La pandemia de covid-19 ha salido de la primera plana de los diarios. Sin embargo, las cifras de contagios y muertes son alarmantes, peores que en su inicio o en los primeros meses de su desarrollo. La hipócrita “nueva normalidad” impuesta por las burguesías de todos los países se cobra su precio que, como siempre, es pagado por los trabajadores.

Por: Alejandro Iturbe

Según los datos proporcionados por la página oficial de la OMS (Organización Mundial de la Salud) al día 9 de diciembre se registraba un acumulado de cerca de 68 millones de personas contagiadas y 1.551.214 muertos. El ritmo de nuevos contagios diarios se ubicaba en un promedio de 600.000 y el de muertes en 11.000 (esta última cantidad solo es superada por un pico producido en abril pasado)[1].

Es bueno recordar que muchos especialistas han señalado que estos números oficiales no muestran plenamente la realidad, sea por ocultamiento intencional por parte de los gobiernos o por déficits en los sistemas de registro.  La verdadera cifra sería como mínimo el doble.

Si analizamos los países más afectados, el 2 de diciembre Estados Unidos registró más de 150.000 nuevos casos diarios y 3.157 fallecidos (muy superior al anterior récord de 2.603 muertes de abril) y ya acumula 270.000 muertos[2]. La pandemia ya ha provocado más víctimas que el número de soldados estadounidenses muertos en la Segunda Guerra Mundial.

Los países de Europa, que pensaban que habían frenado la dinámica de contagios, viven una segunda oleada que ya sobrepasa en intensidad la primera. En Latinoamérica, se teme que esa segunda oleada llegue sin haber superado o frenado la anterior[3].

El siguiente cuadro, publicado por el diario digital Nexo Jornal el 4 de diciembre pasado, según datos del ECDC (siglas en inglés del Centro Europeo para el Control de Enfermedades) ayuda a ver la situación actual y su gravedad.

Una tragedia anunciada

¿Cómo es posible que, casi un año después de iniciada la pandemia, la situación sea más grave que el pico producido por su aparición? Hemos respondido a esta pregunta en numerosos artículos publicados en esta página en el último año[4].

En esos artículos expresamos que el brote inicial de Covid-19 en China podía considerarse como un “hecho natural”, como una nueva zoonosis (enfermedades que pasan de los animales a los seres humanos) de las que ya ha padecido la humanidad. Esta consideración debe ser relativizada por la forma en que el capitalismo está destruyendo la naturaleza, lo que provoca desastres cada vez mayores. Además, la velocidad de su expansión y la imposibilidad de los gobiernos burgueses de derrotar la pandemia sí son consecuencia directa del sistema capitalista.

Hubo gobiernos “negacionistas” que actuaron de modo criminal, como el de Donald Trump en Estados Unidos, y el de Jair Bolsonaro, en el Brasil, que agravaron cualitativamente el cuadro y eso significó que sus países encabezaran la lista mundial de impacto. Pero también los gobiernos burgueses que tuvieron una política más activa de combate al Covid-19 lo hicieron “con una mano atada” y absolutamente condicionados por su carácter de clase y los intereses que defienden. En primer lugar, lo hicieron con sistemas de salud pública cada vez más deteriorados y desfinanciados luego de décadas de ataques y de una política que considera la salud como un campo de negocios de empresas privadas.

En lo esencial, esta realidad no ha cambiado con la pandemia. Por ejemplo, salvo el caso cubano y alguna otra excepción, nunca hubo una verdadera política de testeos masivos y un aislamiento organizado y basado en esos resultados. De esa forma, incluso en aquellos países que adoptaron medidas de cuarentena, esto se mostró totalmente insuficiente al no ser parte de una política global seria de combate.

En segundo lugar, a pesar de las medidas de restricción, nunca avanzaron hacia un verdadero aislamiento de emergencia sanitaria, necesario para frenar la expansión. Incluso en los momentos más duros de las restricciones, millones de trabajadores fueron obligados a concurrir a sus trabajos (en ramas esenciales y en otras que no lo eran) y, en ellos, nunca hubo controles serios sobre la protección que debían ofrecer las empresas. Numerosas luchas y huelgas se dieron en el mundo por este motivo, por ejemplo, en Italia, Estados Unidos, Argentina, Brasil y otros países.

En la medida en que estas restricciones parciales potenciaban la crisis económica que ya venía del año anterior[5], los gobiernos comenzaron a sacarse la careta y a mostrar sin tapujos su carácter de defensores de las ganancias capitalistas: sin haber derrotado nunca la pandemia, comenzaron una apertura cada vez mayor de las actividades económicas (con el siniestro eslogan de la “nueva normalidad”), multiplicando así las posibilidades de contagio.

La realidad muestra que la burguesía impulsó la reapertura completa de la economía y de otras actividades y, ahora, cuando le estalla en las manos el resultado de esa política criminal, no sabe qué hacer y convulsivamente reintroduce algunas medidas restrictivas (como los “toques de queda” nocturnos o el cierre más temprano de bares) que, aisladas de una política global de combate serio a la pandemia, acabarán siendo estériles.

En esta política de imponer la “nueva normalidad” de explotación a cualquier costo, no se diferenciaron los gobiernos burgueses negacionistas, como los de Trump y Bolsonaro, con aquellos “preocupados” y supuestamente “progresistas” como algunos europeos y el de Alberto Fernández y Cristina Kirchner en la Argentina. En última instancia, estos últimos solo son más hipócritas. Esta es la razón de fondo de la persistencia de la pandemia: la avidez de ganancia de la burguesía, aunque esta sea al costo de la vida de millones de trabajadores.

Lo peor de todo es que acaban echándole la culpa “a la gente” porque se “excede” en sus horas libres. Por ejemplo, un especialista del Departamento de Enfermedades Transmisibles de la OMS, frente a la segunda oleada en Europa, declaró: «La lección es que no debemos bajar la guardia. En Europa, con la llegada del verano y la caída de los casos, se relajaron las medidas«[6].

Es decir, para los especialistas de la burguesía, el problema no es que millones de trabajadores deban ir todos los días a trabajar sin reales condiciones de seguridad sanitaria y viajar en transportes públicos colmados sino que “han bajado la guardia”  y se “relajaron en las medidas” por querer tomar una cerveza en un bar o hacer una escapada al mar.

Los trabajadores son los que más sufren 

Mientras tanto, la burguesía ha acuñado una expresión siniestra (la “nueva normalidad”) que gobiernos, medios de prensa y las publicidades repiten, para ocultar el desastre del que es responsable.

Se llega a límites absurdos como el del gobierno irlandés que, frente a la próxima navidad, se dirigió a los niños del país declarando que considera “los viajes de Santa Claus como viajes esenciales para fines esenciales. Por lo tanto, está exento de la necesidad de autocuarentena durante 14 días y podrá entrar y salir del espacio aéreo irlandés y de los hogares irlandeses sin tener que restringir sus movimientos”[7].

La realidad nos muestra que son los trabajadores, sus familias y sus hijos los que más han sufrido el impacto directo de la pandemia. Numerosos estudios han demostrado que el número de contagios y muertes es muy superior en la clase trabajadora y en los sectores pobres que viven en condiciones más precarias y tenían y tienen menos acceso a los sistemas de salud.

Sobre esta base, tal como hemos dicho, millones se ven obligados a trabajar y a transportarse sin reales condiciones de seguridad sanitaria. Los que más han sido golpeados son, por supuesto, los trabajadores de la salud (sean médicos/as, enfermeros/ras, personal de limpieza, etc.), muchos de los cuales han pagado con su vida el estar en la “primera línea” de combate a la pandemia.

Pero las fábricas y otros lugares de trabajo se han transformado en focos de contagio y de riesgo masivo. A lo largo de este año, hemos ido mostrando múltiples ejemplos de ello. Como el de una planta procesadora de carne en Alemania, en la que se contagiaron 650 de sus 1.000 trabajadores[8]. O el de una segunda oleada en Costa Rica, frente a la cual su ministro de Salud reconoció: “En estos momentos estamos en la segunda ola pandémica (…) Tiene características diferentes a la primera. Estamos teniendo una focalización importante en trabajadores del sector agrícola, empresas empacadoras, y con riesgo en el sector de la construcción”[9].

Un ejemplo reciente

Un ejemplo más reciente se ha dado en la mina Cerro Vanguardia (propiedad de la Anglo Gold Ashanti) en la provincia de Santa Cruz (Argentina). La actividad minera fue declarada “esencial” por el gobierno nacional kirchnerista, y la gobernadora provincial (hermana del fallecido ex presidente Néstor Kirchner) autorizó protocolos hechos a medida de las empresas multinacionales mineras por “la necesidad de recuperar su nivel de producción”: el ingreso a los yacimientos de los mineros provenientes de zonas de circulación comunitaria sin el aislamiento convenido, la habilitación de módulos habitacionales donde más de 20 trabajadores comparten las mismas duchas, y el permiso para que puedan convivir dos personas en una misma habitación. Todo esto para garantizar el saqueo de recursos naturales como el oro y la plata.

Todo esto fue avalado por las conducciones sindicales del sector. Incluso algunos representantes del sindicato mayoritario (AOMA) salieron a recolectar firmas para que no haya un cese de actividades, diciendo que, en ese caso, habría despidos y rebajas salariales. Eso, en un momento en que ya se habían registrado casos positivos al interior de los yacimientos. Todo esto fue denunciado por la Agrupación Minera 27 de Julio, opositora a la burocracia sindical, y también por el PSTU de Santa Cruz, pero había un gran sentimiento de bronca en los trabajadores.

En ese marco, el 2 de noviembre pasado la empresa realizó el habitual cambio de turno (se hace cada 14 días). El propio servicio médico había detectado que 40 trabajadores presentaban síntomas de contagio pero la empresa los envió a sus puestos de trabajo sin ninguna medida de aislamiento, con altísimo riesgo para los demás. La empresa “se lavaba las manos” de las consecuencias.

Esos trabajadores volvieron a sus ciudades en la región, como Puerto San Julián, y otros puntos del país. Uno de ellos, Román Ramos, a quien le faltaba muy poco tiempo para jubilarse, fue declarado positivo a los 10 días en el hospital de Caleta Olivia tras ser derivado de urgencia desde otro hospital por “falta de unidad de terapia intensiva”. Pocos días después, falleció. Fue un verdadero asesinato, con la empresa como responsable directa, y con cómplices: los gobiernos nacional, provincial y municipales, y la burocracia sindical.

Ante ello, los trabajadores de la mina, impulsados por la Agrupación 27 de Julio, decidieron paralizar las actividades y se lo impusieron a la empresa. Esta se vio obligada a desinfectar todas las instalaciones aunque los protocolos siguen siendo insuficientes., y se han presentados algunos casos nuevos. Pero los mineros siguen en alerta. Una lucha similar se dio en otra empresa de la región, Minera Santa Cruz, cuyos trabajadores también paralizaron la mina con reclamos similares.

Sobre la vacuna y sus plazos

En un artículo publicado hace dos meses, señalamos: “En el marco de una pandemia que persiste, por un lado, y la necesidad de avanzar en la ‘nueva normalidad’ para recuperar sus niveles explotación y lucro, por el otro, las burguesías necesitan desesperadamente una vacuna que pueda ser de aplicación masiva”[10].

Dijimos que sobre las vacunas también valía la figura de la mano atada. Porque, incluso en esta situación de emergencia, las burguesías seguían siendo mezquinas a la hora de invertir en el cuidado de la salud de los trabajadores y el pueblo, gastando “monedas” en su desarrollo si se lo compara con los paquetes de ayuda que proporcionan a los bancos y las grandes empresas.

Es necesario decir que una vacuna contra el Covid-19, desarrollada con todo rigor científico, ya podría existir, porque hubo un brote de coronavirus del SARS en 2002. Pero no fue hecha porque en ese momento afectó solo a una parte de la población de Asia y eso no daba ganancias suficientes para los grandes laboratorios.

Al mismo tiempo, la “carrera” de laboratorios y gobiernos por la vacuna no se hizo de modo combinado y cooperativo, única forma de hallar rápidamente una vacuna efectiva, sino a través de una feroz competencia de empresas (y de gobiernos) por llegar primeros en la “carrera” para lucrar con ese “triunfo”.

En estas condiciones, las vacunas serán lanzadas para su aplicación masiva sin que se haya verificado con verdadera seriedad su efectividad (porcentaje de inmunización de quienes la toman) ni los efectos colaterales negativos que puedan producir. Por ejemplo, AstraZeneca anunció que la vacuna que desarrolló en conjunto con la Universidad de Oxford era entre el 62 y el 90% efectiva (¿?)[11]. En realidad, serían necesarios unos meses y más testes para valorar la efectividad de cada vacuna. Ante eso, muchas personas tienen dudas en vacunarse.

Vacunas para todos

La burguesía y sus gobiernos necesitan disponer de una vacuna para avanzar en la “nueva normalidad” de explotación y recuperación de ganancias. Su interés no es “humanitario” sino mezquino. Pero lo cierto es que la gran mayoría de los trabajadores también esperan con ansiedad la vacuna para no correr riesgos en su obligación diaria de trabajar y también para poder retomar sin restricciones las pocas actividades de esparcimiento que tienen en sus duras vidas de explotación cotidiana.

Hemos dicho que las vacunas serán lanzadas sin haber sido probadas plenamente. Sin embargo, en este contexto de persistencia de la pandemia, para los trabajadores, incluso una vacunación de efectividad parcial es mejor que ninguna. Creemos, entonces, que las vacunas contra el Covid-19 debe ser de aplicación obligatoria y absolutamente gratuitas, con su costo a cargo de los gobiernos y las empresas; que debe haber un seguimiento sanitario también gratuito de quienes la han recibido y, finalmente, que deben ser los gobiernos y las empresas productoras los que se hagan cargo de la atención de los efectos secundarios que puedan tener.

Esto nos plantea un nuevo reclamo de lucha. Según la OMS sería necesario vacunar a 70% de la población mundial para lograr lo que se llama “inmunidad de rebaño”[12]. Eso exigiría un operativo de vacunación inédito en la historia de la humanidad, con las inversiones que sean necesarias para llevarlo a cabo y una cooperación internacional absolutamente inédita y opuesta a la feroz competencia actual.

Frente a esta necesidad perentoria, algunos gobiernos, como el de Jair Bolsonaro en el Brasil, tienen la actitud criminal de no apoyar la vacunación. El de Donald Trump ya había comprado una cantidad suficiente (300 millones de dosis) pero el resto del mundo (del que su país extrae gran parte de su fabulosa riqueza) “que se arregle”.

Mientras tanto, otros gobiernos favorables a la vacuna muestran nuevamente su mezquindad con planes para una vacunación nacional en 2021 muy inferior a la requerida. En España y Argentina, por ejemplo, con poblaciones superiores a los 40 millones de habitantes, los gobiernos planifican una campaña de 10 y 12 millones respectivamente. Además, esta vacunación insuficiente se realizará a lo largo de varios meses, con determinados criterios de prioridades.

La “nueva normalidad” implica no solo la aceptación de los despidos, el deterioro del salario, la pérdida de conquistas, el aumento de la pobreza y la miseria que la burguesía ocasionó con la pandemia, sino también que millones de trabajadores seguirán teniendo alto riesgo de contagio y, como vimos, de muerte.

La lucha por verdaderas medidas de seguridad sanitaria por parte de gobiernos y empresas y por vacunas para todos está a la orden del día. Esto debe ser parte de una lucha por inversiones masivas en la salud pública destinada a los trabajadores y el pueblo. Los especialistas más serios han dicho que es posible la aparición futura de nuevas cepas o virus, y recrudecimiento de enfermedades.

Es la propia vida de la clase trabajadora la que está en juego. El ejemplo que hemos dado de los mineros argentinos, y muchos otros trabajadores en el mundo, muestra que esa lucha es necesaria y posible.

Notas:

[1] https://covid19.who.int/?gclid=Cj0KCQiA2af-BRDzARIsAIVQUOcpD9kLytMBOCf8ileisrGaHtsi20RWUpmuSbQeBTIW8zaEpdOI2uEaAk4zEALw_wcB

[2] https://www.nexojornal.com.br/podcast/2020/12/03/O-novo-recorde-di%C3%A1rio-de-mortes-por-covid-19-nos-EUA?utm_medium=Email&utm_campaign=SDS&utm_source=SDS

[3] https://www.bbc.com/mundo/noticias-55016466

[4] Ver esos artículos en: https://litci.org/es/?s=covid  y https://litci.org/es/?s=pandemia

[5] Sobre este tema, recomendamos ver: https://litci.org/es/hacia-donde-va-la-economia-mundial/

[6] https://www.bbc.com/mundo/noticias-55016466

[7] https://www.pagina12.com.ar/ , ver “Pirulo de Tapa” en la edición del 8/12/2020

[8] https://www.dw.com/es/rebrote-en-alemania-m%C3%A1s-de-650-infectados-de-coronavirus-en-una-f%C3%A1brica-de-carne/a-53848869

[9] https://www.elpais.cr/2020/06/15/el-rebrote-del-coronavirus-en-varios-paises-pone-en-alerta-al-mundo/

[10] https://litci.org/es/63611-2/

[11] https://www.portafolio.co/economia/la-efectividad-de-la-vacuna-astrazeneca-en-validacion-546992

[12] https://www.expansion.com/sociedad/2020/11/11/5fac2a9b468aeb903d8b4578.html

[13] https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/salud/2020/11/10/5faa4d75fdddffa2728b466a.html y https://www.cronista.com/economiapolitica/Coronavirus-el-Gobierno-espera-empezar-con-la-vacunacion-en-la-primera-quincena-de-enero-20201124-0055.html