El Niño 2026: impactos de un planeta más caliente
El Niño es un fenómeno climático caracterizado, entre otros factores, por el debilitamiento de los vientos alisios y por la alteración de la circulación atmosférica conocida como célula de Walker. Este cambio en la circulación redistribuye el calor y la humedad en la atmósfera y puede provocar alteraciones significativas en los patrones de lluvias y temperaturas en diferentes regiones del planeta.
El Niño de 2026 viene siendo señalado como potencialmente uno de los más intensos registrados desde el inicio de las mediciones modernas, en la década de 1950. Por su intensidad prevista y por sus posibles impactos, el fenómeno viene siendo comparado con El Niño de 1877–1878, cuyas consecuencias fueron brutales en diversas partes del mundo, particularmente en China, India y el Nordeste brasileño.
La investigación del historiador Mike Davis, presentada en el libro Holocaustos coloniales, demuestra que El Niño de 1877–1878 ocurrió simultáneamente con la consolidación de una nueva fase del imperialismo colonial. Davis sostiene que el Imperio británico aprovechó las consecuencias sociales y económicas provocadas por las crisis climáticas para profundizar las relaciones de producción capitalistas, privatizar tierras comunales, expropiar a poblaciones tradicionales, ampliar el trabajo asalariado, aumentar el endeudamiento externo de los países coloniales y crear un mercado mundial de granos mientras más de 50 millones de personas sucumbieron al hambre debido a las sequías.
Al mismo tiempo, Davis destaca que las grandes crisis de hambre y las transformaciones provocadas por este proceso también contribuyeron al surgimiento y fortalecimiento de revueltas y movimientos de resistencia. Entre ellos se destacan la Rebelión de los Bóxers en China y el fortalecimiento del movimiento nacionalista indio, además de procesos de revuelta y resistencia que ocurrieron en otras partes del mundo, incluso en Brasil, como en Canudos.
Para comprender la dimensión del fenómeno actual, es importante establecer una comparación con los eventos anteriores. Un El Niño muy fuerte, o “súper El Niño”, ocurre cuando las aguas de la región ecuatorial del océano Pacífico presentan una anomalía de temperatura superior a 2 °C por encima del promedio.
El Niño de 2023–2024, aunque fue muy fuerte, no fue el mayor registrado. La anomalía llegó aproximadamente a 2 °C por encima del promedio. En los eventos de 1997–1998 y 2015–2016, considerados entre los más intensos del período moderno, los valores superaron los 2 °C. Por lo tanto, la ocurrencia de un nuevo súper El Niño no sería inédita. La cuestión es saber cuál será la intensidad del fenómeno de 2026 y en qué condiciones climáticas y sociales ocurrirá.
| El Niño | Clasificación | Pico aproximado de la anomalía |
|---|---|---|
| 1982–1983 | Muy fuerte / Súper El Niño | 2,2 °C por encima del promedio |
| 1997–1998 | Muy fuerte / Súper El Niño | 2,4 °C por encima del promedio |
| 2015–2016 | Muy fuerte / Súper El Niño | 2,6 °C por encima del promedio |
Pero, si ya ocurrieron fenómenos de El Niño muy fuertes, ¿por qué preocupa el fenómeno de 2026? La respuesta no está solamente en la intensidad del calentamiento del Pacífico. El problema es que un posible El Niño excepcional ocurrirá en un planeta que ya presenta temperaturas medias mucho más elevadas debido al calentamiento global provocado por la emisión de gases de efecto invernadero. Así, el calentamiento asociado al fenómeno podrá sumarse a una línea de base climática ya elevada.
Por otro lado, como se puede observar en el gráfico a continuación, en las últimas décadas el fenómeno de El Niño se ha vuelto cada vez más frecuente (con ciclos más cortos) e intenso (cada vez más fuerte) debido al propio calentamiento de la Tierra. Es por eso que las alertas científicas indican que los efectos del actual El Niño podrían ser mucho más catastróficos que los registrados en el pasado.
(NOAA – 2026)
Los efectos de El Niño de 2023-2024
En Brasil, las consecuencias de El Niño de 2023–2024 todavía están frescas en la memoria y mostraron de manera concreta cómo una alteración en la circulación atmosférica puede producir efectos extremos y muy diferentes.
En septiembre de 2023, en el auge de El Niño, Rio Grande do Sul registró, en apenas 19 días, una cantidad de lluvia equivalente al triple del promedio mensual. Al mismo tiempo, miles de kilómetros al norte, el río Negro alcanzó en Manaos el nivel más bajo jamás registrado.
La situación volvió a agravarse meses después. En mayo de 2024, todavía bajo la influencia del mismo evento climático, las lluvias extremas golpearon nuevamente a Rio Grande do Sul. El río Guaíba llegó a los 5,37 metros, superando el récord registrado desde 1941. El estado sufrió una de las mayores catástrofes climáticas de su historia, con enormes pérdidas económicas y sociales. Cerca del 90% de las fábricas del estado fueron afectadas y 184 personas murieron como consecuencia de las inundaciones.
Los impactos de El Niño, sin embargo, no se limitaron a las inundaciones. El evento también agravó las condiciones de sequía en otras regiones del país, particularmente en la Amazonía, contribuyendo al aumento de la vulnerabilidad de la selva frente a los incendios. Durante ese período, Brasil enfrentó la sequía más severa jamás registrada, cuyos impactos alcanzaron incluso importantes regiones del agronegocio brasileño. La reducción de las lluvias comprometió el desarrollo de los cultivos de soja, obligando a los productores rurales a realizar la resiembra.
La relación entre sequía, incendios y salud pública también quedó en evidencia. En el pico de los incendios se registraron 3,7 millones de atenciones de salud relacionadas con la sequía y el humo en apenas un mes, y casi un tercio de ellas correspondieron a niños. En septiembre de aquel año, una enorme cantidad de humo de los incendios se desplazó cientos de kilómetros y alcanzó diferentes regiones del país. São Paulo llegó a registrar niveles de contaminación atmosférica entre los peores del mundo.
La sequía también afectó profundamente a las poblaciones que dependen de los ríos para sobrevivir. En 2024, las comunidades ribereñas del Amazonas enfrentaron enormes dificultades para desplazarse y acceder al agua y a los alimentos. Con la reducción del nivel de los ríos, trayectos que normalmente se realizaban en barco tuvieron que recorrerse a pie sobre lechos de arena.
Uno de los episodios más dramáticos ocurrió en septiembre de 2023, cuando un lago de la región amazónica se secó de manera extrema. Con la reducción del volumen de agua, su temperatura aumentó de aproximadamente 32 °C a 40 °C. El aumento de la temperatura del agua tuvo consecuencias fatales para la fauna local: 70 delfines de río murieron en el lago en un solo día.
Una nueva sequía podría afectar a una selva que todavía no se ha recuperado de los impactos de 2024. Esto es preocupante: cuanto más degradada está la selva, menor es su capacidad de retener humedad y contribuir a la formación de lluvias. Una nueva sequía, por lo tanto, podría encontrar a la Amazonía más vulnerable y agravar aún más sus impactos.
En el caso de la Amazonía, El Niño no provoca directamente los incendios forestales, pero crea las condiciones para la expansión de las quemas utilizadas por los hacendados y acaparadores de tierras como arma para apropiarse de tierras públicas o presionar sobre las Tierras Indígenas. En 2023 y 2024, los grandes focos de incendios se concentraron, sobre todo, en las regiones de las nuevas fronteras del agronegocio (Matopiba, en los alrededores de la BR-163 y en Amacro) y en las fronteras de las Tierras Indígenas y los Parques Nacionales.
El Niño en el contexto de la emergencia climática
Pero la preocupación no está solamente en la intensidad de El Niño. El fenómeno podría ocurrir en un planeta que ya está más caliente debido al cambio climático. Este calentamiento puede potenciar los efectos de El Niño, elevando el riesgo de temperaturas extremas, sequías, incendios, lluvias intensas y otros eventos climáticos extremos.
El reciente colapso de un glaciar en el Himalaya ilustra muy bien esta cuestión. La avalancha de rocas, barro y agua que devastó aldeas y poblados probablemente fue desencadenada por el derretimiento del permafrost ocasionado por el aumento de las temperaturas en la región. Estudios científicos ya señalaban esta posibilidad, y otros indican que más de la mitad de los glaciares ubicados en cordilleras podrían desaparecer hasta finales del siglo XXI debido al calentamiento global.
La gravedad de la situación y la incapacidad de los gobiernos capitalistas para combatir el calentamiento quedaron en evidencia tras la publicación de un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) durante la COP30, realizada en Belém. Según el documento, incluso si se cumplen todos los compromisos asumidos desde el Acuerdo de París, la temperatura media del planeta deberá aumentar peligrosamente hasta finales de siglo.
El gráfico que aparece a continuación presenta cuatro escenarios posibles para la evolución del calentamiento global a lo largo del siglo XXI. En el primer escenario, de continuidad de las políticas actuales, existe un 80% de probabilidad de que el calentamiento permanezca por debajo de los 3 °C, pero apenas un 8% de posibilidades de que se mantenga por debajo de los 2 °C y ninguna posibilidad de limitar el calentamiento a 1,5 °C. La estimación apunta a un calentamiento de aproximadamente 2,6 °C.
El segundo escenario considera el cumplimiento de las NDC incondicionales, es decir, de las metas de reducción de emisiones que los países asumieron independientemente de la obtención de apoyo externo. En este caso, la posibilidad de permanecer por debajo de los 2 °C aumenta al 25%, mientras que la probabilidad de mantenerse por debajo de los 3 °C llega al 92%. Sin embargo, la posibilidad de limitar el calentamiento a 1,5 °C es de apenas un 1%. La estimación de calentamiento es de aproximadamente 2,3 °C.
En el tercer escenario también se consideran las NDC condicionales, que dependen de financiamiento, transferencia de tecnología y cooperación internacional para ser plenamente implementadas. En este caso, existe un 37% de probabilidades de permanecer por debajo de los 2 °C y un 95% de mantenerse por debajo de los 3 °C. La posibilidad de limitar el calentamiento a 1,5 °C es de apenas un 3%. La estimación central alcanza aproximadamente los 2,1 °C.
El cuarto escenario es el más optimista, pero también el más improbable. Presupone el cumplimiento de las NDC condicionales y de todos los compromisos de neutralidad climática (net zero) anunciados por los países. En este caso, la probabilidad de permanecer por debajo de los 2 °C aumenta al 78%, mientras que la de mantenerse por debajo de 1,5 °C llega al 21%. La estimación central del calentamiento sería de aproximadamente 1,8 °C. Es decir, este es el único escenario en el que no se prevé superar los 2 °C.
La comparación entre los cuatro escenarios revela una cuestión fundamental: la inevitabilidad de que superemos los 2 °C hasta finales del siglo XXI, lo que tendrá consecuencias catastróficas difíciles de prever con precisión, una vez que se hayan cruzado los puntos de no retorno del sistema Tierra, retroalimentando el calentamiento y empujando a la humanidad hacia un escenario de caos climático absoluto.
El Niño y el capitalismo imperialista decadente
El súper El Niño no será una repetición de 1877. El mundo que enfrentará un eventual El Niño en 2026 es profundamente diferente de aquel marcado por el gran El Niño de 1877–1878. En aquel momento, el capitalismo se encontraba en una fase de expansión imperialista y de consolidación del mercado mundial, y los sistemas naturales se encontraban muy lejos del nivel de degradación actual. Hoy, sin embargo, estamos frente a un capitalismo monopolista altamente integrado y atravesado por una crisis estructural, en el cual prácticamente todos los territorios están conectados por complejas cadenas globales (¡dependientes de la energía fósil!) de producción, circulación y financiamiento. Una perturbación climática en una determinada región puede, por lo tanto, producir rápidamente consecuencias sobre los precios de los alimentos, la energía, los transportes, el comercio internacional y las condiciones de vida en otras partes del planeta.
El Niño de 1877 ocurrió en un mundo en el que las relaciones económicas internacionales todavía estaban en proceso de integración. Actualmente, la producción capitalista funciona como una especie de organismo económico mundial, en el cual las empresas transnacionales distribuyen sus etapas productivas entre diferentes países en busca de menores costos, mayor rentabilidad y acceso a materias primas. Esta integración, sin embargo, no significa una mayor capacidad para enfrentar la crisis. Por el contrario, deja a la población más vulnerable a los efectos en cadena producidos por crisis económicas, guerras, pandemias y eventos climáticos extremos.
Ciertamente, habrá pérdidas de cosechas, destrucción de fuerzas productivas e impactos sobre las condiciones generales de la producción, que no se limitarán a las condiciones naturales.
El fenómeno permitirá observar la relación indisociable entre naturaleza y capital: aunque el capital procure tratar a la naturaleza como un recurso externo y subordinado a las necesidades de la valorización, su reproducción depende permanentemente de las condiciones naturales que sostienen la producción. Cuando estas condiciones son alteradas o degradadas, sus efectos alcanzan las propias bases materiales de la acumulación. En este sentido, El Niño podrá revelar cómo las condiciones naturales de la producción interfieren en las condiciones sociales y económicas de la producción y, en consecuencia, en la reproducción del capitalismo monopolista.
Sin embargo, este proceso se manifestará de una forma típicamente capitalista, y sus impactos podrán expresarse mediante presiones inflacionarias, aumento del desempleo, reducción de los ingresos, agravamiento del hambre y la miseria, desplazamientos de refugiados climáticos y profundización de las desigualdades sociales.
Esta vulnerabilidad se profundiza por las consecuencias de la crisis económica de 2008, que inauguró un largo período de bajo crecimiento. La respuesta predominante de los gobiernos fue el neoliberalismo, con la adopción o el mantenimiento de políticas de austeridad fiscal, privatizaciones, reducción de las inversiones públicas y flexibilización laboral. En muchos países, estas políticas afectaron precisamente a los servicios responsables de prevenir y responder a las emergencias: sistemas de salud, defensa civil, infraestructura urbana, vivienda, saneamiento, monitoreo ambiental y servicios de emergencia.
El posible El Niño de 2026 también se inserta en un escenario internacional marcado por la disputa por los recursos naturales y las fuentes de energía —tierras raras, reservas y nuevas fronteras petroleras— en el marco de una disputa interimperialista entre Estados Unidos y China. La carrera por estos recursos implica el control de territorios, cadenas productivas y tecnologías estratégicas. En este contexto, el agravamiento de la crisis climática puede intensificar aún más esta disputa, aumentando las presiones sobre territorios ricos en minerales, agua, tierras y fuentes de energía.
Al mismo tiempo, la crisis ecológica se desarrolla en medio de la expansión de las guerras, la militarización y los genocidios. El genocidio en Gaza contra el pueblo palestino también debe ser comprendido como una advertencia sobre las formas de violencia que pueden ampliarse en un mundo atravesado por el agravamiento de la crisis climática. Gaza debe ser vista como un laboratorio extremo de una futura experiencia global. Al fin y al cabo, ante la profundización de la catástrofe climática y el desplazamiento de más de 3.000 millones de refugiados climáticos, según las previsiones de la ONU para este siglo, cabe preguntarse: ¿quiénes serán los palestinos del mañana?
En este contexto, la extrema derecha puede encontrar condiciones favorables para ampliar su influencia. La combinación entre precarización social, aumento del costo de vida, inseguridad alimentaria, migraciones y desastres ambientales puede ser utilizada políticamente para responsabilizar a los inmigrantes, las poblaciones pobres y otros grupos socialmente vulnerables por los efectos de estas crisis. En este proceso, sectores de la burguesía pueden recurrir a alternativas políticas más autoritarias y reaccionarias para preservar sus intereses frente al agravamiento de las desigualdades y los conflictos sociales.
¿Qué hacer?
El Niño de 2026 es una tragedia más que anunciada, cuyos efectos, aunque diferenciados, se sentirán en todos los continentes. Sus consecuencias catastróficas son ampliamente previsibles por la ciencia, pero, a pesar de las sucesivas advertencias, los Estados nacionales no están actuando para prevenir lo peor.
La crisis climática exige ampliar la planificación pública, fortalecer las políticas de prevención, invertir en infraestructura y garantizar la capacidad del Estado para responder a los impactos de los eventos extremos. Sin embargo, estas necesidades entran en contradicción con la lógica neoliberal, que presiona por la reducción del gasto social, la privatización de los servicios públicos y la subordinación de áreas esenciales, como la salud, la energía, el saneamiento y el transporte, a la lógica del mercado.
Por eso, en este momento, es imprescindible que los trabajadores se movilicen y comiencen a prepararse. A partir de sus organizaciones (sindicatos, asociaciones vecinales, movimientos sociales, etc.), es necesario discutir cuáles podrán ser los impactos locales del fenómeno en el próximo período y qué poblaciones estarán más expuestas a sus efectos. Esta preparación debe incluir la exigencia a los gobiernos de medidas efectivas de prevención, como el fortalecimiento de los sistemas de alerta, la elaboración de planes de emergencia, inversiones en infraestructura urbana, la protección de las poblaciones pobres que viven en zonas de riesgo y el fortalecimiento de los servicios públicos de salud, asistencia y defensa civil.
Al mismo tiempo, es fundamental que las propias organizaciones de los trabajadores construyan formas colectivas de respuesta y solidaridad. Ante la posibilidad de inundaciones, sequías severas, olas de calor y otros eventos extremos, la organización popular puede ser decisiva para identificar situaciones de riesgo, presionar al poder público y garantizar apoyo a las comunidades más afectadas. La preparación para una crisis de esta magnitud no puede quedar restringida a las autoridades y a las promesas oficiales: debe involucrar directamente a las poblaciones que estarán en la primera línea de los impactos. Cuanto mayor sea la capacidad de organización y movilización de los trabajadores, mayores serán también las condiciones para enfrentar los efectos sociales de las catástrofes anunciadas.
Al mismo tiempo, el agravamiento de la crisis climática plantea la necesidad de superar el capitalismo, responsable de una lógica de producción que profundiza la catástrofe ambiental. La humanidad estará ante una elección cada vez más decisiva: o avanza hacia la barbarie climática, marcada por la profundización de las desigualdades, los conflictos, posibles genocidios y el fortalecimiento de gobiernos autoritarios, racistas y represivos, o avanza en dirección al socialismo, basado en el control social de la producción para que la humanidad tenga mejores condiciones para enfrentar las consecuencias del cambio climático, preservar las condiciones de vida y reorganizar su relación con la naturaleza.
Desde esta perspectiva, la construcción de una sociedad socialista presupone el control social de los medios de producción y una planificación democrática de la economía, orientada por las necesidades humanas y por los límites ecológicos del planeta. Se trata de promover una revolución de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales de producción, creando las condiciones para reorganizar la relación entre sociedad y naturaleza y buscar la recomposición de un metabolismo equilibrado con la Tierra, devastado por el capitalismo.




