El coraje, la combatividad, el trabajo incansable y la determinación impusieron a la Comuna la marca de las mujeres proletarias. Ellas fueron parte activa de los communards, de los primeros a los últimos momentos. Su ejemplo abrió camino para innumerables luchas y conquistas de las mujeres trabajadores pos Comuna.

Por: Cilene Gadelha y Roberta Maiani – Secretaría Nacional de Formación PSTU Brasil

Las Communards pertenecían principalmente a una clase social: eran trabajadoras; desempleadas, amas de casa, esposas e hijas de trabajadores; eran las mujeres de los barrios pobres, pequeñas comerciantes, prostitutas y “suburbanas”; explotadas y oprimidas por la burguesía.

A pesar de los enormes obstáculos impuestos a las mujeres en aquel momento –como la completa ausencia de derechos políticos, la total sumisión jurídica al padre o al marido (impuesta por el código napoleónico), las pésimas condiciones de trabajo, bajos salarios, asedio, sobrecarga doméstica, restricciones al pleno derecho a la educación, y el machismo en el interior de sectores del propio movimiento obrero– ellas no fueron meras ayudantes. Por el contrario, tuvieron una fuerte participación política, expresada en el gran número de mujeres involucradas en la Comuna, en la intensidad de su compromiso y dedicación en la defensa y construcción del naciente gobierno obrero.

Justamente, por cuenta de todos esos obstáculos, ellas vieron dentro de esa lucha revolucionaria la necesidad y la posibilidad de luchar por sus derechos como clase trabajadora explotada, pero también como mujeres, contra la opresión que sufrían, y con eso avanzaron enormemente en su organización y en su conciencia política. La “República del Trabajo” era también la República de las mujeres trabajadoras.

El compromiso y la combatividad ejemplar de las mujeres en la Comuna, trayendo junto la lucha por su emancipación, es lo que está por detrás de la enorme represión practicada contra los combatientes. Mujeres atrapadas con un arma en las manos en el campo de batalla eran inmediatamente fusiladas por el enemigo. El odio de la burguesía a los hombres proletarios de la Comuna era inmenso, pero la furia desatada contra las communards fue aún mayor; fueron violentadas por los vencedores reaccionarios, calumniadas, maltratadas, apodadas de incendiarias. En las prisiones y en los interrogatorios mostraron coraje y dignidad, defendieron con orgullo sus acciones en la Comuna sin acobardarse frente a la amenaza de cárcel, deportación y muerte. La participación de las mujeres en la Comuna confirma años antes la afirmación de Trotsky hecha en 1938 en el Programa de Transición:

La época de la decadencia capitalista afecta cada vez más duramente a la mujer, tanto a la asalariada como a la ama de casa. Las secciones de la Cuarta Internacional deben procurar apoyo en las camadas más explotadas de la clase obrera y, consecuentemente, entre las mujeres trabajadoras.

Encontrarán ahí inagotables fuentes de devoción, abnegación y espíritu de sacrificio.

Algunas de estas mujeres registraron su nombre en la historia, como ejemplos de abnegación y papel dirigente, como Louise Michel y Elisabeth Dmitrieff; pero, al hablar de la Comuna, tenemos que rescatar también la memoria de millares de “mujeres anónimas” que vivieron el proceso intensamente, de los clubes a las barricadas, que hicieron sentir su presencia en sus reivindicaciones y opiniones con el fervor de quien sabe que allí se trataba de cuestiones de vida o muerte. Mujeres que no constan en los registros históricos pero que dieron sus vidas por la Comuna, por la revolución proletaria. Dedicamos este artículo a las communards y a todas las que luchan hoy contra el sistema capitalista.

De los clubes a las barricadas: ¡mujeres presentes!

Cuidado con las mujeres cuando se sienten enojadas de todo lo que las rodea y se levantan contra el viejo mundo. Ese día nacerá un nuevo mundo (Louise Michel).

Incluso antes del 18 de marzo de 1871, las mujeres proletarias de la capital francesa se involucraron en las protestas contra el Segundo Imperio y en todas las movilizaciones de la clase que antecedieron y prepararon la Comuna.

Participaban activamente de los clubes, que eran espacios de discusión política que involucraban a sectores masivos de la población, manifestando su disposición de estar en la línea de frente en la defensa de París, frente a la amenaza de invasión por parte de las tropas prusianas que la cercaban. Muchas de ellas participaron del Comité Central Republicano de Defensa Nacional de los Veinte Distritos de París, auxiliando también en la movilización de la propia Guardia Nacional.

Cuando Adolphe Thiers ordenó que las tropas de su gobierno, localizado en Versalles, invadiesen la capital francesa para el retiro de los cañones y de las piezas de artillería que estaban en poder de la Guardia Nacional, fueron las mujeres que dieron la alarma a los batallones que defendían la capital francesa y se colocaron entre las tropas. Con eso, evitaron el enfrentamiento y auxiliaron en la confraternización, hecho que marcaría el inicio de la Comuna de París, el 18 de marzo de 1871.

Es posible percibir tal acción en la descripción hecha por Louise Michel:

“Yo descendí del monte, con mi espingarda bajo la casaca, gritando: ¡Traición! Nosotros pensábamos morir por la libertad. Nosotros sentíamos como si nuestros pies no tocasen el suelo. Si muriésemos, París se habría erguido. De repente, vi a mi madre cerca de mí y sentí una terrible ansiedad, inquieta, había llegado, y todas las mujeres estaban allá. Interponiéndose entre nosotros y los militares, las mujeres se lanzaron sobre los cañones y ametralladoras, los soldados permanecieron inmóviles. La revolución estaba hecha”.

Instaurada la Comuna, las mujeres no compusieron el Consejo General, pues estas elecciones fueron hechas sobre la base de las listas de votantes vigentes bajo el Segundo Imperio, y en estas no constaban las mujeres, lo que era una expresión de la desigualdad política y jurídica a la cual estaban sometidas.

Sin embargo, incluso partiendo de esa desigualdad, las mujeres no fueron menos activas que los hombres; actuaron en varios frentes de trabajo, organizadas junto con los trabajadores contra el poder burgués, pero también constituyeron organizaciones propias e hicieron que sus demandas fuesen reflejadas.

Ellas se articulaban, organizaban sus comités (de barrio y de vigilancia), escribían los textos y manifiestos, trabajan en ambulancias y cantinas en el seno de los batallones de federados para la defensa de los fuertes de Issy y de Vanves, y luego en las barricadas de la semana sangrienta.

En clubes, abiertos en las iglesias, la palabra era liberada y los asuntos eran variados: la defensa de la evolución, la educación de las jóvenes, la paridad de los salarios, las leyes sociales, la unión libre, la cobardía de los hombres, y el fin de la explotación del trabajo.

La actuación de la Unión de Mujeres para la Defensa de París se centró en tres cuestiones principales: el esfuerzo para involucrar a la mujer en el trabajo productivo, la educación de los hijos, y la participación en la defensa de París.

Se creó incluso un Comité Central de la Unión de Mujeres que, entre diversas funciones, auxilió en la Comisión de Trabajo e Intercambios, organizando aún el trabajo de las mujeres de París en la Unión de las Cámaras Sindicales Federativas de Trabajadoras. De la acción de las mujeres resultaron aún refectorios públicos, escuelas, un servicio permanente de ambulancias, la creación de periódicos dedicados a las mujeres, además de la fundación de clubes con el objetivo de realizar agitaciones políticas y debates.

Las mujeres, rápidamente percibieron que el enemigo principal no eran los prusianos y sí el poder instaurado en Versalles, y cuando los ataques a la Comuna se fueron intensificando, centenas de ellas se pusieron en marcha, en una tentativa de los Communards de atacar Versalles. El 3 de abril, 500 mujeres en la Place de La Concorde comenzaron a marchar en dirección a Versalles, y en Pont de Grenelle otras 700 se unieron al grupo.

Esa tentativa de ataque a Versalles no tuvo éxito, y la represión y los ataques del poder aristocrático-burgués solo aumentaba:

El 8 de abril aparece sobre los muros de París un cartel firmado por un grupo de mujeres, incluyendo a Nathalie Le Mel. El Journal Officiel hacía una convocatoria para el 11 de abril, a las 8 de la noche, al fin de organizar un movimiento de mujeres para realizar la defensa de París. Llamaban a las mujeres a las armas indicando que la patria estaba en peligro y que los enemigos eran los privilegios del orden social actual y todos aquellos que se enriquecen con la miseria de las mujeres. “¡No más explotadores! ¡No más patrones!”[1]

El 21 de mayo tuvo inicio la Semana Sangrienta: las tropas de Versalles, reforzadas por los millares de soldados del ejército francés liberados por Bismarck (véase allí ¡cómo dos gobiernos que habían estado en guerra se unieron para atacar a los proletarios!) atacan con una ferocidad implacable.

Fue una semana de ataques brutales, guerra en las calles y fusilamientos. Las mujeres cosían sacos para las barricadas y socorrían a los heridos, pero también estuvieron en los combates, con armas y piedras en las manos. Muchas de ellas con uniformes de la Guardia Nacional.

Louise Michel con el uniforme de la Guardia Nacional.

Con los ataques a la Comuna se constituyeron pelotones de mujeres dispuestas a luchar. Ellas tuvieron que enfrentar la resistencia de muchos hombres para ocupar ese espacio, pero hubo Communards que las apoyaron:

En un cartel del 14 de mayo de 1871 firmado por el coronel comandante de la 12 legión, Jules Montrels, dirigido a los guardias nacionales, se afirma que las mujeres pidieron armas al Comité de Salut Public para defender la Comuna y la república. Con eso, el coronel de la 12 legión decide que la compañía de Ciudadanas Voluntarias será organizada y armada y que esa compañía marchará contra el enemigo junto con la 12 legión. El coronel decide que todos los refractarios, o sea, todos los que no acepten la actuación de las mujeres, serán desarmados públicamente en sus batallones por las ciudadanas voluntarias; después de haber sido desarmados, esos hombres indignos de servir a la república, serán conducidos a prisión por las ciudadanas que los desarmaron. El cartel termina afirmando que la primera decisión de este tipo ocurrirá en la avenue Daumesnil[2].

Algunas de las mujeres que combatieron en la Semana Sangrienta eran herederas de las luchas y barricadas de 1848 (entre las Communards cuyo nombre entró para la historia tenemos a Josephine Courbois, conocida como “la reina de las barricadas”) y otras se sumaron en el calor de los acontecimientos, por percibir que allí era su lugar y que aquella guerra de clase también era de ellas.

Sobre eso, tenemos un relato dramático de un mujer que fue juzgada por haber robado un local de estatuas para iglesias, con el propósito de construir una barricada.

“¿Usted usó las estatuas de los santos para levantar una barricada?”, preguntó el juez. “Sí, es verdad. Pero las estatuas eran hechas de piedra y los que murieron eran de carne, dijo la communarda[3].

Las mujeres estuvieron hasta el final, resistiendo hasta la derrota de la última barricada, el 28 de mayo; parte de las que sobrevivieron fueron presas o deportadas. Mostraron dignidad y rebeldía hasta el fin, como podemos ver en la declaración de Louise Michel en su juicio:

“Yo pertenezco enteramente a la revolución social. Declaro aceptar la responsabilidad por mis acciones. (…) Se me dejaran vivir, no dejaré de clamar por venganza y denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos del Comité de las Gracias”[4].

Mujeres esperando la deportación.

Las medidas de la Comuna en relación con las mujeres

La Comuna, como el primer gobierno proletario de la historia, representó una avance enorme en el derecho de las mujeres y, aunque derrotada, dejó una fuerte herencia y ejemplo de lo que una revolución proletaria y socialista puede hacer por los sectores más oprimidos entre los trabajadores.

Cuando el proletariado osó tomar el cielo por asalto, revolucionó no solo el poder político e inició transformaciones económicas profundas, sino también revolucionó los demás campos de la actividad social, lo que se expresó en bibliotecas abiertas, amplias reuniones en los salones de las Iglesias –que fueron desligadas de su interferencia en la política– y en sus decretos.

A pesar del corto tiempo de existencia (72 días) y de todas las dificultades impuestas a una ciudad sitiada y arrasada por la guerra, que no posibilitó la implementación de una serie de decretos, podemos ver que para los Communards era también necesario transformar la cultura, la educación, y las relaciones entre los sexos.

Artículo VII. (…) transformación del Palacio de Justicia (…) en un vasto recinto de atracción y de diversión para niños de todas las edades (…) son abolidos todos los casos de delitos de opinión, de prensa y las diversas formas de censura: política, moral, religiosa, etc. París es proclamada tierra de asilo y abierta a todos los revolucionarios extranjeros, expulsados [de sus tierras] por sus ideas y acciones.

Artículo VIII. (…) creación de servicios populares encargados de embellecer la ciudad, haciendo y manteniendo canteros de flores en todos los locales donde la estupidez llevó a la soledad, a la desolación y a lo inhabitable;

Artículo XI. Es abolida la escuela “vieja”. Los niños deben sentirse como en su casa, abierta para la ciudad y para la vida. (…) El profesor antiguo deja de existir: nadie queda con el monopolio de la educación, pues ella ya no es concebida como transmisión del saber libresco (…)

Artículo XII. La sumisión de los niños y de la mujer a la autoridad del padre, que prepara la sumisión de cada uno a la autoridad del jefe, es declarada muerta. La pareja se constituye libremente con el único fin de buscar el placer común. La Comuna proclama la libertad de nacimiento: el derecho de información sexual desde la infancia, el derecho al aborto, el derecho a la anticoncepción. (…)

En pleno siglo XXI, frente a tantos ataques a los derechos democráticos de las mujeres, y a la completa ausencia de políticas como al debate sobre sexualidad y educación sexual para los niños y adolescentes, lo que consideramos de gran importancia para el combate a la violencia sexual y a la LGBTfobia desde el espacio escolar, el Artículo XII se destaca aún más.

Podemos citar algunas medidas más de la Comuna en relación con las mujeres:

  • La Comuna dio indemnización de 75 céntimos, sin hacer ninguna distinción entre las mujeres llamadas ilegítimas, las madres y las viudas de los guardias nacionales.
  • Las prostitutas, hasta entonces mantenidas en París para los “Hombres del Orden”, sin embargo mantenidas, para su “seguridad”, en condiciones de servidumbre personal bajo el dominio arbitrario de la policía, fueron liberadas de su esclavitud degradante por la Comuna, que, no obstante, barrió el suelo sobre el cual la prostitución florece, así como los hombres que la alimentan.
  • Salario igual al de los soldados de la Guardia Nacional del Frente para enfermeras avanzadas.
  • Escuela de mujeres con enseñanza profesional, con guardería, orfanato y atención a las desempleadas.
  • Derecho a la participación política (voto) y al divorcio.

La Comuna también buscó garantizar el derecho al trabajo para las mujeres:

“El día 16 de abril, un decreto prevé que las trabajadoras asociadas queden responsables por los ateliers abandonados por los patrones. Esos talleres son organizados desde los primeros días de mayo. Las mujeres de los comités de barrio realizan un gran trabajo: registran a las desempleadas, los talleres abandonados y preparan a quienes irán a trabajar en esos talleres”[5].

Lo que podemos ver en la Comuna –pero también en otros procesos históricos, como la Revolución Francesa y la Revolución de 1848– es que las mujeres pobres se levantaron, sobre todo cuando los problemas económicos amenazaban su nivel de vida y el de sus familias, pero que también conectaron estas cuestiones con las luchas por el poder e hicieron pleno uso de la oportunidad de presionar a favor de cambios en diversos ámbitos.

Para conquistar sus demandas, como derecho a salarios decentes e iguales a los de los hombres, guarderías, cuidado con los niños y ancianos, acceso a los estudios, al placer, derecho a la libertad, al voto, etc., se enfrentaban no solo con los hombres burgueses sino también con las mujeres burguesas, con sus patronas, … que conmemoraron las mujeres y niños muertos en las calles de París cuando la Comuna fue derrotada.

La lucha contra el machismo, en la perspectiva de la revolución

Esas mujeres también tuvieron que luchar contra la opresión en el interior de su propia clase: había dentro del movimiento obrero y sus corrientes, polémicas como la inserción de las mujeres en el trabajo fabril y la participación política de la mujer en el interior del movimiento obrero.

En la Comuna había un peso importante de los proudhonistas y en relación con la mujer, las posiciones de Proudhon eran de las más reaccionarias; para él:

“… la función de la mujer era la procreación y las tareas domésticas, y, por lo tanto, la mujer que trabajaba fuera de casa estaba robando el trabajo de los hombres. Él llegó a proponer que el marido tuviese derecho de vida o muerte sobre su mujer, en caso de desobediencia o falta de carácter, y demostraba mediante una relación aritmética, la inferioridad del cerebro femenino en relación con el masculino”[6].

La idea de que la mujer debería ser arrancada de la fábrica en pro de su dignidad, de sus “funciones naturales”, y que su trabajo afuera desvalorizaba el trabajo del hombre, encontraba eco dentro de la clase obrera y del movimiento socialista (no debemos dejar de considerar que la situación de competencia impuesta a los trabajadores por el capitalismo y que el uso de la opresión de la mujer para rebajar el salario de los trabajadores en general, era una fuerte base concreta para alimentar el machismo en el interior de la clase).

Sin embargo, no era la única posición vigente. Marx y Engels, desde el inicio de su relación con el movimiento obrero, y en diversas obras teóricas, defendían la inserción de la mujer en las fábricas como algo progresivo, y concretamente, defendían la participación de las mujeres en el movimiento, y que cumpliesen papeles importantes en las organizaciones de los trabajadores. Ejemplo de eso fue la política de enviar a Elisabeth Dmitrieff como representante de la AIT para actuar en la Comuna de París.

Dmitrieff participó de la creación de la Unión de Mujeres para la Defensa de París, perteneciendo a su comisión ejecutiva: luchó en los combates de la semana sangrienta, en uno de los cuales ayudó a Leo Frankel, herido en las barricadas, retornando al combate. Con el fin de la Comuna, consigue escapar de la represión y vuelve a Rusia.

Otro ejemplo importante de la actitud de los marxistas de la AIT en relación con las mujeres fue Leo Frankel, jefe del Comité de Trabajo de la Comuna, que dialogaba directamente con las mujeres que reivindicaban el derecho al trabajo y querían participar de las decisiones en relación con el control obrero de las industrias, especialmente de las fábricas textiles.

En la Comuna se entablaban batallas vivas por los derechos de las mujeres, y por su lugar en la revolución, pero en ningún momento ellas veían que su emancipación pasara por fuera de la lucha de los trabajadores. En esas batallas, ellas no estuvieron solas, y la resultante fueron medidas concretas que hasta hoy son ejemplo para todos y todas que luchan por el socialismo y contra cualquier forma de opresión.

La Comuna, la primera revolución obrera de la historia, con todas sus limitaciones, hizo mucho más por las mujeres que todos los gobiernos burgueses hasta hoy, y en este aspecto, solo fue superada por la Revolución Rusa, mostrándonos cuánto la revolución proletaria y socialista es el camino para la liberación de las mujeres y de todos los oprimidos.

¡Viva la Comuna de París!

Notas:

[1] Valle, Camila: As mulheres e a Comuna de Paris de 1871.

[2] Ídem.

[3] D’atri, Andrea: Comuna de París: mujeres pariendo un nuevo mundo.

[4] Ídem.

[5] Valle, Camila: As mulheres e a Comuna de Paris de 1871.

[6] Toledo, Cecília: A mulher e a luta pelo socialismo: clássicos do marxismo.

Traducción: Natalia Estrada.