras, que Yeltsin no había tenido fuerzas para implementar, como la reforma tributaria. La desmovilización y la decepción con el nuevo gobierno juegan claramente un papel desmoralizador. Después de diez años de luchas ininterrumpidas, de derrocar la dictadura estalinista, de impedir el intento de golpe de 1991, de llegar a las puertas del derrocamiento del gobierno de Yeltsin, los trabajadores de Rusia y los pueblos oprimidos se vieron sin alternativa, cansados ​​y desilusionados. Desilusionados con la democracia burguesa, con el capitalismo, con el estalinismo (identificado con el socialismo). Es en este pantano de cansancio y desilusión general con todo y con todos que empiezan a brotar las ideologías ultrarreaccionarias y chovinistas de reconstrucción del Imperio Ruso.

Es esta desmoralización la que permite entonces desmontar todos los procesos de luchas y huelgas, preparar la sucesión de Yeltsin y la provocación que prepara a la opinión pública para la nueva guerra contra Chechenia. Cumplido su nefasto papel (este gobierno dura solo ocho meses), Yeltsin destituye el gobierno de Primakov-Maslyukov y, en algunos meses, renuncia y entrega el poder a Putin, con todo el terreno ya allanado para su ofensiva contrarrevolucionaria. Primakov mantenía aún popularidad, siendo el favorito para las elecciones presidenciales de 2000. Pero a dos meses de las elecciones retira su candidatura, dejando espacio para la victoria electoral de Putin, que consolida así su poder. Como recompensa, Primakov se convierte en asesor de Putin y desempeña una serie de funciones en su gobierno hasta su muerte. Y el PCFR, por sus servicios prestados, es incorporado como parte del nuevo régimen, convirtiéndose en el principal partido de la llamada “oposición pro-Putin”.

Sin comprender esta otra traición del estalinismo, que abrió las puertas a Putin, no se puede entender la realidad rusa de hoy.

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Un punto de inflexión en la situación política

La victoria de Putin invierte la correlación de fuerzas abierta con la revolución de 1989-1991 que había derrocado la dictadura estalinista en el país, cerrando una etapa revolucionaria de diez años y abriendo a partir de ahí una etapa reaccionaria en Rusia, y directamente contrarrevolucionaria en el Cáucaso Norte, que se mantiene hasta el día de hoy. La nueva burguesía rusa bajo Yeltsin vivía una seria contradicción, ya que se enfrentaba a la tarea de completar la restauración del capitalismo en un país donde había un gran ascenso de las luchas obreras y populares. Una clase trabajadora que venía de la victoria de haber derrotado la dictadura estalinista responsable por la restauración del capitalismo, y conquistado una serie de libertades democráticas. Se organizaban sindicatos independientes, había efervescencia política, surgían nuevas agrupaciones políticas. La inmensa confusión ideológica en las masas (de asociar socialismo con estalinismo y democracia con capitalismo) estuvo acompañada de un poderoso proceso de autoorganización en defensa de sus demandas y por poderosas huelgas obreras. No era posible un plan serio de reestructuración capitalista en un país convulsionado. Nadie invertiría en un país en estas condiciones. Es por eso que China, donde el levantamiento contra el estalinismo había sido aplastado por la dictadura del Partido Comunista Chino, se convierte en el destino prioritario de las inversiones capitalistas, aunque esté dirigida por el PC chino. La burguesía rusa necesitaba ante todo “estabilidad”, para poder entonces reconstruir el orden burgués. Necesitaba sofocar los movimientos nacionales y el ascenso de los trabajadores en el país. Necesitaba de su propia masacre de la Plaza de la Paz Celestial (Tiananmen). Putin logra esto con la Segunda Guerra Chechena.

Putin se apoyó fuertemente en el notorio chovinismo ruso para consolidar a la población rusa a su alrededor, estancando los movimientos independentistas en el país, afirmando el control de Moscú sobre todo el territorio, e incluso sobre las ex repúblicas soviéticas. Construyó entonces un nuevo régimen, distinto del de Yeltsin. Un régimen fuertemente bonapartista, basado en la opresión nacional y la explotación de los pueblos y naciones no rusas y, al mismo tiempo, en la explotación del propio pueblo ruso, intoxicado de chovinismo. Es un régimen ultrarreaccionario, con la FSB/KGB como institución central, y que interviene en los países vecinos reprimiendo cualquier movimiento popular, afirmándose como un bastión regional de la contrarrevolución. Este papel contrarrevolucionario se hizo evidente frente a las revoluciones ucraniana, egipcia, siria, bielorrusa, kazaja, etc. Se expresa también en apoyo a regímenes directamente contrarrevolucionarios en el Cáucaso y Asia Central. E incluso en regiones distantes, como Cuba, Malí, Venezuela o Nicaragua, Putin se muestra siempre dispuesto a apoyar cualquier dictadura.

Al mismo tiempo, desde el punto de vista económico, es un régimen que se acomoda perfectamente al carácter semicolonial del Estado ruso, dependiente de capitales y tecnología extranjeros, que sufre una primarización de su economía, que se desindustrializa y se privatiza. Un país que se convierte cada vez más en un proveedor de petróleo, gas y minerales para las grandes potencias industriales, profundamente endeudado y dependiente, tecnológicamente atrasado, carcomido por la corrupción de una burguesía y burocracia del Estado totalmente dependientes, intermediarias del saqueo imperialista de Rusia y de los países vecinos.

La “oposición” a Putin

La ausencia de alternativas continúa hasta el día de hoy, siendo un componente importante de la estabilidad del gobierno de Putin. Después del partido de Putin, Rusia Unida, la segunda fuerza política sigue siendo el PCFR. Hace populismo contra algunas reformas (sin llegar a movilizarse de hecho, limitándose a pequeñas manifestaciones para marcar posición y aprovecharlas electoralmente), pero en lo fundamental defiende la política de Putin, especialmente en el plano internacional. El Partido Comunista ruso apoyó la anexión de Crimea, siendo más realista que el rey, “exigiendo” de Putin que reconozca las regiones bajo ocupación del Donetsk y Lugansk como Estados autónomos, abogando por la represión contra la revolución en Belarus y Kazajistán, etc. Está en contra de las manifestaciones democráticas en Rusia, como las manifestaciones contra el arresto del opositor liberal Navalniy, el año pasado. En la mente de la gente, si es para elegir entre Putin y una copia roja descolorida suya, es mejor quedarse con el original. Es un partido vinculado a la FSB, la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa y las FFAA. Profundamente chovinista y xenófobo. Se opone a algunas medidas aisladas de la política de Putin, pero no al gobierno en su conjunto y mucho menos al régimen. Es tratado sarcásticamente por el pueblo como la “oposición a favor”.

Por otro lado, hay una parte de la oposición liberal (no toda) que a veces actúa por fuera del régimen. Representa esa parte de la burguesía rifada en el reparto de los beneficios del poder. Tiene en Navalniy su principal figura en la actualidad. Está muy aislada y fue derrotada en las luchas del año pasado por la liberación de Navalniy, quien permanece en prisión. Su política es buscar espacios dentro del régimen, sufriendo en ese sentido sucesivas derrotas, porque el régimen no le abre brechas. Tiene una agenda democrática y anticorrupción, pero no va más allá de eso. Defiende las privatizaciones y la apertura de la economía del país a los capitales extranjeros. Pero como el propio Putin implementa en gran medida este programa, estos liberales casi no tienen un plan económico, y les resulta difícil diferenciarse de Putin en este aspecto. Empalman con el sentimiento democrático de un sector de la población, con más peso en la juventud y en las clases medias de las grandes ciudades, especialmente Moscú. Pero canalizan este sentimiento hacia adentro el régimen, llamando a participar en las elecciones controladas por Putin, y a votar por cualquier partido de oposición, especialmente en el Partido Comunista. Transforman así un voto que sería anti-Putin en un voto al régimen, del que forma parte el Partido Comunista, que se niega incluso a defender a Navalniy de la cárcel.

Por otro lado, estos liberales apoyan o guardan silencio sobre la política exterior chovinista del régimen. Navalniy dice claramente que no devolvería Crimea a Ucrania. Guarda silencio sobre la Guerra de Siria, y como mucho critica su costo económico. Los liberales son vistos como defensores de la era Yeltsin, de una “democracia” que no llenaba el estómago de nadie. Y como agentes de EE.UU. y la UE. En este sentido, su apoyo electoral es muy bajo, siendo más considerable en Moscú, pero aun así muy minoritario. No tienen ningún grado de organización junto a la clase obrera. Pero han dirigido lo que hubo de manifestaciones contra el gobierno en los últimos años. Y los trabajadores, como mínimo, conocen a Navalniy y escuchan lo que tiene para decir.

Entonces, el PCFR es el defensor del régimen dictatorial estalinista que restauró el capitalismo en la antigua URSS, además de, de hecho, apoyar a Putin al por mayor. Mientras, los liberales defienden el periodo de Yeltsin. Con tal oposición, Putin puede apoyarse fácilmente en el sentido común de que “mal con Putin, peor sin él”.

Y, después de todo, ¿Rusia está “recuperándose” con Putin? ¿Qué es Rusia hoy?

A pesar de la gran campaña mediática, de la que se hacen eco sectores de izquierda para mostrar a Putin como un nacionalista, antiimperialista, que se enfrenta al gobierno estadounidense y defiende y desarrolla su país, la realidad es bien distinta.

Rusia, a pesar de su política agresiva en relación con los procesos de lucha en los países limítrofes, no es un nuevo país imperialista ni va camino de serlo. Y mucho menos tiene algo de “soviético” o “socialista”. Con Putin, se profundizó la colonización del país. Rusia es hoy más dependiente de la exportación de productos primarios, como el gas y el petróleo, y de capitales y tecnologías extranjeros, que hace veinte años. En este período se privatizó, se cerraron industrias, hubo una entrada masiva de capitales extranjeros en la economía local, se primarizó la economía, hubo una caída brutal de las inversiones en ciencia, tecnología y educación. Y el país y sus empresas se endeudaron con la banca internacional en un nivel sin precedentes. Las grandes empresas rusas, como Gazprom, Rosneft, Sberbank, etc., todas tienen deudas con acreedores internacionales equivalentes al valor de sus activos. En la práctica, los acreedores occidentales son los verdaderos dueños de estas empresas. Las multinacionales están todas presentes en Rusia, ocupando en el mercado interno los espacios que antes ocupaban empresas nacionales.

La industria manufacturera pierde peso dentro del país, y los únicos sectores que crecen son los controlados por multinacionales extranjeras. El sector aeroespacial, otrora un orgullo nacional, se ha quedado rezagado en la competencia internacional por la falta de inversión y el atraso tecnológico, que impiden una verdadera renovación. Viven de la gloria y las inversiones pasadas. La única excepción a esta decadencia general de la industria es el llamado complejo industrial-militar, por ser un sector estratégico para el régimen, con grandes inversiones estatales. En este sentido puramente económico, el gobierno de Putin, a pesar de las diferencias en el sentido político, es una patética continuación del gobierno de Yeltsin. Rusia no solo sigue siendo un país semicolonial dependiente, sino que se vuelve cada vez más dependiente, año tras año.

Desfile militar rusoo

La crisis económica mundial golpeó duramente a Rusia, con la reducción de inversiones y, en particular, con la caída de los precios del petróleo. El presupuesto del país se volvió deficitario, la capacidad de inversión se redujo, lo que obligó al gobierno a una reforma en la previsión social muy impopular y a profundos cortes en los servicios sociales, lo que aumentó la insatisfacción social y anuncia nuevas y nuevas dificultades para Putin.

A pesar de la recuperación de los precios del petróleo, estos no volvieron al nivel de la década anterior. La crisis económica mundial no se encamina hacia ninguna solución en el corto y medio plazo y las inversiones extranjeras se han derrumbado. Las conquistas sobrevivientes se relativizan, hay un empeoramiento de los servicios, aumentos de las tarifas, y la nueva generación ya no recibe departamentos del Estado, y los precios de los inmuebles privados son inaccesibles para la mayoría de la población.

Hay descontento dentro de Rusia y entre los propios rusos con la situación económica, así como con las demandas democráticas y nacionales reprimidas. La ideología chovinista rusa sigue cumpliendo su papel al impedir que ese descontento se dirija contra Putin y su régimen, pero las contradicciones se acumulan.

Las revoluciones ucraniana y siria amenazan el régimen

La Revolución Ucraniana, que derroca en las calles al candidato a dictador Yanukovich, abre una profunda crisis en el gobierno de Putin. Fue su primera y mayor derrota política. Recordemos que la revolución ucraniana derroca al gobierno de Yanukovich incluso después de un acuerdo entre todas las fuerzas políticas de Ucrania, el gobierno de los Estados Unidos y Putin, destinado a mantener a Yanukovich en el poder durante ocho meses y entonces convocar a nuevas elecciones. La revolución no solo derroca el gobierno sino que destruye a la odiada policía política, la Berkut, cuyos miembros fueron perseguidos casa por casa. La revolución amenazó todo el régimen basado en la FSB, alimentó otros procesos de independencia nacional, poniendo en jaque toda la leyenda de la “reconstrucción del Imperio Ruso”. Es el primero y grandioso acto de un proceso revolucionario supranacional, dirigido, aunque no del todo conscientemente, contra el régimen de Putin. Putin se dio cuenta del riesgo y se vio obligado a contraatacar duramente, anexando Crimea, fomentando la guerra en el este de Ucrania y abriendo una serie de contradicciones, que no deseaba, con los imperialismos estadounidense y europeo.

Asimismo, la revolución siria amenazaba con expandir la Primavera Árabe al Cáucaso musulmán. De ahí la violencia de la reacción de Putin, que destruyó a Siria con sus bombardeos, salvando la dictadura de Assad a costa de cientos de miles de muertos.

Es la misma razón por la que Putin apoya directamente las dictaduras de Belarus y Kazajistán contra los levantamientos en estos países. Los movimientos nacionales en los países vecinos y dentro de Rusia se vienen fortaleciendo, en una ola que recorre Ucrania, Belarus, Kirguistán y ahora Kazajistán. Asimismo, en el Cáucaso crece la inestabilidad, como en la reciente guerra entre Armenia y Azerbaiyán, las fricciones entre Chechenia e Ingushetia o las escaramuzas en Asia Central en la frontera entre Kirguistán y Tayikistán.

Una derrota de Putin en Kazajistán, Belarus, Ucrania o el Cáucaso podría ser el catalizador de la insatisfacción popular reprimida, desenmascarando la ideología de un nuevo Imperio Ruso, poniendo fin al reinado de Putin y la FSB.

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Un régimen en contradicción con la correlación de fuerzas internacional

Desde un punto de vista geopolítico, el espacio de Putin se resume a aprovechar brechas entre los imperialismos. Putin maniobra con las contradicciones entre el imperialismo estadounidense y el europeo para negociar posiciones más ventajosas para sí. De aquí surgen las leyendas de un Putin antiimperialista, nacionalista, patriota que “enfrenta a los EE.UU.”. El auge de esta política tuvo lugar durante la Administración Bush y su “guerra contra el terror”, donde Putin jugaba con las contradicciones de Bush con Francia y Alemania, para ganar posiciones, convirtiéndose de hecho en cómplice de la guerra estadounidense en Afganistán, ofreciendo puestos de abastecimiento en territorio ruso, bases para la OTAN, así como equipamiento militar y personal técnico. Con Obama, que intentaba restablecer lazos con Europa, Putin tuvo más dificultades, y al final apoyó a Trump en las elecciones, con la esperanza de reactivar la “guerra contra el terror”, intento que fracasó. Hoy sigue jugando con estas contradicciones, como en el caso del gasoducto Nord Stream 2, donde hay conflictos de intereses entre EE.UU. y Alemania, o, en la que es su nueva carta, las contradicciones entre EE.UU. y China.

Por otro lado, ocupa un papel político en el escenario mundial desproporcionadamente superior a su importancia económica real, gracias a dos elementos heredados de la antigua URSS: un arsenal nuclear y FFAA comparables a las de los EE.UU., e influencia en toda la región de la antigua URSS. Estos dos elementos son un triunfo en las manos de la burguesía rusa, y al mismo tiempo, un punto de tensión permanente con el imperialismo mundial, y en especial con su brazo armado, la OTAN.

Lo que en teoría sería un gobierno fuerte también trae consigo un elemento de inestabilidad dentro del orden imperialista mundial. Desde las derrotas estadounidenses de Bush en las guerras de Irak y Afganistán, Estados Unidos, y con él el conjunto de los imperialismos, políticamente incapaces de emprender nuevas aventuras militares, ha optado por otras tácticas. En lugar de intentar derrotar con mano de hierro procesos de lucha o de independencia nacional, guerras o bombardeos, ha preferido, por su debilidad, desviar estos procesos por dentro de los regímenes democráticos, a través de elecciones, para esterilizarlos. Esto es lo que llamamos “reacción democrática”, es decir, mediante elecciones, estabilizar situaciones políticas convulsionadas. Cuando se produjo la Primavera Árabe, los imperialismos estadounidense y europeos, al no poder apoyar abiertamente a sus dictadores amigos, prefirieron desviar los levantamientos a través de procesos electorales, para tratar de reestabilizar estos países y mantener su influencia y sus buenos negocios.

Esta “flexibilidad táctica” del imperialismo no le sirve a Putin. Putin es un gobierno que surgió del aplastamiento por la fuerza de los movimientos nacionales caucásicos. No existe una táctica «democrática» posible cuando se trata de la independencia de regiones bajo influencia rusa. Cuando se produce la Revolución Ucraniana, que desemboca en nuevas elecciones en el país tras la caída del gobierno de Yanukovich, el resultado es inaceptable para Putin, ya que podría llevar a extender el proceso a Belarus y a la propia Rusia, amenazando su gobierno. Lo mismo con la Revolución Siria, donde una victoria podría reactivar los procesos independentistas en las regiones musulmanas de la Federación Rusa, especialmente en el Cáucaso. Por eso, mientras Estados Unidos jugaba con su carta “democrática”, a Putin no le quedaba más que la fuerza bruta. Esto abre una serie de diferencias y contradicciones entre EE. UU., la UE y Putin en cada una de estas regiones, a menudo colocándolos en campos opuestos, defendiendo gobiernos y regímenes militarmente enfrentados. En este sentido, Putin, que necesita cada vez más inversión extranjera en Rusia, se convierte en rehén de su propio régimen, incapaz de cualquier flexibilidad táctica. Es rehén de su imagen de “pulso firme”. La burguesía rusa quiere una integración cada vez mayor con el capital internacional, pero la situación geopolítica pone a Putin, en muchos casos, enfrentado con los gobiernos occidentales.

Estas contradicciones desembocaron a la anexión de Crimea en 2014, el fomento de la guerra en el este de Ucrania y el apoyo militar de Putin a la dictadura de Assad en Siria, lo que a su vez llevó a sanciones estadounidenses y europeas contra Rusia. Estas sanciones son un elemento adicional para agravar la situación económica de Rusia, ya que afectan especialmente el sector petrolero, que implora por nuevas inversiones extranjeras.

Putin necesita cada vez más de inversiones americanas y europeas y, al mismo tiempo, se ve obligado, por la propia dinámica de los procesos, a entrar en continuos conflictos con estos. Es un nudo que hoy no consigue desatar, y que tiende a agravarse en caso de nuevos procesos revolucionarios en su entorno. Lo cual no es improbable, ya que solo este último año vimos la revolución en Belarus, la guerra entre Armenia y Azerbaiyán, el levantamiento de Kirguistán, la insurrección kazaja, y ahora la tensión en la frontera con Ucrania.

Putin, con su política contrarrevolucionaria, de hecho interligó las revoluciones en el antiguo espacio soviético como una gran revolución multinacional contra su régimen. Como en 1989-1991, por lo que todo indica, la derrota de este bastión de la contrarrevolución exigirá esfuerzos concentrados de los trabajadores y pueblos de todas estas regiones contra su verdugo común.

Traducción: Natalia Estrada.

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