Se cumplen hoy 92 años de la muerte de V. I. Lenin. Su fallecimiento fue un golpe durísimo para la Revolución Rusa y para el joven Estado Obrero Soviético porque con él se iba el gran dirigente y estratega de ese proceso. Contra todo el revisionismo y la capitulación de la mayoría de la izquierda que abandonó sus enseñanzas y concepción de partido, seguimos siendo, más que nunca, leninistas. Lo recordamos a través de este artículo de Bernardo Cerdeira ya publicado hace pocos meses en nuestro site con motivo del aniversario de la Revolución Rusa.

Por: Bernardo Cerdeira

La Revolución Rusa fue la única en la historia dirigida por un partido revolucionario: el Partido Bolchevique. La existencia de ese partido fue el elemento central para la victoria de la revolución y la constitución de un estado obrero basado en la democracia de los Soviet.

El Partido Bolchevique fue parte del ala izquierda de la II Internacional Socialista que se opuso a la traición de los partidos socialdemócratas que abandonaron a los trabajadores y apoyaron a la burguesía de sus propios países en la Primera Guerra Mundial.

Los bolcheviques denunciaron esa traición y, junto con sectores de izquierda de los partidos socialdemócratas, mantuvieron una posición internacionalista contra la guerra. Lenin fue más allá y defendió que los revolucionarios deberían luchar por transformar la guerra imperialista en guerra civil, o sea, en revolución. Esta posición fue puesta en práctica en Rusia.

Una excepción en la historia

El Partido Bolchevique fue un caso único, producto de circunstancias especiales. Fue un partido que tuvo que desarrollarse en el contexto de la Rusia de los zares, un régimen dictatorial en que los periodos de legalidad fueron cortos y marcados por la represión. No había espacio para una política reformista. La necesidad urgente de los trabajadores y de los campesinos era hacer una revolución que derrumbase ese régimen.

Por eso, el Partido Bolchevique se construyó como un partido obrero, de combate, altamente centralizado, cuya columna vertebral era formada por revolucionarios profesionales.

El desarrollo capitalista en Rusia generó una clase obrera pequeña, pero concentrada en grandes fábricas modernas y que poseía una vanguardia ligada a la tradición socialista y marxista del proletariado europeo. Los obreros rusos tenían una tradición de luchas revolucionarias y habían sido protagonistas de la revolución rusa de 1905. El Partido Bolchevique, por tanto, era el único partido de la II Internacional que había vivido una revolución.

El combate al oportunismo

Más allá de eso, los bolcheviques tenían una existencia propia desde 1903, como un ala del partido socialdemócrata ruso, y, desde 1912, como un partido revolucionario separado del ala oportunista.

En su texto “La bancarrota de la II Internacional”, Lenin explica: “en Rusia, la separación completa de los elementos proletarios socialdemócratas de los elementos oportunistas pequeñoburgueses fue preparada por toda la historia del movimiento obrero”.

Los bolcheviques lucharon por más de 20 años contra diferentes corrientes oportunistas: la “economicista”, que defendía que el proletariado se limitase a las reivindicaciones económicas; los mencheviques, que querían que el proletariado se subordinase a la burguesía liberal; los liquidacionistas, que luchaban contra el partido.

Esa combinación de elementos llevó a los bolcheviques a construir un partido para hacer la revolución y tomar el poder. Así, estaban preparados para los acontecimientos revolucionarios de 1917.

III Internacional: el partido mundial de la revolución socialista

La conquista más importante de la Revolución Rusa de Octubre fue la fundación de la III Internacional Comunista. Fue la primera tentativa de formar una dirección revolucionaria mundial, esto es, una organización centralizada de partidos revolucionarios para desarrollar la revolución socialista y tomar el poder en todos los países del mundo.

Con la traición de los partidos de la II Internacional, Lenin pasó a defender la formación de la III Internacional. Después de la Revolución Rusa, esa necesidad creció: una poderosa ola revolucionaria recorrió países de Europa como Alemania, Hungría e Italia.

El Partido Bolchevique, coherente con su objetivo de utilizar la Revolución Rusa para impulsar la revolución internacional, funda la III Internacional en enero de 1919.

En su primer congreso se aprueba un manifiesto a los proletarios del mundo, que declaraba: “Nuestra tarea consiste en generalizar la experiencia revolucionaria de la clase obrera, en librar al movimiento de las mezclas impuras de oportunismo y socialpatriotismo, de unir las fuerzas de todos los partidos verdaderamente revolucionarios del proletariado y facilitar y conquistar la victoria comunista en todo el mundo” .

La organización adoptó el nombre de Internacional Comunista o Partido Mundial de la Revolución Socialista y decidió que todos los partidos afiliados a ella deberían llamarse “partidos comunistas”.

La III Internacional tuvo un rápido crecimiento, pero fue afectada por la derrota de la revolución europea y por el surgimiento del estalinismo en la URSS, que burocratizó, sofocó y terminó por disolver la III Internacional.

Sin embargo, sus principios, definiciones estratégicas y tácticas quedaron grabadas para siempre en las resoluciones de sus cuatro primeros congresos, constituyen bases programáticas válidas para nuestra época, y son lecciones importantísimas para todos los revolucionarios.

Traducción: Cristian González