“La Primera Internacional nos dio un programa y una bandera. La Segunda Internacional permitió que las masas se mantuvieran firmes sobre sus propios pies. La Tercera Internacional dio un ejemplo de heroica acción revolucionaria. ¡La Cuarta Internacional conducirá a la victoria final!” León Trotsky (“Francia es ahora la clave de la situación”, marzo 1934)[1]

Por: Francesco Ricci

  1. El encuentro entre obreros ingleses y franceses

La verdadera madre de la Asociación Internacional de los Trabajadores (o Asociación Internacional Obrera, de ahora en adelante AIT o Primera Internacional) es la crisis económica de 1857-1858 que determina –así como sucede con la actual crisis que estamos viviendo, iniciada en 2007– tanto un agravamiento del ataque de la burguesía a los obreros para recuperar la tasa de ganancia perdida, como una respuesta de lucha de los obreros. El bienio 1858-1859 se caracteriza por un aumento de las huelgas en varios países europeos y su radicalización. De particular importancia es la huelga de los estibadores de Londres, de la cual nace, para coordinar la lucha, la London Trades Council, a cuyos principales dirigentes volveremos a encontrar pocos años después a la cabeza de la AIT. Pero los portuarios del Támesis son solo una parte de la nueva vanguardia de lucha que se revela después de los diez años de reflujo que siguieron a la derrota de las revoluciones de 1848. En primera fila están también los obreros ingleses de la construcción, que con huelgas durísimas imponen en 1861 la reducción de la jornada laboral (¡a nueve horas y media!).

Esta ola de huelgas induce a los patrones a usar el chantaje de mano de obra extranjera, de menor costo. En respuesta, los obreros comprenden la necesidad de coordinarse más allá de las fronteras para romper el mecanismo de “competencia” entre trabajadores.

Pero, como destaca David Riazanov[2], por cierto uno de los máximos especialistas en la historia de la AIT y del marxismo, no son solo las necesidades prácticas del momento las que llevan a los obreros de varios países a unirse sino también la política y en particular el entusiasmo que suscitaban en aquellos años en las masas del Viejo Continente las luchas por la independencia nacional en Italia (Garibaldi era una figura famosa entre los obreros europeos) y en Polonia. En este último país estaba en curso, a inicios de los años 1860, una sublevación contra la opresión de la Rusia zarista.

Y es precisamente el tema de la solidaridad con las masas revolucionarias polacas lo que conduce a las organizaciones, el 28 de abril de 1863, en Londres, a una gran asamblea presidida por el filósofo positivista Edward Spencer Beesly; otra gran asamblea se organizará en julio del mismo año. En estas asambleas se reanudan las relaciones establecidas entre los obreros ingleses y los franceses que se habían reunido en la Exposición Universal de Londres un año antes: en el transcurso de 1862, de hecho, más de 700 obreros franceses habían ido en diversas ocasiones a Londres.

Los obreros franceses luchaban en ese momento, como sus compañeros ingleses, contra las tentativas burguesas de descargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores. Francia estaba gobernada por Napoleón III (que en 1852 se había proclamado “emperador”), que dominaba con una mezcla de concesiones paternalistas y represión.

El 23 de julio de 1863, un grupo de obreros franceses, dirigidos por Tolain, proudhonista (retomaremos luego esta figura y el proudhonismo), participa de una iniciativa pública organizada en el London Trades Council. Las relaciones entre los dirigentes de los obreros ingleses (liderados por Odger y Cremer) y los dirigentes de los obreros franceses (liderados por Tolain) se hicieron muy intensas. Se convoca en Londres, para el 10 de noviembre de 1863, a una reunión restringida, llamada para discutir un esbozo de carta de los obreros ingleses a los compañeros franceses. El texto de esta carta abierta, escrita por Odger, pone en el centro la necesidad de “una común asociación entre aquellos que con su trabajo producen todo lo que es esencial a la vida de la humanidad”[3]. Es necesario organizar una gran asamblea obrera internacional más para discutir sobre estos temas. Los preparativos prosiguen durante varios meses, hasta que esta asamblea es convocada en Londres para el 28 de setiembre de 1864.

Para celebrar esta asamblea (que pasará a la historia, aunque los organizadores no podían siquiera imaginarlo) se escoge una sala en la zona obrera de Londres: St. Martin’s Hall, en un edificio erigido en 1850, una sala habitualmente utilizada para asambleas sindicales y políticas.

  1. Un invitado alemán en la St. Martin’s Hall

La participación de los trabajadores es de tal forma masiva, que la sala apenas los contiene. La presidencia es ocupada por el filósofo Beesly. Se presentan obreros de varias partes de Europa (en particular refugiados políticos italianos, húngaros, polacos, irlandeses), pero las delegaciones más numerosas son las de los dos grupos promotores: los tradeunionistas (es decir, los miembros de la Trade Unions, los sindicatos) ingleses, dirigidos por George Odger, zapatero, y William Cremer, carpintero; y los franceses, encabezados por Henri Luis Tolain, orfebre, y Ernest Fribourg, grabador de metales.

Participan además varios exiliados alemanes, entre ellos Karl Marx, que está acompañado de Johann Georg Eccarius, sastre, ex dirigente de la Liga de los Comunistas (la organización para la que Marx había escrito en 1848 el célebre Manifiesto).

Desde hace décadas, circulan dos legendas a propósito de esta histórica asamblea: una dice que Marx habría dominado la asamblea de fundación (en algunos epígrafes de imágenes referidas a otros momentos se lo hace decir un discurso el 28 de setiembre), en otras reconstrucciones (sobre todo de matriz anarquista) se dice que pasó por allí casi por casualidad.

Ni una ni otra son ciertas. No fue Marx quien organizó el 28 de setiembre y no pronunció ningún discurso; al contrario, se mantuvo en silencio y escuchó. Pero no por eso su presencia fue casual: le explícita invitación le había llegado por los organizadores porque su nombre era ya muy conocido entre los obreros de vanguardia, no por sus obras, entonces escasamente difundidas, ni por El Capital, sobre el que estaba trabajando (y que saldría solo en 1867), sino por su actividad política y periodística.

Es por estos motivos que cuando la asamblea, después de haber decidido dar vida a una “unión internacional” (el nombre quedará indefinido por el momento), elige un comité provisorio encargado de dirigir los primeros pasos de la organización y redactar el programa y el estatuto, Marx es llamado a formar parte. No solo eso: dadas sus reconocidas capacidad y experiencia, es partícipe también de la comisión restricta elegida en el seno del comité o Consejo Central (desde 1866 se llamará Consejo General). Este último organismo está compuesto por 31 miembros: entre ellos, Odger es elegido presidente, Cremer secretario, mientras Marx tiene por el momento solo el papel de responsable por Alemania.

Marx no es tampoco el “fundador” de la AIT, como a veces se repite; por otra parte, su participación en aquello que inicialmente aparece como un experimento es explicado por el propio Marx como un hecho que ciertamente no es accidental. En varias cartas en esos meses[4], Marx insiste sobre un punto: esta nueva organización difiere profundamente de tantas otras tentativas similares de años anteriores, de las cuales Marx había mantenido la debida distancia (con excepción de su participación en la Liga de los Justos-Liga de los Comunistas, que nace como una organización de proporciones mucho menores que la sucesiva AIT, y que no superó nunca los 250 miembros). Para Marx, la diferencia esencial entre la AIT y las precedentes estructuras como la Sociedad Universal de los Comunistas Revolucionarios, la London Democratic Society dirigida por Herney y Bronterre O’Brien (inspirada en las posiciones de Buonarrotti), la Fraternal Democrats, y tantas otras, radica en dos elementos conjuntos: en la AIT están presentes los dirigentes reales del movimiento obrero (ingleses y franceses, sobre todo), y el proyecto no nace del sueño de cualquier intelectual filantrópico sino que deviene de las luchas concretas, económicas y políticas, de los obreros.

Lo que no significa, se entiende, que la AIT nazca como internacional “socialista”, ya perfecta como la Venus salida de una conchilla. En los propios discursos que fueron pronunciados aquel 28 de setiembre en el St. Martin’s Hall, el socialismo casi nunca aparece. Existe el concepto de la unión de clase y de lucha, pero es interpretado diferente según el orador. Los ingleses piensan sobre todo en el aspecto sindical de la lucha, los franceses vuelven a repetir los conceptos de Proudhon, padre del anarquismo y de un socialismo pequeñoburgués, no revolucionario.

El socialismo revolucionario debe ahora ser llevado a la AIT. Y precisamente esta es la tarea que Marx se propone y a la cual dedicará años de apasionada lucha política. Por otra parte, es esto lo que distingue al verdadero Marx, que es extraño completamente a la imagen de cómodo que se ha dado sobre él por décadas (con la legitimación, lamentablemente, de la sobrevaluada biografía de Franz Mehring[5]), de un Marx “economista” o como quien periódicamente se dedicaba por largos períodos a retiros filosóficos. Por el contrario, la teoría fue para Marx siempre y solo funcional a la acción revolucionaria. Si observamos toda la biografía de Marx no hay un período en el que no se haya ocupado de la política por dedicarse solo al estudio. Y la mayor confirmación nos llega del propio análisis de estos años que van desde la fundación de la AIT hasta su decadencia, esto es de 1864 a 1872: son en parte los años de gestación de El Capital (el primer libro saldrá en 1867), pero Marx se lanza de cabeza a la lucha política cotidiana. Y más: entre los motivos del retraso en la elaboración de El Capital está, además de la obsesión de Marx por leer cada texto posible sobre un tema antes de completar siquiera un simple párrafo, precisamente la frenética actividad política desarrollada al ritmo de decenas de reuniones, la escritura de infinitas cartas, resoluciones. En Marx, el trabajo de investigación teórica y el trabo práctico están siempre estrechamente entrelazados. Muchos elementos y observaciones, que forman el trasfondo de El Capital son extraídos de la experiencia política de Marx; así como las conclusiones a las que poco a poco llega en su obra más importante se reflejan en la acción política: pensemos en la famosa conferencia que Marx pronunció en el Consejo General de la AIT en junio de 1865 para explicar los mecanismos de la economía capitalista y confrontar las ingenuidades y los errores de otros dirigentes obreros: los ejes de este texto son fruto del estudio realizado para El Capital, que se convierte en un elemento de batalla política (la conferencia será luego incluida en el opúsculo con el título Salario, precio y beneficio, en el cual muchos conceptos de El Capital se harán populares).

  1. La delimitación programática

En la reunión del Comité provisorio del 12 de octubre de 1864 se aprueba la propuesta de Eccarius de denominar a la nueva organización Asociación Internacional de Trabajadores. Mientras tanto, la comisión encargada de la redacción de los borradores se reúne varias veces, pero Marx no puede participar por estar enfermo.

El inglés John Weston (sus posiciones son cercanas a las del socialista utópico Owen) redacta un primer borrador de “declaración de principios”, y el mayor Wolff (que varios años después se descubrió un espía a sueldo tanto de los prusianos como de Napoleón III), hombre muy cercano a Mazzini [6], prepara una propuesta de estatuto. Se trata de textos políticamente muy débiles, impregnados de sentimentalismo, y Eccarius recomienda a Marx no faltar a la próxima reunión de la comisión, en la cual el propio Eccarius, apoyado por Cremer y Odger, propone que se encomiende a Marx “revisar” estos primeros borradores.

En realidad, Marx destroza los dos textos y los escribe de nuevo, limitándose a mantener algunos adjetivos inocuos, para no ofender a los autores. Es Marx quien lo cuenta así a Engels: “Todas mis propuestas fueron aceptadas por el subcomité. Solo me vi obligado a insertar en el preámbulo del estatuto dos frases sobre ‘duty’ y ‘right’ [‘deber’ y ‘derecho’] como sobre ‘truth morality and justice’ [verdad, moral y justicia’] , que, sin embargo, están ubicados de manera de no provocar ningún daño”[7].

Es de este modo que Marx escribe ese texto al mismo tiempo sintético y tangible que es el Discurso Inaugural. Un texto que, más moderado en la forma que el Manifiesto de 1848 (y también más breve), contiene todos los principios fundamentales del Manifiesto. El Discurso describe (de modo brillante también desde el punto de vista literario) la condición de los obreros en la sociedad dividida en clases; reivindica la importancia de que el proletariado haga pesar su número organizándose y dotándose de un programa adecuado; critica de paso los límites reformistas del proudhonismo; reivindica la importancia de que los obreros se interesen no solo por la lucha sindical sino también por la lucha política y en particular por la política internacional[8]. Los mismos conceptos están en el preámbulo político de los estatutos. Se trata de concebir la AIT como el instrumento para ganar a las vanguardias obreras para la comprensión de que el único modo de liberarse de la explotación capitalista es destruir la sociedad dividida en clases a través de una revolución en la cual el proletariado conquiste el poder. Cada lucha parcial tiene sentido solo en esta perspectiva.

En otras palabras, Marx desde el primer día entabla en la AIT una batalla que tiene como objetivo delimitar programáticamente la Internacional y, por esto, no hace ninguna concesión programática (sino algún adjetivo inocuo). Esta constatación se impone con evidencia a quien se tome el trabajo de estudiar la historia de la AIT, y por lo tanto resulta infundada la teoría que coloca a Marx como sostenedor de un “partido único” de la clase obrera, no delimitado programáticamente, sin distinción entre reformistas y revolucionarios. Citar el hecho de que en la AIT convivieron mazzinianos, anarquistas, lassallianos, proudhonistas, etc. como prueba de un concepción “unitarista” de Marx significa ignorar deliberadamente la batalla que Marx libró en aquellos años y de la cual se encuentra amplio testimonio en los innumerables textos que escribió para la AIT.

Por supuesto, el camino de la delimitación ideológica pasaba por la derrota de todas las otras corrientes y no fue simple ni breve. El resultado no podía conseguirse en un solo día: se trataba de golpear políticamente a las tendencias políticas que dominaban la AIT. De hecho, no debe considerarse un engaño el hecho de que el Discurso escrito por Marx fuese aprobado por unanimidad: se trataba de una aceptación principalmente pasiva; en 1864 recién comenzaba la conquista de estos obreros y de la Internacional toda por el marxismo.

  1. Marx a la conquista de la Internacional

Marx se lanza de cabeza a esta empresa. Está convencido de tener finalmente un ámbito en el cual reunir a lo mejor de la vanguardia de lucha y fusionar la lucha con el socialismo científico. Rápidamente, Marx, que inicialmente se mantenía en silencio, y que después era el encargado de escribir los textos fundacionales, se convierte de hecho en el principal dirigente del Consejo. Como escribe en una carta a Engels: “Además del trabajo por mi libro [El Capital, ndt] la AIT me demanda mucho tiempo, dado que soy de hecho la cabeza de todo esto”[9].

Y es verdad: el Consejo se reúne, desde el día de la fundación (1864) hasta el Congreso de La Haya (1872), alrededor de 385 veces. Además de las reuniones, Marx es responsable, como hemos visto, por Alemania y, desde 1870, también por Rusia. Pero su trabajo es mucho más amplio y por esto intercambia correspondencia cotidiana con las secciones de decenas de países; escribe gran parte de los textos oficiales de la AIT; organiza las reuniones internacionales, que se hacen anualmente, aunque después de la fundación participa solo de la Conferencia de Londres de 1871 y del Congreso de La Haya de 1872, lo que genera lo ya señalado sobre los partidarios del “Marx filósofo” como prueba de un supuesto desinterés (de lo que se es dicho) de Marx por la política cotidiana.

En este trabajo incesante, Marx no encuentra, al menos durante los primeros años, ni siquiera el apoyo directo de Engels, que está ahora obligado a vivir en Manchester para asegurarse (con la empresa de la familia) el dinero necesario para mantener a Marx y financiar el movimiento. Solo en 1869, Engels finalmente podrá dejar el odiado trabajo y se trasladará a Londres asumiendo de hecho el papel de secretario organizativo de la AIT, además de la responsabilidad por varios países que le son asignados (España, Italia y Dinamarca).

Es imposible delinear aquí de modo completo cada una de las batallas del marxismo contra las otras corrientes, que constituyen la historia misma de la AIT. Nos limitamos a enumerarlas: tenemos la batalla contra el democratismo pequeñoburgués de los mazzinianos; contra el lassallismo[10] que subordina la lucha obrera al electoralismo y a las maniobras secretas con Bismarck; contra el mutualismo proudhonista (al cual entraremos con profundidad más adelante); contra el extremismo blanquista, nutrido con los recuerdos de la Gran Revolución Francesa; contra el tradeunionismo inglés, que concibe la lucha solo en el ámbito sindical (mientras para Marx se trata de ir más allá de los objetivos de “justo” salario, luchando por la supresión del sistema fundado en el trabajo asalariado) y que en el plano político se subordina a la democracia radical burguesa (por ejemplo, apoyando a su propio imperialismo contra la causa nacional irlandesa, de la cual Marx, en cambio, fue siempre un partidario activo). La última y más intensa batalla de Marx en la AIT será aquella contra el bakuninismo, que será objeto de la última parte de este ensayo.

  1. La batalla contra el proudhonismo

De las tantas batallas libradas por Marx en la AIT, aquella contra el proudhonismo fue una de las más difíciles.

Si el componente inglés de la AIT era relativamente “apolítico” (es decir, subordinado a la democracia burguesa), el componente francés arribaba impregnado de las posiciones de Pierre-Joseph Proudhon. Proudhon, obrero autodidacta, es considerado el “padre del anarquismo”, aunque el anarquismo que se desarrolla después y el que conocemos hoy sea más prestatario a la variante “de izquierda” de Bakunin.

El núcleo de la teorización de Proudhon era la hostilidad contra todo Estado. Proudhon quería “abolir” el Estado (y también era hostil a la dictadura del proletariado y a una economía planificada centralmente), sustituyéndolo con “comunas” federativas. Desde el punto de vista del programa económico, Proudhon anhelaba una economía basada en la pequeña producción, asociada en cooperativas financiadas por el “banco del pueblo” que otorgase “crédito gratuito”. Su modelo era el “mutualismo”, una mutua asistencia entre los individuos sobre la base de un contrato social, más allá de las clases de pertenencia. No se trataba de “expropiar a los expropiadores” sino de reformar la circulación y el intercambio de mercancías; no derrocar el capitalismo sino, de alguna manera… evitarlo.

Proudhon adaptó algunas de las concepciones de Max Stirner (autor en 1845 de The One and His Ownership – Lo único y su propiedad), uno de los jóvenes hegelianos del grupo en el cual destacaron Feuerbach y Marx. Stirner estaba contra toda forma de coerción sobre el individuo, por eso rechazaba el Estado pero también cualquier asamblea que deliberase por mayoría, sosteniendo que el individuo no tenía que tener ninguna restricción. La liberación del hombre no era para Stirner colectiva ni social: era una revuelta individual. Estas posiciones fueron atacadas con sarcasmo por Marx y Engels en La ideología alemana.

El proudhonismo tomaba temas de la filosofía de Stirner dando a esta una coloratura más social. Y fue básicamente el reflejo de una fase en la cual predominaba la producción artesanal. En el proudhonismo encontramos, mezcladas con ideas filantrópicas, ideas francamente reaccionarias, como el rechazo a la educación pública (la educación debía depender de la familia); la concepción de la mujer como subordinada del hombre y no apta para el trabajo externo al ámbito doméstico; el repudio del comunismo entendido como limitación de la libertad individual; la idea de una gran conciliación universal entre los hombres.

Ya en 1847, con La miseria de la filosofía, Marx había destruido el débil marco teórico de Proudhon captando su esencia en el vano intento de poner remedio a los males del capitalismo reformándolo sin abolir con la revolución la sociedad dividida en clases.

Esta mezcla de ideales utópicos y prejuicios reaccionarios predominaba en Francia entre las vanguardias obreras. La orientación política concreta del proudhonismo se reveló en el Manifiesto de los Sesenta (tal era el número de firmantes) que en febrero de 1864 (pocos meses antes del surgimiento de la AIT) reunió a las vanguardias obreras francesas alrededor de la candidatura de Tolain en las elecciones. El texto afirmaba que la clase obrera se debía levantar en apoyo a la oposición liberal burguesa y que la elección de sus propios representantes directos en las instituciones tenían el único propósito de aguijonear a la burguesía, reforzando así la oposición liberal.

Marx debió lidiar con estas posiciones en la AIT, y en los congresos estas posiciones fueron en efecto mayoritarias al menos hasta 1868, cuando por primera vez fueron derrotadas (es en ese año que el congreso de la AIT se pronunció por primera vez explícitamente a favor de la propiedad colectiva de los medios de producción), solo para ser definitivamente destruidas el año siguiente en Basilea. Pero veamos más de cerca el debate de los congresos de la AIT.

  1. De un congreso al otro

La actividad preeminente de la AIT en la fase inicial consistía sobre todo en organizar una concreta solidaridad entre las diversas luchas en distintos países, recaudando fondos y apoyando fondos de resistencia.

Sin embargo, como hemos visto, los temas políticos (y la política internacional especialmente) hacían parte de la vida de la AIT desde su fundación y, con el pasar de los años, fueron parte constitutiva y esencial (pensemos también en la intervención de la AIT en apoyo a la Comuna de París, tema que retomaremos más adelante).

Desde 1864, año de la fundación, la AIT se reunió cada año en un congreso mundial o, cuando no fue posible (a raíz de la represión de los gobiernos burgueses), en conferencias.

En setiembre de 1865 se celebró una conferencia en Londres. El Consejo anunció que se habían hecho nuevos contactos para extender la AIT fuera de Europa: en Estados Unidos (gracias a la presencia de inmigrantes alemanes) e incluso en Brasil y Egipto. En los años siguientes, las secciones principales siguieron siendo Gran Bretaña, Francia, Alemania, Bélgica, Suiza. En segundo lugar, desde el punto de vista numérico, se colocaban las secciones de España, Polonia, Rusia, Hungría e Italia.

En Italia la AIT nacerá con retraso: la primera sección efectiva se constituyó en Nápoles en enero de 1869, promovida por un abogado bakuninista, Carlo Gambuzzi, y un sastre anarquista, Stefano Caporusso[11].

Los temas de la conferencia de 1865 fueron el de religión (muy sentido por los proudhonistas): pero se tomó la decisión de posponerlo para el congreso del año siguiente; y los problemas prácticos, de dinero; el tesorero reveló que las arcas de la organización estaban vacías y restaba apenas lo necesario para pagar la sede central.

Fue un año después, en el congreso de Ginebra, en setiembre, que se registraron significativas novedades y se debatieron una serie de nuevos temas. En junio de ese mismo año 1866 los miembros ingleses de la AIT habían dirigido las imponentes movilizaciones con las que se había impuesto una relativa ampliación del derecho de voto para los obreros (varones y con disponibilidad de un cierto ingreso).

El congreso registró la constitución de 25 secciones nacionales, representadas por unos sesenta delegados. La primera parte del congreso fue animada por la llegada de un grupo de jóvenes blanquistas franceses, encabezados por Protot (futuro delegado a la Justicia en la Comuna de 1871) que, no coincidiendo con la línea de Blanqui[12], que prefería no entrar a la AIT, intentaron ser admitidos. Sin embargo, estando desprovistos de mandato, los pusieron en la puerta.

El debate sobre religión no llegó a ninguna conclusión y quedó entonces nuevamente postergado. Más importante fue en cambio el debate sobre la huelga: los proudhonistas eran hostiles a este medio de lucha, innecesario en sus ingenuas ideas cooperativistas. Pero fue la posición de Marx (ausente pero representado por Eccarius), favorable a la lucha sindical (conjugada con aquella política), la que fue aprobada.

Otro elemento de enfrentamiento fue la bizarra propuesta de Tolain, líder del proudhonismo, que pretendía limitar la adhesión a la AIT (o por lo menos a los puestos dirigentes) solo a los obreros manuales. En este caso, fueron los obreros ingleses que –incluso citando el ejemplo de Marx, que había sido excluido en virtud de este precepto– se opusieron a la posición “obrerista” rechazando una contraposición entre trabajadores manuales e intelectuales y más en general entre proletarios de diferentes sectores laborales.

Una vez llegada la votación pasó la propuesta de los ingleses por 25 votos contra 20, pero les fue dada libertad a las secciones para regularse libremente y, por eso, la sección francesa, encabezada por el proudhonismo, por todo un primer período impondrá un reclutamiento reservado a los obreros (aun cuando, ironía de la suerte, el propio Tolain poco después dejaría el trabajo manual para convertirse… en un empleado).

Finalmente, el Congreso de Ginebra cambió la denominación de Consejo Central por el de Consejo General.

Exactamente un año después, en setiembre de 1867, hay un nuevo congreso, esta vez en Lausana (la preferencia de congresos y conferencias en Suiza era debida al hecho de que la represión aquí era menos severa).

La presidió el trabajador Eugene Pottier, que sería pocos años después uno de los dirigentes de la Comuna (así como el autor del texto de La Internacional). También esta vez Marx estuvo ausente, pero sus posiciones fueron bien representadas por los delegados alemanes.

Sobre temas generales se confirmaba una mayoría cercana a los textos proudhonistas (crédito gratuito, cooperativas, etc.). El enfrentamiento fue entre Tolain y el marxista Eccarius sobre el tema de la propiedad de la tierra: los proudhonistas eran hostiles a la idea de la colectivización. El tema quedó postergado.

Pero, también Marx marcó un punto: el congreso aprobó una resolución que vinculaba la emancipación social y la política (aunque con una fórmula muy ambigua). Y Blanqui, que asistía entre el público, observó en seguida que se trataba de un decisivo paso adelante contra el proudhonismo.

De hecho, comentando el congreso en una carta a Engels, Marx escribe: “En el próximo congreso de Bruselas yo personalmente daré el golpe de gracia a estos burros proudhonistas”. Pues, negando preventivamente a quienes hoy apoyan una concepción “ecuménica” de Marx de la Primera Internacional, confió con satisfacción a su amigo y compañero: a pesar de lassallianos, mazzinianos, tradeunionistas, proudhonistas y «toda clase de burros y estúpidos (Marx nunca fue muy diplomático, ndr), estamos (es decir, Marx y Engels y, por lo tanto, por así decirlo, la fracción marxista, ndr) cerca de tener a la AIT en nuestras manos”[13].

El bienio 1867-1868 se distingue por una nueva gran ola de huelgas y de luchas obreras en Francia e Inglaterra. Los obreros parisinos del bronce fueron apoyados (febrero de 1867) por los fondos de resistencia alimentados por los obreros londinenses; otro fondo de resistencia internacional se destinó para apoyar la lucha de los mineros belgas.

La AIT desempeñó un papel importantísimo en la unión de las luchas. Donde sea que se iniciaba una huelga, la AIT enviaba a sus propios militantes para expresar su solidaridad y construir núcleos de la organización. La prensa burguesa comenzó a fabular, escandalizada, sobre presuntos (y lamentablemente inexistentes, como hemos visto) tesoros que la AIT habría utilizado para incitar a los obreros.

En 1868 se produce una exacerbación de la represión de Napoleón III: la primera fila de las secciones francesas de la AIT terminó en la cárcel. Pero, como comentaron Marx y Engels en su correspondencia privada, había, indirectamente, también un efecto… positivo. Nacía, de hecho, un nuevo grupo dirigente francés que rápidamente sustituía a aquel más explícitamente ligado al proudhonismo. Entre los nuevos dirigentes, más influidos por las posiciones de Marx, se destacaba Eugene Varlin, que sería tres años después la figura más importante de la Comuna de París[14].

El congreso se celebra también ese año, en setiembre, esta vez en Bruselas, con cerca de una centena de delegados.

Los franceses, encabezados por Tolain (mientras tanto, liberado de la prisión), pero también con la participación de Varlin con posiciones distintas, avanzaron sus caballos de batalla: la hostilidad por la instrucción pública y el rechazo al objetivo de la colectivización. Pero fueron derrotados: se aprobó la tesis a favor de la enseñanza obligatoria gratuita (y sin injerencias religiosas) y el concepto de colectivización del transporte, las carreteras y las minas (aunque con formulaciones vagas).

Fue en el congreso del año siguiente, setiembre de 1869, en Basilea, que finalmente la cuestión de la socialización de los medios de producción fue puesta en el centro del debate y fue aprobada la posición marxiana favorable a la abolición de la propiedad privada de la tierra, por 54 votos contra 3, y 13 abstenciones.

Del congreso participaron los socialistas alemanes liderados por Liebknecht, los belgas encabezados por Cesar de Paepe, los ingleses con Lucraft, una delegación de los Estados Unidos, y, por primera vez, también Bakunin (con la delegación de Italia).

El revolucionario ruso había regresado de años en la cárcel y confinamiento en Siberia. Había sido el propio Marx (que esperaba le sirviese contra los mazzinianos en Italia) a envalentonarlo para participar. Pero Bakunin avanzó en Basilea con la extraña idea sobre “abolición” del derecho de herencia. Los delegados cercanos a Marx le contestaron, explicando que la abolición de la herencia sería un efecto de la conquista del poder, no la premisa. Pero la posición de Bakunin fue aprobada por mayoría, con el apoyo de los proudhonistas.

Desde setiembre de 1868, Bakunin había fundado en Ginebra la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, que tenía la intención de usar como fracción en la AIT.

Es desde ese momento que Marx y Engels percibieron el peligro que constituía esta nueva variante del anarquismo que estaba naciendo. En una carta del 11 de febrero de 1870, Engels escribe a Marx: “Necesitas vigilar a esos tipos [los hombres de Bakunin, ndr] para que no ocupen el terreno en algún lugar sin encontrar ninguna resistencia”[15].

1870 fue el primer año sin congreso ni conferencia, a raíz de la guerra que había estallado entre Prusia y Francia. En setiembre de aquel año nació en París

una República burguesa y pocos meses después (el 18 de marzo de 1871) los obreros parisinos la derrocaron, tomando el poder.

La Comuna de París constituye un auténtico hito en la Primera Internacional. Hubo un antes y un después. Y, en realidad, para ser precisos, la Comuna constituye un antes y un después en toda la historia del movimiento obrero, abriendo una nueva fase que culminará con la revolución rusa de 1917. Pero antes de ocuparnos de la Comuna, aunque sea brevemente, puede ser interesante cerrar este capítulo sobre los congresos de la AIT tratando de cuantificar la presencia organizada de la Internacional.

El grueso de los adherentes a la AIT estaba compuesto de artesanos y obreros del sector textil: pocos eran los obreros de la industria pesada. Esto correspondía obviamente al nivel de desarrollo industrial de aquellos años. Pero, ¿cuántos eran los miembros de la AIT?

A juicio de la prensa burguesa de la época, la AIT era una organización de masas: el Times de Londres llegó a hablar (hacia finales de 1871, en la época de la “caza de brujas” engendrada por la Comuna) de más de dos millones de adherentes. Pero las cosas no eran así. La AIT no fue nunca una organización de masas, a pesar de haber tenido en ciertas fases una influencia de masas.

Respecto del número preciso no disponemos de la información cierta y en cada estudio sobre la AIT se encuentran hipótesis numéricas diferentes. Es decir, es debido también al hecho de que a menudo existe confusión entre adhesiones colectivas (a veces después de una huelga adherían algunos miles de obreros, para “irse” poco después) y adhesiones individuales de miembros que pagaban una cuota y eran efectivamente activos como militantes de la AIT. Tanto como para dar un ejemplo: la Unión de Zapateros Ingleses parecía adherir con hasta cincuenta mil miembros a la AIT, pero en total pagaba de cuotas cinco libras al año.

Las estimaciones más fiables calculan para Gran Bretaña hasta un pico de cincuenta mil adhesiones colectivas (de todas formas, menos de una décima parte de los obreros sindicalizados, si se considera que los inscriptos a las Trade Unions eran 800.000) que en términos de adhesiones individuales significaban en cualquier caso no más de 250 militantes; para Alemania se calcula unos 400 militantes; 500 para los Estados Unidos[16]. En lo que respecta a Francia, las adhesiones colectivas llegaron incluso a 20.000, pero probablemente no superaron nunca los 1.500 militantes efectivos (según otros autores ni siquiera se superó nunca el techo de mil). Asumiendo como buenos los cálculos hechos por la historiografía más reciente, los militantes efectivos (y no los que adherían sin saberlo, junto con el propio sindicato) no superaron nunca algunos pocos miles en todo el mundo: los más optimistas se arriesgan a hablar de diez mil, cifra reducida a la mitad por otros, y nosotros nos inclinamos por esta segunda hipótesis apoyada por un mayor número de estudios.

  1. El hito de la Comuna de París

En un artículo de este mismo sitio hemos dedicado un extenso ensayo a la Comuna de París de 1871 [17]. Por evidentes razones de espacio (y la vasta bibliografía allí contenida) remitimos a ella al lector, limitándonos aquí a resumir algunos hechos determinantes para el desarrollo de nuestro estudio.

La Comuna fue, según la definición de Marx: “un punto de partida histórico universal”[18].

Al escribir estas palabras en una carta, Marx no podía imaginar cómo efectivamente la Comuna de París mudaría el curso histórico, siendo también la principal fuente de inspiración para los bolcheviques de Lenin y Trotsky que, precisamente estudiando a fondo la Comuna se prepararon para Octubre de 1917. Bastaría recordar que las “Cartas de lejos” con las que Lenin reorientó a su propio partido después de febrero de 1917, así como también el libro El Estado y la Revolución (que saldrá enseguida después de la toma del poder pero que fue escrito en el curso de los acontecimientos y resume toda la orientación leninista) están literalmente imbuidos de la experiencia de la Comuna. No exageraba tampoco Trotsky cuando escribió (en Lecciones de Octubre) que sin el estudio de la Comuna “nunca habríamos dirigido la revolución”.

Pero los efectos de la Comuna se hicieron sentir también en tiempos más breves: fue de hecho sobre la base de la experiencia práctica de los obreros parisinos que al interior del movimiento revolucionario internacional se pudieron adquirir algunas enseñanzas fundamentales que Marx y Engels supieron nuclear y sobre las cuales desarrollaron su batalla en los últimos años de la AIT, en particular en la Conferencia de Londres, que se realizó pocos meses después de la Comuna (setiembre de 1871) y en el Congreso de La Haya del año siguiente.

La principal enseñanza que la Comuna ofreció al proletariado en todo el mundo fue sobre la necesidad de que la clase obrera condujera una acción política independiente volcada al derrocamiento por la vía revolucionaria (“rompiendo” el Estado burgués) del dominio capitalista; que sobre las ruinas del Estado burgués los revolucionarios edificasen su propio dominio (la dictadura del proletariado). Pero, sobre todo, la Comuna enseñó que sin partido revolucionario (o mejor, como demostramos en nuestro ensayo citado, disponiendo solo de un embrión de partido revolucionario, el Comité Central de los Veinte Distritos; dado que, por cierto, la Comuna –no importa qué anarquistas de todos los tiempos lo digan– no fue un hecho «espontáneo») esta gigantesca tarea de emancipación humana no era (y no es) posible.

La AIT y sus secciones en Francia no fueron ese partido. Es verdad, la AIT participó en primera fila en todo el proceso revolucionario: desde la elaboración del Discurso (escrito por Marx) sobre la guerra franco-prusiana, guerra que tuvo la función de detonar aquella revolución contraponiendo la clase obrera armada a la burguesía de Francia y Prusia unidas contra los obreros (no obstante la guerra), pasando por el convencido apoyo brindado a los comuneros después de la insurrección del 18 de marzo de 1871 y las preciosas indicaciones y sugerencias que Marx brindó a los dirigentes de la Comuna más cercanos a él, hasta la batalla que libró el AIT, con Marx a la cabeza, para oponerse a la represión y la tempestad de calumnias que la burguesía internacional desató contra aquellos obreros que, por primera vez en la historia, habían osado derrocar su dominio y habían tomado en sus propias manos (aunque solo sea por unas pocas semanas) todo el poder.

Pero si la sección francesa tuvo un papel importante (la mayoría de los dirigentes comunardos pertenecía al AIT), las posiciones de los marxistas reales estaban en extrema minoría en Francia. Eran dos dirigentes enviados directamente por Marx a París: Serraillier y Elisabeth Dmitrieff (esta ultima fundó y dirigió la Unión de Mujeres – ver el ensayo de Laura Sguazzabia en este mismo especial); y luego había otros tres o cuatro cuadros en estrecha relación con el gran revolucionario alemán: entre ellos, el obrero de origen húngaro Leo Frankel (que encabezó la Comisión de Trabajo de la Comuna) y el gran Eugene Varlin, principal dirigente de la AIT después de la decadencia del grupo de Tolain (este último, mientras tanto, elegido para la Asamblea Nacional, se puso del lado de la burguesía contra la Comuna, sin renunciar a su escaño parlamentario entre los asesinos de la Comuna; y por ello fue expulsado de la sección francesa y luego también del AIT).

Varlin jugará un papel central en la Comuna. Además de ser un «ministro» de la Comuna (primero de Finanzas y luego de Subsistencia), será elegido en el Comité Central de la Guardia Nacional (que conducirá el 18 de marzo a ocupar la Place Vendôme), inspirará la Sección de la AIT, dirigirá el trabajo de la Cámara Sindical, estará entre los dirigentes de un embrión de partido revolucionario llamado Delegación de los Veinte Distritos (distritos eran los barrios o arrondissements en los que se divide París).

Pero Varlin no era marxista; aunque de origen proudhonista evolucionó cada vez más hacia concepciones marxistas. Vio en la clase obrera el sujeto revolucionario (y ya eso lo alejaba de Bakunin, que intentó en vano ganarlo para su corriente). Como delegado de Finanzas, Varlin chocó con los proudhonistas sobre la actitud a tomar para con el Banco Nacional, del que (siguiendo en esto a Marx) habría querido que la Comuna se hiciese cargo.

Si hubiera habido más tiempo, si la Comuna no hubiera sido rápidamente estrangulada por la burguesía, con toda probabilidad un partido inspirado en las posiciones de Marx, un partido revolucionario de vanguardia, podría haberse construido y fortalecido. Esto habría evitado los numerosos errores fatales cometidos por los comuneros[19].

Pero no fue así. La Comuna fue ahogada en sangre por la bárbara venganza burguesa. Eugene Varlin, identificado y denunciado por un sacerdote, fue fusilado en Montmartre el 28 de mayo de 1871, tras ser el último comandante de las barricadas obreras.

Pero si la Comuna fue derrotada, su sacrificio no fue en vano. Marx y Engels aprovecharon la gran lección que derivó de ella para asestar el último golpe a los adversarios del comunismo revolucionario. Así es como la AIT comenzó su declive.

  1. La decadencia de la AIT: la Conferencia de Londres

La necesidad de que el proletariado actúe con plena independencia de clase de la burguesía y sus gobiernos como condición indispensable para ganar a las masas, en el curso de las luchas, para la construcción de un gobierno «de los trabajadores para los trabajadores»: esta es la mayor enseñanza de la Comuna, respaldada y confirmada por los bolcheviques en 1917. No es casualidad que la eliminación de esta lección histórica esté en la base de todas las teorías reformistas del último siglo y medio y haya sido retomada por estalinismo (negación del marxismo y del bolchevismo), que reintrodujo en el movimiento obrero el morbo de la colaboración de clases y de gobierno con la burguesía (dando finalmente vida a los «frentes populares» desde mediados de los años treinta).

La dictadura del proletariado fue solo potencial en la Comuna; así como fue solo embrionario el “soviet” de la Comuna (el Comité Central de la Guardia Nacional), es decir, el organismo de lucha de las masas; así como fue solo esbozado el partido que actuaba en ese “soviet” para conquistarlo a posiciones auténticamente revolucionarias. Está aquí toda la diferencia entre la Comuna de 1871 y la Comuna de Petrogrado de 1917 en la cual operó y triunfó el Partido Bolchevique.

Tocamos aquí superficialmente temas muy importantes sobre los cuales recomendamos para una necesaria profundización nuestro ya citado ensayo sobre la Comuna. Y lo hacemos para retomar el hilo de la discusión: la decadencia de la AIT se inició de hecho con la derrota de la Comuna. Porque la propia Comuna hizo evidente la necesidad de ir más allá de la Primera Internacional.

Este fue el objetivo que Marx señaló en la primera conferencia después de la Comuna, que se realizó en Londres en setiembre de 1871.

Aquí, después de haber cerrado cuentas con gran parte de las tendencias reformistas y centristas presentes en la AIT, fue el momento de enfrentar a Bakunin y los anarquistas, que la Comuna había revelado en toda su miseria política (hostilidad para extender el poder central de la Comuna a toda Francia constituyendo una auténtica dictadura proletaria, rechazo a construir el partido centralizado de la clase obrera).

De la Conferencia de Londres (que se realizó en el salón de la casa de Marx) participaron 22 delegados (y cada tanto hacían aparición las hijas de Marx, todas militantes de gran capacidad).

Dos fueron los puntos centrales surgidos de esta conferencia en la cual Marx dominó completamente la escena: primero, se declaró inadmisible la existencia en la Internacional de asociaciones con programas propios distintos del de la AIT; segundo, se aprobó una resolución (resolución número IX) que establecía la necesidad de la acción política de la clase obrera. La clase obrera, se afirma en la resolución, solo puede actuar como clase constituyéndose como partido político contrapuesto a todas las otras organizaciones políticas: un partido por el poder obrero. Este concepto será inserido como artículo (artículo 7a) en los estatutos que serán renovados el año siguiente en el Congreso de La Haya.

Bakunin era evidentemente el destinatario de estas dos afirmaciones de principio: la incompatibilidad de programas fundamentalmente diferentes en el interior de la misma organización (referencia a la fracción secreta con la que Bakunin actuaba en la AIT); y la definición del objetivo de fondo de la Internacional: el partido revolucionario para la conquista del poder.

Para Marx ya no había más dudas: su viejo conocido Bakunin era el adversario político a derrotar. No había combinación posible en la misma organización entre marxismo y anarquismo. La batalla por la delimitación programática de la AIT había llegado a su punto culminante.

  1. Marxismo contra anarquismo

Debiendo resumir esquemáticamente las diferencias de fondo entre marxismo y anarquismo (bakuninista) haremos una lista de este tipo: primero, para los anarquistas el Estado es fuente de todos los males (ya Proudhon, de algún modo progenitor moderado de Bakunin, afirmaba que “el gobierno del hombre sobre el hombre es esclavitud”)[20]; segundo, para los anarquistas la aversión al Estado no implica solo el Estado burgués sino también el Estado-Comuna, es decir, el Estado obrero; tercero, esta diferencia estratégica se refleja en el rechazo de los anarquistas a la política por la conquista del poder; cuarto, rechazando todo poder y la centralización que de él se deriva, los anarquistas rechazan el partido de vanguardia, centralizado, disciplinado, obrero (para Bakunin el sujeto revolucionario era “la canalla”, es decir, el bajo proletariado).

Hay diferencias no secundarias entre las diversas matrices y las relativas afiliaciones anarquistas. Stirner afirmaba una filosofía individualista que Proudhon rechazaba. Bakunin retomó elementos de Proudhon, pero por cierto no la moderación antirrevolucionaria ni las fantasías sobre una sociedad construida sobre la base de las cooperativas. Así también el anarquismo de Bakunin (y de sus discípulos menos toscos), a diferencia de lo que habitualmente se dice trivializado, no estaba «contra toda organización»: más bien rechazaba la organización centralista (afirmando, para usar los términos posteriores de Malatesta, que «el centro está en todas partes»). Bakunin prefería definirse a sí mismo como un «colectivista» en cuanto el comunismo encarnaba para él una ideología «autoritaria» y, por esto, peligrosa.

Lo que une a las diversas tendencias anarquistas de todos los tiempos es, en el rechazo a un Estado obrero (transición hacia el socialismo y el comunismo), el desprecio por una economía planificada. Lo que en definitiva lleva a cualquier tipo de anarquismo a caer en utopías reaccionarias precapitalistas.

Bakunin se basaba selectivamente en las teorías de Proudhon, pero lo hacía sin molestarse en construir una propia teoría coherente. Incluso su texto más completo (es decir, Estado y anarquía) no contiene ningún intento de análisis científico de la sociedad. Sin piedad pero sin exagerar, Engels definió las concepciones de Bakunin: «un Zibaldone de proudhonismo y de comunismo, en el que, ante todo, lo esencial es que no considera el capital como el principal mal a ser eliminado, y, por lo tanto, él no ve el conflicto de clase entre capitalistas y obreros asalariados que surge de la evolución de la sociedad, si no que ve en el Estado el gran enemigo». Así, mientras para los marxistas el Estado es un instrumento de la clase dominante, para Bakunin es el verdadero enemigo y, suprimiendo este, «el capital se irá al infierno por sí mismo» (la síntesis es siempre de Engels).

Engels ironiza sobre la sociedad futura soñada por Bakunin: «Cómo van a dirigir una fábrica y los ferrocarriles, comandar un barco, sin una voluntad que en última instancia decida, sin dirección unitaria: esto, por supuesto, no nos lo dicen». Es el sueño reaccionario en el que el individuo prevalece sobre la sociedad y cada comunidad es autónoma respecto de las demás: pero cómo se puede constituir una comunidad (es decir, la unión de más individuos) sin un poder central es un misterio, concluye Engels[21].

De ahí la idea de Bakunin de que también la Internacional debía organizarse de esta manera: sin un centro dirigente (aunque en la práctica la Alianza Anarquista se construyó alrededor de su «papá» Bakunin).

Marx, que conocía a Bakunin desde 1844 (se encontraron por primera vez en París; luego se frecuentaron en Bruselas a mediados de los años cuarenta, y finalmente se reencontraron en Londres en los años de la AIT), es aún más severo en su juicio pero no menos eficaz: «Su programa [de Bakunin, ndr] era una mezcla montada superficialmente por la derecha y la izquierda, igualdad de clases (!), abolición del derecho de herencia, como punto de partida del movimiento socialista (tonterías saint-simonistas ), ateísmo como dogma impuesto a los miembros, etc., y, como dogma principal (proudhonista), abstención del movimiento político«[22].

  1. 1872, La Haya: el fin de un “acuerdo ingenuo”

Ciento cincuenta años después de la fundación de la AIT y cerca de ciento cuarenta años después de su muerte, uno se ve obligado todavía a leer en muchos libros y artículos interpretaciones fantasiosas sobre los motivos del fin de la Primera Internacional. En realidad, como veremos en breve, y si lo que hemos reconstruido hasta ahora tiene sentido, no hay misterio en la disolución de la AIT y no hay supuestos choques de personalidad entre Marx y Bakunin u otros psicologismos similares.

La disolución tuvo lugar, de hecho, aunque no de forma, en el congreso que se celebró en setiembre de 1872 en La Haya: un año y medio después del fin de la Comuna de París.

El congreso hizo propias las decisiones de la Conferencia de Londres del año anterior: delimitación programática y, por lo tanto, rechazo a las fracciones internas animadas por un programa diferente; objetivo estratégico: la construcción de un partido para la conquista revolucionaria del poder político.

Es a partir de estos claros límites programáticos que el choque con Bakunin se volvió inevitable e inevitablemente no permitió compromisos de ningún tipo.

Todas las secciones participaron en el congreso, a excepción de los italianos que, reunidos en Rimini en agosto anterior, habían decidido boicotearlo, poniéndose del lado de Bakunin contra el Consejo (solo participará como observador el dirigente italiano Carlo Cafiero, que hasta hacía poco Engels se había ilusionado con ganarlo en la batalla contra Bakunin).

Hubo 64 delegados, entre ellos Marx y Engels, que ciertamente no podían faltar en esta ocasión. Faltó Bakunin, que estaba enfermo.

La tensión era enorme: Marx no pudo dormir durante toda la duración del congreso (como le sucedió a Lenin años después en otro congreso de capital importancia que terminó con una escisión funcional para la delimitación programática: el II Congreso del POSDR de 1903, en el que nacía el bolchevismo contra el menchevismo).

Los primeros tres días del congreso fueron absorbidos por el análisis de los delegados: como había un aire de ruptura, determinar quién tenía derecho a voto era lo primero que debía hacerse.

La mayoría de los delegados alemanes, austríacos y franceses (en gran parte exiliados blanquistas de la Comuna) se alinearon con Marx. Totalmente del lado de Bakunin estaban solo un par de suizos (entre ellos, Guillaume, brazo derecho del revolucionario ruso) y cuatro españoles (España estaba toda con Bakunin, así como Italia, con excepción de un grupo de Turín). Divididos entre bakuninistas y marxistas estaban los belgas y los holandeses. Los ingleses se alinearon en parte con Bakunin aunque no compartían las teorías anarquistas, solo porque varios entre ellos estaban alejándose de la AIT siguiendo las posiciones tomadas por la Internacional sobre la Comuna: Odger, de hecho con Tolain el promotor de la AIT en 1864, como Tolain se alineó contra la Comuna, es decir, con la burguesía.

Tras la atribución de poderes, el congreso ratificó las conclusiones de la Conferencia de Londres: acción política de la clase trabajadora (tomada como artículo del estatuto); papel directivo del Consejo y estructura centralista (en oposición a los bakunistas que propusieron transformar el Consejo en un mero centro de correspondencia).

Pero el punto más delicado del Congreso fue la comisión de investigación que Marx había solicitado para indagar sobre la fracción secreta constituida por Bakunin y las presuntas malversaciones de este último. Para tener pruebas para usar contra Bakunin, antes de La Haya Marx había enviado a España al dirigente político (y yerno) Paul Lafargue. Este, aprovechando su origen cubano y hablando español, había ingresado a la Alianza Bakunin con el nombre de Pablo Farga. Aquí había encontrado pruebas irrefutables de la existencia de la fracción secreta y había llevado a La Haya varios documentos internos y los estatutos secretos de la fracción secreta construida por Bakunin.

La comisión de investigación examinó estos documentos y escuchó primero a Engels y luego a Marx como testigos de la acusación. Finalmente (también sobre la base de algún «forzamiento» de Marx, que acusó a Bakunin de conducta moralmente impropia), la Comisión propuso la expulsión de Bakunin y Guillaume del AIT. El congreso lo aprobó por amplia mayoría.

Se ha abordado mucho todo este asunto. Incluso Franz Mehring, en su famosa biografía de Marx[23] se explaya sobre el tema, casi como si no entendiera que el punto importante no es a partir de qué pruebas se expulsó a Bakunin: la ruptura se produjo por la incompatibilidad programática entre marxismo y anarquismo. Un foso dividía estas dos corrientes; y toda la historia posterior, hasta nuestros días, lo ha demostrado suficientemente.

La Primera Internacional estalló como una fruta demasiado madura, casi podrida: fue la Comuna la que produjo este efecto. No restaba sino sacar conclusiones de esta experiencia. Por ello, sorprendiendo a varios delegados, en cierto punto Engels se puso de pie y propuso al congreso trasladar el centro de la AIT a Nueva York. La propuesta también fue mal recibida por muchos que hasta entonces se habían puesto del lado de Marx contra Bakunin. No entendieron el significado de ese movimiento sorpresivo. La moción de Engels fue aprobada con 26 votos a favor, 23 en contra, y 9 abstenciones.

Desde cierto punto de vista el movimiento no era pues una cosa absurda como algunos creen: todo sumado, en los Estados Unidos la AIT disponía de una sección relativamente fuerte, dirigida principalmente por inmigrantes alemanes muy cercanos políticamente a Marx. Sin embargo, se trataba de una opción que no podía ser comprendida enteramente si no estaba claro que el intento de Marx y de Engels era llevar, sin mucha fanfarria, a la AIT hacia una rápida extinción. En efecto, el certificado de defunción formal será en 1876, con la Conferencia de Filadelfia: pero en el medio no hubo más conferencias ni congresos[24].

Como dijimos, el debate sigue en pie y a tan grande distancia se buscan interpretaciones de esta decisión de Marx. Pasando por alto las banalidades de quien escribe que la intención de Marx era simplemente deshacerse de un compromiso para tener más tiempo para dedicarse a los estudios (cuando Marx, como ya hemos observado, nunca concibió el compromiso teórico desconectado de la lucha política), abundan las tesis de varios estudiosos que coinciden en definir el Congreso de La Haya como una «victoria pírrica» ​​de Marx, en el sentido de que habría derrotado a Bakunin pero se había encontrado [así] privado de la Internacional.

La realidad es mucho más simple y solo requiere para ser entendida un poco de atención a lo que Marx y Engels mismos han aclarado en varios textos. El texto más claro e inequívoco es una carta de Engels a Sorge (dirigente alemán que emigró a los Estados Unidos, donde dirigirá la AIT en los últimos años después de La Haya): «El primer gran éxito [la Comuna, ndr] deberá hacer estallar este ingenuo acuerdo de todas las fracciones [que era la Internacional, ndr] (…) creo que la próxima Internacional –después que los libros de Marx hayan ejercido su influencia durante algunos años– será puramente comunista y propagará directamente nuestros principios»[25].

Todo se explica en pocas líneas: la experiencia fundamental de la Comuna permitió completar el trabajo que había iniciado Marx desde el primer día de su ingreso en la AIT: la delimitación programática para eliminar políticamente las corrientes reformistas y centristas. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la Comuna y los éxitos alcanzados por la AIT, que había extendido los contactos de Marx y Engels a la mitad del mundo, permitían llevar a cabo tareas superiores para las que ahora la AIT era inadecuada. En los ocho años que van de 1864 a 1872, el marxismo había sembrado los frutos ahora recogidos e invertía en una nueva fase, superior: en la construcción de una nueva Internacional «puramente comunista» y de sus secciones en cada país. Aufhebung, para decirlo con Hegel, es decir, supresión (negación) y mantenimiento a través de una elevación que supera y realiza la cosa negada.

El estalinismo (especialmente en el momento en el cual se aprestaba, en los años cuarenta, a disolver la Internacional Comunista) sostuvo la tesis de que la AIT moría necesariamente para dejar espacio a los partidos nacionales (como si Marx hubiese sido una especie de precursor de la “vía nacional al socialismo”, de memoria estalinista). Es una tesis completamente falsa: en realidad, al contrario, los partidos nacionales podían nacer porque la AIT había preparado el terreno, pero el propio desarrollo de estos partidos necesitaba de una Internacional, solo que de tipo distinto a la AIT y su “ingenua unión de todas las fracciones” del movimiento obrero. Dividir el movimiento obrero para poder reunirlo contra la burguesía: eso era lo necesario. Era la necesidad –y ahora, después de años de lucha política, también la posibilidad– de construir una Internacional y partidos delimitados programáticamente, “puramente comunistas”, es decir, marxistas. Solo pocos años antes, esta tarea (que Marx tenía clara desde el inicio) no pudo cumplirse. Ahora podía, por lo menos, ser intentada. En los años siguientes, la fundación de la Segunda Internacional fue un intento en este sentido. El final ignominioso de esta Internacional (con el voto a los “créditos de guerra” el 4 de agosto de 1914) no disminuye para nada la importancia de ese intento y el salto hacia delante que esto significó para preparar el camino para partidos “puramente comunistas” que, a diferencia de cuanto auspiciaban Marx y Engels, nacerían tras otros años de duras batallas, se construyesen finalmente en torno a la siguiente Internacional, la Tercera. Pero esta, como diría Kipling, es otra historia.

Notas

Advertencia: en estas notas damos solo las indicaciones bibliográficas mínimas.

[1] Publicado por La Verité (9 de marzo de 1934) y por The Militant (31 de marzo de 1934) con el título “Por la Cuarta Internacional”.

[2] RIAZANOV, David B. Alle origini della Prima Internazionale [Los orígenes de la Primera Internacional], ed. Lotta Comunista, 2007.

[3] El texto íntegro se puede leer en la página 60 y siguientes de Riazanov, op. cit.

[4] Ver en particular la carta de Marx a Engels del 4 de noviembre de 1864, la carta a Weydemeyer del 29 de noviembre de 1864, y la carta a Kugelmann de ese mismo día. Las cartas de Marx y Engels han sido publicadas en italiano en los años cincuenta, por la editorial Rinascita, y republicadas como Carteggio Marx-Engels, Editori Riuniti, 1972; en estos últimos años las ediciones de Lotta Comunista han publicado (también con inéditos y nuevos apartados de notas) las cartas de los años sesenta y ochenta de los dos fundadores del socialismo científico.

[5] MEHRING, Franz. Karl Marx, de reciente republicación (2012) para Shake editore. Por ejemplo, en el libro de Mehring no es claro por qué Marx y Engels fueron llamados, en la Liga de los Comunistas, a escribir el Manifiesto. Casi parece la petición hecha a dos luminarias: si bien, como ha demostrado Riazanov, esto se debió al intenso trabajo político de Marx a principios de la década de 1840, quien jugó un papel decisivo en la construcción del grupo que luego dio origen a la Liga de Comunistas.

(6) Mazzini no participó directamente en la AIT. Más: con la creciente influencia de Marx en la Internacional, la distancia que separaba a Marx y Mazzini creció: este último, un demócrata pequeñoburgués y anticomunista, rechazaba la lucha de clases y, como era de esperar, fue «equidistante» entre la Comuna obrera de 1871 y la burguesía que la ahogó en sangre.

(7) Véase la carta de Marx a Engels del 4 de noviembre de 1864, en Carteggio Marx-Engels, ed. Rinascita, 1951, vol. IV, p. 244.

(8) El Discurso es publicado en su totalidad en la colección de textos (en dos volúmenes) editada por G. M. Bravo, La Prima Internazionale, vol. I, p. 121 y ss.

(9) Carta de Marx a Engels, 13 de marzo de 1865 (ver nota 4).

(10) Con referencia a Ferdinand Lassalle (1825-1864), entre los protagonistas de la revolución de 1848, padre del socialismo moderado y reformista alemán. En 1863 fundó la Asociación General de Trabajadores Alemanes: veía en la lucha por el sufragio universal el objetivo político y la formación de asociaciones obreras subvencionadas por el Estado en el corazón del programa económico. La Asociación, fuertemente subordinada al bismarckismo, quedó fuera de la AIT. Lassalle también murió en agosto de 1864 (en un duelo por motivos sentimentales), por lo tanto, poco antes del nacimiento de AIT. En Alemania, su Asociación (dirigida tras su muerte por Von Schweitzer) tenía como rival la Unión de Asociaciones Obreras, dirigida por Liebknecht (intelectual) y Bebel (obrero), con quienes Marx entró en contacto, ganándolos para sus propias posiciones. El grupo de Bebel y Liebknecht formó en agosto de 1869, en Eisenach, el Partido Obrero Socialdemócrata, conquistando algunos sectores lassallianos; en mayo de 1875 (en el Congreso de Gotha, al que Marx dedicó la famosa Crítica al Programa de Gotha, que quedó como texto interno y se publicó solo unos quince años después) se fusionan con lo que queda de los sectores de origen lassalliano. Engels juzgó que esta fusión ya llevaba consigo «las semillas de la escisión» (ver carta a Bebel, 12 de octubre de 1875). Así nació lo que se convertiría en los años siguientes en el partido más importante de la Segunda Internacional: el Partido Socialista Obrero Alemán (que a partir de 1890 cambiará su nombre por el de Partido Socialdemócrata Alemán, es decir, SPD).

(11) Sobre el nacimiento de AIT en Italia, véase el informe de Domenico Demarco publicado con el título «La fondation de la Première Internationale a Naples: 1869-1870” [La fundación de la Primera Internacional en Nápoles: 1869-1870], en p. 285 y ss. de: Aa.Vv., La première Internationale: l’institution, l’implantation, le rayonnement, Paris 16-18 novembre 1964 (actas del seminario internacional celebrado en París en 1964, con motivo del centenario del nacimiento de la AIT).

(12) Auguste Blanqui (1805-1881; de ahí el término «blanquistas» para designar a sus partidarios). Fue un gran revolucionario que pasó más de la mitad de su vida en prisión (incluso durante la Comuna estuvo preso, por lo que no pudo participar en ella). Blanqui era, según la definición de Engels (quien también lo estimaba), «un revolucionario de una estación anterior». Imbuido de los mitos de la Revolución Francesa, y en particular de Hebert, jefe de la Comuna de 1793, reducía la revolución a la insurrección de una elite (considerando a los obreros incapaces de liberarse culturalmente en el capitalismo) y reducía la insurrección a las barricadas. El concepto de «dictadura del proletariado» en Marx debe mucho a la concepción de Blanqui (aunque obviamente Marx le dio un signo diferente), así como el leninismo debe mucho (aunque los ha desarrollado en una forma completamente nueva) a los principios blanquistas de «dirección» y «centralismo». La socialdemocracia y el estalinismo han devaluado (falsificándola) la gigantesca figura de Blanqui que, en cambio, Marx, muy distante políticamente de él, no dudaba en definir «la cabeza y el corazón del proletariado francés».

(13) Carta de Marx a Engels, 11 de septiembre de 1867 (ver nota 4).

(14) Sobre Eugene Varlin, ver nuestro artículo «La Comuna de París (1871): premisa de la Comuna de Petrogrado (1917)», disponible en español, en www.litci.org

(15) Carta de Engels a Marx, 11 de febrero de 1870 (ver nota 4).

(16) La estimación se informa en K. McLellan, Karl Marx, Rizzoli, 1976, p. 390 y ss.

(17) Véase F. Ricci, cit.

(18) Carta de Marx a Kugelmann, 17 de abril de 1871, en K. Marx, Lettere a Kugelmann, Editori Riuniti, 1976, p. 166.

(19) No tenemos forma de volver aquí a los errores de la Comuna en la interpretación que de ella hicieron Marx y Engels, primero, y luego Lenin y Trotsky, después. Remitimos nuevamente a nuestro ensayo (ver nota 14) que también propone, a partir de nuevos materiales, una interpretación crítica del análisis de la Comuna realizado por los marxistas del siglo XIX y principios del siglo XX.

(20) La posición de los anarquistas está bien resumida en la Resolución del Congreso de Saint-Imier, de septiembre de 1872: «Todo poder político es fuente segura de depravación para los gobernantes y causa de servidumbre para los gobernados» (citado en G. Haupt, L’Internazionale Socialista de la Comune a Lenin, Einaudi, 1978, p. 278).

(21) Carta de Engels a Cuno, 24 de enero de 1872 (ver nota 4).

(22) Carta de Marx a Bolte, 29 de noviembre de 1871 (ver nota 4).

(23) MEHRING, F. Karl Marx, Shake editor, 2012.

(24) No incluimos aquí los congresos de anarquistas, de hecho fuera de AIT. Se reunieron en Saint-Imier en setiembre de 1872 (donde rechazaron las deliberaciones de La Haya), luego en Ginebra en 1873, en Bruselas en 1874, en Berna en 1875, en Vervies en 1877. Luego, con el desarrollo del marxismo, su influencia (amplia «solo» en España e Italia) disminuirá, manteniéndose fuerte en el siglo XX solo en España (con las desastrosas consecuencias que se conocen para la revolución española). El resurgimiento hoy de los tardíos nietos de Bakunin en varios países es fruto, lamentablemente, del espacio dejado libre por la crisis del reformismo, espacio que los revolucionarios aún no han logrado ocupar. En cuanto a Bakunin, quien se retiró de la vida política en 1874, murió un par de años después.

(25) Carta de Engels a Sorge, 12 de setiembre de 1874, en Marx y Engels, Lettere 1874-1879, ed. Lotta Comunista, 2006, p. 35.

Ensayo traducido del original en italiano, publicado en la revista del Partido de Alternativa Comunista (PdAC), Trotskismo Oggi.

Traducción: Natalia Estrada.