¿Quién controla la guerra en Ucrania?
La coyuntura política alrededor de la agresión imperialista de Rusia contra Ucrania es una de las más dramáticas en los que va de la guerra de resistencia que ya transcurre su quinto año. Trump, envuelto en una profunda crisis por su fracasada agresión a Irán y por las oscuras perspectivas en las cercanas elecciones de medio término, acordó por teléfono con Putin ayudarlo a mejorar los ingresos por exportaciones energéticas, justo cuando la aguda crisis económica y el descontento social en Rusia no pueden ser solapados por la reciente farsa electoral de septiembre. Justo cuando Ucrania viene golpeando las refinerías rusas, reduciendo casi a la mitad su capacidad productiva y ocasionando un desabasto interno de gasolina en toda Rusia. De inmediato anunció que también se había “acordado con ambas partes un cese del fuego contra objetivos energéticos”, al que el Kremlin hizo caso omiso, asestando seis devastadores ataques a infraestructura energética de Ucrania. Aún ante esa evidencia, Trump aseguró que Putin sí quiere llegar a un acuerdo y acusó a Zelensky de “no querer la paz”… En consonancia con estos chantajes hay constancia que Starlink redujo la velocidad del internet para afectar a los drones ucranianos y los satélites de EEUU no transmitieron a Ucrania alertas de lanzamientos de misiles rusos.
La Corriente Revolución Permanente–Cuarta Internacional (CRP-CI) en una nota de Parras y Pau es precisamente que en Ucrania «los hechos» ya no se corresponden con la teoría: sea cual sea el contenido nacional que la lucha pudiera tener, sostienen que la guerra se encuentra ahora bajo el «mando efectivo» de la OTAN. Ellos reconocen finalmente que, en teoría, una causa nacional legítima puede persistir en el marco de un conflicto interimperialista más amplio, siempre y cuando no se haya subordinado a los objetivos depredadores de una potencia imperialista rival. Sin embargo, la participación occidental no puede, por sí sola, determinar a priori el carácter de la guerra en Ucrania. Esa subordinación debe demostrarse de manera concreta.
“Los hechos” hacen saltar por los aires los “esquemas campistas” de la CRP-CI
Empecemos pues por los hechos actuales para que les sea más fácil a Parras y Pau ver la realidad y no guiarse por prejuicios. Trump y Putin llegaron a un acuerdo –“fantástico”, según palabras de Trump– de exportación inmediata de diésel, justificándolo en la necesidad urgente de bajar los precios mundiales del diésel y porque “también lo necesitan los farmers y transportistas de EE.UU.”… En resumen, con este acuerdo de compra a Rusia de 5 millones de Tons de diesel, EE.UU. está financiando la guerra de Putin contra Ucrania.
Trump acusó violentamente a Zelensky de ser el culpable del aumento de precios mundial por golpear las refinerías petroleras en territorio ruso y “haber hecho caso omiso seis veces” a sus reclamos de que Ucrania de manera unilateral deje de hacerlo. Incluso Trump y después Elon Musk fueron más allá, sentenciando que “Ucrania necesita cambiar a Zelensky por otro presidente que sea capaz de aceptar un acuerdo con Putin”.
El mundo entero sabe que la crisis con los combustibles tiene como causa el fracaso de EEUU e Israel en la guerra con Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz. Y también que el “acuerdo con Putin” que Trump quiere imponer a Zelensky desde hace dos años. ¡Es un acuerdo de capitulación de Ucrania al servicio de la partición del país y del saqueo colonial conjunto con el Kremlin!
Pocas horas después de que Trump anuncie el “acuerdo fanstástico” con Putin, Ucrania volvió a golpear con drones en territorio ruso y dejar ardiendo una importante refinería en Rostov del Don. Dos días después, a pesar de las mayores dificultades con la señal de internet para la velocidad de los drones, siguió destruyendo a 6 SU-34 en el aeródromo militar de Borisoglebsk en el Sur de Rusia.
Zelensky definió al acuerdo Trump-Putin como “indigno y además reflejo de la debilidad de EEUU”. Y ordenó volver a golpear las refinerías rusas que Trump prometió a Putin proteger.
Las masas ucranianas consideran a Trump –y a su lobby familiar sionista Witkoff-Kushner– como patrocinadores de Putin y hostiles a las aspiraciones de independencia nacional. Y los medios de difusión de Ucrania –tanto en idioma ruso, como ucraniano– lo reflejan ampliamente, llamando a Trump “rata naranja” y “marioneta del Kremlin”. ¡Esos son “los hechos”!
“Los hechos” evidencian no sólo que esta guerra de liberación nacional de Ucrania no se encuentra bajo el «mando efectivo» de Trump, ni de EEUU, ni de la OTAN, de la cual EEUU es su principal fuerza militar. ¿O de quién son los miles de soldados que aún se encuentran en las bases de Alemania, Italia, Estado Español, Polonia y el resto de Europa? Además, esos hechos demuestran que la dependencia y subordinación del gobierno de Ucrania al imperialismo occidental, no cambian aún: el carácter de la guerra en sí misma.
El rechazo de la CRP-CI a apoyar el derecho de Ucrania a la autodeterminación se remonta al inicio de la invasión a gran escala, no al desarrollo posterior de las estructuras de Wiesbaden (a partir de 2022), la NSATU (2024), el acuerdo minero entre EE. UU. y Ucrania (2025) ni a las negociaciones de Trump con Putin (en curso desde 2025). Parras y Pau reconocen que «la fecha no está en disputa: la invasión rusa comenzó el 24 de febrero de 2022».
La campaña contra las refinerías rusas: una disputa de Ucrania con EEUU que precede a la llegada de Trump
La disputa sobre las refinerías rusas entre Ucrania y EEUU se puso de manifiesto antes de Trump. En 2024, la administración de Biden presionó a Kyiv respecto a los ataques contra la infraestructura petrolera rusa, alegando riesgos de escalada y efectos en los mercados energéticos mundiales. El Departamento de Estado reiteró que Washington «no alentaba ni apoyaba» los ataques ucranianos fuera del territorio ucraniano. La viceprimera ministra Olha Stefanishyna respondió que las refinerías son objetivos militares legítimos: «Entendemos las preocupaciones de nuestros socios estadounidenses. Al mismo tiempo, tenemos que aprovechar al máximo las capacidades, los recursos y los métodos de los que disponemos».
Washington consideraba los mercados mundiales de petróleo y evitar la escalada con Moscú. Kyiv sabe que la infraestructura de refinería rusa es parte esencial económica y logística que sustenta la invasión. Ucrania llevó a cabo estos ataques cada vez más con sistemas de largo alcance de producción nacional (misiles Flamingo y drones), lo que le permitió actuar sin las restricciones asociadas a las armas estadounidenses. La producción nacional no eliminó la dependencia, pero amplió el ámbito en el que Kyiv puede perseguir objetivos militares a los que Washington se oponía y se opone.
El conflicto continuó bajo el mandato de Trump. El Financial Times informó en septiembre de 2026 que Trump presionó a Zelensky para que detuviera los ataques contra las refinerías rusas, citando su efecto sobre el suministro de diésel. Trump afirmó que se había llegado a un acuerdo. Los funcionarios ucranianos lo negaron, mientras que Zelensky continuó defendiendo los ataques como un medio de presión sobre Rusia. La importancia no radica simplemente en que Kyiv «desobedeciera» a Washington. Washington buscó y busca limitar una táctica que sirve a los objetivos militares ucranianos para priorizar los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos. Sin embargo, a pesar de los chantajes Ucrania hasta ahora conservó la capacidad independiente suficiente para seguir aplicándola. Kyiv ha desarrollado capacidades que le permiten operar al margen de algunas de esas restricciones. Todo esto plantea el interrogante: ¿La enorme influencia material de Washington se ha convertido realmente en un control político y estratégico absoluto de la guerra en Ucrania?
Kursk (2024), Operación “Spiderweb” (2025) y la base material cambiante de la acción ucraniana
La ofensiva de Kursk de agosto de 2024 acentuó aún más la contradicción con EEUU. Kursk es territorio ruso reconocido internacionalmente, situado inmediatamente al norte de la región ucraniana de Sumy; por lo tanto, las fuerzas ucranianas no estaban atacando a tropas rusas en la Ucrania ocupada, sino que cruzaron la frontera internacional y se apoderaron de territorio dentro de la propia Rusia. Sin embargo, Kyiv no le proporcionó a Washington el plan operativo con anticipación. Los funcionarios estadounidenses aún intentaban comprender el propósito de la operación después de que esta hubiera comenzado. «Quizás tengan un plan, pero no lo están compartiendo con nosotros», declaró un funcionario estadounidense al Washington Post.
El secretismo no surgió de la nada. La cooperación extraordinariamente estrecha de 2022–23 también había puesto de manifiesto una vulnerabilidad para Kyiv: la información compartida con Washington no se mantenía necesariamente en secreto. Las filtraciones de Discord de 2023 revelaron información ucraniana sensible desde el punto de vista operativo, incluidas vulnerabilidades en la defensa aérea y detalles sobre brigadas que se preparaban para la contraofensiva. Antes de la visita de Zelensky a Washington en septiembre de 2023, según se informa, un asesor le advirtió: «No compartas nada con Biden que no quieras que aparezca en la primera plana». El Washington Post describió que las filtraciones generaron serias dudas en Ucrania sobre la capacidad de Washington para proteger los secretos militares. Por lo tanto, tras los desacuerdos estratégicos en torno a la contraofensiva de 2023, Kyiv tenía razones tanto operativas como políticas para restringir lo que compartía.
También había cambiado algo más: Ucrania estaba desarrollando una base material para actuar al margen de algunas de las restricciones asociadas a las armas suministradas por Occidente. Al inicio de la invasión a gran escala, su industria nacional de drones era insignificante. A principios de 2024, el gobierno ucraniano informó que el número de fabricantes de drones había aumentado de siete a alrededor de 200, mientras que las compras estatales de drones ucranianos en 2023 ya eran cien veces superiores al nivel de 2022. A finales de 2024, el Ministerio de Defensa informó que el 96,2% de los drones UAV suministrados a las fuerzas ucranianas eran de producción nacional, incluyendo más de 1,5 millones de drones FPV, así como sistemas de reconocimiento, ataque y ataque profundo de largo alcance. Zelensky estimó la capacidad de producción anual de Ucrania en 4 millones de drones para octubre de 2024.
Esto no hizo a Ucrania autosuficiente militarmente, ni eliminó la dependencia de la defensa aérea, la munición, la inteligencia, el financiamiento, los componentes u otros sistemas de armas occidentales. Pero cambió la composición de esa dependencia. Una capacidad producida dentro de Ucrania no estaba sujeta a las mismas restricciones geográficas que Washington imponía a un misil estadounidense o a un paquete de inteligencia. Por lo tanto, la producción nacional amplió, de manera desigual y en áreas específicas, el ámbito material dentro del cual los comandantes ucranianos podían perseguir objetivos que Washington no había autorizado.
Kursk debe entenderse en el contexto de esa relación cambiante. La operación seguía dependiendo de un ejército profundamente dependiente del material occidental y, por lo tanto, no puede atribuirse simplemente a la producción ucraniana de drones. Pero su secretismo y ejecución demuestran que Kyiv pudo formular una operación estratégica de gran envergadura dentro de Rusia sin la aprobación previa de Estados Unidos, mientras que sus crecientes capacidades nacionales reducían gradualmente la capacidad de Washington para definir los límites máximos de cada operación ucraniana.
La Operación Spiderweb, en junio de 2025, hace que la conexión sea mucho más directa. Ucrania dedicó aproximadamente dieciocho meses a preparar un ataque clandestino contra bases estratégicas de aviación rusas, introduciendo de contrabando drones diseñados específicamente para ese fin dentro de Rusia y lanzando 117 drones FPV desde contenedores ocultos cerca de los objetivos. La operación alcanzó aeródromos situados a miles de kilómetros del territorio controlado por Ucrania. Es fundamental señalar que, posteriormente, Zelensky confirmó que el Servicio de Seguridad de Ucrania, SBU, había utilizado exclusivamente drones de producción nacional y ningún equipo proveniente del imperialismo. Explicó la elección con una claridad inusual: «Tenía muchas ganas de usar sólo lo que producimos y de que la separación [fuera] muy clara».
Esa declaración une los aspectos materiales y políticos del argumento. La operación “Spiderweb” no fue posible porque Ucrania se hubiera liberado de la dependencia del imperialismo occidental. No fue así. Fue posible porque el rápido desarrollo de un sector de la producción militar ucraniana creó un ámbito de acción específico menos sujeto al control occidental. Estados Unidos podía y puede imponer un “marco” geográfico en torno a la inteligencia, los datos satelitales o las armas suministradas. Pero no podía imponer ese mismo marco a una operación diseñada por Ucrania y llevada a cabo con drones de fabricación ucraniana que no controlaba.
Por eso el crecimiento de la industria militar de Ucrania no debe describirse simplemente como una reducción de la dependencia. Reestructura la dependencia. Ucrania sigue dependiendo profundamente del capital, los componentes, la inteligencia y los principales sistemas de armas occidentales, aunque la producción nacional le brinde mayor margen de maniobra en áreas específicas. El resultado no es la autonomía militar nacional, sino una relación más contradictoria en la que algunas formas de dependencia se profundizan, mientras que ciertas capacidades ucranianas amplían el abanico de opciones militares disponibles fuera del control directo del imperialismo occidental.
El hecho más relevante: por qué la guerra aún no ha terminado
Hay un hecho más relevante que cualquiera de estos episodios individuales. Estados Unidos tiene una enorme influencia sobre Ucrania, pero no ha podido determinar cuándo ni en qué términos territoriales terminará la guerra.
Trump asumió el cargo prometiendo un acuerdo casi inmediato para poner fin a la guerra. Tras volver al poder, su administración hizo de un acuerdo negociado un objetivo central y utilizó la influencia estadounidense sobre la asistencia militar para presionar a Kyiv a fin de que entablara negociaciones. La contradicción se hizo particularmente evidente en torno a la cumbre de agosto de 2025 entre Trump y Putin en Alaska. El Financial Times informó que Putin propuso un alto el fuego si Ucrania se retiraba de las zonas restantes de Donetsk que aún controlaba.
Trump transmitió esos términos. PeroZelensky –reflejando la opinión mayoritaria de las masas– se negó a ceder territorio que Rusia no había conquistado. La disputa puso de manifiesto una diferencia fundamental: qué pérdida territorial podría aceptarse para poner fin a la guerra. No se trata de un desacuerdo secundario sobre tácticas.
A pesar de la constante tortura, una parte sustancial de la sociedad ucraniana sigue rechazando una entrega de territorio que Rusia no ha logrado conquistar. Una encuesta del KIIS realizada entre julio y agosto de 2026 reveló que el 60% consideraba categóricamente inaceptable la retirada del resto del Donbáss bajo control ucraniano, incluso a cambio de garantías de seguridad de Estados Unidos y Europa. Mientras que el 61% afirmó estar dispuesto a soportar la guerra “todo el tiempo que sea necesario”. El cansancio y las dificultades para el reclutamiento no equivalen automáticamente a la aceptación de una capitulación.
Ucrania no se limita a implementar una “estrategia de guerra estadounidense”. No se trata de un acto aislado de desacuerdo militar. La evidencia: Washington ha buscado poner fin a la guerra en términos territoriales. Ucrania se ha negado hasta ahora y la guerra continúa. La dependencia material y satelital de Ucrania le da a Washington medios poderosos para vencer su rechazo. Pero el objetivo político por el que los ucranianos siguen luchando —la defensa del territorio y la soberanía nacional— choca con objetivo de Washington, que ha demostrado repetidamente estar dispuesto a despreciar precisamente esa soberanía con el fin de lograr un acuerdo.
Esta distinción también aclara qué constituiría y qué no constituiría un cambio cualitativo en la guerra. Si Washington finalmente usa la dependencia de Ucrania para imponer un acuerdo al que Kyiv se ha resistido, eso no demostraría retroactivamente que la guerra anterior hubiera sido una guerra “proxi” o por poder de Estados Unidos. En cambio, podría marcar una derrota ucraniana: un país dependiente obligado a aceptar pérdidas territoriales cuando se retiraron o se agotaron las condiciones materiales para continuar su resistencia. ¡Pero no se apresuren los amantes de los epitafios! La guerra sigue y la resistencia armada del pueblo ucraniano continúa.
La comparación con Irán y las incoherencias de la CRP-CI
La misma corriente internacional, CRP-CI adopta un enfoque diferente cuando un país oprimido se enfrenta a una agresión directa de Estados Unidos o Israel. Irán no entró repentinamente en un conflicto geopolítico con Estados Unidos e Israel en 2026. Durante décadas se había enfrentado a sanciones, presión económica, operaciones encubiertas, ataques israelíes y enfrentamientos militares recurrentes. Sin embargo, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron su campaña coordinada de bombardeos el 28 de febrero de 2026, la CRP-CI no redujo ese evento a la historia más amplia de la rivalidad entre Estados Unidos e Irán. En su declaración del 2 de marzo, calificó el ataque como una «guerra de agresión imperialista» y un «cambio de estrategia» por parte de Trump, llamó a la derrota de los agresores imperialistas y defendió el derecho de Irán a resistir, al tiempo que mantenía su independencia política respecto a su régimen reaccionario.
El contraste con Ucrania es sorprendente. En el caso iraní, una larga historia de rivalidad geopolítica y presión imperialista no impide que el CRP-CI reconozca la agresión militar directa como un cambio cualitativo que pone en juego la defensa nacional de un país oprimido.
Existe una segunda contradicción. Irán, al igual que Ucrania, no lucha en aislamiento geopolítico. Recibe asistencia material, tecnológica y de inteligencia de Estados que el propio CRP-CI considera capitalistas e imperialistas. Los componentes de China de doble uso y los servicios de satélites comerciales han contribuido a las capacidades iraníes, mientras que la cooperación militar-técnica y de inteligencia de Rusia ha sido aún más sustancial. Sin embargo, el CRP-CI no deduce de esta asistencia que la resistencia iraní sea, por lo tanto, una guerra “proxi o por poder de Rusia o China. Ni debería hacerlo. La cuestión es si la lucha nacional se ha subordinado realmente a los objetivos políticos y militares de las potencias que brindan asistencia, algo que debe establecerse a través del desarrollo concreto de la guerra y no deducirse de la mera existencia de asistencia extranjera.
La comparación con Irán les plantea, por lo tanto, el problema de Ucrania por partida doble. Un conflicto geopolítico prolongado no impide que la agresión imperialista directa produzca una transformación cualitativa y plantee una guerra nacional de defensa. Tampoco la ayuda de potencias imperialistas rivales, por sí sola, anula el contenido nacional independiente de esa guerra. Las luchas nacionales con frecuencia se desarrollan en medio de conflictos entre potencias mayores, las cuales intervienen para sus propios fines, limitan las opciones del país oprimido y buscan una contrapartida política o económica a cambio. Estas contradicciones deben superarse mediante la lucha, no utilizarse para disolver la lucha nacional desde el principio. Si la ayuda china y rusa no determina por sí sola el carácter de la resistencia iraní, la ayuda estadounidense y europea tampoco puede determinar el caso ucraniano. El mismo criterio de subordinación real debe ponerse a prueba frente a los hechos.
Las posibles perspectivas no cambian el carácter de la guerra actual
No podemos descartar una futura guerra directa entre la OTAN y Rusia. Vemos cómo crecen cada vez más las provocaciones de Rusia con drones sobre territorios de Lituania, Polonia, Alemania, Rumania, Bulgaria y Moldavia. Rusia sondea la escalada del conflicto en otras partes de Europa. Esa amenaza existe. Si las propias potencias imperialistas se convirtieran en beligerantes y Ucrania pasara a ser el territorio a través del cual la OTAN luchara contra Rusia, con las fuerzas ucranianas subordinadas a los objetivos estratégicos determinados por esa guerra interimperialista, habría que reevaluar el carácter del conflicto. Pero eso constituiría una transformación cualitativa de la guerra actual. Y no una descripción que pueda proyectarse hacia atrás a partir del nivel actual de ayuda occidental.
Hoy la guerra de Ucrania es una guerra de defensa nacional, dependiente, cuyo margen de acción independiente es estrecho, desigual y continuamente disputado. Pero los objetivos políticos y militares de Ucrania aún no han sido desplazados por los de las potencias imperialistas. Por lo tanto, los hechos demuestran una relación más dialéctica de lo que sugiere la categoría de «mando efectivo».
Washington controla recursos cruciales y puede imponer límites severos a su uso. La OTAN ha construido una arquitectura institucional en torno a la ayuda militar a Ucrania. Sin embargo, los comandantes ucranianos han rechazado las asignaciones de fuerzas, los tiempos y las tácticas estadounidenses. Ucrania ha continuado con ataques a los que Washington se oponía y ha lanzado operaciones importantes que Washington ni diseñó ni conocía. Y, lo más importante, Kyiv se ha resistido a un intento estadounidense de poner fin a la guerra mediante concesiones territoriales que considera incompatibles con la defensa del país.
Establecimos el carácter de la guerra en Ucrania, -y tambien en Irán-, como una guerra «justa» librada por el pueblo ucraniano contra una agresión imperialista. Esto determina que los revolucionarios tenemos que apoyarla con el fin de derrotar a la potencia invasora. Aunque no determina, por sí solo, la política que los revolucionarios debemos seguir al respecto. Y esa política se define incorporando: la dependencia de Ucrania, que plantea cuestiones muy difíciles sobre la ayuda militar, el rearme europeo, el carácter del gobierno de Zelensky y la creciente desconfianza de las masas en él, la penetración económica y el permanente chantaje occidental, así como la creciente conciencia entre las masas sobre el nefasto rol de Trump como aliado de Putin y necesidad de la organización independiente de la clase trabajadora ucraniana.




