Los retratos de las mujeres que participaron de la Comuna se tornaron una metáfora de la actitud de los historiadores en relación con esa experiencia revolucionaria. Petroleuses es el término francés utilizado para designar a las mujeres acusadas de haber provocado incendios con petróleo en 1871: sobre estos incendios históricamente se discutió largamente, no obstante, la consulta de los documentos oficiales de los juicios realizados por las autoridades de Versalles revela que estas acusaciones son infundadas, pues ninguna communard fue realmente condenada como incendiaria.

Por Laura Sguazzabia

Esta es una imagen creada por la burguesía reaccionaria, para la cual las communards eran mujeres misóginas enloquecidas, golfas sanguinarias y fanáticas incendiarias que, en los últimos días de la Comuna, con sus hijos inocentes sobre los hombros, habrían incendiado grandes predios de París. Con esta invención, la burguesía intentó esconder lo que realmente ocurrió, o sea, que decenas de miles de proletarios, mujeres y niños fueron masacrados en un mar de sangre, presos, y deportados en condiciones inhumanas.

En aquella extraordinaria experiencia revolucionaria que fue la Comuna parisina, por primera vez en la historia de las sociedades modernas asistimos a una masiva intervención de las mujeres en la escena política, también a través de una participación activa en la vida económica y en la lucha armada. Durante la Comuna, millares de mujeres de la clase trabajadora y algunas intelectuales conquistadas para las ideas socialistas fueron ejemplo de coraje y devoción, así como heraldos de ideas innovadoras. Esta es, sin duda, la razón por la cual ellas, más que los hombres, fueron punidas y condenadas en Versalles, víctimas también de calumnias infames.

En abril de 2013, la asociación parisina “Los Amigos de la Comuna de París 1871” publicó un pequeño diccionario de las Communards, en un intento de sacar de las sombras a las muchas figuras femeninas que “incendiaron” con coraje y pasión los 72 días parisinos. La lectura de esta breve reseña nos permite comprender la cantidad y la calidad de las acciones de las mujeres en la experiencia parisina y tornar su ejemplo actual en la situación de crisis económica y opresión social a que las mujeres de hoy están sometidas en un grado semejante al de 1871[1].

La condición de las mujeres (y de las obreras)

Durante el Segundo Imperio, las mujeres eran reducidas a un estado de sumisión total. El código civil de 1804 considera a las mujeres legalmente inferiores y tan dependientes de sus maridos que ellas ni pueden trabajar sin su autorización. Generalmente menos instruidas que los hombres, aquellas que tienen acceso a la educación frecuentan escuelas para niñas dirigidas por monjas, donde además de una rígida moralidad cristiana, ellas son enseñadas a tornarse buenas esposas. Además de eso, las mujeres no tienen derecho de voto.

Muchas mujeres trabajan en París, en particular están empleadas en la producción textil industrial: el anuario estadístico de 1871 indica que de 114.000 trabajadores, 62.000 son obreras. Son las primeras víctimas de la industrialización: además de la alienación que de ahí deriva, ellas tienen que enfrentar la competencia de máquinas y la de los conventos, que ofrecen mano de obra a menor costo. Ellas también sufren diariamente preconceptos misóginos de sus colegas de trabajo, inspirados en el pensamiento de Proudhon[2]. Las mujeres trabajan de doce a catorce horas por día, por un salario diario insignificante, entre 50 centavos y 2,5 francos, la mitad que los hombres. Si pensamos que, en la época, un cuarto era alquilado por entre 100 y 200 francos al año, es claro que una mujer sola no podía enfrentar sus propias necesidades, especialmente porque ella muchas veces tenía hijos y familiares ancianos dependientes. En ese contexto, la prostitución asume importantes implicaciones económicas, incluso para las mujeres casadas que podían, por lo tanto, unir sus ingresos con los del marido o compañero: el recurso de la prostitución, muchas veces no puntual, corresponde a lo que ellas llaman “quinto cuarto” de su día.

A pesar de esas condiciones, las mujeres son activas y participan de la vida política. Ya en 1870, durante los acontecimientos franco-prusianos, ellas son presencias numerosas: el 4 de setiembre están entre la multitud que derroca el Imperio y proclama la República; el 8 de setiembre, una manifestación de mujeres frente al Hotel de Ville exige armas para luchar contra los prusianos; el 7 de octubre, las mujeres exigirían el derecho de participar de los puestos avanzados para socorrer a los heridos (derecho que solo obtienen con la Comuna).

A partir de enero de 1871, algunas organizaciones de mujeres son activadas o reactivadas: son pequeños grupos, como el comité de las ciudadanas, grupos femeninos que intentan hacer valer los derechos de las mujeres, clubes muy activos como el de Madame Allix en el VI barrio, que reúne cerca de 300 adhesiones de mujeres que quieren armarse para ir a luchar en las barricadas.

A través de estas experiencias, las mujeres comprenden que tienen mucho que ganar, principalmente lo que más desean, o sea, el reconocimiento de su dignidad. Ellas tienen total confianza en lo que está ocurriendo y protegen, participando activamente, los cambios que llevarán al nacimiento de la Comuna, desde los primeros días hasta el final sangriento de la experiencia revolucionaria.

En la madrugada del 18 de marzo de 1871, cuando las tropas de Thiers intentan confiscar los cañones de los parisinos, ellas se oponen físicamente dirigiéndose a los soldados que simpatizan con la población y que se recusan a cumplir la orden, dada tres veces por los oficiales, de tirar contra los manifestantes. Edith Thomas escribe que “sería una exageración decir que este día revolucionario fue el de las mujeres, pero ellas contribuyeron decisivamente para eso”[3].

En los días siguientes, París es una gran fiesta popular, cuyo punto culminante es la proclamación de la Comuna, el 28 de marzo. Las mujeres confían en las resoluciones inmediatamente tomadas que, aunque simples y prácticas, permiten vislumbrar una nueva justicia y, sobre todo, aliviar las aflicciones sufridas por la población parisina, especialmente por las mujeres, durante el largo cerco prusiano. Desde esos primeros días, las mujeres se movilizan socorriendo a los enfermos y necesitados, discutiendo y proponiendo ideas innovadoras, moviéndose siempre con una lógica de clase, no de sexo o género: ellas comprenden que solo gracias a la revolución social podrán tener garantizados sus derechos.

El 3 de abril de 1871, quinientas mujeres dejan la Place de La Concorde para marchar sobre Versalles. En el puente Grenelle, ellas se juntan con otras setecientas. Los líderes de la Comuna piden que no salgan de París. Frente al anhelo tan revolucionario, surge la necesidad de una organización.

La Unión de Mujeres

Dos organizaciones de mujeres desempeñaron un papel predominante en la Comuna: el Comité de Supervisión de Montmatre, de orientación blanquista, y la Unión de Mujeres para la Defensa de París y Socorro a los Heridos, de orientación marxista. La Unión, cuyos principios reflejaban la perspectiva revolucionaria del ala marxista de la Primera Internacional, se reveló la más importante formación femenina, agrupando a más de seis mil miembros. Se destacó no solo por su importancia numérica, sino también por su funcionamiento muy riguroso y al mismo tiempo muy democrático. Fue capaz de guiar y organizar el profundo fermento popular entre las mujeres y se tornó el eslabón entre las mujeres de la ciudad y el gobierno de la Comuna. Ningún otro grupo tuvo una influencia extendida a toda la ciudad y tan duradera, desde su fundación hasta la caída de la Comuna en las barricadas.

El 11 de abril de 1871, el jornal oficial de la Comuna publica una larga “Apelación a las ciudadanas de París”, en la cual, según las firmantes, se sintetizan el espíritu y las aspiraciones de la Comuna. Este texto explica a las mujeres parisinas que la mejor forma de defender lo que ellas aman es luchar contra el enemigo impiadoso. La apelación es seguida de un aviso convidándolas para una reunión aquella misma noche. Con su primera reunión, la Unión de Mujeres propone al comité ejecutivo de la Comuna que ayude materialmente a la constitución de estructuras en cada consejo distrital, que subsidie la prensa con circulares y carteles y la distribución de avisos. La comisión ejecutiva comienza inmediatamente a implementar las propuestas de la reunión, imprimiendo el texto integral de las directrices de la Unión en el Diario Oficial del 14 de abril, acompañado de un resumen de las decisiones tomadas por la asamblea.

Las directrices destacan cuál era la idea de la Unión de Mujeres sobre el origen de la opresión femenina. El título “operaria” fue puesto al lado de seis de las siete firmantes para indicar su origen proletario. Las directrices se referían a la Comuna como a un gobierno cuyo objetivo final debía ser la abolición de todas las formas de desigualdad social, incluyendo la discriminación contra las mujeres. Fundamentalmente, ellas describían la discriminación de las mujeres como un instrumento para mantener el poder de las clases dominantes. “La Comuna, que representa el principio de la extinción de todos los privilegios y desigualdades, deberá, por lo tanto, considerar legítimas todas las protestas de cada sector de la población, sin ninguna discriminación de género, discriminaciones que fueron creadas y perpetuadas para mantener los privilegios de la clase dominante. El éxito de la actual lucha, cuyo objetivo es (…) en último análisis, el de regenerar la sociedad, garantizando el dominio del trabajo y justicia, es tan importante para las mujeres como para los hombres de París”.

La organización tiene sede en el 10° distrito. Un comité central compuesto por 20 delegadas nombra una comisión ejecutiva de siete miembros, con la tarea de hacer la conexión con las principales comisiones del gobierno de la Comuna: de esta forma, ellas pueden transmitir de forma eficaz y rápida las reivindicaciones de las mujeres al gobierno central. Cada militante debe contribuir con diez centavos y reconocer la autoridad del comité central de la Unión. Los comités distritales instituidos por la Unión de Mujeres son coordinados por una presidente rotativa, coadyuvada por un comité que puede ser revocado por los militantes.

La comisión ejecutiva está compuesta por cuatro obreras (Nathalie Le Mel, Blanche Lefèvre, Marie Leloup y Aline Jacquier) y tres mujeres sin profesión (Elisabeth Dmitrieff, Aglaé Jarry, Thérèse Colin). En la práctica, las dos grandes impulsoras de la comisión fueron Nathalie Le Mel y Elisabeth Dmitrieff.

Elisabeth Dmitrieff

Elizaveta Loukinitcha Kouceleva nace el 1 de noviembre de 1851 en una familia noble rusa. Ella recibe una buena educación y es fluente en varios idiomas. Vive en San Petersburgo, donde milita en los círculos socialistas desde muy joven, soñando con la emancipación para ella y para otras mujeres. El casamiento blanco con el coronel Toumanovski le permite ir al exterior. En 1868 emigra a Suiza, donde participa de la fundación de la sección rusa de la Internacional. Delegada en Londres en 1870, frecuenta la familia de Marx, con quien mantiene largas conversaciones: el autor de El Capital está empeñado en este período en aprender la lengua rusa. Elizaveta permanece tres meses en Londres, durante los cuales, además de encontrarse con Marx y su familia, puede conocer a sus colaboradores más próximos, en particular a Engels, y participar de numerosas reuniones de la Internacional. La única fuente que nos permite conocer, por lo menos en parte, el contenido de esas reuniones es dada por una carta escrita el 7 de enero de 1871 a Marx por Elizaveta, que estaba enferma con bronquitis: la discusión está centrada en la comuna rural rusa.

Marx la envía a París en marzo de 1871, para que sea su corresponsal en los acontecimientos de la Comuna, como representante del Consejo General de la Internacional. Bajo el seudónimo de Dmitrieff, durante la Comuna ella crea la Unión de Mujeres: es miembro del comité ejecutivo de la Unión e idealizadora de un plan de reorganización del trabajo femenino, que fue solo parcialmente implementado. Su acción es tan incisiva que una disposición del comité central de la organización femenina le concede la ciudadanía parisina, aguardando que la futura República le reconozca el título de ciudadana de la humanidad.

Luego de luchar valientemente con armas en la llamada semana sangrienta, consigue escapar de París, refugiándose primero en Ginebra y después volviéndose a Rusia. Condenada en rebeldía a la deportación, en una prisión fortificada, por e consejo de guerra el 26 de octubre de 1872, fue perdonada en 1880. Entre 1900 y 1902 se muda para Moscú y, a partir de ese momento, las pesquisas históricas se tornan confusas. La fecha de su muerte no es clara, aunque algunas pesquisas de historiadores soviéticos parecen confirmar que ella murió en 1918 en circunstancias poco claras.

Nathalie Le Mel

Nathalie Duval, 1827, hace sus primeros estudios en Brest, donde sus padres dirigían un café. Desde los 12 años trabaja como obrera encuadernadora. En 1845 se casó con un colega suyo, Jérome Le Mel, con quien tuvo tres hijos. Son conseguir trabajo, ellos se mudan a París en busca de nuevas oportunidades de trabajo. En la capital, Nathalie aún trabaja como encuadernadora y participa de las huelgas que en 1864 agitaron su gremio. Ella hace del comité de huelga que exigía paridad de salarios para las mujeres y es notada por la policía del régimen que, en un informe, la describe como “una exaltada que estaba involucrada en política; en las fábricas, ella leía periódicos malos en voz alta; frecuentaba clubes asiduamente”. En 1865 se juntó a la Internacional. En 1868, después de dejar al marido, fundó con otras una cooperativa que cuidaba de la alimentación, llegando a dar trabajo a 8.000 personas, además de un restaurante popular donde trabajaba en la preparación de las refecciones.

Durante la Comuna fundó y dirigió la “Unión de Mujeres para la Defensa de París y el Socorro a los Heridos” con Elisabeth Dmitrieff. Cuando las tropas de Versalles entran en París, ella lucha en las barricadas al frente de batallón de cerca de cincuenta mujeres y construyen la barricada de la Place Pigalle izando una bandera roja.

Presa el 21 de junio de 1871, fue condenada a la deportación para Nueva Caledonia el 10 de setiembre de 1872. Cuando sus amigos presentaron un pedido de perdón en su nombre, de la prisión de La Rochelle donde está detenida, ella comunica al jefe de la policía de París que desautoriza “a todos aquellos que actúen o vayan a actuar sin mi conocimiento”.

El 24 de agosto de 1873, ella embarcó en el Virginie para ser deportada para Nueva Caledonia, donde llegó el 14 de setiembre. Aquí, al mando de los carceleros para separar a los hombres de las mujeres durante el encarcelamiento, ella se recusa a descender del navío y amenaza saltar al mar si la división no es abolida: seguida en la protesta por muchas otras mujeres, consigue que la detención sea común. Durante su prisión, su nombre frecuentemente reaparece en la lista de prisioneros sujeto a sanciones, demostrando que su espíritu indomable no se dobla ni siquiera durante esta pesada experiencia; al contrario de muchos deportados de la Comuna, ella se solidariza con los Kanaki, que en 1878 se revelan contra los colonizadores franceses.

Luego de la amnistía de 1880, retorna a París, donde consigue un empleo en el jornal L’Intransigeant. Pasó los últimos años de su vida en la pobreza y, habiendo quedado ciega, fue acogida, en 1915, en el asilo Ivry, donde falleció en 1921.

Conquistas sociales

Las mujeres de la Unión pretenden “trabajar juntas por el triunfo de la causa del pueblo”, “golpear y vencer o morir por la defensa de los (…) derechos comunes”. El primer objetivo es, pues, ciertamente el de participar en la defensa de París: para permitir la participación del mayor número de mujeres, la Unión preconiza la utilización de salas para la organización de conferencias[4].

Ellas discuten mucho, incluso sobre decisiones militares que consideran indispensables, por ejemplo, la necesidad de marchar sobre Versalles. Inicialmente, las mujeres consiguen estar presentes en puestos avanzados de combate para crear un servicio de primeros auxilios a los heridos: la Unión de Mujeres recluta a más de mil socorristas que reciben el mismo pago y la misma alimentación que los guardias nacionales, según el principio de “trabajo igual, salario igual”. En el ámbito familiar, no siempre son bien recibidas y el diario La Sociale acostumbra denunciar la misoginia de algunos oficiales o médicos cirujanos que persiguen a mujeres en puestos avanzados. Además de casos aislados, solamente durante la “semana sangrienta”, las mujeres lucha en las barricadas. La formación de departamentos femeninos era una idea ya cultivada durante el cerco parisino: las “Amazonas del Sena”, una ambiciosa propuesta de batallones femeninos avanzada en 1870 por Félix Belly, no será implementada pero atestigua la necesidad de responder a los pedidos de las mujeres para ser autorizadas a participar en combates armados. Además, hay evidencias históricas de existencia de la “Legión de las Federadas del 12° Distrito”, formada en la primera quincena de mayo, comandada y compuesta exclusivamente por mujeres[5].

Ferozmente, laicistas y anticlericales, como puede verse en algunas intervenciones en las asambleas distritales[6], las mujeres sustituyen a las religiosas en asilos, en orfanatos, en las escuelas y en las prisiones como voluntarias laicas. En este clima madura la convicción de que es preciso actuar también en la educación de las mujeres y de las jóvenes: una vez constituida la Comisión de Enseñanza, Marguerite Tynare, profesora militante de la Unión y de la Internacional, fue nombrada el 11 de abril “inspectora general de los libros y de los métodos de enseñanza” en escuelas para niñas; su acción está marcada por propósitos innovadores y laicos. Algunas iniciativas habían sido lanzadas en nivel distrital antes de la posesión de Tynare: una “nueva escuela” para niñas se inaugura en el VII barrio con una oficina adyacente, un abrigo para huérfanas y jóvenes mujeres desempleadas; el 26 de marzo surge una Sociedad de la Educación nueva (entre cuyas delegadas constan dos mujeres que vamos a encontrar en las organizaciones femeninas posteriores a la Comuna) que propone una reformulación general de los programas escolares y el uso de métodos pedagógicos innovadores; por fin, ya funcionan un atelier école para la enseñanza profesional y una escuela de diseño, más conocida como escuela de arte industrial para jóvenes.

El 2 de abril de 1871, la Comuna vota la ley de separación entre Iglesia y Estado: así, en una época en que era inevitable seguir la orden moral impuesta por la Iglesia, se establece el derecho al divorcio y el reconocimiento de la unión libre, como también la pensión de 600 francos a la mujer, casada o compañera, de miembros de la Guardia Nacional fallecidos en combate, y pensión de 365 francos a los hijos legítimos o naturales de los muertos.

La Comuna también prohíbe la prostitución, que es declarada una “forma de explotación comercial de criaturas humanas por otras criaturas humanas”.

La cuestión del trabajo femenino

Muy en breve, sin embargo, la Unión se depara con un problema urgente, a saber, el de la organización del trabajo femenino. Elisabeth Dmitrieff advierte luego del inicio de la Comuna: “en la presencia de los acontecimientos actuales, debido a la miseria creciente en una proporción increíble […] se debe considerar que el elemento femenino de la población parisina, momentáneamente revolucionario, puede retornar, debido a privaciones continuas, al estado pasivo más o menos reaccionario que el orden social del pasado había creado –un retorno fatal y peligroso para los intereses revolucionarios e internacionales de los pueblos y, consecuentemente, para la Comuna”. La República ya había organizado el trabajo de las mujeres durante el cerco: 32.000 mujeres recibieron trabajo para confeccionar los uniformes de la Guardia Nacional, pero luego del armisticio, todas las actividades fueron interrumpidas.

A través de las comisiones distritales, las mujeres de la Unión hacen un nuevo catastro de las desempleadas y, por fuerza del decreto de la Cámara Municipal del 16 de abril sobre la requisición de las oficinas abandonadas por los patrones refugiados en Versalles, identifica los lugares a ser utilizados para la creación de los llamados “atelliers cooperatifs”.

El proyecto desarrollado por la Unión de Mujeres y encaminado a la Comisión del Trabajo, previa la creación de una asociación de productores en cada distrito, autónoma pero con reglas coherentes con los principios generales de la Unión, dotada de oficinas, almacenes y encomiendas igualmente repartidas para evitar la competencia; establecía precios de venta y tarifas para las trabajadoras, de acuerdo con el principio de “salarios iguales por número igual de horas”. Las asociaciones productivas elegían internamente dos responsables y, por medio de la mediación del comité central de la Unión, debían entrar en contacto con las asociaciones del mismo tipo en Francia y en el exterior para estimular la exportación y el intercambio de productos.

La ambición era reorganizar el mercado de trabajo femenino de forma más general, según el modelo ya adoptado con los hombres, de modo que se pudiese “garantizar el producto al productor […] sacando el trabajo del yugo del capital opresor”; garantizar la gestión de sus negocios a los trabajadores: disminuir la jornada de trabajo; eliminar la competencia entre trabajadores de ambos sexos, pues sus intereses son completamente idénticos; igualar salarios entre los dos sexos (este último pedido encuentra aceptación parcial en la igualdad de salarios de profesores y profesoras, en mayo de 1871).

Inicialmente, el proyecto decía respecto del sector textil (París, en particular, ostentaba una excelente reputación internacional en la producción de ropas), pero debería haberse expandido para todos los sectores profesionales en los cuales las mujeres hubiesen demostrado excelencia. En el corto período de funcionamiento de la Comuna, es también lanzada en el Palacio de la Industria una comisión encargada de organizar el trabajo “libre” de las mujeres asociadas en los atelliers, con la tarea de adquirir materias primas, repartir los ingresos y distribuir el trabajo en los veinte distritos.

Sin embargo, el 6 de mayo de 1871, Leo Frankel[7], jefe de la Comisión del Trabajo, publica un largo informe cuyo sentido puede ser entendido por la siguiente frase: “El trabajo fememino es el más oprimido, su inmediata reorganización es del todo urgente”. Para tanto, anuncia reunión de todas las corporaciones obreras de ambos sexos y convoca a los representantes de la Unión para la formación de cámaras sindicales que envíen delegadas a la Cámara Federal. El encuentro, que debería ocurrir el 21 de mayo, no acontecerá por la entrada de las tropas de Versalles en París.

La represión

La mayoría de las mujeres que participaron de la Comuna murieron en las barricadas de la “semana sangrienta”, o en enfrentamientos o fusiladas en campo por las tropas de Versalles. Según investigación parlamentaria presentado por el Capitán Briot, más de mil mujeres fueron presas: los motivos de las prisiones intentan justificar una condena criminal. Juntamente con la acusación de haber participado de las agitaciones de la Comuna, muchas veces son acusadas de rodo o bandidismo, de prostitución por vivir en una relación no sancionada por la Iglesia, de ser exaltadas por haber hablado en público durante las asambleas, de ser incendiarias porque ellas tenían la tarea de distribuir armas y petróleo durante los combates.

Las mujeres presas cruzan París en dirección a Versalles en medio de insultos de la burguesía que vino a asistir el show. Presas en la prisión Chantiers, ellos pasan por condiciones degradantes, jugadas en cubículos llenos de gusanos. La obra de una de ellas testimonia el horror de esta detención que duró varios meses, pero también la solidaridad con que las reclusas enfrentan la experiencia a pesar de la degradación, de la falta de higiene y de las puniciones arbitrarias[8]. Una vez pronunciadas las sentencias, ellas son transferidas para otras prisiones, donde aguardan el viaje para el período de deportación: 31 mujeres son condenadas a trabajos forzados, 20 a la deportación en una prisión fortificada, 16 a deportación simple. La fragata Virginie parte el 10 de agosto de 1873 (dos años después de la Comuna) y lleva 120 días para tocar la costa de Nueva Caledonia.

Todas esas mujeres pagaron un alto precio en la esperanza de hacer triunfar su ideal de justicia social y de igualdad, luchando en un contexto difícil. Invirtieron todas sus fuerzas, convencidas de que su destino dependía del resultado de la experiencia de la Comuna. Se organizaron en un movimiento y se impusieron en el terreno político, conscientes de que, solamente derribando el sistema de explotación de una clase sobre la otra, el problema de la desigualdad entre los sexos podría ser resuelto.

Con la misma convicción que hoy las mujeres de Siria, Egipto, Túnez, España, Brasil, de todos los lugares del mundo se manifiestan contra la violencia, la violación como arma de guerra, las discriminaciones en el mundo del trabajo, la precariedad, las diferencias salariales, el derecho a la contracepción y al aborto.

Notas

[1] C. Rey – A Gayat – S. Pepino, Petit dictionnaire des femmes de la Commune [Pequeño diccionario de las mujeres de la Comuna], Editions Le bruits des autres, 2013.

En general, todo el artículo está basado en materiales consultados en París en la Asociación Los Amigos de la Comuna de París 1871 (http://www.commune1871.org) y en el centro CERMTRI (www.trotsky.com.fr).

(2) Pierre Joseph Proudhon, filósofo y economista francés, 1809 – 1865. Respetado en la esfera política, inclusive pela izquierda, y entre intelectuales y trabajadores de toda Europa, Proudhon defendió la idea de que las funciones de las mujeres eran la procreación y el trabajo doméstico. La mujer que trabajaba (fuera de la casa) robaba el empleo del hombre. Proudhon llegó a proponer que el marido tuviese el derecho de vida o de muerte sobre la esposa que hubiese desobedecido o tuviese mal carácter, y demostró, por medio de una relación aritmética, la inferioridad del cerebro femenino sobre el masculino.

(3) Edith Thomas, Les Pétroleuses [Las Petroleras], Gallimard, 1963.

(4) Luego del decreto del 2 de abril de 1871 sobre la separación entre Estado e Iglesia, algunas iglesias son requisadas para servir como locales de reunión para clubes de la ciudad.

(5) El 14 de mayo, un comunicado a los guardias nacionales de la 12° Legión informa a los soldados que las mujeres pidieron para poder organizarse militarmente, para participar más activamente de la defensa de la ciudad “Un gran ejemplo es dado a ustedes, ciudadanas mujeres heroicas pidieron armas para defender, como todas nosotras, la Comuna y la República… La primera compañía de ciudadanas voluntarias será formada inmediatamente”.

(6) El 15 de mayo, una mujer llamada André, conocida como “Matelassiére” por sus habilidades dialécticas, en una reunión del club Ambroise, afirmó que “todos los representantes de la Iglesia deberían ser fusilados en 24 horas […] No sirve arrestar a los padres [curas], debemos declararlos fuera de la ley para que todo ciudadano pueda matarlos como si matase a un perro rabioso”. El 20 de mayo en Nicolas des Champs, una mujer desconocida propuso, por la defensa de París, la sustitución de los sacos de tierra por los cadáveres de 60.000 curas y 60.000 monjas de la ciudad.

(7) Leo Frankel, 1844 – 1896, político húngaro, miembro de la Internacional desde 1867, representó a la sección alemana en París, donde trabaja como obrero joyero. Durante la experiencia de la Comuna fue miembro de la Guardia Nacional, del Comité Central y presidente de varias comisiones, incluso la de trabajo. Herido en la semana sangrienta en las barricadas, es socorrido por Elisabeth Dmitrieff, de quien parece estaba enamorado y no era correspondido, el se refugió primero en Suiza y después en Inglaterra, mientras en Francia el Consejo de Guerra lo sentenció a la muerte en rebeldía.

(8) Célestine Hardoin, La Détenue de Versailles en 1871 [La Detención de Versalles en 1871], obra reeditada en 2005 por la asociación Les Amis de la Commune de Paris [Los Amigos de la Comuna de París].

Traducción al portugués del original en italiano: Maria Teresa Albiero e Alberto Albiero.
Traducción del portugués al castellano: Natalia Estrada.