El último 8 de marzo, una de las escenas más impactantes y emblemáticas de la lucha de las mujeres en todo el mundo vino de Myanmar, país localizado en el Sudeste asiático –también conocido como Burma o Birmania–, donde millares de trabajadoras y jóvenes tomaron las calles, vistiendo el tradicional “htamein” (la palabra birmana para “sarong”, una especie de enagua usada tanto por hombres como por mujeres (que envuelve la parte inferior del tronco), o extendiéndolos en varales y barricadas en las principales ciudades del país.

Por: Wilson Honório da Silva

Bellas imágenes que retratan muchos aspectos de las contradicciones que caracterizan la enorme polarización social en que el mundo está hundido en este momento, en el cual la humanidad se debate con la mayor crisis sanitaria y socioeconómica ya vista. Escenas particularmente fuertes porque reflejan uno de los vigorosos ejemplos de esta polarización: el país está rebelado en una gran huelga general contra una dictadura militar, instalada el 1 de febrero, teniendo a las cerca de 600.0000 obreras de la industria del vestido y del calzado –principalmente deportivos, para exportación– en su línea de frente.

Y no por casualidad. Mujeres, siempre y en cualquier lugar del mundo, están entre los primeros y más profundamente afectados cuando el capitalismo profundiza sus mecanismos de opresión y explotación. Y en Burma su participación ha sido significativa, a punto de que el traje, adoptado exactamente para cuestionar el machismo y las profundas tradiciones sexistas que reinan en el país, ha servido de nombre para la rebelión en curso: el “Movimiento Sarong”.

Hay mucho que hablar sobre la profundidad de los ataques que surgieron como consecuencia del golpe militar; pero, también, sobre cómo la clase trabajadora, el pueblo de las 136 etnias que habitan el país y la juventud, a lo largo de la historia se han enfrentado con regímenes políticos totalitarios, entremezclados con cortos períodos de “democracia” que, con todo, en nada contribuyeron para impedir violentos ataques sociales y económicos.

Por eso, producimos tres artículos. En este, contaremos, aunque de forma sintética, un poco de la historia del país desde la época del imperialismo británico, para que se pueda entender el contexto actual(**). En el segundo, abordaremos la lucha contra el golpe, destacando al movimiento obrero. En el último, discutiremos por qué el gobierno recién derrocado, de la Liga Nacional por la Democracia, encabezado por Aung San Suu Kyi, tampoco es una alternativa para que el pueblo de Birmania conquiste la libertad, la igualdad y la justicia por las cuales lucha hace siglos.

TOPSHOT – Protesters block a major road during a demonstration against the military coup in Yangon on February 17, 2021. (Photo by Sai Aung Main / AFP) (Photo by SAI AUNG MAIN/AFP via Getty Images)

De la prosperidad a las garras del imperialismo británico

Las enormes contradicciones y disputas que caracterizan la historia del país, enclavado entre el mar de Andamán (en el océano Índico) y las fronteras de Bangladesh, India, China, Laos y Tailandia, pueden ser ejemplificadas a través de su propia denominación.

Hasta hace poco, el país era llamado Burma (o Birmania, dependiendo de la traducción), como era designado por los colonizadores británicos. República de la Unión de Myanmar fue el nombre adoptado luego del golpe militar dado en 1989, cuando, de forma populista, el régimen totalitario rescató una denominación próxima de los orígenes étnicos de la población.

Curiosamente, ambos nombres (Myanmar y Burma), a pesar de la grafía diferente en el alfabeto occidental, tienen origen en el mismo término y casi la misma pronunciación en la lengua local (Myanma o Myamma), en referencia al principal grupo étnico de la región, los Bramás (bermás o, incluso, birmanos) que, hoy, corresponden a 83% de los cerca de 53 millones de habitantes.

Con sus orígenes en los primordios de las civilizaciones, la región formó parte de los Reinos Budistas (como parte de lo que hoy es la India); construyó una de las más prósperas civilizaciones de la Antigüedad (el Imperio de Pagan, entre 900 y 1200); fue conquistada por los mongoles y se dividió en pequeños reinos, hasta entrar en la mira de la expansión colonial europea.

Primero tuvieron que resistir a los portugueses, en los años 1600; después a los franceses, en el siglo siguiente; hasta que perdieron totalmente la soberanía, cuando cayeron en las garras del Imperio británico, que después de una sucesión de tres guerras en los años 1800, que provocaron una cantidad hasta hoy incalculable de muertes y hundieron el país en una situación de miseria, ya que, además de saquearlo los británicos exigieron el pago de una “indemnización” de millones de libras esterlinas, iniciando una ocupación colonial que se extendió de 1824 a 1948.

Asimilada como una provincia de la India Británica, la entonces Birmania cumplió destacado papel para la Segunda Revolución Industrial (a partir de los años 1850) y el proyecto imperialista de los británicos, principalmente a través de materias primas como la teca (árbol cuya madera era usada en la construcción naval), el caucho y el petróleo; tornándose, incluso, el mayor exportador mundial de arroz en aquel período. Además, y aún más importante para los capitalistas ingleses y escoceses, la región fue transformada en un “corredor de entrada” para el gigantesco y cobijado mercado chino.

Todo este período fue caracterizado por niveles absurdos de explotación, devastación del medio ambiente y de la agricultura familiar y tradicional, además de violenta opresión y represión, incluso a las tradiciones culturales y religiosas, particularmente el budismo, adoptado por la mayoría de la población y transformado en importante instrumento de organización y resistencia.

Y, como si no bastase, el imperialismo británico utilizó la nefasta táctica de “dividir para conquistar” para imponerse, estableciendo barreras sociales, políticas y económicas entre los varios grupos étnico-raciales que convivían en la región, algo que, hasta hoy, marca la historia y los conflictos en el país, asumiendo, en distintos momentos de la historia, las características de “limpieza étnica”.

En suma, en la cima de la pirámide estaban los blancos (mayoritariamente de origen británico); enseguida abajo, venían los inmigrantes indianos, que formaban una clase media compuesta por miembros del ejército de ocupación, burócratas que trabajaban en las instituciones del Estado o comerciantes (función también ejercida [por los chinos) y miembros de algunas etnias minoritarias, cooptadas por los colonizadores. Y, en la base, masacrada, sobrevivía la mayoría de los pueblos originarios.

La Segunda Guerra, la ocupación japonesa y la militarización

Caricatura que ridiculiza a los birmanos como sapos en la Guerra de 1890.

Evidentemente, todo esto no ocurrió sin que hubiese rebeliones y luchas, un proceso que obligó a que, en 1937, el Imperio británico hiciese una pequeña concesión, promoviendo una nueva Constitución que separó a Birmania de la India británica, manteniendo el poder económico y político, pero delegándolo, parcialmente, a sectores de las elites locales.

Lo que, con todo, no impidió que, el año siguiente, los trabajadores, estudiantes y campesinos birmanos realizasen una primera y potente huelga general, que detonó un proceso de organización de entidades de los movimientos sociales y organizaciones políticas, muchas de ellas inspiradas en variantes del comunismo y del socialismo.

Esas luchas, sin embargo, chocaron contra un poderosísimo obstáculo: la Segunda Guerra Mundial, cuyos efectos fueron particularmente devastadores en Birmania, transformada en el segundo más importante palco asiático (después de China) para los combates entre los llamados Aliados y el Japón. La historia es ultra compleja y no hay cómo detallarla aquí. Pero algunos elementos son fundamentales para que se comprenda la situación actual, principalmente el lamentable papel que las Fuerzas Armadas han cumplido desde entonces.

Por un lado, los japoneses se infiltraron en el país, apoyados por nacionalistas birmanos, particularmente Aung San, Bo Ne Win, y los llamados “Thirty Comrades” (Treinta Compañeros) que luchaban contra la dominación británica y se organizaron en el Ejército por la Independencia de Birmania (BIA, en la sigla original), hecho fundamental para entender la historia birmana, ya que Bo Ne Win fue el dictador que gobernó el país entre 1962 y 1988; Aung San, posteriormente, fue considerado héroe de la independencia y es el padre de Aung San Suu Kyi (depuesta por el golpe realizado el 1 de febrero); y la BIA es el embrión de las fuerzas militares que dominan la historia de Birmania desde entonces.

En 1942, el “apoyo” se transformó en bombardeos en masa e invasión de tropas japonesas, enfrentados por los colonizadores británicos con una táctica igualmente devastadora: la destrucción, en las ciudades más desarrolladas, de toda la infraestructura, parque industrial y todo lo demás que pudiese ser utilizado por los nipones.

No obstante, fue bajo la batuta de la alianza entre los japoneses y los militares de la BIA que se crearon las primeras instituciones nacionales (particularmente destinadas al “mantenimiento del orden” y la cobranza de impuestos) y que la infraestructura mínima, como servicios de transporte y comunicación, fue reconstruida, en un proceso igualmente violento, que exacerbó las contradicciones internas, principalmente porque la actuación de la BIA también estuvo marcada por la violencia, con asesinatos, violaciones y destrucción de aldeas de miembros de las etnias minoritarias, principalmente aquellas acusadas de haber colaborado con los colonizadores británicos.

Sin embargo, a pesar de una supuesta “descolonización”, tampoco demoró mucho para que los japoneses manifestasen sus intereses imperialistas, pasando a transformar a Birmania en palco para el desarrollo de sus propios negocios e industrias, con la amplia utilización de trabajo forzado y niveles absurdos de explotación. Frente a esto, la BIA, aún bajo el control de Aung San y Ne Win, organizó el Ejército Nacional de Burma (BNA) y, en 1944, se cambió de bando y pasó a apoyar a los Aliados.

El escenario en ese momento es igualmente complejo. Gran Bretaña (debilitada por la pérdida de la colonia para los japoneses), Estados Unidos y China (movilizada contra el Japón desde el estallido de la Segunda Guerra Sino-Japonesa, en 1937) estaban alineados contra los países del Eje y, a pesar de las profundas diferencias y los distintos intereses que tenían en Birmania, se presentaron como aliados de los nacionalistas birmanos, resultando en un enmarañado juego de golpes y contragolpes entre ellos, a través de alianzas oportunistas con distintos sectores políticos, económicos y étnicos del país.

Es importante resaltar que, a pesar de las maniobras de las potencias Aliadas y de los estragos que provocaron, el pueblo birmano nunca depositó completa confianza en ellas, luchando heroicamente por su propia liberación, sea a través de acciones y manifestaciones de masas y huelgas, sea con la formación de guerrillas independientes de los intereses de sus supuestos aliados contra el Japón, hasta porque sabían que ninguno de ellos estaba, de hecho, a favor de la descolonización y la independencia del país.

Fue en este proceso que ya próximo el final de la Guerra, Aung San dirigió una victoriosa revuelta contra la ocupación japonesa, el 27 de marzo de 1945 (fecha celebrada hasta hoy como Día de la Resistencia Nacional), y consiguió, hábilmente, unificar su Ejército Nacional (BNA) con el Partido Revolucionario del Pueblo (PRP, brazo de los “Thankins”, grupo formado en los años 1930 por intelectuales y budistas nacionalistas) y el Partido Comunista de Burma (CPB, de línea maoísta, que dejó el poder después de una tentativa fracasada de rebelión en 1949, siendo proscripto en 1953), dando origen a la Liga Antifascista para la Libertad del Pueblo (AFPFL, en la sigla inglesa).

Frente Popular, conciliación de clases y traiciones

Como discutido en un artículo publicado en este sitio de la Liga Internacional de los Trabajadores (LIT-CI), en octubre de 2007 (“El régimen militar en la cuerda floja”), la AFPFL formó un gobierno de Frente Popular (de conciliación de clases) que gobernó Burma hasta 1962, cuando militares retornaron al poder a través de un golpe que instaló una autoproclamada “vía birmana al socialismo”, que, en la práctica, no pasaba de un régimen capitalista sanguinario y totalitario, que se extendió hasta 1988, cuando otro sector del ejército se apoderó del poder (extendiendo el régimen militar hasta 2011).

Como se destaca en el artículo, el gobierno de la AFPFL estuvo marcado por la inestabilidad, atravesado por una serie de elementos, comenzando por el carácter del gobierno (también caracterizado por fuerte carácter totalitario); pasando por el asesinato de su principal dirigente Aung San (muerto, juntamente con todo su gabinete, en julio de 1947) y amargas disputas interétnicas, acumuladas en los períodos colonial y del proceso de independencia, además de una coyuntura mundial compleja, marcada por la llamada Guerra Fría (recordemos que la Revolución China ocurrió en este mismo período, en 1949).

En suma, la conciliación de clases propuesta por el Frente Popular fue incapaz de satisfacer las necesidades históricas del pueblo e, incluso, permitió que Gran Bretaña, ya incapaz de mantener el dominio colonial en la región, interviniese directamente en la descolonización del país, a través de la imposición de un proceso “gradual”, que garantizó a los británicos dos cuestiones fundamentales: el mantenimiento de sus intereses económicos y estratégicos en la región, y, también, el aislamiento de los sectores más radicalizados y revolucionarios.

Esa transición fue negociada en Inglaterra, directamente por Aung San y el primer ministro del Reino Unido, Clement Richard Attle, resultando en un acuerdo que selló la “independencia”, en enero de 1947. Para tener una idea del grado de la conciliación, vale citar que una de sus resoluciones imponía la formación de un nuevo ejército nacional mixto, formado por miembros del BNA y de las fuerzas aliadas (Inglaterra y Estados Unidos).

La farsa de la “vía birmana al socialismo” y 50 años de dictaduras

Sea como fuere, la independencia fue oficialmente decretada el 4 de enero de 1948 y la Liga Antifascista para la Libertad del Pueblo gobernó el país hasta 1962, particularmente a través de la figura de U Un, que ejerció el cargo de primer ministro casi ininterrumpidamente hasta 1962, cuando el comandante militar Ne Win tomó el poder, a través de un golpe.

Ne Win gobernó el país directamente hasta 1988, al frente del llamado Partido del Programa Socialista de Birmania, que defendía una llamada “vía birmana al socialismo” que, no obstante, como ya mencionamos, no pasaba de una dictadura capitalista sanguinaria, que prohibió la existencia de partidos políticos y de sindicatos independientes, llevando a la población a tal nivel de explotación que, hacia finales de los años 1980, Birmania era uno de los diez países más pobres del mundo.

Este período también fue caracterizado por la violenta represión a las etnias minoritarias, en un verdadero proceso de limpieza étnica, particularmente contra el pueblo rohingya (de tradición musulmana), cuyos derechos comenzaron a ser restrictos a partir de 1962 y la nacionalidad birmana completamente negada con la “Ley de Ciudadanía” aprobada en 1982, que les impide, hasta hoy, el acceso a escuelas, a votar, a poseer tierras y propiedades, a usar hospitales, y derechos en el mercado de trabajo, transformándolos en una de las mayores poblaciones apátridas del mundo.

El derrocamiento de Ne Win se dio bajo un masivo proceso de movilizaciones y luchas obreras y populares, iniciada en agosto de 1988 (la “Rebelión 8888”, lea más en los artículos siguientes), pero la intervención política y el poder económico de las Fuerzas Armadas birmanas hablaron más alto, con un nuevo golpe, en 1989, cuando el nombre del país fue cambiado para República de la Unión de Myanmar, como mencionamos arriba.

Desde allí hasta 2011, la dictadura impuso un régimen de terror y hambre. En 1992, por ejemplo, guerrillas organizadas por grupos étnicos minoritarios, campesinos y trabajadores, fueron fuertemente reprimidas, provocando un gigantesco éxodo migratorio hacia países vecinos. La militarización fue feroz. Durante todo este período, el gobierno destinaba cerca de 40% del presupuesto para el mantenimiento de un ejército compuesto por casi un millón de soldados, uno de los mayores del mundo.

Mientras tanto, el pueblo naufragaba en la subnutrición y la miseria, sin por eso dejar de luchar. La situación llegó al límite en la primera década de los años 2000, cuando en escala mundial, el capitalismo estaba a la vera de su mayor crisis, situación a la que la dictadura respondió duplicando el precio de la gasolina y quintuplicando el del gas natural, lo que llevó a un aumento generalizado del costo de vida.

Esa situación detonó un enorme proceso de movilizaciones, entre agosto y noviembre de 2007, conocido como la Revolución del Azafrán, que culminó en una protesta que reunió a meas de 100.000 personas en Rangún (o Yangón, la mayor ciudad del país), a pesar de la fuerte represión, que resultó en la prisión de 6.000 personas y en el asesinato de decenas.

El pasaje de un ciclón, en mayo de 2008, que devastó el país matando a 134.000 personas y dejando 2,4 millones de desabrigados, aumentó aún más la insatisfacción y el odio con la dictadura que, no resistiendo la presión, convocó a elecciones en 2010, dando inicio al llamado “período democrático”, que perduró hasta el golpe realizado el 1 de febrero.

La importancia de estos procesos de luchas, particularmente la “Revolución del Azafrán”, puede ser ejemplificada por el hecho de que, hoy, el “Movimiento Sarong” los reivindica como modelo y fuente de aprendizaje para las luchas actuales.

Democracia, como siempre, para pocos

El proceso de transición fue controlado de cerca por los militares y negociado con los principales dirigentes de la oposición burguesa en el país. En 2011, el poder fue asumido por Thein Sein, ex comandante militar que ya ejercía el cargo de primer ministro desde 2007. Sein se mantuvo en el poder hasta las elecciones realizadas en noviembre de 2015, cuando fue electo el primer presidente civil del país, el profesor universitario Htin Kyaw, de la Liga Nacional por la Democracia (LND), fundada en medio de la “Rebelión 8888”, como principal representante de la oposición a la dictadura.

No obstante, Htin Kyaw así como su sucesor Win Myint (también depuesto en el reciente golpe) siempre fueron considerados meros fantoches en las manos de quien, de hecho, ejerce el poder: Aung San Suu Kyi, la hija del “héroe de la independencia” que, prohibida de ejercer la presidencia en función de una ley que no da este derecho a personas que tengan cónyuges extranjeros (ella está casada con un británico), actuaba como Consejera de Estado.

Dicho sea de paso, Suu Kyi (sobre la cual volveremos a hablar en los próximos artículos) es la primera en asumir quien realmente manda en el país, habiendo declarado ya públicamente que está “por encima del presidente” y es la responsable por tomar todas las decisiones. De inmediato, cabe solo citar que, a pesar de reconocida como principal opositora de los militares y símbolo de la lucha por la “democracia”, Suu Kyi y su partido están lejos de ser, de hecho, alternativas para el pueblo sufrido y la clase trabajadora de Burma.

Primero, porque no tiene intención, de forma alguna, de meter una cuña en aquello que está realmente por detrás de esta larga historia de opresión y explotación: la estructura capitalista del país y la sumisión a los intereses imperialistas. Además, Suu Kyi, desde siempre, ha sido connivente con los procesos de limpieza étnica en su país, como ya fue incluso denunciada por órganos internacionales, afirmando que las denuncias se deben a un “gran iceberg de desinformación y, aún defendiendo las acciones criminales del ejército, principalmente contra los musulmanes, rechazando por completo que esto se trate de un genocidio.

El hecho es que todo ese período, tanto bajo la batuta de los militares y Thein Sein, como bajo el comando de la LND, estuvo marcado por un amplio proceso de represión a las minorías étnicas y religiosas, por el mantenimiento de los niveles absurdos de explotación y opresión socioeconómica, y por constantes denuncias de corrupción.

Una situación que puede ser ejemplificada por un dato de la UNICEF, del 17 de noviembre de 2020: “Antes de que la pandemia de Covid-19 alcanzara a Myanmar, un tercio de los niños –más de cinco millones– ya vivía en pobreza. Otros seis millones vivían en familias inmediatamente arriba del llamado límite de pobreza, tornándolos particularmente vulnerables a las crisis económicas. En otras palabras, más de la mitad de los niños de Myanmar vivía en la pobreza o cerca de la pobreza antes del impacto del Covid-19, que puede agravar aún más su terrible situación”.

Como veremos, es esto lo que explica también el fuerte carácter obrero en la lucha contra el golpe y, también, por qué entre los trabajadores hay mucha gente que no ve la devolución del poder a Aung San Suu Kyi como una solución para sus problemas. En este sentido, vale citar la experiencia de Kyaw Myo, uno de los principales miembros de la Federación de los Sindicatos de toda Burma, que está al frente de las protestas, y sintetizó su desconfianza con el “gobierno democrático” en una frase: “Yo no apoyo a la LND. Yo no apoyo a ningún partido político [que gobierne] bajo la Constitución de 2008”, dijo refiriéndose a la legislación, intocada por Suu Kyi, que mantuvo los privilegios políticos y económicos de los militares.

Y no le faltan motivos para oponerse a la LND, como fue registrado en un artículo publicado por el portal de la Radio Pública Nacional (NPR, en la sigla original, en inglés), el 23 de marzo: “[Kyaw Myo] fue uno de esos activistas que pasó el mandato de la LND entrando y saliendo de la prisión por apoyar las protestas contra los abusos laborales. Él fue condenado a seis meses de prisión por ayudar a organizar una marcha en Naypydaw, en 2016; más de dos meses por protestar contra una violenta represión policial contra una protesta de trabajadores del sector del vestido, en Yangón, y más tres meses por apoyar otra, en 2020” (“‘Espíritu de lucha’”: por dentro de la clase obrera, el derecho de las minorías en las raíces de las protestas en Myanmar”).

Fue en este contexto que ocurrieron las elecciones parlamentarias en noviembre de 2020, cuando, nuevamente, la Liga Nacional por la Democracia obtuvo la enorme mayoría de los votos, eligiendo a 396 de los 476 diputados, algo visto como una derrota humillante por el Partido Unión de Solidaridad y Desarrollo, entidad que sirve de fachada a los militares que dieron el golpe en febrero.

Este es el tema del próximo artículo, por ahora, para encerrar este rescate histórico, cabe citar una conclusión apuntada en el ya mencionado artículo publicado en este sitio de la LIT-CI durante la Revolución del Azafrán, en 2007, y que aún es válido para discutir cómo poner fin, de hecho, a este terrible ciclo de represión y explotación al combativo, pero sufrido, pueblo de Burma:

(…) Lo que se necesita –y falta dramáticamente, hasta ahora, también en Birmania– es un partido revolucionario, basado en un programa transitorio, que se construya en estas grandes luchas, que organice el crecimiento de estas y la autodefensa (no mandando a las masas inertes al frente de los fusiles), que tenga como consigna la nacionalización, sin indemnización, de la tierra y de las grandes empresas de extracción de materia prima del país, y la creación de una democracia basada en los consejos de obreros y campesinos pobres, capaz de dirigir a las masas hasta una real victoria, en una perspectiva socialista”.

Notas:

(*) Con la colaboración de Herbert Claros, militante del PSTU de São José dos Campos y dirigente de la Secretaría Ejecutiva y del Sectorial Internacional de la CSP-Conlutas.

(**) Parte de los datos y procesos históricos mencionados fueron tomados de una pesquisa académica producida por Erik Herejk Ribeiro, “A Birmânia até 1950: desafios e legado histórico” (2012), del Departamento de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, disponible en: (https://www.lume.ufrgs.br/bitstream/handle/10183/71701/000879305.pdf).

Lea también en este especial:
Myanmar (Burma): la clase obrera en la línea de frente contra el golpe militar.
Myanmar (Burma): derrocar la dictadura y avanzar en la organización obrera.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 27/3/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.