El 5 de diciembre pasado murió Nelson Mandela, líder de la población negra sudafricana, ex presidente de ese país y, sin dudas, una de las personalidades más destacadas de la política internacional del siglo XX.



Millones de negros sudafricanos lloran la muerte de su querido líder y también lo hacen muchísimos luchadores negros y por las libertades democráticas en todo el mundo.




Comprendemos y respetamos este dolor: por toda una parte de su trayectoria política Mandela era visto como el símbolo de la lucha contra el apartheid, el siniestro régimen político adoptado durante décadas por la burguesía blanca sudafricana. Con todas sus limitaciones, Mandela tiene el gran mérito de haber colocado la lucha contra el apartheid en el primer plano de la política internacional.



Sin embargo, al mismo tiempo, hoy le rinden homenaje todos los representantes del imperialismo, impulsores y defensores de la explotación y la opresión, como Obama, Merkel, Cameron, Rajoy y un largo etcétera. ¿Cómo es posible que una figura política sea venerada por las masas oprimidas y, al mismo tiempo, homenajeada por sus peores enemigos?



Esa aparente paradoja se da por una razón profunda: el imperialismo lo homenajea porque valora la importancia que tuvo la actuación de Mandela para desviar la revolución negra y mantener a Sudáfrica en los marcos del capitalismo y convencer a las masas negras a aceptar que los mismos dirigentes racistas afrikáners saliesen impunes por los crímenes que cometieron y la burguesía blanca continuase controlando las riendas del país.



Para entender cómo se dio este proceso es necesario ver la historia de Sudáfrica y los mecanismos que pusieron fin al apartheid, y el papel que cumplió Mandela a lo largo de su trayectoria política. Por eso, respetando el dolor de las masas ante su muerte, queremos expresar nuestra posición, sin la hipocresía que muchas veces se expresa ante la muerte de una figura política.



El apartheid

 

Sudáfrica tiene casi 50 millones de habitantes y es el país más desarrollado e industrializado del continente africano. El eje de su economía es la actividad minera, especialmente la extracción de oro, diamantes y platino (es el principal productor mundial de este metal).



El país sufrió dos colonizaciones blancas: una de origen inglés y otra holandesa, que dio origen a los llamados “afrikáner”. Los afrikáner fueron ganando predominio y, a partir de 1910 comenzaron a construir el régimen del apartheid en el que los negros no tenían voto ni ningún derecho político. Este sistema fue completado en 1948.



Como parte de este sistema se formaron verdaderas aberraciones jurídicas, los bantustanes (como Lesotho), supuestas repúblicas negras “independientes” de las que sus habitantes sólo podían salir con permisos especiales, incluso para ir a trabajar diariamente. Si transgredían estos permisos eran duramente reprimidos.



Los niveles de explotación de la población negra eran cercanos a la esclavitud: esta población vivía en gigantescas favelas o villas miserias, de las cuales la más famosa fue la de Soweto, en las cercanías de Johannesburgo, con casi un millón de habitantes hacinados en las peores condiciones, casi sin ningún servicio básico garantizado.

 

Fue sobre esta base de superexplotación y de un inmenso aparato represivo estatal que la burguesía blanca sudafricana, asociada a capitales ingleses y holandeses, construyó su poderío y su riqueza. 



El fin del apartheid

 

La población negra luchó duramente contra esta situación, por sus derechos políticos. Periódicamente, se producían explosiones que eran respondidas con represiones y masacres salvajes (entre las más famosas están la de Sharperville, en 1960, y la de Soweto, en 1976).

 

Como parte de la lucha contra el apartheid, se fundó el Congreso Nacional Africano (CNA) que, a partir de la década de 1950, comienza a tener un crecimiento cada vez más acelerado hasta transformarse en la expresión política y la dirección de la mayoría de la población negra. Su dirigente más conocido y de mayor prestigio popular e internacional fue Nelson Mandela, quien estuvo preso entre 1962 y 1990. Desde la cárcel continuó dirigiendo el movimiento y, en ese período, ganó su gran prestigio e influencia a nivel nacional e internacional.

 

La lucha del pueblo negro contra el régimen del apartheid iba creciendo y radicalizándose cada vez más. También el aislamiento internacional de este régimen. Su caída parecía inevitable y existía la posibilidad de que esta lucha barriese al régimen por una vía revolucionaria y avanzase también en el camino de una revolución socialista del pueblo negro que destruyese las bases capitalistas de la dominación blanca.

 

Estaba planteada la posibilidad de que las masas en su lucha revolucionaria expropiasen a la burguesía blanca, lo que sería en realidad la expropiación de casi toda la burguesía sudafricana.



Ante esa situación, y para frenar y controlar el proceso revolucionario, una mayoría de la burguesía blanca sudafricana y el imperialismo elaboraron el plan de una transición que “desmontase” el apartheid de modo ordenado y, a la vez, les garantizase el dominio económico, a través del mantenimiento de la propiedad de las empresas y los bancos. Las potencias imperialistas apoyaron a fondo este plan, uno de cuyos operadores fue el obispo negro Desmond Tutu, en su momento ganador del Premio Nobel de la Paz por este servicio.

 

Se dio forma a un pacto en el que, a cambio de eliminar el apartheid, se mantendría el sistema capitalista y la dominación económica burguesa. Así, la burguesía blanca, se alejaría del control directo del Estado y aceptaría la asunción del CNA para mantener su dominación de clase. Contaron para ello con la colaboración de Nelson Mandela, quien negoció con el último presidente, De Klerk, esta transición y fue liberado en 1990, del Congreso Nacional Africano, la dirección de la central sindical negra (Cosatu) y el Partido Comunista, que pasaron a frenar la lucha del pueblo negro y participaron de las negociaciones y de la transición hasta 1994, cuando Mandela fue elegido presidente.



En otras palabras, con este pacto, Mandela pasó de ser el líder de la lucha contra el apartheid a capitularle a la burguesía blanca y al imperialismo en una transición negociada que no cuestionase la estructura económica capitalista y de clases del país.



El papel del CNA

 

Al asumir el manejo del régimen y del gobierno pos-apartheid, en 1994, Mandela y el CNA cambiaron su carácter. Hasta ese momento, si bien con las profundas limitaciones de sus concepciones nacionalistas burguesas, habían sido la expresión de la lucha del pueblo sudafricano contra el apartheid. A partir de allí, se transformaron en los administradores del Estado burgués sudafricano. A partir de esa opción, hicieron una nueva alianza con los antiguos enemigos afrikáners. Por esa alianza, a cambio de los servicios prestados, los principales cuadros y dirigentes del CNA se transformaron en una burguesía negra, socia menor de la blanca, que lucra con los negocios y negociados del Estado. Por ejemplo, el actual presidente Jacob Zuma fue acusado de corrupción, en 2005, cuando era vicepresidente, por recibir una alta comisión en la compra de armamentos en el exterior. “Viven en las mismas casas y en los mismos barrios que los blancos”, se indignan los trabajadores negros al ver el enriquecimiento de estos dirigentes.



Es necesario decir que esta realidad empezó con el propio Mandela, quien abandonó la política activa en 1999. Lo sucedieron diversos presidentes del CNA (Thabo Mbeki y Jacob Zuma) que aplicaron políticas cada vez más neoliberales y de favorecimiento al ingreso de capitales imperialistas. Por ejemplo, la mayoría de los sudafricanos piden la nacionalización de la minería, en gran medida en manos extranjeras (la empresa Lonmin, propietaria de la mina Marikana, donde se dio recientemente una gran huelga ferozmente reprimida, tiene su sede en Londres).



La COSATU

 

La COSATU es la principal central sindical sudafricana, construida en la lucha contra el apartheid y en oposición a los viejos sindicatos “sólo para blancos”. En ese período, ganó su peso y su prestigio. Era un ejemplo mundial para la lucha de los trabajadores.



Aliada, de hecho integrante, del CNA, apoya sus gobiernos y sus políticas. Esto le ha rendido grandes beneficios a sus dirigentes, en numerosos cargos gubernamentales o parlamentarios, y también en las empresas privadas. Por ejemplo, el ex-dirigente Cyril Ramaphosa, que fue líder de la lucha de los trabajadores mineros y contra el apartheid cuando encabezaba el sindicato minero nacional (NUM) y la COSATU, es hoy socio-propietario y miembro del directorio de la empresa Lonmin.



No es casual que cada vez sea más numerosa la vanguardia que expresa: “CNA y Cosatu no nos representan” (ver artículo de Wilson Silva, “El apartheid neoliberal” en este site), comienzan a fundar nuevos sindicatos independientes de la Cosatu (como se expresó en la huelga de Marikana) y a plantearse la construcción de una alternativa política por fuera del CNA.



La realidad actual

 

El fin del apartheid fue un gran triunfo del pueblo negro sudafricano que, al eliminarse este régimen, obtuvo libertades, derechos políticos y un sistema electoral basado en “una persona-un voto”. Se acabaron los bantustanes y, por primera vez en la historia del país, eligió un presidente de su raza.

 

Pero la estructura económica del país no fue tocada en lo absoluto y siguió dominada por la burguesía blanca que, ahora, contaba con la ventaja de tener un régimen y gobierno negros para defender sus intereses. Al mismo tiempo, la nueva burguesía negra se aprovechó del acceso del CNA al poder político para acumular fuerza económica y pasar a ser parte de la clase dominante en Sudáfrica.



Al mantenerse esa estructura económica, la desocupación nacional es de 25%, pero entre los trabajadores negros llega a 40%. Un 25% de la población vive con menos de 1,25 dólares diarios, considerado mundialmente el piso de la miseria y el hambre.

 

A casi veinte años del fin del apartheid, la burguesía blanca detenta grandes privilegios y riquezas mientras la inmensa mayoría del pueblo negro sigue viviendo en la pobreza y la miseria. Pero ahora esa burguesía blanca tiene como socia a la burguesía negra que se formó en las últimas décadas. Esa desigualdad explosiva es la base de un gran crecimiento de la violencia social: hay 50.000 asesinatos por año (proporcionalmente, 10 veces más que en EEUU). Mandela, al haber frenado la revolución del pueblo negro y llevado esa lucha al camino sin salida de los pactos con la burguesía blanca y el imperialismo, es el gran responsable de esta realidad.



Es necesario hacer un balance del camino emprendido por Mandela, que fue de la lucha a la capitulación. Creemos que hay que sacar conclusiones profundas. En la década de 1990, el pueblo negro sudafricano logró libertades y derechos políticos que indudablemente hay que defender. Pero continuó sometido a la peor explotación capitalista en beneficio de una minoría blanca y ahora, también, de la nueva burguesía negra, oriunda de sus antiguos dirigentes. No habrá verdadera liberación del pueblo sudafricano sin destruir las bases capitalistas de esta explotación. Es necesario luchar por la mejoría de las condiciones de vida del pueblo negro pero, para triunfar verdaderamente, esa lucha debe avanzar en el camino de la revolución obrera y socialista que liquide la explotación de clase y raza que permanece en el país.



Fue Mandela quien impidió, con su capitulación, que eso sucediera en su momento. Por eso, los burgueses sudafricanos y los imperialistas lo homenajean, con justicia. Por nuestra parte, reiteramos el respeto por el dolor del pueblo negro sudafricano y de los muchos luchadores que lloran su muerte en todo el mundo. Pero, por esa inmensa capitulación, no le rendimos homenaje y llamamos a ese pueblo y a esos luchadores a sacar las necesarias conclusiones de lo ocurrido en las últimas décadas en Sudáfrica.