En enero de 1905, una multitud de obreros de diversos sectores de la industria –200.000 personas entre hombres, mujeres y niños, según estimados de la época– habían marchado al centro de la ciudad de San Petersburgo, en Rusia, con el objetivo de protestar frente al todopoderoso zar Nicolás II por las duras condiciones de vida y de trabajo que se abatían sobre la mayoría de la población. Bajo el liderazgo del padre George Gapon, la multitud caminaba pacíficamente y sin armas (los que estaban armados habían recogido sus armas por órdenes de Gapon), y muchos llevaban imágenes de Nicolás II y entonaban cantos religiosos y el “Dios salve al zar”.

Por: Carlos Zacarías F. de Sena Junior

Los trabajadores, que reivindicaban la jornada de ocho horas, salario mínimo de un rublo por día, abolición de la hora extra compulsiva sin pago, y libertad de organización, no tenían idea de que los acontecimientos que protagonizarían enseguida darían ocasión a un proceso histórico de transformaciones que conmoverían a Rusia y al mundo. No obstante, marchaban pacíficamente, llevando consigo las décadas de atraso de un país semifeudal, oprimido por siglos de autocracia, miseria y hambre.

El texto de la petición que la multitud pretendía entregar a Nicolás II contenía mucho más que meras reivindicaciones por mejoras en las condiciones de vida de la clase trabajadora, pues Rusia era uno de los países más atrasados de Europa y uno de los países en que las jerarquías de la sociedad nobil-oligárquica, donde apenas en la segunda mitad del siglo XIX los siervos se habían liberado, prevalecían sobre la mayoría de la población de las ciudades y de los campos. De esta manera, quedaba evidente que al lado de la Rusia moderna del proletariado, que pretendía emerger con sus reivindicaciones y manifestaciones de masas, se sostenía aún una parte del pasado de un país arcaico, sumida en el oscurantismo, que dialécticamente venía siendo superado, como aparece en el texto de la petición:

“Señor, nosotros, obreros residentes de la ciudad de San Petersburgo, de varias clases y condiciones sociales, nuestras esposas, nuestros hijos y nuestros desamparados ancianos del país, venimos a Ud., Señor, para buscar justicia y protección. Nosotros nos convertimos en indigentes; estamos oprimidos y sobrecargados de trabajo más allá de nuestras fuerzas; no somos reconocidos como seres humanos sino tratados como esclavos, que deben soportar en silencio su amargo destino. Nosotros lo hemos soportado y estamos siendo empujados, cada vez más, hacia las profundidades de la miseria, la injusticia y la ignorancia. Estamos siendo tan sofocados por la justicia y la ley arbitraria que no podemos respirar más. Señor, ¡no tenemos más fuerzas! Nuestras resistencias están en su fin. Llegamos al terrible momento en que es preferible la muerte a proseguir en este intolerable sufrimiento”.1

A pesar de la marcha pacífica y ordenada, Nicolás II parecía no tener interés en conocer el tenor de las reivindicaciones de los trabajadores, y terminó no teniendo el privilegio de leer el texto de la petición, tal vez el último de una larga era, pues la multitud conducida por el cura Gapon ni llegó a aproximarse al imponente Palacio del Zar.

Cercados por “alrededor de 20.000 soldados fuertemente armados”, que dispararon indiscriminadamente sobre los trabajadores a una distancia mínima de pocos metros, centenas o tal vez más de un millar de muertos llevaron consigo a sus sepulturas parte de las cenizas de una Rusia que comenzaba a desaparecer. Fue una masacre y, a pesar de no saberse cuántos fueron los muertos en aquel “domingo sangriento”, se supo, por cierto, “que una época de la historia rusa había concluido abruptamente y una revolución comenzaba”.2

En febrero de 1905, una oleada de huelgas barrió a toda Rusia en respuesta a la masacre del día 9 de enero, en San Petersburgo. Involucrando a cerca de un millón de trabajadores y alcanzando a más de ciento veinte ciudades, paralizando minas, ferrovías e innumerables fábricas, el contenido de las huelgas que sacudieron a Rusia en 1905 produjo mucho más que algunas simples transformaciones en las relaciones entre la sociedad y la autocracia, o entre los trabajadores de las fábricas y los patrones. Fue una verdadera revolución en el sentido estricto del término, pues la Rusia semifeudal y mayoritariamente campesina dejaba atrás toda una era de oscurantismo y arcaísmo en las relaciones entre las clases y la historia asistía, por primera vez, el nacimiento de una experiencia inédita, producida por los trabajadores urbanos, los modernos proletarios.

En efecto, los soviets fueron el resultado más importante del ensayo de 1905 como organismos de doble poder que dirigieron la revolución y produjeron las transformaciones cualitativas exigidas por la mayoría de la población. No obstante lo nuevo aún estuviese por nacer, lo viejo había sido superado por la historia, así como lo fuera el Padre Gapon, que de ahí en adelante tendría un papel mucho menor que el de otros dirigentes emergentes de la vieja Rusia.

Los acontecimientos ocurridos el 9 de enero de 1905, que los historiadores pasaron a llamar “ensayo general” de la Revolución Rusa de 1917, inauguraron un largo proceso de entrada en escena de la clase trabajadora de aquel país, que vivió momentos de flujo y reflujo de sus luchas, hasta que pudieron tomar el poder en octubre de 1917. Mientras tanto, más que un “ensayo general”, los significados de la revolución de 1905 en Rusia irían más allá de las transformaciones que ella produjo en la tierra de los Urales, pues daría oportunidad para que los principales dirigentes de los posteriores acontecimientos de 1917, Lenin y Trotsky, produjesen reflexiones que redimensionarían el marxismo esterilizado de los gabinetes de la socialdemocracia europea.

Las tareas de la revolución en Rusia

Hablando de los acontecimientos de aquellos años, Trotsky se refirió al uso que la historia hizo del “fantástico plan de Gapon”, que culminó en la conclusión revolucionaria de 1905 y en la formación de los soviets.3 Trotsky, quien en 1905 había presidido el soviet de San Petersburgo, el más importante de todo el país, estuvo empeñado en estudiar a fondo las implicaciones de una revolución en un país tan atrasado como Rusia. En función de eso, entabló una de las más fructíferas polémicas al interior del marxismo, polémica esta que culminó en la elaboración de la teoría de la “Revolución Permanente” que, curiosamente, en sus orígenes, enfrentó al futuro comandante del Ejército Rojo con el líder máximo del Partido Bolchevique.

Los términos del debate ocurrido alrededor de los acontecimientos de 1905 remiten a uno de los principales postulados del materialismo histórico, que defiende que una “organización social nunca desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que ella es capaz de contener”.4 En este sentido, ¿cuáles eran las posibilidades de que una revolución socialista triunfara en un [país] tan atrasado como Rusia, que ni siquiera había desarrollado completamente las relaciones sociales de producción del tipo capitalistas?

Para Lenin, que en el curso de los acontecimientos de 1905 desarrolló un texto en polémica con los mencheviques, la conquista del poder por el proletariado, planteada a la orden del día, no implicaba una inmediata transición al socialismo, vista la imposibilidad de saltarse etapas.5 Lenin tenía en mente que lo que estaba en juego en Rusia era la revolución burguesa y sus tareas democráticas y, por eso, proponía la consigna de “dictadura revolucionaria y democrática del proletariado y del campesinado”. Pero Lenin advertía a los mencheviques que a pesar de sus tareas democráticas, por lo tanto burguesas, las fuerzas sociales que se oponían al zarismo, y que por lo tanto deberían perfilarse para la “victoria decisiva” sobre la autocracia, no podrían contar con la presencia de la gran burguesía y de los latifundistas, visto “que ellos ni siquiera desean una victoria decisiva”.

Para el líder bolchevique, la burguesía rusa era incapaz, “por su situación de clase”, de emprender una lucha decisiva contra el zarismo, justamente porque “la propiedad privada, el capital y la tierra” eran un lastre demasiado pesado para esta clase. En este sentido, Lenin entendía que la “única fuerza capaz de obtener ‘una victoria decisiva sobre el zarismo’” solo podía ser el “pueblo, esto es, el proletariado y el campesinado, si se toman las grandes fuerzas fundamentales y si se distribuye a la pequeña burguesía rural y urbana (también ‘pueblo’) entre uno y otro”. No obstante, la victoria de la revolución en Rusia, para Lenin, no convertiría “todavía, de forma alguna” la revolución rusa de burguesa en socialista. De acuerdo con el líder ruso, que preveía los profundos significados de las transformaciones que se comenzaban a producir en Rusia, la “revolución democrática” no traspasaría “directamente los límites de las relaciones económico-sociales burguesas”, y aun cuando se hiciese a pesar de la burguesía, tendría “importancia gigantesca para el desarrollo futuro de Rusia y del mundo entero”.6

El hecho es que en 1905, mientras combatía los primeros pasos del reformismo en su país, representado por la corriente menchevique, Lenin razonaba rigurosamente dentro de los límites de las proposiciones del materialismo histórico de Marx y Engels, que presuponía que las transformaciones profundas en las sociedades solo podrían ocurrir en función de condiciones materiales concretas, de manera que “la humanidad solo levanta problemas que es capaz de resolver”. En todo caso, si la humanidad había levantado el problema de la toma del poder por el proletariado, ¿no era acaso porque las condiciones estaban efectivamente dadas para una revolución socialista en Rusia? En efecto, cabría preguntarse sobre los límites y posibilidades de otro postulado del materialismo histórico, también central de la formulación marxiana y engelsiana e íntimamente articulado con las condiciones objetivas legadas por el pasado, que decía que eran los hombres los que hacían la historia. De esta forma, fue justamente Trotsky quien descubrió el camino que llevaría a la revolución de sus tareas democráticas hacia el socialismo, a través de la teoría de la Revolución Permanente, contribuyendo [así] de forma original e innovadora a superar el letargo del formalismo que pesaba sobre el pensamiento marxista europeo.

Sobre el asunto, Trotsky se dedicó a estudiar el desarrollo del capitalismo en Rusia de inicios del siglo XX y las fuerzas motrices de la revolución, para proponer que no se refería a sus tareas directas e indirectas: la revolución rusa sería una “revolución ‘burguesa’, porque se propone liberar a la sociedad burguesa de las corrientes y grilletes del absolutismo y de la propiedad feudal”. Así y todo, pensaba Trotsky, si la principal fuerza conductora de la revolución rusa era la clase obrera, la revolución era “proletaria en lo que dice respecto a su método”.7 (p. 66)

O sea, si en 1905 el proletariado ruso había avanzado en nombre de sus propios objetivos, casi todos ellos contrapuestos a los objetivos de la propia burguesía que se limitaba a las tareas democráticas de la transformación, la revolución no podría hacer retornar la “unidad de la nación burguesa”, de manera que, en la “revolución burguesa sin una burguesía revolucionaria”, el proletariado sería conducido “por el desarrollo interno de los acontecimientos” a asumir la hegemonía sobre el campesinado y la lucha por el poder del Estado”.

No obstante, Trotsky no ignoraba que el atraso del desarrollo ruso podría dificultar, o incluso impedir, el éxito completo de la revolución en aquel país. O sea, para aquellos que precipitadamente podrían llamar “voluntarista” la formulación trotskista, cabe mencionar que en su estudio más importante sobre el asunto, Balance y Perspectivas, Trotsky partió de las fuerzas de la necesidad histórica, para proponer que, a pesar de las condiciones objetivas legadas por el pasado, son los hombres los que hacen la historia.8

De esta manera, el presidente del soviet de San Petersburgo defendía la posibilidad de que Rusia pudiese “saltar etapas”, considerando que, de ninguna manera, una sociedad atrasada, que tenga frente a sí un modelo histórico ya pronto y desarrollado, precisaría necesariamente recorrer el mismo camino que la sociedad avanzada. De acuerdo con Trotsky, eso ocurría en virtud de la existencia de otra ley histórica del desarrollo de la sociedad, descubierta por el marxismo: la ley del desarrollo desigual y combinado, que aparece enunciada plenamente en su texto sobre la Historia de la Revolución Rusa:

“Las leyes de la historia nada tienen en común con los sistemas pedantescos. La desigualdad del ritmo, que es la ley más general del proceso histórico, se evidencia con mayor rigor y complejidad en los destinos de los países atrasados. Bajo el azote de las necesidades externas, la vida retardataria se ve en la contingencia de avanzar a los saltos. De esta ley universal de la desigualdad de los ritmos deriva otra ley que, por falta de una denominación apropiada, llamaremos de ley del desarrollo combinado, que significa aproximación de las diversas etapas, combinación de las fases diferenciadas, amalgama de las formas arcaicas con las más modernas. Sin esta ley, tomada,a bien entender, en todo su conjunto material, es imposible comprender la historia de Rusia, como en general la de todos los países llamados a la civilización en segunda, tercera o décima línea”.9

En este sentido, cuando pensaba en las posibilidades de una victoria del socialismo en un país atrasado, Trotsky respondía a la cuestión apenas de forma condicional, remitiendo a otros aspectos que directamente influenciarían en las posibilidades de alcanzar el socialismo en Rusia. En efecto, decía Trotsky, en caso de que el proletariado tuviese éxito en conquistar la hegemonía política sobre el campesinado, cuyos intereses democráticos podrían llevarlos hacia el campo de la burguesía, y de esa forma exceder “los límites nacionales de la revolución rusa, entonces esa revolución puede convertirse en el prólogo de una revolución socialista mundial”.10

O sea, para el dirigente ruso, las posibilidades de que el socialismo se alcanzase en Rusia en las condiciones en que una revolución proletaria tomase nuevamente aquel suelo, decían respecto al hecho de que ningún país podría ser pensado aisladamente y ninguna revolución podría triunfar plenamente en los marcos y en los límites de una sola nación.

1917: la revolución permanente

Los resultados de los acontecimientos históricos que se abatieron sobre Rusia en 1917, dieron razón a los postulados y pronósticos de Trotsky. Así y todo, sin el genio político de Lenin, la Revolución de Octubre, muy difícilmente, habría logrado éxito; esto porque si bien los resultados del embate entre Lenin y Trotsky entre 1905 y 1907 no deben ser considerados como los más importantes en el desenvolvimiento de la Revolución de Octubre, no deja de ser importante el hecho de que fue de la convergencia de posiciones de los dos grandes dirigentes revolucionarios que se produjo la mejor síntesis, que permitió al marxismo ruso superar dialécticamente a sus congéneres europeos.

Trotsky parece haber salido victorioso en lo que se refiere a la efectividad práctica de su teoría de la Revolución Permanente, pero sin la teoría del partido de Lenin, que luchara arduamente para edificar la herramienta indispensable del Partido Bolchevique, inicialmente criticada por Trotsky, la revolución muy difícilmente habría renido éxito en Rusia. Y si Trotsky reconoció la superioridad de la formulación leninista del partido ya en 1917, cuando adhirió a la organización bolchevique y dirigió, junto con Lenin, la Revolución de Octubre, Lenin, a su manera, adhirió a la formulación trotskista de la Revolución Permanente en abril de 1917, a través de las famosas Tesis de Abril. Estas pusieron la toma del poder por los soviets a la orden del día para que los bolcheviques, que también pasaron a ser exhortados por Lenin a hacer transitar la revolución de su etapa burguesa hacia la etapa socialista.11

Para el líder bolchevique, después de la revolución de febrero y los acontecimientos que se producirían en la conciencia de los trabajadores rusos en pocos meses, plantear la conclusión de la revolución burguesa en los marcos de una larga etapa, como había pensado originalmente en 1905, sería esterilizar el marxismo, que es, ante todo, “análisis concreto de situación concreta”.

En este sentido, pensaba Lenin, en la circunstancia en que una guerra alcanzaba a Europa y las posibilidades del socialismo en Rusia se ligaban umbilicalmente a la victoria de la revolución mundial, la revolución rusa sería, apenas, “la primera etapa de la primera de las revoluciones proletarias generadas inevitablemente por la guerra”. Por esto, la tarea urgente de los bolcheviques era luchar por el papel dirigente del proletariado en la revolución y “explicar al pueblo la urgencia de una serie de pasos prácticamente maduros en dirección al socialismo”.12

El éxito de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia fue el resultado de un largo proceso de maduración de las condiciones históricas que, de manera desigual y combinada, prepararon al mundo para el socialismo. Evidentemente, los desdoblamientos de aquella experiencia, que produjeron la contrarrevolución estalinista y la ascensión de la burocracia, también estuvieron relacionados con condiciones históricas muy particulares. No obstante, como a ningún marxista es dado el derecho de razonar apenas sobre los términos en que los factores objetivos crean las condiciones para la emergencia de las subjetividades, se debe afirmar que al lado de las condiciones producidas por la necesidad histórica, caminaron siempre los factores de la voluntad y de la acción humana. Siendo así, de la misma forma que las derrotas posteriores de la revolución mundial fueron provocadas por la presencia de direcciones estalinistas que estuvieron al frente de los diversos procesos, siempre al servicio de la teoría del “socialismo en un solo país”, la victoria de la revolución rusa en 1917 se debió a la existencia de genios políticos de la estatura de Lenin y Trotsky, que estudiaron a fondo las leyes de la necesidad histórica y los significados de las revoluciones para que pudiesen incidir a fondo sobre la política, de manera de cambiar el rumbo de la historia.

Notas:

1 Apud BERMAN, Marshal. Tudo que é sólido desmancha no ar. A aventura da modernidade [Todo lo que es sólido se derrite en el aire. La aventura de la modernidad]. 9 Ed., Sao Paulo: Companhia das Letras, 1992, p. 236.

2 Idem, ibidem, p. 237.

3 TROTSKY, León. A revolução de 1905 [La revolución de 1905]. Sao Paulo: Global, s/d, p. 90.

4 MARX, Karl. Contribuição à crítica da economia política [Contribución a la crítica de la economía política]. 2 Ed. Sao Paulo: Martins Fontes, 1983, p. 25.

5 LENIN, V. I. “Duas táticas da social-democracia na revolução democrática” [“Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”]. En: Obras escogidas. 3° Ed. Sao Paulo: Alfa-Omega, 1986, p. 406, v. 1.

6 LENIN, “Duas táticas…”, en: Obras escogidas, Op. cit., p. 410-411, v. 1.

7 TROTSKY, León. A revolução de 1905. Op. cit., p. 72.

8 TROTSKY, León. 1905: Resultados y perspectivas. Madrid: Ruedo Ibérico, 1971. Algunos capítulos de esta importante obra de Trotsky, incluso no traducida en su integridad al portugués, aparecen en la edición brasileña de La revolución de 1905, de la Global citada anteriormente.

9 TROTSKY, León. História da revolução russa: A queda do tzarismo [Historia de la revolución rusa: La caída del zarismo]. Río de Janeiro: Paz e Terra, 1977, p. 25, v. 1 (destacados en el original).

10 TROTSKY, León. A revolução de 1905, Op. cit., p. 291.

11 Cf. LENIN, V. I. “Sobre as tarefas do proletariado na presente revolução” [“Sobre las tareas del proletariado en la presente revolución”]. En: Obras escogidas. Sao Paulo: Alfa-Omega, 1988, p. 14, v. 2.

12 LENIN, V. I. “VII Conferência (de abril) de toda a Rússia do POSDR(b)” [“VII Conferencia (de abril) de toda Rusia del POSDR (b)”]. En: Id., Ibid., p. 98.

(Texto publicado originalmente en 2007, en www.pstu.org.br, en ocasión de los 90 años de la Revolución Rusa), tomado del Blog Convergência Socialista.

Traducción: Laura Sánchez.