Lenin y Trotsky no tenían dudas y lo repetían siempre: la victoria de Octubre de 1917 fue posible también gracias al estudio detallado que los bolcheviques hicieron de la Comuna de 1871[1].

Por Francesco Ricci

Por otro lado, el socialismo francés, y su historia de revoluciones (de 1789 a 1794, de los años treinta del siglo XIX a junio de 1848), era una de las tres fuentes de la propia elaboración de Marx y Engels (juntamente con la economía inglesa, Ricardo, y la filosofía alemana: Hegel y Feuerbach).

Así, es importante estudiar hoy la Comuna, sus conquistas y sus errores. No es un ejercicio retórico referido al calendario de conmemoraciones, no es un estudio académico, sino un trabajo de estudio para buscar construir la victoria de las revoluciones futuras.

La noche de los cañones

En la noche entre el 17 al 18 de marzo de 1871, después de ser repelidos para Belleville [barrio de París], los soldados del gobierno republicano de Thiers buscaron retomar los 271 cañones y las 146 ametralladoras que la Guardia Nacional tenía instalados en la colina de Montmartre que domina París. Pero el proletariado, teniendo al frente los comités de mujeres (entre ellos, el de la profesora Louise Michel), cierra el camino e invita a los soldados a desobedecer las órdenes, a levantarse contra los generales. Es el inicio de la insurrección que, bajo la dirección del Comité Central de la Guardia Nacional, ocupa todos los puntos neurálgicos de la ciudad y se apodera del Hotel de Ville, sede del gobierno. El gobierno burgués huye de la capital y se refugia en la vecina Versalles.

La primera estructura de tipo «soviético» de la historia

La Guardia Nacional era una vieja institución de la revolución de 1789-1794. Pero si durante la primera revolución francesa fue esencialmente un instrumento de la burguesía; si en la revolución de 1848 fue uno de los instrumentos de la contrarrevolución burguesa contra la primera insurrección obrera (junio); en 1871 fue otra cosa.

Reconstituida sobre bases nuevas en 1870, después de la derrota de Napoleón III en la guerra contra los prusianos de Bismarck[2] que había abierto las puertas a una nueva República (dirigida por un gobierno burgués), en 1871 era una milicia de obreros. Trescientos mil obreros armados en París constituían, como Marx escribía en aquellos días, el principal obstáculo que la burguesía encontraba ante sí. Un obstáculo a la tentativa del gobierno de obligar a los trabajadores a pagar la crisis económica (y las deudas de la guerra). Por esto, Thiers antes había intentado dispersarla, reducirla, y luego abolir los sueldos, para después desarmarla.

Esta nueva Guardia Nacional, compuesta por obreros de la industria y artesanos, estaba dotada de una estructura y de organismos propios[3]. Los obreros constituían entonces una clase relativamente desarrollada y con un alto grado de concentración en París: en los astilleros trabajaban 70.000 obreros, otras grandes concentraciones eran la Govin, fábrica de locomotoras, la fábrica de armas del Louvre, etc. Y la Guardia Nacional tenía una conformación que anticipaba, de cierta forma, los consejos de obreros y de soldados (los soviets) que nacieron en Rusia durante la primera revolución de 1905 y, nuevamente, en febrero de 1917.

Dos meses de gobierno obrero

La insurrección y la toma del palacio de gobierno y de París, la división del ejército y su disolución como estructura del dominio capitalista, es decir, la ruptura revolucionaria del Estado burgués, constituyen los actos de nacimiento del primer gobierno obrero de la historia. Un gobierno que durará solamente dos meses.

Dos meses que revolucionaron la sociedad en todos su aspectos. Se cuentan en cerca de un centenar los periódicos diarios de los communards. Son infinitas las asambleas cotidianas para organizar el nuevo poder: no bastando los lugares para las reuniones, se expulsaba de las iglesias a los padres y sus crucifijos, transformando cada lugar en un instrumento para la administración del poder obrero.

Pocos días después de la toma del poder, tras la fuga a Versalles de los parlamentarios burgueses (electos por la nueva República), el Comité Central de la Guardia Nacional convocaba a nuevas elecciones para elegir no otro parlamento sino exactamente una Comuna (con cerca de noventa miembros), que asumía los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

El gobierno obrero tomaría inmediatamente una serie de medidas: requisición de las fábricas y su reorganización bajo control obrero, requisición de las casas vacías y su readjudicación a los trabajadores, asistencia médica gratuita (y derecho para las mujeres al aborto), reforma integral de la escuela (no más como instrumento de la burguesía), expropiación de los bienes de la Iglesia…

Solamente una parte de estas medidas fue efectivamente realizada. Faltó el tiempo, faltó una dirección unívoca y coherente del gobierno. Sobre todo, fue necesario defender inmediatamente el nuevo poder del asalto de las burguesías francesa y prusiana que, enemigas en la guerra que recién había acabado, reencontraron una plena unidad de intenciones cuando fue la hora de aplastar la revolución obrera, cercando con armas a París e invadiéndola para realizar una masacre sin precedentes (se cuentan más de cien mil víctimas de los fusilamientos sumarios, de los procesos, de las persecuciones implementadas por la burguesía). El 28 de mayo de 1871, las tropas del gobierno Thiers (reconstituidas con la ayuda de Bismarck) derribaban la última barricada y retomaban París.

Errores, límites y contradicciones de la Comuna

Incluso cuando la definieron inmediatamente como “el mayor evento del movimiento obrero”, y trabajando incesantemente para apoyar el desarrollo de la lucha a muerte contra la burguesía, Marx y Engels no renunciaron nunca a indicar los errores y límites de la Comuna, en una tentativa (durante aquellos dos meses) de aportar decisivas correcciones; y con el intento (tras la caída de la Comuna) de propagar las enseñanzas, incluso aquellas negativas, para aprovechar las lecciones de aquella derrota y avanzar hacia nuevas y más duraderas victorias.

En decenas de cartas escritas en aquellos días, y en cada texto posterior, los dos principales dirigentes comunistas del movimiento revolucionario indicaron, en particular, algunos puntos que contribuyeron para el fracaso de aquel grandioso experimento. Aquí, por razones de espacio, indicaremos sumariamente las lecciones negativas que Marx apuntó sobre la Comuna. Podemos resumirlas en dos puntos.

Primero: las medidas económicas efectivamente implementadas por la Comuna (en este caso, por responsabilidad especialmente del componente proudhoniano, es decir, anarquista y reformista) fueron insuficientes. En particular, aunque teorizando y practicando parcialmente la expropiación de la propiedad burguesa de los medios de producción, la Comuna se postró ante el Banco Nacional y pidió… un préstamo, en lugar de apoderarse del propio Banco.

Segundo: las medidas político-militares fueron insuficientes, tardías y confusas. En lugar de atacar el gobierno que había huido para Versalles, antes de que este tuviera tiempo de reorganizarse y cercar París, esperó, y tardó después también en la organización de la defensa armada de la capital, confiándola en diversos casos a oficiales incapaces y excediéndose en la generosidad contra los adversarios que se preparaban en armas. El «terror rojo» contra los enemigos de la revolución fue, como recuerda Engels, más anunciado que practicado, o practicado con «excesiva bondad». En lugar de dar prioridad a la extensión de la revolución hacia otras grandes ciudades francesas, única vía para romper de hecho el aislamiento político, la Comuna se cerró en sí misma, y el Comité Central de la Guardia Nacional «perdió tiempo» (la expresión es de Marx, retomada por Trotsky) queriendo ceder el poder que había conquistado a una estructura electa. Así, convocó a elecciones para la Comuna (formalmente a través del «sufragio universal», pero en las que participaron, de hecho, solamente los trabajadores, visto que los burgueses habían huido en gran medida o se mantenían en silencio).

Un «punto de partida de peso histórico»

Incluso con sus contradicciones, con sus límites y errores, en sus intenciones subjetivas, en el sentido general que expresaba, recuerda Marx, “la Comuna fue el primer gobierno obrero de la historia”, el primer gobierno de los trabajadores que gobernó en favor de los trabajadores. Por eso Marx escribía, poco tiempo antes de la derrota, en una carta a Kugelmann: «Cualquiera sea el resultado inmediato, un punto de partida de peso histórico universal fue conquistado»[4].

¿A qué se refería Marx? En particular, al hecho de que la Comuna había enseñado para siempre, en la práctica (y esto valía más que mil programas y textos), que los trabajadores no pueden simplemente «conquistar» el Estado de la burguesía y «convertirlo» a sus intereses. Aquel Estado, sus instituciones, su parlamento (aún el más democrático), sus cuerpos armados, deben ser «quebrados»; no se precisa una imposible obra de “reforma pacífica”, es necesaria la ruptura revolucionaria, es decir, la insurrección y la guerra civil (cuya duración y grado de intensidad y de violencia dependen no de una elección de los revolucionarios, sino del grado de resistencia que las clases dominantes estarán en condiciones de contraponer para defender su propiedad de los medios de producción y de cambio).

Al Estado de la burguesía, derribado por la revolución, es necesario sustituirlo por un Estado distinto, basado en los organismos de lucha de los trabajadores, un Estado obrero. La dictadura de la burguesía (dictadura de una ínfima minoría sobre la gran mayoría) necesita ser sustituida por una dictadura del proletariado (que en la sociedad constituye la gran mayoría). En otras palabras, otra economía, centralizada y planificada sobre la base de las exigencias de la mayoría, que no puede basarse en la falsa y formal democracia burguesa y sus instituciones: es necesario otro Estado, otra democracia. Los obreros de la Comuna, con su heroica (e infelizmente fracasada) tentativa indicaron, concluía Marx, en la práctica, por primera vez en la historia, «la forma finalmente encontrada» de la dominación proletaria. Por primera vez, habían construido un gobierno obrero porque, por primera vez, habían destruido completamente el gobierno de la burguesía, refutando la política de colaboración de clases que, hasta entonces (por ejemplo, en la Francia de febrero de 1848, con el ingreso de Louis Blanc en el gobierno burgués), había llevado a los representantes obreros a ocupar puestos en los gobiernos de la burguesía y a subordinar así los intereses de los trabajadores a los intereses burgueses, sacrificando la lucha de clase a los presuntos (e inexistentes) «intereses comunes» de las clases.

Se trataba realmente de una conquista «teórica» (impuesta en la práctica) de peso fundamental. No es por casualidad que cada vez que el movimiento obrero (guiado por las direcciones traidoras) abandonó esta «conquista» y renunció a la independencia de clase en relación con la burguesía y sus gobiernos, terminó en un callejón sin salida. No es por casualidad que el centro de toda política reformista, es decir, contrarrevolucionaria, siempre consistió en conducir a los trabajadores a creer en la colaboración de gobierno con el adversario.

Toda la política de traición operada por la socialdemocracia a inicios del siglo XX, que llevó al apoyo de los gobiernos burgueses empeñados en la masacre de la Primera Guerra Mundial; toda la política de los llamados «frentes populares» guiada por el estalinismo de los años treinta, que preveía el apoyo y la participación directa en gobiernos burgueses; toda la política de la socialdemocracia en los decenios siguientes, hasta la versión (caricaturesca) representada por el reformismo “oficialista” contemporáneo; todas las derrotas a que el reformismo guió al movimiento obrero reposan sobre la negación de la «forma finalmente descubierta» por los obreros parisinos. Es por esto que no solamente la burguesía sino también el reformismo de todas las épocas (y también los anarquistas) hacen de todo para negar o, por lo menos, para falsificar, aquella página de la historia. Es por esto que aquella página de la historia pertenece plenamente solo a los revolucionarios.

Sin partido comunista ninguna revolución puede vencer y desarrollarse

Pero nuestra reconstrucción de la Comuna y de sus enseñanzas, aunque necesariamente esquemática, sería del todo incompleta si no dijéramos algo sobre la principal causa (en opinión de Marx, Lenin y Trotsky) de su derrota. Todos los grandes dirigentes revolucionarios que estudiaron la Comuna concuerdan en decir que esta fracasó por la ausencia de una dirección, de un partido, coherentemente marxista. Ninguna revolución de la historia ocurrió «espontáneamente» (la «generación espontánea» no existe ni en la naturaleza ni en la política). Siempre existen direcciones: las calidades de esas direcciones determinan las posibilidades de la victoria de la revolución.

De hecho, estaban presentes en la Comuna todas las corrientes de la izquierda de la época (neojacobinos, proudhonianos, anarquistas bakuninistas, blanquistas) y, aunque una mayoría de los dirigentes estuviera ligada a la Asociación Internacional de los Trabajadores (es decir, la Primera Internacional), solamente unos pocos eran próximos de las posiciones de la mayoría de la Internacional. Es decir, de las posiciones de Marx y Engels (los principales textos de Marx, a partir del primer libro de El Capital, publicado en 1867, eran substancialmente desconocidos en Francia, incluso por los dirigentes communards).

No faltaban, entonces, organizaciones ligadas a las varias corrientes del movimiento obrero. Existía incluso un embrión de partido (el Comité Central de los Veinte Distritos, organización de militantes de vanguardia, basada sobre un programa de oposición de clase a la burguesía, nacido en setiembre de 1870). Pero los pocos marxistas, presentes en diversas organizaciones, y a veces (raramente) responsables de tareas de dirección en la Comuna, no disponían aún de un partido propio[5]. Esto explica la razón de las oscilaciones, indecisiones, retardos, y de los gigantescos errores en la conducción de la Comuna. Y explica también por qué Marx, pocas semanas antes de la insurrección parisina, esperaba que el tiempo del choque de clase (precipitado por el ataque burgués para desarmar la Guardia Nacional) permitiera a los obreros revolucionarios construir aquel partido que faltaba[6].

Fue el fracaso de la Comuna el elemento principal que llevó a la crisis y, por lo tanto, a la decisión de disolver la Primera Internacional (basada sobre una «ingenua unidad de reformistas y revolucionarios», según la expresión de Engels) para dar vida a una internacional y a partidos «enteramente marxistas»[7].

Como concluía Trotsky, fue justamente la presencia en Rusia de un partido «enteramente marxista» (el partido bolchevique) lo que permitió que la Comuna de Petrogrado de 1917 no fuera masacrada como aquella de París, y eso permitió constituir, de forma no efímera (aunque también infelizmente destruida gracias a la posterior obra del estalinismo), una efectiva dictadura del proletariado[8].

Esta es la principal enseñanza que nos dejaron como herencia los obreros que, ciento cincuenta años atrás, formaron el primer gobierno obrero de la historia: también las revoluciones futuras conseguirán imponerse y desarrollarse en dirección al socialismo solamente si saben construir aquellos partidos coherentemente marxistas (es decir, hoy, trotskistas) y aquella internacional coherentemente comunista (es decir, hoy, la Cuarta Internacional), que son instrumentos indispensables para derribar el dominio capitalista y vencer.

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Notas

[1] Una amplia parte de Estado y Revolución, el libro que Lenin escribió en vísperas de la revolución de Octubre, y todos los principales textos (por ejemplo, las «Tesis de Abril») con los cuales el dirigente bolchevique «rearmó» programáticamente el partido para guiarlo a la victoria, están impregnados de referencias a la Comuna de 1871.

[2] Prusianos: de Prusia, región de Alemania que, bajo la dirección de Bismarck, comandó el proceso de unificación nacional alemana, derrotando a Francia, ndt.

[3] A finales de febrero de 1871, una asamblea de dos mil delegados de los batallones de la Guardia Nacional aprueba su constitución en Federación republicana. El primer punto del programa es la abolición del ejército permanente y su sustitución por una milicia de los trabajadores. Es la proclamación de la ruptura con el Estado burgués y la forma de disolver sus “fuerzas armadas”, imponiéndose como única fuerza armada.

[4] Carta de Marx a Kugelmann, 17 de abril de 1871 (Edición Brasileña: K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, Alfa-Omega, volumen 3, p. 263, ndt.).

[5] Existía en París un representante directo de la AIT, enviado por Marx, Serrailier. Además de él, Marx podía contar en París solamente con otro dirigente: el obrero de origen húngaro Leo Frankel, y con algunos marxistas aislados, por ejemplo, la joven Elisabeth Dmitrieff, militante de origen ruso, alentada por Marx para ir a París, en marzo de 1871, y que se hará dirigente de la Unión de las Mujeres. Sabemos que Marx mantenía correspondencia también con Eugene Varlin (la más interesante figura de la Comuna) y que escribió diversas cartas al propio Varlin, a Serrailier y a Frankel (en gran medida perdidas).

[6] “Utilicemos con tranquilidad y resolución todas las posibilidades ofrecidas por la libertad republicana, para trabajar en la organización de clase. Esto dará nuevas fuerzas hercúleas (…) para nuestra obra común, la emancipación del trabajo”. Así escribió Marx en el segundo «Manifiesto del Consejo General de la Internacional» (9 de setiembre de 1870), en La guerra civil en Francia (Edición Brasileña: K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, Alfa-Omega, volumen 2, p. 57, ndt.).

[7] Engels: «Yo creo que la próxima Internacional, después que los libros de Marx hayan ejercido su influencia por algunos años, será puramente comunista y propagandizará directamente nuestros principios” (Carta a A. Sorge, 12 de setiembre de 1874 (Edición Brasileña: K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, Alfa-Omega, volumen 3, p. 275, ndt.).

[8] En diversos textos de los años treinta (ver nota bibliográfica abajo), Trotsky actualiza el análisis clásico de Marx y Lenin sobre la Comuna, y comenta cómo esa no fue una efectiva dictadura del proletariado, sino solamente un embrión: justamente porque, incluso aunque estuviera presente un embrión de soviet (el Comité Central de la Guardia Nacional), faltaba en ella un partido marxista de vanguardia que, enfrentándose con las corrientes reformistas (como hicieron los bolcheviques en 1917 contra los mencheviques y socialistas revolucionarios – SR) y destruyéndolos políticamente, ganara los organismos de lucha de los trabajadores para un coherente programa comunista volcado hacia la dictadura del proletariado.

Lecturas para conocer la Comuna de 1871

Los interesados en profundizar el conocimiento sobre la Comuna de 1871 pueden utilizar esta hoja de ruta de lecturas (infelizmente, salvo la parte de los textos de los clásicos del marxismo, la historiografía más reciente y más interesante sobre este tema está casi enteramente en lengua francesa).

Notas:

1) Karl Marx, La guerra civil en Francia (se encuentra en decenas de ediciones) contiene los más importantes textos escritos por Marx para la Primera Internacional sobre la guerra franco-prusiana y sobre la Comuna de París.

2) V. I. Lenin, Estado y Revolución (disponible en varias ediciones). Es el texto fundamental de Lenin sobre el marxismo y el Estado. Un capítulo entero está dedicado a la Comuna de 1871.

3) V. I. Lenin, La revolución proletaria y el renegado Kautsky. Se trata de la polémica contra Kautsky y su concepción de un Estado abstracto puesto por encima de las clases. También aquí es central el tema de la Comuna.

4) León Trotsky, “Le lezioni della Comune” (1921) [Las lecciones de la Comuna], prefacio al libro de C. Talès, La Commune de Paris (edición italiana: Iskra, 1970).

5) León Trotsky, Terrorismo y comunismo. Es un texto fundamental de Trotsky, escrito en 1919; constituye un segundo «anti-Kautsky», menos conocido que el de Lenin. Pero, en ciertos aspectos es aún más eficaz en la defensa de la dictadura del proletariado frente a los ataques revisionistas del reformismo.

6) Jean Bruhat, Jean Dautry, Emile Tersen, La Comune del 1871 (edición italiana: Editori Riuniti, 1971). Es seguramente la mejor historia de la Comuna, la más confiable (aunque sus opiniones no siempre puedan ser compartidas).

7) Bernard Noel, Dictionnaire de la Commune [Diccionario de la Comuna] (en francés, Mémoire du livre, 2000) es un diccionario utilísimo para no perderse entre eventos, protagonistas y nombres de la Comuna.

8) Charles Rihs, La Commune de Paris, sa structure et ses doctrines [La Comuna de París, su estructura y sus doctrinas] (en francés, Ed. du Seuil, 1973). Es el mejor texto crítico sobre la Comuna. Contiene un estudio profundo de las varias corrientes del movimiento obrero que participaron de la Comuna y de sus conflictos.

9) Jean Dautry, Lucien Scheler, Le Comité Central Républicain des vingt arrondissements de Paris [El Comité Central Republicano de los Veinte Distritos de París] (en francés, Editions Sociales, 1960). Es un texto fundamental, de hecho el único que estudia de forma profunda aquel embrión de partido obrero que nace en vísperas de la Comuna y cuyos dirigentes tuvieron, individualmente, un papel central.

10) Michel Cordillot: Eugene Varlin (en francés, Ed. Ouvrières, 1991): la más reciente (y bien documentada) biografía del más avanzado dirigente obrero de la Comuna (su aproximación al marxismo fue interrumpida por las balas de la represión).

11) Por fin, un análisis de las posiciones de Marx, Engels, Lenin y Trotsky sobre la Comuna (releídas a la luz de las informaciones sobre la Comuna suministradas por la historiografía del siglo XX) se encuentra en: F. Ricci, «La Comuna de París (1871): precursora de la Comuna de Petrogrado (1917)», publicado en portugués y español en la revista Marxismo Vivo n. 16, 2007 y, en una nueva traducción corregida y mejorada, en este especial.