Hace 240 años, el 4 de julio de 1776, los representantes de las 13 colonias de Gran Bretaña en América del Norte, reunidos en la ciudad de Filadelfia, votaron su independencia y la formación de una nueva república con un presidente y un parlamento propios que serían electos por el sistema del voto popular. La nueva república adoptó el nombre de Estados Unidos de América.

Por: Alejandro Iturbe

La declaración de la independencia fue un punto de inflexión en un proceso que llevaba más de 10 años. Para entenderlo, es necesario considerar las características propias de la colonización británica en estos territorios.

La colonización británica

A partir de los inicios del XVI, las principales potencias de la época iniciaron una política de construcción de imperios coloniales en territorios fuera de Europa. En este camino, la corona británica estableció su primera colonia en América del Norte (hasta entonces habitada por pueblos originarios en un estadio de desarrollo comunista primitivo) en 1607 (Jamestown, Virginia). Esa colonización luego fue expandiéndose rápidamente por la región de la costa atlántica.

A diferencia de otras posesiones coloniales, destinadas a la extracción de metales preciosos y minerales (es decir, una economía centrada en el saqueo de recursos y por eso, transitoria), las colonias de Norteamérica se desarrollaron centralmente alrededor de la producción agrícola destinada a ser exportada a la metrópoli, de carácter mucho más estable y permanente.

Sobre esta base, los dos sectores centrales de colonos que se establecían en los nuevos territorios (los ingleses protestantes puritanos y los irlandeses católicos) lo hacían con la perspectiva de transformarlos en su “patria” y allí poder prosperar con libertad de acuerdo con sus ideas y convicciones. Ambos sectores eran buenos agricultores y productores de artesanías.

Las colonias prosperaban y se expandían. Las del Norte (región conocida como Nueva Inglaterra), sobre la base agrícola de los farmers (granjeros), también fabricaban material naval y procesaban pieles. Las del Sur, se especializaron en el cultivo de plantación (tabaco, algodón y arroz). En ese marco, se desarrollaban centros urbanos, comerciales, administrativos y portuarios pequeños pero en permanente expansión, como Filadelfia, Nueva York, Boston y Charleston.

También una burguesía arraigada y con crecientes intereses propios. Esta burguesía estaba atravesada por una división estructural: la del Norte se desarrollaba basada en el trabajo asalariado, mientras que la del Sur lo hacía con el trabajo de los esclavos negros traídos desde África.

Aumentan las contradicciones

Las contradicciones de ambos sectores con la corona británica fueron creciendo cada vez más. Especialmente a partir de 1763, cuando se produjo un fuerte aumento de los impuestos. Entre ellos, el destinado a la autofinanciación de las tropas británicas asentadas en las colonias, el de los sellos postales y el de los productos importados monopólicamente por la corona, como el té.

Se inicia así una rebelión civil en la que la ciudad de Boston (Massachusetts) fue la vanguardia. Un ejemplo de esto fue la llamada Revuelta del Té (1774) en la que los patriotas (disfrazados de indios piel roja) tiraron al mar un cargamento de té importado. Más allá de su carácter esencialmente simbólico, este hecho es considerado un hito en ese enfrentamiento [1]. Fue una expresión de una campaña de boicot generalizado a los productos británicos, que incluyó la formación de “comités de patriotas” para impulsarla y garantizarla (en los hechos, la estructura básica de un partido por la independencia).

Empieza la guerra

En ese marco, en 1775 comienza a haber enfrentamientos entre las tropas británicas y las milicias patriotas. Londres declara a Massachusetts como “estado hostil” y envía tropas para reforzar la guarnición de Boston.

La “guerra revolucionaria” (como es conocida en la historia estadounidense) ya era abierta. Las milicias independentistas crecen en número y son reforzadas por tropas de otras colonias. También reciben apoyo en armamentos de las potencias coloniales enfrentadas con Gran Bretaña (como Francia, España y Holanda).

George Washington (nativo de la colonia de Virginia y coronel retirado del ejército británico) es nombrado general comandante del ejército rebelde de 16.000 hombres. Luego de varias batallas, derrotan a los británicos y pasan a controlar Boston. Posteriormente, la guerra se traslada y se extiende hacia las otras colonias.

La declaración de la independencia y el triunfo definitivo

De modo paralelo, un congreso de representantes de las colonias, que funcionaba en Filadelfia (llamado inicialmente contra el impuesto a los sellos y por otras reivindicaciones), se había transformado (desde 1774) en “congreso continental”. El 4 de julio de 1776, declara la independencia y el nacimiento de un nuevo país.

La guerra contra la corona británica continúa y sigue incorporando territorios hasta 1781, cuando logra su triunfo definitivo. Gran Bretaña acepta formalmente su derrota en 1782, y en 1784 reconoce al nuevo país.

Una gran revolución

La independencia de los Estados Unidos debe ser caracterizada como una de las grandes revoluciones burguesas de la época, junto con la revolución francesa (1789). En ella, se combinaron dos procesos. El primero es la lucha de la burguesía en ascenso por tener su propio estado y sus propias instituciones autónomas (destruyendo en ese proceso las instituciones de la monarquía). En este aspecto, anticipó en más de una década al proceso de Francia y se transformó en la primera república moderna.

El segundo fue la lucha anticolonial contra los imperios que las potencias dominantes (Gran Bretaña, Francia, Holanda, Portugal y España) habían construido en los siglos anteriores. En este sentido anticipó en 25 años al proceso de Haití de 1801 (aunque este último tuvo un elemento claramente distintivo: fue la única revolución anticolonial realizada por esclavos y no por la burguesía nacional).

Este carácter revolucionario burgués se expresó tanto en el texto de la Declaración de la Independencia como en la Constitución votada en 1787, con amplísimas garantías democráticas.

En ese marco, esa revolución dejó un gravísimo problema democrático pendiente: el tema del esclavismo, que fue conscientemente evitado en la declaración de la independencia y en la constitución para evitar la división entre los dos sectores burgueses que confluían (el propio George Washington era un hacendado esclavista).

Esta diferencia explotaría en la Guerra de Secesión (1861) cuando varios estados del Sur se opusieron a la política de abolición de la esclavitud que impulsaba el presidente Abraham Lincoln y se separaron de la Unión para formar los Estados Confederados. Luego de una larga y cruente guerra, que terminó con el triunfo de los unionistas, la esclavitud fue abolida legalmente. Pero el tema de la opresión, la discriminación y la represión sobre el pueblo negro sigue siendo hasta hoy un rasgo constitutivo del capitalismo estadounidense.

Una expansión permanente

La dinámica burguesía estadounidense tuvo, desde su propia conformación como burguesía independiente, una clara política expansiva. En la propia guerra por la independencia, esta se expresó (al oeste de los montes Apalaches) como una “guerra contra los indios”, ya que los pueblos originarios se habían aliado con los británicos por temor (como realmente ocurrió después) de que la nueva nación avanzase a desplazarlos de sus territorios.

En 1803 fue incorporada Luisiana (originalmente una colonia francesa). En 1819, Florida fue comprada definitivamente a los españoles. Junto con esto, los Estados Unidos crecían e incorporaban nuevos territorios hacia el oeste (sobre la gran pradera central de América del Norte) desplazando violentamente a los indios americanos (proceso que fue llamado eufemísticamente “conquista del Oeste”).

Una de las expresiones más brutales de esta expansión (como anticipo del monstruo que serían en el futuro) fue el robo de todo el Norte de México (cerca de 50% del territorio que pertenecía a este país). Este robo fue iniciado por la artificial creación de la República de Texas y su posterior incorporación a los Estados Unidos (1845) y continuado con la guerra entre ambos países (1846-1848). Como resultado, México perdió (además de Texas), el territorio que corresponde a los actuales estados de California, Nuevo México, Arizona, Colorado y Utah.

En 1867, los Estados Unidos compraron del imperio ruso el territorio de Alaska (separado del territorio central por Canadá). En 1898, invadieron y dominaron el archipiélago de Hawaii (en el lejano Pacífico oriental). Ambos territorios fueron incorporados luego como estados miembros de la Unión.

Consolidado su dominio de la costa del Atlántico a la del Pacífico, y desde Canadá en el norte hasta el río Bravo en el sur, la burguesía estadounidense empezó su expansión hacia Latinoamérica. Comenzó por lo que denominó su “patio trasero”: Centroamérica y el Caribe. A finales del siglo XIX, entró en guerra con España para garantizar la “independencia” de Cuba. Por la misma guerra, transformó a Puerto Rico en “estado asociado”. Dividió a Panamá de Colombia para garantizarse la construcción y el dominio del primer canal interoceánico. Transformó a otros países centroamericanos en “repúblicas bananeras” dominadas por la empresa United Fruit.

Desde allí, continuó su avance hacia el sur americano y, a partir de la Segunda Guerra Mundial, hacia su transformación en la potencia imperialista económica y militarmente hegemónica a la que se subordinan las otras potencias y las burguesías nacionales de las semicolonias (y de las colonias que aún subsisten).

Sustentó ese dominio con una política agresiva de golpes de estado, apoyo a sangrientas dictaduras, reiteradas invasiones y guerras localizadas. En su país, a pesar del impresionante desarrollo económico, y de las inmensas riquezas que posee y saquea del mundo, ha construido una sociedad feroz y desigual (la más injusta de los países desarrollados), donde muchos trabajadores blancos y, especialmente, de las minorías negra y latina son superexplotados, discriminados y reprimidos.

Es seguramente la burguesía imperialista más odiada por los trabajadores y las masas del mundo. No es casual: es el enemigo principal que debemos derrotar para construir el mundo socialista que anhelamos.

Pero este más que justificado odio actual, no debe hacernos olvidar que, en su origen, fue una burguesía revolucionaria, que llevó adelante una de las mayores revoluciones burguesas de la historia.

[1] El nombre de Tea Party, adoptado por una corriente de extrema derecha del partido republicano, se debe a la reivindicación de esta revuelta.