Este mes se cumplen 100 años del nacimiento del Partido Comunista de China en un momento en que este país juega un papel cada vez más importante en el mundo. En China, los festejos han sido impresionantes. En el mundo, muchas corrientes de izquierda, e incluso burguesas, rinden homenaje a este presente y lo muestran como un triunfo del “socialismo”, a la vez que hablan de una absoluta continuidad de objetivos desde aquella lejana fundación. Por nuestra parte, consideramos que, detrás de las banderas rojas y la misma simbología, este partido actual representa lo opuesto de aquel que se fundó en Shanghái.  

Por Alejandro Iturbe

Para fundamentar esta posición, vamos a partir de un concepto: en la historia, muchas veces ha sucedido que una organización política, aunque mantenga su nombre, cambia de modo regresivo su carácter, su composición y su programa (su acción política) por el impacto de diferentes procesos políticos y sociales.

Fue lo que ocurrió, por ejemplo, con el partido bolchevique ruso que pasó de ser el partido obrero que, después de construirse durante años, dirigió la Revolución de Octubre (con Lenin como su dirigente y luego también con Trotsky) y, posteriormente, con la dirección de Stalin se transformó en el partido de la burocracia del Estado obrero y, décadas más tarde, restauró el capitalismo en Rusia[1].

O, entre otros movimientos similares, con el Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela que pasó de ser la expresión política de la lucha de los negros sudafricanos por su liberación (lucha por la que su líder estuvo largos años en prisión) a transformarse en el administrador y sostén del Estado burgués, luego de que el propio Mandela pactara la transición del fin del apartheid con la burguesía blanca y el imperialismo[2].

Con este criterio, consideramos que, en estos 100 años, debemos caracterizar la existencia de, por lo menos, tres organizaciones muy distintas bajo la denominación de Partido Comunista Chino: desde su fundación hasta las derrotas de Shanghái y Cantón (1928); el partido dirigido por Mao Zedong que encabeza la revolución de 1949 y construye el Estado obrero burocrático, y el que, luego de la muerte de este (1976), bajo la dirección de Deng Xiao Ping, restaura el capitalismo en el país e inicia el proceso que lleva a la China actual.

Primera etapa

El Partido Comunista de China fue fundado en Shanghái a inicios de julio de 1921, por un pequeño grupo de intelectuales y estudiantes, bajo la influencia de la Revolución Rusa, en el marco de una atención cada vez mayor de la Tercera Internacional hacia Oriente. En su Congreso de fundación participaron 12 delegados en representación de 50 miembros. La reunión eligió a Chen Duxiu como secretario general de un Comité Central que también integraban Zhang Guotao y Li Dazhao[3].

En pocos años, el partido pasó a tener algunos miles de miembros y un peso creciente en la incipiente clase trabajadora de las ciudades de Shanghái y Cantón (portuarios, trabajadores del transporte y de los almacenes de comercio). En ese contexto, la Tercera Internacional, ya dirigida por Stalin, sobrepasa la política de frente único antiimperialista con el Kuomintang (KMT, el partido de la burguesía nacional china), manteniendo su absoluta independencia organizativa (contenida en las Tesis de Oriente votadas en 1922), y orienta al joven PCCh a entrar en el KMT y someterse a su disciplina[4].

Esta orientación acabaría siendo trágica. Luego de la muerte de su fundador (Sun Yat-sen), su sucesor en el KMT, el general Chiang Kai-shek y su ejército comienzan a atacar de modo creciente a los comunistas y, en 1927, los expulsan del KMT y provocan las masacres de Shanghái y Cantón, con miles de muertos. Los comunistas sobrevivientes forman el Ejército Rojo de Trabajadores y Campesinos de China, y el joven Mao Zedong es nombrado su comandante.

El ascenso de Mao 

Los núcleos urbanos del PCCh habían sido prácticamente destruidos. Bajo la fuerte presión del Ejército de Chiang, las tropas comandadas por Mao se ven obligadas de modo permanente a huir, primero hacia el este y luego hacia el norte del país, en lo que sería conocido como la “Larga Marcha”. Poco después, por propuesta de la III Internacional ya burocratizada, Mao es nombrado secretario del partido desplazando a Chen que, poco después sería expulsado de la organización. En ese proceso, Chen adhirió a la Oposición de Izquierda Internacional encabezada por León Trotsky.

La política impulsada por Mao era, de contenido, una táctica esencialmente defensiva, válida y ajustada a las circunstancias. Luego de las masacres de los obreros de Shanghái y Cantón (que incluyó a miles de militantes comunistas), los sobrevivientes (entre ellos Mao) no tuvieron otra alternativa que huir hacia las zonas rurales donde había millones de campesinos pobres. Ahí comenzaron a reconstruir el Partido Comunista y a construir una organización armada. Si los desalojaban de una región, iban hacia otra, y, más fortalecidos, repetían el proceso (la famosa “Larga Marcha”).

Sin embargo, Mao hizo “de necesidad virtud” y transformó esta táctica en teoría y estrategia: la base social de la revolución era de modo permanente el campesinado pobre, el método de lucha era la “guerra popular prolongada” y el proceso iba a ir “desde el campo a la ciudad”[5].

Para completar la concepción maoísta es necesario agregar dos cuestiones muy importantes. La primera es que la “guerra popular prolongada” estaba al servicio de concretar una alianza social y política llamada “bloque de las cuatro clases”: proletariado, campesinado, pequeña burguesía urbana, y burguesía “nacional democrática”; es decir, una variante de la teoría estalinista de la alianza de clases. La segunda es que la fusión del partido con el ejército lo llevaba a imponer a los militantes la misma disciplina vertical propia e imprescindible de la organización armada, es decir, totalmente burocrática y sin ningún derecho de debate democrático.

En otras palabras, con Mao no solo cambia la dirección del partido sino también hay un cambio muy profundo de su carácter: deja de ser un partido de base obrera para pasar a serlo de base campesina, se construye como organización armada verticalmente disciplinada y, con ello, llega a una ausencia total de democracia interna. Como una expresión de ello, lleva al extremo el “culto a la personalidad” de Mao (algo que ya había ocurrido con Stalin en la Unión Soviética burocratizada).

El Estado obrero burocratizado

La “Larga Marcha” expresaba una guerra civil móvil entre el ejército burgués del general Chiang Kai-shek y las fuerzas comunistas de base campesina. Esa guerra civil tuvo una tregua de hecho a partir de la invasión japonesa (1937), cuando ambos sectores se concentraron en combatir al invasor.

Luego de derrotado el ejército japonés (1945), se reanudó el conflicto interno. Finalmente, en octubre de 1949, el ejército campesino, encabezado por Mao, obtiene el triunfo y toma el poder. Fue una gran revolución triunfante que luego daría origen a un nuevo Estado obrero y a una economía de transición al socialismo en el país más poblado de la Tierra. Por eso, lo consideramos uno de los procesos de la lucha de clases más importantes del siglo XX[6].

Podemos hablar de un nuevo cambio del carácter del PCCh que pasó de ser la dirección burocrática de una gran lucha a ser la dirección burocrática de un Estado obrero. Sin embargo, hemos optado por considerarlo un estadio dentro lo que hemos denominado “etapa maoísta”.

Desde el inicio, fue un Estado obrero burocratizado, dominado por el régimen dictatorial del Partido Comunista estalinista y su cúpula. Dentro de él, Mao jugaba el papel de “árbitro supremo” entre las distintas fracciones del partido. Era un régimen político sin ninguna libertad democrática real para los trabajadores. Durante quince años, el maoísmo fue parte del aparato estalinista mundial, hegemonizado por la burocracia de la URSS. Pero, en la década de 1960 se produce una ruptura entre ambos sectores, y el maoísmo (manteniendo su matriz estalinista) pasó a construir su propio aparato político mundial, a partir de rupturas de los PC pro Moscú.

La economía planificada centralmente dio frutos muy importantes como haber acabado con el hambre y con las enfermedades fruto de la pobreza crónica. También hubo avances muy grandes en educación, la infraestructura de servicios y comunicaciones mejoró notablemente, y además se inició un proceso incipiente de industrialización. Pero estos avances partían de una base atrasadísima (que seguía siendo esencialmente agraria) y, al mismo tiempo, chocaban con dos obstáculos que les ponían límites infranqueables. El primero fue la concepción estalinista (adoptada por el maoísmo) de que era posible construir el “socialismo en un solo país”. Una idea que ya Marx (en el siglo XIX) había combatido y que, en un país tan atrasado como China, resultaba aún más imposible.

El segundo obstáculo era que la economía era planificada centralmente, pero de modo totalmente burocrático y arbitrario por la cúpula del PCCh que, en muchas ocasiones, planteaba objetivos delirantes. Así ocurrió durante el llamado Gran Salto Adelante (1958-1961) donde se impulsó la creación de un millón de “mini-acerías” en las granjas campesinas: el metal obtenido era de pésima calidad y prácticamente inservible, lo que significó una gran pérdida de esfuerzo, trabajo y materiales. O con la “colectivización forzada” del campo (realizada en esos mismos años según el modelo estalinista ruso de los años 30) que provocó millones de muertes por hambre.

Como consecuencia de estas profundas contradicciones, la economía planificada sufría grandes oscilaciones, y el aparato burocrático chino y su cúpula fueron siempre muy inestables, con choques y desplazamientos permanentes entre las distintas fracciones que lo componían. Por ejemplo, la Revolución Cultural fue una movilización de la juventud impulsada por el propio Mao, desde 1966, para desplazar a un sector de la vieja guardia a quienes acusaba de querer avanzar en la restauración del capitalismo. Fue el caso de Deng Xiao Ping que perdió su cargo en la dirección y fue enviado a trabajar como obrero en el interior del país. Posteriormente, el propio Mao frenó el proceso ante la dinámica cada vez más antiburocrática que iba adquiriendo.

Deng Xiao Ping y la restauración capitalista

A finales de la década de 1960 e inicios de la de 1970, la economía del Estado obrero chino estaba en una situación de estancamiento. Con este marco de fondo, y el debate sobre cómo enfrentar esta situación, Mao muere en 1976 y se acentúa al extremo la lucha entre las fracciones de la burocracia. Se revierten varios de los desplazamientos de la Revolución Cultural y Deng Xiao Ping y su núcleo cercano se reintegran a la dirección, agrupando a su alrededor una corriente cada vez más fuerte. Finalmente, la disputa se zanja en 1978 con el triunfo del ala derecha que detiene y, más tarde, fusila a los principales líderes de sus oponentes (conocidos como la “Banda de los Cuatro”, entre ellos la viuda de Mao, Jiang Qing).

La dirección encabezada por Deng inició el proceso de restauración capitalista en el país asociado al imperialismo estadounidense, que aprovecha a fondo el espacio que se le abría. En 1979, Deng realiza el primer viaje de un líder comunista chino a EEUU y se entrevista con el entonces presidente Jimmy Carter. Un hecho simbólico de la restauración fue que, ya a finales de 1978, la Coca Cola anuncia su proyecto de instalar una planta de producción en Shanghái.

No vamos a extendernos aquí sobre cómo se desarrolló este proceso de restauración. Quien tenga interés puede leer diversos artículos publicados en este sitio[7]. Los medios más serios del imperialismo lo señalan: “… la China actual parece completamente diferente -algunos dirían, casi opuesta- al país comunista que concibieron Mao y los fundadores del PCCh” y le reconocen a Deng el “mérito” de ese logro[8]. Recordemos que, en esos años su lema fue: “Enriquecerse es glorioso”.

Se produjo así una combinación histórica inédita: el propio aparato estalinista, que había dirigido la revolución y la construcción del Estado obrero burocratizado, no solo restauró el capitalismo sino que continuó en el poder después de haberlo hecho. Solo que ahora ya no defiende las bases económico-sociales del Estado obrero sino que está al servicio del capitalismo imperialista.

Desde el punto de vista formal y de su funcionamiento, el régimen y su aparato político (el PCCh) continúan siendo los mismos: burocráticos y dictatoriales, disfrazados detrás de las banderas rojas y el lenguaje “socialista”. Pero su contenido social ahora es totalmente diferente: una sangrienta dictadura al servicio de una de las expresiones más feroces y explotadoras del capitalismo actual[9]. Hay un cambio cualitativo del carácter del PCCh.

La masacre de la Plaza Tiananmen

Sobre la base de la restauración, la economía china crecía a tasas anuales fabulosas: en 1988, alcanzó 12%. Pero en 1989 comenzó a frenarse y solo llegaría a 4%. Al mismo tiempo, ese crecimiento acumulaba tensiones y desigualdades sociales cada vez mayores. Buscando “destrabar” el crecimiento capitalista, el gobierno decretó la “liberación general de precios”, lo que generó una gran insatisfacción e inquietud social. Al mismo tiempo, nuevos sectores jóvenes urbanos más modernos, surgidos del desarrollo reciente, comenzaban a aspirar a una “apertura democrática” que el régimen no estaba dispuesto a dar, ni siquiera parcialmente.

A inicios de mayo, los estudiantes de la Universidad de Pekín lanzan un manifiesto con reivindicaciones democráticas y a ellos se suma una pequeña e incipiente federación clandestina de nuevos sindicatos independientes que, además de los reclamos generales, pide el derecho de libre asociación sindical. Se abre un proceso masivo de movilización, con epicentro en la Plaza Tiananmen, en Pekín, por la que llegan a pasar diariamente entre uno y dos millones de personas.

El régimen quedó paralizado, atrapado entre la claridad de que ese proceso amenazaba minar sus bases, por un lado, y el miedo a un enfrentamiento frontal con las masas, por el otro. Fue un período de aproximadamente un mes en el que, con el marco de fondo de Tiananmen, la cúpula del PCCh realizó intensísimas discusiones sobre qué hacer. Nuevamente, terminó predominando la “línea dura” y represiva de Deng, y el 4 de junio, el ejército chino aplastó sangrientamente el movimiento (encarcelando a la mayoría de sus líderes) y desalojó de modo definitivo la Plaza[10].

Fue un punto de inflexión en la relación de fuerzas y la situación política china, que consolidó fuertemente el régimen dictatorial del PCCh y, al mismo tiempo, significó el inicio de un salto en las inversiones extranjeras y en el desarrollo del actual modelo capitalista chino.

Xi Jinping

La estrella indiscutida del festejo por los 100 años del PCCh fue Xi Jinping, hablando desde el estrado, con grandes fotos de Mao a sus espaldas y vestido con el sencillo uniforme militar que este usaba habitualmente. Claramente, intentaba transmitir un doble mensaje: por un lado, la continuidad de la revolución; por el otro, en ella, “yo soy el líder indiscutido”. Lo primero, como ya vimos y profundizaremos aquí, es una gran falsificación. Lo segundo es, en gran medida, verdad.

Comencemos por la persona del propio Xi Jinping. Tiene 68 años, se recibió de ingeniero químico y es el primer líder chino nacido después de la revolución de 1949,  hijo de Xi Zhongxun, un dirigente que fue desplazado junto con Deng en la Revolución Cultural y luego volvió junto con este. Desde la década de 1970, realizó una carrera ascendente en el partido. Luego de la restauración, en las décadas de 1980 y 1990 integró el grupo de lo que se conocía como “hijos de dirigentes”, que intermediaban las inversiones extranjeras y hacían negocios con ello.

Xi Jinping accedió al máximo escalón del poder de China en 2012. Desde entonces, se ha concentrado en dos cuestiones: por un lado, impulsar y fortalecer el desarrollo capitalista chino iniciado por Deng; por el otro, unificar y fortalecer el aparato represivo del régimen dictatorial alrededor de su persona. Veamos ambos aspectos.

Un país capitalista hasta la médula

Hemos analizado en este y otros materiales que China es un país capitalista hasta la médula y que hablar de la “continuidad del socialismo”, como hacen numerosas organizaciones que provienen del estalinismo ortodoxo o del maoísmo, es una falsificación reaccionaria.

El gran impulso de ese desarrollo capitalista se dio por las inversiones extranjeras y por inversiones de burgueses de origen chino que habían huido con la revolución y se radicaron en Taiwán, Hong Kong y Singapur. Pero, al mismo tiempo, comenzó a desarrollarse una burguesía propia de China continental, profundamente asociada al PCCh y al régimen en su conjunto, obteniendo contratos y créditos privilegiados.

Algunos de estos sectores son esencialmente proveedores de empresas imperialistas, como la Jinhua Tool Manufactures o la Dailman Dinamic, que fabrican cuatriciclos cortadores de césped y otras maquinarias y herramientas que vende Walmart en todo el mundo.

Hubo empresas que comenzaron a exportar directamente los productos que fabrican: las automotrices Geely, Chery y Jac; las empresas de maquinarias de construcción, como la China Macre Group (marca Lite), la Jing Sheng, la Shantui Mafal y varias otras. Otros conglomerados diversificaron su acción. El Dalian Wanda Group fue fundada en 1998 por Wang Jianlin, y opera en el sector inmobiliario, posee grandes cadenas comerciales, hoteles de lujo y la mayor red de cines del mundo.

El HNA Group fue fundado por Chen Feng en 1993, con ayuda financiera de George Soros. Se especializa en transporte (su compañía aérea Hainan, aeropuertos, barcos, y alquiler de containers), pero amplió sus inversiones a los sectores bancario e inmobiliario. Un lugar de destaque merecen las empresas de telefonía celular y nuevas computadoras como la Huawei.

Lo cierto es que en China había, hace tres años, 568 multimillonarios (personas con una fortuna personal de más de mil millones de dólares) y ya superaba a EEUU en este rubro (535). En la cumbre de esa pirámide se encontraba Wang Jianlin, propietario del Dailan Wanda Group, con 24.000 millones de dólares. Le seguía Lei Jun (un ingeniero electrónico, llamado “el Steve Jobs chino”), con 13.000 millones de dólares. El citado Cheng Feng estaba un poco más abajo en la lista: 7.500 millones de dólares. La mujer más rica de China es Zhou Qunfei, con 1.700 millones de dólares. Es llamada  Mobile Glass Queen (reina del cristal móvil) porque hizo su fortuna fabricando las pantallas y vidrios de los celulares. Desde esa cúpula de multimillonarios hacia abajo, existe una pirámide burguesa hasta llegar al millón de chinos que poseen un capital superior al millón de dólares.

La explotación y la represión a la clase obrera

En contrapartida, la situación de la clase obrera es la opuesta de la que cabría esperar en un “país socialista” (o en una economía de transición al socialismo) que se desarrolla cada vez más: es decir, una mejora permanente de las condiciones de vida y del disfrute de la mayor riqueza producida, con una homogeneización ascendente cada vez mayor. Por el contrario, la gigantesca clase obrera china está sometida a condiciones de superexplotación y profundamente dividida por la propia legislación y la acción del Estado y los sindicatos integrantes del régimen[11].

El salario mínimo obligatorio (determinado por el gobierno central, los provinciales y los municipales) es la referencia clara de un “piso salarial” para los trabajadores y obreros chinos. En 2018, ese salario oscilaba entre 1.150 yuanes (166,40 dólares) en algunos municipios de la provincia de Anhui hasta 2.420 (350,20) en Shanghái. Aunque la legislación fija una jornada básica de 8 horas diarias y 48  semanales, esto solo es realidad en las empresas estatales centralizadas. Para completar los ingresos necesarios lo habitual es el trabajo semanal de 60 horas (6 x 10) en las empresas imperialistas y de 72 horas (12 x 6) en las restantes.

En muchos casos, las empresas ni siquiera pagan las horas extras como tales. Unos años atrás, la Foxconn (que produce para la Apple y otros gigantes de la telefonía celular y la informática) fue denunciada internacionalmente por exigir a sus decenas de miles de trabajadores jornadas de 12 horas (sin descanso semanal), y por someter a muchos trabajadores migrantes a un sistema de “dormitorio interno”, donde duermen en condiciones de hacinamiento, pésima limpieza y mantenimiento. En 2010, hubo explosiones por acumulación de polvo de aluminio, con 4 muertos y 77 heridos. En ese marco, el salario mensual total no llegaba a los 500 dólares, y tales condiciones provocaron el suicidio de cerca de 20 trabajadores.

Sobre la división de la clase obrera impulsada desde del propio régimen cabe aquí señalar algunos grandes ejes de esa división salarial y de condiciones de trabajo. El primero de esos ejes es entre los trabajadores de las empresas estatales centralizadas, que conservan ciertos privilegios y el sector privado en general. En el sector privado, se da entre aquellos de las grandes plantas de empresas imperialistas y las pertenecientes a burgueses chinos.

Finalmente, la gran división: el houkou: el pasaporte interno requerido para trasladarse desde el interior hacia las ciudades industriales de la costa y que determina el acceso a la vivienda, la salud y la educación, transformando a esos “migrantes” en trabajadores y ciudadanos de segunda en su propio país. Un estudio realizado sobre la base de entrevistas a trabajadores de varias plantas terminales automotrices de empresas imperialistas concluye: “Ellos [los trabajadores migrantes] se sienten discriminados porque les asignan las áreas más pesadas y difíciles, porque hacen el mismo trabajo que los otros trabajadores pero reciben menos salario y peores beneficios, y porque se les niega el mismo entrenamiento y oportunidades de capacitación, con menores posibilidades de avance en su carrera y de lograr estabilidad en el empleo”[12].

Finalmente, es necesario señalar que solo están autorizados los sindicatos oficiales asociados al régimen (nucleados en la Federación Nacional Sindical China – ACTFU por sus siglas en inglés). La legislación prohíbe la existencia de otras organizaciones sindicales. Las huelgas y protestas colectivas también están prohibidas. Un activista sindical independiente declaraba: “En caso de protesta, ninguna ley te protege de ser despedido o incluso arrestado por alterar la ‘armonía social’. Por eso, muchos aceptan las condiciones y no se atreven a alzar la voz.[13]

El carácter de clase del PCCh actual

Esta realidad que mostramos choca de frente con las loas que cantan los que quieren presentarnos la actualidad china como una “marcha al socialismo” (por caminos alternativos).

También choca de frente con el análisis que, de una forma más sofisticada, realiza una página web: analizar la composición social de miembros del PCCh y, a partir de allí, del carácter del régimen político del país. Reconoce sí que hay burgueses, pero su conclusión es la siguiente: “En efecto, con 95 millones de miembros, el PCCh, la maquinaria estatal y las empresas estatales están totalmente integradas y tienen el control de China. El PCCh no es controlado por la clase capitalista. La mayoría de sus miembros son trabajadores (manuales, de cuello blanco y profesionales)”[14].

Maniobra sofisticada para la misma falsificación. El carácter de clase de un partido no puede definirse por quienes son sus afiliados sino por los intereses de clase que expresa y defiende su dirección. Hemos dicho, y creemos haber demostrado, que China es capitalista porque ese Estado funciona defendiendo la propiedad, los intereses y las ganancias de las empresas imperialistas que han invertido en el país y las que son propiedad de los burgueses chinos. Si el PCCh es la principal institución del régimen político de un Estado burgués  (“tienen el control de China”) ¿cómo puede plantearse que sigue siendo un “partido de trabajadores” (o “mixto”, con amplia mayoría de ellos)? Para nosotros, claramente es un partido que expresa y defiende los intereses de la burguesía.

En el caso del PCCh, la inmensa mayoría de sus miembros no se integra por convicciones políticas sino por obligación o por beneficio personal. Un artículo reciente lo señala: En cualquier caso, en muchos lugares y sectores del país, la única vía para poder progresar profesional -y, dadas las presiones sociales, personalmente- es afiliarse al partido, que está presente en todos y cada uno de los aspectos de la sociedad”[15]. Pero, además, en una organización absolutamente centralizada de modo burocrático como el PCCh, la inmensa mayoría de esos miembros no define absolutamente nada sino que las decisiones están en manos de una reducida estructura de cuadros y fundamentalmente de su alta cúpula.

Una cúpula donde el peso de la burguesía es cada vez más claro. Varios nuevos burgueses ya eran afiliados al PCCh (como Cheng Feng o Zhou Qunfei) o se han afiliado al partido en estos años. Si bien no integran formalmente la dirección o el sector de los altos cuadros, son fuente de “consulta” en organismos asesores como la Conferencia Consultiva Política del Pueblo de China, que se realiza anualmente; son delegados a los congresos del partido; o diputados en el Congreso del Pueblo. Lo cierto es que la fortuna sumada de los “miembros más ricos del partido” (unas 150 personas que participaron de un encuentro de 5.000 “cuadros”, realizado en Beijing en 2018) era de 650.000 millones de dólares. Representaba un crecimiento de 28% sobre los 507.000 millones que se acumulaban en la misma reunión el año anterior[16]. Cumplen así la consigna de Deng: “Enriquecerse es glorioso”.

En realidad, no es completamente cierto decir que los “altos cuadros” no se han transformado directamente en burgueses. Hace algunos años, el New York Times publicó la información de que el ex primer ministro Weng Jiabao acumulaba una fortuna de 2.700 millones de dólares[17]. Para evitar que se los ligue directamente a sus fortunas personales, muchos miembros de la llamada “nobleza roja”, hacen que sus familiares creen empresas fantasmas en paraísos fiscales, y operan a través de ellas, tanto para sus inversiones en China como en el exterior. Según otra información filtrada en 2014:

“Una base documental obtenida por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) revela que al menos 13 parientes de máximos dirigentes del régimen (incluidos el actual presidente Xi Jinping y los ex primeros ministros Wen Jiabao y Li Peng, así como 15 grandes empresarios y grandes compañías estatales han mantenido gran actividad en refugios fiscales. Los registros… proceden de una filtración de más de dos millones de archivos de dos gestoras (Portcullis TrustNet y Commonwealth Trust) que operan en las Islas Vírgenes Británicas…  que tiene inscritas más de un millón de sociedades (40% procedente de China, Hong Kong y Singapur)”[18].

 

En esos datos figuran al menos 13 parientes de los dirigentes de la cúpula “comunista” en actividad, jubilados o fallecidos. Entre ellos, el cuñado de Xi Jinping; el hijo y el yerno del anterior primer ministro, Wen Jiabao; la hija de su antecesor, Li Peng; un yerno del fallecido Deng Xiaoping, y el nieto del legendario comandante de la revolución, Su Yu. Estas 13 personas aparecen vinculadas al menos a 25 sociedades en calidad de “accionistas” o “directores”.

Un régimen cada vez más cerrado

Si dejamos de lado la gran mentira de “la continuidad de la revolución”, nos queda sí una realidad: Xi Jinping es el líder chino más poderoso desde Mao. Pero no al servicio de una Estado obrero burocrático sino de una feroz dictadura capitalista. Un régimen que se asienta sobre la llamada “Santísima Trinidad Estado-Partido-Ejército” que lo transforma en lo que algunos medios han llamado una “dictadura perfecta”, con un control muy rígido de la sociedad, de los trabajadores y las masas[19].

En ese marco, Xi Jinping se ha ubicado como el epicentro de ese régimen, acumulando las jefaturas de los tres componentes y el control de todas las cuestiones esenciales económicas, militares, de política exterior y del aparato partidario. Es indiscutiblemente “el gran líder” de esta feroz dictadura capitalista china.

Por eso, lejos de cantarle loas, decimos que la tarea central y la gran necesidad de los trabajadores y las masas chinas es derribar esa dictadura. Y que esa lucha debe darse en el camino de una nueva revolución obrera y socialista que comience la construcción de un nuevo Estado obrero.

El régimen encabezado por Xi Jinping tiene, por supuesto, la alternativa de intentar frenar este proceso con un sangriento aplastamiento represivo, como hizo con el movimiento de Tiananmen. Cuenta para ello con herramientas muy poderosas: fuerzas armadas con 3.500.000 efectivos, fuerzas policiales de 1.600.000, y un poderoso armamento que se moderniza cada vez más.

Pero la estructura social del país es hoy muy diferente al de la época de Tiananmen. Ya no se trataría de enfrentar solo a estudiantes, sectores medios y una franja minoritaria de trabajadores, como en 1989, sino a una clase obrera joven y de dimensiones colosales, la más grande del mundo. Detrás de su aparente fortaleza, este régimen está asentado sobre un barril de pólvora.

Notas:

[1] Sobre este tema, recomendamos leer https://litci.org/es/bolchevismo-estalinismo-polos-opuestos/

[2] Sobre este tema, recomendamos leer https://litci.org/es/nelson-mandela-de-la-lucha-a-la-capitulacion/

[3] Datos extraídos de https://web.archive.org/web/20171222031024/http://www.chinatoday.com/org/cpc/cpc_1st_congress_standing_polibureau.htm

[4] Sobre una visión crítica de la orientación general de la Tesis de Oriente y el Frente Único Antiimperialista, recomendamos leer la Tesis XXIX de Actualización del Programa de Transición en https://www.marxists.org/espanol/moreno/actual/apt_3.htm#t29, así como el balance de León Trotsky sobre el proceso chino en su libro La revolución permanente (1929) en https://www.marxists.org/espanol/trotsky/revperm/index.htm

[5] Para conocer más sobre este proceso recomendamos leer el libro de Nahuel Moreno  Las Revoluciones China e Indochina en:  https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/06_nm.htm

[6] Ídem.

[7] Ver, entre otros artículos: https://litci.org/es/china-mito-y-realidad/ y https://litci.org/es/la-restauracion-capitalista-china/

[8] https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-57689347

[9] https://litci.org/es/china-es-una-dictadura-capitalista-disfrazada-de-rojo/

[10] Sobre este tema, recomendamos ler https://litci.org/es/la-masacre-tiananmen/

[11] Sobre este tema y los datos contenidos en esta parte, recomendamos leer el artículo “La clase obrera china” en Marxismo Vivo – Nueva Época no 15, Ediciones Marxismo Vivo, San Pablo, Brasil, 2019.

[12] CHEN, Vincent; CHAN, Anita; Regular and Agency Workers: Attitudes and Resistance in Chinese Auto Joint Ventures; Revista China Quarterly 224 (marzo, 2018) en: https://www.researchgate.net/publication/322520102_Yiu_Por_Vincent_Chen_and_Anita_Chan_Regular_and_Agency_Workers_Attitudes_and_Resistance_in_Chinese_Auto_Joint_Ventures_China_Quarterly_March_2018_no_224 (traducción nuestra).

[13] https://www.eldiario.es/catalunya/China-mucha-forzada-trabajar-salario_0_830467858.html

[14] https://thenextrecession.wordpress.com/2021/07/01/chinese-communist-party-a-party-of-workers-or-capitalists/ (original en inglés, traducción nuestra).

[15] https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-57673309

[16] https://glamurama.uol.com.br/fortuna-somada-dos-membros-mais-ricos-do-partido-comunista-chines-chega-a-us-650-bi/

[17] https://www.terra.com.br/noticias/mundo/asia/china-censura-informacao-sobre-fortuna-de-wen-jiabao,7b84d7cbad39a310VgnCLD2000000ec6eb0aRCRD.html

[18] https://elpais.com/internacional/2014/01/21/actualidad/1390320982_008751.html

[19] https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-57689347