El 28 de junio de 1914, un atentado realizado en Sarajevo (capital de Bosnia, en los Balcanes), realizado por Gavrilo Princip (joven integrante de una organización nacionalista bosnia) acabó con la vida del archiduque Francisco Fernando (heredero de la corona del Imperio Austro-húngaro) y la de su esposa. Fue el hecho detonante de la Primera Guerra Mundial (o la Gran Guerra como se la llamaba en la época): un mes después, las tropas austo-húngaras invadían Serbia (también en los Balcanes). Ese fue el detonante pero podía haber sido otro: desde hacía varios años, el mundo (y esencialmente Europa) vivían lo que se llamaba la “paz armada” a la espera de su estallido.

Por Alejandro Iturbe

En la Primera Guerra, se enfrentaron dos coaliciones: la Entente de los aliados (Inglaterra, Francia y Rusia), por un lado, y los “imperios centrales” (Alemania y el Imperio Austro-Húngaro), aliados al imperio turco-otomano, por el otro. Antes de la guerra, Italia estaba asociada a los “imperios centrales” pero, apenas iniciada, cambió su posición y se integró a los Aliados.  Los combates se desarrollaron centralmente en Europa, pero también hubo escenarios bélicos en Asia y África.

Desde el punto de vista militar, la guerra incorporó nuevos y modernos armamentos, algunos de una gran crueldad (si cabe el término) como el uso del “gas mostaza”. En Europa, los dos frentes tuvieron características diferentes. El occidental, se caracterizó como una “guerra de posiciones” o “de trincheras”: fuertes líneas militarizadas de ambos bandos (muy cercanas entre sí) y gigantescas batallas (que ocasionaban miles de muertos de ambos bandos) para ganar estrechas franjas de terreno (a veces ni siquiera eso). En el oriental (sobre el imperio ruso), las batallas también eran durísimas y con altísimos costos. Pero hubo mayor movilidad como la exitosa ofensiva alemana sobre la parte exterior del imperio ruso o la ofensiva rusa que casi diezmó al ejército austro-húngaro.

Esta guerra significó la mayor movilización de soldados vista hasta ahora en un solo conflicto: se estima que participaron carca de 70 millones (60 de ellos europeos). El costo humano fue asustador: se calculan casi 10 millones de muertos y otros tantos heridos y/o mutilados. Fue una verdadera tragedia para la humanidad.

Desde el punto de vista político, el marxismo la caracterizó como una guerra interimperialista. Para entender este concepto, es necesario retomar algunos procesos analizados por Lenin en su libro de 1916 para explicar las causas de la guerra (1). En ese libro, él define el surgimiento de una fase distinta del capitalismo, a la vez superior y de decadencia (el imperialismo), caracterizada, entre otros factores centrales, por el surgimiento del capital financiero (fusión del capital bancario e industrial, con el predominio del primero), la exportación de este capital y la creación de grandes conglomerados bancarios-industriales. A partir de esa base, las potencias imperialistas, para asegurar los  mercados y los recursos naturales a sus empresas, dominaban el resto de las naciones como colonias o como semicolonias.

Algunas naciones imperialistas habían llegado tardíamente a este “reparto” o no estaban satisfechas con él y querían “rediscutirlo” por la vía de la guerra. Era el caso de Alemania, gran potencia industrial pero débil en posesiones coloniales, que quería disputar con Inglaterra el rol de principal potencia mundial.

La gran tragedia humana que significó la guerra fue también una lamentable tragedia  para la clase obrera y los sectores explotados: los trabajadores y campesinos pobres de ambos bandos se asesinaban entre sí, por millones, para defender a sus burguesías imperialistas.

Desde el punto de vista de los trabajadores, ambas tragedias fueron, en última instancia, el resultado de la traición de la Segunda Internacional (o Internacional Socialista) cuyos principales partidos (entre ellos, el alemán y el francés) apoyaron a sus respectivos países imperialistas y llamaron a los trabajadores a combatir por ellos. Fue una política que Lenin denominó como “socialpatriotismo” y calificó como “traición”.

Excede el objetivo de este artículo analizar los factores que se combinaron para que ocurriera esta traición, pero ella significó la muerte de la Segunda Internacional (construida durante las tres décadas anteriores) como herramienta de lucha. Para los trabajadores, fue una derrota tan importante como la de la propia guerra.

La traición de la Segunda Internacional fue enfrentada por sectores minoritarios de organizaciones y dirigentes. En esa oposición, confluyeron dos alas. Una era “pacifista”: sus objetivos se limitaban a detener la guerra y conseguir la paz´, y así acabar la matanza entre trabajadores. Al mismo tiempo, creían posible una recomposición futura de la Segunda. La otra proponía la línea del “derrotismo revolucionario” (“la derrota del propio imperialismo es el mal menor”) como un medio de transformar la guerra interimperialista en una guerra revolucionaria de los trabajadores y las masas contra su propia burguesía. Su principal exponente eran Lenin y los bolcheviques rusos. Pero también la integraban Trotsky (en ese momento menchevique de izquierda), Rosa Luxemburgo (entonces presa en Alemania) y Karl Liebcknecht (líderes del ala izquierda del partido socialdemócrata alemán). En ese marco, Lenin postulaba la necesidad de construir una nueva organización internacional.

Ambos sectores confluyeron en la Conferencia de Zimmerwald, realizada en esta localidad suiza, en setiembre de 1915.  Según palabras de Trostky en “Mi vida”: “Parecía que todos los internacionalista del mundo cabían en apenas cuatro automóviles”. De la conferencia, salieron algunas declaraciones y resoluciones comunes contra la guerra. Pero se trataba de unidad táctica y temporal, sin acuerdo estratégico entre ambas alas.

Resulta interesante ver las perspectivas que abrían en ese momento los análisis de cada sector. Si se consideraba la realidad de un modo mecánico, la combinación entre la gran derrota objetiva para los trabajadores que significaba la guerra y la gran derrota subjetiva de la quiebra de la Segunda Internacional, había que prepararse para un largo período de retroceso y de alejamiento de la perspectiva estratégica de la revolución socialista. Para Lenin, por el contrario, la gran crisis burguesa que representaba la guerra y las penurias y sufrimientos que imponía a los trabajadores y las masas abrían las condiciones objetivas de una situación revolucionaria en Europa.

Consecuente con eso, comenzó a preparar a su organización bolchevique para intervenir en la revolución que podría producirse en Rusia. La vida le dio la razón: el proceso revolucionario ruso comenzó en febrero de 1917 y con un sólido núcleo de algunos miles de cuadros y militantes, claridad y firmeza estratégica, y habilidad táctica frente a las situaciones concretas, los bolcheviques ganaron la dirección de los trabajadores y los campesinos pobres rusos, tomaron el poder en octubre de 1917 y así comenzaron la construcción del primer estado obrero de la historia. Paralelamente, se fundó la Tercera Internacional (o Internacional Comunista), hasta hoy  el mayor intento de construir una dirección revolucionaria internacional con peso de masas. Desde su vuelta a Rusia, Trostky se unió a los bolcheviques (junto a su grupo de militantes) y también jugó un papel central en el proceso revolucionario ruso y en la construcción de la Tercera.

Otras revoluciones fueron paridas por la guerra. La más importante fue la iniciada por el derrumbe del ejército y la caída del Imperio Alemán (a finales de 1918). A Rosa Luxemburgo y Karl Liebcknecht no les faltaba decisión revolucionaria. Pero, a diferencia de Lenin (y a pesar de su amplia influencia política entre los trabajadores alemanes) no habían construido una sólida organización de cuadros y militantes sino una corriente laxa y muy débil organizativamente. Por esta debilidad, la Liga Espartaquista (escindida del partido socialdemócrata alemán) no tuvo las condiciones necesarias para dirigir esa primera oleada de la revolución alemana. Y lo pagó muy caro: Rosa y Karl fueron asesinados en enero de 1919, por orden del gobierno con mayoría socialdemócrata.

La Primera Guerra Mundial terminó en noviembre de 1918 con el triunfo de la Entente Aliada. Cambió el mapa político de Europa y otras regiones del mundo. Se hundieron cuatro imperios: el alemán, el austro-húngaro, el turco-otomano y el ruso. Alemania fue sometida a durísimas condiciones por los vencedores pero (ante el fracaso de diversas oleadas revolucionarias en el país) surgió una corriente (el nazismo) que volvería a intentar “rediscutir” la hegemonía imperialista en  la Segunda Guerra Mundial. Inglaterra y Francia salieron victoriosos e incluso ampliaron sus dominios coloniales. Pero, estratégicamente, iniciaron un retroceso irreversible frente a la nueva potencia imperialista emergente: los Estados Unidos.

Otro cambio esencial en el mapa político fue el nacimiento de la URSS, el primes estado obrero de la historia. El curso posterior de esta y otras experiencias sería motivo de otros artículos específicos. Pero su surgimiento fue un factor que marcó gran parte de los procesos del siglo XX.

La combinación entre ambos hechos (la Primera Guerra y la Revolución de Octubre) inicia lo que el trotskista argentino Nahuel Moreno denominó la “época de las revoluciones obreras y socialistas” (2), a la que, en su inicio, Lenin había definido como una “época de guerras, crisis y revoluciones”. En los más de cien años transcurridos, esta época se expresó en diferentes etapas (relaciones de fuerza) de la lucha de clases, pero consideramos que seguimos dentro de ella. Las guerras, crisis y revoluciones están a la orden del día pero uno de los elementos (la crisis de dirección revolucionaria señalada por Trotsky en el Programa de Transición) se ha transformado en un factor determinante en el curso de esas revoluciones. En tanto ella no se resuelva, los procesos revolucionarios se frustarán o “darán vueltas en círculo” para recomenzar aún más agravados, en la medida que el capitalismo-imperialista sumerge a la humanidad en una decadencia y degradación cada vez mayor.

Creemos plenamente en la vigencia de la estrategia de la toma del poder a nivel nacional y en la necesidad de la revolución socialista internacional. Creemos también que la resolución de la crisis de dirección que ayude a avanzar en esta dirección pasa por la construcción de partidos revolucionarios nacionales y una internacional revolucionaria según el modelo de la III Internacional (defendido por Trotsky frente al estalinismo al fundar la IV Internacional). La LIT-CI (con sus modestas fuerzas) intenta intervenir en los procesos revolucionarios al servicio de esta tarea urgente.

 

Notas:

 

  • “El imperialismo fase superior del capitalismo” (1916).
  • “Las Revoluciones del Siglo XX” (1984)