Frente al aumento del flagelo social y la destrucción del planeta causados por el modo de producción capitalista, la discusión sobre qué alternativa es posible a este sistema es cada vez más candente. La polarización “comunismo vs. capitalismo”, que marcó el siglo XX, se expresó en el conflicto entre Estados Unidos y la URSS y generalizó una idea de que los Partidos Comunistas, que representan la política del estalinismo por el mundo, serían la expresión del proyecto comunista.

Pasados 30 años de la disolución de la URSS, nos interesa discutir qué legado traen los actuales partidos comunistas que de alguna forma aún persisten, y en países como Chile y Portugal ocupan lugar destacado en las salidas políticas por dentro del sistema burgués.

Por: Joana Salay

Los PCs actuales no son la continuidad de la revolución rusa

Queremos, en primer lugar, afirmar que el estalinismo es lo opuesto al programa comunista. No desarrollaremos aquí el proceso de degeneración de la URSS, solo indicaremos que el estalinismo fue la expresión política de la burocracia en el Partido Comunista y en el Estado Soviético.

La derrota de la revolución china en 1925-1927, como consecuencia de la política traidora del aparato soviético, ya mostraba señales de que el estalinismo, que se fortalecía con la burocratización de la URSS, se transformaba en un aparato mundial contrarrevolucionario. La llegada de Hitler al poder en Alemania en 1933, que Trotsky identificó como la mayor derrota histórica de la clase obrera, ocurrió sin oposición activa del PC alemán y con la pasividad del estalinismo. Era, para Trotsky, el agotamiento de la III Internacional como alternativa política, y quedaba claro que el aparato estalinista no mantenía el legado de la revolución de octubre. La postura abiertamente contrarrevolucionaria de las fuerzas soviéticas en la Guerra Civil Española, vaticinaba la política de Trotsky: “todo nuestro trabajo anterior debe tomar como punto de partida el derrocamiento histórico de la Internacional Comunista Oficial”.

En el Programa de Transición, en 1938, Trotsky describía el avance programático de la corriente estalinista: “La Internacional Comunista siguió por el camino de la socialdemocracia en la época del capitalismo en descomposición, cuando no hay más lugar para reformas sociales sistemáticas ni para la elevación del nivel de vida de las masas, cuando la burguesía retoma siempre con la mano derecha el doble de lo que dio con la mano izquierda, cuando cada reivindicación seria del proletariado, e incluso cada reivindicación progresista de la pequeña burguesía, conducen inevitablemente más allá de los límites de la propiedad capitalista y del Estado burgués”.

Para oponer a aquellos que veían en el estalinismo la continuidad del bolchevismo, Trotsky planteaba por qué el estalinismo tuvo necesidad de aniquilar físicamente a toda la vieja guardia bolchevique para consolidar su poder. El último bolchevique se apoyaba en los millares de revolucionarios asesinados por la represión estalinista, que precisó cortar el hilo de continuidad de la revolución de octubre.

Aun después de Kruschov, un aparato estalinista al servicio de la contrarrevolución

“El llamado período de ‘desestalinización’, iniciado a partir del XX Congreso del PCUS, en el cual Nikita Kruschov presentó su famoso informe secreto que denunció los crímenes de Stalin, no significó una ruptura con la esencia del estalinismo: la coexistencia pacífica con el imperialismo, el abandono de la revolución mundial, la negación de la democracia obrera, la política internacional de colaboración de clases por medio de los frentes populares y, a partir de todo eso, las sistemáticas traiciones a todas las revoluciones que amenazasen sus intereses y sus acuerdos con la burguesía y el imperialismo. Por eso, denominamos ‘estalinistas’ a los gobiernos que sucedieron a Stalin, a pesar de sus denuncias contra Stalin”.[1] En síntesis, la esencia del estalinismo es una ruptura con los principales puntos programáticos que identifican el inicio de la Internacional Comunista: el internacionalismo proletario, la lucha por la destrucción del Estado burgués, y por el poder obrero como transición al socialismo.

Y por no haber habido una ruptura de contenido con el programa estalinista es que de estas corrientes oriundas del estalinismo no surgió ninguna oposición al proceso de restauración capitalista que se dio en la URSS, independientemente de las críticas que algunos puedan haber hecho sobre la falta de democracia interna. No hubo una oposición categórica al proyecto de restauración de Gorbachov, que luego de tornarse Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1985, comenzó la Perestroika y la Glasnost e introdujo cambios en la economía y en las relaciones internacionales, profundizando la restauración. La previsión de Trotsky se confirmó y la burocracia, convertida en el órgano de la burguesía mundial en el Estado obrero, destruyó las nuevas formas de propiedad y volvió a poner el país en el capitalismo. De las variantes del estalinismo, ninguna se opuso activamente a ese proceso de destrucción de las conquistas de la revolución rusa. El hecho es que, en la búsqueda por mantener su aparato burocrático, el estalinismo, como aparato mundial, con años de degeneración y colaboración de clases a la par con la coexistencia pacífica, se fue adaptando y se transformó directamente en un programa burgués, sin nunca dejar de ser estalinistas.

De distintas formas la socialdemocratización de los PCs, descrita por Trotsky, se fue demostrando. “A partir de finales de los años 1950, los PCs pasaron a ser campeones en apoyar gobiernos burgueses supuestamente progresistas en todos los continentes. En Italia, por ejemplo, defendieron el “compromiso histórico” entre el PC, el mayor partido comunista de occidente, y la Democracia Cristiana, el mayor partido burgués en Italia”[2]. Y aun cuando hasta la caída del muro el estalinismo se haya mantenido como un aparato mundial, a lo largo de los años fue generando dinámicas nacionales distintas, que se desarrollaban paralelamente junto a los intereses abiertos a partir de la consolidación de los PCs y sus burocracias en sus propios países. Y fue en ese proceso que el estalinismo sufrió diferentes crisis, expresadas principalmente en China y Yugoslavia; en Cuba; y en el eurocomunismo.

Eurocomunismo: “de sirvientes del Kremlin a sirvientes de su burguesía imperialista”

En julio de 1975, la tapa del periódico Mundo Obrero, del PC español, era categórica: “Socialismo en la democracia. Los clichés sectarios aíslan a la vanguardia”. En el interior del periódico dejaban claro el contenido del mensaje: “la defensa de la democracia, el camino para el socialismo, la paz y la cooperación mundial pasan por la alianza de los comunistas con los socialistas, socialdemócratas, católicos y otras fuerzas del progreso”.

Cabe resaltar que el momento era de grave inestabilidad en Europa. La revolución portuguesa aún no se había cerrado, los regímenes en Italia y en el Estado español temblaban, y el Partido Comunista Español planteaba como centro la defensa de la democracia en alianza con la socialdemocracia.

En aquel período, la socialdemocracia, que se había fortalecido en la reconstrucción de posguerra y con el período de construcción del Estado de Bienestar Social, estaba sufriendo un fuerte desgaste. El ascenso de mayo de 1968 y la Primavera de Praga, con la fuerte represión del Ejército Rojo, aumentaban el cuestionamiento a la burocracia soviética. El eurocomunismo aparece por eso como una diferenciación con el Kremlin, pero no en el sentido de defender la derrota de la burocracia soviética y la defensa del Estado obrero sino, sí, en la defensa de programas democráticos burgueses para sus países.

El eurocomunismo, lejos de haber sido una regeneración de los PCs, fue una adaptación a la burguesía imperialista nacional. De golpe quitaron del programa la defensa de la dictadura del proletariado, toda vez que de contenido ya no la defendían hacía décadas.

Enrico Berlinguer, Santiago Carrillo y Georges Marchais, padres del eurocomunismo, en Madrid 1977.

Tras el ascenso europeo de la década de 1970, los PCs en Portugal, Italia y el Estado español fueron decisivos para la reconstrucción de las instituciones burguesas y de la economía capitalista en sus respectivos países. Y fueron parte de las derrotas que fue sufriendo la clase trabajadora europea en las décadas de 1980 y 1990, con la pérdida de derechos, las privatizaciones y la austeridad: la destrucción del Estado de Bienestar Social y la implementación del neoliberalismo.

Una cuestión importante es que, aunque el PCP no haya adherido al eurocomunismo, habiéndose mantenido como parte de los “comunistas ortodoxos” hasta 1991, su adaptación al régimen burgués en Portugal se aceleró mucho con la revolución portuguesa. Con la derrota de la revolución, para la cual el PCP fue fundamental, formaron parte de la estabilización del régimen que permitió la entrada del país en la Unión Europea, siendo, a partir de su localización en el movimiento obrero, un sostén fundamental de la estabilidad que la burguesía buscaba.

De alguna forma, los partidos comunistas en Europa fueron adaptándose al régimen y al sistema y haciendo parte de los planes de ataques imperialistas a la clase trabajadora en el continente. El PCI adhiere a la concertación social en 1978 y el PCP en 1984. Los PCs fueron adaptándose y volviéndose sirvientes de sus propias burguesías imperialistas. Como burocracias, en un primer momento dependieron del Kremlin, y esta dependencia fue transitando hacia el mantenimiento del aparato que fueron construyendo en sus países (parlamento, asociaciones, sindicatos).

Con la caída del Muro, el aparato estalinista mundial, que ya venía desgastado, sufre el golpe final. Ocurre la debacle de varios PCs por el mundo, y, de aparato mundial, el estalinismo se transforma en diferentes burocracias nacionales, sirviendo a lo mismo: la estabilidad del régimen burgués a través de la conciliación de clases. Después de 1989, ningún PC defiende construir una sociedad sin clases.

Analizando el fenómeno del eurocomunismo y en polémica con Ernest Mandel, que veía en ese proceso un carácter progresivo, Nahuel Moreno apuntaba el riesgo de confundir el papel que los partidos podrían cumplir en las luchas económicas con el papel político que cumplían. Afirmaba que los PCS podrían, dentro de un cierto límite y a depender de la situación del movimiento obrero, ser presionados para volver a cumplir un papel en la lucha económica de la clase trabajadora, para poder mantener sus aparatos sindicales. Así fue por ejemplo en Italia, donde Refundación Comunista cumplió un importante papel en la reorganización sindical de la década de 1990, sin romper con la visión política de colaboración de clases del estalinismo. Por eso, nunca significaría un cambio en la esencia política de su programa, que sirve a la domesticación de la clase trabajadora.

Parecen sepultureros… ¡y lo son!

Como dijimos, las dinámicas de los procesos nacionales acabaron por imponerse y por determinar los rumbos de los distintos PCs en el mundo. En América Latina, por ejemplo, marcada por fuertes procesos revolucionarios entre las décadas de 1950 y 1970, “en nombre del frente con la burguesía, los PCs apoyaron a los gobiernos dichos progresistas, como el de João Goulart en el Brasil, en 1962-1963; y la Unidad Popular de Allende en Chile, entre 1970 y 1973. En nombre de esas alianzas, pasaron a defender la legalidad y el Estado, y llamaron a confiar en las fuerzas armadas dichas patrióticas. Con eso, desarmaron la resistencia a los golpes tanto en el Brasil como en Chile”[3].

Otras vertientes del estalinismo, como el maoísmo y el castrismo, comenzaron a surgir. Por caminos distintos, estas burocracias adoptaron la estrategia de la guerrilla, llevando incluso a la ruptura del PC chino con el Kremlin, que ganó la adhesión de millares de activistas por todo el mundo. No obstante, la política internacional de estas burocracias siempre fue de defensa de sectores progresistas de las burguesías nacionales.

El caso de Cuba es de destacar. Por los ataques del imperialismo y por la fuerza del propio proceso revolucionario cubano, la dirección cubana tuvo que avanzar hacia la ruptura con el capitalismo, a diferencia de lo que era su programa inicial. No obstante, en Cuba, los trabajadores nunca pudieron ejercer el poder, habiendo sido este centralizado siempre en manos de la burocracia castrista. Esta tuvo que aproximarse al estalinismo y adhirió a la doctrina del socialismo en un solo país, cumpliendo un papel regional de traba a la revolución. “Fidel Castro mostró eso apoyando la alianza de Allende con la burguesía en Chile y también cuando dijo a los sandinistas en la revolución de Nicaragua, en 1979, que no se debía expropiar a la burguesía, sino sí aliarse con ella. “Nicaragua no debería ser una nueva Cuba”, dijo[4]. Habiendo pasado también Cuba por la restauración del capitalismo de la mano de la burocracia y siendo hoy un régimen de dictadura capitalista.

Hilo de continuidad con la contrarrevolución

Hoy, en medio de una grave crisis del capitalismo, aparecen sectores estalinistas que adoptan distintos perfiles. Habiendo sido ofuscados por el crecimiento del neorreformismo en el mundo, como Podemos y Syriza, con la rápida crisis de esos proyectos, los estalinistas van intentando reubicarse. En Chile, que vivió un proceso revolucionario y una fuerte inestabilidad en el régimen, el PC aparece como una “alternativa” frente a parte de la vanguardia que luchó para cambiar los rumbos del país. Adoptaron una nueva forma, incorporando figuras públicas jóvenes e intentando pegarse a un sector de la vanguardia “feminista”. Una vertiente semejante es la reaparición de grupos estalinistas en el Brasil que comienzan a adoptar un perfil distinto, con jóvenes, actuando fuera de los sindicatos y priorizando las redes sociales, aunque defendiendo claramente la estrategia del socialismo real y el programa estalinista. Por otro lado, el PC portugués mantiene su monolitismo y control burocrático del movimiento sindical, negándose a adherir a las luchas democráticas como la lucha contra el racismo o la defensa de la eutanasia.

No obstante, independiente de las diferentes formas que asumen, de contenido todos los estalinistas en el mundo mantienen el método de abandono del criterio de clase para analizar los procesos políticos y defienden un supuesto campo progresivo, aunque eso signifique defender dictaduras ante el levantamiento del pueblo, como comienza a ocurrir en Cuba y en Angola. Están de manos dadas con dictaduras capitalistas donde nunca se llegó a expropiar a la burguesía, como las de Assad en Siria, Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua, José Lourenço en Angola. Pero también donde la restauración capitalista fue hecha con la burocracia en el poder, como la de Xi Jinping en China y la de Díaz-Canel en Cuba.

Y de una forma u otra acaban por servir a los proyectos de sectores de la burguesía en sus países. El PCP estuvo seis años sosteniendo un gobierno del PS que mantuvo todos los requisitos de austeridad de la Unión Europea. En Chile, el PC no solo participó del gobierno neoliberal de Bachelet como, ahora, después de la revolución, propone un programa por dentro del régimen y de la institucionalidad burguesa[5]. En el Brasil, el PCdoB compuso todos los gobiernos del PT, y ahora sufre una fuerte crisis con pérdida de dirigentes hacia los partidos tradicionalmente burgueses, como el PSB.

El hecho es que, tras 30 años de la disolución de la URSS, después de haber apoyado la restauración e intentado maquillar su programa estalinista, estos partidos mantienen la esencia programática que apuntamos arriba, sin siquiera defender la construcción de una sociedad sin clases. El legado que hoy cargan los PC por el mundo es el de un programa burgués y de ruptura con las enseñanzas de la Revolución Rusa.

Partidos comunistas

Parecen sepultureros… ¡y lo son! Alertaba Moreno frente a la capitulación de la dirección mayoritaria de la IV Internacional al proceso del eurocomunismo. Hoy, aún más que hace 50 años, eso está totalmente claro. No hay ningún ejemplo nacional que permita mostrar al estalinismo como una alternativa política y revolucionaria para la clase trabajadora. En cada país llevan las luchas hacia la conciliación, la concertación y la domesticación de la lucha de clases. Y muchas veces mantienen el método que marcó el legado estalinista: el burocratismo, las calumnias, el monolitismo, lo contrario de la defensa de una democracia obrera. Todo lo opuesto de lo que defendían los revolucionarios bolcheviques que dirigieron la primera revolución obrera de la historia.

Reafirmar la lucha por la dictadura del proletariado

Comenzamos este artículo con la constatación de que el capitalismo no nos ofrece alternativa. Destruye el planeta, a las personas, genera desigualdad, hambre y crisis social. La búsqueda por una alternativa a este sistema es más que necesaria y actual, es urgente.

«Los charlatanes de toda especie, según los cuales las condiciones históricas no estarían “maduras” para el socialismo, son solo producto de la ignorancia o de un engaño consciente. Las premisas objetivas de la revolución proletaria no están solamente maduras: ellas comienzan a pudrirse. Sin victoria de la revolución socialista en el próximo período histórico, toda la civilización humana está amenazada de ser conducida a una catástrofe. Todo depende del proletariado, o sea, antes que nada, de su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria.[6]

Es hora de reafirmar el legado y los principios que permitieron la conquista de un Estado obrero, apuntar como estrategia la lucha por la Dictadura del Proletariado, que nada tiene que ver con las dictaduras capitalistas, como en China y en Cuba, que utilizan el legado de la revolución para aplastar a la clase trabajadora y defender los intereses de la burguesía.

Es preciso defender la dictadura del proletariado, donde quien dicta es la clase trabajadora, que reprime a la burguesía para construir una sociedad sin explotación ni opresión, una sociedad social, ambiental y colectivamente sostenible: una sociedad socialista. Es preciso defender la dictadura del proletariado que se construyó sobre la base de los principios revolucionarios de movilización permanente de la clase trabajadora, democracia obrera e internacionalismo revolucionario. Que retoma los principios de los revolucionarios rusos y el legado del trotskismo como oposición al estalinismo. Esos son los principios que, de distintas formas de país a país, defendemos nosotros de la Liga Internacional de los Trabajadores.

[1] https://teoriaerevolucao.pstu.org.br/prologo-ao-livro-o-veredicto-da-historia-de-martin-hernandez/

[2] https://litci.org/pt/o-surgimento-e-o-papel-do-reformismo-stalinista-e-social-democrata-antes-e-depois-da-segunda-guerra/

[3] https://litci.org/pt/o-surgimento-e-o-papel-do-reformismo-stalinista-e-social-democrata-antes-e-depois-da-segunda-guerra/

[4] Ídem.

[5] https://www.vozdelostrabajadores.cl/sobre-el-resultado-de-las-primarias-y-la-continuidad-de-la-lucha-popular

[6] TROTSKY, León. Programa de Transición, 1938.

Traducción: Natalia Estrada.