Clima, hambre e imperialismo: las lecciones olvidadas del súper El Niño que mató a 30 millones
Las principales agencias meteorológicas ya confirmaron la llegada de un súper El Niño en 2026, y científicos de todo el mundo alertan sobre consecuencias devastadoras. Muchos temen que el fenómeno pueda cambiar el rumbo del sistema climático de la Tierra.
Tengo mucho que decir sobre el súper El Niño de 2026 y sobre los impactos que puede provocar. Pero en este artículo voy a exponer las consecuencias de otro súper El Niño, el de 1877, que muchos señalan como el mejor paralelo histórico para lo que puede estar por venir.
Aquel evento climático desencadenó una de las mayores catástrofes humanas de la historia. Se estima que más de 30 millones de personas murieron como consecuencia de las grandes hambrunas que afectaron a Asia, África y partes de América Latina.
Sin embargo, existe un detalle fundamental: no fue El Niño quien mató a esas personas. Lo que transformó una sequía en una tragedia de proporciones gigantescas fue el nacimiento y la expansión del imperialismo colonial, que destruyó economías campesinas, subordinó pueblos enteros al mercado mundial y condenó a millones al hambre. Esa es la historia que vamos a contar.
El paisaje del hambre
Para comprender la dimensión de lo ocurrido, comencemos con una historia particular: el viaje de vacaciones de Ulises Grant, presidente de Estados Unidos en la década de 1870. Grant es más conocido por haber liderado las tropas de la Unión durante la Guerra Civil estadounidense, pero su presidencia también quedó marcada por numerosos casos de corrupción. Al finalizar su mandato, simplemente tomó a su familia y partió en un largo viaje de dos años alrededor del mundo.
Viajó por Oriente, estuvo en Egipto, China e India. En todos los lugares por donde pasó, sin embargo, algo lo impactaba: el paisaje de hambre que devastaba a la población de esos países. Era el año 1877, y además de esas regiones, el hambre también golpeaba a Corea, Rusia, Sudáfrica, Filipinas y el nordeste de Brasil.
En aquella época las personas todavía no lo sabían, pero el hambre era consecuencia de grandes sequías que provocaron enormes pérdidas en las cosechas agrícolas, un efecto de un poderoso El Niño, que hoy recordamos como un súper El Niño. El fenómeno climático, que modifica el clima en todo el mundo, es causado por el calentamiento anormal de las aguas ecuatoriales del océano Pacífico. Sin embargo, a finales del siglo XIX, la ciencia meteorológica era muy rudimentaria: ni siquiera existía una red meteorológica global y nadie comprendía correctamente el funcionamiento de este fenómeno.
Entre 1896 y 1902, otra gran ola de hambre volvió a afectar a esas naciones y a otros países. Fue otro ciclo de El Niño, que también devastó Etiopía y Sudán. Se estima que más de 31 millones de personas murieron de hambre durante todo ese período; algunos hablan incluso de más de 50 millones de víctimas. Además del hambre, cientos de miles murieron por epidemias de cólera, malaria, peste bubónica y otras enfermedades que siempre aparecen con intensidad después de un gran El Niño.
Clima y nuevo orden imperialista
Estos datos fueron recopilados por Mike Davis y aparecen en el libro Holocaustos coloniales: clima, hambre e imperialismo en la formación del Tercer Mundo. Davis demuestra que esta gran tragedia no fue causada solamente por un fenómeno natural.
Su tesis es que las naciones imperialistas de Europa, además de Japón y Estados Unidos, aprovecharon la oportunidad para ampliar sus posesiones coloniales, apropiarse de tierras comunales y controlar nuevas fuentes de materias primas. Era el nacimiento del nuevo orden imperialista, inaugurado sobre los cadáveres de millones de personas que murieron de hambre debido a su incorporación violenta al sistema mundial moderno. Y aquí el uso de la fuerza marcó el camino.
Esta interpretación coincide con el análisis clásico de Rosa Luxemburgo sobre la acumulación imperialista en los países periféricos:
“Cada nueva expansión colonial está acompañada, como regla, por una lucha implacable del capital contra las relaciones sociales y económicas de los pueblos nativos, quienes también son despojados por la fuerza de sus medios de producción y de su fuerza de trabajo. (…) La acumulación, con su expansión espasmódica, ya no puede esperar ni satisfacerse con una desintegración interna natural de las formaciones no capitalistas y su transición hacia la economía de mercado (…). La fuerza es la única solución disponible para el capital; la acumulación de capital, vista como un proceso histórico, emplea la fuerza como un arma permanente.”
Esta análisis resulta impactante y mantiene una enorme actualidad para analizar incluso el avance contemporáneo del capitalismo sobre los territorios de poblaciones indígenas, campesinas y quilombolas.
Según Mike Davis, las víctimas del hambre fueron destruidas por tres grandes engranajes:
- Eventos climáticos extremos a escala global, que en aquella época eran poco comprendidos.
- La creación de un mercado mundial de granos, cuyo precio comenzaba a ser definido en el corazón del capitalismo de la época: la Inglaterra victoriana.
- El imperialismo, que combinó expansión colonial con la dinámica de los desastres naturales, aprovechando la situación para crear un mercado mundial y volver vulnerables a campesinos y economías tradicionales.
Otros factores también contribuyeron a aumentar todavía más esa vulnerabilidad, como veremos más adelante.
Es importante destacar que El Niño es un fenómeno que existe desde hace miles de años, mucho antes del propio surgimiento de la humanidad. Las antiguas civilizaciones orientales —en China y en India— siempre supieron que existían períodos de grandes sequías y se preparaban para enfrentarlos.
En China, por ejemplo, el emperador mantenía los llamados depósitos de tributos: reservas de granos almacenadas en graneros fuera de las regiones afectadas por la sequía, que eran utilizadas para ayudar a la población durante períodos de pérdida de cosechas. Cuando grandes sequías afectaban la agricultura, los emperadores auxiliaban al pueblo, como ocurrió durante los ciclos de El Niño del siglo XVIII, en 1720, 1742 y 1778. Incluso existía una burocracia estatal entrenada y con un “protocolo” sobre cómo actuar ante sequías severas.
Ese escenario fue muy diferente a lo que ocurrió a finales del siglo XIX. Si se hubieran mantenido las reservas de tributos, sería improbable que el holocausto del hambre hubiera cobrado tantas vidas. Pero ¿por qué ese sistema no se mantuvo? La respuesta tiene relación con la dominación colonial británica.
Holocaustos coloniales
China fue sometida a la llamada Diplomacia de las Cañoneras del imperialismo. Basta recordar las dos Guerras del Opio, en las cuales el Imperio Británico obligó a China, mediante la fuerza militar, a permitir el tráfico de opio en su territorio.
Los británicos llegaron a vender 87 mil cajas a los chinos en 1879, en lo que fue la “mayor transacción de drogas de la historia mundial”, según destaca Davis. Con eso, China perdió la soberanía sobre su comercio exterior.
El Estado chino, debilitado y desmoralizado por el dominio colonial, fue incapaz de mantener el almacenamiento de granos necesario para enfrentar las sequías e impedir el hambre. Cuando El Niño llegó a finales del siglo XIX, todavía existían algunos depósitos de granos. Sin embargo, mientras la población moría de hambre, muchas veces al lado de esos depósitos, los granos almacenados fueron enviados simplemente a Inglaterra, exportados al mercado mundial en lugar de ser destinados al auxilio de la población.
Si en China el desmantelamiento ocurrió por la vía diplomática y militar, en India ocurrió por la vía económica e infraestructural. También existían depósitos de alimentos en las aldeas indias. La antigua civilización hindú, conocida como una “sociedad hidráulica”, se había desarrollado junto a grandes ríos y había creado complejos sistemas de irrigación para protegerse de grandes sequías.
Pero con el dominio colonial británico eso terminó: los antiguos sistemas de irrigación fueron desmontados, hecho registrado en informes coloniales.
Las vías ferroviarias construidas por los británicos, que eran elogiadas como una salvaguarda contra el hambre porque podían transportar reservas de alimentos hacia las zonas afectadas, en realidad sirvieron para trasladar los granos almacenados en las aldeas hacia depósitos más seguros, libres de la amenaza de saqueos por parte de la población hambrienta.
Como en China, las reservas de alimentos fueron exportadas al mercado mundial, en lugar de ser utilizadas para socorrer a la población.
Los números son reveladores: entre 1875 y 1877, las exportaciones de granos de India se multiplicaron por cinco, justo antes de la gran hambruna. Entre 1875 y 1900, cuando ocurrieron las peores hambrunas de la historia india, las exportaciones anuales de granos pasaron de 3 millones a 10 millones de toneladas.
A comienzos del siglo XX, India abastecía casi una quinta parte del consumo de trigo de Gran Bretaña.
A esto se sumaba un panorama económico todavía más devastador. El imperialismo incorporó a pequeños agricultores de los países coloniales y semicoloniales al comercio mundial de mercancías. Muchos comenzaron a producir algodón para la industria textil británica.
Este auge del algodón estaba relacionado con la Guerra Civil de Estados Unidos, que había paralizado la producción en el sur del país. Cuando la producción se reanudó, el precio bajó, llevando a los pequeños agricultores a la ruina.
Peor aún: el cultivo de algodón redujo la producción de alimentos, dejando a la población en una situación de inseguridad alimentaria en vísperas del gran El Niño de 1877, lo que amplió todavía más la catástrofe.
La ruina se combinó con el primer ciclo de recesión del capitalismo, iniciado en 1873 y extendido hasta 1897, que provocó la caída del valor de los productos agrícolas tropicales.
Para agravar la situación, la adopción del patrón oro por parte de Estados Unidos, Europa y Japón desvalorizó las monedas de China e India (cuyos patrones estaban basados en la plata), ampliando la crisis fiscal de esos países.
Para completar el estrangulamiento de las economías periféricas, gran parte de los presupuestos estaba comprometida con gastos militares coloniales; en India, ese compromiso llegaba al 34% del presupuesto.
Relatos estremecedores
Uno de los mayores méritos de Davis es rescatar los relatos e historias de esta enorme tragedia. Basándose en informes del Imperio Británico y en noticias de la prensa de la época, coloca al lector frente a hechos aterradores.
Misioneros religiosos relataban que, en muchas regiones de India, las únicas criaturas vivas y bien alimentadas eran los perros que se alimentaban de los cadáveres de personas en las calles.
Un viajero inglés contó que, en una provincia china, más de mil personas morían de hambre por día. Según su relato, los habitantes vendían esposas e hijos, comían barro o restos de cadáveres humanos.
Y cuando terminó la gran sequía, llegaron las enfermedades y epidemias que acabaron con cientos de miles de vidas más.
Los informes muestran que los altos funcionarios del imperio sabían exactamente lo que estaba ocurriendo, pero adoptaron una postura todavía más cruel: cobraban impuestos a campesinos arruinados y confiscaban las tierras de quienes no podían pagar.
En otras palabras, el imperialismo aprovechó la situación para acabar con las tierras comunales tradicionales y convertirlas en propiedad privada.
Pero el súper El Niño de 1877 también ayudó a generar grandes rebeliones coloniales como la Rebelión de los Bóxers en China, Canudos en el sertón del nordeste brasileño y, sin duda, el crecimiento del nacionalismo indio en las décadas siguientes, que fortalecería la lucha por la independencia.
Ecología política del hambre
Al combinar la economía política marxista con la historia ambiental, adopta el método que denomina “ecología política del hambre” y rechaza las viejas explicaciones basadas en el determinismo naturalista o en las tesis malthusianas que afirmaban que el hambre habría sido consecuencia de la superpoblación.
En aquella época predominaban estereotipos orientalistas que presentaban a Asia como una tierra del hambre, habitada por campesinos delgados, hambrientos y vestidos con harapos.
El gran mérito de Mike Davis es mostrar que esta tragedia no puede explicarse solamente por los efectos de El Niño.
Las grandes hambrunas de finales del siglo XIX no fueron un simple producto de la naturaleza, sino el resultado de la forma en que la sociedad organiza la producción y distribución de los alimentos, y de cómo se prepara (o no) para enfrentar eventos climáticos extremos.
Las víctimas del hambre pagaron el precio de las transformaciones impuestas por el avance del imperialismo, en un verdadero Holocausto colonial que la historia oficial intentó mantener invisible.
Trasladando este análisis a la actualidad, más de un siglo después, volvemos a encontrarnos con la posibilidad de un súper El Niño, quizás incluso más intenso que el de 1877.
Sin embargo, a diferencia de aquella época, su fuerza se combina con el calentamiento global producido por el capitalismo basado en combustibles fósiles, capaz de cambiar el equilibrio del sistema climático de la Tierra.
El próximo El Niño encontrará un mundo todavía más vulnerable: marcado por décadas de políticas neoliberales que desmantelaron mecanismos de prevención, privatizaron recursos naturales como el agua y se combinan con el ascenso de la extrema derecha y el negacionismo climático.
¿Qué podemos esperar de un próximo El Niño todavía más fuerte, en un mundo cada vez más desigual y amenazado por la catástrofe climática?
Esa es una cuestión para el próximo artículo.




