En El Cairo todavía se respira la revolución. Ya en el camino del aeropuerto al centro hay un vistoso grafiti en que se ve un soldado liderando masas empuñando una bandera egipcia.

El espíritu de la revolución de Tahrir es tan fuerte que el ejército se lo quiere apropiar para sí. Los políticos hablan frecuentemente de la revolución e intentan vincular las aspiraciones del pueblo a las suyas. En el centro, en la calle Mohamad Mahmoud, que conecta la Plaza Tahrir con el Palacio Abdeen, dónde vivía el rey Farouk, destronado en 52 por el movimiento de los jóvenes oficiales, se pueden ver pintadas con los mártires o algún símbolo de la revolución. 

Paro, privaciones y miseria

 

Un sencillo paseo es suficiente para descubrir que los problemas más latentes de la población no han sido resueltos por ningún gobierno militar ni lo fueron por Morsi, de la Hermandad Musulmana (HM). La pobreza, el paro y la falta de servicios públicos de calidad salta a la vista.

 

La mitad de los jóvenes entre 18 y 29 años son pobres (10 millones) y un 30% está en el paro. Los hospitales públicos se encuentran en situación precaria y el salario mínimo, que solo vale para los funcionarios, es de escasos 140 euros. El índice de malnutrición juvenil es uno de los más altos del mundo y el trabajo infantil es visible. Los compañeros del sindicato de los profesores de Egipto denuncian que en algunas aulas hay más de 100 alumnos y que la mayoría de los profesores solo llega al fin de mes dando clases complementarias privadas.

 

Un extranjero que no domina el árabe tiene un especial contacto con un segmento especial de la clase trabajadora egipcia: los taxistas. En el caótico tráfico de la Perla del Desierto circulan diariamente más de 80 mil taxis. La mayoría de los conductores no es propietario del taxi y sobrevive de lo que gana al día: la comida de la noche depende de lo que se saque durante la jornada. Además, un problema más se ha sumado al cotidiano del cairota: los cortes de energía. En algunas zonas llegan a seis al día.

 

Una crisis energética asola el país hace más de un año y de momento el mariscal Abdel Fatah el-Sisi, elegido recientemente en unos comicios marcados por la represión y la abstención, no ha dado señales de poder resolverla. Anunció que estaba en negociación un préstamo de los Emiratos Árabes de U$ 80 mil millones que se destinaría a comprar energía de países vecinos, lo que ni de lejos solucionaría la situación. El problema es que Egipto, simplemente, no tiene condiciones económicas de afrontar los pagos de la deuda externa que se avecinan y los acreedores internacionales (con el FMI en la cabeza) exigen «ajustes estructurales» para hacer nuevos préstamos. Como si los trabajadores egipcios no vivieran ya en la más brutal austeridad. Aparte de la shisha, que es una verdadera pasión de masas, y el fútbol, la mayoría de la población no tiene acceso a prácticamente ninguna actividad de ocio o cultural.

 

Una nueva rebelión se está gestando

 

El aire de la revolución se respira sobre todo al hablar con los activistas que han participado en las masivas movilizaciones de los últimos años. Movilizaciones que culminaron primero en la caída de Mubarak y luego de Morsi (destituido por los militares tras las multitudinarias manifestaciones de junio de 2013). Para Fatma Ramadán, la población está esperando a ver que hará el gobierno, pero la insatisfacción es enorme. “Ahora es momento de esperar, porque el gobierno está reprimiendo duramente cualquier oposición, pero esta situación no durará por mucho más tiempo. Habrá una nueva explosión”, afirma esta mujer negra y socialista que es una de las principales voces de la Federación de Sindicatos Independientes de Egipto. Su Federación representa a cerca de un millón de trabajadores y tiene contacto con las luchas más importantes del país. “Los trabajadores de varias fábricas de ladrillos (cerca de 40.000 personas) están en huelga por mejores salarios y derechos laborales. Estamos haciendo un esfuerzo para unificar las luchas en las distintas plantas”, dice.

 

Una cuestión que preocupa a todos es la brutal represión por parte del gobierno. Aparte de la lay antiterrorista (dirigida sobre todo, pero no solo, contra los HM), hay una ley antiprotestas que prohíbe cualquier manifestación pública sin el permiso de las fuerzas de seguridad. Juntarse más de diez personas en la calle es considerado ilegal. Recientemente, el presidente de la Universidad de El Cairo ha manifestado la intención de prohibir toda actividad política que “perturbe la vida académica”.

 

Kareem Taha, de la juventud del Movimiento 6 de Abril, afirmó que están previstas movilizaciones para setiembre en contra de la salida de la prisión de Mubarak, que gobernó el país más de 30 años y está acusado de ordenar a la policía que disparara contra manifestantes en la Plaza Tahrir. Hay también una lucha importante por la liberación de los presos políticos que han ido a la cárcel en su mayoría por haber organizado manifestaciones pacíficas. Mahenour al-Masri (activista de Derechos Humanos), Ahmed Maher (fundador del M6A) y Alaa y Sanaa Abdel Fatah, hijos del recientemente fallecido activista egipcio Ahmed Seif al-Islam. Este importante abogado de derechos humanos, uno de los primeros en defender activistas perseguidos por el régimen de Mubarak, era el defensor de varios de estos.

 

Sisi intenta transmitir una imagen de salvador nacional (al estilo Nasser). Ha ido a La Meca y cumplido el ritual del Umrah (muy importante para los musulmanes); ha tenido un encuentro con el rey saudí Abdullah y con Putín y hace algunas semanas ha anunciado la ampliación del Canal de Suez. Estas iniciativas le pueden dar algún tiempo, pero la realidad es que aún no ha sido capaz de presentar un plan de gobierno para resolver los problemas estructurales de la sociedad egipcia. Su postura durante la bárbara ofensiva sionista en Gaza ha sido vergonzosa. Cerró el paso de Rafah y no permitió el envío de ayuda humanitaria a los palestinos ni la entrada de activistas, siempre con la excusa de no contribuir al tráfico de armas que podrían caer en manos de Hamás. Ni siquiera han permitido manifestaciones contra la masacre israelí.

Duras batallas están por venir. El pueblo egipcio ya ha demostrado que es capaz de ganar. Mubarak gobernó 30 años y en 13 días se vio obligado a dimitir. Morsi tuvo un año y, como nada cambió, el pueblo salió una vez más a la calle para derrocarlo. El ejército se aprovechó de este movimiento y aparece ahora como defensor de la revolución, pero las cosas no van a cambiar y la población no está dispuesta a esperar. Ya no tienen mucho que perder. El tictac del reloj ha empezado. Veremos cuanto tiempo transcurrirá hasta el nuevo capítulo de la revolución egipcia.