Tarde del 25 de enero de 1987, barrio popular en la periferia de Belo Horizonte. El timbre de la puerta suena insistente. Al abrir, veo un viejo camarada sollozando. No paraba de llorar, balbuceando: “murió, murió”. Cuando consiguió hablar, completó: “el viejo murió”. Sentí como si el piso se moviese, sin nada sólido donde pisar.

Por: Eduardo Almeida

Nuestra comprensión del mundo incluye casi siempre muchas dudas y algunas certezas. Una de mis certezas, de las más importantes, desapareció.

Nahuel Moreno, fundador y dirigente de la LIT, había muerto. Era una fuente se seguridad teórica y política, una certeza de respuestas, de apoyo político.

Fue una correría, lágrimas no siempre furtivas en los ojos, para viajar a Buenos Aires. Precisaba hacer mi último homenaje al viejo. Rever a mis camaradas de la dirección de la LIT para ver qué hacer frente a la dureza de la pérdida.

Durante el viaje, recordé los años recientes de 1985 y 1986, pasados en el equipo de dirección de la LIT junto con Moreno, en Argentina.

El viejo era alto, obeso, simpático, expansivo, omnipresente. Cada tanto soltaba una de esas carcajadas exuberantes.

Siempre existió una desigualdad abismal entre su nivel teórico y político y el de los otros cuadros. Tenía una cultura enciclopédica. En los almuerzos, nos divertía con sus historias sobre algún episodio histórico de la revolución francesa o una teoría sobre biología.

Se dedicaba a estudios y debates teóricos, como parte de la tradición marxista. Pero, al contrario del marxismo académico, siempre fue un apasionado por la lucha obrera concreta, por la necesidad de concreción del programa, de vivir directamente las luchas obreras.

Era capaz de escuchar atentamente a un obrero, entender la realidad a través suyo, así como hacía Lenin. Así como no hace la mayoría absoluta de los que se consideran “dirigentes”.

Moreno era, además de todo, una figura humana atenta, sensible. Se emocionaba, y mucho, más con las victorias que con las derrotas. Miraba a la persona por detrás del militante.

Viajé a Buenos Aires en 1985 con mi compañera en la época, que tenía un hijo de seis años. El niño se matriculó en la escuela pública argentina, estudió en una lengua extranjera, y se adaptó muy bien. Moreno acompañó el desempeño de Henrique en la escuela, interesado, observador.

El equipo de dirección de la LIT incluía también a dos colombianos (Daniel Omaña y Carmen Carrasco) y a un uruguayo (Negro Robles). La sede de la LIT era un departamento en el Parque Centenario, en Buenos Aires. El local central del MAS (principal partido de la LIT en ese entonces) era un predio gigantesco en la calle Perú, centro de la ciudad. El partido vivía su auge, con cinco o seis mil militantes, centenas de cuadros con veinte, treinta o cuarenta años de militancia. Una realidad apasionante.

“Somos los trotskos, los trotskos de Moreno”

En la madrugada, llegué a Buenos Aires. En el velatorio encontré a mis viejos camaradas de la dirección del MAS y de la LIT. Todos ellos tenían veinte años o más de militancia que yo. Pero éramos todos huérfanos en aquel momento.

Silencio alrededor del cuerpo de Moreno. La tristeza era dura y pesada.

¿Qué iba a pasar con el MAS y con la LIT sin Moreno? La inseguridad se expresaba en cada abrazo, en cada comentario susurrado.

Al día siguiente, una marcha acompañó la carroza que llevaba el cuerpo del viejo hasta el cementerio de Chacarita. Para enfrentar el dolor y probarnos a nosotros mismos que la lucha debía continuar sin el viejo, cantábamos: “somos los trotskos, los trotskos de Moreno, somos los trotskos del movimiento obrero”

El viejo murió cuando más necesario era. Ya estaba ocurriendo en aquel momento la restauración del capitalismo en el Este. Enseguida después vendrían las grandes movilizaciones que derrocaron a las dictaduras estalinistas.

Una enorme campaña sobre “el socialismo acabó” impactó a la izquierda en todo el mundo. La confusión y las crisis se abatieron no solo sobre las corrientes reformistas sino también sobre las revolucionarias. La LIT no fue una excepción. Sin su principal dirigente, vivió una dura crisis. El MAS argentino, en aquel momento el mayor partido trotskista del mundo, estalló. La LIT llegó al borde de la destrucción.

No obstante, el contrario de otras corrientes trotskistas internacionales de aquella época, la LIT se recompuso de la crisis.

Seguimos siendo hoy, un embrión para la reconstrucción de la IV Internacional. Continuamos como la única organización internacional que funciona en el modelo de la Tercera y la Cuarta Internacionales, aunque muy minoritaria.

¿Y por qué la LIT sigue viva?

Mirando para atrás, después de 35 años, doy mi opinión. Sigue viva porque dio continuidad a aquel cántico en las calles de Buenos Aires, seguimos siendo “los trotskos del movimiento obrero, los trotskos de Moreno”.

Sería ridículo hacer cualquier culto a la personalidad de Moreno. No cabe eso en la tradición trotskista. Menos con Moreno, que decía que “nuestra historia es la historia de nuestros errores”. Pero cabe, sí, ubicar el legado del viejo Nahuel.

La corriente morenista, en mi opinión, se mantuvo porque continuó con las características básicas del pensamiento de Moreno. Pero esas características no fueron creadas por él. Son continuidad del leninismo, del trotskismo.

La originalidad y la actualidad de la LIT, aún hoy, es dar continuidad a las tradiciones programáticas marxistas que fueron siendo abandonadas por la izquierda, incluso la de origen trotskista.

Quería marcar cuatro temas que fueron grandes batallas de Moreno y que se transformaron en características de nuestra corriente.

La búsqueda de inserción en la clase obrera

Moreno hizo, con apenas veinte años, un giro en el trotskismo argentino, que hasta entonces se resumía a círculos de la clase media intelectual.

Con la fundación del Grupo Obrero Marxista (GOM), giró la actividad hacia las fábricas y barrios obreros. Es interesante recordar esta descripción de Patricio Vallejo:

“Entre 1943 y 1944, el grupo recorría fábricas, participaba de luchas sindicales, visitaba las casas de los obreros, realizaba pegatinas de carteles, pintaba paredes con consignas políticas, editaba folletos con textos clásicos –Cuadernos Marxistas, Ediciones Octubre–, además de elaborar los interesantes “Boletines de Discusión del GOM”.

Pero fue en abril de 1945, cuando la huelga del frigorífico Anglo-Ciabasa irrumpió, que se presentó la primera oportunidad de dar un salto importante. Los jóvenes trotskistas se metieron de lleno en la lucha de aquella que, con 12.000 obreros, era una de las fábricas más importantes del país. La participación decidida del grupo le permitió ganar casi la totalidad del Comité de Fábrica.

Es ilustrativo el relato de un activista de la época, Ramón “El Chueco” Britos, para entender el proceso de inserción de ese pequeño grupo trotskista en la clase obrera.

Yo era un activista ligado al comité de huelga que los anarquistas dirigían […] Entonces, un grupo de chicos se me aproximó diciendo que eran estudiantes y que querían ayudar. Así conocí el GOM y a compañeros como Moreno, Boris, Mauricio, Abrahancito, Rita, Daniel, Rosita, y otros… Ustedes saben que el obrero es medio desconfiado. Y nosotros mirábamos con desconfianza. Pero yo los vi moverse, empujar, ayudar, hacer panfletos, hablar y convencer. Sobre todo, los vi hacer una cosa muy rara: consultar, pedir consejo y opinión. Los escuché decir, como decía Moreno, ‘¿usted que cree, Chuequito…’. No venían en papel de profesores. Y entonces ganaron nuestra confianza. Nos dejaron mucho más que la solidaridad con la huelga. Nos enseñaron lo que debía ser un partido revolucionario, y cambiaron la vida de muchos de nosotros. Ellos, el grupo de jóvenes del GOM, también cambiaron. Haber conocido a la clase obrera los llevó a ligarse aún más. Fue así que, enseguida después, yo alquilé la casa de Villa Pobladora, donde Moreno y otros compañeros irían a vivir”17.

“En aquella época, Villa Pobladora era el principal centro obrero e industrial de la Argentina y uno de los mayores de América Latina. El GOM, además de su intervención en la huelga y en los sindicatos de los frigoríficos, pasó a dirigir la mitad de la comisión de fábrica de la SIAM, la mayor metalúrgica del país en aquel momento. También había orientado la fundación de varios sindicatos importantes, como la Federación de la Carne y la Asociación Obrera textil. Dirigían, además, fábricas de tubos de cemento, del cuero, etc. (Síntesis biográfica de Nahuel Moreno)”.

Esa característica, de buscar inserción directa en la clase obrera, se transformó en uno de los elementos constitutivos de la corriente morenista hasta los días de hoy. No por casualidad, los partidos ligados a la LIT están presentes en las principales luchas obreras en sus países.

Eso permite la búsqueda de fusión del programa marxista con las luchas concretas de los trabajadores. Esa postura también evita la degeneración tan común de grupos marxistas en sectas aisladas, que solo recitan el programa, sin buscar la vía para el movimiento de masas.

Como decía el viejo: «Una organización trotskista que no esté llena de obreros vive en crisis permanente, aunque esté formada por compañeros muy inteligentes y capaces».

El internacionalismo cotidiano

En 1948, con 24 años, Moreno participó del II Congreso de la IV Internacional. Desde entonces, se dedicó centralmente a la reconstrucción de la IV.

Partía de la concepción de que no existe posibilidad de construcción de una organización revolucionaria nacional que no sea parte de una internacional. Por más fuerte que sea un partido nacional, inevitablemente tenderá a sucumbir a las presiones nacionales y degenerar si no es parte de una internacional revolucionaria.

Moreno participó directamente de las grandes polémicas políticas internacionales que atravesaron el trotskismo desde entonces. Fue parte de los que reconocieron la existencia de los nuevos Estados obreros en el Este europeo, contra la posición de que eran Estados capitalistas.

Encaró directamente la polémica contra la capitulación de la dirección de la IV al estalinismo y a las direcciones burguesas “progresivas”. Eso se expresó duramente en la revolución boliviana de 1952, cuando el POR boliviano, siguiendo la orientación de la dirección de la IV, apoyó el gobierno burgués del MNR. Moreno defendió abiertamente la política de “todo el poder a la COB”.

En 1953, frente a la capitulación pablista, Moreno participó de la ruptura y de la formación del Comité Internacional, junto con el SWP norteamericano. En 1957, junto con chilenos y peruanos formó una tendencia internacional, el SLATO (Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo). El SLATO tuvo una importancia en el proceso revolucionario agrario peruano en 1962, con la participación destacada de Hugo Blanco. Hugo era un estudiante peruano y militante del grupo argentino, y fue enviado para participar del proceso de Cuzco, encabezando el proceso de ocupación de tierras y la organización sindical.

Moreno participó de la reunificación del Secretariado Unificado en 1963, sobre la base del reconocimiento y el apoyo a la revolución cubana. Pero luego se vio obligado a luchar contra la desviación guerrillera de la mayoría de la dirección de la IV, que tuvo muy serias consecuencias en las secciones latinoamericanas.

En 1979, cuando ocurrió la revolución nicaragüense, nuestra corriente resolvió participar directamente de la lucha militar contra Somoza, incluso con todas las diferencias con el Frente Sandinista. A través del PST colombiano se hizo una gran campaña para formar la Brigada Simón Bolívar. Manteniendo nuestra independencia política, la Brigada participó directamente en la liberación de una parte del sur de Nicaragua, con muertos y heridos. Después del triunfo de la revolución, los miembros de la Brigada fueron para Managua a organizar sindicatos independientes, exigiendo que el sandinismo rompiese con la burguesía y avanzase en la revolución. En una semana, la Brigada organizó más de 70 sindicatos.

El Frente Sandinista, que no quería avanzar hacia una revolución socialista, y menos aún permitir la organización independiente de los trabajadores, expulsó a la Brigada de Nicaragua. La dirección del Secretariado Unificado (SU) apoyó al Frente Sandinista en esa represión, y ese fue el origen de la ruptura de la Fracción Bolchevique (FB), la corriente morenista, con el SU.

Hubo un corto periodo en que la Fracción Bolchevique se aproximó a la Organización Comunista Internacionalista (OCI), dirigida por Lambert. Ese proceso se agotó con la capitulación de esa corriente al gobierno de frente popular de Mitterrand en Francia.

En 1982, la Fracción Bolchevique llevó a la fundación de la LIT. La LIT, obra y legado más importante de Moreno, es un pequeño embrión de Internacional. Tiene congresos regulares que definen, después de una discusión democrática, la política de la Internacional.

Es posible, a partir de ese funcionamiento semejante al de la Tercera y al de la Cuarta, que otros partidos critiquen y ayuden en la definición de las políticas nacionales de las secciones nacionales.

Eso es muy diferente de las otras corrientes de origen trotskista. El SU abandonó la estrategia de dictadura del proletariado, así como de la construcción real de una internacional revolucionaria. El SU sigue existiendo y autotitulándose “IV Internacional”, pero hoy es apenas una red internacional de partidos anticapitalistas. La corriente lambertista, en la práctica, dejó de existir. Hay corrientes trotskistas internacionales, por ejemplo, alrededor del PTS argentino, con un funcionamiento de “partido madre”, con la imposición de la política internacional por el partido más fuerte, sin verdaderos congresos internacionales.

La relación con la teoría marxista

Moreno tenía, como parte de la tradición marxista, una preocupación constante con la elaboración teórica y programática. Siempre se autocriticaba por el “trotskismo bárbaro”. Pero dejó aportes importantes y originales en el marxismo, al contrario de muchos otros dirigentes.

Por ejemplo, aportó en la interpretación de la colonización de América Latina. En Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América, Moreno aplicó la teoría del desarrollo desigual y combinado de Trotsky, para mostrar cómo se daba una colonización inserta en el capitalismo con relaciones precapitalistas.

El viejo tuvo la audacia de hacer, correctamente, una corrección y un enriquecimiento de las Tesis de la Revolución Permanente, de Trotsky. Constató que las revoluciones de la pos Segunda Guerra Mundial no habían tenido ni al proletariado ni un partido revolucionario a su frente.

En el libro Partido mandelista o partido leninista (1973), Moreno hizo una elaboración, a mi entender hasta hoy no superada, sobre la relación entre política y programa, y de cómo elaborar una consigna.

En Lógica Marxista y Ciencias Modernas (1973), Moreno hizo una exposición de la lógica dialéctica, superior a la presente en Novack.

En la década de 1980, Moreno hizo dos documentos, de enorme importancia actual, en la comprensión de los gobiernos de frente popular como “El gobierno de Mitterrand, sus perspectivas y nuestra política” y “La Traición de la OCI”.

Los gobiernos de colaboración de clases tienen un carácter de clase burgués, pero con partidos reformistas a su frente causan un enorme confusión y crisis en los partidos revolucionarios. La propia OCI francesa, dirigida por Lambert, por ejemplo, capituló directamente al gobierno de Mitterrand en Francia.

La capacidad de autocrítica

Moreno tuvo grandes aciertos, pero también muchos errores. Pero tenía una postura autocrítica que pocos otros dirigentes tuvieron. Él decía:

“… Los dirigentes del movimiento trotskista se consideraban colosos que no se equivocaban nunca. Mientras tanto, el trotskismo dirigido por ellos era lamentable…” “… Esa experiencia de andar siempre entre “genios” nos llevó a hacer indirectamente propaganda sobre nuestra base para convencerla de que nos equivocamos mucho, que deben pensar por su cuenta, ya que nuestra dirección no es garantía de genialidades. Queremos por todos los medios inculcar un espíritu autocrítico, marxista, y no una fe religiosa en una modesta dirección, provinciana por su formación y bárbara por su cultura. Por eso, creemos en la democracia interna y la vemos como una necesidad imprescindible. … Avanzamos a través de errores y golpes y no tenemos vergüenza de decirlo…”

Una vez más, Moreno no estaba intentando nada nuevo. Daba continuidad a la postura seria del leninismo en relación con la importancia de la autocrítica. Veamos qué decía Lenin:

“La actitud de un partido político ante sus errores es una de las pruebas más importantes y más fieles de la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y hacia las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente los errores, poner al descubierto sus causas, analizar la situación que los ha engendrado y examinar atentamente los medios de corregirlos: esto es lo que caracteriza a un partido serio” (Lenin, Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo).

Moreno se equivocó, por ejemplo, frente a la dirección castrista enseguida después de la revolución cubana. Después se corrigió, y sostuvo durante décadas la polémica contra el castrismo.

Un partido revolucionario no puede, en verdad, existir sin errores. Una vez más, Lenin: “De la política y de los partidos se puede decir –con las variantes correspondientes– lo mismo que de los individuos. No es inteligente quien no comete errores. Hombres que no cometan errores, no los hay ni puede haberlos. Inteligente es quien comete errores que no son muy graves y sabe corregirlos bien y pronto”.

Esa postura, por lo tanto, es mucho más que la necesaria humildad para comprender sus limitaciones. Es entender el error como parte de la búsqueda del acierto. Comprender la construcción de la política revolucionaria como un proceso de aproximaciones a la realidad, de elaboración colectiva teórica y política. No reconocer los errores es no corregirlos, perpetuarlos o agravarlos.

Basta ver la tradición de las corrientes de izquierda, incluso de origen trotskista, para constatar que no practican esa norma leninista de autocrítica. Parecen todos genios, que nunca se equivocan. La dirección del SU capituló abiertamente al estalinismo, en los tiempos de la dirección pablista. Después, con Mandel al frente, se embarcó en la onda guerrillerista, causando desastres monumentales en generaciones de activistas. La corriente Militant –que se dividió varias veces– capituló abiertamente a partidos reformistas y nacionalistas burgueses y nunca hizo una autocrítica seria. El SWP inglés casi acabó por una seria crisis moral, por una actitud machista de un dirigente, y tampoco nunca hizo una autocrítica seria. El PTS mantuvo por décadas la caracterización de China como un Estado obrero, incluso después de la restauración. Cuando cambió [de posición] nunca reconoció su error. La lista es interminable. Realmente se juzgan geniales.

La verdad, sin embargo, es como Lenin describía. Las direcciones se equivocan, y mucho. Y no es inteligente no reconocer eso. Moreno, en ese sentido, fue serio.

Hoy, mirando el conjunto del legado de Moreno, revisamos críticamente algunas de sus formulaciones anteriores. En eso, seguimos el ejemplo del propio Moreno, que decía:

“Empecemos por entender qué significa ser verdaderamente marxista. No podemos hacer un culto, como se ha hecho de Mao o de Stalin. Ser trotskista hoy día no significa estar de acuerdo con todo lo que escribió o lo que dijo Trotsky, sino saber hacerle críticas o superarlo, igual que a Marx, que a Engels o a Lenin, porque el marxismo pretende ser científico y la ciencia enseña que no hay verdades absolutas. Eso es lo primero, ser trotskista es ser crítico, incluso del propio trotskismo.”

La actualidad del legado de Moreno

Como decía Brecht, vivimos tiempos sombríos. Los elementos de barbarie crecen en el mundo.

Estamos comenzando el tercer año de una pandemia que no termina. La política de las burguesías para encarar la crisis económica mundial es atacar de manera cada vez más dura a los trabajadores. En los gobiernos se alternan la ultraderecha y los “progresistas” que, a pesar de las innumerables diferencias, mantienen los ataques durísimos sobre los salarios y los empleos.

Lo único que realmente existe de nuevo es que el programa de la revolución socialista mundial surge con fuerza de esa realidad brutal. Socialismo o barbarie es una disyuntiva más actual que nunca.

Moreno dedicó toda su vida consciente a la revolución mundial y a la reconstrucción de la IV Internacional. La LIT, mayor legado de Moreno, se postula abiertamente como un embrión de internacional revolucionaria. Una organización internacional marxista, en pleno proceso de reelaboración programática. Una organización viva, con debates teóricos de nivel. Una alternativa concreta contra los partidos socialdemócratas que administran el capitalismo; contra los partidos anticapitalistas integrados a la democracia burguesa; contra castro-chavismo. Una perspectiva de continuidad de la tradición marxista de la Tercera Internacional en sus primeros años y por la reconstrucción de la IV Internacional.

Con lágrimas en los ojos recuerdo al viejo, 35 años después de su muerte. Y recuerdo una de sus frases:

“Yo no creo que sea inevitable el triunfo del socialismo. Creo que el resultado depende de la lucha de clases, en la cual estamos inmersos. Y que, entonces, lo indispensable es luchar, luchar con rabia para triunfar. Porque podemos triunfar. No hay ningún Dios que haya establecido que no podamos hacerlo”.

Traducción: Natalia Estrada.