Luego de haberse negado a apretar la mano de su adversario israelí Or Sasson al final de la lucha, el yudoca egipcio Islam El Shehaby fue excluido de la delegación de su país por el Comité Olímpico local, el pasado 15 de agosto. El Comité Olímpico Internacional (COI) y los medios convencionales condenaron la actitud de El Shehaby como contraria al “espíritu olímpico”. Nada más falso.

Por: Soraya Misleh

El Shehaby no dejó de saludar a Sasson porque perdió la lucha o porque no gustaba de él. Su gesto fue de resistencia. El atleta, en las Olimpíadas en general, no actúa como individuo. A excepción de algunos que compiten bajo la bandera olímpica –es el caso de los diez refugiados en esta edición–, representa un Estado. En el caso de Sasson, empuñaba, como sus colegas de delegación, la bandera de Israel, que impone a los palestinos un régimen institucionalizado de apartheid y ocupa sus tierras. Por esa razón, en la abertura de la ceremonia, la delegación libanesa se negó a compartir el ómnibus con la israelí. Se especula además que la yudoca saudita Joud Fahmi desistió de la lucha con su oponente rumana Christianne Legentil porque, si venciese, en la lucha siguiente enfrentaría a la atleta israelí.

Como afirmó El Shehaby en reportaje publicado en el portal de noticias UOL, “apretar la mano del oponente no es una obligación escrita en las reglas del yudo (…)”. “No tengo ningún problema con judíos o con personas de cualquier otra religión. Pero, por razones personales, usted no puede exigir que yo apriete la mano de alguien de ese Estado. (…)”

Si Rio2016 fuese un espacio sin apartheid, el yudoca egipcio no sería punido. Ni siquiera sería obligado, como fue por las autoridades de su país, a luchar con alguien que representa a Israel. Ese Estado debería ser sacado de las Olimpíadas. Fue lo que ocurrió con África del Sur, por más de 30 años, la cual solamente tuvo permiso para volver a la disputa luego del fin del régimen del apartheid en 1994.

Lamentablemente, Israel, que no respeta siquiera el derecho internacional, no solo está presente, como garantizó acuerdos para abastecimiento de tecnología de seguridad en los juegos olímpicos. Israel es de hecho un Estado institucionalizado de apartheid, que viola los derechos humanos fundamentales de los palestinos. En Cisjordania, territorio ocupado militarmente desde 1967, hay autopistas exclusivas para colonos israelíes, diferenciación de placas de vehículos y documentos, impedimento de circulación de una ciudad a otra, puestos de control, muro, entre otros aparatos al servicio de la segregación. En Gaza, un cerco inhumano impide hasta incluso que materiales escolares lleguen a los niños sin el permiso israelí. La discriminación contra ese pueblo también se da dentro de las fronteras de la Palestina hasta 1948, año en que fue creado el Estado de Israel mediante la limpieza étnica de la población árabe nativa (la nakba, catástrofe). Allí, los palestinos enfrentaron más de sesenta leyes racistas.

El boicot en una situación como esa no es apenas legítimo; es justo y urgente. No participar de esa acción significaría rehuir a la principal campaña de solidaridad internacional al pueblo palestino –de BDS (boicot, desinversión y sanciones)–, que tiene como modelo una iniciativa similar que ayudó al régimen en África del Sur. El Shehaby llamó la atención para esa necesidad.

La cara olímpica del apartheid

Aún antes del inicio de las Olimpíadas 2016, se hizo evidente que el apartheid israelí alcanza a todos los sectores de la vida bajo ocupación. La delegación palestina –formada inicialmente por 22 personas– tuvo tres de sus miembros que viven en Gaza impedidos de viajar para participar de los Juegos en Rio de Janeiro. No es la primera vez que esto ocurre en el deporte. En 2014, el maratonista Nader Al-Masri, también de Gaza, fue prohibido de atravesar el bloqueo israelí e ir a Betlehem, en Cisjordania, para participar de un evento de atletismo.

Participando por sexta vez del megaevento –la primera fue en Atlanta, en 1996, cuando finalmente tuvo reconocimiento del COI para eso–, la delegación palestina revela las marcas del apartheid. Esta vez, con la restricción, el equipo llegó mellado al Brasil. De los 19 miembros que pudieron venir al Brasil, seis son atletas. De esos, cuatro nacieron y viven fuera de su tierra –realidad, a partir de la nakba, de la mayoría de la población palestina, dividida entre campos de refugiados en el mundo árabe y la diáspora–. Los otros dos deportistas son de Gaza y Cisjordania.

Las barreras fueron muchas. La delegación palestina tuvo retenidos sus uniformes en la frontera ocupada. El hecho ganó repercusión y, después de mucha presión y manifestaciones de solidaridad, Israel “permitió” la liberación de las ropas necesarias para la competencia, el 2 de agosto, por lo tanto, faltando apenas tres días para la abertura.

No en vano la delegación consideró una victoria el hecho de estar presente en Rio2016 –un acto de resistencia–. No hay infraestructura alguna a su disposición para entrenamiento en la Palestina ocupada, y hay restricciones de todo orden. La nadadora Miri Al-Atrash, por ejemplo, que es de la ciudad de Betlehem, en Cisjordania, no tuvo permiso para utilizar la piscina olímpica en Jerusalén. Ella fue obligada a entrenar en Jordania y Argelia. Frente a las dificultades, no alcanzó el índice que garantizase su clasificación para las Olimpíadas. Entró, como otros tres del equipo, por una especie de cuota determinada por el COI. A despecho de las dificultades, tuvo un óptimo desempeño. En la lucha contra el apartheid, El Shehaby está en la cima del podio. Así como los atletas palestinos, en el índice de la persistencia.

Traducción: Natalia Estrada.