Túnez vive una nueva ola de protestas masivas desde principios de enero, mes en el que se celebran los siete años de la revolución que derrocó a Ben Ali, el dictador que gobernó el país por más de dos décadas y que reside actualmente en Saudí Arabia pese a haber sido condenado a más de 35 años de cárcel por un tribunal tunecino.

Por Gabriel Huland

Las protestas han adquirido un carácter masivo con una enorme participación de jóvenes procedentes de los barrios más pobres de Túnez y de otras ciudades del país. Las movilizaciones se están convocando mayoritariamente desde las redes sociales por el recién formado movimiento Fech Nestannew (¿Qué estamos esperando?, en árabe tunecino).

La principal demanda de las manifestantes es la inmediata revocación de la ley presupuestaria 2018, que entró en vigor este mes tras haber sido aprobada a finales del año pasado con el apoyo de los dos partidos que forman la coalición que gobierna Túnez desde 2014, Nidaa Tounis (un reciclaje de viejos representantes del régimen anterior) y Ennhada (partido burgués que se autodenomina islamista moderado y que recientemente se distanció públicamente del fundamentalismo islámico).

El izquierdista Frente Popular, una coalición electoral formada por grupos de diversos orígenes como maoístas, nacionalistas árabes, estalinistas y otros, votó sorprendentemente a favor de la polémica ley. Por otro lado, la UGTT, la principal central sindical del país, que llegó incluso a formar parte del primer gobierno de transición pos Ben Ali, también apoyó la ley y por este motivo sufrió la indignación de varios activistas.

Nuevo régimen, viejas prácticas

La nueva ley presupuestaria conlleva un aumento de precios de productos básicos como gas y alimentos, así como también la suspensión de la contratación de nuevos funcionarios por el Estado. El objetivo de la ley es reducir el déficit público –actualmente en 6% del PIB- a 4,9% en 2018. Las medidas de austeridad son parte de un plan impuesto por el FMI a cambio de un préstamo de 2.9 mil millones de dólares y son muy similares a las aplicadas en otros países del mundo, como Egipto, Grecia e Irán. Se trata de una historia que conocemos muy bien y sabemos hacia dónde va.

La vida de los tunecinos no ha hecho más que empeorar en los últimos años. Pese al cambio político experimentado con la aprobación de la nueva constitución en 2014, la concentración de poder y riqueza en manos de una reducida élite económica asociada al capital norteamericano, europeo y de otros países se mantuvo inalterada. Los problemas que motivaron el estallido de la revolución en diciembre de 2010 siguen sin resolverse.

El paro afecta a cerca de 15% de la población y más de 30% de los jóvenes no tienen trabajo. Otros problemas muy sentidos por los tunecinos son la corrupción, la inflación y los bajos salarios. Especialmente los jóvenes no ven perspectivas y muchos prefieren arriesgarse en el mediterráneo en busca de una vida mejor en Europa. Según un grupo de investigadores independientes, cerca del 50% de la economía tunecina está desregulada y se desarrolla en el sector informal. Los empresarios no pagan impuestos y los trabajadores no tienen contratos ni ningún tipo de remuneración en caso de despidos. Otro factor de inestabilidad económica es la crisis de la industria turística, una de las más importantes del país antes de la revolución y que empleaba a una parte considerable de la fuerza de trabajo. El sector decreció alrededor de un 60% desde 2011 a causa principalmente de los dos atentados terroristas que cobraron la vida de decenas de personas.

Por otro lado, los mismos oligarcas de siempre siguen concentrando la mayor parte de la riqueza y percibiendo lucros exorbitantes a costa de la miseria y desesperación de la mayoría de la población. El cambio de régimen que se dio tras la revolución produjo simplemente un reacomodo de las clases dominantes en nuevos partidos que no tienen el objetivo de promover una real transformación socio-económica.

El gobierno responde a las protestas con bombas y represión

Las manifestaciones iniciadas en enero y que siguen hasta el día de hoy están enfrentando una brutal ola represiva por parte del gobierno y de las fuerzas de seguridad del Estado. Las Naciones Unidas emitieron un informe hace unos días –citado por AlJazeera- según el cual más de 800 personas habían sido detenidas desde el inicio de las protestas, 200 de ellas jóvenes de entre 15 y 18 años.

La población carcelaria de Túnez es una de las más altas del mundo llegando a la cifra de 1% de la población total. La criminalización de las protestas se lleva a cabo mediante una campaña del gobierno y los medios de comunicación que acusa falsamente las protestas de asumir una connotación violenta e ilegal. El objetivo de esta sórdida campaña es desviar la atención de los reales problemas y de las demandas de los manifestantes para instaurar un ambiente de miedo y cese de libertades democráticas.

El movimiento Fech Nestannew se ha desmarcado claramente de actos de vandalismo y violencia. Sin embargo, ha denunciado la existencia de personas infiltradas en las protestas, pagadas por el régimen, para incitar actos de violencia y justificar la represión policial. Se trata de una práctica común desde los tiempos de Ben Ali y sigue en los días actuales, no sólo en Túnez, sino en otros países como Egipto y Siria. En Cisjordania, por ejemplo, el ejército de Israel utiliza métodos similares contra las palestinas en lucha contra la ocupación. En los barrios periféricos de Túnez las confrontaciones entre manifestantes y la policía ocurren constantemente y casi siempre la provocación inicial viene de las fuerzas de seguridad.

Crece la desilusión con el nuevo viejo régimen

Túnez es celebrado en todo el mundo, por la prensa y los gobiernos interesados en que todo siga igual en el Norte África, como el único país del Medio Oriente y Norte de África en donde la Primavera Árabe tuvo un “final feliz”. Con final feliz se refieren a una transición democrática que dio origen un régimen de nuevo tipo; moderno, liberal y en sintonía con unos supuestos valores occidentales de democracia, libre mercado y libertad de expresión.

Nada más lejos de la realidad. Es verdad que se dio un cambio de régimen, de un sistema dictatorial monolítico y de facto de partido único a uno pluripartidista con elecciones periódicas. Algunas concesiones democráticas fueron conseguidas por el pueblo de Túnez mediante su heroica revolución. El cambio de régimen, sin embargo, no vino acompañado de una verdadera transformación en el sistema económico y en la concentración de riqueza. Como dicho antes, la permanencia de este sistema altamente desigual genera una serie de contradicciones y causará inevitablemente profundas crisis políticas, económicas y sociales.

Los dos partidos más importantes en Túnez actualmente son Nidaa Tounis y Ennhada, ambos defienden un programa muy similar en el campo económico para que Túnez siga como un país dependiente de capitales externos, exportador de productos primarios e importador de productos industrializados.

Nidaa Tounis es el partido que representa la continuidad con el régimen anterior, mientras Ennhada está más alineado con ideas de inspiración fundamentalistas, aunque se considere moderado y democrático. Nidaa Tounis ganó las elecciones de 2014 y formó un gobierno de coalición con Ennhada bajo la presidencia de Beji Caid Essebsi, una momia política de 90 años.

Las actuales manifestaciones expresan un proceso avanzado de desilusión con el nuevo sistema y los nuevos partidos. La percepción de una creciente parte de la población es que nada ha cambiado desde 2011. Inflación, bajos salarios, falta de perspectiva para la mayoría de la población trabajadora, mientras los mismos de siempre se quedan con el poder y la corrupción se generaliza. Pese las promesas de reformas económicas, lo que el tunecino común y corriente siente en el día a día es una gran depreciación de su poder adquisitivo y la imposibilidad de encontrar trabajo.

Incluso el partido que representa la izquierda del régimen, el Frente Popular, parece no despertar grandes ilusiones, aunque haya canalizado electoralmente parte del descontento social. El gran sindicato tunecino, la UGTT, ha cumplido un lamentable papel en el proceso revolucionario tunecino -y por eso ha ganado el premio nobel de la paz-, de negociador con los grandes partidos políticos y freno al movimiento social.

La experiencia con el nuevo régimen avanza, pero todavía no hay una organización con peso e implantación social capaz de canalizar el descontento dándole una forma política revolucionaria en la perspectiva de una transformación profunda en el poder político y económico.

El salafismo ha sido el gran beneficiario del descontento social con los actuales partidos políticos, como explica Gilbert Achcar:

El salafismo comenzó a crecer después del levantamiento tunecino como resultado de la frustración de las expectativas tras la caída de Ben Ali, sobre todo porque el movimiento obrero -el poderoso sindicato general tunecino, también conocido por su acrónimo francés UGTT, que es de lejos, el movimiento social organizado más importante de Túnez– y la izquierda tunecina -que está fusionada en el Frente Popular y se ha vuelto hegemónica en el liderazgo de la UGTT desde 2011- no logró aprovechar esas frustraciones. Del mismo modo, las disensiones aparecieron dentro del mismo Ennahda, entre sus miembros más sensibles a la presión salafista y los moderados. (Achcar, 2016)

Estas corrientes político-religiosas altamente reaccionarias, y que nunca podrán considerarse una alternativa democrática válida para el pueblo tunecino, no son las únicas, no obstante, que disputan la conciencia y la dirección de las actuales luchas. Hay grupos independientes, como el anteriormente mencionado Fech Nestannew, que participan de las luchas y representan un fenómeno progresivo que debe ser apoyado y estimulado.

Las manifestaciones en Túnez son parte de una nueva oleada de luchas en toda la región. Irán, Marruecos, Sudán, Palestina, Curdistán y Túnez son algunas de las regiones y países en lucha. Una importante parte de la población de estos países se encuentra nuevamente con disposición de salir a la calle para defender unas condiciones de vida dignas. Las revoluciones árabes, con sus altos y bajos, siguen vivas.

Referencias:

http://www.aljazeera.com/news/2018/01/protests-expected-tunisia-mass-arrests-180112122337505.html

Achcar, G., 2016. Morbid symptoms : relapse in the Arab uprising /. Stanford University Press, Stanford, California :