La más grande operación bélica en territorio ocupado
«Después de que la Comuna de París fuera ahogada en sangre y los sinvergüenzas reaccionarios de todo el mundo arrastraran su bandera por el fango de la difamación y la calumnia, no fueron pocos los filisteos demócratas que, sumándose a la reacción, calumniaron a los comuneros por la ejecución de sesenta y cuatro rehenes, encabezados por el arzobispo de París. Marx no dudó ni un instante en defender este acto sangriento de la Comuna».
(Lev Trotsky, Su moral y la nuestra, 1938)
Está dando mucho que hablar la película de dos «israelíes», Naza (que llena las salas de cine), que documenta, a través de los testimonios de militares sionistas implicados en la masacre, los horrores cometidos en Gaza: atrocidades que, por otra parte, ya habían sido atestiguadas, sin recibir la misma atención, por decenas de periodistas (especialmente palestinos) asesinados por los francotiradores de la entidad racista.
La derecha en el gobierno en Italia responde invitando a ver la última temporada de la serie de Netflix Fauda, «israelí»: pura propaganda sionista que, con una inversión de los hechos, muestra el 7 de octubre desde el punto de vista de los militares y agentes de los servicios «israelíes», presentados como «víctimas», mientras que los combatientes palestinos aparecen como bestias sanguinarias, fanáticos degolladores de pobres civiles inocentes.
Sin embargo, la «defensa» de los palestinos por parte de los intelectuales de centroizquierda que preparan la alternancia burgués (Movimiento Cinco Estrellas y PD) es de esas a las que se renunciaría de buen grado. Se centra por completo en una falsificación total de la historia y de la actualidad. Personajes como los periodistas Formigli, Michele Santoro o los sionistas críticos Gad Lerner y Travaglio condenan la violencia «por una parte y por la otra», la de los «terroristas palestinos» (así es como los llaman), así como la de Netanyahu (solo acusan al gobierno de turno, protegiendo así a la entidad sionista como tal).
Marco Travaglio, director de Il Fatto Quotidiano y maestro de pensamiento de los del Movimiento 5 Estrellas, ya autor de un librosobre Palestina que se presenta como una reconstrucción de la historia, (1) pero en el que precisamente falta la historia (la verdadera), tras haber cuestionado durante mucho tiempo en sus editoriales el uso del término «genocidio» (mientras los cadáveres de los palestinos llenaban las fosas en Gaza), lleva tiempo repitiendo que la culpa original de todo esto recae en los árabes, que no habrían aceptado de buen grado la partición de Palestina realizada en 1948 por la ONU (por mandato del imperialismo, deseoso de tener su propia base militar en una zona crucial, añadimos nosotros).
Sectores enteros del PD (empezando por la oxímorónica «Izquierda por Israel», del Pd) van más allá e invocan, junto con la derecha al gobierno, la ley y el orden, intimidados por el grandioso movimiento que invadió las plazas italianas el otoño pasado y convencidos de poder evitar una reanudación de las movilizaciones con la amenaza represiva. Por eso valoran el decreto sobre el «antisemitismo» presentado por el gobierno, que, redactado por racistas, nietos de Mussolini, equipara el antisionismo (que por definición implica antirracismo) con el racismo antisemita, como si el llamado Estado judío fuera responsabilidad de todos los judíos (cuando, en cambio, un número cada vez mayor de judíos en el mundo no apoya a este monstruo).
Mientras tanto, el Movimiento de los Cinco Estrellas, decidido a presentarse en esta fase como más a la izquierda que el PD en diversos temas, rechaza el decreto, fingiendo olvidar que se trata de la enésima medida represiva en la línea de las promulgadas por el centroizquierda (incluido ellos) cuando estaba en el gobierno.
Sin embargo, no merece la pena extenderse, al menos para nuestros lectores, sobre esta «izquierda» —como se la denomina periodísticamente—, que solo se prepara para volver al gobierno con el fin de aplicar políticas antiobreras, tal y como ya ha hecho en todas sus anteriores experiencias de gobierno. Preferimos ocuparnos aquí de la izquierda reformista y de aquellas organizaciones que se sitúan a su izquierda.
La hipocresía de la «solución de dos Estados»
Un ejemplo de esta corriente política es Rifondazione Comunista, en las dos facciones que se han separado de lo que queda de ese partido. Las dos direcciones están divididas sobre cuál es la mejor vía para volver a alinearse con el centroizquierda: capitular directamente, como propone Acerbo, o intentar acumular fuerza negociadora presentándose por el momento como algo distinto del centroizquierda, como propone Paolo Ferrero (antiguo ministro de uno de los peores gobiernos antiobreros de las últimas décadas, el de Prodi).
Aunque divididas en cuanto a la táctica, las dos alas comparten, sin embargo, la misma postura sobre Palestina: «dos pueblos, dos Estados», es decir, la propuesta que cualquiera que conozca, aunque sea superficialmente, la llamada «cuestión palestina» considera (si es honesto) engañosa, porque implica la aceptación de la ocupación sionista de gran parte de Palestina, salvo los territorios ocupados en 1967 (esencialmente la Franja de Gaza y Cisjordania), que se dejarían generosamente a los palestinos para crear un miniestado, sin continuidad territorial, sin derecho al retorno a sus tierras para millones de palestinos, ignorando a los casi dos millones de palestinos que viven en condiciones de apartheid dentro de «Israel». Una propuesta que parte de un supuesto «derecho a existir» de la colonia «Israel» (tal y como sostiene la gran mayoría del reformismo mundial, desde Rifondazione Comunista hasta Syriza, pasando por Die Linke). Una propuesta respaldada por muchos gobiernos imperialistas (como el del «progresista» Sánchez en el Estado español, hoy enfrascado en hacer frente a grandes movilizaciones), precisamente porque desde hace décadas no es más que un espejismo prometido a los palestinos, revendido por las fuerzas capitalistas como la actual Autoridad Nacional Palestina colaboracionista (y antes por Al Fatah de Arafat), que solo tiene la función de mantener a raya a los palestinos y que, además de ser una propuesta basada en la injusticia, ni siquiera está contemplada por el sionismo en todas sus vertientes.
Pap y el sustituto reformista del «Estado binacional»
Dado que, en estos tiempos, ante el desastre del capitalismo (guerras, miseria, destrucción del medio ambiente) y la impotencia del reformismo que siembra ilusiones sobre la posibilidad de gobernar de otra manera un sistema irreformable, presentarse como «reformistas» no goza de apoyo, sobre todo entre la que se ha definido acertadamente como la «generación Gaza» (y que está llenando las plazas incluso en este momento en Francia), hay quienes intentan hacerse un hueco aparentemente más a la izquierda. Es el caso de Potere al Popolo (Pap) y de su accionista mayoritario, la neostalinista Rete dei Comunisti.
Por aquí no se habla de la «solución de dos Estados», sabiendo que tiene escasa credibilidad entre quienes se movilizan por Palestina. Y, con razón, también se rechaza celebrar el ritual de la «condena del 7 de octubre». Sin embargo, la perspectiva que se plantea es la «solución de un solo Estado», o Estado binacional. Una perspectiva que parte de una denuncia acertada del engaño de los «dos Estados», pero que (en sus variantes) (2) reconoce de hecho un supuesto «derecho a existir» en esa tierra a quienes la han colonizado, extendiendo el derecho a la «autodeterminación» no solo a los palestinos (pueblo oprimido), sino también a los judíos «israelíes» (que, en cambio, no son un pueblo oprimido), confundiendo la defensa leninista de la «autodeterminación de los pueblos oprimidos» con la concepción liberal de la autodeterminación (que no distingue entre pueblos oprimidos y pueblos opresores).
Una perspectiva tan inviable como la de los «dos Estados», ya que pasa por alto la necesidad de acabar por completo con la colonización de Palestina, separa la cuestión nacional de la socialista y de una perspectiva internacionalista para Oriente Medio que derrote al conjunto de los regímenes reaccionarios de la zona.
Por no hablar del contexto en el que se inscribe esta postura: alinearse, en nombre del «multipolarismo», con algunos imperialismos (China y Rusia) contra los imperialismos considerados peores (EE. UU., «Occidente»). Llegando incluso a pasar por alto, con cierta incomodidad, el hecho de que China (considerada un imperialismo mejor y preferible, o incluso un modelo de «socialismo de tipo chino») es el principal proveedor comercial de «Israel» e incluso ha aumentado sus exportaciones durante la masacre de Gaza (3) y ha seguido suministrando a los sionistas los drones de Autel Robotics, utilizados contra los palestinos (y contra la Flotilla).
Con pequeñas matizaciones, el conjunto de estas posturas parte del reconocimiento de las resoluciones de la ONU, es decir, de ese organismo que dista mucho de ser angelical y que no solo bautizó el nacimiento de la colonia «Israel», sino que ha encubierto durante décadas, bajo un manto de legalidad, la existencia de la entidad sionista, calificando de «territorios ocupados» únicamente aquellos de los que los sionistas se apoderaron tras la «guerra de los seis días» de 1967, y no la totalidad del territorio que algunos denominan «Israel», es decir, cuatro quintas partes de Palestina.
Obviamente, no hay ni una pizca de realismo en estas posturas. Todas ellas son fruto de la voluntad deliberada de las direcciones de estas organizaciones —más allá de las declaraciones— de no cuestionar la compatibilidad con el capitalismo ni las necesidades de los distintos imperialismos a los que deciden sumarse. De hecho, cuestionar la existencia de «Israel», tantoen la forma de los «dos Estados» como en el del «Estado binacional», significa cuestionar el capitalismo y sus intereses vitales. Y el horizonte de los reformistas no contempla nada de todo esto: la palabra «revolución» no se escatima (al fin y al cabo, ahora también la usan los jóvenes del PD…), pero tiene el mismo valor que cuando se emplea en ciertos anuncios de detergentes.
Palestina libre, desde el río hasta el mar
No vamos a volver aquí a exponer la posición de nuestro partido y de nuestra Internacional, que ya hemos presentado en decenas de ocasiones anteriores. Solo recordaremos, en resumen, que nosotros, retomando el legado del trotskismo (la única corriente que ha luchado contra el sionismo desde el nacimiento de «Israel»), defendemos el objetivo de una Palestina libre «desde el río hasta el mar», lo que implica la destrucción de la colonia «Israel», la expulsión de los sionistas y la recuperación por parte de los palestinos de toda la Palestina histórica: no solo de los llamados «territorios ocupados», sino también de la mayor parte de lo que hoy se conoce como «Israel», reconociendo el derecho de minoría nacional a los judíos antisionistas que acepten vivir en paz en Palestina. Solo con esta premisa —que solo puede alcanzarse uniendo la reivindicación nacional a las sociales en el marco de un programa de revolución permanente— se podrá unir a las masas árabes de toda la región para alcanzar el objetivo de una federación socialista de Oriente Medio. Objetivo que, para nosotros, requiere —a fin de realizarse plenamente— la construcción, también en Palestina y en los demás países de Oriente Medio, de partidos trotskistas armados con este programa, que formen parte de una Cuarta Internacional refundada.
En este sentido, consideramos erróneas no solo las dos posiciones mayoritarias de la izquierda descritas anteriormente (la de los «dos Estados» y la del «Estado binacional»), sino también cualquier posición que aísle y oponga la cuestión nacional —objetivo democrático— a la socialista; así como la posición opuesta de quienes niegan la cuestión nacional en nombre de una abstracta «revolución pura». Quizá, en este segundo caso, como hacen algunos (en particular, por ejemplo, el PCR y la Internacional de Alan Woods, que no por casualidad rechaza la consigna «Palestina libre desde el río hasta el mar»), pensando que se puede «dividir “Israel” según líneas de clase» y «unir a los trabajadores “israelíes” con los palestinos». Esta postura, aparentemente «de izquierda», en realidad elimina toda la concepción leninista de la cuestión nacional y parte de una grave incomprensión de la teoría-programa de la revolución permanente (grave aún más para quien se define como trotskista). (4) Por si fuera poco, es una postura que ignora que los trabajadores de «Israel», que obviamente existen, son una casta privilegiada de colonos que no solo vive por encima del nivel de vida de los trabajadores de toda la región, sino que basa sus propios privilegios precisamente en el hecho de formar parte de una colonia financiada y sostenida por el imperialismo. Lo cual explica, por cierto, por qué en ochenta años se cuentan con los dedos de una mano (y son, obviamente, dignos de elogio) los «israelíes» que, habiendo llegado o nacido en «Israel», han roto con la entidad colonial para ir a luchar junto a los palestinos.
La banalidad de los intelectuales
Varios intelectuales de la llamada izquierda comentan las terribles imágenes del documental Naza y se indignan ante los testimonios de militares que explican cómo, en innumerables ocasiones, han bombardeado viviendas, barrios, colegios y hospitales, provocando cientos de «muertes colaterales» para golpear «un terrorista» (así es como también estos intelectuales llaman a los combatientes palestinos). De lo cual se deduce que no se les ha informado de que el objetivo declarado de los sionistas, desde hace más de un siglo, es la eliminación de los palestinos de Palestina, mediante el genocidio y la expulsión provocada por el terror.
Estos intelectuales lacayos, que siguen corriendo con librea detrás del carruaje de su amo, que cada vez que abren la boca emiten su implacable «condena del 7 de octubre», para luego jurar inmediatamente por el «derecho a existir de Israel», se interrogan filosóficamente, citando a Hannah Arendt, sobre la «banalidad del mal». ¿Por qué «Israel» no utilizó mejor sus servicios de inteligencia para evitar el 7 de octubre?, se preguntan. La culpa, aseguran, es de Netanyahu, a quien se le había informado del 7 de octubre y «no hizo nada para evitarlo»: es decir, para masacrar por adelantado a los palestinos antes de que rompieran la jaula de Gaza.
No es de extrañar: no se muerde la mano que te da de comer. Pero, ¿qué hacemos con las direcciones del 99 % de los partidos reformistas —y también de aquellos que, por alguna extraña razón, se autodenominan «revolucionarios» —que, tras un siglo de demostraciones prácticas (si queremos llamar así a las decenas de masacres perpetradas por los sionistas), después de que Gaza haya sido arrasada en directo por televisión, mientras toda Cisjordania está ocupada por los sionistas y las bombas caen sobre el Líbano e Irán, siguen con la letanía de los «civiles masacrados el 7 de octubre»?
La letanía sobre las «víctimas civiles» del 7 de octubre
El lamento por «los civiles» asesinados el 7 de octubre es transversal: es decir, no proviene solo de quienes desearían una convivencia pacífica entre colonizados y colonos. Sin embargo, incluso quienes se posicionan del lado de los palestinos lamentan la «masacre de civiles» del 7 de octubre y la toma de rehenes por parte de la Resistencia.
¿De dónde viene esta insistencia en los «civiles»? En toda la Palestina ocupada (y no solo en Cisjordania), incluso donde sus mapas indican «Israel», no hay «civiles», sino colonos que desde hace un siglo intentan por todos los medios eliminar a los habitantes palestinos: este tipo de colonialismo se denomina precisamente «de asentamiento» porque no tiene como objetivo prioritario la explotación de la población autóctona, sino su eliminación (por eso es inapropiada la comparación con la Sudáfrica del apartheid, donde los afrikaners tenían como objetivo la explotación salarial de los negros; algo que, por otra parte, continúa hoy en día bajo otra forma). Los «israelíes», es decir, los ciudadanos del «Estado judío», no son, por tanto, comparables a los civiles de ningún otro país; tanto cuando llevan uniforme (y el servicio militar es allí periódico) como cuando van vestidos de civil, son y siguen siendo colonos.
Aparte de esta constatación objetiva, cabe añadir que esta distinción —que muchos dan por «natural»— entre combatientes y civiles no es propia del marxismo. Pertenece más bien al llamado «derecho internacional» que, aunque se presente como «universal», al igual que todo derecho está redactado por la clase dominante, por lo que es un derecho de clase. Ese mismo derecho define en qué circunstancias es legítimo recurrir a la fuerza (jus ad bellum) y cómo debe llevarse a cabo la guerra (jus in bello). En este sentido, por ejemplo, diversas resoluciones de la ONU reconocen la legitimidad de la lucha (incluso armada) de los pueblos sometidos a dominación, pero al mismo tiempo prescriben el respeto a los «civiles».
Estos son los referentes (explícitos o implícitos) de muchos comentaristas de izquierda, incluidos algunos (repitámoslo) que se autodenominan «revolucionarios». Es decir, reconocen el «derecho» de los palestinos a luchar, incluso con las armas, no porque sea simplemente justo y necesario, sino porque así lo dice la ONU… Y, en consonancia con el cumplimiento de las leyes redactadas por el enemigo de clase, advierten a los palestinos de que atacar a civiles o tomarlos como rehenes no es aceptable.
Lenin definía la Sociedad de Naciones (que precedió a la ONU) como «una guarida de bandidos imperialistas». Si hubiera podido ver a la ONU, que desde hace décadas encubre las guerras imperialistas o incluso las libra directamente (con soldados que llevan un casco de otro color, el casco azul), que envía a estas tropas «de paz» a imponer el orden imperialista por todos los medios, incluidas masacres, torturas y violaciones (véase lo que han hecho los cascos azules en Bosnia, el Congo, Haití, Somalia, Sierra Leona, Guinea, Mozambique y un largo etcétera), Lenin habría podido confirmar esa denominación también para la ONU, que, en cambio, gran parte de la izquierda considera una especie de entidad angelical, situada por encima de la lucha de clases internacional.
Incluso quienes se muestran críticos con la ONU (y en el caso de Palestina debería ser algo obvio, teniendo en cuenta que la colonia sionista fue bautizada y protegida durante décadas precisamente por la ONU), sin embargo, a menudo ha interiorizado la idea de la existencia de un «derecho internacional», neutral desde un punto de vista de clase, que establece que las vidas de hombres y mujeres solo tienen valor si no llevan uniforme. Una idea que, pensándolo bien, resulta muy útil para las guerras imperialistas que, desde siempre , necesitan «carne de cañón».
Las lamentaciones sobre los «civiles» surgen de estas distorsiones, en el mejor de los casos; o de la hipocresía, en el peor.
La paradoja es que luego estos mismos dirigentes e intelectuales tal vez ensalzan películas como La batalla de Argel, de Pontecorvo, en la que se ve cómo los combatientes argelinos se vieron obligados a recurrir incluso al uso de bombas en mercados, cines, bares, etc., para liberarse y, finalmente, expulsar a los colonos franceses. Larbi Ben M’Hidi, dirigente del FLN, ante la acusación de atacar a civiles con bolsos que ocultaban bombas, respondió que estaba dispuesto a cambiar los bolsos de los combatientes por los cañones y los bombarderos de que disponían los colonos.
Un historiador (judío antisionista) como Enzo Traverso (5) ha recordado que también la Resistencia partisana en Europa durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que atacar a menudo objetivos civiles.
Surge entonces la duda de si lo que se acepta como heroísmo en el caso de Argelia o de los partisanos no se reconoce a los palestinos porque los hechos históricos del pasado no exigen posicionarse hoy en un lado de la barricada (aunque no faltan incluso quienes se distancian del atentado de los GAP en la via Rasella a Roma en 1944 o siguen lamentando el asesinato del filósofo de la Republica de Mussolini, Giovanni Gentile, a manos de los partisanos).
Los civiles, los rehenes y… la Comuna
Solo cabe imaginar las palabras (sin duda poco políticamente correctas) con las que Marx y Engels habrían comentado las posturas de ciertos intelectuales que, en mayor o menor medida, se refieren al «marxismo», al estilo de Judith Butler, quien, junto con Michael Lowy y otros, firmó este verano un manifiesto sobre Irán que, ya desde el título («A los presos políticos iraníes, atrapados entre las dos hojas de unas tijeras») (6) equipara la agresión imperialista y sionista contra Irán con el Irán agredido, para luego desarrollar de forma ambigua ese mismo concepto, a base de frases como «por un lado… por otro lado», «dos fuentes de opresión», y dedicar solo una cuarta parte del texto a atacar al imperialismo y al sionismo agresores.
Evidentemente, nosotros también estamos a favor de la liberación de los presos políticos iraníes y no sentimos ninguna simpatía por el régimen de los ayatolás, que usurpó la revolución obrera de 1978-1979 y masacró a miles de revolucionarios, pero, como marxistas, en una guerra entre el imperialismo y una semicolonia, nos alineamos en el frente de esta última, sin dejar de ser opositores irreconciliables de su régimen reaccionario. Porque solo desde la posición en el frente del país dependiente agredido se puede construir el derrocamiento del régimen reaccionario.
Resulta, pues, paradójico que incluso ciertos intelectuales que se definen como «trotskistas» olviden las inequívocas posturas de Trotsky en casos similares, como en el de la agresión de Japón a China (por entonces una semicolonia) en 1937, cuando Trotsky afirma: «Al participar en la lucha militar bajo las órdenes de Chiang Kai-shek —dado que, lamentablemente, es él quien tiene el mando de la guerra por la independencia—, nos preparamos políticamente para derrocar a Chiang Kai-shek: esta es la única política revolucionaria». (7) Conviene recordar que Chiang fue el responsable de la masacre de la Comuna de Cantón.
Varios de los firmantes del llamamiento de Butler, como era de esperar, se contaron entre los críticos más severos de lo ocurrido el 7 de octubre. La propia Butler llegó a hablar de «una masacre aterradora y repugnante» (8): refiriéndose no a lo que llevan haciendo los sionistas desde hace un siglo, sino… a la acción bélica de los palestinos. En otras ocasiones ha intentado «contextualizar», pero, en cualquier caso, tanto ella como otros intelectuales como Slavoj Žižek no han dejado de lamentar la muerte de «civiles» de «ambas partes».
La tradición del marxismo no tiene nada que ver con la pacifista ni con la que se somete a las concepciones liberales del derecho. Los revolucionarios nunca han equiparado la violencia de Roma con la de Espartaco, ni la violencia de quien oprime con la de quien es oprimido y trata de liberarse.
Esta hipocresía era ajena a Marx y, sin duda, al ver a ciertos «marxistas» que se amparan en ella, habría repetido que no era… marxista.
¿Queremos recordar la defensa incondicional que Marx hizo de la toma de rehenes civiles por parte de la Comuna de París? ¿Y también del fusilamiento de 64 rehenes (entre ellos el obispo Darboy) por orden del heroico Raoul Rigault, de veinticinco años, delegado de Seguridad Pública de la Comuna? Leemos en La guerra civil en Francia: «Cuando Thiers (…) restableció, desde el inicio del conflicto, la costumbre humanitaria de matar a los prisioneros comuneros, la Comuna, para proteger sus vidas, se vio obligada a recurrir a la práctica prusiana de tomar rehenes. La vida de los rehenes ya había quedado condenada más de una vez por las continuas ejecuciones de prisioneros perpetradas por los versaleses. ¿Cómo podían salvarse por más tiempo tras la masacre con la que los pretorianos de Mac Mahon celebraron su entrada en París? ¿Acaso había que convertir también en una simple burla la toma de rehenes, última garantía contra la ferocidad sin escrúpulos de los gobiernos burgueses? (…) La Comuna había ofrecido en repetidas ocasiones intercambiar al arzobispo —y a muchos sacerdotes, además— por el solo Blanqui, que entonces estaba en manos de Thiers. Thiers se negó obstinadamente. Sabía que con Blanqui le daría a la Comuna una cabeza, mientras que el arzobispo le sería más útil como cadáver». (9)
En cuanto a Engels, dijo que si algo se podía reprochar a los comuneros era haber sido demasiado benévolos con el enemigo de clase. (10).
Los bolcheviques, por su parte, durante la guerra civil tomaron como rehenes incluso a los familiares de los generales a los que obligaban a luchar en el Ejército Rojo. Fue precisamente Trotsky quien firmó la orden sobre los rehenes, en 1918. (11)
¡Qué diferencia con las quejas y los matices sobre los «civiles» sionistas de ciertos supuestos discípulos de hoy en día!
La hipocresía más sutil: «es legítimo, pero…»
Otros, como por ejemplo Gilbert Achcar (dirigente de la denominada «Cuarta Internacional» mandelista, más conocida como Secretariado Unificado), utilizan argumentos no menos hipócritas, pero de una hipocresía más sutil, menos visible.
En concreto, estos «defensores» de la causa palestina plantean cuatro tesis.
– Primera tesis: «Los palestinos deberían volver a utilizar (solo según algunos, mayoritariamente según otros) medios de lucha política de masas como huelgas, etc.».
Olvidando que, por las razones expuestas, en Palestina no existe una explotación capitalista «normal»: la lucha consiste en defender la supervivencia frente a los sionistas que aspiran a la masacre, al genocidio.
– Segunda tesis: «Los palestinos deberían recurrir a la fuerza si fuera necesario, pero tal y como lo hicieron durante la Primera Intifada (1987)». O, dicho de otro modo, los palestinos deberían utilizar, como mucho, hondas y piedras, no ametralladoras ni cohetes. La imagen del niño palestino con la honda les parece, a estos señores, heroica, mientras que la del palestino con la ametralladora se considera inapropiada. Sin embargo, olvidan que las hondas en lugar de los fusiles no fueron una elección hecha para no molestar al académico pequeñoburgués, sino porque se luchaba con lo que había, es decir, con hondas porque (por desgracia) no había nada mejor.
– Tercera tesis: «Más allá de cualquier consideración sobre la legitimidad, el resultado del 7 de octubre ha sido la Franja de Gaza arrasada».
Aquí estamos ante el colmo de la hipocresía. Detrás de esta tesis se esconde el viejo leitmotiv que reza: «si la víctima no reacciona, evita lo peor». Un estribillo no solo ignominioso, sino que, en el caso de Palestina, es doblemente falso, dado que desde hace un siglo los sionistas masacran a los palestinos incluso sin un pretexto inmediato, porque ese es el proyecto constitutivo del sionismo.
– Cuarta tesis: «La superioridad militar de “Israel” no puede ponerse en duda».
También en este caso se trata de un argumento falso; basta con echar un vistazo a la historia y también a la actualidad. «Israel» y el imperialismo han sido puestos en jaque o derrotados en innumerables ocasiones. No hace falta recordar Vietnam, Irak o Afganistán: basta con ver cómo los ejércitos más fuertes del mundo no han logrado hasta ahora doblegar a un país semicolonial como Irán. Y no solo eso: desde hace más de un siglo, la Resistencia palestina lucha e, incluso tras la masacre de estos últimos años, los sionistas y los imperialistas no han logrado desarmarla.
La idea de la invencibilidad del enemigo forma parte de la mentalidad típica de los intelectuales pequeñoburgueses que buscan un rincón tranquilo de la historia donde poder escribir sus libros o cultivar sus carreras universitarias. Pero son precisamente los hechos del 7 de octubre los que nos proporcionan una prueba más de que el enemigo, por muy poderoso que sea, no es invencible.
La realidad del 7 de octubre
Los hechos del 7 de octubre fueron falsificados desde el día siguiente. Hay libros, como por ejemplo el de Roberto Iannuzzi (12), que han enumerado y desmontado el montón de mentiras difundidas por la prensa burguesa, que se hizo eco de la propaganda del gobierno sionista: niños descuartizados, violaciones, etc. Todo ello falso y desmentido por decenas de investigaciones independientes y, en algunos casos (aunque fuera en la última página), por los mismos periódicos que habían inventado esas «noticias».
En decenas de otros artículos y en un libro (13) ya hemos escrito también sobre lo que más importa y que, por lo general, se omite: es decir, los cien años de historia que preceden al 7 de octubre. Cien años de masacres, bombardeos, encarcelamientos, torturas y violaciones cometidos por los sionistas. Mejor de lo que podríamos hacerlo nosotros, todo esto ha sido documentado por un gran historiador (judío antisionista) como Ilan Pappé (14) y por muchos otros historiadores honestos que, gracias también al 7 de octubre y al movimiento de masas que ha suscitado, hoy en día son publicados no solo por pequeñas editoriales.
Volviendo a los hechos de aquel día, Iannuzzi ha ofrecido una de las mejores reconstrucciones. Al amanecer de aquel 7 de octubre de 2023, un frente militar formado por todas las organizaciones comprometidas con la Resistencia lanzó un ataque, encabezado por unos 1200 combatientes de Hamás, el FPLP, FPLP-CG, FDLP, JIP y otros grupos menores (una decena en total), seguidos por miles de palestinos que, utilizando lo que encontraban a su alcance, irrumpieron en varios puntos a través de la barrera ultratecnológica (coste de más de mil millones de dólares) que cercaba Gaza y a sus habitantes, separándolos del resto de su territorio ocupado.
Los objetivos eran diversos puestos militares avanzados (entre ellos la base militar de Urim, que alberga el infame departamento 8200, un cuerpo de «élite» de los servicios sionistas dedicado a la interceptación e identificación de palestinos) y la búsqueda de rehenes para poder intercambiarlos posteriormente por los miles (unos 10 000) de rehenes palestinos que cada día son maltratados y torturados, y violados metódicamente, en las cárceles de la llamada «única democracia de Oriente Medio».
El resto es de sobra conocido: la mayor parte de esos rehenes fueron asesinados por los disparos indiscriminados de las Idf, otros sobrevivieron incluso a los bombardeos sionistas y fueron intercambiados por prisioneros palestinos.
En las últimas semanas, algunos insisten en afirmar que Netanyahu había sido avisado con antelación de la operación «Inundación de Al-Aqsa» y que no la habría obstaculizado para poder atacar después Gaza. Esto, con diferentes matices, ya se dijo desde el día siguiente al 7 de octubre. Se trata de una distorsión de los hechos que tiene dos objetivos: en primer lugar, separar las responsabilidades de «Israel» de las de Netanyahu, haciendo recaer la culpa del sionismo únicamente sobre este último (como si el sionismo no hubiera iniciado sus políticas genocidas mucho antes de que apareciera este personaje turbio, incluso bajo la dirección de presidentes denominados «laboristas»); en segundo lugar, en algunos casos de forma inconsciente, se trata de un relato que hace el juego a quienes quieren sostener que «Israel» habría sido atacado el 7 de octubre por la Resistencia palestina únicamente gracias a una conspiración, dando así nuevo crédito a la tesis de la «invencibilidad» de los sionistas y a la supuesta impotencia de los palestinos. Lo más probable es que fueran precisamente ese sentimiento de superioridad y esa convicción de invencibilidad los que les hicieran ignorar las señales —que sin duda habían sido captadas por los carceleros de Gaza— de la preparación de la acción militar.
El significado imperecedero del 7 de octubre
Sin embargo, el 7 de octubre fue también mucho más.
Fue un golpe muy duro asestado a «Israel». Demostró, en primer lugar, que el enemigo, por muy bien armado que esté, no es invencible, al contrario de lo que afirman los defensores del escepticismo.
Si durante décadas la historiografía ha definido la acción de los GAP en la via Rasella, en Roma, el 23 de marzo de 1944, como la mayor acción partisana en territorio ocupado, hoy podemos afirmar que la acción de la Resistencia palestina del 7 de octubre fue aún más importante.
El 7 de octubre y los años siguientes han puesto de manifiesto ante los ojos de las masas lo que realmente es «Israel». Y todas las mentiras de la propaganda sionista y del imperialismo que la defiende ya no podrán curar esta herida. «Israel» se encuentra hoy más aislado que nunca, mientras que el apoyo a la causa palestina ha movilizado a millones de jóvenes y trabajadores de todo el mundo (incluidos muchos jóvenes judíos que no quieren tener nada que ver con el sionismo).
Por eso, es tarea de todos nosotros apoyar la valiente lucha de la Resistencia palestina, defenderla de toda calumnia y no dejarnos detener por los intentos de censura y represión. Y la mejor maner e que tenemos para participar en esta lucha es vincular el apoyo a la Resistencia palestina con la lucha política y social contra el gobierno de Meloni y contra todos los gobiernos imperialistas.
El Pdac y la Lit-Cuarta Internacional estamos comprometidos con esta lucha e invitamos a quienes quieran desarrollarla a unirse a nosotros, a venir a conocer y a construir el partido revolucionario internacional que se necesita para vencer.
Si hoy podemos hablar de una «generación Gaza», que llena las plazas del mundo con su energía incontenible, es porque Palestina se ha convertido en el símbolo de la lucha contra todas las injusticias y contra la barbarie del sistema capitalista, un sistema social al que debemos poner fin por la vía revolucionaria.
Por estas razones, no nos limitamos a simpatizar con la Resistencia palestina, sino que afirmamos que la lucha de nuestros compañeros palestinos es nuestra propia lucha. Por eso, una vez más, debemos dar las gracias a esos jóvenes palestinos que el 7 de octubre rompieron la jaula de Gaza, en la que se vieron obligados a vivir desde su nacimiento, y se atrevieron, por decirlo con Marx, a «asaltar el cielo».
Notas
(1) Véase M. Travaglio, Israel y los palestinos en pocas palabras (PaperFirst, 2023).
(2) Para más información sobre la denominada «solución de un solo Estado», remitimos a nuestro libro: Del río al mar. Del lado de la Resistencia palestina (ed. Rjazanov, 2025).
(3) Tras el 7 de octubre, las exportaciones de China a «Israel» han seguido creciendo.
(4) Sobre la teoría-programa de la revolución permanente en relación con Palestina, nos permitimos remitir de nuevo a nuestro libro citado en la nota n.º 2 o a nuestro artículo de polémica con el PCR: «Palestina: ¿por qué al PCR no le gusta “del río al mar”?»
(5) Enzo Traverso es autor de muchos libros excelentes. Aquí remitimos a su obra: Gaza ante la historia (Laterza, 2024), que sin duda merece la pena leer, aunque Traverso también sea partidario de la idea (ilusoria) del Estado binacional y, tras haber demostrado la infundada naturaleza de tantos argumentos moralistas, no deje de caer a su vez, de forma contradictoria, en algunas disquisiciones estériles sobre el «derecho internacional».
(6) El llamamiento de Judith Butler, Michael Lowy y otros intelectuales se titula «A los presos políticos de Irán, atrapados “entre las dos hojas de unas tijeras”»
https://www.theguardian.com/commentisfree/ng-interactive/2026/aug/20/iran-political-prisoners
(7) Lev Trotsky, «Sobre la guerra chino-japonesa» [carta a Diego Rivera], 23 de septiembre de 1937. La hemos traducido y publicado con nuestras notas en Trotskismo oggi, n.º 20, 2022.
(8) Esta reflexión de Judith Butler sobre el 7 de octubre puede leerse en «The Compass of Mourning», en London Review of Books, 19 de octubre de 2023.
(9) V. K. Marx, La guerra civil en Francia, 1871https://www.marxists.org/italiano/marx-engels/1871/gcf/index.htm
El pasaje citado se encuentra en el capítulo 4 de la tercera Declaración sobre la Comuna, redactada por Marx y aprobada por la Asociación Internacional de los Trabajadores.
La orden de fusilar a los rehenes la dio, para ser exactos, Raoul Rigault y, en el caso del obispo y del resto de rehenes, Théophile Ferré, un joven de su misma edad que sustituyó a Rigault cuando este fue nombrado fiscal de la Comuna. Ambos, dirigentes del ala blanquista de la Comuna, murieron fusilados, víctimas de la sangrienta represión con la que la burguesía no solo se vengó de la Comuna, sino que quiso dar una advertencia a los trabajadores para que no se atrevieran nunca más a quebrantar su dominio. Eso es precisamente lo que hicieron también los sionistas al arrasar la Franja de Gaza tras la acción del 7 de octubre; en este caso, no solo como advertencia, sino también como parte del proyecto genocida propio del sionismo.
(10) Véase F. Engels, Introducción (1891) a K. Marx, La guerra civil en Francia (1871).
(11) La orden fue promulgada por Trotsky el 30 de septiembre de 1918, en su calidad de presidente del Consejo Revolucionario de Guerra. Establecía que, en caso de deserción de un oficial, se detuviera a sus familiares. El texto de la orden se publica en Lev Trotsky, La revolución armada. Escritos militares, 1 (Feltrinelli, 1971, p. 147). Trotsky defiende y argumenta la necesidad de esta medida en Su moral y la nuestra (ed. Rjazanov, 2023, véase p. 38 y ss.)
(12) Roberto Iannuzzi, El 7 de octubre entre la verdad y la propaganda (Fazi, 2024).
(13) Véase el libro citado en la nota n.º 2.
(14) Entre los libros de Ilan Pappé (todos ellos muy útiles y recomendables) destacamos aquí: La limpieza étnica de Palestina, publicado en 2008 y reimpreso en varias ocasiones por Fazi; o, también de Fazi, La prisión más grande del mundo. Historia de los territorios ocupados (2022). Su libro más reciente es El fin de Israel. El colapso del sionismo y la paz posible en Palestina (Fazi, 2025). La «paz posible» a la que alude el título es precisamente esa «solución de un solo Estado» sobre la que hemos dado nuestra opinión en este artículo y, con más detalle, en nuestro libro (véase la nota n.º 2), que también contiene una bibliografía comentada sobre la lucha palestina.




