Lenin señaló, entre otros, un rasgo distintivo del imperialismo: “el capitalismo se ha transformado en un sistema mundial de opresión colonial y de estrangulamiento financiero de la aplastante mayoría de la población del planeta por un puñado de países ‘avanzados’”[1].

Por Daniel Sugasti

En medio de la pandemia más mortífera que la humanidad conoció en un siglo, ese concepto puede sintetizarse en un hecho: 60% de las vacunas que serán producidas en 2021 ya han sido acaparadas por Estados que representan 16% de la población mundial. A finales de marzo se habían administrado 536 millones de dosis, de las cuales 76% se concentraron en los diez países más ricos[2].

Cerca de 40% de las dosis que serán producidas –ya hablaremos de la capacidad de producción– está siendo disputada por 84% de los seres humanos. Esto determina que solo una de cada diez personas que viven en países pobres será vacunada en 2021. Está en curso un genocidio global.

Haber desarrollado no una sino varias vacunas seguras y eficaces contra la covid-19 en menos de un año supone una inmensa conquista de la humanidad. Sin embargo, este salto de la ciencia no está al servicio de combatir la dramática amenaza que se cierne sobre el mundo –la pandemia– sino de enriquecer a magnates de corporaciones de biotecnología que pueden ser contados con los dedos. Las vacunas, como todo bajo el imperio de las leyes del capitalismo, son mercancías solo a disposición de quien pueda pagar por ellas.

Si aplicáramos el criterio de Lenin, esto significa que todo el proceso de investigación, producción, distribución y aplicación de los inmunizantes no está regido por criterios sanitarios –salvar vidas– sino por las reglas del mercado capitalista, dictadas por las regalías de inmensos monopolios detentados por empresas de un “puñado de países avanzados”.

En consecuencia, la lucha por “vacunas para todos y todas” solo puede darse derrotando el capitalismo. Este modo de producción, anárquico, es la razón fundamental de que los países pobres y semicoloniales, reciban vacunas con cuentagotas mientras los países imperialistas acaparan el grueso de las dosis producidas y por producir.

El problema comienza con la capacidad de producción. Las empresas de biotecnología que desarrollaron las vacunas que ahora están en el mercado, aseguran reunir las condiciones para producir cerca de tres mil millones de dosis en 2021, que a lo sumo alcanzaría para inocular un tercio de la población mundial. Ese nivel de producción está muy lejos de lo necesario para vacunar a 70% de la población global, única forma de derrotar la pandemia, puesto que esta meta implica disponer de al menos diez mil millones de dosis.

La escasez originó la “guerra de las vacunas”, una disputa completamente desigual. Mucho antes de haber concluido el periodo de pruebas y, por ende, de comenzar la producción masiva, los Estado ricos compraron la mayor cantidad de los antígenos por medio de contratos secretos con las corporaciones biotecnológicas. Esto hace que pocos países tengan aseguradas dosis suficientes para inmunizar no una sino varias veces a sus propias poblaciones. Por ejemplo, Canadá dispondrá de nueve dosis por habitante; EEUU de siete; la Unión Europea de cinco. A este ritmo de producción, muchos países no recibirán sus primeras dosis hasta 2023. Si nos fijamos en el mapa de vacunación mundial, es evidente la división entre países ricos y pobres. De este modo, la línea entre el norte y el sur del planeta adquiere un significado todavía más perverso: marca los límites del apartheid de las vacunas.

Fuente: DW

Esta desigualdad, además de obscena, es inútil para superar la pandemia. De nada sirve que unos pocos países inmunicen a 70% de sus poblaciones si la covid-19 continúa circulando en otras partes del mundo. Si no se lo erradica, el virus seguirá transmitiéndose y mutando, creando nuevas variantes que invalidarán la eficacia de las vacunas actuales. Es lo que ocurre actualmente. En la medida en que los gobiernos burgueses se rehúsan a quebrar las patentes, se niegan a imponer medidas de distanciamiento físico con renta garantizada para la clase trabajadora y, a la vez, no avanza la vacunación, el SARS-CoV-2 desarrolló la cepa “británica”, “sudafricana” y “brasileña”, más transmisibles y, posiblemente, más letales.

Las poblaciones contempladas en el “apartheid de las vacunas”, en ese caso, deberían mantenerse aisladas del resto, algo imposible en el contexto de un mercado mundial dependiente de una constante circulación de mercancías y fuerza de trabajo. El “nacionalismo de las vacunas” puede parecer completamente irracional –y lo es–, pero ese desequilibrio, ese caos, es perfectamente coherente con la lógica del capitalismo, que sin excepción priorizará el lucro de unos pocos en detrimento de la salud –y de la vida– de la humanidad y el planeta.

Es necesario comprender que en medio de tamaña emergencia planetaria no existe punto medio. Nadie estará a salvo hasta que todos estemos a salvo. En este sentido, la clase trabajadora de los países imperialistas debe tomar en sus manos la bandera de un combate global contra la pandemia.

Romper las patentes de las vacunas

Pero, podría preguntarse, ¿por qué la escasez de vacunas?, ¿acaso el desarrollo tecnológico e industrial, en pleno siglo XXI, no es capaz de suplir esta necesidad?

Aquí entra el problema de las patentes. Es tarea impostergable organizar la lucha para romper los derechos de propiedad intelectual no solo de las vacunas sino de todos los medicamentos y de cualquier tecnología médica necesaria para contener la covid-19.

El mecanismo de patentes –utilizado para “proteger” cualquier producto– permite a las farmacéuticas y otras empresas explotar una invención, en este caso las vacunas, durante 20 años desde su concepción. Es decir, es una herramienta jurídica sobre la que se asienta el monopolio del producto de los avances científicos y las nuevas tecnologías, permitiendo que las empresas de biotecnología determinen la escala de producción y el precio de los inmunizantes o tratamientos, en este caso contra la covid-19.

Las reglas de protección intelectual son la principal barrera para que las vacunas puedan ser producidas en países con capacidad industrial adecuada pero ociosa, como Canadá, Brasil, México, Argentina, India, Egipto, Corea del Sur, entre otros. Para tener una idea, solo el Serum Institute de la India es capaz de producir 1.500 millones de dosis al año.

Sin ese obstáculo, sería posible una producción y suministro en escala masiva, abaratando todo el proceso y, en consecuencia, acelerando la vacunación en todos los países.

La gravedad de la crisis hizo que incluso Estados burgueses periféricos, como la India y Sudáfrica, solicitaran en octubre pasado la liberación de las patentes de las vacunas contra la covid-19 ante la Organización Mundial del Comercio (OMC).

El documento plantea para todos los miembros de la OMC una exención de ciertas medidas de propiedad intelectual en vacunas, medicamentos, pruebas de diagnóstico y otras tecnologías contra la covid-19 mientras dure la pandemia. A esa iniciativa se unieron más de 100 países y otras 370 organizaciones internacionales, entre ellas Salud por Derecho y Médicos sin Fronteras, que instaron a la OMC y a los gobiernos de los países ricos a que “antepongan la vida de las personas a los monopolios empresariales”[3]. Es decir, la bandera de la ruptura de las patentes fue asumida, incluso, por un sector de la burguesía mundial.

Pero, como se esperaba, la propuesta recibió un rotundo rechazo de los principales Estados imperialistas, que a su vez son sede de las empresas que han desarrollado y patentado las vacunas. EEUU, la Unión Europea, el Reino Unido, Suiza, Japón, Canadá, España, entre otros, se unieron para mantener el monopolio de la producción de los antígenos alegando que la seguridad jurídica es un incentivo fundamental para que las empresas “asuman riesgos” y canalicen inversiones en investigación y desarrollo de nuevas tecnologías. Hubo dos reuniones en febrero y una en marzo, y todas negaron la liberación de las patentes. Se espera que el debate continúe en abril.

La posición monopolista no cupo solo a los países ricos. Brasil, un país semicolonial que atraviesa su peor momento en la pandemia, también se opuso a la medida. Esta postura, evidentemente, guarda relación con la política genocida del gobierno Bolsonaro, que de ese modo no solo priva de los inmunizantes a su propia población sino a la de otros países de la región, puesto que Brasil cuenta con una industria capaz de producir vacunas por millones.

Lo mismo vale para el eventual resultado de los cerca de 1.600 ensayos clínicos con pruebas que involucran a humanos, que están en curso con el objetivo de desarrollar medicamentos para combatir las complicaciones graves de la covid-19. En el Brasil, el instituto Butantan de São Paulo desarrolla un suero inyectable rico en anticuerpos, que podría frenar el avance de la enfermedad y evitar, por ejemplo, que ataque los pulmones de personas ya infectadas. Pfizer está desarrollando un antiviral oral. Roche investiga un cóctel de aplicación intravenosa basado en los llamados anticuerpos monoclonales, que podría reducir el riesgo de hospitalización y muerte en un 70%. Las farmacéuticas MSD y Ridgeback realizan ensayos clínicos de fase 2 con el antiviral oral molnupiravir, que puede inhibir la replicación de virus de ARN como el SARS-CoV-2[4]. Todo esto es promisor, pero si no se elimina el principio de las patentes, el precio hará que los posibles nuevos tratamientos estén disponibles solo para aquellos que puedan pagarlos.

¿Las vacunas son un logro del capitalismo?

Recientemente, Boris Johnson, primer ministro británico, declaró sin medir hipocresía que la existencia y el éxito de las vacunas se debe a la “codicia” y al “capitalismo”[5]. En realidad, es lo opuesto. El capitalismo limita cualquier avance científico en el que la burguesía no identifique una oportunidad de lucro inmediato. Por eso no se desarrolló una investigación consecuente para obtener una vacuna después del surto del SARS-CoV-1 que surgió en 2003 en los países del Sudeste asiático. Como esa epidemia fue controlada relativamente rápido, el potencial de lucro de la industria farmacéutica se desvaneció y el mundo quedó a merced de un nuevo brote, que ocurrió a finales de 2019. El capitalismo es un chaleco de fuerza que aprisiona la ciencia.

Por otro lado, sostener que el mundo debe la existencia de las vacunas al riesgo asumido por los capitalistas es una enorme mentira. Las vacunas contra la covid-19 solo fueron posibles porque existió una inyección portentosa de fondos públicos. De acuerdo con la empresa de análisis de datos científicos Airfinity, 61% de la inversión destinada a la producción de vacunas provino de arcas públicas, contra 24% aportado por las empresas[6].

Si bien los contratos entre las empresas y los Estados son secretos, se sabe que Oxford AstraZeneca recibió, por lo menos, US$ 2.220 millones; Johnson & Johnson, US$ 819 millones; Moderna, US$ 562 millones; entre otras compañías.

Fuente: BBC

El proceso de desarrollo de las vacunas contra la covid-19 no escapó a la norma del capitalismo según la cual la generación de conocimiento y la producción es social, mientras que la apropiación de las ganancias es privada. En otras palabras, el costo es público, pero los beneficios engrosan las cuentas bancarias de unos pocos.

La propia AstraZeneca afirmó en repetidas ocasiones que el desarrollo de los biológicos no tendrá implicaciones financieras para la empresa, puesto que “se prevé que los gastos para hacer progresar la vacuna se compensen con fondos de gobiernos y organizaciones internacionales”[7]. Sin embargo, los directivos admiten que pueden llegar a cobrar hasta un 20% más del coste de producción de la vacuna[8].

Sin el dinero público, sea a través de la compra anticipada o de los recursos inyectados “a fondo perdido”, difícilmente las empresas farmacéuticas y de biotecnología hubieran asumido algún riesgo. Desde su punto de vista, la creación de vacunas, en tiempos de emergencia sanitaria, no se demostró rentable en el pasado. Las naciones pobres necesitan grandes suministros, pero no pueden pagar un precio muy alto. Además, las vacunas solo pueden administrarse una o dos veces. Hasta ahora no se confirmó si la covid-19, como es el caso del lucrativo mercado de vacunas contra la gripe, necesitará dosis de refuerzo anuales. En esa hipótesis, la rentabilidad aumentaría y es más probable que las empresas inviertan algo más de sus propios recursos.

El capitalismo no hizo posible las vacunas, como celebra Boris Johnson. El capitalismo, eso sí, parasitó el proceso colectivo de conocimiento científico para obtener lucros en lo que configura, para muchos, “el negocio del siglo”.

Así, en la medida en que succionan miles de millones del dinero público, las empresas de biotecnología aumentan su valor de mercado. Mientras millones enferman, mueren, pierden sus empleos o fuentes de ingreso en el mundo, los accionistas de las empresas que desarrollaron las vacunas se enriquecen cada vez más. Aunque experimentaron distintos niveles de crecimiento, seis de los laboratorios que lideran el mercado de las vacunas obtuvieron una valorización de más de US$ 85 mil millones en 2020[9].

Esto se expresó en escenas grotescas, como el caso de Albert Bourla, CEO de Pfizer, que vendió 62% de sus acciones el día que la empresa anunció los resultados preliminares de la eficacia de su vacuna anticovid. Con esa información privilegiada, Bourla aprovechó la previsible alza de las acciones y pudo embolsarse US$ 5,6 millones[10]. Pocos meses antes, ejecutivos de Moderna vendieron grandes cantidades de acciones tras anunciar resultados prometedores de su vacuna, entonces todavía en fase inicial.

La salida ante la escasez de vacunas que propone el imperialismo es la iniciativa Covax, liderada por la OMS. Al menos 72 países se unieron a ella con el objetivo de inmunizar a 20% de la población mundial de mayor riesgo en 2021. Pero el mecanismo Covax es a todas luces insuficiente. En primer lugar, porque no resuelve el problema principal: la producción. En la práctica, se limita de redistribuir los excedentes que los países ricos opten por “compartir” con los pobres. Covax, como incontables otros potenciales compradores, debe “competir” por 40% de las vacunas que serán producidas y que no fueron acaparadas por los países ricos. Para peor, dispone de US$ 2.000 millones, cuando se necesitan US$ 5.000 millones.

Socialismo o barbarie

Para detener el genocidio que está curso es necesario comprender que no existe salida efectiva para la clase trabajadora mientras la salud esté en manos de la clase capitalista. Para los ricos, que pueden saltarse la fila de la vacunación y ser atendidos de la mejor manera posible, la vida de millones de trabajadores no importa.

El lema de la burguesía mundial es y será: “no importa cuántos mueran, los negocios no pueden parar”. Esta es la lógica inexorable del capitalismo. Lo importante es seguir produciendo, lucrando. Lo demás no importa, no pasará de un “daño colateral”. La clase trabajadora, para los ricos, es carne de cañón. No existe término medio: o ellos, o nosotros.

La única salida realista y coherente para la defensa de la vida de millones de personas es liquidar el capitalismo. Esto implica, entre otras medidas urgentes, la expropiación, sin indemnización y bajo control obrero, de los principales resortes de la economía mundial. Y, en medio de la pandemia, especialmente de los complejos industriales farmacéuticos y de los destinados a la producción de vacunas y equipos médicos, como lechos, respiradores, oxígeno, máscaras, gafas, guantes, alcohol, y todo lo necesario para enfrentar esta enfermedad.

Lo único que puede liquidar esta anarquía es la aplicación de un programa socialista. Solo una economía socialista podrá garantizar una salud pública, gratuita, universal y de calidad. Es urgente confiscar estos sectores, que están en manos de un puñado de magnates, y ponerlos a funcionar sobre la base de un plan económico concebido y controlado por la clase obrera. Mientras impere el modo de producción y el mercado capitalistas, la inmunización de la humanidad será una quimera. No obstante, conscientes de la necesidad inmediata, la lucha por la ruptura de las patentes es el principal reto de la clase trabajadora. La lucha antiimperialista asume un sentido concreto e inmediato en la pelea contra las barreras legales que impiden la producción de vacunas y, por lo tanto, la inmunización masiva.

Como hemos planteado en otras publicaciones en este sitio, como pocas veces en la historia está planteada de manera tan dramática la disyuntiva entre socialismo o barbarie, socialismo o exterminio sistemático de la mayor parte de la humanidad.

Notas:

[1] LENIN, V. I. El imperialismo, fase superior del capitalismo. Madrid: Fundación Federico Engels, 2010, p. 7

[2] Ver: <https://www.swissinfo.ch/spa/coronavirus-oms_oms–se-han-superado-500-millones-de-vacunaciones–pero-a%C3%BAn-hay-desigualdad/46488768 >.

[3] Ver: <https://www.elespanol.com/invertia/observatorios/sanidad/20201019/ong-limitar-patentes-vacunas-tratamientos-frente-covid/529447460_0.amp.html>.

[4] Ver: <https://www.bbc.com/mundo/noticias-56584885>.

[5] Ver: <https://www.theguardian.com/politics/2021/mar/23/greed-and-capitalism-behind-jab-success-boris-johnson-tells-mps>.

[6] Ver: <https://www.bbc.com/mundo/noticias-55293057?fbclid=IwAR3F8ebgFUxTe-KwoB6b6jN2T9ai7raA7ntRvSNzbteHl2PR6SQJxIO4iw0>.

[7] Ver: < https://msf-spain.prezly.com/los-gobiernos-deben-exigir-a-las-farmaceuticas-que-hagan-publicos-todos-los-acuerdos-de-licencia-de-vacunas-de-covid-19 >.

[8] Ver: < https://msf-spain.prezly.com/los-gobiernos-deben-exigir-a-las-farmaceuticas-que-hagan-publicos-todos-los-acuerdos-de-licencia-de-vacunas-de-covid-19 >.

[9] La vacuna. El negocio de las farmacéuticas: <https://www.youtube.com/watch?v=2UHxJpSYloA>.

[10] Ver: <https://www.forbes.com.mx/negocios-ceo-de-pfizer-vendio-62-de-sus-acciones-ante-anuncio-de-prometedora-vacuna/?fbclid=IwAR2WlU44J2d1HRcCcqVEEc6Ifv2MluyLRr7Y_ZVaKZtkh0Bms_Zh4a5dRb8 >.