Orbán y el nudo gordiano de Ucrania
Últimamente, aunque la operación militar de Trump en Venezuela, las amenazas a Groenlandia, el estallido social en Irán ante la represión de la tiranía del Ayatolá y el genocidio continuado en Gaza concentren la agenda global, Ucrania sigue siendo uno de esos polvorines y carnicerías silenciosas en medio del caos terrenal, bajo los cielos.
La lucha de clases en Europa, con repercusiones mundiales, resulta inaprehensible si se omite mirar con horror y objetividad un epicentro convulso: la guerra de invasión de Rusia a Ucrania (2022), próxima a cumplir su cuarto año de combates, desde el 24 de febrero hasta este 2026. Desde entonces, ha fracasado el plan relámpago de Putin para colonizar el territorio como parte de su estrategia de recuperar la antigua esfera regional de influencia en el este europeo. Mientras tanto, el pueblo ucraniano continúa resistiendo, de manera valerosa y trágica, con un saldo dramático pero conservador de ~70,000–140,000 bajas; el bando contrario acumula ~220,000–350,000 muertos .
¿Cuál ha sido la política y el grado de influencia del gobierno húngaro de Viktor Orbán respecto a la guerra de Ucrania? ¿Cómo se posiciona Orbán frente al imperialismo occidental y frente a la potencia regional rusa de Putin? ¿Qué posición de clase necesitan enarbolar los trabajadores europeos, húngaros, rusos y del resto del mundo, para desatar, a su favor, el “nudo gordiano” del conflicto ruso‑ucraniano?
Pseudo-neutralidad, negocios convenientes y descontento
Desde 2018, Hungría viene experimentando un deterioro progresivo en las condiciones de vida, agravado aún más por la guerra de Ucrania. Se trata de los coletazos tardíos de la catástrofe derivada de la restauración capitalista de 1989 y del fin del boom económico tras la crisis capitalista mundial de 2007‑2008, profundizados luego por la pandemia de COVID‑19. Todo ello alimenta el descontento social, incrementa la inestabilidad económica y potencia el voto castigo.
El partido gobernante Fidesz, aunque lleva 15 años en el poder bajo el timonel ininterrumpido de Orbán desde 2010, no ha logrado resolver la cuestión social. A pesar de ello, la inflación sigue inestable y tanto el costo de vida como el alquiler de la vivienda permanecen altos en la capital gentrificada, Budapest. Asimismo, persisten tasas de desempleo, mientras Hungría tiene el segundo salario mínimo anual más bajo en Europa (2023), incluso cuando su población trabaja tres veces más que la media del continente europeo . A esto se suma una depreciación de la mitad de su valor de la moneda húngara (FT, forintos) en los últimos 20 años respecto al euro de la UE . De igual manera, la atención a la salud es precaria y los servicios públicos se deterioran. En paralelo, la migración joven al exterior asciende a 41.294 húngaros, y la fuerza laboral migrante, de unos 100.643 personas, se encuentra en su mayoría sobreexplotada en industria y servicios (Vietnam, Ucrania, Rumania, China, India, Corea del Sur, Eslovenia, Turquía, Mongolia y Rusia, etc.), con aproximadamente 65.389 trabajadores (2024) . Finalmente, este panorama se agrava con la malversación de fondos y los reiterados escándalos de corrupción que salpican a la fracción gobernante.
Con miras a perseguir, por cualquier medio, una reelección “indefinida” e irregular en la contienda regional y presidencial de abril de 2026, la retórica populista de derecha, encarnada en la figura de Orbán, busca canalizar el descontento y ganarse el corazón, el sentir del pueblo húngaro y la mente de los trabajadores mediante una propaganda nacionalista persistente y campañas sucias desplegadas en los medios de comunicación, las vallas publicitarias, las instituciones públicas y las empresas. El eslogan trumpiano de Orbán es el de una Hungría “primero” y presentarse como un mediador de “paz”, al modo en que se autodefine Donald J. Trump: el pacificador imperial, amo y señor del mundo.
Así las cosas, la prioridad y el pragmatismo de Orbán consisten en preservar las ganancias de los grandes capitales húngaros y extranjeros, tanto en su relación con su primer socio comercial, Alemania y la Unión Europea —de la cual Hungría es un país dependiente— como en el mantenimiento de los negocios estratégicos con Rusia: el suministro energético de gas, petróleo y tecnología nuclear (Paks II) para la producción de electricidad, así como con el corredor turco en el este europeo, especialmente en la estación de invierno.
Es precisamente el jugoso acuerdo energético, a precios especiales, con la Rusia de Putin lo que vuelve tolerable para Orbán dejar a su suerte la vida y la soberanía del pueblo ucraniano, así como la de la diáspora húngaro‑ucraniana —unas 80.000 personas que viven en Transcarpatia, en la frontera occidental de Ucrania. La acogida húngara de inmigrantes ucranianos responde, en la mayoría de los casos, a la necesidad de mano de obra barata y a la captación de fondos de la UE asociados a la cuota restringida de refugiados ucranianos, que oscila entre 47.000 y 62.145 personas, según cifras de ACNUR y Human Rights Watch. La política exterior del régimen de Orbán, como agente de Putin —así aparezca como neutral y mediador en el conflicto ruso‑ucraniano— es, objetivamente, funcional tanto a los intereses materiales del invasor ruso como a los de la conveniente burguesía húngara que se beneficia de este equilibrio calculado e inestable.
De hecho, Orbán, de manera infame, sostiene que, con el actual PIB de Ucrania, este no es un Estado soberano, alimentando así el discurso colonialista ruso que considera no solo legítima la apropiación ilegal de Crimea, Donetsk y Lugansk en 2014, sino que presenta como “mejor solución diplomática” la negociación de la partición misma de Ucrania y la entrega de sus bienes naturales y sociales, a modo de una “paz imperial romana” al gusto de su aliado Trump y de las potencias imperialistas europeas —Alemania, Francia y el Reino Unido.
Al parecer, para el sapiente Primer Ministro, el pueblo ucraniano —como tampoco el palestino— no tiene derecho a existir y vivir en libertad en su territorio histórico. Es tradición de las fracasadas fuerzas conservadoras en Hungría, con su añoranza del pasado imperial, intentar sacar provecho de las desgracias de sus vecinos mediante alianzas non sanctas y la posible partición del pastel ucraniano en beneficio propio. De ahí la profunda incoherencia del discurso soberanista de Orbán: glorifica la autodeterminación del pueblo húngaro frente a la otrora ocupación soviética en el breve siglo XX, pero hoy tolera la invasión capitalista rusa de un país hermano, las afectaciones a la vida de más de 80.000 húngaros en Ucrania y el genocidio israelí en Oriente Medio.
Viktor Orbán increpa a Volodímir Zelenski, actual presidente de Ucrania, exigiéndole que se rinda de manera condicional, que abandone su “desesperación” por defender su país, y que se siente a negociar con su homólogo Putin para “buscar la paz”, lo cual no es sino aceptar su partición y su capitulación por otros medios. Se trata de una posición absurda y cínica en alguien que, como Orbán, dice enarbolar la soberanía nacional: sería equivalente a pedirle al pueblo húngaro que no luchara —armas en mano y con todas sus fuerzas— si fuera invadido por una potencia extranjera con capacidad nuclear que buscara balcanizar su territorio soberano y apropiárselo.
Nueva derecha populista y paz de los poderosos
En una política del zorro disfrazado de cordero manso, Orbán acusa tanto a la Unión Europea —de la cual Hungría forma parte desde 2004— como a Zelenski, a la “cueva oligárquica” de Bruselas con su portavoz, la alemana Ursula von der Leyen, a las fuerzas de orden de la OTAN —a la que Hungría pertenece desde 1999— y a quien considera su títere, el líder opositor del partido Tisza y exmiembro de Fidesz, Péter Magyar, de querer aumentar los impuestos y el coste de vida para financiar la guerra en Ucrania, e incluso de pretender desencadenar una nueva conflagración mundial. «Hungría no será arrastrada a una guerra mundial por tercera vez» (Harmadszorra nem rángatják bele Magyarországot egy világháborúba), afirmó con rudeza demagógica y determinación en la portada del diario nacional Magyar Nemzet (13/9/2025).
Viktor Orbán tilda a sus contradictores de belicistas irresponsables y pésimos administradores de las finanzas públicas. Él, en contraste, se presenta como el protector de las ovejas, un estadista de paz y ecuanimidad, preocupado por el bienestar social de su pueblo y por los asuntos internos como primera —y casi única— prioridad, por encima de cualquier cuestión global o regional. Esto, sin embargo, no le impide posar como un actor habilidoso en el juego diplomático, desempeñando el papel de emisario‑mediador entre Trump y Putin en la zona euro y en los conflictos internacionales.
Orbán pronunció un discurso público durante el Día Nacional de Hungría (23 de octubre de 2025), fecha en la que se conmemora la revolución antiburocrática de 1956 contra la maquinaria estalinista de Rákosi y los tanques soviéticos, hoy reinterpretada y apropiada por el relato conservador de la nueva derecha populista. Según el reportaje independiente de Andrea Horváth Kavai para el medio Telex , ante miles de seguidores —en su mayoría de edad avanzada— el eterno Primer Ministro declaró, con dramatismo y seguridad, una serie de frases efectistas: “No queremos morir por Ucrania, pero sí vivir por Hungría”, “Bruselas se ha quedado sin dinero. No hay dinero, pero aun así quieren ir a la guerra”, “Candidatos a ser un gobierno títere enviados aquí por Bruselas. Tenemos que decirles que hoy Bruselas no es buena, sino que nos traerá calamidades”, y “En 1956, la cuestión era: libertad o servidumbre; hoy es: guerra o paz”.
El gobierno de Orbán, cada vez más inmerso en una deriva autoritaria, ha ejercido un considerable poder de veto y un amplio margen de maniobra diplomática dentro de la Unión Europea: ha bloqueado sanciones económicas imperialistas contra Rusia, obstaculizado el desarrollo de una industria energética independiente, desaprobado la adhesión de la Ucrania de Zelenski a la UE, reforzado su política antimigratoria y frenado un apoyo militar efectivo a la resistencia armada del pueblo ucraniano.
El fenómeno neopopulista de derechas de Orbán y de otras figuras del repliegue nacionalista (Le Pen, Meloni, Abascal, Wilders, Weidel, Kickl, etc.) expresa las profundas contradicciones de las burguesías europeas del oeste y del este, así como la crisis manifiesta del imperialismo europeo y de su proyecto hegemónico en bloque, en decadencia, tanto de la UE como de la ONU, tras haber logrado una victoria estratégica unificada con USA con la caída del bloque socialista y la recuperación de esos Estados y mercados por el capital imperialista.
En consecuencia, Orbán actúa como un puente servil y un mediador circunstancial entre la alianza regional de la nueva derecha populista, Putin en el Kremlin, los capitales emergentes de China, el imperialismo estadounidense agreste de Trump y el sionismo israelí de Netanyahu. Su ubicación política busca distanciarse, de manera relativa, de los poderes imperialistas de la troika europea (euroescepticismo) y de los Estados dependientes del este europeo, sumisos a la UE y que dicen ser sus pares, con el fin de atraerlos hacia una nueva alianza económica y geopolítica.
De ahí que Orbán, junto a Bulashenko de Bielorrusia, en el reciente Foro Económico de Davos, acepte con beneplácito ser un mediador títere de la “Junta de Paz” (Border of Peace) de Trump y Netanyahu, a modo de contrapeso de la inoperante ONU de la UE. Esta sagrada alianza busca desarmar, por medios diplomáticos, militares y de negociación, a los ucranianos y a los palestinos, con miras a una eventual rendición condicional que los lleve a aceptar la paz de los sepulcros (pax romana), la de sus opresores, y a renunciar a parte de la integridad de su tierra y de su dignidad. Tal es el método diplomático de Orbán para romper el nudo gordiano: al servicio de la pacificación de los poderosos, no de la paz entre pueblos soberanos.
Desatar el nudo, una alternativa solidaria de los pueblos
Ante esta infortunada política exterior de Orbán, del capital norteamericano y del gran capital ruso, el pueblo trabajador húngaro y los más de 80.000 húngaros en Ucrania que están siendo afectados por la invasión militar rusa, así como los pueblos europeos de occidente y oriente, precisan exigir a sus gobiernos acoger en condiciones dignas y sin restricciones reaccionarias a los refugiados húngaros y ucranianos, en especial a aquellos que se encuentran en la peor situación humanitaria. Del mismo modo, deben brindar protección a los rusos que desertan y a los presos políticos del régimen autoritario putiniano. Para ello, se necesita cesar la deuda externa con la banca europea y promover una mayor inversión social en trabajo, salud, educación y vivienda.
A su vez, y en contravía de una pretendida neutralidad funcional a la colonización, es necesario manifestarse públicamente en rechazo a las afectaciones de las operaciones militares rusas que también atacan a la minoría nacional hungara en Ucrania, a que el pueblo ucraniano —y la integridad de su nación— sea apropiado de manera neocolonial tanto por las fuerzas de ocupación rusas, como por la rapiña de los piratas del norte y las promesas engañosas de reconstrucción, desarrollo e inversión corporativa de la UE .
En consecuencia, con presión social, los países más poderosos de la UE, sin ninguna carga fiscal ni rearmamentos militaristas, y mediante un fondo común, precisan enviar armas disponibles pesadas a los ucranianos, para que se defiendan y sean libres. Eso sí, sin ninguna intervención de la OTAN, que tampoco es una fuerza de paz —como erróneamente considera Zelenski al solicitar su ingreso— sino una coalición bélica con poderío nuclear, orientada al control militar imperialista de USA y de la UE sobre los mercados del este europeo y la recolonización del mundo.
Para que haya una auténtica paz sin anexiones, en un orden mundial en crisis y poblado de monstruos, se requiere una política solidaria radical, emanada de los trabajadores —nativos e inmigrantes— e independiente de todas las potencias imperialistas y de los países capitalistas opresores . Como profesan los latinoamericanos Ernesto Che Guevara (1964) y Gioconda Belli (1979), hace falta una mayor confraternidad y solidaridad, que es la ternura de los pueblos, y no confiar “ni un tantico así, nada” en los portavoces imperialistas.
En un trino reciente, en respuesta al discurso del presidente Zelenski en Davos, Viktor Orbán, cual emisario faldero de Trump, le advierte: “La vida misma resolverá el resto y cada uno obtendrá lo que merece” (X, 22/1/2026). Conviene recordarle también al omnipotente Primer Ministro dos divisas emancipadoras de la modernidad y del internacionalismo de los pueblos: “un pueblo que oprime a otros no puede ser libre” (Dionisio Inca Yupanqui, 1811) y “la tragedia de tu pueblo vecino, mañana puede ser tu desgracia, si hoy omites acudir en su ayuda solidaria”.




