El futuro del Líbano y el impasse en el Golfo
Desde el 2 de marzo, el Estado de Israel se ha dedicado a promover ataques devastadores contra el Líbano, en particular contra la región sur y el sur de Beirut. Ya son más de 3.100 muertos, más de un millón de desplazados y muchas zonas devastadas. ¿Hasta dónde llegará Israel?
Por: Fabio Bosco
Para entender estos ataques, es necesario comprender cuál es la visión histórica de los sionistas respecto al Líbano. El 16 de mayo de 1955, el primer ministro israelí Moshe Sharett describió en su diario la reunión que tuvo con David Ben-Gurion, entonces ministro de Defensa, y con su jefe del Estado Mayor, Moshe Dayan:
“Según él [Dayan], todo lo que se necesita es encontrar un oficial, aunque sea apenas un mayor. Debemos conquistar su corazón o comprarlo con dinero, para lograr que acepte declararse salvador de la población maronita. Entonces el ejército israelí entrará en el Líbano, ocupará el territorio necesario y creará un régimen cristiano aliado con Israel. El territorio desde el Litani hacia el sur será totalmente anexado a Israel…”.
Ese plan fue puesto en práctica en 1978, cuando Israel invadió el sur del Líbano y constituyó un ejército títere dirigido por el mayor Saad Haddad, sustituido tras su muerte por el general Antoine Lahad, ambos cristianos maronitas. Cuatro años después, las fuerzas israelíes avanzaron hasta la capital, Beirut, para expulsar a las fuerzas palestinas, derrotar a las fuerzas de izquierda e imponer a su aliado Bashir Gemayel en la presidencia.
Gemayel defendía una agenda israelí: la expulsión de los palestinos, a quienes consideraba una “población excedente”, y la imposición de un gobierno autoritario para garantizar los intereses de la burguesía cristiana libanesa.
Para ello, Gemayel necesitaba tiempo para expulsar a los palestinos y a las fuerzas sirias antes de normalizar las relaciones con el Estado sionista. Ese fue el pacto entre Gemayel y el general israelí Ariel Sharon en Bikfaya, dos días antes de su ejecución mediante la explosión del edificio donde se encontraba la sede de su partido.
Posteriormente, en 1983, la resistencia libanesa hegemonizada por los partidos de izquierda expulsó a las fuerzas israelíes de Beirut hacia el sur. En 2000, la resistencia libanesa, ya bajo hegemonía de Hezbollah, expulsó a las fuerzas israelíes y a su ejército fantoche.
El segundo intento de imponer un plan colonial sobre el Líbano comenzó en octubre de 2024 con ataques devastadores contra el territorio libanés, particularmente el sur y el sur de la capital, pero también aldeas y ciudades del valle de la Bekaa. Esa agresión fue suspendida por imposición de Donald Trump, pero el alto el fuego fue violado por Israel 15.000 veces hasta el 2 de marzo de 2026, cuando Israel retomó la agresión a gran escala.
En las negociaciones impuestas por el imperialismo estadounidense, los objetivos israelíes son claros: obligar al gobierno libanés a impulsar una guerra civil para desarmar a Hezbollah, mientras las fuerzas israelíes ocupan el sur del país y pueden atacar cualquier punto del territorio libanés en cualquier momento. El plan israelí transformaría al gobierno libanés en un representante de sus intereses de colonización de las tierras árabes.
Israel como puesto avanzado del imperialismo estadounidense
Ese plan de Israel depende directamente de su principal patrocinador: el imperialismo estadounidense. Desde 1973, el imperialismo estadounidense convirtió al Estado de Israel en su puesto avanzado para controlar toda la región del Levante, Irak y la península arábiga. Para ello, Israel recibe gratuitamente armamento moderno superior al de cualquier otro país de la región, mientras que Estados Unidos vende al resto armamento insuficiente para enfrentar a los sionistas. Desde el gobierno de Barack Obama, Israel recibe 3.800 millones de dólares anuales, e incluso más cuando es necesario, como ocurrió durante el genocidio contra los palestinos en Gaza.
Además, el imperialismo estadounidense desarrolló una serie de estrategias diplomáticas para obligar a los países árabes a normalizar relaciones con Israel. Así ocurrió en 1979 con Egipto, y después con Jordania. También en 1993, los Acuerdos de Oslo transformaron a la OLP en administradora de la ocupación israelí; y en 2020, los Acuerdos de Abraham con Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán impulsaron procesos de normalización con casi todos los regímenes árabes, con excepción de Argelia, Túnez y Kuwait.
Ese proceso de normalización ampliada fue interrumpido por la acción de la resistencia palestina, liderada por Hamas, el 7 de octubre de 2023, que volvió a colocar la cuestión palestina en la agenda internacional, congeló las negociaciones de normalización —en particular con Arabia Saudita— y quebró la autoconfianza sionista en su esquema de seguridad.
Desde entonces, Estados Unidos, bajo Joe Biden y Trump, brinda apoyo incondicional al Estado de Israel en el genocidio en Gaza, la limpieza étnica en Cisjordania y el apartheid en los territorios palestinos ocupados desde 1948.
Los objetivos fracasados en la agresión contra Irán
Tras una agresión de 12 días en 2025, el imperialismo estadounidense y las fuerzas israelíes iniciaron una brutal agresión contra Irán el 28 de febrero.
Su plan era imponer un gobierno aliado para atender los objetivos estadounidenses en la disputa interimperialista con China y eliminar las ambiciones regionales del régimen iraní, dejando el camino libre para las ambiciones hegemónicas de Israel.
Ese plan fracasó debido al éxito de la estrategia iraní de bloquear el estrecho de Ormuz y estrangular la economía internacional. En este momento existe un impasse y Trump busca una salida para reabrir Ormuz y evitar una caída mayor de la economía mundial, afectando los intereses de las corporaciones y de la población estadounidense, así como de los países aliados.
Simultáneamente, Estados Unidos impulsa un “plan B” a través de su representante Tom Barrack, quien visita todas las capitales árabes con el objetivo de construir una alianza regional contra Irán. Ese objetivo ya avanzó con la alianza militar en negociación entre Israel y Emiratos Árabes Unidos, y con el reemplazo del primer ministro iraquí.
Las ambiciones sauditas y la construcción de una tercera vía
Sin embargo, ese plan enfrenta resistencias. En primer lugar, por parte del líder de la Liga Árabe, el régimen saudita, que tiene sus propias ambiciones de convertirse en la potencia regional hegemónica, como alternativa tanto a Irán como a Israel.
Hace once años, el régimen saudita inició una guerra contra los hutíes yemeníes sin éxito, que terminó después de que dos drones alcanzaran el principal complejo petrolero del país en 2019.
Al mismo tiempo, el régimen lanzó el proyecto 2030 para diversificar la economía saudita y hacerla menos dependiente del petróleo. Sin embargo, ese plan no logró reunir todos los recursos necesarios para concretarse y ahora se encuentra cuestionado a partir de la agresión imperialista contra Irán, que golpeó de lleno a los países del Golfo.
Hoy el régimen saudita busca una alianza regional alternativa tanto a Israel como a Irán, combinando sus enormes recursos económicos con Turquía y su industria armamentística, Egipto y su enorme población, y Pakistán y sus bombas atómicas: una alianza explosiva. Esa alianza se mantiene como aliada de Estados Unidos, pero conserva excelentes relaciones con el imperialismo chino.
Una de sus banderas es congelar la normalización con Israel subordinándola a la llamada iniciativa árabe de 2002, que exige el reconocimiento de un Estado palestino en los territorios ocupados por Israel en 1967. El régimen saudita ya actúa en el Líbano buscando impedir la normalización de relaciones con Israel.
Líbano dividido
La opinión mayoritaria de la burguesía libanesa y de la población libanesa es contraria a la normalización plena con Israel. Pero está dividida por grupos religiosos respecto a cómo terminar con la agresión israelí.
La burguesía cristiana quiere un acuerdo de alto el fuego con Israel y el desarme de Hezbollah. La burguesía chiita rechaza las negociaciones con Israel porque representan la subordinación colonialista del Líbano, y apoya la resistencia armada hoy liderada por Hezbollah, que necesita armas para llevarla adelante. Entre esas dos posiciones se ubican la burguesía sunita y drusa: quieren un alto el fuego con Israel sin que eso implique normalización, y un desarme negociado de Hezbollah.
La división entre la población es algo diferente. Según una encuesta de opinión pública realizada por el canal local Al-Jadeed, la mayoría de los cristianos, drusos y sunitas quieren el desarme de Hezbollah, mientras que el 87% de los chiitas se opone. Respecto a las negociaciones directas con Israel, cristianos y drusos apoyan en más de un 70%. Los sunitas están divididos: el 52% apoya la paz con Israel, pero el 46% la rechaza. Y el 53% de los sunitas rechaza una negociación entre Benjamin Netanyahu y el presidente libanés Joseph Aoun.
Entre los chiitas, el 93% rechaza cualquier negociación, demostrando que el divorcio entre Hezbollah y la población chiita no ocurrió, aunque exista descontento respecto a las políticas del partido desde la invasión de Siria en 2013 hasta los recientes ataques israelíes al país.
En cuanto a la normalización con Israel, solo los drusos son mayoritariamente favorables: el 70% apoya la apertura de una embajada israelí en Beirut. Ese acercamiento de la comunidad drusa con Israel ocurrió después de los conflictos en Suwayda entre las fuerzas del gobierno sirio y las fuerzas lideradas por el sheikh al-Hijri. Resulta interesante el divorcio entre el principal dirigente druso, Walid Jumblatt, y la población drusa. Jumblatt defiende un reacercamiento entre el gobierno sirio y la población drusa en Suwayda, así como un alejamiento de Israel.
La relación de la izquierda con Hezbollah también es compleja. El académico Ziad Majed considera que la izquierda libanesa está dividida en cuatro grupos: el primero apoya a Hezbollah por su papel de resistencia contra Israel. El segundo critica duramente a Hezbollah por su política interna, pero coloca la lucha contra Israel por encima de los desacuerdos. El tercer grupo se opone a Hezbollah por su relación con Irán y la invasión de Siria, pero no se alinea con las fuerzas anti-Hezbollah y entiende que Israel es la mayor amenaza para el Líbano. El cuarto grupo cree que es necesario un acuerdo con Israel para terminar con la agresión.
Otros países imperialistas
En el plano internacional, el imperialismo europeo, que antes tenía gran influencia en Medio Oriente, hoy se limita a declaraciones diplomáticas criticando los excesos israelíes —por ejemplo, la acción israelí en el Líbano—, pero en general se omite frente al genocidio palestino y mantiene todos los canales diplomáticos y comerciales con el Estado de Israel.
China se presenta simultáneamente como aliada de Israel, Irán y Arabia Saudita, y no tiene interés en la caída de los regímenes de ninguno de esos países. Rusia, por su parte, mantiene relaciones importantes tanto con Irán como con Israel, aunque actualmente tiene limitada su capacidad de acción debido al enorme esfuerzo bélico en Ucrania.
Expulsar a Israel y derribar el régimen sectario
En esta situación, es importante identificar cuál es la orientación política para la clase trabajadora libanesa, que necesariamente comienza por la necesidad de expulsar a las fuerzas israelíes del territorio libanés y participar, de la forma que sea posible, en la resistencia. Para concretar eso, el principal obstáculo es el Estado sectario y la mayoría de sus partidos burgueses.
El Estado sectario fue producto de una maniobra imperialista destinada a dividir a la clase trabajadora libanesa en ilusorios intereses comunitarios dirigidos por los respectivos sectores burgueses. Ese Estado sectario estuvo cerca de ser derrotado al inicio de la guerra civil libanesa, algo que no ocurrió debido a la intervención militar siria en 1976, que impidió la derrota de la extrema derecha cristiana.
Ese Estado capitalista sectario es responsable de la decadencia económica del país. Es incapaz de garantizar servicios básicos como la recolección de basura o el suministro eléctrico durante 24 horas. Además, en 2019, la burguesía libanesa retiró sus capitales del país, provocando una caída abrupta de la libra libanesa y de la economía en general, seguida de una criminal explosión en el puerto de Beirut que, además de destruir completamente la zona, causó la muerte de 300 personas.
Contra el Estado sectario se levantó, una vez más, la rebelión del 19 de octubre de 2019. Ese levantamiento defendía el fin del Estado sectario y reunió sectores diferentes, desde un sector proletario radicalizado, centrado en la ciudad de Trablous (Trípoli), hasta sectores medios concentrados en Beirut. La orientación para el movimiento obrero debe partir de la lucha contra Israel, construyendo un campo independiente de la clase trabajadora y de la juventud, separado de los partidos sectarios e inspirado en la juventud proletaria de Trablous (Trípoli).




