La guerra y la revolución se suceden a menudo en la historia.
En tiempos ordinarios las masas obreras realizan pasivamente el duro trabajo cotidiano, sometiéndose a la potente fuerza de la costumbre. Ni los capataces ni la policía ni los carceleros ni los verdugos podrían sujetar a las masas sometidas si no tuviesen esa costumbre, verdadera sirviente del capital.

León Trotsky, 17 de marzo de 1917

La guerra, que despedaza y masacra a las masas, es también peligrosa para los gobernantes, precisamente porque sacude de golpe al pueblo haciéndole salir de su estado de costumbre, con su tormenta despierta a los elementos más atrasados e ignorante[s] y los fuerza a mirarse a sí mismo y a quienes les rodean.

Empujando a millones de trabajadores al fuego, los dirigentes deben cambiar la costumbre por promesas y mentiras. La burguesía embellece su guerra con todos los rasgos que son queridos por los corazones magnánimos de las masas populares: ¡guerra por “la libertad”, por “la justicia”, por “una vida mejor”! Al remover a las masas hasta lo más profundo, la guerra acaba inevitablemente embaucándolas: no les aporta más que nuevas heridas y nuevas cadenas. Por este motivo, la tensión de las masas engañadas, provocada por la guerra, lleva frecuentemente a una explosión contra los dirigentes; la guerra alumbra la revolución.

Así pasó hace veinte años durante la guerra ruso-japonesa: inmediatamente acentuó del descontento del pueblo y llevó a la revolución de 1905.

Hace 46 años en Francia, lo mismo: la guerra franco-prusiana de 1870-1871 llevó al levantamiento de los obreros y a la creación de la Comuna de París.

Los obreros de París fueron armados por el gobierno burgués como Guardia Nacional para defender la capital contra las tropas alemanas. Pero la burguesía francesa tenía más miedo de sus proletarios que de las tropas de los Hohenzollern. Tras la capitulación de París, el gobierno republicano intentó desarmar a los obreros. Pero la guerra había despertado en ellos un espíritu de indignación. No querían volver a la fábrica como los mismos obreros que habían sido antes de la guerra. Los proletarios parisinos se negaron a entregar sus armas. Se produjo un enfrentamiento entre los obreros armados y los regimientos gubernamentales. Esto sucedía el 18 de marzo de 1871. Los obreros salieron victoriosos, convirtiéndose en los dueños de París, y el 28 de marzo de 1871 (bajo el nombre de la Comuna) establecieron un gobierno obrero en la capital. La Comuna no duró mucho tiempo. Sus últimos defensores cayeron el 28 de mayo tras una heroica resistencia contra el asalto de las hordas burguesas. Después comenzaron semanas y meses de sangrientas represalias contra los participantes en la revolución proletaria. Sin embargo, a pesar de su breve existencia, la Comuna ha permanecido como el mayor acontecimiento de la historia de la lucha proletaria. Basándose en la experiencia de los obreros parisinos, el proletariado mundial vio por primera vez que es una revolución proletaria, cuáles son sus objetivos y vías.

La Comuna comenzó confirmando a todos los extranjeros elegidos para el gobierno obrero. Declaró: “La bandera de la Comuna es la bandera de la República Mundial”.

Purgó al Estado y a las escuelas de la religión, abolió la pena capital, derrocó la columna Vendôme (monumento al chovinismo) y transfirió todos los puestos a verdaderos servidores del pueblo, fijando un salario igual al del obrero.

Puso en marcha un censo de las fábricas y centros de trabajo que los capitalistas asustados habían cerrado, lo hizo para empezar la producción con financiación pública. Era el primer paso hacia una organización socialista de la economía.

La Comuna no pudo llevar a cabo todos sus planes: fue aplastada. La burguesía francesa, con la ayuda de su “enemigo nacional” (que enseguida se convirtió en su aliado de clase), Bismarck, ahogó en sangre el levantamiento de su verdadero enemigo, la clase obrera. Los planes y tareas de la Comuna no llegaron a concretarse. Pero entraron en el corazón de los mejores hijos del proletariado del mundo entero; se ha convertido en la herencia revolucionaria de nuestra lucha.

Y ahora, el 18 de marzo de 1917, la imagen de la Comuna se yergue ante nosotros más nítidamente que nunca pues, tras un gran intervalo de tiempo, hemos entrado en la época de las grandes batallas revolucionarias.

La guerra mundial ha arrancado a decenas de millones de trabajadores de sus condiciones habituales de trabajo y de vida vegetativa. Hasta el presente esto solo ha ocurrido en Europa; mañana también se producirá en Norteamérica. Jamás habían recibido tales promesas las masas obreras; jamás otrora se les había pintado objetivos talmente radiantes; jamás se les había adulado como se ha hecho en esta guerra. Jamás anteriormente las clases poseedoras habían osado pedirle tanta sangre al pueblo en nombre de esa mentira que se llama “la defensa de la patria”. Y jamás se había mentido, traicionado y crucificado tanto a los obreros como hoy en día.

En las trincheras desbordantes de sangre y lodo, en los pueblos y ciudades hambrientos, millones de corazones están llenos de indignación, de desasosiego y [de] rabia. Y esos sentimientos combinados con el pensamiento socialista se transforman en entusiasmo revolucionario. Mañana, esa llama ascenderá a la superficie en potentes levantamientos de las masas obreras.

El proletariado de Rusia ya ha entrado en la ruta de la revolución y bajo su ofensiva los bastiones de los más vergonzosos despotismos caen y se hunden. La revolución en Rusia, sin embargo, solo es la precursora de levantamientos proletarios a lo largo de toda Europa y del mundo entero.

“¡Recordad la Comuna!”, les diremos nosotros, los socialistas, a las masas obreras insurgentes. ¿La burguesía os ha armado contra el enemigo extranjero? ¡Negaos a devolver vuestras armas a la burguesía, igual que hicieron los obreros parisinos en 1871! ¡Como Karl Liebknecht os llamó a hacer, apuntad esas armas contra vuestro verdadero enemigo, contra el capitalismo! Arrancad de sus manos la máquina del Estado, transformadla de arma de violencia burguesa en aparato de autogobierno proletario. Ahora sois incomparablemente más fuertes de lo que lo eran vuestros predecesores en la época de la Comuna. Destronad a todos los parásitos. Tomad la tierra, las minas y fábricas y gestionadlas vosotros mismos. ¡Fraternidad en el trabajo, igualdad en el reparto de los frutos del trabajo!

¡La bandera de la Comuna es la bandera de la República Mundial del Trabajo!

(Versión al castellano desde Sous la bannière de la Commune, Marxists Internet Archive – Léon Trotsky, Les oeuvres, publicado el 17 de marzo de 1917 en Novy Mir).