Una nueva revolución estalló en el Kirguistán, en octubre pasado. Este pequeño país del Asia Central volvió a mostrar al mundo entero un ejemplo de la fuerza de la lucha popular. Entre los países de la región, es una situación única: cercado por regímenes autocráticos y dictatoriales (Kazajistán, Tayikistán, Uzbekistán, y el totalmente cerrado Turkmenistán) y bajo el control del país más poderoso de la región, Rusia (también lejos de ser una democracia, con el régimen de Putin apoyado en los servicios secretos y de seguridad), el Kirguistán vive como un país democrático hace más de quince años.

Por: POI – Rusia

[Esto] es el resultado de la victoriosa revolución de 2004, cuando el primer presidente Akayev fue depuesto, y sus tentativas de transformar el Kirguistán en una típica autocracia fueron enterradas por el pueblo en las calles. Además, esa revolución incendió al vecino Uzbekistán, aunque el levante allí haya sido brutalmente reprimido (especialmente en Andijan, con fusilamientos y ejecuciones), lo que retardó el desarrollo de levantes democráticos en el Asia Central y en toda la región de la ex URSS (incluyendo a Belarús, donde sigue en curso una revolución popular democrática contra el dictador Lukashenko, que en vísperas de las “elecciones” de este año amenazó por televisión con realizar un nuevo Andijan contra su pueblo).

En 2010, una segunda revolución en el Kirguistán barrió al segundo presidente, Bakiyev, que, como Akayev, había comenzado a construir su propio intento bonapartista de poder. Luego de la segunda revolución, una mujer se tornó presidente del Kirguistán por primera vez en la historia de los países del Asia Central. Y el año pasado, las manifestaciones con millares de personas en el Kirguistán obligaron al gobierno a interrumpir la explotación de las minas de uranio (un proyecto de empresas rusas).

El pueblo kirguís mostró el camino sobre cómo luchar efectivamente por las causas ambientales para todo el mundo, con manifestaciones de masas de trabajadores, conscientes de que defender el medio ambiente significa defender su propia salud. A pesar de haber sido una acción incomparablemente más efectiva en defensa del medio ambiente que todas las simpáticas entrevistas a Greta Thunberg juntas, paradójicamente, nadie en el mundo supo de la victoria de la ola de protestas ambientales en este país, de la victoriosa lucha del pueblo kirguís contra la industria nuclear. ¿Tal vez por el “mal ejemplo” kirguís de mostrar en la práctica que la lucha ambiental efectiva es necesariamente una lucha contra el capital, contra las multinacionales y los gobiernos?

Sin embargo no nos engañemos: aunque la democracia en el Kirguistán sea una conquista de la lucha del pueblo, el poder aún pertenece a la misma clase: a los capitalistas, al gran capital. Las elites del Kirguistán están divididas en campos y clanes y, como resultado de las revueltas y protestas, estos parásitos se aprovechan de la caída de unos para poner a otros en el poder. El gran capital del país tiene miedo de su pueblo y constantemente utiliza bonitos discursos sobre “democracia” para desviar la atención, pero ellos mantienen el poder en sus manos. Las empresas continúan comercializando los ricos recursos del país con Rusia, China, la Unión Europea y los Estados Unidos, condenando a las personas comunes a la pobreza.

La vida real obliga a millones de kirguises a dejar su tierra natal en busca de trabajo. La migración masiva de la clase obrera es el mayor problema del país. Casi toda la clase obrera del Kirguistán, que alimenta a su país (los ingresos debidos a los envíos de los trabajadores migrantes es el mayor ítem entre los ingresos del presupuesto nacional), trabaja en Rusia, en las grandes ciudades, en fábricas, usinas, obradores, depósitos, etc. El proletariado del Kirguistán que trabaja en el exterior compone más de la mitad de los ciudadanos del país, más de tres millones del total de los seis millones de habitantes. Y una parte significativa de esa clase es justamente de obreros de la industria. No sería exagerado decir que la nación kirguís es una de las más proletarizadas del mundo, con tal vez la mayor proporción de obreros.

En Rusia, los obreros y obreras kirguises sufren toda la opresión del deplorable chovinismo ruso, sometidos a la discriminación y la opresión diaria no solo por parte de los órganos estatales de Rusia, sino también de parte de los propios rusos, incluso hasta de los obreros rusos. La actitud de considerar a los kirguises (así como a todos los inmigrantes del Asia Central) como un pueblo menos desarrollado es generalizada en Rusia. Y ese punto de vista chovinista es difundido en todo el mundo por los medios de comunicación de Putin (comenzando con el Russia Today [RT]), y es por eso que nadie sabe de la grandiosa lucha del pueblo del Kirguistán.

El deber más elemental de los revolucionarios internacionalistas es contar a los obreros y pueblos de todos los países sobre el heroísmo, la determinación y la desenvoltura de los trabajadores y del pueblo kirguises. Su lucha debe tornarse un ejemplo, inspirando a luchadores y activistas en los Estados Unidos, Chile, Hong Kong, Argelia, Irán… Esta es una lucha que muestra la importancia no solo de destituir el gobernante de turno sino de extirpar el mismo gran capital, expropiándolo en interés de los pueblos. Y eso solo puede ser hecho por la clase obrera, aquella que crea toda la riqueza de la sociedad, en alianza con todos los oprimidos.

“¡Nosotros sabemos hacer revoluciones!”

“¡Nosotros sabemos hacer revoluciones!”, afirman los kirguises con orgullo, después que el levante de Bishkek golpeó todo el sistema político del país la noche del 5 al 6 de octubre. La razón del descontento fue típica –los resultados de las elecciones parlamentarias, en que las fuerzas pro-gobierno “ganaron” amplia mayoría en el Jogerku Kenesh (el parlamento kirguís). No obstante, el descontento viene creciendo hace años.

El Kirguistán es un país rico, con sus minerales, montañas, el Issyk-Kul (mayor lago del país, de gran potencial turístico y orgullo nacional), y, lo más importante, su pueblo, rico en tradiciones culturales y con un nivel de educación muy elevado. Pero, al mismo tiempo, es uno de los países más pobres en términos de padrón de vida en el Asia Central. Las grandes empresas extranjeras (Rusia, China, Estados Unidos, Unión Europea, Canadá), en cooperación con oligarcas y políticos corruptos locales, durante años se apoderaron de las minas y de las fábricas, las tierras y las vías de transporte, para llevar enormes ganancias al exterior. Como resultado de esa política, llevada a cabo por todos los gobiernos, comenzando por el de Akayev, el Kirguistán es un país pobre. Además, hay una corrupción flagrante y descarada de las elites, que el pueblo común observa hace años.

Y como resultado de esa política destructiva, hay varios millones de trabajadores que emigraron. Una emigración de esa magnitud es un verdadero desastre para una pequeña nación. Son años de vida en trabajos precarios y muchas veces peligrosos, en habitaciones caras y repletas, bajo el desprecio constante del servicio de migración y de la policía, en una atmósfera de nacionalismo ruso. Son años viviendo lejos de los hijos, de su casa, de su tierra. Y esa emigración masiva en busca de trabajo alcanza a más y más generaciones, y no se ve escapatoria a esto. Parecería que el Kirguistán no pasa de una fuente de trabajadores baratos. ¡¿Y cuál será el futuro del país?!

Por eso, el descontento de los kirguises es legítimo y comprensible. ¿Para qué sirven esos políticos que no pueden gobernar en interés de la mayoría del pueblo; que no pueden crear condiciones para el desarrollo del país; que en nombre de su “cooperación” con bancos y empresas extranjeros, en nombre de hacer crecer sus negocios, entierran el futuro de una nación entera?

La rebelión es el resultado natural. Los propios gobiernos, partidos y burócratas, que con las propias manos arruinaron de forma desvergonzada el país vendiéndolo al capital extranjero, son los que empujaron al pueblo a esa feroz resistencia. Y no podemos dejar de sorprendernos con la estupidez de los burócratas… ¡¿Cómo pueden olvidar los recientes levantes y revoluciones de su propio pueblo?! ¿De 2004, con la caída de Akayev? ¿De 2010, con la caída de Bakiyev? ¿De 2019, con la revuelta contra la explotación de las minas de uranio? En los últimos años, millares y millares de kirguises decían en voz alta que se estaba haciendo imposible soportar, que vendría una revolución. La pandemia incendió aún más el descontento. El desmantelado sistema de salud no estaba preparado para el coronavirus. Muertes, hospitales súper llenos o incluso cerrados, falta de médicos, salarios miserables para médicos y empleados. Era imposible soportar más. La nación se degrada y está al borde de una catástrofe epidémica. Y el presidente Jeenbekov seguía gobernando como si nada estuviese pasando: corrupción, venta del país al capital extranjero, procesos judiciales contra opositores, compra de votos en las elecciones…

El levante del 5 al 6 de octubre fue una expresión de la legítima indignación del pueblo, mostró la determinación del pueblo kirguís, especialmente de su juventud. La determinación de la lucha hizo que las fuerzas de las OMON (tropa de choque) quedasen sin rumbo durante el ataque a la Casa Blanca (sede del gobierno) en Bishkek, y destacamentos enteros se pasaron para el lado de los rebeldes. En una noche, el pueblo tomó las prisiones y liberó a los opositores presos (incluyendo el ahora primer ministro), mientras los antiguos burócratas renunciaban en pánico. Los rebeldes formaron destacamentos contra saqueadores y criminales comunes de calle. Grupos de jóvenes tomaron oficinas de las empresas de oro y de carbón, cuestionando sus actividades financieras. En las provincias, se impone la cuestión de la tierra, con casos en que los habitantes locales cercaron las empresas agrícolas para contestar el derecho de construir casas en las tierras que son suyas.

Se realizaron manifestaciones en las ciudades, se eligieron nuevos jefes para las administraciones locales. Las personas acostumbran expresar rechazo total a los antiguos políticos. La exigencia de cambiar a todos los políticos ganó popularidad. Hay llamados a aumentar el número de mujeres en el poder. Los viejos problemas del país, tapados hace años, están saliendo a la luz. Y, por lo tanto, la revuelta no está solo cambiando los políticos. Toda la nación se pregunta: ¡¿qué hacer para seguir viviendo?!

A pesar del heroísmo y de la determinación del pueblo kirguís, dignos de admiración en todo el mundo, el problema del futuro del país se plantea en toda su dimensión. Ninguno de los políticos puede ofrecer alternativas para el desarrollo de la nación kirguís. ¿Será posible que esta revolución, la tercera en quince años, no cambie el país?

En realidad, el futuro del Kirguistán es inseparable del resto del mundo. La inestabilidad y las rebeliones están extendiéndose por el mundo, alcanzando la incandescencia incluso en el país más poderoso del mundo, los Estados Unidos. Esta situación global, cuando hay manifestaciones, protestas y levantes que recorren país tras país, es resultado de una crisis económica y política mundial. Los dueños del mundo no pueden ofrecer nada sino el empobrecimiento y la degradación de regiones enteras. Para el Kirguistán, el mismo destino lo aguarda: el robo de recursos y la caída de los salarios. Mientras el país esté gobernado por ladrones que construyen sus negocios sobre la venta de la riqueza nacional, no hay futuro posible. Por lo tanto, llegó la hora de que las personas comunes comiencen a levantar su voz. ¿A quien deben pertenecer las empresas de extracción de oro y carbón? ¿Son necesarias, al final, las minas de uranio? ¿Las empresas deben ser cerradas para que más y más kirguises dejen su tierra natal para trabajar en otros países? ¿A quien deben pertenecer las tierras? ¿A las empresas agrícolas o a la población local? Es hora de que la clase obrera del Kirguistán responda estas cuestiones: ¡nacionalización de los recursos y sectores fundamentales, sin indemnizaciones y bajo control del pueblo! ¡Prohibición de retirar el dinero del país! ¡Nacionalización de los bancos y creación de un único banco nacional! ¡Todas las empresas bajo control de los obreros, para que los propios obreros decidan si una fábrica o una mina debe funcionar o no! ¡Las tierras bajo control del pueblo, y no de los negocios!

Los obreros y obreras kirguises, donde quiera que viven o trabajen, deben unirse en su fuerza política. ¡Basta de antiguos políticos que robaron y mintieron durante años! ¡Ninguna confianza en ellos! No precisamos de partidos que defiendan los intereses del mundo de los negocios, sino de un partido que defienda los intereses de la clase obrera, de los emigrados y de los demás trabajadores. Si el país es alimentado por los obreros, especialmente los emigrados, entonces son ellos mismos los que deben gobernar su país.

El levante del Kirguistán inspira a todos los oprimidos y asusta a los opresores. Los gobiernos de los países vecinos temen como el fuego que uzbekos, tayikos, turcomanos, kazakos, rusos y numerosos otros pueblos sigan el ejemplo del Kirguistán. Por eso, el aliado más importante del pueblo kirguís no es ni Rusia ni Kazajistán ni la China o los Estados Unidos sino sí los pueblos oprimidos y los obreros de esos países.

Nuestras ideas, presentadas en este artículo, son algunas sugerencias para el pueblo del Kirguistán, que puede sacar a la nación del rumbo de degradación o del desastre. Vemos claramente la impotencia tanto de los políticos kirguises como del gran capital. Y estamos confiados sobre que toda la fuerza del pueblo está en su clase obrera. Obreros y obreras, trabajadoras y trabajadores comunes que trabajan en un país extranjero y alimentan a sus familias y su Kirguistán natal tienen todo el derecho, incluso hasta el deber, de intervenir con todas sus fuerzas para reorganizar el país y luchar por el futuro de su nación.

¿Qué esperar del nuevo gobierno?

Diez días después del inicio del levante, el presidente Jeenbekov finalmente dejó el cargo, en un acuerdo con el nuevo primer ministro, Zhaparov, liberado de la prisión por los manifestantes solo nueve días antes. Esta es definitivamente una victoria para la revolución: sacar al principal responsable por el robo y la miseria del país. Pero aún es temprano para considerar la cuestión resuelta y tranquilizarse, al final, ningún cambio ocurrió en el día a día del pueblo.

Zhaparov, popular entre los kirguises, prometió nacionalizar la cuenca de Kumtor (que hasta ahora solo sirve para enriquecer a una empresa canadiense). ¿Será capaz de cumplir su promesa? ¿Tendrá voluntad suficiente para ir contra el capital extranjero? Es claro que, para cumplir la promesa, tendrá que apoyarse principalmente en la clase obrera, en los trabajadores comunes del Kirguistán. Al final, la venta de los recursos naturales del país a empresas extranjeras es el principal negocio de la “elite” kirguisa, en interés de este pequeño grupo de patrones por hacer negocios con los grandes capitales de los países ricos.

Pero Zhaparov, por más coraje y honestidad que pueda tener, no es un obrero, y tengamos en cuenta que él está volviendo atrás la nacionalización del Kumtor porque “la cuenca está agotada”, aunque haya prometido revisar los contratos de explotación de nuevas cuencas.

Pensamos que los trabajadores deben exigir claramente del nuevo gobierno el cumplimiento inmediato de lo prometido: la nacionalización sin indemnización de los recursos y el control obrero y social sobre la riqueza nacional.

Pero, esperar tales medidas del gobierno es una ilusión. La simple transferencia de poder de un grupo del capital a otro no resuelve el problema. Tres revoluciones son suficientes para convencernos a todos de que los obreros necesitan de su propio partido, independiente de los patrones y burócratas.

En realidad, mientras el país esté gobernado por oligarcas que construyen sus negocios con la venta de la riqueza nacional, no hay futuro para el país. Por lo tanto, toda esperanza para el futuro del Kirguistán está en la clase obrera. En esos millares y millares de hombres y mujeres kirguises que alimentan a sus familias y a su Kirguistán natal.

Sin embargo, ¿cuál político se preocupa con eso? Nadie quiere organizar elecciones de forma que los millones de migrantes puedan votar. Ninguno de los políticos va a Rusia para presentar sus opiniones a los kirguises que trabajan allá… ¿Por qué? ¡La verdad es que los emigrantes para ellos no son nadie! Por lo tanto, es hora de que los obreros y obreras kirguises intervengan en la política y reorganicen su país. Los obreros migrantes y los obreros en el propio país. Kirguises tienen todo el derecho de exigir elecciones justas, que tengan en cuenta los votos de millones de personas que alimentan el país. ¡Organizar las elecciones para que todos los migrantes puedan votar! ¡Para que los obreros migrantes puedan candidatearse libremente! ¡Exigir que por lo menos la mitad del Jogerku Kenesh sea ocupado por los representantes de los obreros migrantes! ¡Hablar sobre eso en todos los lugares, en todas las redes sociales y grupos! ¡Esta debe ser una demanda masiva por justicia!

Los obreros y obreras kirguises, donde quiera que viven y trabajen, deben unirse en su fuerza política. ¡Basta de antiguos políticos que robaron y mintieron durante años! ¡Ninguna confianza en ellos! No precisamos de partidos que defiendan los intereses de los negocios sino de un partido en interés de la clase obrera, de los migrantes y de los demás trabajadores. ¡Un partido solo para obreros y trabajadores comunes, sin un único patrón, empresario o burócrata! Si el país es alimentado por los obreros, particularmente migrantes, entonces que sean ellos mismos los que gobiernen su país.

Traducción: Natalia Estrada.