Presentamos a continuación la contribución de los camaradas italianos del PdAC para los 70 años de la muerte de León Trotsky. En la misma, nos presentan los análisis de Trotsky, aún estando en la condición de dirigente de la URSS y de la III Internacional, sobre la ola de luchas que, noventa años atrás, en septiembre de 1920, llevó a los obreros italianos a ocupar las fábricas (a partir de la Fiat) y llegar muy cerca de conquistar el poder.
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1919-1920: el "bienio rojo" de la clase obrera italiana

 

La llama obrera de septiembre de 1920 no fue un hecho aislado. Aquel otoño concluyó en lo que, enseguida, sería definido como el “bienio rojo”, porque fue marcado por una ola, sin precedentes en Italia, de luchas revolucionarias. A los años 19119-1920 le siguió un “bienio negro”: después del fracaso de la revolución obrera, la crisis económica empujó a la pequeña burguesía (en ausencia de una hegemonía de signo opuesto del proletariado) a una radicalización de masas hacia la derecha. Es el período que concluirá con el advenimiento al poder de los fascistas guiados por Mussolini.



En septiembre de 1920, un enfrentamiento sindical (por una reivindicación de aumento salarial) será el detonante que le prenderá la mecha a la pólvora. En el año anterior se dio un movimiento impetuoso contra el “costo de vida”, con motines de marineros, huelgas generales, enfrentamientos violentísimos con la policía que disparaba sobre los manifestantes; en julio, del mismo año, una huelga general contra la agresión imperialista al gobierno soviético paralizó al país; y, luego, aún más, la “huelga de los punteros” (de los relojes – el movimiento ganó ese nombre cuando los obreros atrasaron, en 1 hora, todos los relojes de la Fiat en Turín en protesta contra los horarios de la jornada de trabajo). 



La fuerza de la clase obrera se reveló en las cifras de los sindicalizados: en 1918, la CGL (Confederación General del Trabajo) tenía 250 mil inscritos, en 1919, 1 millón 160 mil, en 1920 llegaba a 2 millones 300 mil. Lo que faltaba no era ni la fuerza ni la combatividad. Faltaba una dirección política y sindical consecuente. A fines de agosto de 1920, los obreros están de nuevo en movimiento. En los días siguientes, ocupan las fábricas en el llamado triángulo industrial: Milán-Turín-Génova. En la Fiat de Turín, el escritorio de Agnelli (dueño de la fábrica) se constituye en la sede del comité de ocupación: y en algunas fábricas, entre las cuales está la Fiat, la producción continúa, después de expulsar a los patrones y a los dirigentes, bajo la dirección de los Consejos Obreros, estructuras de tipo soviético.

 

Los bomberos reformistas y el nacimiento de los comunistas organizados

 

En 1919 y a principios de 1920, la burguesía pudo tener apenas con las tropas de su Estado (muchas veces se pasaban a los insurgentes o eran incapaces de afrontar una movilización de aquellas proporciones) incluso, a la cabeza, con los dirigentes reformistas del PSI (Partido Socialista Italiano) y de la CGL. Será, enseguida, el propio D'Aragona (Epifanio de la época – Epifanio es actual dirigente traidor de la CGL) quien dice: «tal vez tengamos la culpa de haber concedido mucho a los entusiasmos bolcheviques de las masas pero, ciertamente, no nos puede ser negada la honra de haber impedido una explosión revolucionaria.» (1)



Sin embargo, a pesar de su celo por frenar las luchas, ni siquiera los bomberos reformistas pudieron impedir el incendio mayor: en ese septiembre. El chispazo fue provocado por los metalúrgicos, como explica Gramsci, hablando de la experiencia de Turín: «los metalúrgicos formaban la vanguardia del proletariado de Turín. Dadas las particularidades de esta industria, cada movimiento de sus obreros se volvía un movimiento general de masas y asume un carácter político y revolucionario, incluso si este, en principio, persigue solamente un objetivo sindical.» (2)

 

El grupo del Orden Nuevo (periódico) de Gramsci participa en la primera fila de las luchas en Turín. Se forman “las guardias rojas” en las fábricas; se montan las ametralladoras en los techos y se contaban las municiones. Son más de 600 las empresas ocupadas sobre las cuales se ve izada la bandera roja. Grandes manifestaciones paralizan el país: además de las principales ciudades industriales del norte, también en las calles de Boloña, Florencia, Roma resuena la consigna “hacer como en la Rusia de Lenin y Trotsky".



Para Gramsci, el instrumento social de las luchas son los "Consejos de fábrica", que sustituyen a las "comisiones internas", constituidas por elementos oportunistas escogidos por la burocracia sindical. Los Consejos «concretizan la fuerza del proletariado y las luchas contra el orden capitalista y ejercitan el control sobre la producción, educando a toda la masa obrera para las luchas revolucionarias y para la creación del Estado Obrero» (3). No se trataba solamente de una promesa. En Turín, los Consejos de fábrica tuvieron un poder real. El 3 de diciembre de 1919, como cuenta Gramsci, “la sección socialista, concentraba en sus manos todo el mecanismo del movimiento de masas, los Consejos movilizaban, sin preparación alguna, en el transcurso de 1 hora, 120 mil obreros (…) que llegaban hasta el centro de la ciudad y barrían de las calles a toda escoria nacionalista y militarista." (idem). Los comunistas no tenían, aún, su partido. Así, las direcciones reformistas (Turati) y centristas (los maximalistas de Serrati) frenaban las luchas, obteniendo a cambio consistentes aumentos salariales (hasta el 20%) y hasta el pago de los días de ocupación de los establecimientos. Los patrones estaban dispuestos a amplias concesiones (lo que se mantuvo por algunos meses) para ver restituidas las fábricas que habían perdido.



Será la experiencia de aquel bienio que empuja a Bordiga, Gramsci y otros a organizar, pocos meses después, la escisión de Livorno del PSI (4). En la convicción que sin un partido que buscase la conquista del poder, ningún movimiento, ninguna lucha (por más radical y revolucionaria como esa de esos meses) podría vencer.



El análisis internacional de Lenin y Trotsky

 

La Internacional Comunista acompaña y analiza la experiencia revolucionaria en Europa (la revolución espartaquista en Alemania, de noviembre de 1918 a enero de 1919; la ola revolucionaria en Italia): la perspectiva de la Internacional (aún libre de las manos del stalinismo, que va a imponer el aislamiento y, por lo tanto, la traición de las otras revoluciones como forma de protección de la burocracia) es aquella de romper el cerco a Rusia soviética gracias a la victoria de nuevas revoluciones. La certeza de todo el grupo dirigente comunista internacional era, de hecho, que no era posible construir el socialismo sólo en Rusia aislada. El caso italiano es acompañado, en particular por cuenta de la Internacional, por Trotsky. El lector encuentra en las páginas siguientes trechos de dos textos –de aquel que era, aún (junto con Lenin), uno de los dos principales dirigentes bolcheviques- donde analiza los motivos de la derrota de la revolución italiana. Se trata de “Septiembre de 1920: la revolución que faltó” (relato de octubre de 1922, para el 5º aniversario de la Revolución Rusa) y de “El análisis de las corrientes del movimiento obrero italiano” (discurso, en julio de 1921, en las conclusiones del III Congreso de la Internacional Comunista) (5).



Ofrecer a nuestros lectores estos textos nos parece un buen modo de relacionar los aniversarios de dos acontecimientos de décadas atrás (los 70 años de la muerte de Trotsky y los 90 años del movimiento de septiembre de 1920): hechos antiguos que, sin embargo, recuerdan mucho a nuestro presente y, por así decirlo, esperan aún un futuro. ¿Que otras soluciones tienen hoy los obreros italianos, ante los ataques de Marchinne, si no ocuparan las fábricas y desarrollar una nueva oleada revolucionaria? La historia del movimiento obrero nos ofrece ejemplos y preciosas enseñanzas, entre todos, el primero: desconfiar de las direcciones políticas y sindicales reformistas y burocráticas y construir el partido revolucionario que faltó en septiembre de 1920, un partido sin el cual no existirá nunca ninguna victoria efectiva para los trabajadores. Un partido comunista, internacionalista, o sea, trotskista.

 

Notas

(1) Ver Batalla sindical, 25/9/29, citado en Del Carria, Proletarios sin revolución, vol. 3, p. 83.

(2) En "Relatos” de julio de 1920 para el Ejecutivo de la Internacional Comunista, en Gramsci, El Nueva Orden, 19-20.

(3) Idem.

(4) En el Congreso de Livorno del PSI, la mayoría estaba con los centristas (“comunistas unitarios”) de Serrati: 98 mil y tantos votos; para los comunistas de Bordiga fueron 58 mil votos aproximadamente; otros 15 mil para la derecha de Turati. El día 21 de enero de 1921, Bordiga llevó a los comunistas al vecino Teatro San Marcos, donde nacerá el nuevo partido. Un partido que, aunque estén “dentro con todas las enfermedades infantiles” (la constatación es de Trotsky y se refiere al extremismo de Bordiga), no tiene nada que ver con el PCI de los años 30, conducido por Togliatti (después de expulsar a la izquierda y abandonar a Gramsci en prisión), las posiciones del stalinismo, esto es la conciliación de clase con la burguesía y sus gobiernos.

(5) Ambos textos están publicados en Escritos sobre Italia.

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Septiembre de 1920: faltó la revolución

 

(…) la clase obrera había tomado el poder, pero no existía ninguna organización en condiciones de consolidar definitivamente la victoria (…)

 

León Trotsky, 1922



(…) ¿Recuerdan 1919? Fue el año en el cual toda la estructura del imperialismo europeo tambaleó bajo el impacto de la mayor lucha de clases del proletariado verificada en la historia, y de la cual esperábamos, diariamente, la noticia de la proclamación de la República de los Soviets en Alemania, en Francia, en Inglaterra, en Italia. El término “soviet” se volvió popularísimo. Los soviets fueron organizados por todos lados. La burguesía era atacada. 1919 fue el año crítico en la historia de la burguesía europea. En 1920, los levantamientos (podemos afirmar hoy, retrospectivamente) disminuirán considerablemente, sin embargo se mantuvieron extremadamente peligrosos, manteniendo la esperanza de poder conseguir una rápida liquidación de la burguesía, en pocas semanas o meses. ¿Cuáles eran las premisas de la revolución proletaria? Las fuerzas productivas estaban plenamente maduras, así como las relaciones de clase; el papel social objetivo del proletariado ponía a este último plenamente en capacidad de conquistar el poder y de asumir el necesario papel dirigente. ¿Qué faltaba? Faltaba la premisa política, la premisa subjetiva, o sea, la plena conciencia de la situación por parte del proletariado. Faltaba una organización al frente del proletariado, capaz de explotar la situación para la preparación técnica y organizativa directa de la insurrección, de la toma del poder, etc. Esto es lo que faltó.



Todo se volvió trágicamente claro en septiembre de 1920, en Italia. Entre los trabajadores italianos, trabajadores de un país que había sufrido muy duramente la guerra, un proletariado joven sin la capacidad de un viejo proletariado pero, también, sin las características negativas de este último (conservadurismo, tradicionalismo, etc.). Entre este proletariado, las ideas y los métodos de la revolución rusa encontraron una enorme simpatía. El PSI [Partido Socialista Italiano], aún no había tomado en cuenta suficientemente estas concepciones y estas consignas. En septiembre de 1920, la clase obrera italiana, de hecho, no había tomado el control del Estado, de la sociedad, de las fábricas, de las empresas, de la prensa. ¿Qué cosa faltaba? Faltaba una migaja, faltaba un partido que, apoyándose en el proletariado revolucionario, encarase una lucha abierta con la burguesía para destruir los restos de las fuerzas materiales aún en manos de esta última, tomar el poder y llegar a la victoria de la clase obrera. En realidad, la clase obrera había conquistado el poder, pero no existía ninguna organización en condiciones de consolidar definitivamente la victoria, y así la clase obrera fue echada para atrás. El partido se dividió en varias direcciones, el proletariado fue derrotado; y desde ese momento, en los años 1921-22, asistimos a un terrible retroceso político de la clase obrera italiana bajo los golpes de la burguesía ya consolidada en los escuadrones pequeñoburgueses, más conocidos bajo el nombre de fascistas.



El fascismo es la revancha, la venganza realizada por la burguesía para compensar el pánico sufrido en septiembre de 1920 y, al mismo tiempo, es una lección trágica para el proletariado italiano, una lección sobre cómo debe ser un partido político, centralizado, unido y con las ideas claras. Un partido que debe ser prudente al escoger las condiciones, pero también resueltamente decidido en la aplicación de los métodos necesarios a la hora de definir. Comparar eventos como aquellos de la jornada del día 20 de septiembre en Italia, con aquellos de nuestro país (URSS) debe y debería servirnos para reflexionar sobre nuestro partido, que debe funcionar en condiciones incomparablemente más difíciles, o sea, en condiciones de bajo y atrasado nivel cultural, en un ambiente en el cual predominan los campesinos (…)



En Italia, la situación también es más grave. Después de los hechos de septiembre de 1920, el ala comunista, aproximadamente un tercio del viejo PSI, salió de la organización, en tanto que el viejo partido socialista, formado de un ala de la derecha y de otra del centro, continuó su existencia. Bajo el ataque de la burguesía, que confió el poder ejecutivo en manos de los fascistas, los reformistas son llevados siempre más a la derecha, tratando de entrar en el gobierno, en el cual, el órgano ejecutivo, era y es constituido por las escuadras fascistas. Esto llevó a una ruptura en el partido socialista entre el ala derecha y el llamado grupo de Serrati, que anunció en la conferencia del partido su adhesión a la Cominter (Internacional Comunista -IC). En nuestro congreso tuvimos dos partidos: nuestro partido comunista italiano y el partido de Serrati, el cual (después de ejecutar un largo giro) hoy desea ingresar a las filas de la IC. La mayoría de este partido está, sin duda, tratando de practicar una verdadera actividad revolucionaria. En este sentido, existe cierta analogía con el caso francés. En Francia, la perspectiva es la de llegar a una unificación entre el ala izquierda y la del centro, cuando ambas pertenecían al mismo partido. Los dos grupos son, sobre todo, dos tendencias, pero estas dos fracciones, en el caso de Italia, son dos partidos diferentes.



Naturalmente no será simple la unificación entre ellas, dado que la tarea consiste en la fusión de grandes masas proletarias de estos dos partidos y, al mismo tiempo, asegurar una dirección comunista revolucionaria decidida. De ahí resulta que, sea en el caso de Italia, sea en el de Francia, el trabajo para hacer hoy es, sobre todo, interno, organizativo, de preparación y de educación, en tanto el partido comunista alemán puede y debe superar ya esta fase, como lo está haciendo en el sentido de una actividad agitativa ofensiva, aprovechándose del hecho que los independientes y los socialdemócratas están unidos y que ese es hoy el único partido de oposición. (…)
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Análisis de las corrientes del movimiento obrero italiano

 

León Trotsky, 1921



La necesidad de la lucha contra los elementos centristas o semicentristas surge de modo evidente en la cuestión del Partido Socialista Italiano. La historia de esta cuestión es conocida. El Partido Socialista Italiano sufre, desde antes de la guerra imperialista, de una significativa lucha interna y sufrió una escisión. En virtud de este suceso, fue depurado de los peores chauvinistas (nacionalistas radicales). En tanto, Italia entró en la guerra a los 9 meses de iniciada, más tarde que los otros países, y esto facilitó la política contra la guerra hecha por el Partido Socialista Italiano. El partido no se hundió en el patriotismo y mantuvo su posición crítica contra la guerra y el gobierno. Adhirió, por lo tanto, a la conferencia antimilitarista de Zimmerwald, aunque su internacionalismo fuese de naturaleza más informal. En seguida, la vanguardia del partido obrero italiano, empujó aún más hacia la izquierda a los círculos dirigentes, y el partido entró en la III Internacional junto con Turati que, en sus artículos y discursos trataba de demostrar que la III Internacional no era otra cosa que un arma diplomática en manos de la potencia soviética y que, bajo la cobertura de internacionalismo, luchaba por los intereses nacionales del pueblo ruso. ¿No es monstruoso escuchar juicios de este género de parte de un “compañero” –si se me permite llamarlo así- de la Tercera Internacional? El carácter antinatural del ingreso del PSI, en su vieja forma, en la Internacional Comunista, se demostró de modo más clamoroso durante la acción de masas en septiembre del año pasado (1920). Lo menos que se puede decir es que el partido, durante este movimiento, traicionó a la clase obrera. Se nos pregunta cómo y por qué el partido, en el otoño del año pasado, sacó el cuerpo y capituló mientras se desarrollaba la huelga de masas, mientras los trabajadores ocupaban las fábricas, las tierras, etc. Se nos pregunta qué cosa contribuyó más para esta traición (reformismo cínico, indecisión, estupidez política u otro) y sería difícil dar una respuesta.



El PSI sufrió, después de la guerra, la influencia de la IC, permitiendo que su ala izquierda (correspondiente a la orientación de las masas obreras) avanzase de modo más abierto que el ala derecha, pero el aparato organizativo permaneció esencialmente en manos del centro y del ala derecha. La agitación era conducida en nombre de la dictadura del proletariado, del poder de los soviets, por la hoz y el martillo, por Rusia soviética, etc. En septiembre del año pasado, el movimiento llegó hasta las ocupaciones de fábricas, minas, latifundios, etc. Más exactamente, en el momento en el cual el partido debería estar sacando todas las consecuencias prácticas, políticas y organizativas que surgían de su agitación, retrocedió asustado ante su responsabilidad, enflaqueciendo la posición del proletariado y las masas obreras fueron abandonadas a merced de las bandas fascistas.



La clase obrera esperaba que el partido, que la había llamado para la lucha, asegurase los hechos. Y ellos podían ser realmente asegurados; la esperanza de una victoria era plenamente fundada porque el gobierno burgués estaba, entonces, desmoralizado y paralizado y no podía depender ni del ejército, ni del aparto policial. Naturalmente, como ya dijimos, la clase obrera aseguraba que el partido, permaneciendo al frente, conduciría la lucha hasta el fin. Pero, por el contrario, en el momento decisivo el partido se echó atrás, privó de dirección y desarmó a las masas. Entonces apareció definitivamente y completamente claro que las filas de la Internacional no podían tener lugar para políticos de este tipo. El Ejecutivo de la Internacional actuó, de modo absolutamente correcto cuando, luego de la escisión que se verificó poco después en el partido italiano, declaró que solamente el ala izquierda comunista pertenecía a la IC. Así, el partido de Serrati, esto es, la mayoría del viejo PSI, fue expulsado de la IC. Desafortunadamente (y esto encuentra una explicación en las circunstancias particularmente desfavorables pero, tal vez, en los errores de nuestra parte) el Partido Comunista de Italia contó, en el momento de su fundación, con menos de 50.000 inscritos, en tanto que el partido de Serrati conservó, por lo menos, 100.000, entre los cuales 14.000 eran reformistas declarados (que anteriormente realizaron su propia conferencia en Reggio Emilia). Cierto que los 100.000 trabajadores del PSI no son, de modo alguno, nuestros adversarios. Si hasta ahora no nos fue posible atraerlos a nuestras filas, no es por culta nuestra.



La justeza de esta evaluación fue demostrada por el hecho de que el PSI expulsado de la Internacional, envió 3 representantes a nuestro congreso. ¿Qué significa esto? Los círculos dirigentes se colocaron con su política fuera de la Internacional, pero la masa obrera les obliga aún a golpear nuestras puertas. De este modo los obreros socialistas manifestaron su orientación revolucionaria y su voluntad de estar con nosotros. Pero son dirigidos por hombres que demostraron no haber asimilado el modo de pensar y los métodos comunistas. Así, los obreros italianos, que pertenecen al partido de Serrati, mostraron ser, en mayoría, de orientación revolucionaria, pero de no tener aún la necesaria claridad política. En nuestro congreso estaba el viejo Lazzari. Personalmente, es una figura muy simpática, un viejo combatiente a merced de las concepciones democráticas, humanitarias y pacifistas, y en el congreso se expresó así: “Uds. sobrestiman el significado de Turati. Uds. sobrestiman a nuestros reformistas en general. Uds. exigen que nosotros los expulsemos. Pero, ¿cómo podríamos expulsarlos si obedecen la disciplina del partido? Si nos hubiesen dado motivos para hacer eso con un solo caso de rebelión en el partido, si hubiesen entrado en el gobierno contra nuestras deliberaciones, si hubiesen aprobado un presupuesto militar contra nuestras decisiones, entonces podríamos expulsarlos. Pero, caso contrario, no».



Ya citamos los artículos de Turati, que van completamente en contra del abc del socialismo revolucionario. Pero Lazzari sustentaba que estos artículos no son hechos, que en nuestro partido existe el derecho a la libertad de opinión, etc., etc. Entonces, le respondemos: “disculpe, si para expulsar a Turati necesitan que él cometa un “hecho”, o sea, que obtenga un ministerio de Giolitti, entonces no hay duda que Turati, que es un político inteligente, no dará nunca tal paso, porque Turati no es un vulgar carrerista que aspira a una cartera ministerial. Turati es un oportunista probado, un enemigo irreconciliable de la revolución pero, a su modo, es un político idealista que desea, cueste lo que cuesta, salvar a la “civilización” democrático-burguesa, y que por eso desea derrotar a las corrientes revolucionarias de la clase obrera.

 

Si Giolitti le ofreciese un ministerio (y esto en el próximo período ocurrirá probablemente más de una vez), Turati le respondería más o menos así: “Si yo aceptase el ministerio cometería uno de esos “hechos” de que habla Lazzari. Aunque lo hubiese aceptado, yo sería inmediatamente manco en el “hecho” y expulsado del partido. Y si fuese expulsado del partido, también Ud., querido amigo Giolitti, podría hacer lo mismo conmigo, porque Ud. necesita de mi para estar ligado a un gran partido obrero; luego de anulado del partido, también Ud. me anularía del ministerio. Por eso no acepto el ministerio; no me presentaré a Lazzari con el “hecho” y permanecería siendo líder “de hecho” del partido socialista”.



Esta es, más o menos, la argumentación de Turati. Y tiene razón, es muy previsor de lo que el idealista y pacifista Lazzari es. «Uds. sobrestiman al grupo de Turati», replica Lazzari, «se trata de un pequeño grupo, como se diría en francés: una cantidad negligenciable ». Entonces, opondrán: «Más, si se toma en cuenta que, en tanto Ud. se presenta aquí, en la Internacional, en Moscú, para pedir que le acepten, Giolitti está ya telefoneando: ‘Sabe que, querido amigo, Lazzari fue a Moscú y, tal vez, haga alguna promesa peligrosa a los bolcheviques en nombre de tu partido’. Y sabe qué cosa responde Turati. Le diría, seguramente: “Estése tranquilo, querido Giolitti, es una cantidad negligenciable”. Y tiene, incomparablemente, más razón que Lazzari.

 

Este fue nuestro diálogo con los oscilantes representantes de una gran parte de los obreros italianos. Al final se decidió por un ultimátum a los socialistas italianos: convocar a un congreso en 3 meses, expulsar en ese congreso a todos los reformistas (todos aquellos que se autodefinieron así en la conferencia de Reggio Emilia), y unirse a los comunistas sobre la base de las deliberaciones del III Congreso. ¿Cuáles serían las consecuencias directas de estas resoluciones? No se puede decir con precisión. ¿Qué todos los seguidores de Serrati vengan a nosotros? Es dudoso. Y el resto no es desdeñable. Entre ellos existe gente de las cuales no sabemos qué hacer. Pero el paso tomado por el congreso fue justo. Fue proyectado para reconquistar a los obreros provocando una escisión entre los líderes oscilantes.