El 17 de diciembre de 2010, el vendedor de frutas de 25 años de edad Mohamed Bouazizi atizó fuego en su propio cuerpo, en protesta contra la confiscación de sus manzanas y la corrupción policial en la ciudad rural de Sidi Bouzid, en el interior de Túnez.

Por: Fabio Bosco

En pocos días, las protestas se extendieron a todo el país, incluyendo la capital Túnez, exigiendo el fin del régimen del dictador Ben Ali, que cayó el 14 de enero de 2011.

El 25 de enero de 2011 fue la vez de la juventud obrera y popular egipcia para iniciar las protestas en la ahora icónica Plaza Tahrir, en El Cairo. La consigna “El pueblo quiere el fin del régimen” se unió a la reivindicación de “pan, libertad y justicia social”. El 11 de febrero de 2011, el dictador Hosni Mubarak es apartado, una junta militar asume el poder y la revolución obrera y popular continúa, luego de arrancar su derecho de manifestarse.

A lo largo de los meses siguientes ocurrieron protestas en todos los países árabes, excepto en Qatar, incluso en tierras bajo brutal ocupación militar, como es el caso de Palestina, con la participación de árabes y de otras nacionalidades como los Amazigh presentes en Marruecos, en Argelia y en Libia, y los kurdos presentes en el Kurdistán sirio, iraquí, turco e iraní.

De esta ola de protestas, algunas se transformaron en verdaderas revoluciones. Además de Túnez y de Egipto, ese fue el caso de Libia, de Siria, de Yemen y de Bahrein.

Eso todo en una región compuesta por 22 países que además de constituir históricamente un área de tránsito entre Europa y Asia, también posee casi la mitad de todas las reservas conocidas de petróleo y gas natural, además de otras riquezas, que la convirtieron en un blanco permanente de potencias extranjeras a lo largo de los siglos.

Intifah, la crisis económica de 2007-2008 y el neocolonialismo

El desempleo crónico, el aumento de la pobreza y la falta de libertades democráticas están entre las razones inmediatas para esta oleada revolucionaria.

Por detrás de estas, hay cuestiones estructurales.

La primera de ellas es la llamada Intifah (abertura). Anunciada por el ex presidente egipcio Anwar Sadat en 1974, ella representó un cambio del modelo capitalista.

El ex presidente Abdel Nasser aplicó un modelo capitalista desarrollista basado en grandes empresas nacionalizadas para promover la sustitución de importaciones por la producción nacional. Ese modelo era denominado “socialismo árabe”.

Sadat terminó con ese modelo desarrollista y aplicó la receta neoliberal del FMI, con la abertura del mercado, privatizaciones, reducción de gastos públicos, reversión de la reforma agraria, y flexibilización de salarios y de derechos laborales para atraer inversiones extranjeras. Más allá de eso, acabó con la cooperación estratégica con la URSS y la inició con los Estados Unidos.

Ese cambio de modelo promovió un asalto a las condiciones de vida de los trabajadores y el pueblo en general.

Luego de su adopción en Egipto, la Intifah fue aplicada en varios otros países de la región a lo largo de los años y se tornó modelo de los programas de ajuste económico del FMI en los años 1980 en todo el mundo. Los demás regímenes nacionalistas árabes también, uno a uno, se asociaron y pasaron a ser agentes del orden imperialista en la región.

La otra cuestión fue la crisis económica mundial de 2007-2008 en los Estados Unidos, Europa y Japón, que también afectó a los países árabes, particularmente en cuanto al precio de los alimentos básicos: el trigo y el arroz.

Está también la cuestión del neocolonialismo, que impuso una inserción subordinada de la región a la división mundial del trabajo y al orden mundial capitalista. La mayoría de los países se encontraba bajo el área de influencia del imperialismo estadounidense. Las excepciones son Túnez, Argelia y Marruecos, bajo la hegemonía del imperialismo francés; Libia, bajo la hegemonía del imperialismo italiano; y Siria, bajo hegemonía rusa. Esta condición semicolonial implica la profundización de la explotación de los trabajadores, la aprehensión del producto del trabajo por las empresas transnacionales, además de la opresión del pueblo en general.

Por fin, la derrota político-militar de las invasiones americanas en Afganistán y en Irak ampliaron el sentimiento antiimperialista de las masas y dificulta hasta hoy cualquier tipo de intervención imperialista, sea ella política o militar.

Primavera o revolución

La fuerza y la extensión de esas revoluciones suscitaron una serie de debates. En este artículo trataremos de uno de ellos, relativo a la naturaleza de esa ola revolucionaria.

El imperialismo y sus ideólogos y sus medios propagan la supuesta incompatibilidad de la cultura árabe y/o islámica con los valores democráticos.

Esa ideología siempre estuvo puesta al servicio de legitimar el apoyo de las diferentes potencias imperialistas a los regímenes dictatoriales, monárquicos o republicanos en los países árabes.

El estallido de centenas de millares de árabes en las calles de las principales ciudades de la región exigiendo libertad y el fin del régimen demostró que no eran los trabajadores y el pueblo los que gustaban de dictaduras sino sí las burguesías y sus socios imperialistas.

A pesar de que los pueblos árabes y sus activistas denominaron revoluciones a esos levantes, los medios occidentales adoptaron otra nomenclatura: la primavera árabe. Esta simpática denominación diluyó el contenido de transformación radical de esas revoluciones que amenazan no solo a las dictaduras y el orden regional imperialista sino, también, pueden influenciar el surgimiento de movimientos similares en todo el mundo. Primavera también evoca la idea de temporalidad, de duración limitada, como la Primavera de los Pueblos de 1848, pero que no fue el caso de las revoluciones en cuestión.

Una de las mejores definiciones de revolución fue dada por el revolucionario ruso León Trotsky en el prólogo de su obra Historia de la Revolución Rusa. En nuestra opinión, esa definición de revolución representa el contenido de las revoluciones árabes:

El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, estas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos[1].

Revolución o contrarrevolución

Otro debate ocurrió entre las filas de la llamada izquierda mundial. La mayoría de las organizaciones de izquierda, en particular las de matriz estalinista e neoestalinista, salieron en defensa de los viejos regímenes oriundos del nacionalismo árabe, como el libio y el sirio, y denominaron los levantes obreros y populares de contrarrevolución.

Como regla, esas organizaciones desprecian el protagonismo de las masas árabes y atribuyen los levantes a la conspiración imperialista o islámica.

Un ejemplo concreto fue la tentativa de esas organizaciones de izquierda de asociar la revolución siria con el grupo autodenominado Estado Islámico (Daesh), organización de extrema derecha de origen iraquí que reunió integrantes de todo el mundo y se dedicó prioritariamente a atacar las zonas liberadas bajo control del Ejército Libre de Siria y, posteriormente, las ciudades kurdas en Siria.

Hubo también organizaciones de la izquierda trotskista, como el PTS argentino, que no apoyaron las revoluciones árabes y, por lo tanto, objetivamente, quedaron del lado de los dictadores y del imperialismo.

Reproducimos abajo fragmentos de dos artículos de periodistas marxistas vinculados a la Liga Internacional de los Trabajadores (Cuarta Internacional) que debaten esta cuestión:

El caso libio

En este artículo “¿Dónde está la revolución y dónde la contrarrevolución en Libia?”, la LIT-CI explica su posición:

Desde la LIT, por el contrario, sostuvimos desde el comienzo que en Libia se estaba dando una revolución popular y antiimperialista, pues enfrentaba a la dictadura sanguinaria de Gadafi, uno de los principales agentes del imperialismo en la región. Coherentemente con esta caracterización de dónde estaba la revolución y dónde la contrarrevolución, nos colocamos al lado de las masas libias y saludamos como una tremenda conquista democrática la destrucción del régimen gadafista y el ajusticiamiento del dictador a manos de las milicias populares. (…)

Con la misma fuerza, también desde el primer momento, denunciamos a la intervención imperialista de la OTAN como contrarrevolucionaria. Levantando la consigna “No a la OTAN, Fuera Gadafi”, explicamos que la contradicción expresada en que la intervención imperialista se haya ubicado durante la guerra civil en el mismo campo militar de las masas armadas y en contra de su agente, Gadafi, se debía a la dificultad política que tiene actualmente el imperialismo para invadir de forma directa con sus tropas y a que se vio obligado a intervenir por dentro de un levantamiento armado para disputarlo y derrotarlo, tarea primordial que Gadafi demostró ser incapaz de cumplir, convirtiéndose así en un elemento descartable[2].

El caso sirio

En el artículo “Exigir o no armas del imperialismo”, el periodista marxista Daniel Sugasti explica la posición de la LIT-CI:

la LIT-CI plantea la necesidad de desarrollar una política de amplia solidaridad internacional con la causa del pueblo sirio. Esto significa, concretamente, una campaña de ayuda, incondicional y en todos los sentidos, por la victoria militar rebelde.

Así, sostenemos que una tarea imperiosa es impulsar la más amplia movilización para exigir en nuestros países y a todos los gobiernos del mundo, incluidos los de los países imperialistas, el envío inmediato de modernas armas pesadas, medicamentos y todo tipo de ayuda material para las milicias rebeldes del ELS y los Comités de Coordinación Locales, sin condiciones de ninguna naturaleza.

Nuestra exigencia de armas no incluye a las brigadas ligadas a Al Qaeda y al Estado Islámico de Irak y el Levante, cuya visión sectaria y confesional-religiosa del conflicto las llevó a romper el frente militar contra la dictadura y, en varias zonas, comenzaron a atacar milicias kurdas y del ELS, actuando como “quinta columna” del régimen. (…)[3].

Partido revolucionario, el gran ausente

La fuerza de las revoluciones golpeó los regímenes en toda la región, pero de las reivindicaciones por pan, libertad y justicia social, solo la revolución tunecina conquistó libertades democráticas.

Hubo en Túnez un cambio de régimen político, de bonapartista a democrático-burgués, que no desmanteló los servicios de inteligencia ni afectó la estructura capitalista del país. Dos coaliciones electorales burguesas se relevan en el poder sin proveer cualquier solución a la pobreza y el desempleo, con flexibilización de los derechos laborales, y corte de inversiones públicas en educación y salud.

En Egipto, en medio de un levante popular contra el presidente electo Mohammad Morsi, los militares tomaron el poder y restauraron el viejo régimen sobre la base de masacres como la de Rabaa al-Adawiy y la represión generalizada. Vale recordar que la revolución egipcia consiguió levantar el cerco criminal a los palestinos en la Franja de Gaza por treinta meses, entre 2011 y 2013, además de promover una ocupación de la embajada israelí en El Cairo.

En Libia, el Estado libio y sus fuerzas armadas fueron desmantelados, pero hoy el poder está en disputa entre dos fracciones burguesas proimperialistas.

En Bahrein, las fuerzas armadas sauditas invadieron el sultanato y ahogaron en sangre la revolución.

En Yemen, el régimen en la práctica fue desmantelado. La región más rica del país, el norte, está bajo el control de las milicias houthis, que son apoyadas por el régimen iraní y están bajo intenso bombardeo de las fuerzas armadas sauditas hace cinco años. En el sur, las milicias separatistas del Consejo Transicional Meridional (STC) tienen el control, apoyadas por los Emiratos Árabes Unidos. El presidente “reconocido” por la comunidad internacional y apoyado por Arabia Saudita, Abd Rabbuh Mansur Hadi, vive en el exilio con pocas milicias leales.

En Siria, el debilitado régimen assadista gobierna un país con áreas enteras destruidas, la economía en harapos y el racionamiento de pan. Es apoyado por las fuerzas militares de Rusia y las milicias pro Irán. Milicias kurdas y tropas americanas controlan cerca de 25% del territorio sirio en el nordeste del país. Por fin, las fuerzas turcas controlan una extensa franja fronteriza, además de las provincias septentrionales de Idlib y Afrin.

En medio de este escenario en el cual las fuerzas de la contrarrevlución (regímenes árabes y potencias regionales e imperialistas) no economizan esfuerzos para destruir las revoluciones, en diciembre de 2018 explotó una segunda ola de revoluciones a partir del Sudán, y después Argelia, Irak y el Líbano.

Por un lado, las revoluciones enfrentan enormes obstáculos para imponerse. Por otro lado, las fuerzas de la contrarrevolución no consiguen estabilizar la situación, sea por la vía militar, sea por la vía de las concesiones económicas, que están aún más distantes debido a la pandemia de coronavirus y la subsecuente recesión mundial.

Entre las debilidades de las revoluciones, la principal es la ausencia de un partido revolucioanrio implantado en los lugares de trabajo y en los barrios populares. Un partido que construyese una alternativa independiente de los trabajadores en Libia y en Túnez contras las dos coaliciones burguesas. Un partido que alertase a la juventud y a los trabajadores egipcios que el pueblo y el ejército no son una única mano. Un partido que fuese una alternativa a las direcciones del Consejo y después a la coalición de la oposición siria y el PYD, que defendiese la unidad de las fuerzas de la revolución siria y kurdas contra Assad. Un partido que uniese la resistencia palestina a las revolucoiones árabes en una única lucha contra el Estado de Israel, los regímenes árabes y el imperialismo.

La Liga Internacional de los Trabajadores (Cuarta Internacional) apoyó y continúa apoyando todas las luchas, protestas y revoluciones obreras y populares en el mundo árabe. Para la LIT-CI, la lucha contra los regímenes dictatoriales y por las libertades democráticas deben ser encaradas como parte de un programa obrero y socialista que tenga como objetivo la toma del poder por la clase trabajadora para que sean atendidas no solo las reivindicaciones democráticas sino principalmente, las reivindicaciones obreras contra el capitalismo. Y llama a los/las activistas a unirse cono nosotros para construir partidos revolucionarios en todos los países árabes.

Notas:

[1] https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/prologo.htm, consultado 18/12/2020.-

[2] https://litci.org/es/idonde-esta-la-revolucion-y-donde-la-contrarrevolucion-en-libia/, 13/12/2011.-

[3] https://litci.org/es/exigir-o-no-armas-al-imperialismo/, 18/10/2015.-

Traducción: Natalia Estrada.