Por un 8M internacionalista, de clase, anticapitalista y de solidaridad entre los pueblos
Este 8 de marzo — Día Internacional de la Mujer Trabajadora — levantamos nuestras voces como parte de la clase trabajadora mundial contra el sistema capitalista imperialista, responsable de producir explotación y opresión a escala global.
El capitalismo no es apenas un régimen de explotación de la fuerza de trabajo. Se sostiene alimentando el machismo y todas las formas de opresión para dividir a nuestra clase, intensificar la superexplotación y preservar los privilegios de una minoría parasitaria. La opresión de las mujeres no es un residuo arcaico ni una desviación moral: es parte del propio funcionamiento del sistema.
La precarización laboral, la doble jornada, el desempleo, los bajos salarios y la informalidad revelan este engranaje. Los planes de ajuste, deslocalizaciones, cierres de empresas y despidos por la crisis y la incorporación de las nuevas tecnologías a la producción, nos afectan de forma desproporcionada por ser mano de obra precaria y descartable
El aumento de los femicidios, de la violencia doméstica, del acoso en el trabajo, de la mercantilización de los cuerpos y de la impunidad generalizada demuestra que, en la lógica de la ganancia, la vida de las mujeres trabajadoras vale menos que la estabilidad de los mercados. Somos sobrecargadas en la reproducción social cuando los Estados recortan derechos y servicio como la sanidad y la educación, donde la mano de obra es mayoritariamente femenina; somos superexplotadas en los lugares de trabajo; somos violentadas en nuestras casas y territorios; y cuando reaccionamos, enfrentamos un aparato institucional que protege a los poderosos.
Junto con ello, el capitalismo significa también destrucción de la naturaleza. Las mujeres sufrimos especialmente la catástrofe ambiental que se profundiza al compás de la crisis capitalista pese a las promesas de todos los gobiernos. Somos nosotras las primeras en sufrir con las enfermedades, el desempleo y la violencia social que se intensifica con el colapso ambiental y es por esto que estamos también en primera línea de resistencia contra la destrucción ambiental.
Crisis del orden mundial y rearme imperialista
La crisis capitalista global y del orden mundial que se concentra en la disputa entre EEUU como imperialismo hegemónico y China como imperialismo emergente, se expresa también en un impulso inédito del rearme y la carrera armamentística por parte de todas las potencias imperialistas
Esto, no solo constituye una amenaza para los pueblos del mundo, sino que el aumento del gasto militar se lleva a cabo desmantelando los ya exiguos servicios públicos; fundamentales para el conjunto de la clase trabajadora, pero cuya destrucción, tiene un especial impacto para nosotras.
Extrema derecha y ofensiva imperialista
Este escenario se agrava con el avance de la extrema derecha en el mundo, expresión de un salto reaccionario ante la crisis del capitalismo. Gobiernos abiertamente autoritarios atacan derechos democráticos elementales de las mujeres y de todos los sectores oprimidos. En Estados Unidos, el gobierno de Trump sintetiza esta ofensiva: combina misoginia, racismo y xenofobia con ataques a los derechos laborales; arremete contra el derecho al aborto, contra la autodeterminación de las personas trans y convierte a las y los inmigrantes en objetivo permanente de persecución y chantaje político.
La escalada contra Venezuela, Irán y el llamado plan de “paz” para Palestina revelan el contenido real de esta política: reforzar la dominación imperialista, negar la autodeterminación de los pueblos y profundizar guerras, bloqueos y ocupaciones, como en Gaza y Donbass, en Ucrania, que se transforman en campos de concentración, en que recaen de manera brutal sobre la clase trabajadora — especialmente sobre las mujeres y niños. Las deportaciones masivas, la militarización y cierre de las fronteras y los centros de detención, tanto en Estados Unidos como en Europa, muestran un capitalismo que recurre abiertamente a la violencia estatal para disciplinar pueblos enteros y ampliar la explotación.
Gobiernos de colaboración de clases y falsas alternativas
Pero la extrema derecha no avanza sola. Los gobiernos burgueses que se presentan como “progresistas” o “democráticos” no constituyen una alternativa estratégica. Administran el mismo orden social, preservan la propiedad privada de los grandes medios de producción, garantizan los pagos a los banqueros y mantienen acuerdos con o entre los imperialismos. Aplican ajustes fiscales, recortan políticas sociales y precarizan los servicios públicos mientras discursan sobre igualdad.
Para las mujeres trabajadoras esto significa menos guarderías, menos políticas contra la violencia, mayor sobrecarga doméstica y más dependencia económica. Estos gobiernos celebran fechas simbólicas mientras mantienen intactas las estructuras que producen femicidio, hambre y desempleo. Cuando la crisis política se profundiza, su prioridad es contener la movilización popular y preservar la estabilidad del régimen. La conciliación de clases no derrota a la extrema derecha — prepara el terreno para su fortalecimiento.
Poder, trata e impunidad: de la explotación sexual a las redes de las élites
Tampoco podemos ignorar el papel directo de las élites en la industria global de explotación sexual. El escándalo que involucró a Jeffrey Epstein expuso ante el mundo una red que conectaba magnates, políticos y representantes del alto escalón imperialista en esquemas de trata y abuso de niñas y mujeres. No fue un caso aislado, sino la punta visible de un mecanismo arraigado en la estructura del poder capitalista.
La trata internacional de mujeres y niños, la prostitución forzada y los circuitos privados de explotación sexual mueven miles de millones y operan bajo protección de Estados e instituciones. La impunidad que rodea estos casos expresa un sistema judicial que protege a los de arriba y castiga selectivamente a los de abajo. Para mujeres trabajadoras y pobres — especialmente migrantes, negras y jóvenes precarizadas — esta estructura significa vulnerabilidad constante, coerción económica y violencia permanente. El capital convierte nuestros cuerpos en mercancía, ya sea como fuerza de trabajo barata o como objeto directo de lucro en la industria de la violencia.
Contra las ilusiones del feminismo burgués y el separatismo
Frente a esta realidad proliferan propuestas que prometen emancipación sin romper con el sistema. Feminismos institucionales y políticas de inclusión empresarial intentan reducir la desigualdad a un problema de representatividad. Defienden más mujeres en los gobiernos y en los consejos de administración, pero no cuestionan el carácter de clase de esas estructuras. Celebran el ascenso individual de algunas mientras la mayoría continúa sometida a la superexplotación.
Otras corrientes trasladan el eje de la lucha a una oposición abstracta entre hombres y mujeres, profundizando la fragmentación de la clase trabajadora y oscureciendo el antagonismo entre explotadores y explotados. No negamos la necesidad de la organización autónoma de las mujeres trabajadoras para enfrentar el machismo dentro y fuera de nuestras propias filas. Por el contrario, es fundamental. Pero debe estar anclada en la independencia de clase y en la perspectiva socialista, no en la adaptación al régimen ni en la sustitución de la lucha contra el capital por disputas identitarias fragmentadas.
La liberación de las mujeres no vendrá de la integración a este sistema ni de la humanización de sus instituciones. Vendrá de destruir las bases materiales de la opresión: la propiedad privada de los grandes medios de producción, el Estado burgués y el dominio imperialista.
Independencia de clase y revolución socialista
Reafirmamos: no hay salida progresiva dentro de este orden. La emancipación de las mujeres trabajadoras será obra de la movilización independiente de la clase trabajadora, de la construcción de sus propias organizaciones y de la lucha consciente por una transformación revolucionaria de la sociedad. Llamamos a obreras, campesinas, migrantes, racializadas, jóvenes precarizadas y desempleadas a fortalecer sus sindicatos, movimientos y partidos revolucionarios; a exigir que la lucha contra el machismo esté orgánicamente ligada a la lucha general contra el capital; a enfrentar tanto a la extrema derecha como a los gobiernos que administran el mismo sistema con otra retórica.
Defendemos un programa que ataque las bases materiales de la opresión: empleo con derechos y salario digno; reducción de la jornada sin reducción salarial; socialización del trabajo doméstico mediante servicios públicos de calidad; combate efectivo a la violencia contra las mujeres con recursos bajo control social; derecho irrestricto al aborto legal y seguro; plenos derechos para migrantes y personas LGBTI+; ruptura con el imperialismo y con el pago de las deudas que desangran a los pueblos.
Ninguna conquista será estable mientras el poder económico y político permanezca en manos de la burguesía. Vinculamos cada reivindicación inmediata a la perspectiva estratégica de derrocar el capitalismo y construir una sociedad socialista, basada en la planificación democrática de la economía bajo control de la clase trabajadora.
Este 8 de Marzo reafirmamos su carácter internacionalista y es por ello que mandamos nuestra solidaridad de clase a todas las mujeres que luchan. A las trabajadoras ucranianas que desde el frente y la retaguardia combaten la invasión de Putin, pero también el machismo y las medidas anti obreras de su gobierno. A las mujeres palestinas en su resistencia heroica contra el genocidio sionista y el falso plan de paz de Trump. A las mujeres iraníes que enfrentan el régimen opresivo de los Ayatolas y la injerencia imperialista. A las trabajadoras que en Cuba o Venezuela repudian el chantaje, las amenazas y la intervención de EE.UU. mientras siguen en primera línea en defensa de derechos democráticos y condiciones de vida dignas para su pueblo.
Si la opresión es global — nuestra resistencia también debe serlo. Desde las fábricas hasta las escuelas, desde los barrios hasta el campo, levantamos una misma bandera: independencia de clase, solidaridad entre los pueblos y revolución socialista.
No queremos apenas sobrevivir en este sistema. Queremos derrotarlo.
¡Viva el 8 de Marzo internacionalista!
¡Viva la lucha de las mujeres trabajadoras!
¡Abajo el capitalismo y el imperialismo!
¡Por socialismo y liberación!




