Mié May 29, 2024
29 mayo, 2024

50 años de la revolución portuguesa: lecciones para la acción revolucionaria hoy

LIT- Europa

En el marco de la campaña por los 50 años de la revolución portuguesa, el pasado 30 de abril las secciones de la LIT en Europa, llevaron a cabo una LIVE para hablar de dicha revolución. Una actividad que consideramos fue muy exitosa y en la que tres compañeros explicaron desde distintos ángulos, qué fue la última revolución obrera en Europa del S.XX, cuálesfueron sus logros y limitaciones y, sobre todo, qué importantes lecciones nos deja para el presente y el futuro.

La LIVE contó con la participación de unos 70 compañeros-as que se conectaron desde Portugal, Estado español, Italia, Bélgica, Francia, Turquía y otros lugares, y que a través del chat tuvieron la posibilidad de enviar sus preguntas, algunas de las cuales fueron respondidas también por los oradores

Transcribimos a continuación el contenido de las tres intervenciones que hubo.

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50 años de Abril: en la lucha por una nueva revolución

Flor Neves (Em Luta – Portugal)

Como revolucionarios, estudiamos y debatimos las revoluciones para aprender lecciones para hoy. El 25 de abril, miles de personas invadieron las calles de Lisboa como respuesta al crecimiento de la extrema derecha en las últimas elecciones, exigiendo libertades democráticas y avances conseguidos por la revolución, pero también elevando sus demandas de hoy.

El 25 de abril de 1974 comienza como un golpe militar, de la oficialidad medias –los capitanes–, para derrocar la dictadura que mantenía, desde 1961, una guerra colonial –en Angola, Mozambique y Guinea-Bissau– contra las aspiraciones independentistas de estos países. Por eso, decimos que el 25 de Abril nació en África. En este sentido, no es verdad lo que suele decirse sobre que fue una revolución sin sangre, ya que la base de la revolución fue la sangre derramada por miles de luchadores africanos y por los trabajadores portugueses en esa guerra. Esta crisis en las fuerzas armadas, producto de la guerra, se combinó con el crecimiento de la resistencia y oposición obrera y estudiantil a la dictadura, particularmente en los últimos años de la dictadura, lo que posibilitó una reorganización en estos sectores y un aprendizaje político de una vanguardia que luego cumpliría un papel central en la revolución.

El 25 de abril, el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) llamó a toda la población a quedarse en casa. Sin embargo, la población salió a las calles, no sólo mostrando su apoyo al derrocamiento de la dictadura, sino también desempeñando un papel central en el desmantelamiento de las estructuras represivas del régimen, como la policía política –la PIDE/DGS– o la liberación de los presos políticos. Así, el mismo 25 de abril, el golpe de Estado se convirtió en revolución, lo que se confirmó el 1 de mayo, cuando un millón de personas salieron a las calles, combinando demandas democráticas, contra la guerra colonial, pero también por el derecho al pan, los salarios o la vivienda.

En los meses siguientes, el carácter combinado y permanente de la revolución se fue confirmando cada vez más, en contraposición a la visión estalinista de una revolución por etapas, primero democrática y más tarde socialista (defendida por el Partido Comunista Portugués). El mes de mayo estuvo marcado por numerosas huelgas en todo el país, con la oposición del PCP que las consideraba reaccionarias. Al enfrentar el fascismo, las miserables condiciones de vida, y los patrones que la dictadura protegía y apoyaba, los trabajadores comenzaron a enfrentar directamente al capitalismo. Es más, los trabajadores comenzaron a organizarse de forma autónoma. Formaron comisiones de trabajadores en las principales empresas, comisiones de soldados dentro del ejército, comisiones de campesinos en el campo y comisiones de vecinos en los barrios para resolver los problemas más acuciantes de sus vidas, creyendo en sus propias fuerzas y capacidades para tomar su destino en sus propias manos. Si los gobiernos provisorios expresaban el poder institucional de la burguesía, estas comisiones expresaban el poder que los trabajadores estaban construyendo en paralelo: un doble poder. Por eso, durante este período, se planteó la posibilidad no sólo de construir una democracia burguesa, sino de construir el socialismo en Portugal, una sociedad sin explotación ni opresión.

Durante este período, el general Spínola, primer presidente de la república del nuevo régimen, será el gran representante de la burguesía. Este tenía un proyecto opuesto al de la revolución que crecía en las calles, en las empresas y en los barrios. Quería derrotar la revolución anticolonial en África defendiendo un proyecto neocolonial, en contraposición a la independencia inmediata de las colonias. También estaba en contra de la formación de una Asamblea Constituyente, y defendía la prioridad de realizar elecciones presidenciales, en un régimen con trazos marcadamente bonapartistas, para derrotar la revolución y sus conquistas. Spínola fue derrotado por el movimiento de masas el 28 de setiembre de 1974 cuando llamó a la constitución de la mayoría silenciosa. Pero el 11 de marzo de 1975 organizó un golpe contrarrevolucionario que fue definitivamente derrotado por la movilización de los trabajadores, junto con el partido socialista, el partido comunista y el MFA, habiéndose exiliado posteriormente en el Estado español.

Una vez derrotado el intento de golpe contrarrevolucionario, se abrió el camino hacia la independencia en las antiguas colonias, mientras en países como Timor-Este la independencia misma permaneció incumplida, como un espejismo, durante décadas. Pero también se abrió una situación revolucionaria que se radicalizaba a cada momento con la profundización de las experiencias de control obrero y de crisis en las fuerzas armadas. Así, la derrota del golpe colocaba en el orden del día el proyecto de país a seguir.

En abril de 1975 se celebran elecciones para la Asamblea Constituyente. El PS, integrado a la socialdemocracia europea que lo financia, gana las elecciones, lo que dará más fuerza a su proyecto de derrotar la revolución a través de una democracia burguesa, basada en el parlamento y las elecciones. Es también un proyecto apoyado por el imperialismo europeo, y a partir de cierto momento también por los EE.UU., y que tiene como horizonte la entrada en la CEE: Europa promete fondos para ayudar a Portugal siempre que el país se someta a una democracia liberal y economía de mercado.

El Partido Comunista responde a las necesidades de la URSS. Esta ya no era la URSS revolucionaria de la época de Lenin, sino la URSS heredada de Stalin, que usurpara el poder de los trabajadores en los soviets para entregarlo a la burocracia. Era la URSS la que –contra la revolución mundial–, desde los acuerdos de Yalta y Potsdam después de la Segunda Guerra Mundial, tenía un pacto con el imperialismo estadounidense para dividir el mundo en dos, ocupando militarmente y oprimiendo el Este, mientras impedía que los trabajadores llegaran al poder en Occidente. En este sentido, el objetivo de la URSS era conseguir que Portugal fuese un país neutral en las disputas de la Guerra Fría, pero no un país “comunista”. El PCP, apoyado por amplios sectores del MFA, tenía así un proyecto bonapartista y autoritario para controlar el movimiento obrero y sus libertades democráticas, utilizando para eso la “Alianza Pueblo-MFA”. Ese perfil controlador y burocrático se expresó, concretamente, en el feroz ataque a las huelgas, a las que se opusieron e incluso reprimieron, como fue el emblemático de la TAP (sector de la aviación) o de los CTT (sector de los correos), o en la batalla por la producción, porque el país ya estaría en el camino del socialismo. O en el intento de encuadrar las iniciativas de control obrero de las masas a través del MFA y de su institucionalización.

En este sentido, a pesar de los proyectos opuestos, tanto el PS como el PCP tenían un gran acuerdo: los trabajadores y sus organismos no tomarían el poder y gobernarían el país, no constituirían un Estado obrero, no construirían un verdadero socialismo. El proyecto del PS fue el que acabó por vencer, pero el papel del PCP fue esencial para controlar la iniciativa de las masas e incluso para encaminar el proceso revolucionario hacia el pacto social de estabilización de la democracia.

Existía, incluso, un tercer campo, aunque muy minoritario. La corriente trotskista, dirigida por Nahuel Moreno, que en la época formaba parte del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, había fundado, al calor de la revolución, una organización esencialmente joven –el Partido Revolucionario de los Trabajadores–, nuestra corriente. En su libro Revolución y Contrarrevolución en Portugal, Moreno expresa este otro proyecto. Un proyecto que defendía que debían ser los trabajadores quienes gobernasen y que por eso proponía un congreso nacional de las comisiones de trabajadores, para tomar el poder, en una adaptación de la propuesta bolchevique de “Todo el poder a los soviets”. Al contrario de la mayoría de la izquierda que tenía ilusiones en el MFA (que eran, de hecho, como acertadamente señaló Moreno, las fuerzas armadas de un país, en la época, imperialista) y en sus gobiernos –de conciliación con la burguesía–, Moreno y nuestra corriente defendían que el centro era este congreso para unificar y permitir que los trabajadores tomasen el poder y gobernasen a través de sus organismos. Por eso, faltó que existiese un partido revolucionario con peso de masas, con músculo y fuerza para defender este proyecto y el programa de un Estado obrero, de un Estado en que gobernasen las organizaciones de los trabajadores y no los militares.

¿Cómo fue derrotada la revolución?

Normalmente, se habla del 25 de noviembre de 1975, fecha en que un golpe en el seno de las fuerzas armadas permite restablecer la jerarquía de mando, poniendo fin al poder dual y permitiendo a la burguesía recuperar el control de la violencia del Estado, fundamental para controlar el país. Esta fecha es clave porque, a falta de un partido revolucionario con peso de masas, determina el cierre del elemento más radical de la revolución portuguesa: la crisis y el doble poder dentro de las fuerzas armadas; es también la primera derrota seria en la revolución, que garantiza a nivel del ejército una nueva relación de fuerzas favorable a la burguesía. Aunque es el PS el que está políticamente por detrás del proceso que conducirá al 25 de noviembre, el PCP no llamará a una reacción de masas contra el 25 de noviembre y, por el contrario, desempeñará un papel central como pieza clave para el pacto de estabilización del régimen, a través de los sindicatos y autarquías.

Pero, exactamente porque la contrarrevolución violenta había sido derrotada con Spínola, este golpe en las Fuerzas Armadas es uno de los instrumentos de la política de reacción democrática para derrotar la revolución, que tiene su pilar central en la nueva constitución de 1976. La nueva constitución afirmaba que Portugal estaba empeñado en la construcción de una sociedad sin clases y en el camino hacia el socialismo, pero consagraba el parlamento burgués como institución central; protegía las nacionalizaciones, pero defendía la propiedad privada y las indemnizaciones. En este sentido, la constitución reconocía e integraba las conquistas democráticas alcanzadas por la revolución, pero su centro era derrotar y ahogar la democracia de los trabajadores en organismos de la burguesía y sus instituciones –su esencia es quitarles el poder a los trabajadores y devolvérselo a la democracia [burguesa]–. Así, la derrota de la revolución sólo puede explicarse por la conjunción del 25 de noviembre con la constitución, como dos instrumentos combinados para derrotar la revolución con la democracia capitalista, siempre con “Europa” como horizonte.

No podemos entender el país de hoy sin comprender que, al contrario del Estado español, el pasaje de la dictadura a la democracia es producto de una revolución y que una parte de las conquistas democráticas persistió. Y en este sentido hay una corte radical con el pasado. La gigantesca manifestación en Portugal el pasado 25 de abril es también una expresión de ello.

Pero tampoco es posible entender el país sin reconocer que el régimen de democracia de los ricos en el que vivimos hoy es producto de la derrota de los trabajadores, de sus organismos y de la posibilidad de construir el socialismo. La crisis social que atraviesa Portugal es heredera de la crisis de 2008, donde no se acabó con la austeridad del tiempo de la troika, donde fuimos obligados a liberalizar todas las empresas estratégicas, donde el Servicio Nacional de Salud y la educación están siendo destruidos, donde cada vez más personas viven en la calle porque no es posible pagar casas con los salarios que se pagan aquí. A 50 años de la revolución, somos un país con mano de obra barata para vender al capital europeo, un país de servicios y de turismo, para explotación de recursos como el litio por el capital internacional, con altos costos de destrucción ambiental y social. No fue para esto que los trabajadores hicieron el 25 de Abril, porque esta democracia es de hecho la dictadura del capital y de sus intereses, que no son los nuestros.

Moreno, en la época, creía que o triunfaría la revolución socialista o Portugal, sin colonias, avanzaría hacia una submetrópoli del imperialismo europeo y a largo plazo una semicolonia, ya que su atraso no le permitiría competir con los grandes monopolios europeos. La clase trabajadora portuguesa, tal como preveía Moreno, está completamente sujeta a los intereses de la UE del capital. Dentro de ella no es posible decidir ni siquiera invertir en el servicio nacional de salud, utilizar las empresas estratégicas del país o garantizar una transición energética al servicio de los trabajadores y de los pueblos.

Es esta UE que dice defender los “Derechos Humanos”, pero apoya hoy el genocidio en Gaza, que muestra por televisión, ante nuestros ojos. Es esta UE que fortalece y estimula el racismo y la xenofobia, cuando deja morir a miles de inmigrantes en el Mediterráneo. Es esta UE que sirvió para unir a los grandes capitalistas de todo el continente para destruir los derechos de los trabajadores y los pueblos en todos los países.

Cincuenta años después, el camino a que nos trajo la democracia portuguesa para ricos y la Europa del capital están agotados

La elección de 50 diputados de extrema derecha en el parlamento portugués muestra claramente la incapacidad de esta democracia para responder a las necesidades de la mayoría de la población, alimentando el discurso populista y su política de dividir a los de abajo para hacer reinar a los capitalistas.

Pero también muestra el agotamiento de la política de la izquierda reformista, que sigue defendiendo que es a través de reformas en el parlamento como llegaremos al socialismo. Esta propuesta, que fue la del PS en 1975, es la que, como hemos visto, nos trajo hasta aquí. Además, la política de décadas de concertación social del PCP en los sindicatos o incluso la experiencia de la Geringonça, en la que BE y PCP apoyaron el gobierno del PS, muestra que la conciliación de clases no es el camino. En este sentido, la izquierda parlamentaria es responsable por alimentar la ilusión de que es posible hacer las cosas de manera diferente sin cambiar lo esencial. Esto es lo que hizo incluso ante la crisis de la deuda entre 2011 y 2013, ahogando las fuerzas de los trabajadores en el voto parlamentario y en la Geringonça.

Por el contrario, para nosotros de Em Luta y de la LIT, 50 años después de Abril es necesario luchar por una nueva revolución que, aprendiendo del pasado, lleve a los trabajadores al poder, para que gobiernen con sus propios organismos. Pero esta revolución, hoy más que nunca, sólo puede ser internacional, contra esta Unión Europea del capital. Para que sea victoriosa, y no derrotada como hace 50 años, necesita también que este partido y su programa sea internacional, y por eso nosotros estamos aquí construyendo la LIT.

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El impacto internacional de la revolución portuguesa: la modélica «Transición española», fue un anti 25 de abril

Ángel Luis Parras (Corriente Roja – Estado Español)

Para los luchadores/as, aun siendo muy jóvenes entonces, la revolución portuguesa nos marcó y fue para nosotros/as una fuente de aprendizaje crucial.

La coyuntura del final de la década del 60 y el inicio de los 70 en Europa

Vivíamos en aquellos años una situación marcada por el mayo del 68 francés; la primavera de Praga (5 enero-21 agosto 1968); el otoño caliente italiano (1969); el ascenso de la lucha estudiantil en Grecia contra la dictadura de los coroneles (1967-1974); las movilizaciones obreras y estudiantiles contra la dictadura franquista es España y en especial contra el Proceso de Burgos (celebrado en la sala de justicia del Gobierno Militar de esa ciudad, del 3 al 9 de diciembre de 1970).

Era años marcados por un enorme ascenso revolucionario, de luchas obreras y estudiantiles, el inicio de una crisis económica del capitalismo sin precedentes desde 1929 (la llamada crisis del petróleo) y de la mayor derrota militar del imperialismo norteamericano, la de Vietnam. Para la historia quedó marcada aquellas icónicas imágenes de la retirada norteamericana el 29 de marzo de 1973.

En ese cuadro general, se había producido un serio revés: el golpe de Pinochet el 11 de septiembre de 1973. La contrarrevolución que, como siempre, aparecía pegada como sombra al cuerpo al proceso revolucionario, ponía, por enésima vez en la historia, el debate reforma o revolución al orden del día en todo el activismo obrero y estudiantil y alertaba a las direcciones de las grandes organizaciones obreras de oposición al régimen, pero también, y mucho, al propio régimen franquista y a todos los sectores burgueses.

El 25 de abril una oleada de entusiasmo a favor de la revolución

El 25 de abril convirtió Portugal en el punto más álgido de la lucha de clases a escala internacional, generó una enorme oleada de entusiasmo, en especial allí donde como en el Estado español la crisis de la dictadura preanunciaba su fin y el debate sobre la reforma o la revolución, la “reforma o ruptura” estaba en el centro de la preocupación social, del debate en el activismo obrero y estudiantil.

Un texto que fue reseña y tarjeta de presentación en Europa de la corriente precursora de la LIT-CI: fue Revolución y contrarrevolución en Portugal, escrito por Nahuel Moreno. En él se abordaba la revolución portuguesa, su explicación, su dinámica, sus posibles perspectivas en términos de la lucha de clases, del desplazamiento de las clases sociales, cómo se expresaban, cómo se movían, y cómo las formaciones políticas y sociales expresaban esos desplazamientos de clase. Este es un problema crucial que las formaciones políticas y los análisis de la izquierda en general omitían. El texto, entre otras cosas, alertaba para no perder de vista los movimientos de ¡todas las clases sociales!, no solo los de las dos grandes: la clase obrera y la burguesía, no olvidar a esos sectores de la pequeña burguesía, de las llamadas modernas clases medias, que acabarían jugando un rol decisivo en el curso tanto de la revolución portuguesa como de la transición española.

Cómo fue la reacción en las clases sociales y sus partidos en el Estado español ante la Revolución del 25 de abril

La primera reacción en el régimen franquista fue intentar aplicar el Pacto Ibérico, un acuerdo firmado en febrero de 1942 entre Portugal y España y rubricado personalmente por los dos dictadores, Francisco Franco y Antonio de Oliveira Salazar. Tras el 25 de abril, el entonces presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, se dirigió a los EE.UU. ofreciendo el territorio y las FFAA españolas como base de apoyo para la “invasión de Portugal”. Madrid se convirtió en el centro operativo de la contrarrevolución portuguesa e internacional, refugio de los PIDE que campaban a sus anchas por la Gran Vía madrileña y de los militares de Spínola a partir del fracasado golpe del 11 de marzo 1975.

La revolución portuguesa abrió una importante crisis en el interior del Ejército franquista. En agosto de 1974, menos de 4 meses después del 25 de abril, se fundala Unión Militar Democrática (UMD).  Jóvenes capitanes, algunos comandantes de los 3 ejércitos y miembros de la Guardia Civil y de la Policía Armada, impulsaron esta organización y desde el primer momento entablaron vínculos con el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) de Portugal, que fueron su referente militar y político.

La UMD fue el intento más serio de abrir fisuras en el ejército franquista. Conscientes de la naturaleza del ejército franquista, de su génesis y su composición que le hacía distar mucho del ejército portugués su proyecto residía en mojar la pólvora, como ellos decían, si el régimen sacara ala calle para aplastar el creciente ascenso obrero y estudiantil. La UMD fue una minoría dentro un ejército fraguado a sangre y fuego como instrumento de la dictadura. Un ejército cuyo papel lo definía así en 1968 el Almirante Carrero Blanco, mientras entregaba la faja y el Diploma del Estado Mayor a los militares de esa promoción:

… vayan ustedes preparándose para estar en el segundo escalón detrás de los aparatos policiales, porque el Ejército no tiene ningún objetivo ni enemigo fuera del país, en ninguna frontera y ningún lugar, todo es paz y estabilidad, el único enemigo que existe es el enemigo interior, el pueblo”. 

Esa crisis en el interior del Ejército se expresó también en el impulso de los Comités de Soldados en los cuarteles. Aparecieron Comités, organizaciones como la Unión Democrática de soldados (mayo 1975). Frente a las condiciones infames en los cuarteles, el servicio militar (la mili) obligatorio y prolongado (entre 15 y 18 meses según el cuerpo) y el creciente temor a ser utilizados contra las crecientes luchas obreras y estudiantiles, la revolución portuguesa espoleó las reivindicaciones en la tropa. Se reivindicaba el servicio militar de 6 meses, en el lugar de residencia; mejora de condiciones en los cuarteles: comida, higiene, asistencia sanitaria, alojamiento; Libertades democráticas; Libertad de objetores de conciencia; Abandono de las colonias…

Esa crisis en el ejército se vio incrementada por la decisión de la Dictadura de militarizar el transporte en las huelgas obreras. Así sucedió en Madrid en marzo de 1976 con la militarización de la Empresa Municipal de Transporte (EMT), donde 300 militares y policías fueron colocados como conductores en 28 de las 80 líneas existentes entonces. Otro tanto había sucedido en la RENFE (ferrocarril) en enero de ese año.

La revolución portuguesa ayudó sobremanera al impulso de la lucha obrera y estudiantil. La caída de la dictadura más longeva en Europa occidental generó un enorme entusiasmo en una clase obrera rejuvenecida y muy combativa que protagonizaba la oposición al franquismo y que se organizaba en torno a las Comisiones obreras en las fábricas y los tajos.

Las medidas que la revolución portuguesa fue adoptando a partir de la derrota del golpe de Spínola  el 11 de marzo del 75 (nacionalización de la banca y las grandes empresas; expropiaciones de la tierra, independencia de las colonias) que obligaban incluso al Consejo de la Revolución portugués a tener que legalizarlas y hablar de “transición al socialismo”,  alentaron aún más esa lucha y supuso un enorme impulso a la convicción de que sostener la revolución contra la reacción exigía no disociar las tareas democráticas de las anticapitalistas, que la lucha por echar abajo la dictadura franquista, por lograr libertades democráticas plenas no podía garantizarlo más que el levantamiento de la clase obrera, su organización en torno a un programa obrero y socialista.

Para la burguesía, así como para las direcciones de los partidos de oposición al régimen, ese entusiasmo en el Estado español por la revolución portuguesa encendió todas las alarmas. Era extremadamente preocupanteporqueese entusiasmo crecía a cada paso en una clase obrera y un movimiento estudiantil mucho más organizados y mucho más numerosos que en la propia Portugal antes del 25 de abril.

El imperialismo norteamericano, europeo y la burguesía española: evitar el contagio a toda costa, la modélica “Transición española” 

Diferentes sectores burgueses, los monárquicos de Don Juan de Borbón (abuelo del actual Rey y padre del “Emérito”), liberales, sectores de la iglesia- Democristianos- burguesías catalana y vasca, en acuerdo con los aparatos socialdemócrata (PSOE), estalinista (PCE), la burocracia sindical y que arrastraron incluso (y desgraciadamente) hasta grupos de la denominada extrema izquierda (PTE, ORT, MCE) pusieron en pie las llamadas Junta Democrática –29 Julio 1974-–, primero, la Plataforma de Convergencia democrática  –11 de Junio de 1975– después y finalmente la unificación de ambas en la Coordinación Democrática el 26 de marzo de 1976.

Una parte sustancial del régimen franquista, incluyendo un enorme sector del aparato del régimen, político, militar, judicial y eclesiástico, acodada con los diferentes sectores burgueses y las direcciones del PSOE, PCE,CCOO y la recién reincorporada UGT, las base de la llamada Transición española, la «reforma», preservando las instituciones centrales del régimen franquistas, su ejército, sus jueces, su policía, sus cuerpos especiales, garantizándoles la impunidad, todo ello  bajo el sable de un nuevo Bonaparte, designado porFranco y que sería coronado a su muerte, Juan Carlos de Borbón.

Los dirigentes del PSOE, PCE, CCOO, en especial estos últimos que eran quien mas autoridad tenían en la clase obrera, apostaron por convertir a la clase obrera en furgón de cola del proyecto burgués, enterrar la «ruptura» expulsando de sus partidos toda militancia contestataria.

Y aquí hay que reseñar el papel de ese otro sector social que se omitía en los análisis tanto en Portugal, como señala Moreno, como aquí, el de la pequeña burguesía, las denominadas modernas clases medias, el sector decisivo en este movimiento y en el que se apoyaron los «nuevos partidos» como la UCD y hasta los llamados partidos de la izquierda.

El régimen franquista no había desconocido ni mucho menos este sector. Es conocida la anécdota narrada por el General Vernon Walters, militar y embajador norteamericano, cuando en su visita a Madrid enviado le preguntó a Francisco Franco en 1971, en una entrevista en el Pardo por orden del entonces presidente de EEUU, Richard Nixon, preocupado por qué ocurriría en España tras la muerte de Franco. El propio Franco le respondió así:

España irá lejos en el camino que desean ustedes, democracia, pornografía, drogas y qué sé yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España… porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país, hace cuarenta años: la clase media española. Diga a su Presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español, no habrá otra guerra civil“.

El campesinado el gran beneficiado del franquismo, especialmente el castellano; el minifundismo industrial, el comercio y el ya incipiente fenómeno del turismo, extendían la pequeña propiedad, dando un enorme peso a esa base social que en una buena parte quería romper con el franquismo, pero temía, como el demonio a la cruz, los procesos revolucionarios y a la clase obrera al frente de ellos.

Fue esa base social la que garantizó esencialmente la salida de “reforma” frente al peligro de la “ruptura”. En ella se apoyaron los sectores burgueses y los aparatos del PSOE, PCE, CCOO y UGT para garantizar mediante una reforma preservar lo esencial del viejo régimen franquista. Querían impedir que el proceso portugués se repitiera, corregido y aumentado aquí.

En esencia, la «Transición española» fue el modelo anti 25 de abril

Si la revolución portuguesa liquido la odiada policía política, la PIDE y estos fueron perseguidos por la población, en el Estado español ni un solo torturador y asesino de la Brigada Política Social pagó por algunas de sus tropelías, peor aún algunos como el célebre Bylli el Niño, murió el 6 mayo de 2020, en la cama, condecorado, con una pensión vitalicia que aumentaba con cada nueva condecoración que recibía. Jueces y militares franquistas campan hoy a sus anchas, mientras que aquellos hombres de la UMD pagaron con la cárcel y con su expulsión del ejército, siendo excluidos explícitamente de la Amnistía.   

Valga un dato para terminar. Quienes presumen de transición pacífica frente a “los peligros” que planteaba la revolución portuguesa, omiten hechos ostentosos de la realidad. Si bien, como decía Flor en su intervención, la revolución portuguesa del 25 de abril no fue pacífica, decenas de miles de angolanos, mozambiqueños o guineanos y más de 8.000 soldados portugueses perdieron la vida en esos 13 largos años de guerra colonial. En los hechos del mismo 25 de abril hubo 6 muertos esencialmente por el atrincheramiento de los PIDEs. La “pacifica transición española”, desde el 20 de noviembre de 1975 hasta el 31 de diciembre de 1983, se cobró 591 muertes, de los cuales oficialmente 188 por la llamada violencia política de origen institucional. Hay quedaron como muestra, solo por citar alguno, los abogados de Atocha o nuestra compañera Yolanda.

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De Italia a Portugal: El papel traidor de los partidos estalinistas y reformistas

Francesco Ricci (PdAC- Italia)

El 25 de abril, por coincidencia, es un día que se celebra tanto en Portugal como en Italia. Es la fecha de inicio de la revolución portuguesa y aquí en Italia celebramos la caída del fascismo a manos de la Resistencia partisana en 1945.

Hay varios puntos en común entre los dos hechos históricos, no sólo la fecha. Ambos países salían de una larga dictadura: más de 40 años en Portugal, 20 años en Italia. Dos dictaduras que, más allá de sus diferencias, sirvieron para defender la dominación de la burguesía capitalista frente al movimiento obrero.

Ambas dictaduras fueron, utilizando la expresión de Trotsky, un ariete lanzado contra las organizaciones del movimiento obrero. Hay también otro elemento común: ambas revoluciones fueron traicionadas por los partidos estalinistas y reformistas.

El papel del Partido Comunista en la resistencia partisana

En Italia hablamos de la resistencia partisana (que se desarrolló a partir de 1943 y tuvo su último gran estallido en julio de 1948, cuando los obreros ocuparon las fábricas) como de una «revolución traicionada». Esto por que 300 mil jóvenes armados habían luchado no sólo para derrocar al fascismo, sino para derrocar el dominio burgués, para hacer una revolución socialista.

Si no triunfaron, no fue por la fuerza de la burguesía (que había sido expulsada de las fábricas) ni por la fuerza del aparato estatal burgués, que estaba medio destruido: fue por la intervención del estalinismo, del PCI.

Togliatti regresó a Europa desde Moscú con las órdenes de Stalin de bloquear la revolución en Francia e Italia y desarmó a los partisanos ideológica, política y organizativamente.

Como algunas organizaciones con peso de masas se oponían a reducir la Resistencia a la simple expulsión de los fascistas de Mussolini y de las tropas alemán de Hitler, los dirigentes de estas organizaciones fueron calumniados y también en varios casos asesinados.

Como ministro de Justicia, tras la Liberación, Togliatti apoyó la amnistía para los fascistas, mientras encarcelaba a los partisanos que no estaban dispuestos a detener la revolución. Fue el PCI estalinista quien pidió a los patronos que recuperaran las fábricas de las que los obreros les habían expulsado.

El PCI actuó como agente directo de la burocracia estalinista de Moscú, que había pactado con el llamado imperialismo «democrático» (en las reuniones de Yalta, Teherán y Potsdam) que Italia debía permanecer en la zona de influencia del imperialismo. Por esta misma razón la resistencia en Francia y Grecia también fue desarmada. La burocracia estalinista temía nuevas revoluciones porque podrían poner en cuestión su papel contrarrevolucionario en Rusia y su política de coexistencia pacífica con el imperialismo.

Es necesario construir otra dirección

A lo largo del siglo XX no han faltado luchas y revoluciones en Europa. Lo que ha faltado es una dirección revolucionaria suficientemente fuerte para contrarrestar las direcciones traidoras del reformismo de origen socialdemócrata o estalinista. Sólo gracias al estalinismo la burguesía se salvó muchas veces: pensemos por ejemplo en la extraordinaria oleada revolucionaria de mayo del 68 en Francia, bloqueada por el Partido Comunista, en las luchas obreras del 69 y de principios de los 70 en Italia, una vez más utilizadas por el estalinismo como moneda de cambio para colaborar con los gobiernos burgueses.

En Portugal, tanto el Partido Socialista de Soares como el Partido Comunista de Cunhal (vinculado a la burocracia estalinista de Moscú) actuaron con este papel. Fueron ellos, junto con el Movimiento de las Fuerzas Armadas, quienes tomaron el control de la situación en nombre de la burguesía, con el Partido Comunista comprometido a poner fin a la oleada de huelgas en nombre del «interés nacional».

A defender el Estado burgués pusieron los diversos gobiernos provisionales que se sucedieron a lo largo de un año y medio, en 1974-1975. Gobiernos burgueses basados en el Partido Comunista, el Partido Socialista y el MFA, todos ellos respondiendo a las distintas «fases de la marcha de la revolución y a las sucesivas formas con que la burguesía, la clase media y los reformistas que actúan como representantes del proletariado se adaptan a esta marcha para frenarla», como resume Nahuel Moreno. El MFA frena la radicalización en el ejército, el PC controla a los trabajadores a través de su peso en los sindicatos y el PS tiene una fuerte influencia electoral.

Un ascenso revolucionario no puede durar eternamente: o acaba con la toma del poder (y «rompe» la máquina del Estado, como resumió Marx la experiencia de la Comuna de París) o está condenado a retroceder. En noviembre de 1975, una poderosa manifestación de obreros de la construcción rodea el edificio del gobierno y los trabajadores comienzan a armarse. Pero el gobierno hace algunas concesiones en la plataforma reivindicativa y –gracias al papel activo del PCP– consigue apagar las llamas antes de que envuelvan el palacio, imponiendo el «estado de excepción». Comienza el reflujo y la burguesía recupera las concesiones que le habían sido arrancadas a través de las luchas.

Por tanto, debido a la ausencia del elemento subjetivo, las condiciones objetivas –que estaban maduras– no condujeron hacia la única solución lógica y necesaria: la toma del poder por la clase obrera.

Pero también por esta razón, a pesar de su derrota, la revolución portuguesa –la más reciente de las revoluciones en Europa– sigue siendo un acontecimiento lleno de lecciones sobre el nefasto papel del reformismo y las tareas de los revolucionarios.

Hoy el 25 de abril en Portugal como el 25 de abril en Italia son celebrados por todos, incluso por la burguesía, sus gobiernos y ministros. Pero no son fechas de todos: en esa fecha celebramos la valiente lucha de trabajadores y jóvenes que lucharon por construir un mundo diferente del que vivimos, una sociedad sin divisiones de clase, liberada de la explotación y de la opresión. Es esta necesidad de luchar por un mundo diferente la que llevó a cientos de miles de personas a las calles aquí en Italia hace unos días, el 25 de abril, al igual que en las plazas de Portugal el mismo día.

Aquí, en las manifestaciones, las principales consignas fueron a favor de otra heroica lucha de resistencia: la del pueblo palestino, que es hoy la vanguardia de la lucha mundial contra el imperialismo. Incluso en el caso de Palestina, encontramos la misma actitud de las direcciones reformistas, ya sean de origen estalinista o socialdemócrata: sólo defienden a palabras la lucha palestina, mientras la traicionan con la mentira de los «dos Estados», es decir, de una coexistencia imposible entre los palestinos oprimidos y los opresores coloniales, los sionistas.

En la Palestina de hoy, como en Portugal en el ’74 y en Italia en el ’45, el reformismo, para defender los intereses de las direcciones burocráticas, no desafía los intereses fundamentales del imperialismo. Por eso es necesario construir otra dirección. Si miramos atrás en la historia, el 25 de Abril de Portugal y el 25 de Abril de Italia, no es por nostalgia del pasado. Es para intentar completar la obra interrumpida, para construir los partidos y la Internacional revolucionaria indispensables para que triunfen las próximas revoluciones.

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