Las tendencias de la economía mundial después de la recesión de 2020

El año 2020 fue terrible para los trabajadores de todo el mundo. La combinación entre la peor pandemia desde la gripe española de 1918 y la peor recesión mundial desde 1929, trajo la muerte de 2,5 millones de personas (en números oficiales; deben ser muchos más) y centenas de millones de desempleados.

Por: Eduardo Almeida

No obstante, no es lo mismo para la burguesía. La mayoría de las grandes empresas están siendo salvadas de la quiebra por la ayuda de los planes de los gobiernos, de dimensiones históricamente inéditas. Más aún, un sector del gran capital se fortaleció y se enriqueció aún más en la crisis. Y, lo que es peor aún, existen fuertes señales de que la burguesía esté usando la crisis para desarrollar tendencias que ya existían antes de ella, y que pueden posibilitar un nuevo ascenso de la economía capitalista.

La onda descendente

Según Trotsky: “El equilibrio capitalista es un fenómeno extremadamente complejo. El régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo restaura para romperlo nuevamente, ampliando, así, los límites de su dominio. En la esfera económica, esas constantes rupturas y restauraciones del equilibrio asumen la forma de crisis y booms. En la esfera de las relaciones entre clases, la ruptura del equilibrio consiste en huelgas, lockouts, y lucha revolucionaria. En la esfera de las relaciones entre Estados, la quiebra del equilibrio se traduce en guerra, o más secretamente, la guerra de las tarifas aduaneras, la guerra económica o el bloqueo. El capitalismo posee, por lo tanto, un equilibrio dinámico que está siempre en proceso de ruptura o restauración. Al mismo tiempo, tal equilibrio posee gran poder de resistencia; la mejor prueba que tenemos de eso es que el mundo capitalista aún existe” (La situación mundial, 1921).

Esos puntos de equilibrio definidos por Trotsky pueden ser asociados a las ondas largas ascendentes de la economía capitalista y los de desequilibrio a las ondas descendentes.

El marco más general de la crisis actual es el de una onda descendente de la economía mundial, que viene desde la crisis de 2007-2009 y se extiende hasta los días de hoy.

Antes existió una onda ascendente con la “globalización”, en los años 1980 y 1990, que vino junto con los planes neoliberales en todo el mundo, la restauración del capitalismo en China y en el Este europeo, y un fuerte retroceso en las condiciones de vida del proletariado. En aquel período de ascenso de la economía capitalista, China fue incorporada en la división mundial del trabajo como “fábrica del mundo”.

La recesión mundial de 2007-2009 marcó el inicio de la onda descendente actual. Casi llevó a una depresión como la de 1929, pero la burguesía respondió con una brutal inyección de dinero público en las grandes empresas. Hubo algunas bancarrotas, como la del Lehman Brothers, pero la mayoría de los grandes bancos fue salva, así como industrias (GM, por ejemplo) y otros sectores.

No obstante la propia intervención de los gobiernos haya salvado el gran capital, limitó su recuperación después de la crisis. Impidió la bancarrota del capital viejo, de las empresas que no conseguían alcanzar la tasa media de ganancia que rige el capital, que es la dinámica de destrucción de fuerzas productivas normal en la economía capitalista. Eso limitó un crecimiento más dinámico después de la crisis.

La onda descendente amplió el conflicto entre los Estados. En el período de ascenso de la globalización, las relaciones entre las grandes potencias apuntaron hacia un punto de mayor equilibrio, con la creación de acuerdos internacionales de comercio y el fortalecimiento de instituciones como la OMC. En la onda descendente, los conflictos interimperialistas se agudizaron, muchos de esos acuerdos fueron cuestionados (como el Brexit), la propia Organización Mundial del Comercio (OMC) está casi paralizada.

El gobierno Trump –y los conflictos causados por él– son una expresión de esta realidad. Dejando de lado el debate sobre el carácter actual de China, no hay dudas de que la “guerra comercial” entre EEUU y China es el punto más candente de ese desequilibrio entre el gran capital.

China creció mucho en estos últimos treinta años, ya es la segunda economía mundial y una gran exportadora de capitales. No cabe más en el lugar reservado a ella antes de la globalización, y eso se choca con los intereses del imperialismo norteamericano en decadencia. El conflicto entre EEUU y China es parte fundamental de ese desequilibrio de la onda descendente.

Es importante destacar que ese desequilibrio se manifiesta en la lucha de clases con innumerables crisis políticas y la eclosión de ascensos revolucionarios (Chile, Hong Kong, y otros), así como golpes militares (en Bolivia, por ejemplo). Esa onda descendente es, por lo tanto, el marco más general necesario para el entendimiento de la recesión mundial de 2020.

Por un lado, expresa su gravedad, por existir dos recesiones mundiales gravísimas en corto espacio de tiempo (2007-2009 y 2020).

Por otro lado, no se puede simplemente apuntar una tendencia catastrofista, como si el capitalismo no tuviese salidas. Al contrario, el gran capital está buscando activamente retomar un nuevo punto de equilibrio que permita una nueva onda ascendente, como la pasada de la globalización. Como buscaremos demostrar en este artículo, está buscando usar la crisis y la pandemia para apuntar en ese sentido.

Lea también: Economía mundial: recuperación anémica y con muchos problemas

Las fases de la crisis

El año 2020 tuvo diversas fases bien marcadas de la crisis económica.

En primer lugar, antes incluso de la pandemia, ya existían señales evidentes de una nueva recesión mundial, con la caída de la tasa de ganancia en las principales economías capitalistas. La pandemia aceleró y agravó todos esos elementos.

En el primer trimestre de 2020, la caída del PIB en EEUU fue de 1,3%; en la zona euro de 3,7%; en el Japón, 0,6%. En China fue de 6,8%, la primera desde la restauración del capitalismo.

En el segundo trimestre hubo una agravamiento brutal de la crisis en función de un elemento extraeconómico –la pandemia–, que llevó a una parálisis por cuarentenas de 40 a 50% de la población mundial, algo nunca ocurrido.

La caída del PIB en EEUU fue de 9,5% (32,9% en términos anualizados, la peor desde la depresión de 1929). El PIB de los países de la Unión Europea cayó 11,9% (14,4% en términos anualizados), con Alemania cayendo 10,1%, Francia, 13,8%; Italia, 12,4%; Portugal, 14,1%; y España, 18,5% (la mayor caída desde la guerra civil). La excepción entre las economías capitalistas más importantes fue China, que creció 3,2% en el segundo trimestre.

A partir de esa caída brusca en el segundo trimestre se abrían dos grandes posibilidades de evolución de la economía capitalista: avanzar hacia una depresión como la de 1929 o entrar en recuperación.

Mirando de conjunto, la recesión mundial de 2020 significó una caída de 4,3% del PIB mundial, mucho más grave que el retroceso de 1,7% en la crisis de 2007-2009 y, por lo tanto, la peor recesión desde 1929. La caída en EEUU en el conjunto del año fue de 3,5%; en Alemania, 5%; España, 11%; Inglaterra, 9,9%; Italia, 8,8%; Francia, 8,3%; Japón, 4,8%. América Latina tuvo una caída de 7,7%.

China creció 2,3% [anualizado], pero fue el menor crecimiento en 44 años, aunque fue la única de las grandes economías capitalistas que creció.

Pero, lo que comenzó en el segundo semestre de 2020 fue una recuperación de la economía, que sigue hasta los días de hoy. Posibilitada por el fin de las cuarentenas y los gigantescos paquetes de ayuda de los gobiernos de todo el mundo, comenzó una recuperación frágil y desigual del capitalismo mundial.

Eso puede verificarse por la evolución del cuarto trimestre del PIB en EEUU (1%); Alemania (0,1%); España (0,4%); Francia (-1,3%); Italia (-2,3%); Portugal (0,4%); Zona Euro (0,7%); Japón (3%). La realidad apunta una perspectiva de crecimiento lento de la economía capitalista, que en 2021 no alcanzaría los niveles de antes de la crisis.

¿Evolución en V?

Los gobiernos e ideólogos de la burguesía mundial hicieron en el inicio de 2020 una campaña apuntando hacia una recuperación rápida de la pandemia y de la economía mundial.

Ahora, ya no pueden hablar tanto del fin inmediato de la pandemia. Con más de medio millón de muertes en EEUU, la pandemia aún sin control en Europa, y el crecimiento en el Brasil, la India y varias partes del mundo, los propagandistas del capital tuvieron que cambiar el discurso.

La OMS señala ahora que puede haber comenzado una caída en el número de infectados y muertos en nivel mundial a finales de enero. Es preciso verificar esa nueva previsión optimista en los próximos meses.

La realidad es que la vacunación aún está iniciándose, con enormes atrasados y falta de coordinación mundial. Incluso en los países imperialistas más importantes, la vacunación avanza lentamente. Muchos países semicoloniales, aún más afectados, no tienen cómo pagar las vacunas necesarias. Hasta alcanzarse el nivel de inmunidad de rebaño en nivel mundial, ya habrán pasado algunos años. Y nadie puede excluir nuevas olas con nuevas cepas del virus.

Sobre la economía mundial tampoco vemos una recuperación rápida. En primer lugar, porque la persistencia de la pandemia afecta la economía, como sabemos.

Además, el ritmo general de la economía es determinado por el nivel de acumulación, de las inversiones capitalistas. Y eso es regulado por la tasa de ganancia de las grandes empresas. Si existe una buena tasa de ganancia, existen inversiones y la economía crece; si no existe, viene una crisis. Existía una caída en la tasa de ganancia en los países imperialistas ya hacia finales de 2019, como dijimos, que apuntó el inicio de la recesión mundial. Michael Roberts señala una caída en el año 2020 de cerca de 15% en la tasa media de ganancia en los países imperialistas.

Evidentemente, hay una enorme desigualdad en este terreno, con un sector que involucra a las grandes empresas de tecnología y los grandes bancos, que tuvieron ganancias astronómicas con la crisis. Sobre este tema hablaremos más adelante. Pero esa no es la realidad del conjunto de las grandes empresas, y no cambia la caída general de la tasa de ganancia.

Los gigantescos planes de los gobiernos, con inyección inédita, en términos históricos, de dinero público en las empresas, tampoco resuelven ese problema. En general, las inversiones públicas componen 3% de la acumulación capitalista, y los privados, de las empresas, 20%. El gigantesco plan de Biden, de 1,9 trillones de dólares [en denominación estadounidense; billones para los de habla hispana], puede elevar en solo 1% el crecimiento del PIB en los EEUU.

Además, los gobiernos no hacen inversiones directas en la economía, pero entregan ese dinero a las grandes empresas en general y a los bancos en particular. Y, exactamente por la baja tasa de ganancia, esas sumas multimillonarias son aplicadas en la especulación financiera que, como veremos, nunca fue tan gigantesca.

Así, con la tasa de ganancia baja, lo más probable es que no exista ningún tipo de crecimiento en V. Se impondrá la continuidad de este crecimiento bajo.

En el mismo sentido va la relación capital viejo-capital nuevo en esa recuperación. Como ocurrió con la crisis de 2007-2009, el dinero público salvó grandes empresas que no alcanzan un nivel de productividad medio y deberían ir a la quiebra, como parte del ciclo capitalista. Al no ocurrir eso, se tira para abajo la tasa media de ganancia que regula la economía.

Un estudio apunta que cerca de 20% de las tres mil mayores empresas de capital abierto en los EEUU son en este momento “zombis”, lo que significa que sus ingresos no son suficientes para pagar sus deudas (U$S 1,36 trillones [en denominación estadounidense] y dependen de la continuidad de los auxilios públicos para sobrevivir.

Así, la recesión mundial de 2020, la más grave desde 1929, no evolucionó hacia una depresión sino hacia una recuperación lenta, desigual y con importantísimas contradicciones, que vamos a analizar ahora.

Una gigantesca polarización económica y social

No es verdad que “todos perdieron” en esta crisis. Al contrario, la realidad es que más que nunca los de arriba suben y los de abajo descienden.

Mientras se acumuló un rastro de muertes, miseria y desempleo entre los trabajadores, una parte de las grades empresas tuvieron ganancias gigantescas en 2020. Según The Economist, en el segundo trimestre de 2020 “los ingresos del Citibank, Goldman Sachs y JP Morgan fueron mayores que en cualquier otro momento desde la crisis financiera global, casi duplicando el mismo período de 2019. El Goldman Sachs, uno de los dos grandes bancos de inversión independientes que restan, vio aumentar 41% sus ingresos”. Las grandes empresas de tecnología (Apple, Google, Facebook, Microsoft) , o e-comercio (Amazon, Alibaba) y las farmacéuticas que produjeron vacunas tuvieron ganancias astronómicas.

Multimillonarios como Jeff Bezos (Amazon), Elon Musk (Tesla) y Mark Zuckerberg (Facebbok) se alternan en el puesto de hombres más ricos del mundo. Bezos aumentó su fortuna en un único día de 2020 en más de 12.000 millones de dólares.

Como parte de la misma tendencia, existe una polarización creciente entre los países, con el fortalecimiento de las grandes empresas de tecnología de EEUU, fortalecimiento de Alemania en Europa, de China en el Sudeste asiático. Países semicoloniales son rebajados en la división mundial de trabajo, con un proceso de desindustrialización, como Brasil y Argentina.

Y existe una onda gigantesca de quiebras de pequeñas empresas, lo que aumenta la crisis social y el desempleo.

Existe una tendencia a ampliarse la polarización EEUU-China

La “guerra comercial” entre EEUU y China no se restringe al comercio ni terminó con Trump. Como vimos, se trata de un conflicto entre el imperialismo hegemónico pero decadente de EEUU, y China, un país capitalista con una economía gigante, que ya no cabe en el papel antes reservado para ella en el mercado mundial.

La pandemia, como vimos, afectó de forma desigual el mundo capitalista. Pero China salió antes y mejor tanto de la pandemia como de la recesión mundial. Aprovechándose del régimen dictatorial, del peso de la acumulación capitalista superior a la media de los países capitalistas (alrededor de 40%, el doble que los otros países), China fue la única a crecer entre las grandes economías. Y salió vendiendo vacunas, máscaras, jeringas a todo el mundo. La recuperación de su crecimiento ya se puede sentir con un aumento en los precios internacionales de las commodities.

China lideró en noviembre de 2020 la firma del RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership – Alianza Integradora Económica Regional), un bloque comercial que alcanza a 2.200 millones de personas, un tercio del PIB global, con países como Japón, Australia, Nueva Zelandia y buena parte de los países del Asia… sin los Estados Unidos.

Los chinos están más avanzados en la producción y disputa de los mercados de tecnología 5G en todo el mundo. Acaban de lanzar su criptomoneda en todo el país.

Eso significa que el conflicto con EEUU continuará y se ampliará, incluso con Biden en el gobierno.

Una nueva crisis de las deudas se está armando

Los gobiernos de todo el mundo dejaron de lado las ideologías neoliberales del “Estado mínimo” para adoptar gastos gigantescos para sacar a las grandes empresas de la crisis. Como consecuencia, según Michael Roberts: “los niveles de deuda del sector público excederán cualquier cosa alcanzada en los últimos 150 años –incluso luego de la Primera y la Segunda Guerras Mundiales”.

El Instituto de Finanzas Internacionales (IIF) relató recientemente que la proporción de la deuda global en relación con el producto interno bruto aumentará de 320% en 2019 hacia un récord de 365% en 2020. La deuda del sector público de EEUU se disparó durante la pandemia para más de 110% del PIB de EEUU.

Inevitablemente, después de la pandemia, esos déficits y esas deudas públicas serán cobradas a los trabajadores, con ataques aún más brutales a la enseñanza y la salud públicas, a las jubilaciones, etcétera. O sea, se salvan las grandes empresas ahora, y los trabajadores pagarán la cuenta.

Además, el alto endeudamiento afecta también a las empresas grandes y más aún a las pequeñas. Como vimos, existe un aumento de las empresas “zombis”, que pueden ir directamente a la quiebra con el fin de los planes. Y buena parte de las pequeñas ya están yendo o fueron a la quiebra.

Una gigantesca burbuja financiera especulativa

Una de las contradicciones más aberrantes de la economía mundial se das entre la evolución de la economía real y las bolsas en todo el mundo. Mientras la producción, la inversión y el empleo tuvieron caídas históricas en 2020, el mercado de acciones en EEUU y en buena parte de los países imperialistas tuvieron alzas también históricas.

La explicación es simple. Como vimos, buena parte del dinero de los planes de los gobiernos entregado a los bancos y las grandes empresas no fue invertido en la producción, sino desplazado para la especulación. Con tasas de interés próximas a cero o negativas, las empresas aplican el dinero recibido de gracia en acciones, títulos y monedas, con altas ganancias. Existe una fiebre especulativa cuya dimensión es casi inimaginable para los trabajadores.

Marx llamó a eso capital especulativo. El capital real, invertido en la producción, que genera plusvalía, es aquel que está en las fábricas automotrices en EEUU y China, en el ABC paulista, así como en las textiles de Haití, Bangladesh, etc. Pero las empresas también levantan fondos para inversiones, con emisión de acciones y títulos, que presuponen ganancias futuras.

Existe un mercado alrededor de esas acciones, que puede despegar hacia un proceso especulativo, que es lo que ocurre en este momento. O sea, se apuesta al futuro, basado en cálculos de los propios capitalistas y que dependen de que otros inversores crean en esos cálculos que les son presentados. Así se crean olas de inversión a fondo perdido en acciones, el llamado ‘efecto manada’, y que en muchos casos pueden dar en pérdidas millonarias para los pequeños inversores e incluso bancarrotas de grupos financieros que queden en descubierto en la caída, como ocurrió en 1929 y en la reciente crisis de 2008. Los grandes especuladores –como los gigantescos fondos– compran y venden esos activos financieros, aumentando y bajando los precios. Como el dinero es abundante, los precios de las acciones y los títulos se disparan.

Por los cálculos de Bloomberg, mientras la ganancia de las empresas globales listadas en la Bolsa cayó 15% en 2020, las acciones globales subieron 18%, y el índice Nasdaq de las empresas de tecnología, aumentó 51%.

Una empresa como la AMC Theatres, mayor cadena global de cines, con los cines vacíos o cerrados, ganó US$ 600 millones en el mercado. Vale más hoy en las bolsas que cuando las salas estaban llenas. La Carnival Cruise, que hace cruceros marítimos, casi completamente paralizados, captó U$ 4.500 millones en nuevas acciones.

La Tesla es un ejemplo diferente, por tratarse de una fábrica de gran futuro por su apuesta en los automóviles eléctricos, así como en la producción de placas de energía solar. Está teniendo, como veremos a seguir, gran éxito, produciendo 367.000 autos en 2019; 500.000 en 2020; y planes para llegar a 800.000 en 2021.

No obstante, las acciones de la Tesla aumentaron brutalmente, no solo por su localización como empresa del futuro sino por el proceso especulativo en curso. Sus acciones subieron 743,4% en 2020. Eso llevó a que hoy la Tesla tenga un valor en bolsa superior al de las otras montadoras todas juntas, como la GM, Ford, Toyota, Fiat, Chrysler, Daimler. Basta comparar con la producción real, para ver que solo en EEUU la Ford vendió 2,42 millones de autos, la GM, 2,9 millones; y la Fiat Chrysler 2,89 millones en 2020. O sea, mucho más que la Tesla en todo el mundo.

Existen índices de la propia burguesía que miden el nivel del desplazamiento de las acciones en relación con la producción y las ganancias reales. Todos ellos, como el cape ratio de Schiller, el Q de Tobin, o la Euphoria-Panic del Citibank, indican que la situación actual en las bolsas es semejante a la que existía justo antes de la crisis de 1929, y de 2007-2009.

Otra expresión de la farra especulativa actual es la especulación con monedas, en particular con criptomonedas como el bitcoin. El bitcoin surgió en 2009, creado por un grupo de programadores. Se trata de una moneda digital, con la forma de un archivo encriptado, que no tiene lastre alguno en cualquier moneda o valor de uso. No es regulada por ninguna institución oficial, ningún banco central, como las monedas físicas. Tiene un número finito de unidades (21 millones), para imitar el carácter no reproducible del oro, al contrario de las monedas físicas que pueden ser impresas o acuñadas.

En el inicio, el bitcoin no valía nada. Pero creció a costa del descrédito de las monedas a partir de la crisis de 2007-2009. En 2017, el bitcoin tuvo una valorización de 1.880%, llegando a valer 19.000 dólares cada uno. En 2018, cayó 85%, llevando a la ruina a una parte de los que apostaron en él. En 2020, en plena recesión mundial, comenzó una segunda ola, a partir del momento en que grandes fondos comenzaron a invertir en los bitcoins, que valorizaron 276% llegando a 27.000 dólares. Eso tuvo continuidad en 2021, con aumento de 80% en dos meses, alcanzando en el momento en que escribimos este artículo una cotización próxima de 50.000 dólares.

Muchas veces, nosotros trabajadores no conseguimos imaginar el significado real de grandes sumas. En general, partimos de referencia de nuestra realidad, como lo que se podría comprar con nuestros salarios. Cantidades grandes son difíciles de imaginar, así como objetos microscópicos, invisibles a simple vista. ¿Cómo puede imaginarse ganancias de 100 millones de dólares en un único día, lo que corresponde más o menos a cinco premios de una lotería? Eso fue lo que ganó Elton Musk especulando con el bitcoin. Menos aún se puede realmente imaginar los 12.000 millones de dólares que ganó en un día Jeff Bezos, con la elevación de los precios de las acciones de Amazon. No se genera valor con la especulación. Lo que se gana, muchas veces cifras enormes, son en verdad transferencias de plusvalía generada en las fábricas, que pasa de las manos de unos a otros capitalistas. Se genera una espiral especulativa que se asemeja a una gigantesca pirámide financiera, que algún día tiene que caerse para adecuarse a la economía real. Esa fue la dinámica de 2007, con la crisis de las subprimes [bonos basura] en el mercado inmobiliario. Y lo que puede volver a ocurrir en cualquier momento.

¿Cuál es la dinámica de la crisis actual?

Podemos sintetizar lo que dijimos hasta aquí apuntando que la economía capitalista se está recuperando de la recesión de 2020 con un crecimiento lento y desigual, marcado por un aumento en la polarización entre los distintos sectores del gran capital, y entre el capital como un todo y los trabajadores. Un capitalismo que carga gran peso de las deudas públicas y privadas, y un carácter especulativo de dimensiones brutales.

Eso puede precipitar una nueva y más grande recesión en algunos años, que sería la tercera de esa onda larga descendente.

Pero, como decíamos antes, el gran capital también busca renovarse para llegar a una nueva onda ascendente del capitalismo. Para retomar esa nueva fase de ascenso, el capitalismo necesita una nueva base tecnológica a ser incorporada en la producción, avanzar en una nueva división mundial del trabajo resolviendo de alguna manera el conflicto EEUU-China, imponer nuevas derrotar en las condiciones de vida del proletariado.

Esa búsqueda del gran capital también es un proceso, con idas y vueltas, avances y retrocesos, victorias y derrotas en todos esos terrenos de la tecnología y de la economía, de la relación entre los Estados, y de la lucha de clases.

En nuestra opinión, parte de la realidad actual son las señales de que el capitalismo está avanzando en ese sentido y que está utilizando la pandemia y la última recesión para eso.

En primer lugar, desde el punto de vista tecnológico ya existen avances que pueden incorporarse en la producción para generar una nueva base, semejante a la que tuvo en su momento, a las industrias automotrices como locomotora. La tecnología 5G, la internet de las cosas. Los autos eléctricos y autónomos, la industria 4.0, una nueva matriz energética, componen avances tecnológicos muy importantes que, incorporados en la producción, pueden significar avances de calidad.

En segundo lugar, ya existen brutales retrocesos en el nivel de vida de los trabajadores, que se ampliaron mucho en 2020 con la pandemia y la recesión. El fortísimo avance en la precarización en las relaciones de trabajo, la gestación de un enorme ejército obrero de reserva con la masa de desempleados, la reducción de los salarios de los empleados, indican un retroceso de más de un siglo en las conquistas de los trabajadores.

Es un hecho que en varios sectores, ese proceso está avanzando. Un ejemplo es el de los automóviles eléctricos. La Tesla es el ejemplo más conocido, y está inaugurando nuevas grandes fábricas en Berlín y Shanghái. Todas las grandes montadoras están invirtiendo pesadamente en este sentido, con planes de miles de millones de dólares en nuevos modelos más eficientes y baratos. La Apple está negociando con la GM Hyundai una asociación para la producción de un auto eléctrico. La GM anunció que en 2035 producirá solo autos eléctricos.

Este no es un simple problema técnico. Involucra una lucha entre el capital nuevo y el capital viejo que está invertido en la producción de automóviles a combustión, junto con la producción, el refino y la distribución de petróleo. Eso afecta, con inversiones de miles de millones de dólares, a sectores de punta de la economía, como la industria automovilística y la petrolera. En algunos sectores, son las mismas grandes empresas que se reconvierten. En otros, existen choques interburgueses, con partes distintas de la burguesía con relaciones políticas establecidas hace muchos años con partidos y gobiernos.

Por ejemplo, Trump siempre estuvo ligado al sector de las petroleras que rechaza una nueva matriz energética, y por eso niega los Acuerdos de París. Biden asumió y, en su plan, apunta hacia una nueva matriz energética, incluso apoyado en un sector de las petroleras que acepta e invierte en eso, pero comenzando a tener conflictos con el sector de las petroleras ligado al ‘fracking’ en EEUU.

No existe ninguna estrategia imperialista de cambio ecológico real. En este terreno, no existen “intereses ecológicos” y sí intereses capitalistas que surgen de inversiones en distintas áreas, disfrazados por ideologías. No obstante, no hay por qué ignorar las crisis interburguesas que surgen por imposición de la realidad.

Ya existen señales de que los proyectos de los automóviles eléctricos se van a extender con peso. En noviembre pasado, en Inglaterra, Boris Johnson sancionó una ley que prohibirá la venta de autos nuevos movidos a gasolina [nafta] o diésel a partir de 2030.

La tecnología 5G y las industrias 4.0 ya son parte de los planes de los gobiernos y sectores de la burguesía para los próximos años.

Poco a poco, nuevos hábitos de consumo se trasforman en necesidades de la humanidad y se generalizan. Hoy los smartphones son parte de la vida cotidiana de los pueblos en nivel mundial, determinando nuevos patrones no solo de comunicación sino de consumo, aunque eso no alcance a los sectores más empobrecidos de la misma forma que alcanza a la clase media.

Muchos jóvenes ya no quieren comprar más automóviles, uno de los sueños de consumo de las generaciones pasadas. El consumo de alimentos comprados por internet se generalizó con la pandemia, redujo el público de los restaurantes y creó una gigantesca flota de transportadores de aplicativos de comida en motos y bicicletas, con trabajadores en general con bajísimos salarios.

Los nuevos empleos precarizados no incluyen vacaciones, aguinaldo, jubilación. En las grandes fábricas, existen legiones de tercerizados que fragmentan a los trabajadores. En los servicios que se expanden a la casi totalidad ya es así. Es el llamado fenómeno de la “uberización”. Si trabaja, come, si no, muere de hambre. Un enorme ejército obrero de reserva espera por nuevos empleos con esas mismas características… o peores.

Todos estos datos de la realidad ya existen en gran expansión, aún mayor después de la pandemia y la recesión. Podemos caracterizar que esas son señales de barbarie capitalista que se están extendiendo.

¿Existen ya las bases, entonces, para un nuevo ciclo de expansión capitalista? Aún no. La tasa de ganancia y la inestabilidad política aún no permiten que la burguesía consiga imponer esas nuevas tecnologías y esas condiciones a los trabajadores en gran escala, en nuevas plantas productivas en nivel mundial.

La burguesía no especula por ser una “mala burguesía, especulativa” al contrario de la “buena burguesía, productiva”. Son los mismos sectores de la burguesía que deciden invertir productivamente o especular, a través de los grandes fondos que dominan el planeta. Y si hoy deciden mayoritariamente especular es porque la tasa de ganancia es aún baja en la producción. La crisis entre los distintos sectores del capital, nuevo y viejo, aún no está resuelta. El conflicto entre EEUU y China tiende a aumentar.

Pero una evolución posible es que esa recuperación lenta de la economía siga con la profundización de los ataques sobre los trabajadores y se creen las condiciones para inversiones sectoriales en las plantas, basadas en los elementos de barbarie ya existentes.

El elemento más importante que pesará en este terreno de la economía es la lucha de clases. La inestabilidad política, los enfrentamientos entre revolución y contrarrevolución aumentarán, como resultado de esos ataques violentísimos sobre los salarios y los derechos de los trabajadores.

No es por casualidad que el ascenso llegó a países imperialistas como EEUU, con las luchas luego del asesinato de George Floyd, y alcanza a distintos países desde Myanmar hasta Haití y Chile. Incluso con esa dinámica, es evidente que las respuestas de los trabajadores en nivel mundial están mucho más atrás que el grado de los ataques hechos. Aún pesan sobre los trabajadores, en muchos países, los elementos paralizantes de la pandemia, por el miedo al contagio, por las muertes, y la lucha por la sobrevivencia, además del freno de las direcciones reformistas.

La burguesía precisa derrotar las luchas de los trabajadores para imponer la estabilidad necesaria para crear condiciones de inversión a largo plazo para la implantación de nuevas plantas industriales.

Los trabajadores precisan derrotar los planes burgueses para evitar la extensión de la barbarie. La disyuntiva socialismo o barbarie está planteada con mucha fuerza e influenciará decisivamente en las tendencias de la economía mundial.

Traducción: Natalia Estrada.