En setiembre de 1862, el rey Guillermo I de Prusia, frente a una seria crisis política, nombró como su hombre fuerte al conde Otto von Bismarck para comandar su gobierno. Con él, la reestructuración del ejército prusiano, en curso, gana nuevo impulso llevada a cabo por el Mariscal Helmuth von Moltke sobre la base de muchas de las ideas de Clausewitz.

Por Américo Gomes, 10/4/2021.-

El ejército se modernizó con los cañones Krupp (más fuertes, precisos, rápidos y resistentes), utilizando ampliamente la red ferroviaria para el transporte de tropas, la conscripción amplia, y nuevos métodos para operar en los campos de batalla.

Con eso, Prusia se lanza a la guerra contra Dinamarca, derrotándola en julio de 1864, y Prusia conquista de nuevo dos territorios, para ser administrados junto con Austria. Una nueva guerra se desencadena contra Austria en 1866, donde gana Prusia, y con eso constituye la Confederación de la Alemania del Norte. Engels consideró este proceso como revolucionario[1].

En Francia, en la década de 1860, hubo algunas concesiones democráticas, como la legalización de las huelgas y alguna libertad de prensa y de reunión, pero se mantenía como un Estado policial, donde la policía política controlaba a los 170.000 parisinos con 4.000 policías e incontables infiltrados. El gobierno de Napoleón III tenía muchos problemas y por eso decidió ir a la guerra contra Alemania para ver si se recuperaba de su desgaste interno. Alegó que los Hohenzollern querían tomar el trono de España y que Francia quedaría cercada. La guerra fue declarada en julio de 1870.

A diferencia de lo que pretendía Napoleón III, la guerra llevó al desmoronamiento del Segundo Imperio Francés y a la constitución de la Tercera República, con la captura de Napoleón en la Batalla de Sedán y la pérdida de las regiones de Alsacia y Lorena.

A partir de ahí, la guerra de defensa de Alemania contra Luis Bonaparte se transforma en una guerra de conquista contra el pueblo francés [2].

París obrera, hambrienta y armada

La población de París fue de un millón en 1850 para dos millones en 1870; 500.000 eran clasificados como indigentes. Nuevas fábricas llegaron y la población obrera creció mucho. El gobierno calculaba que 70% de la población pasaba hambre. La inflación era alta y los salarios bajos, y los sindicatos ilegales. Muchas mujeres obreras trabajaban en las fábricas ganando la mitad que los salarios de los hombres, principalmente en la industria textil.

Los parisinos aptos para pegar las armas entraron en la Guardia Nacional y fueron armados, de modo que los obreros formaban ahora su gran mayoría. Ellos elegían a sus comandantes de compañía, que elegían a los comandantes de batallón. Eran 254 batallones hacia finales de setiembre de 1870, con cerca de 300.000 combatientes.

Las tropas republicanas intentaron un ataque más contra los alemanes el 19 de enero, con una fuerza de 100.000 soldados, comandados por Trochu. Avanzaron sobre las tropas prusianas pero fueron derrotados, con la pérdida de más de 4.000 soldados. Eso creó una desmoralización muy grande entre las tropas burguesas y un levante en los barrios obreros de París, con nueva represión por parte de las tropas del gobierno, que tiraron contra los manifestantes por orden de Gustave Chaudey, y mataron a cinco personas.

Finalmente, el 26 de enero París capituló a las tropas germanas y el 28 el gobierno concordó con el armisticio. Francia tuvo que pagar una gran indemnización, además de entregar territorios, y el Imperio alemán fue proclamado en el Palacio de Versalles.

Las fortificaciones se rindieron, las trincheras fueron desarmadas, las armas de la línea y la Guardia Móvil, entregadas. Pero la Guardia Nacional conservó sus armas y cañones, y apenas se puso en situación de armisticio.

La Guardia Nacional se había organizado desde febrero cuando el Comité Central pasó a ser su comando general, elegido por el conjunto de la tropa, y en marzo elige su Comité Ejecutivo. En vísperas de la entrada de los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para el transporte de sus cañones y ametralladoras a Montmartre, Belleville y La Villette. De los 300.000 guardias nacionales solo 300 respondieron al llamado de desarme de Thiers.

La Guardia Nacional era organizada en compañías formadas con gente de los alrededores y de los barrios[3], reuniendo a vecinos y compañeros de trabajo, cada compañía elegía un delegado que actuaría como “policía política y militar”[4].

La capitulación y el nuevo gobierno

Adolphe Thiers fue electo el 8 de febrero para el nuevo gobierno de la República. Días después se estableció en Versalles, distante de la París proletaria, donde ya se encontraba la alta burguesía como los Rothschild, apoyados mayoritariamente por los parlamentarios conservadores, pero también por sectores de la izquierda tradicional[5].

La Asamblea Nacional de la República aprobó leyes que perjudicaban a los trabajadores, prohibió los diarios de izquierda y condenó a prisión a August Blanqui y a Gustave Flourens, este último en ausencia. Suspendió el pago a los guardias nacionales, dejando a millares de familias sin ingresos. Eso porque su principal objetivo era desarmar a la clase obrera en la ciudad.

La provocación

Thiers necesitaba desarmar a la clase obrera y para eso desencadenó una guerra civil, enviando al general Vinoy, con los sergents-de-ville y algunos regimientos de línea en una expedición nocturna contra Montmartre, para tomar allí, por sorpresa, la artillería de la Guardia Nacional, el 18 de marzo.

Pero una gran movilización popular lo impidió, teniendo al frente a dirigentes altamente populares[6], como Louise Michel, Emile Duval y Eugene Varlin, el presidente del Comité Central de la Guardia Nacional. Édouard Moreau, [señaló:] “un enjambre de mujeres y niños subió las laderas de los morros”[7]. El oficial bonapartista, general Lecomte, había dado la orden de hacer fuego contra la población desarmada en la Plaza Pigalle, sus hombres se negaron y en lugar de tirar sobre las mujeres y los niños, tiraron sobre él y ejecutaron a Clément Thomas.

A partir de ahí, los obreros tomaron posesión de París y el Comité Central de la Guardia Nacional pasó a ser el gobierno provisorio. Tomaron la sede de la policía y el Hotel de Ville.

El 26 de marzo se hizo la elección para la Comuna, compuesta también por miembros de la Guardia Nacional. Políticamente, la mayoría era blanquista. El Comité Central de la Guardia Nacional, que hasta el momento dirigía el gobierno provisorio, renunció a favor de ella.

Para garantizar su gobierno, los miembros de la Comuna pidieron préstamos al Banco de Francia y fueron rápidamente atendidos, pero nunca confiscaron ningún dinero de los bancos. Tuvieron un “sagrado respeto” con el Banco de Francia, que “valía más que diez mil rehenes”.

“La Comuna era, así, el verdadero representante de todos los elementos sanos de la sociedad francesa y, por lo tanto, el verdadero gobierno nacional, y era al mismo tiempo, como gobierno de obreros, como campeón intrépido de la emancipación del trabajo, expresivamente internacional”[8].

La base de la contrarrevolución

La primera tentativa de Thiers de subyugar París fue a través de los prusianos, para ocuparla. Pero Bismarck se negó, por miedo a las repercusiones de este enfrentamiento. La segunda tentativa, el 18 de marzo, fracasó frente a la resistencia parisina.

No obstante, gracias a la falta de iniciativa de la Comuna para atacar, Thiers tuvo tiempo para preparar un nueva ofensiva. Su primer paso fue reconstruir el ejército, basado en los bonapartistas de la “Sociedad de los Amigos del Orden”[9], además de una horda de bonapartistas, orleanistas, clérigos y conservadores que formaron una agrupación paramilitar de estos sectores de derecha decididos a destruir la república democrática y social. Pero fue preciso “mendigar” al gobierno prusiano la restitución de los soldados franceses prisioneros de Sedán y Metz. Con la firma del Tratado de Frankfurt, Bismarck liberó a los soldados presos para el Ejército de Versalles. Ellos representaban 25% de los 130.000 soldados[10].

Con eso, los combates volvieron a darse el 30 de marzo con los versalleses bajo el comando del general Gaston Gallifet, en los alrededores de París, y los comunardos huyendo de estos pequeños embates. El 2 de abril, los versalleses vencieron la resistencia y tomaron Courbevoie, punto clave de la defensa en París. Los treinta soldados de la Guardia Nacional tomados prisioneros fueron fusilados.

Solamente cuando recibieron esta noticia, algunos miembros de la Comuna, como Duval, pasaron a defender un ataque a Versalles. Realizaron un ataque el 3 de abril, con 20.000 combatientes comandados por Emile Eudes, Gustave Flourens y Duval. Pero fueron derrotados frente al violento bombardeo que se inició a la salida de París. Solamente la tropa de Eudes tuvo algún avance, y luego debió retroceder. Duval y Flourens fueron capturados. Flourens fue muerto ahí mismo en las márgenes del Sena y Duval fue fusilado por las tropas, sin ningún juicio. Como resultado, los versalleses lanzaron un contraataque al día siguiente, capturando varias áreas cercanas a París.

Entre el 12 y el 15 de abril, los versalleses atacaron y ocuparon varios fuertes, como Vanves Issy, y la Comuna perdió cerca de 3.000 combatientes.

Mientras tanto, los prisioneros parisinos llevados para Versalles eran sometidos a atrocidades, masacrados a sangre fría.

Con la firma final del tratado de paz entre Francia y Alemania, el 20 de mayo, el ataque total que estaba programado para el 22 o 23 se anticipó para el 21. Las tropas comandadas por el general Felix Douay entraron en la capital por el Puente de Saint Cloud, apoyados por los “Voluntarios del Sena”, que entraron en París comandados por Arthur Grandeffe.

Los desencuentros del comando

Cuando realizaban las reuniones de la Comisión de Guerra, con los comandantes Jaroslaw Dombrowski, Walery Wroblewski y Napoleón La Cecilia, quedaba clara la debilidad del comando y el desorden total. Además, constantemente había conflictos entre el Comité Ejecutivo de la Comuna y el CC de la Guardia Nacional, cada uno con su dirección no solo sin coordinación sino muchas veces en sentidos opuestos[11]. Era constante en las legiones de combate el rumor de una ruptura entre el CC de la Guardia Nacional y el Comité de Salvación Pública.

A pesar de haber informaciones centralizadas en el Hotel de Ville, había una ausencia de liderazgo militar efectivo. Los soldados describían un clima de completa improvisación, incoherencia y caos, con un escenario de turba, “en que todo el mundo manda y nadie obedece”[12]. La Comisión Ejecutiva no sabía comandar, el Comité Central no quería subordinarse. El Comité Central reclamaba de la incompetencia de la Comuna, pero era incapaz de articular una orientación precisa[13].

Cuando decidían atacar lo hacían de manera desordenada y sin un plan preconcebido, rumbeando para verdaderas aventuras, como el ataque del 3 de abril[14]. “La ausencia de una planificación centralizada para la defensa de la capital era más que tristemente aparente”[15]. La única orden que los oficiales recibían era: “Defiéndanse”. No hubo un plan general ni Consejo General de Defensa ni fiscalización de las órdenes dadas. Había un clima de negligencia e indisciplina. La Corte Marcial que intentaba punir los relapsos era desautorizada por el Comité Ejecutivo, que anulaba sus sentencias alegando que tenían “esprit politic”[espíritu político][16].

El 21 de mayo, después de la invasión de París, la última sesión del Consejo de la Comuna no deliberó sobre nada ni apuntó una Asamblea permanente o convocó al Comité de Salvación Nacional[17]. En fin, ninguna deliberación de emergencia[18]. El Estado Mayor negó la entrada de los versalleses; el delegado civil del Comité de Guerra, Louis Charles Delescluze se negó a aceptar la noticia y dar el alerta.

“Si la mínima visión de conjunto dirigiese tal esfuerzo, si Montmartre o el Panteón cruzasen sus fuegos, si hubiese habido alguna explosión hábilmente preparada, el Ejército de Versalles bien rápido habría dado media vuelta. Pero los federados, sin dirección, sin conocimiento de guerra, no vieron más allá de sus barrios, cuando no de sus calles”[19].

Provocadores

Había también la acción de los infiltrados y provocadores, muchos de ellos bajo el comando de Le Mère de Beaufond, ex oficial de la Marina. Sus principales ayudantes eran antiguos funcionarios públicos y del banco, y ex militares de la Legión, como Schoelcher Lasnier. Ellos tenían contacto con la Escuela Militar, la Comisión de Guerra, y con oficiales en las legiones de la Guardia Nacional. Realizaban intrigas entre estos oficiales y hacían circular rumores sobre los enfrentamientos entre la Comuna y el Comité Central. Intentaron incluso comprar a los comandantes de la Comuna[20].

El blanquista Raoul Rigault asumió la jefatura de policía, manteniendo una parte del personal, sustituyendo a todos los directores[21]. Liberó a los revolucionarios que estaban presos, hurgó en los archivos –que evitó que fuesen destruidos– con el objetivo de descubrir el nombre de los espías. Realizó un gran archivo con todos los posibles infiltrados, haciendo verificaciones cruzadas, con sus direcciones, sus funciones y sus hábitos, y organizó la persecución de los provocadores, mientras cumplía las resoluciones de la Comuna en lo que respecta a mejorar el régimen carcelario y la legalidad de las detenciones[22].

Cournet, su sustituto, fue más relajado y dejó que varios provocadores versalleses huyeran[23].

El centro de París

Inicialmente entraron 50.000 soldados de Versalles en la ciudad, pero luego los 130.000 ocuparon varios distritos y el depósito de pólvora. Sorprendentemente, ningún fuego de cañón los recibió, demostrando la falta de coordinación y adecuación de la defensa militar de la Comuna[24].

En Trocadero hicieron prisioneros a 1.500 y acabaron con las ilusiones iniciales de la Comuna. Siguieron para Champs-Elysees y tomaron el Palacio de Industria. La bandera tricolor fue puesta en el Arco del Triunfo. Los comunardos simplemente abandonaron la defensa oeste de París. En 24 horas ya habían ocupado un tercio de la ciudad, ejecutando sumariamente a los comunardos.

La columna de los versalleses se dirigió entonces a Montmartre, pasando por las barricadas organizadas por Jaroslaw Dombrowski[25]. Delescluze llamó a los parisinos a asumir la lucha, “La guerra revolucionaria”[26], pero solamente a última hora, al mismo tiempo que decretó el alistamiento en masa.

El centro de París quedó en manos de las tropas contrarrevolucionarias. Con el comando de Ernest Cissey avanzaron hacia Los Inválidos [complejo arquitectónico y Hotel Nacional des Invalides, ndt.] y la Escuela Militar, mientras los comunardos huían para salvar sus propias vidas atravesando el Sena con destino a Tullerías. Los moradores ricos de París comenzaban a volver.

Los comunardos retrocedían para los barrios más pobres, al este, y organizaban la resistencia en los “quartiers populaires”. En ese momento, contra los 130.000 solados de Versalles, la Comuna tenía solo 20.000[27].

Los incendios

Los comunardos pasaron a quemar los predios de los barrios que abandonaban, en un último intento de resistencia. Delescluze y Alfred Édouard Billioray firmaron una orden que decía: “Exploten o incendien las casas que puedan interferir en sus sistemas de defensa. Las barricadas no deben estar sujetas a ataques venidos de las casas”[28]. Rigault propuso explotar los puentes. La orden de la dirección militar era quemar las casas de donde partiesen tiros contra las barricadas. Incendiaron el Palacio de las Tullerías, símbolo de la autoridad gubernamental; el Palacio de Justicia, las Cour des Comptes [Tribunal de Cuentas, ndt.], el Palacio de la Legión de Honor, y parte del Palacio Royal, además de otros edificios y antiguas instituciones gubernamentales.

Oliver Lissagaray afirmaba que era mejor quemar las casas que dejarlas al enemigo y Louise Michel amenazó “París será nuestra o dejará de existir”[29]. Para Marx, “El gobierno de Versalles grita: «¡Incendios!» y susurra y deja a todos sus agentes hasta en el más remoto poblado: dar caza por todas partes a sus enemigos, como sospechosos de profesionales de los incendios. La burguesía del mundo entero, que mira complacientemente la masacre en gran escala después de la batalla, ¡queda convulsa de horror con la profanación del ladrillo y de la argamasa!”[30].

Las barricadas

Era difícil hacer barricadas en los bulevares, a diferencia de las calles estrechas, y el ejército de Versalles las explotaba cuando podía o las atacaba por los flancos, corriendo por las calles adyacentes o entrando en predios próximos, en casas, corriendo por los techos (aún más si estas casas eran habitadas por gente rica), y así, tirando contra las barricadas[31]. Uno de los errores tácticos de los comunardos fue no proteger estos flancos.

“En lugar de doscientas barricadas estratégicas, solidarias, fáciles de defender con 7.000 u 8.000 hombres, fueron sembradas centenas, imposibles de guarnecer. El error general fue creer que el ataque vendría de frente, al paso que los versalleses ejecutaran por todas partes movimientos de contorno”[32].

Las mujeres estuvieron en la línea de frente de la defensa de las barricadas. Nathalie Lemel fue una de las heroínas en la barricada de Place Blanche, y con más de 120 comunardas en su “batallón de amazonas”[33] ofreció fuerte resistencia a los invasores, las “heroínas de París”[34].

“Entonces fue inventada la leyenda de las petroleras, que, difundida por la prensa costó la vida de centenas de infelices. Corrió el rumor que brujas hechiceras tiraban petróleo en llamas en los sótanos. Toda mujer mal vestida, cargando una lata de leche, un frasco, una botella vacía, puede ser acusada de petrolera, arrastrada en jirones hasta el muro más próximo, y muerta a tiro a revólver”[35].

La resistencia en Montmartre

Montmartre, donde la Comuna había tenido inicio, era el punto más fuerte para la defensa. Quien comandó la resistencia fue el general Napoleón La Cecilia, pero como era corso tenía dificultad con el francés, tal vez por eso reclamase: “No me obedecen”[36]. Las barricadas estaban desorganizadas y los soldados de la Guardia Nacional abatidos. Él encontró 85 cañones sin uso desde hacía dos meses, algunos totalmente inutilizables. Las granadas de Montmartre, Belleville y Menilmontant no iban lejos.

Los cañones habían sido tratados de manera negligente en su mantenimiento y demoraron mucho en disparar, haciéndolo solo cuando los versalleses ya estaban bien protegidos. “Ochenta y cinco cañones y cerca de 20 ametralladoras yacen ahí sucios, en desorden”[37], no hay parapetos, blindajes o plataformas.

Lo que solamente fue compensado por la bravura de los combatientes y sus comandantes, como Benoit Malon, Elisabeth Dimitrieff y Louise Michel, que cuando no tenían más municiones y obuses usaron piedras y betún, pero se negaron a rendirse.

Los versalleses, por tres posiciones diferentes y comandados por Chinchant, pasaron por Batignolles y avanzaron hacia Montmartre. Dombrowski fue muerto en la barricada de la calle Myrha.

La fama de Montmartre era tan grande que MacMahon solo atacó cuando llegaron sus mejores tropas; esos millares de soldados llevaron horas, a veces, para tomar barricadas defendidas por una docena de tiradores. Los que resistían prácticamente no tenían ni comida ni municiones. Los “Voluntarios del Sena” hicieron 2.000 prisioneros en las búsquedas casa por casa, e instalaron una corte marcial donde centenas fueron ejecutados. La caída de Montmartre fue el golpe mortal para la resistencia.

Los versalleses mataban indiscriminadamente, a lo largo del camino, a hombres, mujeres, niños, médicos que trataban a los heridos, y a sus soldados si se negaban a matar a mujeres y niños. Una verdadera masacre fue realizada en este barrio.

Avanzaron para Belleville, donde los comunardos aún resistían con artillería y municiones. La 11ª Legión de la Guardia Nacional pasó a ser la tropa central para la defensa. La resistencia fue tenaz y osada en este barrio que tenía una organización más eficiente que cualquier otra región, pero aún con barricadas inadecuadas y cañones insuficientes. Pero el elemento fundamental para su derrota fue el aislamiento[38].

El último lugar importante a ser tomado fue La Bastilla. Wroblewski organizó la bravía resistencia en el lugar. Forzado a retirarse, él retrocede y cruza el Sena aún con mil combatientes y algunos cañones[39].“En esta batalla callejera, como en campo abierto, los niños se mostraron grandes como los hombres”[40].

El 25 de mayo, Eugene Varlin sustituye a Delescluze como secretario de Guerra, pero por poco tiempo. Fue uno de los últimos en abandonar el comando retrocediendo hasta Belleville, y fue muerto luego de la toma de este bastión. Junto con Ranvier, “el alma de La Villette y de Belleville”[41], comandan la resistencia al lado de lo que sobró del Comité Central de la Guardia Nacional.

El 28 de mayo, los últimos combatientes de la Comuna sucumbieron en las laderas de Belleville y Montmartre.

El fin de la semana sangrienta

La masacre durante toda la semana fue grande y tuvo su punto culminante con centenas de vencidos abatidos a ametralladora. Las bajas del ejército de Versalles totalizaron 873 muertes y 6.424 heridos. Las víctimas de la Comuna nunca fueron contadas oficialmente, pero se estima que fueron de 6.000 a 7.000 combatientes además de cerca de 17.000 fusilamientos sin juicios, llegando a un total de 35.000 muertos, sumando las víctimas, lo que es posible ya que en Belleville fueron 2.000[42]. También se hicieron cerca de 35.000 prisioneros llevados encadenados, en navíos, hacía Gran Bretaña, y 4.500 degradados para Nueva Caledonia.

El “Muro de los Federados”, en el cementerio del Père-Lachaise, fue uno de los lugares de los fusilamientos en masa. Los prisioneros que fueron llevados para el cuartel Lobau en Versalles, llamado el “Matadero de Versalles”, también eran sumariamente muertos.

A los bandos paramilitares les fueron distribuidas abrazaderas tricolor, para que oficialmente pudiesen realizar la matanza; muchos de ellos no participaron de los combates[43]. El general Gaston Gallifet quedó conocido como “La Estrella del Terror Tricolor” y afirmaba preferir ser conocido como un “gran asesino que como un pequeño homicida”[44]. Pero el arquitecto de todo era Thiers, que quería que la mayor cantidad de combatientes fuese muerto en París para que el mínimo llegase a Versalles. Fue proclamado presidente de la Tercera República en agosto de ese año.

Cerca de 1.500 comunardos llegaron a Bélgica, 2.500 a Suiza, y pocos a Inglaterra y España[45].

Aprender con los errores

La Comuna de París fue y es reivindicada por todos los que se consideran revolucionarios pero, desde el punto de vista militar, la Comuna sufrió una derrota a pesar de la magnífica capacidad militar de los obreros parisinos. Por eso, es muy importante identificar los errores que llevaron a eso, incluso para poder corregirlos.

Que podrían ser sintetizados como fruto de la indecisión y del espíritu conciliador de las esferas dirigentes, que llevó a su desagregación[46].

Marx creía que el Comité Central de la Guardia Nacional cedió prematuramente el lugar dirigente al Comité Ejecutivo de la Comuna electa. Pues la primera tarea debería pertenecer a un órgano de combate, que debería coordinar el centro de la insurrección y de las operaciones militares y no una administración autónoma de la democracia obrera[47]. Pues la Comuna debería haber tomado inmediatamente la ofensiva contra Versalles; además no expropió los bancos, un error cien veces peor[48]. Lissagaray afirma que la Comuna “era una barricada y no una administración”[49].

Para Lenin, los principales errores de la Comuna se concentraron en la insuficiencia de la ofensiva, la insuficiencia de la conciencia y decisión [para] destruir la máquina burocrática y militar del Estado y el poder de la burguesía[50].

Para Trotsky, la Comuna de París fue una “experiencia demasiado restricta”, combinada con la “falta de preparación de sus militantes, la confusión del programa, la falta de unidad entre los dirigentes, la indecisión de los proyectos, la excesiva perturbación en la ejecución, y el terrible desastre que de ahí resultó”[51].

“La Comuna no es una Asamblea Constituyente (…) es un consejo de guerra; ella solo debe tener un fin: la victoria; un arma: la fuerza; una ley: la salvación pública”[52].

Con certeza, Lenin y Trotsky utilizaron las enseñanzas y los errores de la Comuna de París para preparar la toma del poder en Rusia, en 1917.

Notas:

[1] Friedrich Engels. El papel de la violencia en la historia.

[2] Introducción de Friedrich Engels a la edición de 1891, en La Guerra Civil en Francia, de Marx.

[3] Arrondissements.

[4] John Merriman, A Comuna de Paris-1871: origens e massacre (publicado en español con el nombre: Masacre. Vida y muerte en la Comuna de París de 1871).

[5] Prosper-Oliver Lissagaray. Historia de la Comuna de 1871, capítulo XXIII.

[6] John Merriman, op. cit.

[7] Ídem.

[8] Karl Marx, La Guerra Civil en Francia, capítulo III.

[9] John Merriman, op. cit.

[10] Ídem.

[11] Ídem.

[12] Ídem.

[13] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XVII.

[14] ídem, capítulo XIV.

[15] John Merriman, op. cit., “La muerte llega para el arzobispo”.

[16] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XVII.

[17] Prosper-Oliver Lissagaray , op. cit., cap. XVII, “Que no da orientación, pero es pródigo en proclamas”.

[18] Prosper-Oliver Lissagaray, op.cit., capítulo XXVI.

[19] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XVII.

[20] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XXII.

[21] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit.

[22] Frente a la orden de Thiers de que la policía abandone París, cerca de 2.500 policías ingresaron en las tropas a camino de Versalles. Cerca de 1.500 de ellos no siguieron el camino, con una parte quedándose con las tropas revolucionarias, en: John Merriman, op.cit.

[23] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit, capítulo XXI.

[24] John Merriman, op. cit., “La batalla se vuelve contra los comunardos”.

[25] John Merriman, op. cit., “Comienza la Semana Sangrienta”.

[26] John Merriman, op. cit.

[27] John Merriman, op. cit., “Comienza la Semana Sangrienta”.

[28] John Merriman, op. cit.

[29] John Merriman, op. cit., “Comienza la Semana Sangrienta”.

[30] Karl Marx, La Guerra Civil en Francia, capítulo IV.

[31] John Merriman, op. cit.

[32] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XVII.

[33] John Merriman, op. cit., “Las cortes marciales en acción”.

[34] John Merriman, op. cit.

[35] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XIX.

[36] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XVIII.

[37] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XVII.

[38] John Merriman, op. cit.

[39] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XXX. “Considerado como Dombrowski, el único comandante con cualidades para comandar”.

[40] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XXX.

[41] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XXXI.

[42] John Merriman, op. cit.

[43] John Merriman, op. cit.

[44] John Merriman, op. cit.

[45] John Merriman, op. cit.

[46] León Trotsky. Comunismo y Terrorismo.

[47] Ídem.

[48] Prosper-Oliver Lissagaray, op. cit., capítulo XIV.

[49] León Trotsky. Comunismo y Terrorismo.

[50] V. I. Lenin. “Materiales preparatorios del libro El Estado y la Revolución.

[51] León Trotsky. Comunismo y Terrorismo.

[52] Ídem.

Traducción: Natalia Estrada.