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Crisis climática y ambiental

¿Por qué debemos preocuparnos por el Súper El Niño?

Jeferson Choma

julio 13, 2026

Alerta global

Las agencias climáticas de todo el mundo ya confirmaron que un fenómeno de El Niño se está formando y ganando fuerza rápidamente en el océano Pacífico. Se espera que alcance un nivel «fuerte» entre julio y septiembre, aumentando el riesgo de olas de calor, sequías y lluvias extremas en diversas regiones del planeta. La Organización Meteorológica Mundial (OMM), organismo climático de la ONU, ya emitió una alerta global sobre la rápida intensificación del fenómeno.

El Niño es un evento climático producido por el calentamiento de las aguas ecuatoriales del Pacífico y ocurre en ciclos de entre dos y siete años. Este fenómeno altera la circulación atmosférica y sus efectos se sienten en todo el planeta.

Esta vez, los científicos hablan de un «Súper El Niño», el más intenso desde 1877. Aquel año, el fenómeno desencadenó enormes sequías que provocaron pérdidas de cosechas, hambrunas y la muerte de millones de personas (ver recuadro).

Pero, en esta ocasión, la intensidad del El Niño es consecuencia del calentamiento global provocado por la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) liberados a la atmósfera, principalmente por la quema de combustibles fósiles como el petróleo, el gas y el carbón. Es debido al calentamiento global que los años 2023, 2024 y 2025 fueron los más calurosos jamás registrados. Y es también por esta razón que los últimos episodios de El Niño han sido cada vez más intensos.

¿Cuáles son las consecuencias de esta tragedia anunciada?

Una forma de anticipar lo que puede venir es observar los impactos del último episodio de El Niño, ocurrido entre 2023 y 2024, que provocó fenómenos climáticos extremos y consecuencias catastróficas en distintas partes del mundo.

En América del Norte, intensas olas de calor contribuyeron a los mayores incendios forestales de la historia reciente. En Kenia, lluvias extremas provocaron inundaciones devastadoras que afectaron a más de 412.000 personas. En la India, sucesivas olas de calor hicieron que varias ciudades registraran temperaturas superiores a los 50 °C, provocando miles de muertes y numerosos casos de insolación.

En lo que respecta al territorio brasileño, se sabe que El Niño, por lo general, provoca un aumento de las lluvias en la región Sur, sequías prolongadas en el Norte y Nordeste, y una intensificación de las lluvias extremas y las olas de calor en el Sudeste.

Para comprender la magnitud de sus impactos, basta recordar las consecuencias del último episodio, entre 2023 y 2024. Durante ese período, el país sufrió las devastadoras inundaciones en Río Grande do Sul, en mayo de 2024, y la mayor sequía registrada en su historia. La sequía extrema favoreció el avance de los incendios forestales, muchos de ellos provocados por la acción de grandes propietarios rurales vinculados al agronegocio, que aprovecharon las condiciones climáticas para expandir el uso del fuego sobre áreas boscosas.

El resultado fue una temporada de incendios sin precedentes en la Amazonia, el Pantanal, el Cerrado y la Mata Atlántica, cuyos humos se extendieron por amplias zonas urbanas y agrícolas, especialmente en el Sudeste. Al finalizar 2024, el país contabilizó cerca de 30 millones de hectáreas quemadas, una superficie equivalente a la suma de los estados de Río de Janeiro y São Paulo, según el Informe Anual del Fuego (RAF), elaborado por MapBiomas.

Además, también se registraron fuertes tormentas que provocaron los trágicos deslizamientos de tierra en São Sebastião (2023) y en las sierras del estado de Espírito Santo (2023-2024). Asimismo, hubo intensas olas de calor y una explosión de epidemias de arbovirosis, como el dengue.

Europa ya siente los efectos

Sin embargo, lo que puede ocurrir en los próximos meses podría ser mucho peor, advierten los científicos. Un Súper El Niño podría tener consecuencias aún más catastróficas y mortales.

Las olas de calor ya están provocando la muerte de miles de personas en Europa. El calor extremo altera el funcionamiento del cuerpo humano y puede ser fatal para las personas mayores, los niños y quienes padecen enfermedades cardiovasculares. También se esperan enormes incendios forestales, colapsos energéticos y una intensificación del calor extremo durante el verano europeo, que comenzó hace pocas semanas.


Acelerando la catástrofe

La decisión del capital es la barbarie climática

Lo cierto es que el capitalismo no puede impedir la catástrofe que él mismo inició.

Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), publicado en noviembre de 2025, refuerza el avance acelerado de la crisis climática y el fracaso inminente de las metas establecidas en el Acuerdo de París. Según el documento, incluso si todos los compromisos asumidos actualmente por los países se cumplieran íntegramente, la temperatura media global aumentaría entre 2,5 °C y 2,9 °C hacia finales de este siglo.

Ante ese escenario, se superarían varios puntos de no retorno, haciendo que el calentamiento global se vuelva incontrolable. Un mundo por encima de los 2 °C estaría azotado por pandemias, ciudades costeras destruidas, bosques colapsados y vastas áreas continentales imposibles de habitar debido al calor extremo. Una de esas regiones sería precisamente Belém, sede de la COP30. Existen proyecciones científicas que indican que la ciudad podría volverse inhabitable ya en 2070 si se supera la barrera de los 2 °C.

Las proyecciones son aún más alarmantes cuando se observa la trayectoria actual de las emisiones. Según el informe, las posibilidades de limitar el calentamiento a 1,5 °C ya son nulas y la probabilidad de mantenerlo por debajo de 2 °C cae a apenas un 8 % si el mundo continúa con el ritmo actual de mitigación.

Incluso en el escenario más optimista, es decir, adoptando plenamente las metas climáticas ofrecidas hasta ahora por los países, las perspectivas no son alentadoras: las probabilidades de estabilizar el calentamiento en 2 °C hasta 2050 ascienden apenas al 25 %, lo que constituye una contundente advertencia sobre la insuficiencia de las promesas y la urgencia de adoptar medidas mucho más profundas e inmediatas.

El informe deja claro que la ventana para evitar los peores escenarios del colapso climático se está cerrando rápidamente, mientras los gobiernos siguen lejos de aplicar las medidas necesarias y planean explotar aún más petróleo durante la próxima década.

En otras palabras, la decisión ya está tomada: los jefes del imperialismo y los grandes capitalistas no evitarán la barbarie climática, aunque ello implique el asesinato y el genocidio de buena parte de la humanidad. Solo la superación del capitalismo y el control social de la producción podrán evitar lo peor.


Súper El Niño y colapso climático

Cuando la naturaleza y el imperialismo se encontraron

El Niño es un fenómeno climático que ocurre desde hace miles de años, pero la ciencia solo comenzó a comprenderlo mejor a partir de la década de 1960.

El mayor y más devastador episodio de El Niño del que se tiene registro ocurrió en 1877 y desencadenó una hambruna mundial que provocó la muerte de entre 30 y 50 millones de personas, principalmente en la India, China y África.

Sin embargo, esa catástrofe fue agravada por el avance del imperialismo colonial sobre esos países, que destruyó los sistemas de prevención y combate contra el hambre, como las reservas de alimentos. La integración de esos países al mercado mundial también debilitó a los agricultores tradicionales y a las economías de las naciones coloniales y semicoloniales.

El imperialismo incluso aprovechó la catástrofe para crear un mercado mundial de granos: tomó las reservas que aún existían en los países afectados y las vendió en el mercado internacional, en lugar de utilizarlas para socorrer a las víctimas del hambre.

El episodio de El Niño de 1877 demuestra que las catástrofes no siempre son únicamente naturales, sino que se combinan con las formas de producción social existentes; en este caso, con el surgimiento de una nueva etapa del capitalismo: el imperialismo.

Las víctimas de la hambruna pagaron el precio de las transformaciones impuestas por ese avance, en un verdadero Holocausto colonial que la historia oficial procuró mantener invisible.


Escenario actual

Capitalismo fósil y calentamiento global

Más de un siglo después, nos enfrentamos a la posibilidad de un Súper El Niño, quizás aún más intenso que el de 1877. A diferencia de aquella época, como hemos visto, su fuerza se combina con el calentamiento global producido por el capitalismo fósil.

El actual fenómeno de El Niño, advierten los científicos, puede acelerar el calentamiento del clima y elevar la temperatura media global por encima de 1,5 °C, el límite que la ciencia considera necesario para evitar un calentamiento global fuera de control.

Además, un Súper El Niño encontrará un mundo todavía más vulnerable, marcado por décadas de políticas neoliberales que desmantelaron los mecanismos de prevención y privatizaron recursos naturales como el agua.

Es un mundo donde gran parte de la humanidad vive en condiciones precarias en grandes metrópolis; donde las guerras y los genocidios se multiplican; y donde las grandes potencias disputan territorios, recursos energéticos y minerales, reeditando los antiguos mecanismos de dominación colonial en el marco de un capitalismo decadente.

Las mismas potencias y grandes corporaciones que históricamente impulsaron la explotación intensiva de los combustibles fósiles y de los recursos naturales intentarán convertir la catástrofe climática en una nueva frontera de acumulación de capital, en una oportunidad para ampliar sus dominios.

Al mismo tiempo, la catástrofe climática profundiza las desigualdades sociales, amplía los conflictos por el acceso a la tierra, al agua y a la energía, intensifica los procesos de migración forzada y expone a millones de personas al hambre, las enfermedades y los desastres ambientales.

Sin embargo, esas mismas contradicciones pueden impulsar la lucha de los trabajadores, los pueblos indígenas, las comunidades quilombolas, los campesinos y los demás sectores oprimidos, elevando la resistencia social a un nuevo nivel y reabriendo la disputa por el rumbo de la sociedad frente a la crisis ecológica y el avance del imperialismo.

Gobierno Lula

Prevención cero y miles de millones para los enemigos del clima

La subordinación de Brasil al capital financiero internacional se expresa en la austeridad fiscal y en la reducción del presupuesto destinado a las políticas de prevención de desastres naturales. Datos del Tribunal de Cuentas de la Unión (TCU) muestran que, entre 2012 y 2026, los sucesivos gobiernos comprometieron 24.360 millones de reales en acciones de respuesta y reconstrucción, casi tres veces más que los 9.620 millones de reales destinados a la prevención. La diferencia es aún mayor en la ejecución de los recursos: se desembolsaron 21.540 millones de reales para respuesta y reconstrucción, frente a apenas 6.800 millones de reales para obras preventivas.

Fragilidad de los municipios

Este desfasaje entre la inversión en reacción y en planificación se refleja de manera dramática en la estructura de los municipios brasileños. Según la Confederación Nacional de Municipios (CNM), el 68 % de las ciudades no cuenta con un mapeo de las áreas de riesgo; el 57 % no dispone de sistemas de alerta; el 44 % carece de equipos de monitoreo y el 46 % no tiene profesionales capacitados para trabajar en la prevención de desastres.

Frente a estas cifras, resulta evidente que el Estado brasileño sigue actuando de manera predominantemente reactiva, priorizando la reconstrucción después de las tragedias en lugar de fortalecer políticas permanentes de prevención, adaptación climática y reducción de los riesgos socioambientales.

La vulnerabilidad es aún más crítica si se observa que más del 76,8 % de los municipios no cuenta con ningún instrumento básico de planificación climática, mientras que apenas el 12,9 % ha publicado un Plan Municipal de Adaptación Climática.

Además de la ausencia de planes, más de un tercio de los municipios evaluados no registró ninguna iniciativa relacionada con la participación de la población en las decisiones sobre riesgos climáticos y adaptación. En el ámbito de la comunicación, el panorama tampoco es alentador: el relevamiento muestra que casi el 60 % de las intendencias no utiliza de manera sistemática canales digitales o redes sociales para difundir información sobre prevención de desastres, alertas o gestión de riesgos.

Financiamiento de la devastación

Si la base municipal ya demuestra una enorme fragilidad, las políticas federales agravan todavía más este panorama. Además del desmantelamiento de la prevención, el gobierno federal anunció 525.000 millones de reales para el agronegocio en créditos rurales subsidiados (Plan Safra), dinero que, como siempre, financiará la expansión de la frontera agrícola sobre los biomas del país. La fuerza de la bancada ruralista no cayó del cielo: fue alimentada con dinero público.

El Congreso y los retrocesos ambientales

Como contrapartida de ese financiamiento, el Congreso Nacional ha actuado como un verdadero enemigo del pueblo y del medio ambiente. Aprobó la Ley General de Licenciamiento Ambiental (PL 2.159/2021), bautizada por los movimientos sociales como el «Proyecto de Ley de la Devastación», considerado el mayor retroceso en la regulación ambiental de Brasil en las últimas cuatro décadas.

Y existen otros ataques impulsados por la bancada ruralista, como la restricción de la fiscalización por satélite y de la aplicación de medidas cautelares para interrumpir delitos ambientales en tiempo real, además de proteger el patrimonio de los infractores en áreas aisladas. A esto se suma el intento de quitar la autonomía técnica y científica de los organismos ambientales (como el Ibama y el ICMBio), subordinando las decisiones sobre la conservación de la biodiversidad a los intereses económicos del sector agropecuario.


Es hora de actuar

Por un Plan Popular de Emergencia

Frente a la catástrofe que pueden provocar El Niño y los fenómenos climáticos extremos, el momento de actuar es ahora. No bastan las promesas. Es necesario luchar y exigir medidas efectivas de prevención y adaptación, que comiencen por poner fin a la austeridad fiscal que estrangula la inversión pública e impide la construcción de una política seria de protección para las poblaciones más vulnerables.

Un verdadero plan de emergencia no puede elaborarse desde arriba hacia abajo, de espaldas a la realidad de quienes más sufren. Debe construirse con participación popular e involucrar a los sectores que están más expuestos a la catástrofe.

El primer paso es llevar este debate a los movimientos sociales, a las organizaciones de vivienda, a las luchas por el territorio y a los sindicatos de trabajadores. Es allí, en la base, donde se encuentran quienes enfrentan diariamente las condiciones de vulnerabilidad que la crisis climática no hará más que agravar: las periferias de las grandes ciudades y los territorios asediados por el agronegocio.

Pero este es un tema que requiere un desarrollo más profundo y quedará para un próximo artículo.

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