En el artículo anterior contamos un poco la historia del país de Sudeste asiático conocido como Myanmar, Birmania o Burma, destacando el largo histórico de intervenciones imperialistas y militares que hundieron a la población en un círculo vicioso de explotación, represión y opresión, a pesar de los valientes y heroicos ejemplos de resistencia y lucha de los trabajadores y el pueblo birmano.

Por Wilson Honório da Silva, 31/3/2021.-

Como vimos, ejemplo de esto fue la llamada Revolución del Azafrán, que tuvo su pico entre agosto y noviembre de 2007, habiendo repercutido en la caída, en 2010, de una dictadura instalada en 1962, impulsada también por una poderosa ola de huelgas, iniciada en 2009, del sector textil y de vestimenta deportiva, actual “jefe” de las exportaciones en Burma.

Desde ahí hasta el golpe militar dado el 1 de febrero pasado, el país estaba siendo gobernado por la Liga Nacional para la Democracia (LND), teniendo al profesor Wi Myint como presidente, a pesar de que era considerado solo un fantoche en manos de Aung San Suu Kyi, que ejerciendo el cargo de Consejera de Estado era quien de hecho controlaba el poder.

Revolución del Azafrán, 2007.

Un golpe dado “por dentro” del gobierno

El golpe ocurrió el día anterior al previsto para que los parlamentarios electos en noviembre pasado asumiesen sus mandatos. Y, después de arrestar a dos líderes y miembros del gobierno, la Junta Militar, formada por “Tatmadaw” (nombre oficial de las Fuerzas Armadas), declaró el Estado de Emergencia, dio posesión al general del Ejército Min Aung Hlaing, hasta entonces aliado de Suu Kyi, como presidente, y comenzó una represión generalizada, arrestando a dirigentes estudiantiles y sindicales, dirigentes étnicos, y a centenas de activistas sociales y políticos, matando a personas en medio de las manifestaciones, además de bloquear el acceso de celulares a la internet para intentar silenciar las protestas.

Los birmanos, con todo, no están aflojando y, a pesar de que también enfrentan la pandemia, al día siguiente del golpe, tomaron las calles en enormes movilizaciones e iniciaron un poderoso movimiento espontáneo de desobediencia civil, que desembocó en la convocatoria, hacia finales de febrero, de una huelga general. Para tener una idea de la dimensión de las manifestaciones, vea el video < https://youtu.be/-dN3xmAJ_nE > que produjo la agencia EuroNews.

Inspirados en la lucha de Tailandia contra el régimen monárquico y el golpe militar ocurrido en 2014 (que, por su parte, sacaron la idea de los filmes “Juegos Voraces”), el pueblo de Burma adoptó como símbolo (además de los cascos y chalecos amarillos) el “saludo con tres dedos”, con el mismo significado que le fue dado en el país vecino: un rescate del lema de la Revolución Francesa de 1789 –“igualdad, libertad, fraternidad”–.

Palabras que, evidentemente, en este momento, sintetizan las necesidades inmediatas frente a la dictadura. Pero, también es preciso decir que no será en los marcos de los antiguos ideales burgueses, mucho menos del capitalismo, que los birmanos podrán conquistar lo que merecen y precisan. Como tampoco será la reconducción de Aung San Suu Kyi y de la LND en el poder los que garantizarán sus derechos sociales, culturales, económicos y políticos (tema que desarrollaremos en el artículo siguiente).

Por eso mismo, saludamos el protagonismo que la clase obrera está desempeñando en la lucha contra el golpe, con sus entidades, organizaciones, movimientos y métodos de lucha, pues es esto que apunta en la dirección de la única salida posible para poner fin a siglos de explotación, totalitarismo y opresión: que los trabajadores y trabajadoras y el pueblo tomen el poder en sus propias manos y gobiernen.

De la desobediencia civil a la huelga general, a pesar de la represión

Apenas el golpe se hizo público, la desobediencia civil se extendió por el país como un reguero de pólvora. Protestas tomaron las calles y trabajadores de los más diversos sectores, en la ciudad y en el campo (donde se concentra 60% de la población), comenzaron a paralizar sus actividades, incluyendo áreas estratégicas, como la empresa de petróleo y gas, controlada por el Tatmadaw (o sea, administrada directamente por el Ministerio de Defensa), la compañía aérea nacional, ferrocarriles, minas, obrajes y fábricas.

El movimiento también alcanzó rápidamente los órganos e instituciones de la burocracia del Estado, escuelas y hospitales y la población, incluyendo la juventud y los sectores populares, y también pasó a ocupar escuelas, hospitales y órganos públicos. Para tener una idea de la dimensión del proceso, la semana pasada salió a la luz que dos policías de la ciudad de Kyangin, que subieron videos contra el golpe, están presos desde el 3 de febrero, como fue publicado el 17 de marzo en el portal en inglés de la “Red Sindical Internacional de Solidaridad y Luchas”, a la cual está afiliada la CSP-Conlutas.

Un primer llamado a la huelga general fue hecho el 8 de febrero por la Confederación de los Sindicatos de Myanmar (CTUM), la mayor del país. Y, según el portal especializado en noticias sindicales “Labor Notes”, la propuesta recibió rápidamente la adhesión de recolectores de basura, bomberos y bancarios, entre otros, además de funcionarios de los gobiernos municipales y de los ministerios de Comercio, Electricidad y Energía, Transportes y Comunicaciones, y Agricultura, Pecuaria e Irrigación.

En los días siguientes, siete sindicatos de la Educación incluyendo la Federación de Profesores de Myanmar, que alcanza la enseñanza primaria y superior, además de las escuelas monásticas, también paralizaron las actividades, juntamente con los estudiantes. Mientras tanto, en protesta contra las amenazas a la libertad de prensa, miembros del Consejo de Prensa de Myanmar y más de una docena de periodistas del “The Myanmar Times”, el diario más importante en lengua inglesa, se dimitieron.

A mediados de febrero, 99% de los trabajadores ferroviarios ya estaban también en huelga, lo que llevó al cierre de todo el sistema; lo mismo está ocurriendo en la mayoría del sector energético y de las fábricas dirigidas por los militares, que intentaron intimidar a los trabajadores amenazándolos con la expulsión de los alojamientos estatales en que muchas familias obreras viven (en pésimas condiciones, evidentemente). Y, una vez más, los trabajadores dieron un demostración de que están dispuestos a todo: se mantuvieron en huelga y abandonaron las viviendas.

Ferroviarios en huelga abandonan alojamiento.

Además de eso, como los militares, en función del histórico presentado en el artículo anterior, controlan directamente amplios sectores de la economía (el dictador en posesión, por ejemplo, es uno de los mayores accionistas de las empresas controladas por el Tatmadaw), aún según el “Labor Notes”, “a los trabajadores se juntaron los consumidores, que pasaron a boicotear los vastos intereses comerciales de los militares en los sectores alimentarios, de bebidas y cigarros; en la industria del entretenimiento; de provisión de servicios de internet, bancos, empresas financieras, hospitales, compañías petrolíferas, y mercados al por mayor y al por menor”.

La reacción de las Fuerzas Armadas, como siempre, fue partir para la violencia brutal. El 26 de febrero, un comunicado en red nacional de TV puso a la mayoría de las entidades sindicales del país en la ilegalidad (reeditando un decreto que estuvo vigente hasta 2011). Es difícil obtener informaciones precisas, ya que además de un fuerte bloqueo en los servidores de la internet, los militares cerraron órganos de prensa y aprisionaron a decenas de periodistas.

Con todo, según la agencia internacional de noticias BBC News, solamente el 3 de marzo, por lo menos 38 personas fueron muertas en una protesta, incluyendo dos jóvenes, de 14 y 19 años. Ya de acuerdo con la ONG “Independent Assistance Association for Political Prisioners” (que presta asistencia a prisioneros políticos), el 20 de marzo se contabilizaban 2.330 detenciones (entre ellas, de centenas de niños y adolescentes) y 235 muertes, además de relatos que existen sobre invasiones de casas y hasta de escuelas.

Entre los primeros muertos, el Movimiento por la Desobediencia Civil dio destaque para el asesinato de Ko Htet Wai Htoo, presentado en un posteo como “un miembro LGBTQ de nuestra revolución”. La potencia del movimiento obrero en este proceso, así como el temor a los militares, lamentablemente también puede ser ejemplificada por el mayor foco de la represión.

De acuerdo con un artículo publicado el 23 de marzo por la Radio Pública Nacional (NPR), de los Estados Unidos: “de lejos, la peor masacre ocurrió en el municipio de Hlaing Tharya, un área con más de 850 fábricas y una enorme población de trabajadores. Se cree que más de 50 personas hayan sido muertas solamente el 14 de marzo, provocando un éxodo en masa de millares de personas, que huyeron del área”.

Pero las masas no volvieron al trabajo ni salieron de las calles. El 7 de marzo, cuando el país estaba prácticamente paralizado hacía casi un mes, 18 federaciones y entidades sindicales lanzaron un manifiesto defendiendo una huelga general unificada hasta la caída del régimen militar. La nota fue firmada por todas las principales federaciones y confederaciones nacionales, además de entidades de los sectores agrícola, energético, de construcción civil y de empresas madereras, de la alimentación y del transporte, entre otras.

Mujeres trabajadoras a la vanguardia de la lucha

Como mencionado en el artículo anterior, la rebelión antidictatorial en Burma está siendo llamada “Movimiento Sarong”, en referencia al traje típico de la región y, particularmente, al papel que las mujeres están cumpliendo. Lamentablemente, no es por casualidad que la primera persona muerta por las fuerzas de represión durante las protestas haya sido una empleada de supermercado, Mya Thwe Thwe, asesinada a tiros días antes de cumplir 20 años, en una manifestación en la capital de país, Nay Pyi Taw[1].

La increíble disposición de lucha que las mujeres han demostrado tiene que ver tanto con una historia marcada por niveles absurdos de opresión y machismo como por la actual localización de las mujeres en la estructura económica del país.

En entrevista al portal Jacobin, del 2/3/2021, Ma Moe Sandar Myint, dirigente de la Federación de Trabajadores del Vestido de Myanmar, sintetizó un poco de esta historia y de la situación actual: “(…) contra todas las probabilidades, las mujeres han asumido la dirección, abandonando sus costumbres y tradiciones, y luchando. En las federaciones, especialmente, la mayoría de los dirigentes son mujeres jóvenes, que dan su tiempo y energía para luchar por los trabajadores, y sacrifican mucho. Ellas están incluso hasta dispuestas a divorciarse de sus cónyuges. Y cuando entran en huelga, esas mujeres dirigentes no tienen miedo de ser despedidas. Ellas superan su miedo y comprometen sus mentes. Tengo orgullo de las mujeres trabajadoras que lideran las huelgas y el movimiento”.

Más allá de la explotación económica y de todos los problemas que marcan la vida de las mujeres en todo el mundo, las birmanas aún se enfrentan con las pesadas restricciones impuestas por las conservadoras tradiciones locales y uno de los crímenes más bárbaros contra la humanidad: el tráfico humano.

Según la ONU, el país alimenta una de las mayores redes mundiales de tráfico, que lleva a mujeres (y, también, a niños y hombres jóvenes) al trabajo forzado y/o esclavo y la explotación sexual, principalmente para países de Malasia, China y Tailandia. Un crimen frente al cual tanto los militares como el gobierno de la LND siempre hicieron vista gorda. Según el “Informe de Tráfico de Personas 2018”, aún hoy, “el gobierno de Burma no cumple plenamente las normas mínimas para la eliminación del tráfico humano”, habiendo indicios concretos de que la red también es alimentada por las Fuerzas Armadas (Tatmadaw).

Además, evidentemente, las mujeres están entre las que más sufrieron y continúan sufriendo con la persecución étnica y todos los mecanismos opresivos y represivos que caracterizan los sucesivos gobiernos autoritarios, principalmente porque la presencia de mujeres es prácticamente nula en la principal institución que tiene controlado el poder, las Fuerzas Armadas, que, además, son conocidas no solo por su participación en el tráfico sino también por incontables violaciones y abusos.

Barricadas contra la explotación burguesa e imperialista

Con todo, la fuerte presencia de mujeres en el actual proceso de lucha tiene mucho que ver con su actual localización en el mercado de trabajo del capitalismo birmano. Mujeres son la gigantesca mayoría (90%) en uno de los sectores más importantes de la economía: la industria textil y de calzado, principalmente de vestimenta y productos deportivos destinados a la exportación. Y, por eso mismo, no solo fueron las primeras en poner sus entidades al servicio de la lucha contra la dictadura como, al paralizar el trabajo, dieron el ejemplo para la población, afectando, incluso, todos los demás sectores de la economía.

Según el site especializado en Economía “Nikkei Asia”, antes de la pandemia el sector empleaba a cerca de 700.000 personas (siendo que, solo el año pasado, cerca de 100.000 fueron despedidas), movilizando U$S 6.000 millones y, apoyado en la explotación de mano de obra barata, creció particularmente bajo el llamado “período democrático”: hasta 2011 correspondía a 7% de las exportaciones del país pero, en 2019 bajo la batuta de las políticas neoliberales del LND, el índice ya correspondía a 30% del total.

Aún según el “Nikkei Asia”, la mayoría de las empresas es de propiedad extranjera (principalmente de la Unión Europea, que recibe la mitad de los productos birmanos), muchas de ellas en estrecha sociedad con los militares que también tienen inversiones en el sector. Entre ellas, se destacan marcas como Adidas (Alemania), Benetton (Italia), C&A (Alemania/Países bajos), H&M (Suecia), Le Coq Sportif (Francia), Next (Reino Unido), Calvin Klein, GAP, JCPenny (Estados Unidos) y Mizumo (Japón).

Por eso mismo, el protagonismo de las mujeres no es de hoy. Ellas también estuvieron en la línea de frente de las luchas más importantes de la historia reciente del país. Se destacaron en la Revolución del Azafrán, en 2007. En 2011, cuando un decreto que prohibía la organización sindical fue derribado, estaban entre las primeras en la reorganización de las entidades obreras. Y, en 2019, aún bajo el gobierno de la LND, las obreras textiles sacudieron el país con una ola de huelgas que fue interrumpida por el estallido de la pandemia de Covid-19.

Momento, dicho sea de paso, bastante revelador del carácter del gobierno de Aung San Suu Kyi y su LND, como fue destacado el 2 de marzo por la dirigente de la Federación de los Trabajadores del Vestido de Myanmar, en la misma entrevista dada a “Jacobin”, mencionada arriba: “cuando el Covid-19 alcanzó el país, el gobierno impuso restricciones a las reuniones de personas”, impidiendo que se organizasen y de manifestasen fuera de las fábricas, lo que, en la práctica, “impedía entrar en huelga”, dijo Ma Moe Sandar Myint.

Además, como también ocurrió en el resto del mundo, la patronal se aprovechó de la pandemia para penalizar a las trabajadoras y sus entidades: “el Covid-19 también dio a los empleadores las ventajas para oprimir a los trabajadores, despedirlos, y destruir sus sindicatos. Con la baja en las encomiendas, los empleadores comenzaron a reducir la mano de obra, concluyó la dirigente sindical.

Situación que también fue abordada en el portal “Labor Notes” en un artículo publicado el 26 de febrero, denunciando que el inicio de la pandemia significó “un revés para las luchas sindicales militantes, interrumpiendo la ola de huelgas y la creciente sindicalización en el sector”, con los empleadores, incluso, sacando partido de la situación “para intervenir en los sindicatos, despidiendo a sus miembros”, y trabar las luchas por aumento del salario mínimo y por condiciones de trabajo más seguras, imponiendo, además, “cortes salariales o atrasos en el pago de salarios”.

¡Un país paralizado contra el golpe militar!

A pesar de todos estos ataques y obstáculos, el sector compuesto por 90% de mujeres no solo se mantuvo alerta como también se transformó en un ejemplo cuando los militares tomaron el poder por asalto: “Los trabajadores ya estaban enojados, ya estaban movilizados (…). Un sentimiento familiar de sufrimiento regresó y ellos no podían quedarse callados”, declaró la sindicalista Ma Moe Sandar Myint, en la nota de “Labor Notes” mencionada arriba.

Aún según el artículo, “las trabajadoras del sector del vestido estuvieron entre las primeras en convocar protestas callejeras y movilizarse en la calle”, a pesar de las severas amenazas hechas por los líderes golpistas y “esto ayudó a aumentar la confianza del movimiento de desobediencia civil”, como destacó Andrew Tillet-Saks, que trabaja con organizaciones sindicales birmanas: “la visión de los trabajadores industriales, en gran parte jóvenes y trabajadoras del sector del vestido, parece estar inspirando profundamente al público en general, derribando parte del miedo y fomentando las protestas masivas y la huelga general que estamos viendo ahora”.

Movimiento cuya dimensión fue sintetizada en un artículo publicado por el diario The New York Times, el 19 de marzo: “Las ventanas de las cajas de los bancos están ganando polvo. La carga en los puertos no es recogida. Y en los grandes ministerios del gobierno en Nay Pyi Taw, la capital de Myanmar, pilas de documentos están enrollándose en la humedad. Hay pocas personas para procesar todo el papelerío. Desde que los militares tomaron el poder (…), una nación entera paró. Desde hospitales, ferrocarriles y astilleros, hasta escuelas, tiendas y casas comerciales, gran parte de la sociedad dejó de aparecer en el trabajo en un intento de trabar al régimen militar y forzarlo a devolver la autoridad a un gobierno civil”.

Aún según el diario norteamericano, la huelga general lanzó al país a una situación de completa parálisis y casi desgobierno: “los impuestos no están siendo cobrados (…), la mayor parte de las licencias de importación, exportación, y muchas otras no están más siendo concedidas. Con la adhesión a la huelga de los empleados de bancos privados, la mayoría de los flujos de dinero que entran y salen del país pararon”.

Mientras tanto, el pueblo ha dado ejemplo de autoorganización y solidaridad, incluso a través de las redes sociales: “en Mandalay, la segunda mayor ciudad de Myanmar, un único grupo de Facebook dirigido por ciudadanos comunes levantó fondos para apoyar a las casi 5.000 personas que está participando del movimiento de desobediencia civil, que es conocido por la abreviatura C.D.M.”.

La importancia del apoyo de la clase obrera internacional

En esta serie de artículos estamos haciendo el esfuerzo de presentar el máximo posible de elementos sobre la historia y el actual proceso de luchas para que, superando el desconocimiento que hay sobre el país, los trabajadores, trabajadoras y activistas brasileños [y de todas partes] entiendan la importancia de acompañar y solidarizarse con la lucha del pueblo birmano; pues, como destacó Thet Swe Win, activista sindical y de derechos humanos en entrevista también concedida a “Labor Notes” el 26 de febrero: “el apoyo internacional significa mucho para nosotros; él nos ayuda a sentir que no estamos solos y a saber que hay personas allá afuera apoyando nuestra libertad”.

A pesar de la pandemia, ya ocurrieron manifestaciones en embajadas de Burma, principalmente en los países vecinos, muchos de ellos repletos de inmigrantes birmanos o que comparten con el país luchas recientes contra regímenes autoritarios y represivos, como Tailandia, Hong Kong, Filipinas, Camboya y Taiwán. En el Brasil, la CSP-Conlutas también está compenetrada en esta lucha, habiendo enviado ya una moción, aprobada por su coordinación nacional, a inicios de febrero, como también ha mantenido actualizaciones frecuentes sobre la lucha contra el golpe a través de la página de la “Red Sindical Internacional de Solidaridad y Luchas”.

Sin embargo, es preciso intensificar estas acciones. La solidaridad es fundamental para impedir que se repita, una vez más, la tragedia de los largos períodos dictatoriales que infectan la historia del país. Además, una victoria, ahora, en Burma, puede significar un importante impulso para la lucha de los trabajadores y las trabajadoras en todo el mundo. Por eso, de inmediato, es preciso que exijamos la salida de los militares, la liberación de todos los presos políticos, y la libertad de organización y manifestación en el país.

También, no se puede tener ilusión alguna en las declaraciones públicas de la burguesía y los gobiernos internacionales que, formalmente, han condenado el golpe y “exigido” el retorno a la democracia. Primero, porque ellos son guiados solo por sus intereses económicos y no, de forma alguna, por el odio a los militares, con los cuales hasta “ayer” y aún hoy, mantienen sociedades empresariales.

Algo que queda evidente en un comunicado de la gigante sueca en el sector deportivo, la H&M, reproducido por el portal “Nikkei Asia”: “Estamos también en diálogo con agencias de las Naciones Unidas, organizaciones humanitarias, representantes diplomáticos, peritos en derechos humanos y otras empresas multinacionales (…). Estas consultas nos guiarán en cualquier decisión futura en relación con la mejor forma en que nosotros, como empresa, podemos apoyar los desarrollos positivos en Myanmar” (https://asia.nikkei.com/Spotlight/Myanmar-Coup/Myanmar-coup-clouds-future-of-country-s-crucial-garment-industry).

En fin, lo que están esperando ver es si los militares les garantizan los negocios, como hicieron por décadas. Además, lo que ellos quieren, como máximo, es el retorno a la “normalidad” asegurada por Aung San Suu Kyi y su LND que, desde siempre, además de ser conniventes con la estructura económica y política que permitió que los militares se movilizasen libremente y articulasen el golpe, han mantenido a los trabajadores y la juventud bajo absurdos niveles de opresión y explotación.

Por más que la imagen de la líder birmana sea hoy un símbolo de las luchas que toman las calles, es preciso que los trabajadores construyan, en el proceso de lucha contra la dictadura, una alternativa de poder que represente sus verdaderas necesidades. Que apunten hacia una salida realmente socialista para el país. Estos son los temas del artículo final de esta serie.

Notas:

[1] La capital de Birmania suele encontrarse escrita también como Naipyidó y/o Naypydaw.

(*) Con la colaboración de Herbert Claros, militante del PSTU de São José dos Campos, y dirigente de la Secretaría Ejecutiva y del Sectorial Internacional de la CSP-Conlutas.

Traducción: Natalia Estrada.