Quizás para el lector sea curioso oír hablar de esperanza en este momento. Sin ninguna duda, los sentimientos que se respiran en el ambiente son de incertidumbre, miedo y desesperanza. Imagine entonces hablar de esperanza en la revolución. Incluso, ¿en qué revolución podemos pensar en este momento?

Por Ana Godoi

Miramos en nuestro alrededor y nos damos de bruces con el rostro de la irracionalidad fijo en nosotros, diciendo que las vidas no son más importantes que la economía. Y entonces tenemos la certeza de que la esperanza no existe, que se acabó con la llegada de la barbarie. Pero es precisamente gracias a este contexto que podemos tener la profunda esperanza de que un nuevo mundo puede ser posible.

Cuando prestamos atención a la teoría, aquella de que se ocupa de explicar el funcionamiento del mundo en el que vivimos, siempre leemos acerca de las contradicciones que existen en nuestra sociedad y como estas son el motor propulsor de las transformaciones. De esta forma, nos contentamos, en teoría, sabiendo que algún día, quizás, la revolución llegará. Pero entre la teoría y la vida existen diferencias. Aunque la teoría busque “dar vida a la materia”. Hacer frente a la contradicción en el papel y vivirla en la práctica son cosas muy diferentes

Una de las características de las crisis es hacer que esas contradicciones que leemos en los libros se hagan evidentes y transparentes a nuestros ojos. Y esto nos causa inseguridad y quizás incluso ganas de desistir. Perno encararla con firmeza y serenidad es la tarea del momento. Y es esa certeza en el futuro los que nos transforma en revolucionarios.

Si, vivimos en un mundo donde la producción y la circulación de mercancías es infinitamente más importante en la vida de cualquier ser humano que camine por esa tierra. Eso es así día tras día. La diferencia con el momento actual es que ese problema está impreso en las portadas de los periódicos. Ha causado inestabilidad política y llegado hasta la puerta de las casas. El problema real es que hace demasiado que construimos una sociedad que privilegia lo material, la mercancía, el dinero y no la vida, la necesidad y el bienestar humano. Tal vez esta sociedad solo beneficie a una media docena de personas en el mundo.

Cuando hablamos de revolución invariablemente nos remitimos a Marx, el gran revolucionario alemán que renuncio a todo porque no solo tenía la seguridad de que una revolución socialista era posible, sino que era la única salida. Muchos lo tienen solo como un economista que desvelo las leyes del capitalismo y mediante algunas fórmulas demostró las contradicciones presentes en él, pero la teoría de Marx no es una teoría sobre formulas o leyes generales de la sociedad. La teoría de Marx es sobre personas. Y nada es más importante en un momento como este que hablar sobre las personas.

La teoría socialista de Marx en realidad es sobre esperanza. Es sobre la búsqueda de la felicidad. Es una teoría creada a partir de la seguridad de que no es posible vivir en un mundo donde las personas tienen que escoger entre morir de una enfermedad o morir de hambre. Cada línea escrita, cada página revisada fue hecha pensando en encontrar una alternativa para romper con el ciclo de miseria, hambre y humillación a los que el trabajador es sometido. Pedimos permiso al lector para citar un párrafo de una carta de la hija de Marx, Eleanor, que habla sobre la teoría de su padre:

Es curioso, pero creo que mucha gente no comprende cuán importante es para los socialistas el concepto de felicidad, como esta está el mismo corazón del pensamiento de Marx. Es esta, finalmente, el gran objetivo final de nuestra lucha. Felicidad, no como simple búsqueda del placer individual, sino como autorrealización del ser humano. El derecho que cada individuo tiene de poder expresar sus capacidades y formar parte de una colectividad, un grupo que los reconoce como suyos. Muchas personas no asocian el “libre desarrollo de cada uno como condición para el libre desarrollo de todos” al concepto de felicidad. No entienden que ese “libre desarrollo” es precisamente la condición para poder ser feliz. O piensan que eso es cosa del futuro y debe ser dejada de lado hasta entonces. No se dan cuenta de que ser feliz es algo que debe buscarse en el presente; que no debe ser una utopía, sino algo necesario, ahora, que debe intentarse desde ya, algo que nos hace mejores personas y, por tanto, más capaces para afrontar una larga lucha. No creo que exagere cuando pienso que la belleza de la vida, la alegría de vivir es lo que nos debe guiar y los que nos puede dar alguna fuerza. Que la revolución significa no solo la búsqueda de vida y libertad, sino la búsqueda de la felicidad.

Es en momentos como estos que estamos viviendo ahora, cuando las líneas de esta carta tienen más sentido. No existe un plan económico que pueda resolver la vida de millones de personas en todo el mundo que, al mismo tiempo, resuelva el problema de los bancos y las multinacionales. Esta sociedad en la que vivimos no garantiza el bienestar, la felicidad de la población en su conjunto. Debemos construir el camino para llegar allí. Y por eso la esperanza es nuestro combustible en este momento. La irracionalidad no prevalecerá, ya que las personas, los trabajadores, reaccionarán. No es posible vivir mucho tiempo en condiciones terribles y además perder seres queridos. La sublevación vendrá. Y con ello, la posibilidad de construir un mundo en el que la vida valga más que la mercancía.

La generación actual no ha experimentado una crisis global como la que enfrentamos ahora. No estamos experimentando una catástrofe global con las proporciones de una guerra. Y ni siquiera nos enfrentamos al desarrollo de estos procesos. Pero, sin duda, es el momento de ser herederos de un legado dejado por hombres y mujeres del pasado, que dieron sus vidas por creer que era posible construir una sociedad en la que podamos ser plenos y felices.

Pueden llamarnos utópicos, pueden decirnos que el socialismo no funciono. A estas voces solo podemos responder: ¡Aun no lo entendéis! El capitalismo no garantiza el futuro de la humanidad. Y eso mismo es lo que estamos escuchando ahora.

Vamos a construir un mundo nuevo, no por mero deseo, sino porque ya no queremos ver cómo nos deja ninguno más de los nuestros.

Terminamos el texto con el final del discurso de Trotsky en el funeral de Joffe, miembro de la Oposición de Izquierda en la URSS, que lucho contra las traiciones del estalinismo y la Revolución de Octubre: «Alzaremos la bandera leninista de la revolución proletaria en el mundo y lo llevaremos al comunismo mundial. ¡Viva el partido comunista revolucionario!

Publicado originalmente en el blog Teoria e Revolução