El 150° aniversario de la Comuna de París dio origen a muchos estudios, libros, comentarios y entusiasmo del público. Mucho más que los cien años de la Revolución Rusa.

Por Michael Lenoir

La Comuna aún en boga

Esta diferencia notoria es debida a un conjunto de factores, por lo menos tres. Al contrario de la Revolución Bolchevique, cuyo terrible rescaldo estalinista indujo un desgaste, muchas veces confuso, pero bastante generalizado, la Comuna fue destruida en una masacre impiadosa, y así mantuvo el estatus de hecho histórico transitorio pero grandioso, no manchado por un proceso degenerativo. Además, la revolución parisina de 1871 mantuvo una simpatía bastante generalizada en la izquierda y aún es celebrada en el movimiento obrero, mientras dentro del movimiento obrero la Revolución de Octubre siempre fue de naturaleza divisoria. Como en los últimos años, luego del colapso del llamado “comunismo” en el Este, las corrientes libertarias están en ascenso –por lo menos en términos de influencia ideológica– en varios países, es el aspecto no autoritario, incluso hasta libertario de la Comuna que muchas veces es agitado como una bandera. Hubo muchos movimientos revolucionarios –aunque con diferentes convicciones– que retomaron la terminología comunera, de Shanghái a Chiapas, de Oaxaca a Rojava. También son comunes las luchas sociales actuales que se basan parcial o totalmente en ella, desde Notre-Dame des Landes hasta una fracción de los Chalecos Amarillos. Agreguemos a estos, las corrientes de pensamiento crítico que se apoderan de ella, siguiendo el ejemplo de Murray Bookchin, teórico del municipalismo libertario. Y estos son solo algunos ejemplos.

Pero si bien no faltan motivos para ser apasionados por la Comuna de París, incluso para maravillarse con su espíritu de libertad, igualdad y solidaridad, y su espontaneidad, no podemos dejar de lado su trágico desenlace, que merece nuestros pensamientos. No es de forma alguna insultante para la Comuna mirar sus debilidades y errores para intentar comprender las razones de su terrible derrota. Este abordaje es esencial para sacar lecciones actualizadas de este grandioso pero efímero experimento histórico, a fin de, tal vez, asegurar que las insurrecciones de los trabajadores y los pueblos no sean interrumpidas por una abominable masacre, y finalmente lleven, por el contrario, a victorias duraderas y acumulativas. Para entender qué era realmente la Comuna, vamos primero a intentar entender cuáles eran las fuerzas sociales y políticas presentes en el campo de la Comuna.

Trotsky, la Comuna y el partido que faltaba

Los bolcheviques han estudiado mucho la Comuna, a fin de aprender con ella para, esta vez, vencer contra los dueños y los opresores. Para los marxistas revolucionarios –al contrario de los anarquistas– es un dato adquirido que lo que faltaba en la Comuna de París era un partido revolucionario. En su prefacio al libro de C. Talès de 1921, Trotsky explica que las masas trabajadoras precisan de un partido para vencer, incluso cuando son ellas las que hacen la revolución. ¿Por qué?

La Comuna nos muestra el heroísmo de las masas trabajadoras, su capacidad de unión en un único bloque, su don o autosacrificio en nombre del futuro, pero al mismo tiempo nos muestra la incapacidad de las masas de escoger su camino, su indecisión en la dirección del movimiento, su inclinación fatal para parar después de los primeros éxitos, permitiendo así que el enemigo se recupere, restablezca su posición[1].

Un poco más adelante, Trotsky especifica en pocas palabras lo que quiere decir con partido revolucionario.

El partido de los trabajadores –el verdadero– no es una máquina para maniobras parlamentarias, es la experiencia acumulada y organizada del proletariado. Es solamente con la ayuda del partido, que cuenta con toda la historia de su pasado, que prevé teóricamente las formas de desarrollo, todas las etapas, y extrae de ellas la fórmula de la acción necesaria, que el proletariado se libera de la necesidad de siempre recomenzar su historia: sus hesitaciones, su falta de decisión, sus errores. El proletariado de París no tuvo tal partido[2].

¡Un partido, de cierta forma, para que el proletariado deje de ser condenado a desempeñar el papel de Sísifo! Una partido para la acción, pero también un partido-memoria. Si la existencia de tal partido revolucionario realmente estaba faltando en 1871 –la Asociación Internacional de los Trabajadores, o AIT, o Primera Internacional, fundada en Londres en 1864, no llenaba esos criterios [volveré sobre esto]– también hay que notar que la ausencia de tal partido está íntimamente ligada a las debilidades que llevaron a la Comuna a su destrucción. Pero vale la pena ir más lejos en la reflexión. Esto es posible porque la historia de la Comuna ha avanzado considerablemente desde 1921. En esta perspectiva, voy a intentar traer elementos de respuesta a dos preguntas:

  • ¿Por qué un partido revolucionario como el deseado por Trotsky no existió en 1871? Existen causas objetivas y sobre todo subjetivas para eso, algunas de las cuales son materiales y otras ideológicas, ambas entrelazadas, como veremos.
  • ¿De qué forma, de hecho, un verdadero partido revolucionario de los trabajadores habría tenido más capacidad para evitar el desenlace fatal de la Comuna? Observaremos, al respecto, que algunas de las causas que impidieron el surgimiento de tal partido también desempeñaron un papel directo en el debilitamiento de la Comuna y en el fortalecimiento de la contrarrevolución de Versalles.

Sobre las condiciones para el surgimiento de un partido revolucionario proletario en 1871

Lo que gustaría de enfatizar aquí es que las condiciones históricas aún no permitían que el proletariado parisino tuviese un partido revolucionario suficientemente establecido y políticamente maduro para enfrentar la situación de forma eficaz. Por condiciones históricas, me refiero tanto a las condiciones objetivas, ligadas al estado de las estructuras sociales, en particular estructuras de clase, como a las condiciones subjetivas, a las percepciones y a la conciencia de los actores de la Comuna y a su estructuración en “partidos”. Y aún así, basta mirar la historia de Francia y de París desde el final del siglo XVIII para percibir que la capital francesa había experimentado más revoluciones que otras, y así tenía más lecciones para aprender con ellas que en cualquier otro lugar del mundo… Y aún así, no había ningún partido capaz de sintetizar esas lecciones.

La AIT se había desarrollado mucho en Francia y en París durante los últimos años del Imperio, participando de las luchas de los trabajadores en todo el país. Pero la AIT, un agrupamiento amplio de trabajadores, no poseía absolutamente el grado de coherencia y centralización de un partido revolucionario, conforme descrito por Trotsky. La AIT era muy joven y el debate avanzó paso a paso.

París, capital de las revoluciones

Vamos primero a poner la Comuna en el marco del largo plazo, para recordar que ella ocurrió luego de una serie de choques revolucionarios. Estos sacudieron a Francia, y particularmente a París, desde la Revolución Francesa (1789-1794), e incluyeron en particular las revoluciones conocidas como “liberales”, en julio de 1830, y “democráticas” en 1848. En cada una de esas revoluciones, el pueblo –y en particular su componente de clase trabajadora– derramó su sangre, pero en el final su sacrificio fortaleció a otra clase, o una fracción de las clases dominantes, impulsándolas para la cima del poder político. Pero el suelo revolucionario era fértil y entre estas grandes fechas, numerosos tumultos e intentos de insurrección también puntuaron la vida política del siglo XIX.

Después de la destrucción de los trabajadores parisinos en junio de 1848, las clases dominantes confiaron las llaves del país al príncipe Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del antiguo emperador francés. Desde golpe de Estado realizado por este último el 2 de diciembre de 1851, Francia vivía bajo el yugo del Segundo Imperio. El régimen, muy autoritario, permitió que la clase capitalista prosperase, haciendo negocios suntuosos. El país se estaba industrializando rápidamente y dando un salto cuantitativo en la industria pesada, especialmente en el campo del transporte ferroviario. La especulación financiera también estaba en ascenso. A partir del final de los años 1860, el Imperio fue llamado “liberal”: era un poco menos autoritario, pero también estaba hundiéndose en dificultades económicas y políticas. Para escapar de eso, el emperador embarcó en un vuelo bélico –que se revelaría fatal– contra Prusia. La guerra, declarada el 19 de julio de 1870, rápidamente se tornó muy mala para el régimen: el 2 de setiembre, el ejército francés sufrió una derrota abrumadora en Sedán, y el emperador fue hecho prisionero por el ejército prusiano. Así que la noticia de esta humillación imperial y nacional se extendió, el pueblo tomó las calles para derrocar el régimen, particularmente en Lyon, Marsella y París, donde la república fue declarada sin dificultades. La revolución del 4 de setiembre fue impulsada por una aspiración global a la república, claramente en la mayoría de las grandes ciudades, y se basó en consideraciones “democráticas”… Pero “república” y “democracia” no significaban la misma cosa para el pequeño pueblo de París y para los individuos sobre que la revuelta popular era para traerlos al gobierno conocido como la “Defensa Nacional”. En pocos meses, este hiato se tornará dolorosamente obvio.

Proletarios y Comunardos

Los historiadores concuerdan con el papel esencial desempeñado por la clase trabajadora parisina en el surgimiento y la animación de la Comuna. No obstante, ha habido un bies de interpretación que hace mucho consistió en aplicar más o menos las estructuras y características del proletariado del siglo XX al de 1871. En los últimos cincuenta años, gracias en particular al trabajo de Jacques Rougerie, se tornó más claro que esta era una importante fuente de error. Este gran historiador de la Comuna llegó al punto de escribir:

El comunardo no tiene nada de proletario moderno. Así como la Comuna está enraizada en la tradición, en la memoria de la Gran Revolución, así también en el parisino del pueblo de 1871, aún hay muchas características, poco rejuvenecidas, de los distantes sans-culottes, notoriamente la exigencia de participación directa en el ejercicio del poder, o un furioso anticlericalismo[3].

¿Nada de proletariado moderno? J. Rougerie probablemente va demasiado lejos: la base de la Comuna fue, por encima de todo, la clase trabajadora, y el obrero y la obrera parisinos en 1871 ya eran proletarios: no poseían los medios de producción y tenían que vender su fuerza de trabajo. Pero eran proletarios menos concentrados que el proletariado del siglo XX, y muchas veces poseían calificaciones que estaban amenazadas por la mecanización capitalista. En 1871, el proletariado de [ese tiempo] ciertamente había crecido mucho desde su fase puramente embrionaria de 1793, y también había cambiado cualitativamente. Pero la fase de su gestación preservaba para ella una parte de sus características originales. El proceso ininterrumpido de proletarización de la sociedad fue masivo después de eso, llevando a transformaciones cualitativas de la clase. La clase había cambiado mucho en el siglo XX, cuando se desarrolló la historiografía ligada al movimiento obrero (especialmente al PCF).

De los 79 miembros electos de la Comuna, había cerca de treinta trabajadores y “artesanos”, un número aproximado dada la naturaleza estricta de esta clasificación para la época[4]. De modo más general, entre los comunardos, ciertamente había proletarios vendiendo su fuerza de trabajo a los dueños de fábricas capitalistas. Pero más numerosos eran los trabajadores calificados, incluso altamente calificados –algunos de los cuales se habían tornado pequeños jefes artesanales, y cuya profesión era ejercida en pequeñas unidades productivas. Los comunardos también tenían ocupaciones no manuales (escribamos, vendedores, contadores, profesores, abogados, periodistas, médicos, académicos…). Muchas de esas profesiones, para hombres y mujeres, desaparecieron desde entonces. Pero en lo que respecta a la clase trabajadora, y para ilustrar mi punto limitándome a los funcionarios electos de la Comuna, citaré algunos ejemplos de esas profesiones manuales y de la clase trabajadora, muchas veces altamente calificadas. Eugène Varlin, un obrero de elite, no era el único encuadernador del Consejo de la Comuna: era también el oficio de Adolphe Clémence. Joseph Oudet y Gabriel Ranvier eran pintores de porcelana, así como Alfred Puget, que más tarde se tornó contador. Eugène Pottier fue diseñador de telas, antes de tornarse poeta y escribir la letra de la Internacional. Henry Champy era un pequeño orfebre; Antoine Demay, un escultor; y el marxista húngaro Leo Frankel, un orfebre y relojero. Albert Theisz, el cartero general de la Comuna, era un cazador de bronce.

Los funcionarios electos eran bastante numerosos entre los zapateros: Emile Clément, Simon Dereure, Jacques Durand, Alexis Trinquet, o Charles Ledroit, que más tarde se tornó fotógrafo, mientras Auguste Serraillier, enviado de Marx para la AIT, era un zapatero, y Fortuné Henry, un marroquinero. Louis Chalain, un activista de la AIT era albañil. Charles Amouroux era un sombrerero y Clovis Dupont era un fabricante de canastas. Benjamín Barré trabajó como carpintero, Hubert Géresme como obrero fabricante de sillas, mientras el activista internacional Jean-Louis Pindy era carpintero. Otro cuadro de la AIT, Benoit Malon, era un tintorero, como Victor Clément. El Consejo Comunal también había incluido metalúrgicos de varias calificaciones: Emile Duval, un fundidor de hierro; Charles Ostyn, tornero; o los militantes de la AIT Camille Langevin, un mecánico y tornero de metal, y Adolphe Assi, un mecánico, también de la AIT, que había sido contratado como un mecánico ajustador en la Schneider au Creusot, y había desempeñado un papel importante en la huelgas de 1870 de esta gran empresa.

La Guardia Nacional parisina y su Federación, con sus organismos electos y revocables, incluyendo el Comité Central, eran más trabajadores en su composición social que el Consejo de la Comuna, que proporcionalmente incluía más intelectuales, algunos de los cuales (periodistas, profesores, abogados, académicos…) podían darse a conocer más fácilmente que los trabajadores manuales.

Pero todo esto no pone en cuestión la fuerte presencia global del trabajo brazal, que estaba en gran parte en la base popular de la Comuna, y fuertemente representada en su Consejo. Si los trabajos manuales están muy presentes en la Comuna, se debe notar también que una gran parte de ellos es reservada a las mujeres, que ganaban en media la mitad que los hombres. Estos oficios no aparecen, porque incluso bajo la Comuna, el mundo de las instituciones políticas permanecía un mundo de hombres, y las mujeres no votaban. Y no parecen ser muchas las profesiones reservadas a las mujeres, y muchas veces desaparecidas desde entonces. Ellas aparecen en las actas de los Consejos de Guerra que siguen a la Comuna: encontramos en particular empleadas del vestido, lavanderas, planchadoras, modistas, bordadoras, costureras de botas, de edredones, calzones, chalecos, guantes, costureras de vestido, de pasamanerías, cartoneros…[5]. Muchos oficios manuales, por lo tanto, a veces altamente especializados, muchas veces calificados y practicados en la mayoría de los casos en pequeñas unidades de producción, muchas veces en casa.

En cualquier caso, el error metodológico de adornar el pueblo comunardo con características sociológicas, o modos de pensar específicos del proletariado francés que vive medio siglo o incluso un siglo después, lleva a una incapacidad para comprender la incapacidad de la clase trabajadora de aquella época de crear un partido como el descrito por Trotsky.

La clase trabajadora de París durante la Comuna

Para ver esto más claramente, debemos profundizar en los datos demográficos. París era entonces una ciudad de cerca de dos millones de habitantes. La mayoría de la población estaba formada por personas de la clase trabajadora que llevaban una vida muy dura. Estas categorías están altamente concentradas en los distritos Norte y Este de la capital, mientras los burgueses residen en el Oeste (y muchos huyeron desde el cerco del ejército prusiano en setiembre de 1870). Las clases trabajadoras incluían a los desempleados (viviendo de la mendicidad, la prostitución o de pequeños hurtos) los trabajadores de fábricas y talleres; trabajadores de oficina; pequeños funcionarios públicos; y artesanos y pequeños comerciantes.

La población obrera representaba una gran parte de la población activa: había casi 500.000 obreros y obreras[6]. Cinco años antes, en 1866, 57% de los parisinos vivían de actividades industriales, y 12% de actividades comerciales. En aquella época, había 455.000 obreros y obreras, 120.600 empleados (en tiendas y servicios), 140.000 patrones y 100.000 empleadas domésticas[7]. Entre los trabajadores manuales, mitad trabajaba en la industria del vestido y la artesanía, y un décimo en la construcción civil[8]. Si la población obrera era mayoritaria en París, su distribución en la economía y la estructura productiva eran muy diferentes del que prevaleciera a partir del final del siglo XIX y especialmente en el siglo XX. Deje a J. Rougerie describir para nosotros este mundo desaparecido.

La pequeña industria reina suprema: más de 60% de los “patrones” trabajan solos o con un único trabajador. Pero al lado de las pequeñas tiendas, una serie de pequeños y medianos talleres, había fábricas sólidas con 50, 100, a veces 500 trabajadores: orfebres, fabricantes de bronce y fabricantes de objetos metálicos. Dos fábricas de locomotoras, Cail y Grenelle, y Gouin en Batignolles, tenían más de mil trabajadores. Los talleres del Chemin de fer du Nord en La Chapelle son una fortaleza metalúrgica desde 1848. Empresarios de todos los tamaños hicieron que la fuerza de trabajo dispersa de la industria del vestido, el calzado y el mobiliario, en su mayoría mujeres, trabaje desde la casa; empresas del vestido y grandes almacenes competían ferozmente con el artesanado independiente […] En la parte inferior de la pirámide estaba el trabajador diurno, con trabajo incierto, y en la parte superior, el trabajador artístico. Está el trabajador oriundo de una familia enraizada en París, y el trabajador recién inmigrado. Cada oficio tiene su propio color y su propio lugar […] Esta espantosa diversidad también hace una unidad sorprendente; una “nacionalidad” de la clase trabajadora parisina fue forjada[9].

Es claro que entre las categorías de trabajadores, lo que predomina en 1871 es el obrero o la obrera que trabaja en un taller o en una unidad de producción muy pequeña, y no en una gran fábrica. En Francia y en París, es claro que ya existían empresas grandes, pero la fuerza de trabajo estaba principalmente dispersa en empresas pequeñas, muchas veces muy pequeñas. El marco general aún es el de un capitalismo muy competitivo, los monopolios llegarán más tarde.

Consecuencias ideológicas de la sociología de París en 1871

Este punto está lejos de ser meramente descriptivo: esta realidad influencia necesariamente la conciencia de la mayoría de los proletarios parisinos y su percepción de lo que es el capitalismo, y la representación que ellos tienen de sus principales enemigos. Lo que los trabajadores rechazan es el poder político de aquellos de arriba y de las personas corruptas que chapalean en él o andan alrededor de él; estos son los “buitres”, como son llamados los aprovechadores de la escasez, o los propietarios de edificios (los sanguijuelas a quien usted tiene que pagar su alquiler). Sin mencionar a los padres y la jerarquía eclesiástica, casi unánimemente abominados por los comunardos. El rechazo a los patrones como tales no es muy difundido, al contrario de lo que ocurrió en 1936, por ejemplo; esto porque la gran mayoría de la clase trabajadora parisina aún está próxima del (pequeño) patrón, que trabaja a su lado. La mayoría de esos proletarios ve al patrón como un artesano, muchas veces trabajador y competente, una persona con quien tiene una relación personal, y no como un explotador capitalista. La ligazón con la explotación capitalista y la extracción de plusvalía no es obvia en un contexto donde la mayoría de los pequeños patrones también son compañeros de trabajo de sus trabajadores. Las relaciones capitalistas de producción aún están en gran parte en su infancia. La situación es diferente en las fábricas más desarrolladas. Pero, una vez más, estos son pocos en número. A pesar de todo, el proletariado en ciertos sectores, aunque muy disperso entre numerosas pequeñas unidades de producción, consiguió organizarse durante las acciones colectivas de gran escala: este es el caso de los encuadernadores, que lideraron grandes huelgas en 1864 y 1865; después, de los trabajadores del bronce en 1866, y esto dio a la Internacional la oportunidad de construirse y de mostrar su utilidad. Pero, básicamente, esta estructuración particular del proletariado creciente, aún muy atomizado, influencia necesariamente su nivel de conciencia y su comprensión del mundo capitalista. Y esto tiene consecuencias ideológicas y políticas inmediatas y más amplias. Este es particularmente el caso de la cuestión de la propiedad de los medios de producción: muchos trabajadores no prevén la expropiación de su propio patrón, muchas veces un artesano próximo a ellos. Y esto, aun cuando sea justo considerar que la Comuna está situada en una oposición objetiva al capital… Lo que este último comprendió muy bien.

Nótese que la expropiación del capital no es presentada como una consigna por la Comuna. Dos hechos ilustran esto: la actitud de los Comunardos en relación con el Banco de Francia (tema sobre cual volveré), y la reactivación de talleres abandonados por sus propietarios. Cuando decretó la requisición de los talleres abandonados, la Comuna optó por entregarlos a las asociaciones de trabajadores que serían formadas para este fin. Este no fue ciertamente una simple medida circunstancial: el decreto preveía que «en caso de retorno del propietario, la asociación de trabajadores mantendría el taller. Pero como una señal de compromiso de la política comunarda, el patrón se beneficiaría con una indemnización»[10]. A pesar de la presencia de una mayoría de electos que se autodenominan “socialistas” –el término “comunista” es mucho menos reivindicado– en el Consejo de la Comuna, el socialismo de los comunardos es muy vago, y su contenido es debatido. “Una idea fue unánimemente compartida por los Comunardos: el trabajo debe recibir su justa recompensa. Pero, a partir de ahí, muchos caminos fueron recorridos, hasta incluso divergentes. También es claro que las medidas propiamente socialistas fueron limitadas”[11]. La idea general que prevalece es la de distribuir el valor producido entre los productores, y no en beneficio de los explotadores. Pero en cuanto a las medidas a ser tomadas, el grado de enfrentamiento con la propiedad capitalista, prevalece la indefinición y la indecisión. La Comuna no tienen un plan claro para atacar –por lo menos no directamente o no inmediatamente– la propiedad privada de los medios de producción. Mientras la expropiación de la burguesía y la propiedad colectiva de los medios de producción deberían tornarse un elemento programático clave de los partidos socialistas, y más tarde comunistas, esto no fue de modo alguno unánime entre la Comuna parisina.

Más exactamente, los Comunardos hablan, ciertamente, de la cooperación del trabajo. Pero si hubiera la propiedad colectiva de las herramientas de trabajo, la forma anticapitalista que conocimos más tarde –la expropiación de los dueños del capital por un gobierno proletario (o uno que afirma ser tal)– no está en la agenda. De hecho, en 1871 había una gran confusión sobre la estructura de la propiedad y la estructura de la producción a ser implantada. Las luchas de los últimos años aún no nos permitieron ir lejos en el debate programático y estratégico. El hecho es que en la época, el marxismo aún estaba lejos de haber ocupado su lugar pleno en el movimiento obrero, mientras el anarquismo en París aún estaba en los estadios iniciales de su expansión. Esto nos lleva directamente a la siguiente pregunta: ¿quiénes eran esos comunardos? ¿Qué sabemos sobre su pensamiento político, sus aspiraciones? ¿Cómo ellos están organizados, en cuáles “partidos”?

Ideas que reúnen el campamento comunal

Cuando se creó la Comuna no había un “partido” en la Comuna en el sentido con que la palabra “partido” es usada hoy. A partir de setiembre de 1870, los activistas de la AIT y otros intentaron federar los “comités de vigilancia” en el Comité Central de los veinte arrondissements (barrios de la capital). Esto podría ser comparado con un embrión de partido, destinado a reunir revolucionarios socialistas en todo París, al ritmo de dos delegados por arrondissement. Pero aquí nuevamente, esta delimitación permanece muy amplia. La autoorganización en los distritos, además de los clubes, lugares de debates intensos y diarios presentes en toda la ciudad (pero más particularmente en los distritos de la clase trabajadora), permite que los militantes se dirijan a las masas trabajadoras y hagan que las personas más avanzadas actúen en conjunto. Pero las decantaciones políticas llevan tiempo.

Había tres corrientes ideológicas principales entre los comunardos: la corriente proudhonista, la corriente blanquista y la corriente neo-jacobina. Cada corriente tiene sus propias características particulares, pero las divergencias y contradicciones son aparentes tanto entre estos grupos como dentro de ellos. Durante los últimos años del Imperio, durante el gobierno de Defensa Nacional, y durante el corto periodo del 18 de marzo al 28 de mayo. Hubo decantaciones que afectaron todas las sensibilidades. De la misma forma que es necesario comprender que la clase obrera parisina de 1871 era muy diferente de la del siglo XX es necesario comprender que estas corrientes políticas, que ahora desaparecieron, no pueden ser consideradas precursoras de las que surgieron más tarde (socialistas, anarquistas, socialdemócratas, comunistas, etc.). En 1871, los debates programáticos y estratégicos mal habían comenzado. De hecho, la caída de la Comuna de París contribuirá en gran parte a desarrollar el debate dentro del movimiento internacional de los trabajadores.

Varios puntos importantes eran consensuales entre las corrientes impulsadas para la animación de la Comuna: un rechazo categórico a la reacción monárquica e imperial y un repudio a los aristócratas, como había sido el caso 80 años antes; una exigencia visceral republicana, a pesar de una definición bastante vaga de este república, pero que puede ser resumida por expresiones emanadas del propio movimiento comunal: “república democrática y social”, “república universal”; una determinación feroz de acabar con el clero y su influencia en la sociedad. Vamos ahora a decir algunas palabras sobre las tres corrientes políticas mencionadas arriba.

Proudhonismo

Proudhon afirma su oposición al Estado y al principio de autoridad, que él rechaza tanto en una monarquía como en los jacobinos. Para él, la revolución debe basarse en la idea de reciprocidad. Como promotor de las ideas mutualistas, él era contrario a todo estatismo[12]. Queriendo basar el orden político en la libertad y no en la autoridad, él defendió arduamente las ideas de la descentralización y federación, un principio contractual que debería regir tanto las relaciones económicas como las opciones políticas.

Las ideas de Proudhon (que murió en 1865) aún eran muy influyentes entre la clase trabajadora parisina en 1871. Aunque Proudhon y sus seguidores denunciasen muchos de los males del sistema, en su percepción el mercado era considerado justo por naturaleza, y ni el intercambio de mercancías[13] ni el sistema salarial eran cuestionados. Su crítica permaneció parcial, no percibiendo el proceso de explotación inherente al capitalismo, enraizado en la extracción de plusvalía. Al contario, ellos creían que todos los males de la sociedad de la época estaban ligados a fenómenos fuera del mercado: intervención política, establecimiento de grandes empresas y monopolios, etc. Para esta corriente, un mercado perfectamente competitivo debería permitir una coexistencia armoniosa entre maestros, jornaleros y aprendices –un poco como en un pasado mítico– a fin de remover la amenaza de ruina para esta pequeña economía de mercado planteada por la competencia de la gran industria. Se puede ver en esto una falta de comprensión del hecho de que la competencia capitalista, más temprano o más tarde, lleva al monopolio, a través de la concentración y la centralización. Entendemos también que esta visión del mundo estaba en armonía con los pensamientos del aún predominante mundo de los trabajadores y artesanos. Entendemos también que la cuestión de la expropiación de capital no se planteó para los partidarios de esta visión.

Blanquismo

En muchos puntos, los blanquistas, que no eran muy teóricos, eran lo opuesto de los proudhonistas. Blanqui (apodado “El Encerrado” por sus largos años en prisión) y sus seguidores fueron inspirados por los años 1792-1793. Los hebertistas y la comuna revolucionaria de la época. Ellos pensaban por encima de todo en términos de acción, la toma del poder, estrategia y tácticas para alcanzarla. El motín y el golpe de fuerza eran centrales. La insurrección era vista como un arte. Esto implicó la construcción de un aparato disciplinado, compuesto por militantes altamente dedicados, prontos para todo. La construcción de una herramienta política es de primordial importancia aquí e intenta una toma del poder con el objetivo de establecer una dictadura revolucionaria. Para Blanqui y sus simpatizantes, el pueblo debe ser educado, pero eso llevará algún tiempo. Es por eso que una dictadura revolucionaria debe ser establecida, y gobernar en esta perspectiva. ¿Pero qué dictadura revolucionaria? Para Engels:

Como Blanqui concibe cada revolución como un golpe de Estado, le sigue, por necesidad, que una dictadura debe ser establecida después de su triunfo, quiero decir no una dictadura de la clase revolucionaria –la dictadura del proletariado– sino la dictadura de un puñado de aquellos que hicieron el golpe de Estado principal y que ya estaban, antes, organizados bajo la dictadura de uno o varios hombres[14].

Se suponen posibles derivaciones autoritarias en caso de una toma del poder muy exitosa por los blanquistas. Otra característica del blanquismo: un patriotismo ardiente. Fue eso que los llevó por un tiempo, junto con otros, a tener su oposición al gobierno de Defensa Nacional en secreto, mientras los prusianos se aproximaban a París, y después del cerco a esta. Para H. Lefèbre:

El puro patriotismo de Blanqui y los blanquistas hace de ellos una ligazón entre las otras tendencias. Estas tendencias […] tienen un programa más o menos elaborado. En este aspecto, ellos divergen: pero todo ellos comparten, durante el cerco, el patriotismo apasionado y no racional de los blanquistas[15].

Neo-Jacobinismo

Esta fue la más influyente y numerosa corriente entre los funcionarios electos de la Comuna, encabezada por la emblemática figura de Charles Delescluze. Menos proletarios en su composición que la corriente proletaria, igual que el blanquismo parcialmente proletario de los últimos años, los neo-jacobinos eran frecuentemente conocidos a través de sus intelectuales, abogados, periodistas y académicos. El veterano de 48 años había estudiado derecho y comenzado su vida como jurista antes de hacerse periodista. El controversial Félix Pyat era periodista, mientras Pascal Grousset era médico. Como el movimiento blanquista, el movimiento neo-jacobino fue muy inspirado por la Revolución Francesa, pero se inspiró más en el pensamiento y en la acción de Robespierre que en el de Hebert. Para los neo-jacobinos, la Revolución iniciada en 1789 no estaba terminada, y era necesario llevarla a una conclusión, pues desde la contrarrevolución de 1794, además del corto interludio de 1848 a 1851, la república había sido suplantada por la reacción, realista e imperial. El lugar ocupado por la corriente neo-jacobina se debió en gran parte a su oposición, que les había costado mucho, al golpe de Estado de 1851 y su oposición al Imperio, que había conquistado un altísimo respeto por sus figuras de dirección.

La consigna “república” unía a los neo-jacobinos, claro, y mucho más allá. Pero, ¿qué república? De acuerdo con D. Gluckstein, “para algunos, fue la “República, una e indivisible’, como enunciado por Robespierre, que enfatizó la necesidad de un Estado fuerte para hacer avanzar la sociedad. Pero los jacobinos, más a la izquierda, prefirieron el eslogan ‘República Democrática y Social’[16]”.

La Internacional

La Internacional y su federación parisina no representan en rigor una cuarta corriente, pues la AIT reúne a luchadores militantes, hombres y mujeres, unidos en una perspectiva socialista. La AIT participa de huelgas y luchas políticas mientras hace esfuerzos para desarrollar un programa, pero el socialismo en cuestión no está cualitativamente mejor definido dentro suyo que en toda la Comuna. Desde su creación en 1864, la AIT se desarrolló mucho en los últimos años del Imperio, pero continúa siendo un agrupamiento político muy amplio. Además de su particularidad de ser internacional, lo que le hizo gozar de una amplia estima popular, generando al mismo tiempo muchas ilusiones sobre su poder y riqueza, fue objeto de represión específica por los poderes reaccionarios (primero el Imperio, después la reacción de Versalles). Pero la AIT reunió activistas con convicciones distintas. Algunos internacionalistas también fueron blanquistas. Fue el caso de Emile Duval, que desempeñaría un importante papel militar (desde la insurrección del 18 de marzo hasta su muerte el 3 de abril), incluso si el contacto con la Internacional lo alejase de los métodos excesivamente militaristas de los blanquistas. Muchos miembros de la AIT fueron muy influenciados por Proudhon, comenzando por Charles Beslay (sobre quien volveré).

Entre los funcionarios electos de la Comuna, pocos miembros de la AIT eran marxistas. Podemos citar a Auguste Serraillier, que vivía exilado e Londres desde el golpe de Estado de 1851, donde se tornó un hombre de confianza de Marx, sobre cuya propuesta la AIT lo había enviado a Bélgica como secretario responsable, antes de ingresar a París el 6 de setiembre de 1870. Leo Frankel, que fue primero nombrado miembro de la Comisión de Trabajo e Intercambio y después delegado de la Comuna en esta función, fue también uno de los apoyadores de Marx en la AIT. Fuera del Consejo de la Comuna, debemos mencionar también el caso de Elizabeth Dmitrieff, de solo 20 años en la época de la Comuna, una revolucionaria internacionalista rusa que ya había participado de la fundación de una sección de la AIT en Suiza antes de ir a ver a Marx a Londres, y después comprometerse totalmente con la Comuna de París, notoriamente con la creación de la Unión de Mujeres para la Defensa de París y el apoyo a los heridos.

Estas son las corrientes ideológicas y políticas que compartirán el peso de la influencia sobre el curso de la experiencia de la Comuna. Para concluir, digamos lo siguiente: primero, aunque los neo-jacobinos fuesen los más numerosos, ninguna de las corrientes políticas e ideológicas presentadas arriba tenía una clara ascendencia sobre las otras; en segundo lugar, todos ellos son radicalmente republicanos, pero las concepciones sobre la república son diferentes; en tercer lugar, incluso cuando estas corrientes hablan de socialismo, la visión de este último permanece bastante vaga, en particular la cuestión de la actitud en relación con la propiedad privada no es clara entre las fuerzas comunales; en cuatro lugar, los blanquistas, a veces marcados por una tendencia autoritaria, tienen experiencia militar y están acostumbrados al enfrentamiento violento con las autoridades, pero están en minoría y son bastante confusos sobre el proyecto socialista y sobre propuestas políticas generales; en quinto lugar, los proudhonistas, desconfiados, por principio, del Estado, están muy preocupados con las cuestiones económicas y sociales, pero tímidos en cuanto a las iniciativas a ser tomadas en nivel político y militar; sexto, los neo-jacobinos son muy marcados por la experiencia de la gran Revolución Francesa, pero esto los lleva muchas veces a usar conceptos y consignas políticamente sobrepasados. Luego de esta breve visión general, podemos ver que los puntos fuertes de algunas de estas corrientes son contrabalanceados por los puntos débiles de otras, y viceversa.

18 de marzo: ¿qué acompañamiento?

“¿Una “insurrección” espontánea?

Es claro que la “subida al cielo” el 18 de marzo no fue una tormenta en cielo sereno. Después de un cerco de alrededor de cinco meses por los ejércitos prusianos, y de un poco más de tiempo gastado para descubrir la realidad del gobierno de “Defensa Nacional” creado a partir del 4 de setiembre de 1870 –el pueblo de París entendió gradualmente que a pesar de su nombre, era un gobierno de capitulación y traición nacional– toda una serie de factores preparó el terreno para el 18 de marzo. Mencionamos solo algunos hechos, en las semanas anteriores, para intentar medir el estado de exasperación a que las clases trabajadoras de París fueron llevadas, empujándolas así a la “insurrección”. Luego de meses de privación, hambre y frío –pero un sufrimiento muy desigualmente distribuido entre las clases sociales– la ocupación de parte de París, del 1 al 3 de marzo, por las tropas alemanas y su desfile en los Campos Elíseos, deseado por Bismarck y aceptado por Thiers, fue un verdadero insulto a los sacrificios hechos y despertó la rabia del pueblo. Pero las medidas entonces tomadas por el gobierno y por la Asamblea Nacional ultrarreaccionaria (conocida como la Asamblea “Rural”) electa el 8 de febrero, solo pudieron traer la situación a su auge. Primero, la decisión, luego del armisticio, de “descapitalizar París” al decidir transferir el parlamento de Bordeaux para Versalles, la capital de los reyes, ciudad símbolo odiada por el pueblo republicano, lo llevó a creer que reaccionarios, monárquicos y otros, amenazaban la república. Entonces, las clases trabajadoras de París, ya en la miseria, son violentamente atacadas en los bolsillos: mientras el desempleo es general, el salario de 1,50 francos por día pagado a los miembros de la Guardia Nacional les permite asegurar un poco mejor a ellos y sus familias; el gobierno decide remover este salario para todos aquellos que no reconoce como indigentes e incapaces de trabajar: tal ataque afecta tanto a los artesanos pequeñoburgueses como a los comerciantes, como al mundo obrero. Además, aunque el pago de las letras de cambio, etc., hubiese sido postergado desde el inicio de la guerra, y los negocios no se hubieran retomado, esta Asamblea de los ricos vota que todos los plazos prorrogados por siete meses deben ser pagados en 48 horas, lo que solo podría llevar a la quiebra a centenas de millares de pequeñas empresas. Los alquileres que estaban pendientes hacía meses también tendrían que ser pagos a los propietarios, cuyos intereses egoístas estaban fielmente representados en el gobierno y en el parlamento. Sin mencionar la deuda de guerra de cinco mil millones de francos de oro que Francia tendría que pagar a Alemania, y que los dueños querían que el pueblo pagase…

Finalmente, está la cuestión de los cañones. Estos habían sido pagados por suscripción por el pueblo parisino durante el cerco, pero Thiers los quería recuperar. Además, quería poner un fin al doble poder representado por el Comité Central de la Guardia Nacional e infligir una gran derrota al pueblo rebelado de París. Era necesario, por lo tanto, desarmarlo. Pero la Guardia Nacional está cada vez más desconfiada: algunas de esas armas habían sido dejadas por el gobierno en la región de París que los ejércitos de Bismarck deberían ocupar, y la Guardia Nacional se había movilizado para ponerlas en un lugar seguro, en las alturas del Norte y del Este de París, en Montmartre en particular. Pero para muchos federados[17], todo eso olía a traición… Además de eso, Thiers ya había fallado en tomar algunas de esas armas.

Mientras tanto, el 17 de marzo tomó la decisión en el Consejo de Ministros de enviar, a partir de la noche siguiente, una tropa de cerca de 15.000 “lignards” (soldados del ejército regular), no solo para recuperar las armas en Montmartre (4.000 hombres) y en otros lugares (6.000 hombres enviados a Belleville, Buttes Chaumont, Villette)[18], sino también con el objetivo de arrestar a una serie de “dirigentes” revolucionarios.

En cierto sentido, la “insurrección” del 18 de marzo no fue completamente espontánea: en su origen, la rabia popular fue provocada directamente por la voluntad de las clases poseedoras, su gobierno y su parlamento de desarmar lo que llamaron “la canalla” del pueblo y de infligirles una gran derrota, y esta agresión militar vino después de las provocaciones recordadas arriba. Pero el curso de este día fue verdaderamente espontáneo, pues nadie había planeado esta insurrección. Ni el Comité Central de la Guardia Nacional ni la AIT ni cualquiera de las corrientes políticas presentadas antes. Los actores y actrices del 18 de marzo eran de hecho las masas populares, comenzando por las mujeres de Montmartre que enfrentaron a las tropas y les impidieron recuperar los cañones. Fue el largo e imprevisto atraso de los carruajes para evacuar los cañones y, sobre todo, la movilización de las mujeres de Montmartre, sus apelaciones a la confraternización, que llevó a los soldados del ejército regular a negarse a obedecer las órdenes del general Lecomte, que quería disparar sobre la multitud. La ejecución del general Lecomte y de su colega Clément-Thomas, que fue reconocido y preso no muy lejos, también fueron eventos espontáneos, que ocurrieron incluso contra la voluntad de los guardias nacionales presentes.

Mientras la calurosa confraternización entre el pueblo y los soldados se profundizaba en Montmartre, la revuelta se extendía, y escenas de confraternización se repetían en otros lugares de París. Gradualmente, las masas populares inundaron las calles y avenidas de París, mientras se levantaban barricadas en todos los lugares. Una cosa llevando a la otra, las masas convergieron en el Hotel de Ville. Al amanecer y en la mañana de aquel 18 de marzo, la mayoría de los militantes (con excepción de Duval, Eudes, Ranvier, Henry, Louise Michel y tal vez algunos otros)[19] estaban ausentes. Ellos solo estarán a disposición en el final de la mañana, y especialmente a la tarde, bien después de los momentos decisivos. Tenemos que agregar que la reunión del Comité Central de la Guardia Nacional había terminado muy tarde en la noche del día 17 para el día 18.

Fue, por lo tanto, una revuelta improvisada. Estamos maravillados con el poder de esta espontaneidad. Nada fue planificado. Nadie imaginaba que este día, 18 de marzo, sería el punto de partida de una revolución. El material explosivo se había acumulado en París. La chispa vino del ataque armado de Thiers y sus seguidores contra el pueblo de París, una condición necesaria para poner a este último de rodillas e imponerle las medidas reaccionarias decididas. Un Thiers con prisa por resolver su cuenta con “la ralé” parisina antes de la instalación en Versalles de la Asamblea de los “Rurales”.

La huida del ejecutivo para Versalles. ¿Qué hacer en ese momento?

A partir de la tarde del día 18, Thiers ordenó a sus ministros y todos sus funcionarios públicos que dejasen París y se mudasen a Versalles. El poder ejecutivo nacional hizo así una elección de desertar la capital. El aparato estatal burgués, abandonado, se desmorona en París… para ser reconstituido en otro lugar. Tomar el Hotel de Ville fue, por lo tanto, un juego de niños para el Comité Central de la Guardia Nacional aquel día. Pero, ¿qué hacer entonces, una vez que usted está adentro? He aquí que el poder de la espontaneidad muestra sus límites. Especialmente porque la pregunta era todo, menos simple.

Muy rápidamente, se levantó la cuestión de la legitimidad del poder. ¿Cuál es entonces la legitimidad del Comité Central de la Guardia Nacional, y para hacer qué? La respuesta abrumadora fue que la Comuna de París debería ser elegida muy rápidamente, y entonces todo el poder debería ser entregado a su Consejo electo. Sí, pero mientras tanto… ¿qué hacer con el enemigo? En la reunión del Comité Central, en la mañana de 19, ciertamente se escuchó: “Debemos marchar sobre Versalles, dispersar la Asamblea y llamar a toda Francia a tomar una posición”[20]. Pero la opinión predominante en la época era más esta: “Tenemos un mandato solo para garantizar los derechos de París. Si la provincia piensa como nosotros, que ella nos imite”[21]. En el Comité Central, los blanquistas llaman a perseguir a Thiers hasta Versalles (incluso Emile Eudes y Emile Duval, que en breve desempeñarán ambos un importante papel en el sector militar). Pero estos estaban en minoría. En general, varios comentaristas insisten con que prevaleció la prudencia, principalmente entre el pueblo de París. Según C. Talès, el día siguiente al 18 de marzo había preocupación con un retorno ofensivo del ejército, “en todos los lugares en que las barricadas subían; las personas los miraban con satisfacción confiada, pensaban que ‘si volviesen, serían bien recibidos’”[22]. Por su parte, Lissagaray observa que el domingo 19, “un sol de primavera reía de los parisinos”[23]. Esto es comprensible: luego de meses de gran sufrimiento y una suntuosa victoria histórica en el día anterior, ¿por qué no aprovechar el buen tiempo?

Este contexto de ingenuidad optimista ampliamente compartida llevó a la gran mayoría del Comité Central de la Guardia Nacional a descuidar una cuestión crucial: ¿qué pretendía hacer Thiers en Versalles? ¿No había un gran peligro en darle la oportunidad de preparar la contraofensiva allí? Esto es lo que un puñado de revolucionarios adivinó con razón, pero estaban muy aislados para extraer la decisión de una ofensiva armada contra Thiers y Versalles. El Comité Central opta así por no aprovechar la ventaja militar y concentrarse en la transmisión, lo más rápido posible, de los poderes que tiene en sus manos para una asamblea comunal elegida. Hagamos una pausa por un momento en esta opción, que ha sido comentada con frecuencia y que, además, llevó a Marx a formular sus críticas a aquellos que él llama “vencedores demasiado generosos del 18 de marzo[24]:

En su renuencia en aceptar la guerra civil iniciada por Thiers con su tentativa de invasión nocturna en Montmartre, el Comité Central cometió, esta vez, una falla decisiva al no marchar inmediatamente sobre Versalles, entonces totalmente indefenso, poniendo así un fin a las parcelas de Thiers y su pueblo rural. En lugar de eso, el partido del orden fue nuevamente autorizado a intentar su fuerza en las urnas, el día 26 de marzo, día de la elección de la Comuna[25].

De hecho, a pesar del deseo del Comité Central de proseguir inmediatamente con las elecciones municipales, las conversaciones con los diputados republicanos y alcaldes de los distritos de París (que podrían organizar legalmente una elección) se prolongaron, forzando al Comité Central a postergar la votación. Fue solamente el 28 de marzo que la Comuna fue proclamada, y solo llegó al trabajo el día 29. Diez días fueron así perdidos para el equilibrio militar del poder, diez días que Thiers supo utilizar, mientras que durante el burgués “sálvese quien pueda” del 18 de marzo en Versalles, el aparato militar de los ricos, hecho jirones, estaba minado por la desobediencia.

¿Qué argumentos a favor de una ofensiva inmediata de los federados contra los Thiers y los Versalles podrían haber prevalecido? En primer lugar, el hecho de que el propio Thiers nunca había escondido que él quería que el poder político cayese de nuevo en Versalles para mejor contraatacar y tomar París destruyendo a los insurgentes. Había sugerido el mismo plan en 1848, pero no fue seguido en ese entonces. Pero este viejo burgués tuvo la previsión: el 18 de marzo, rápidamente comprendió que esto era lo que podía y debía hacer, de ahí su orden de transferir inmediatamente el ejecutivo y toda la administración del país a Versalles. En segundo lugar, la muerte de pocos miles de trabajadores en junio de 1848 podría haber servido como un recordatorio de que la burguesía, incluso “republicana”, no dudó en recurrir a una carnicería para poner fin a la insubordinación de los trabajadores. En el campo de los trabajadores y del pueblo, notamos aquí tanto una trágica magnanimidad, una falta de comprensión de lo que son las clases dominantes, de su determinación en mantener su orden por cualquier medio, como una falla en aprender las lecciones de la historia. Naturalmente, en 1871, los puntos históricos de referencia en esta área remontan a junio de 1848. Las familias recordaban eso, pero muy pocos fueron capaces de aprender completamente las lecciones y retenerlas.

Es justamente en este nivel que faltaba una organización partidaria de la clase y, al mismo tiempo, un partido-memoria: un partido volcado para la acción revolucionaria, habiendo aprendido las lecciones de la historia, entendiendo las leyes de la lucha de clases, sabiendo cómo evaluar al enemigo, sus planes y sus proyectos. Un partido que hubiera entendido el juego que las clases dirigentes estaban jugando y hubiera sido capaz de explicar que el interés de Thiers era ganar tiempo para reorganizar sus aparato militar, y que el tiempo perdido por el pueblo insurgente parisino era tiempo ofrecido a Thiers. Si el Comité Central hubiese estado bajo una influencia mayor de revolucionarios entrenados y experimentados, estas explicaciones podrían haber tenido un eco mayor. Pertenece a los muchos méritos de Eugene Varlin haber presionado a los internacionalistas parisinos a invertir masivamente en el Comité Central de la Guardia Nacional, una organización que algunos de sus camaradas inicialmente percibieron con indiferencia o desconfianza. Pero si la influencia de Varlin hizo posible que un cierto número de militantes de la AIT fuesen elegidos para el Comité Central, su presencia no fue suficiente para influenciar la decisión del 19 de marzo en la dirección de la ofensiva contra los fugitivos reaccionarios. Esto también nos permite verificar que la AIT tenía muchos méritos, pero no había tenido tiempo para tornarse el partido coherente y determinado del proletariado, que, de hecho, faltaba. Además, luego de la revolución del 4 de setiembre de 1870, Marx y el propio Varlin fueron cautelosos: lejos de presionar por la insurrección, ellos dudaban de las posibilidades de la AIT para desempeñar plenamente su papel, y querían, por encima de todo, organizar y construir la Internacional.

Thiers, que estaba preocupado enseguida después de su fuga a Versalles sobre una posible caza por parte de los parisinos, pudo así aprovechar su retirada para la ciudad real para reorganizar el ejército y recuperar unidades militares de otras regiones, negociar con Bismarck la liberación de los soldados que Alemania aún mantenía prisioneros y la incorporación de estos en el vasto campo militar en expansión que era Versalles, entrenar a todos estos hombres armados, retirándolos de las influencias deletéreas de la prensa comunarda, sometiéndolos en lugar de eso al lavado de cerebro de la ideología dominante. En realidad, los 72 días del épico comunardo fueron un periodo en que el equilibrio de poder continuó deteriorándose para el pueblo y mejorando para las fuerzas de Versalles. El 2 de abril, los versalleses ya atacaron Coubevoie de sorpresa, e iniciaron la práctica –que solo sería interrumpida luego del final de la Semana Sangrienta– de la ejecución sumaria de los prisioneros. A partir de aquel momento, los parisinos oyeron el sonido de los disparos de cañón todos los días. La guerra civil había comenzado con la acción del 18 de marzo. Comenzó de nuevo de verdad en esta ocasión. Inmediatamente después, el 3 y 4 de abril, los comunardos indignados decidieron dejar París y atacar Versalles. Pero el ataque no preparado tuvo la infeliz sorpresa de ser bombardeado por el fuerte de Mont Valérien, que estaba en manos de los versalleses, al contrario de lo que Charles Lullier, que había sido nombrado comandante en jefe de la Guardia Nacional de París por el Comité Central, el 19 de marzo (pero despedido poco después), había dejado que creyesen. Por último, pero no menos importante, los versalleses ya habían mejorado mucho en términos de número y organización durante las últimas dos semanas. La derrota militar comunarda del 4 de abril tuvo un efecto bastante devastador en la moral y ayudó a mantener a varios guardias nacionales lejos de la lucha. El periodo que comenzó entonces, y que llevó a la Semana Sangrienta, vio un aumento en el número de parisinos muertos por bombardeos y vio las posiciones de Versalles fortalecerse, ganando progresivamente terreno en dirección a París, antes de la irrupción del 21 de mayo.

¿Cuáles podrían haber sido las consecuencias de una opción ofensiva contra Versalles inmediatamente después del 18 de marzo? Trotsky, altamente experimentado en asuntos de insurrección y estrategia militar, escribió:

El enemigo había huido para Versalles. ¿No fue eso una victoria? En aquel momento, podríamos haber destruido la cuadrilla del gobierno casi sin derramamiento de sangre. En París, todos los ministros podrían haber sido prisioneros, con Thiers al frente. Nadie habría levantado su mano para defenderlos; esto no se hizo. No había una organización partidaria centralizada, con una visión general de las cosas y de los órganos especiales para realizar estas decisiones. Los remanentes de la infantería no querían retirarse a Versalles. El hilo que ligaba a los oficiales y los soldados era muy fino. Y si hubiese habido un importante centro partidario en París, él habría incorporado a los ejércitos en retirada –ya que había la posibilidad de retirada– a algunas centenas o bien algunas decenas de trabajadores dedicados, dándoles las siguientes instrucciones: para excitar el descontento de los soldados contra los oficiales y aprovechar el primer momento psicológico favorable para liberar a los soldados de los oficiales y traerlos de vuelta a París para unirse al pueblo. Esto podría ser hecho fácilmente, de acuerdo con la opinión incluso hasta de los simpatizantes de Thiers. Nadie pensó en eso[26].

  1. Rougirie parece haber tomado partido a favor de la moderación y criticado el abordaje ofensivo defendido por Eudes y Duval, y apoyado por Marx y después por Trotsky. Para él, la mayoría del Comité Central pensó lo siguiente, y el historiador parece probar que este tenía razón:

Versalles tal vez cayese. Pero entonces, ¿a qué guerra civil atroz seríamos llevados, bajo los ojos del ocupante? Antes que nada, era necesario consolidar la situación en la capital[27].

¿Quién tiene razón? Estamos entrando en el reino de la ficción histórica aquí, por eso es mejor no tomar un tono perentorio. Voy a hacer apenas algunas observaciones. El 19 de marzo, la Guardia Nacional parisina tenía un equilibrio de poder claramente favorable contra Versalles. En todo caso, este equilibrio de poder nunca más fue tan favorable. Thiers lo sabía y por eso temía una ofensiva comunarda en aquel momento. Habría sido posible, a nivel militar, infligir efectivamente una derrota a la reacción burguesa y aristocrática. Claro, el ocupante alemán estaba a las puertas de París. ¿Cuál habría sido la actitud de Bismarck en relación con los comunardos triunfando sobre los versalleses? ¿Y la de los soldados alemanes? Es difícil decir, pero podemos imaginar que la cumbre del Estado alemán habría dudado en combatir una insurrección victoriosa de París contra Versalles, aunque fuese por miedo a una confraternización revolucionaria: ¿los soldados alemanes no habrían corrido el riesgo de ser “contaminados” por los “rojos”? En tal contexto, podría haber sido mejor hacer el viaje de retorno a Alemania. Es, por lo menos cierto que esta preocupación habría pesado en los pensamientos de Guillermo y de Bismarck. En cuanto a los otros cuerpos del ejército francés dispersos en el país, se puede pensar también que las chances de confraternización con la Comuna habrían aumentado luego del desmantelamiento de los aparatos reaccionarios, políticos y militares, derrotados en Versalles. Se puede entonces imaginar que esto habría fortalecido las insurrecciones comunardas de las ciudades provinciales, mientras, más débiles que en París, estas pararon en el inicio de abril.

Es imposible, por lo tanto, afirmar algo sobre este punto. Pero sobre la base de estas pocas reflexiones es posible decir que la “guerra civil atroz” temida en el contexto nacional y en la presencia del enemigo alemán a las puertas de París, podría no haber sido tan atroz como la verdadera guerra civil, la guerra de clases que terminó en la Semana Sangrienta y la destrucción de la Comuna el 28 de mayo. En cualquier caso, si los insurgentes parisinos hubiesen triunfado inmediatamente sobre Versalles, ellos se habrían encontrado en una posición consolidada y habrían tenido una ascendencia más fuerte sobre la provincia y sus ciudades. Es por eso que yo creo que la posición defendida por Eudes y Duval, después por Marx y finalmente por Trotsky tiene el mar.

La cuestión del Banco de Francia

Este es otro punto frecuentemente criticado como un grande error de los Comunardos, notoriamente por Marx y sus sucesores. Pero esta crítica vino más tarde, luego de la destrucción de la Comuna. P. O. Lissagaray, en particular, fue virulento sobre este asunto cuando escribió su historia, publicada en 1876:

Todas las insurrecciones serias comienzan con la aprehensión del nervio del enemigo: la caja de dinero. La Comuna es la única que lo negó. Suprimió el presupuesto para los cultos que estaban en Versalles y permaneció en éxtasis frente a la caja de dinero de la alta burguesía que tenía en las manos[28].

En el calor del momento, la posición adoptada en nombre de la Comuna fue moderada y respetuosa de la propiedad. Pero además de la discordancia de Varlin, tal vez de algunos otros, ella difícilmente fue combatida. Es necesario medir que esta cuestión no puede ser pensada con antecedencia, y que cupo a los líderes de la revolución como un problema a ser resuelto con urgencia, pero para el cual nadie estaba preparado. Además de los datos puramente financieros, ¿cuáles son los principales actores, también sus preocupaciones, los modos de pensar, las concepciones ideológicas en juego?

Mientras el ejecutivo y sus administradores habían huido para Versalles, el Bando de Francia no podía hacer lo mismo. Permaneció preso en París, incapaz de transportar o poner en peligro todo su oro, sus cofres y sus archivos en tal movimiento. Ya el 19 de marzo, el Comité Central de la Guardia Nacional se deparó con el problema del financiamiento de los gastos de la ciudad, a comenzar por la Guardia Nacional, cuyo pago diario de 1,50 francos tenía que ser hecho. Y esto, en un contexto de vacío administrativo. Es así, incluso antes de la elección de la Comuna, que la cuestión de las relaciones con el Banco de Francia fue planteada. Según los números suministrados por Lissagaray, el Banco de Francia tenía cerca de tres mil millones de francos, de los cuales él da los siguientes detalles:

«efectivo 77 millones, billetes por 166 millones, cartera 899 millones, títulos en garantía de adelanto 120 millones, lingotes 11 millones, joyas en depósito 7 millones, valores depositados 900 millones, o sea, dos mil ciento ochenta millones. Ochocientos millones en cédulas estaban apenas esperando por la firma de caja, lo que era fácil de hacer»[29].

François Jourde, un contador de profesión, y Eugène Varlin, como delegados financieros del Comité Central, fueron los primeros encargados del asunto. Intervinieron en un marco ya definido como temporario, antes de que una Comuna legítimamente electa hiciese las elecciones fundamentales. Al negociar con Rouland, el gobernador del Banco, y después con el vice gobernador De Ploeuc tras la partida del primero para Versalles el 23 de marzo, ellos obtuvieron seis adelantos que totalizaban 2,5 millones de francos, “para completar el pago de las indemnizaciones debidas a los guardias nacionales, sus esposas e hijos”[30]. Luego de la proclamación de la Comuna, el contacto número uno del Banco de Francia se tornó Charles Beslay. Era un ex patrón, muy próximo de Proudhon, apoyador de la asociación del capital y el trabajo, habiendo adherido a la AIT en 1866. Fue el miembro más viejo del Consejo de la Comuna y se juntó a su Comité de Finanzas, tornándose delegado al Banco de Francia. Muchas veces presentado como “el burgués de la Comuna”, él pretendía respetar la legalidad y se opuso a la aprehensión del Banco por la Comuna. Conocía muy bien a los líderes del Banco de Francia, que decían estar felices de lidiar con él. La Comisión de Finanzas fue comandada por François Jourde, que también fue electo el 26 de marzo y nombrado Delegado de Finanzas por el Consejo de la Comuna. Fue un gerente honesto y escrupuloso, también respetuoso con la ley y con el Banco de Francia. En la Comisión de Finanzas, Beslay y Jourde están cercados por Varlin, Victor Clément, y Dominique Régère.

Para Beslay, Jourde y la mayoría de los funcionarios electos de la Comuna, París no es el país entero y, por lo tanto, no sería correcto aprehender el Banco de Francia. De forma coherente con el paradigma federalista, se trata de abordar las ciudades de Francia para crear una federación de comunas que pueda entonces tejer relaciones con el Banco de Francia. En una entrevista con el diario de derecha Le Figaro publicada el 13 de marzo de 1873, Beslay declaró:

Fui al Banco con la intención de protegerlo de cualquier violencia del partido exagerado de la Comuna, y tengo la convicción de haber preservado para mi país el establecimiento que constituyó nuestro último recurso financiero[31].

En cuanto a Jourde, él declaró durante su juicio frente al Consejo de Guerra: “Yo defendí, allá como en otros lugares, los mismos principios, el respeto a la propiedad y a los derechos privados”[32]. De acuerdo con el historiador N. Delalande:

Esta moderación financiera fue, para Jourde y muchos otros, una de las condiciones de la “salvación de la Comuna y de la República”. Todas las medidas que podrían haber debilitado el crédito del Banco de Francia habrían sido contraproducentes, en particular porque el gobierno parisino tuvo que tranquilizar al resto de Europa si quería poder abastecerse[33].

Esta no era la posición de Varlin. Ya el 19 de marzo, él había propuesto la aprehensión del Banco de Francia frente al Comité Central, dado el atraso en el pago a la Guardia Nacional. Esta idea fue descartada, a favor de la idea de un préstamo de dos millones de francos. Después de eso, Varlin, siempre ansioso por defender una línea de masa, dejó su propuesta de lado. De acuerdo con P. Lejeune:

Esta propuesta de Varlin está de acuerdo con todas sus ideas; anteriormente, en reuniones de la AIT, él se había pronunciado a favor de la abolición del monopolio del Banco de Francia. Y no obstante, tendrá una actitud legalista el 19 de marzo y en los días siguientes. ¿Por qué esta moderación, este legalismo? Varlin estaba preocupado con la aceleración de los acontecimientos del 19 de marzo, él conocía a las masas parisinas, sabía que ellas no estaban prontas para tomar el poder. El propio rechazo de su propuesta de confiscar el Banco de Francia le prueba que el propio Comité Central permanece en posiciones legalistas (su intención, inmediatamente declarada, de proceder a elecciones también lo comprueba)[34].

El problema que la Comuna debe resolver es, por lo tanto, de varios tipos. En nivel político-ideológico, entendemos la paradoja: ¿qué debe hacer un poder que quiere ser estrictamente municipal cuando es enfrentado con una colosal fuente de financiamiento, pero cuya actividad es de ámbito nacional? Es evidente que aquí existe un conflicto entre los principios reivindicados de autonomía comunal y la simple exigencia de sobrevivencia de París y de su población. El respeto a la legalidad –una legalidad burguesa, pero que ahora no era claramente percibida como tal– prevaleció, y la Comuna dejó adormecido dentro de sus muros un tesoro que podría haber contribuido mucho para demoler a su enemigo, y en lugar de eso permitió que este último triunfase al realizar una masacre sin nombre.

Al no tomar el Banco de Francia, la Comuna permitió que la institución financiera continuase a operar de acuerdo con sus reglas y opciones y, en particular, para financiar la operación de reconquista de París por Thiers y sus secuaces. El campo de Versalles entendió eso muy bien. He aquí lo que dijo el autor anticomunardo Maxime Du Camp: “mientras la Comuna asediaba el Banco de París para obtener algunos millares de notas francas, el Bando de Francia dio millones al gobierno de legalidad. Las tropas se derramaron, tomaron forma, se organizaron y no faltó pago”[35]. Y agrega: “Cuando M. Thiers precisó de dinero, informó a M. Rouland, que envió un despacho telegráfico para la persona cierta, y el dinero llegó[36].

Si hubiese puesto sus manos en el Banco de Francia –en términos militares, un asunto fácil para la Guardia Nacional– la Comuna, por otro lado, habría planteado problemas de financiamiento a los versalleses y su ejército. Los recursos financieros tomados habrían permitido al pueblo de París vivir mejor, y el refuerzo militar de la capital. ¿Cómo respetar los principios federalistas y no perjudicar a las provincias? Una solución revolucionaria y democrática podría haber sido dar a París una cuota de acceso a la riqueza del banco, mientras explicaba esta posición en escala nacional y se metía en el diálogo con la provincia y sus ciudades. Esto podría haber reavivado la dinámica comunarda y la solidaridad con la capital. ¡Huelga decir que este tipo de reflexión es infinitamente más fácil de realizar con 150 años de visión a posteriori y con calma! Pero también debemos entender que las confusiones ideológicas sobre la propiedad desempeñaron un gran papel en esta cuestión crucial. El debate sobre el socialismo, sus objetivos y medios, no había ido lo suficientemente lejos en 1871 para permitir que la propuesta inicial de Varlin se tornase una decisión del poder revolucionario en construcción.

En el final, de acuerdo con J. Rougerie:

Los gastos de la Comuna fueron estimados en 42 millones de francos: tres cuartos fueron para la guerra, lo que dejó muy poco para cualquier tipo de reforma […] El Banco [de Francia] pagó, voluntariamente, a cero, unos veinte millones. Al mismo tiempo, los adelantos que hizo para Versalles totalizaron 257 millones de francos[37].

Eso significa que la cantidad de dinero que fue retirado por los asesinos de Versalles para armarse y destruir a la Comuna fue más de doce veces mayor que el monto utilizado por estos últimos para sobrevivir en el día a día. El legalismo mayoritario entre los comunardos electos costó caro.

¿Qué lecciones para hoy?

Además de estas dos grandes cuestiones, la Comuna ciertamente tuvo que sufrir con otros errores y reveló otras limitaciones. Su estrategia militar y el funcionamiento de su defensa fueron deficientes, a pesar de la valentía de algunos de sus dirigentes –Duval, Dombrowski y Wroblewski vienen a la mente– y a pesar del heroísmo de muchos Guardias Nacionales y del pueblo de París. Muchos simpatizantes de la Comuna la reprobaron por desperdiciar una cantidad infinita de tiempo en debates estériles mientras estaba en peligro de muerte. Estaba dividida sobre la cuestión del Comité de Salvación Pública (cinco miembros nombrados por el Consejo de la Comuna) creado por su mayoría el 1 de mayo y supuestamente para remediar su relativa parálisis, pero sin conseguir hacerlo; pero la minoría y la mayoría se encontraron en las batallas de la Semana Sangrienta. Otras debilidades comunardas también fueron observadas, a comenzar por la insuficiente energía gastada en la conquista política del apoyo de la provincia, una cuestión crucial. Además, aunque se hayan mostrado internacionalistas, en particular al ofrecer altas responsabilidades a extranjeros polacos, italianos, húngaros, etc., los comunardos ignoraron las posibles solidaridades con los eventos insurreccionales ocurridos en la época en Argelia[38]. Podríamos agregar también la ausencia de cualquier énfasis en el derecho de voto de las mujeres, aunque ellas hayan desempeñado un gran papel en la Comuna, hablando en clubes, organizándose en particular en la Unión de Mujeres para la Defensa de París y el cuidado de los heridos, exigiendo armas –muchas veces, aprehendiéndolas– y defendiendo las barricadas. Todas estas deficiencias son reales, pero se deben a los límites establecidos por la época y su ambiente ideológico.

Pero todo eso no debe ahogar el profundo sentimiento de admiración que se siente al testimoniar el inmenso coraje y creatividad del pueblo, de los trabajadores y de su Comuna. Su obra fue naturalmente limitada por la brevedad de su existencia, pero excavó ciertos surcos que incluso la república burguesa nacida de su destrucción usó más tarde: este es el caso de la separación de la Iglesia del Estado, o de la educación obligatoria (aunque el contenido de la escuela de Jules Ferry difiriese profundamente de las escuelas pedagógicas de la Comuna). Su abundancia liberadora a favor de las artes también merecería más desarrollo. Sus incursiones en el campo de la propiedad y del poder patronal fueron raras, dubitativas –como vimos– pero significativas: prohibición del trabajo nocturno para los trabajadores de las panaderías; requisición de unidades de producción abandonadas. En otras áreas, por otro lado, la Comuna apenas tuvo tiempo para preparar el terreno para un mundo que aún no había surgido: estamos pensando aquí en su proyecto educativo para todos, secular, integral y libre, basado en la confianza sobre la curiosidad y la inteligencia del niño, y que se oponía a la necesidad de selección de que la instrucción tenía que satisfacer desde el punto de vista de la burguesía.

Finalmente y sobre todo, es su propia existencia, con su gran deseo de democracia, directa, popular, a partir de abajo, lo que obliga el interés y la admiración, con la voluntad del pueblo trabajador de controlar a sus representantes electos, de limitar su renta y de revocarlos si es necesario.

Hoy, por lo tanto, la Comuna continúa siendo una referencia popular, un palco para las luchas y perspectivas políticas. Que su búsqueda por una democracia auténticamente popular y su sed de emancipación permanezcan fuentes de inspiración para nosotros mismos y para las generaciones futuras. Es claro que los tiempos son diferentes, las clases sociales y sus ideologías cambiaron, y dado el grado de interconexión del mundo de hoy, una revolución debe buscar coordinar no solo las ciudades dentro de un país sino los países entre ellos.

Pero que la dura derrota de la Comuna sirva de lección para todos nosotros: el enemigo, el Moloch [demonio] capitalista, es ganancioso, impiadoso y bárbaro. No es posible hacer concesiones con él. Debe ser tratado impiadosamente: expropiado económicamente, quebrado política y militarmente, y arrojado al basurero de la historia. Para eso, no solo es necesaria la más amplia libertad política y la autoorganización posible sino también es indispensable un partido revolucionario, enraizado en la clase trabajadora, democrático y portador de las lecciones de la historia. Después de muchas esperanzas frustradas, tal partido aún hoy falta, tanto en nivel nacional como internacional.

Notas

[1] L. Trotsky, «Les leçons de la Commune», in L’Anticapitaliste n° 122, janvier 2021, p. 25.

[2] Ídem.

[3] J. Rougerie : Paris insurgé. La Commune de 1871, Gallimard 1995, p. 69.

[4] Ibídem.

[5] L. Godineau: La Commune de Paris par ceux qui l’ont vécue, Parigramme 2010, p. 50.

[6] L. Bantigny : La Commune au présent. Une correspondance par-delà le temps, La Découverte 2021, p. 160.

[7] Ídem, p. 34.

[8] J. Rougerie : La Commune, PUF 1988, p.12.

[9] Ídem.

[10] L. Robert : «La Commune, révolution socialiste», in M. Cordillot (coord.) : La Commune de Paris 1871. Les acteurs, l’évènement, les lieux. Editions de l’Atelier 2021, pp. 931-933.

[11] Ídem, p. 931.

[12] H. Lefèbvre : La proclamation de la Commune. 26 mars 1871, La Fabrique 2018, p. 135.

[13] D. Gluckstein : The Paris Commune. A Revolution in Democracy. Haymarket 2018, p. 61.

[14] K. Marx & F. Engels : Inventer l’inconnu. Textes et correspondances autour de la Commune, La Fabrique 2008, p. 277.

[15] H. Lefèbvre, op. cit. p. 144.

[16] D. Gluckstein ; op. cit. p. 70. Traducción nuestra.

[17] Federados: así son llamados los Guardias Nacionales parisienses, reunidos por una Federación creada en febrero y marzo de 1871, donde todos los oficiales electos, soldados u oficiales, de la Guardia Nacional parisina, desde la compañía hasta el nivel de batallón, de la legión y de la federación parisina, actúan con mandato y son revocables.

[18] M. Cordillot : «Le 18 mars: du soulèvement à la révolution», in M. Cordillot (coord.) op. cit. p. 200.

[19] Ídem.

[20] P.O. Lissagaray : 1871. Editions de Delphes, p. 86

[21] Ídem.

[22] C. Talès : La Commune de 1871. Spartacus 1998, p. 53.

[23] P.O. Lissagaray, op. cit. p. 86.

[24] K. Marx : La guerre civile en France. 1871. Editions sociales 1975, p. 57.

[25] Ídem.

[26] L. Trotsky, op. cit. pp. 25-26.

[27] J. Rougerie : La Commune, PUF 1988, p.55.

[28] P.O. Lissagaray, op. cit. p. 160.

[29] Ídem.

[30] E. Cavaterra, La Banque de France et la Commune de Paris (1871), L’Harmattan 1998, p. 56.

[31] E. Toussaint, «La Commune de Paris, la banque et la dette», in Les Utopiques, La Commune de Paris. Mémoires, horizons, Sylllepse 2021, p. 270.

[32] N. Delalande : “Les finances de la Commune”, in M. Cordillot (coord.) op. cit. p. 484.

[33] Ídem, p. 485.

[34] P. Lejeune : Pratique militante & écrits d’un ouvrier communard. Eugène Varlin. L’Harmattan 2002, p. 159.

[35] Citado en E. Toussaint, art. cit., p. 271.

[36] Ídem.

[37] J. Rougerie : La Commune et les Communards. Gallimard 2018, p. 44.

[38] Vea en particular sobre este asunto Q. Deluermoz: Commune(s) 1870-1871, Une traversée des mondes au XIX e siècle, Seuil 2021, p. 67 y siguientes.

Traducción: Natalia Estrada.