Las políticas del gobierno chino para hacer frente a las anteriores variantes de la Covid-19, basadas en estrictos confinamientos y test masivos continuados, funcionaron en las anteriores oleadas del virus. En esta ocasión, sin embargo, los brotes de la variante Omicron, más transmisible que las anteriores, han acarreado una grave situación de crisis y ha puesto en graves aprietos a la burocracia china.

Por Víctor Garralda

La crisis está teniendo como epicentro Shanghái, la capital económico-financiera y cultural de China, con 25 millones de habitantes. Con centro en Shanghái, la crisis impacta en toda la región del Delta del Río Yangtze, donde reside la cadena industrial más cualificada de China, que produce más del 10% del PIB del país. Cuando escribimos este artículo, también Beijing aparece amenazado por los brotes de Omicron, sin que sepamos aún cómo va a evolucionar la pandemia en la capital china.

Dados los enormes inconvenientes de todo tipo que provoca la aplicación de esta política antiCovid, uno se pregunta por qué la mantienen. Según los expertos sanitarios chinos, esto se debe a la escasa vacunación de las personas mayores (probablemente también a una menor eficacia de las vacunas chinas) así como a la precariedad de las infraestructuras sanitarias del país. Factores que hacen que no pueda repetirse en China lo que aconteció en EEUU bajo Trump, con más de 80 millones de infectados y casi un millón de muertos. Esto desestabilizaría profundamente al régimen chino que, además, está preparando otoño el XX Congreso del PCCh que debe reelegir a Xi Jinping.

La importancia de lo que sucede en Shanghái

Las autoridades están aplicando un confinamiento estricto que afecta desde finales de marzo al conjunto de la población de Shanghái, sin que ésta sepa cuándo va a acabar. Lo están aplicando con una enorme brutalidad burocrática, sin atender para nada a la opinión de los residentes y sin ningún miramiento hacia sus necesidades básicas. Las lastimosas condiciones de las áreas de confinamiento forzado (fangcangs) son consideradas por la población como un medio de propagación del virus más que de contención. Las puertas de los domicilios son selladas y los grupos de viviendas son rodeadas de altas vallas metálicas que impiden la entrada o salida de los vecinos. Hay grandes dificultades para obtener alimento y medicinas. Ha habido un número importante de muertes por el rechazo a tratamientos médicos y por los estrictos requerimientos exigidos para acceder a los hospitales. Los miles de trabajadores sanitarios movilizados, extenuados, están siendo obligados a enfrentarse a los residentes.

El impacto económico del confinamiento y de las trabas para la circulación entre distintas áreas y territorios está siendo enorme. La cadena de suministros ha quedado gravemente afectada y los precios de las materias primas y el transporte sufren fuertes incrementos. Las empresas no pueden servir los pedidos a sus clientes. Los puertos están siendo afectados.  Si la situación se prolonga, afectará pronto de lleno al conjunto de la economía china.

Como no podía ser distinto, los sectores más afectados son los trabajadores, en especial los trabajadores rurales migrantes, sin trabajo y sin ingresos en Shanghái y sin posibilidades de retornar a sus pueblos de origen. También están muy afectadas las provincias más pobres y rurales del centro y del norte del país, como Jilin o Liaoning. El confinamiento y las trabas a la movilidad están provocando incluso que no se lleve a cabo en ellas la siembra. Un año después de la declaración formal de Xi Jinping de que había acabado con la «pobreza extrema», profesores y académicos alertan del riesgo de recaída en la pobreza masiva. La política de «prosperidad común» de la que tanto alardeaba el régimen, ha desaparecido de los discursos y de la prensa oficial. Ahora, la «lucha contra la desigualdad» queda a la espera de tiempos mejores.

Factorías como la de Tesla han estado paradas 22 días, dejando de producir 50.000 vehículos. Lo mismo ocurre con las «joint ventures» con General Motors y Volkswagen de la estatal SAIC. También han cerrado las dos factorías de Foxconn en la vecina ciudad de Kushan, poniendo en vilo la cadena de suministro de Apple. La Cámara de Comercio Europea ha puesto el grito en el cielo ante la situación. Las autoridades han autorizar a retomar la producción en 666 empresas «estratégicas» de la región que integrarían una «lista blanca», con la condición que trabajen en «régimen de circuito cerrado», es decir, con los trabajadores confinados en las instalaciones de la fábrica, sin ninguna relación con el exterior. Estos obreros son obligados a trabajar hasta 12 horas por día y 6 días por semana. Sin embargo, los problemas de la cadena de suministro, así como la falta de personal afectado por la pandemia y la propia precariedad de condiciones para alojar a los trabajadores, hace que esta solución sea poco efectiva para los capitalistas. En el caso de Tesla o SAIC, por ejemplo, han reactivado la producción, pero sólo con un turno y no con dos, como es habitual.

El impacto del confinamiento de Shanghái va bastante más allá de la propia China, acentuando los problemas globales de las cadenas de suministro y añadiéndose a los efectos de la guerra de agresión de Putin contra Ucrania, agravando una situación económica mundial preñada de inestabilidad y crisis.

«La ira entre los residentes amenaza con desbordarse»

Es así como el periódico hongkonés South China Morning Post destacaba un artículo el pasado 14 de abril. La población de Shanghái ha expresado un profundo malestar y furia por la gestión burocrática, arrogante, torpe y represiva frente a la pandemia. Decenas y decenas de miles de residentes han salido a los balcones para golpear cacerolas contra las autoridades. Grupos masivos han gritado «distribuid los suministros». En muchos casos, grupos de vecinos se organizan de manera independiente para abastecer sus comunidades. En pleno confinamiento, las redes sociales se han convertido en el gran canal por el que ha discurrido la rabia de los habitantes de Shanghái, sin que el gobierno chino, a pesar de sus esfuerzos, haya podido impedirlo. Muchos vídeos evidenciando la arbitrariedad oficial y las situaciones extremas de los residentes, entre ellos “Voces de Abril», son virales.

La protesta de los residentes de Shanghái ha alcanzado una enorme fuerza y ha quebrado la «normalidad». Su resistencia al comportamiento burocrático y represivo del régimen continúa. En cualquier caso, es ya un hito donde se van a apoyar la clase trabajadora y el pueblo chinos en la lucha por las libertades y contra los privilegios y la corrupción burocrática, en su lucha contra la dictadura capitalista del PCCh.