Lun Ene 30, 2023
30 enero, 2023

¡La revolución socialista es posible!

En enero de 1982 se fundó la LIT-CI. Sus Tesis Fundacionales definieron que: “…la necesidad más urgente y profunda que hoy tiene la humanidad es la revolución socialista mundial. Hasta las necesidades diarias más elementales y cada vez más difíciles de satisfacer- desde tener un trabajo. Comida y vivienda, hasta gozar de libertades- se resumen en ella. Nuestra política no parte de una utopía ni de una expresión de deseos sino de un hecho objetivo, absolutamente material: que la agonía del capitalismo agudiza cada día más la necesidad de la revolución socialista mundial”.

Por Alicia Sagra

Para lograr ese objetivo, las Tesis plantean que debemos construir partidos obreros, revolucionarios, que sean parte de una Internacional democráticamente centralizada, porque “…sin excepción alguna, todas las experiencias de federalismo o de trotskismo nacional han terminado en el basurero de la historia. Queremos como es nuestra norma, llamar a las cosas por su nombre: federalismo es sinónimo de disolución…”.

Coherente con eso, la Internacional recién fundada definió como su estrategia la reconstrucción de la IV Internacional como continuidad programática y metodológica de la Tercera Internacional dirigida por Lenin.

Hoy, 40 años después, seguimos defendiendo lo mismo. Pero debemos reconocer que, lamentablemente, somos una total minoría dentro de la izquierda mundial. Somos la única organización internacional que funciona sobre la base del principio del centralismo democrático. Y eso está íntimamente relacionado al hecho de que la gran mayoría de las organizaciones de izquierda, en forma más o menos explícita, han abandonado la estrategia de la revolución socialista.

Algunos porque opinan que no se puede, otros porque han llegado a la conclusión de que no es necesario, ya que se podrían resolver los problemas sin que los trabajadores tomen el poder. Así, han ido sustituyendo la lucha por el poder de los trabajadores y la construcción del socialismo, por la lucha parlamentaria. La estrategia ha pasado a ser ganar puestos en el parlamento, e incluso en los gabinetes ministeriales de los gobiernos burgueses. Y el centralismo democrático no es necesario, puesto que la lucha por el poder de la clase obrera salió del horizonte de esas organizaciones

No es algo nuevo

Hay quienes piensan que esas posiciones surgieron después de los procesos del Este europeo de fines de los 80 y principios de los 90 del siglo pasado. Pero no así. Esos procesos y la restauración del capitalismo, que les precedió, hicieron crecer esas posiciones, pero no surgieron ahí.

El abandono de la estrategia de la revolución socialista se dio por primera vez en el viejo Partido Socialdemócrata Alemán, donde surgió un sector que sostenía que no era necesaria la revolución para mejorar progresivamente la vida de los trabajadores y que se podría llegar al socialismo por la vía parlamentaria. Ese sector estaba impresionado por las conquistas que se arrancaban a las patronales europeas, enriquecidas por la explotación imperialista de las colonias. A eso se sumaban los éxitos electorales del partido, que en cada elección aumentaba el número de sus diputados.

Pero el abandono de la estrategia socialista, también se dio en países donde no se lograban grandes conquistas ni triunfos electorales, como en la Rusia de los inicios de siglo XX.

Después de la derrota de la revolución de 1905 surgió, incluso dentro de la fracción bolchevique, un sector de importantes cuadros, muy desmoralizados, que dejó de creer en la revolución y comenzó a proponer cosas tan extrañas como la síntesis con la religión y una serie de planteos idealistas. Lenin dedicó dos años a escribir su obra Materialismo y Empiriocriticismo (notas críticas sobre una filosofía reaccionaria), con la que respondió a esos sectores, en 1908.

Es común que las derrotas o retrocesos importantes provoquen desmoralización en la vanguardia, abriendo espacio para planteos que llevan al abandono de la estrategia revolucionaria y al crecimiento del oportunismo reformista.

Eso es lo que explica por qué, hoy, cuando no existe ninguna posibilidad de conquistas duraderas, hayan crecido tanto las posiciones reformistas. El salto se dio a partir de la década de 1990, después de la restauración del capitalismo en los ex Estados obreros burocráticos de la URSS y el Este europeo, que comenzó a mediados de la década de 1980 (en China se inició antes, a fines de la década de 1970).

La restauración, combinada con la mentirosa campaña del imperialismo sobre la “muerte del socialismo”, provocó una gran desmoralización en la vanguardia obrera y popular, generando lo que llamamos “aluvión oportunista”, un proceso de capitulación que estamos sufriendo hasta la actualidad. Ese “aluvión” arrastró a la mayoría de las organizaciones que se reivindicaban revolucionarias, que fueron, poco a poco, centrando su actividad en las elecciones y el parlamentarismo y así se fueron (con diferentes ritmos) encaminando hacia el reformismo.

La LIT-CI también sufrió ese embate aluvional. Pudimos resistir, pero pagando un alto precio: perdimos 80% de nuestra militancia. Por eso, hoy seguimos defendiendo no sólo la necesidad, sino también la posibilidad de la revolución socialista como única forma de salvar a la humanidad de la barbarie.

¿El socialismo fracasó?

Esa es la gran pregunta en amplios sectores de la vanguardia a partir de los procesos del Este europeo. Esa duda se debe centralmente a dos motivos: El primero fue que se asoció la restauración del capitalismo a las grandes movilizaciones de masas que se dieron a partir de 1989. Cuando, en realidad, la restauración comenzó cuatro años antes, en 1985, y esas grandes movilizaciones fueron la respuesta a la aplicación de los planes capitalistas impulsados por la burocracia. Las masas del Este, por la ausencia de una dirección revolucionaria, no consiguieron revertir la restauración, pero lograron una gran conquista: acabaron con los regímenes totalitarios de las burocracias estalinistas. Les hicieron pagar caro la restauración que habían impuesto.

El segundo motivo fue que, al pensar que la restauración fue impuesta por las masas movilizadas, creyeron en la campaña imperialista de que el socialismo había fracasado.

Es interesante la respuesta que dio el cineasta argentino, Daniel Szifron, cuando le preguntaron sobre el tema: “¿Quien te dijo que el socialismo fracasó? Yo soy apasionado por ‘Romeo y Julieta’, si voy a ver la obra y el director es muy malo y el espectáculo es pésimo, ¿tengo derecho a decir que Shakespeare fracasó?”.

Es muy buena esa respuesta, porque no fue el socialismo lo que fracasó en la ex URSS. La revolución rusa, dirigida por la clase obrera y el partido bolchevique, abrió el camino al socialismo.

Obreros armados durante la Revolución Rusa, 1917

Con la expropiación de la burguesía, la economía planificada y la democracia obrera, Rusia se convirtió en una gran potencia, los trabajadores y el pueblo modificaron cualitativamente su vida, con conquistas económicas y políticas. Pero la revolución mundial fue derrotada y el imperialismo continuó existiendo. Eso fue aprovechado por un sector de burócratas dirigidos por Stalin, que arrebataron el poder a los obreros. El camino hacia el socialismo fue desviado por esa burocracia que impuso un régimen de terror, destruyó al partido de Lenin y fue acabando con las conquistas de 1917, hasta que en la década de 1980 restauró el capitalismo.

Entonces, lo que fracasó no fue el socialismo. Lo que fracasó fue la burocracia stalinista, que acabó con la revolución, ensuciando el nombre del socialismo.

¿El poderío tecnológico y militar del imperialismo es un obstáculo absoluto al triunfo de la revolución?

Muchos honestos compañeros y compañeras, que odian al capitalismo y quisieran acabar con él, piensan eso.

Por supuesto que el poderío militar, así como el dominio de la tecnología es muy importante, ya que la burguesía no se dejará expropiar pacíficamente. Por eso defendemos el derecho de los trabajadores al armamento, a la autodefensa. Por eso exigimos, por ejemplo, armas para Ucrania ante la invasión rusa.

Pero la historia muestra que la superioridad militar no es el elemento decisivo. En 1918 se desató la guerra civil en Rusia. Inglaterra, Francia, EEUU, Japón, enviaron tropas, armas, asesores, catorce ejércitos invadieron el territorio soviético y se unieron a los capitalistas rusos (los llamados rusos blancos). Todo para derrotar al joven Estado obrero, que tuvo que construir su ejército sobre la marcha.

¿Por qué no destruyeron a la revolución, si tenían un poderío militar cualitativamente superior? La explicación está en que, además de la diferencia en el poderío militar, existía también una gran diferencia en la moral de esos ejércitos. Los soldados de los ejércitos imperialistas y de los rusos blancos, luchaban para defender los intereses de sus patrones. Mientras que los obreros y campesinos del Ejército Rojo luchaban para defender lo que habían conquistado con la revolución: el fin del desempleo, la vivienda, la tierra, la igualdad ante la ley. Defendían su dignidad. Por eso luchaban con una moral muy diferente, y eso fue lo que se impuso.

Otro gran ejemplo es el del pueblo vietnamita que, mucho peor armado y alimentado que el ejército yanqui, acabó, en 1975, humillando a los “invencibles” marines y derrotando al ejército más poderoso del mundo. Ahí se combinó la moral y el heroísmo de los vietnamitas, con la rebelión del propio pueblo estadounidense que se negaba a que sus hijos continuaran muriendo defendiendo intereses que no eran los suyos.

Algo parecido, en relación a la diferencia de la moral de los ejércitos enfrentados, estamos viendo en Ucrania, donde, a pesar de una inferioridad armamentística muy grande, el pueblo ucraniano le está creando muchos problemas al desmoralizado ejército ruso de ocupación.

Por eso decimos que, aunque sea muy importante, la superioridad militar no es un obstáculo absoluto.

¿El problema es que la clase obrera y la masas no quieren luchar?

Ese es un argumento que también hemos escuchado. Muchos activistas nos dicen: ahora no es lo mismo que en 1917, cuando se hizo la revolución rusa, o en 1959, cuando se dio la revolución cubana. Ahora la clase obrera es diferente, la gente es conformista, acepta cualquier cosa.

Es suficiente con dar una rápida mirada al mundo para ver que las cosas no son así. Los jóvenes, trabajadores y estudiantes chilenos que salieron a las calles gritando “no son 30 pesos, son 30 años”, muchos de los cuales fueron presos, mutilados, muertos, ¿no querían luchar?

Revolución chilena, 2019

¿No querían luchar los que se rebelaron en Sri Lanka, en Colombia, en Palestina, en Cuba, en Irán? ¿Las mujeres de la India, de Chile, de Argentina, los que salieron a las calles tras el asesinato de George Floyd, eran conformistas que aceptaban cualquier cosa?

La realidad es otra. El problema no está en la falta de disposición para la lucha de las masas obreras y populares. El problema está en lo que les dicen sus dirigentes, que hacen teorías para justificar que no se puede acabar con el capitalismo, que hay que conseguir lo mejor posible dentro del sistema, que hay que hacer frentes amplios con reformistas e incluso con burgueses, porque juntos somos más, etc.

Las teorías justificadoras para abandonar la revolución socialista

El mayor ejemplo, aunque no el único, es el del ex SU (Secretariado Unificado), que ahora se denomina “Buró Político de la IV Internacional”.

En 2006, Daniel Bensaid[1], escribió un artículo[2] donde afirmaba la necesidad de volver al debate estratégico, pasando de la etapa utópica y teniendo en cuenta el “mundo posible”.

Ahí explica la necesidad de hacer coincidir instituciones de clases antagónicas, dando como ejemplo el “Presupuesto participativo” de la Municipalidad de Porto Alegre, Brasil, entre 1996-2000[3]:

“Podremos hasta, en algún momento, haber quedado perturbados o chocados con la idea de Ernest Mandel de ‘democracia mixta’ después de haber evaluado la relación entre los soviets y la Asamblea Constituyente en Rusia. Sin embargo, no es posible imaginar un proceso revolucionario de otra forma que no sea a través de la transferencia de legitimidad que confiere preponderancia al ‘socialismo por la base’ pero que integra con formas de representación, principalmente en países con largas tradiciones parlamentarias y donde el principio del sufragio universal esté firmemente enraizado”.

Y precisa su visión de la revolución en la actualidad:

“La noción de ‘actualidad de la revolución’ tiene un doble significado: un sentido amplio (‘la época de guerras y revoluciones’) y un sentido inmediato y coyuntural. En el momento defensivo en que el movimiento se encuentra, habiendo reculado durante más de veinte años en Europa, nadie podrá reclamar la actualidad de la revolución en un sentido inmediato. Por otro lado, sería arriesgado y no de menos importancia, eliminar su perspectiva de los horizontes de nuestra época. (…) Pero una idea susceptible de debate es la de mantener el objetivo de la conquista del poder “como un símbolo de radicalismo, pero admitir que su realización se encuentra actualmente lejos de nuestros horizontes”.

Se podría pensar que Bensaid sólo estaba hablando de una coyuntura, de una situación defensiva en la que no estaba planteada la revolución en lo inmediato.  De ser así, igual estaría equivocado, puesto que el Programa de Transición se escribió en 1938 en la situación más contrarrevolucionaria de la historia: Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, Franco en España, Stalin imponiendo su terror en la URSS. A pesar de eso, en ningún momento Trotsky dijo que la “revolución no se encontraba en nuestro horizonte”. Por el contrario, dijo que ese programa se sintetizaba en tres palabras: Dictadura del Proletariado.

Pero Bensaid no estaba hablando de una situación coyuntural. Dice explícitamente que lo que ha habido es un cambio de época. La época que definió Lenin de “guerra y revoluciones”, tiene para él un carácter sólo simbólico. Y eso se confirma cuando la LCR francesa saca la “dictadura del proletariado” de su programa, con el apoyo del SU y cuando el XIV congreso del Secretariado Unificado vota que, por no estar la revolución en nuestro horizonte, cayó la barrera que separaba a revolucionarios y reformistas y llama a construir partidos y una Internacional amplios, que los contenga a ambos: los “partidos anticapitalistas”: NPA en Francia, el Bloco de Esquerda en Portugal, PSOL en Brasil.

“(…) Confirmamos lo esencial de nuestras resoluciones del último congreso mundial de 2003 en lo que concierne a la construcción de partidos anticapitalistas amplios. La Cuarta Internacional (CI) se enfrenta, de forma general, a una nueva fase. Militantes marxistas revolucionarios, núcleos, corrientes y organizaciones deben colocar la cuestión de construcción de formaciones políticas anticapitalistas, revolucionarias, con la perspectiva de establecer una nueva representación política independiente de la clase trabajadora.

(…) No se trata solamente de recuperar las bellas fórmulas de reagrupamiento de corrientes revolucionarias. La ambición es juntar fuerzas más allá de las simplemente revolucionarias. Estas pueden ser un apoyo en el proceso de unir fuerzas desde que sean claramente por la construcción de partidos anticapitalistas. (…) la IV Internacional, por razones históricas, ya de por sí analizadas, no posee la legitimidad para representar o ser la nueva internacional de masas que necesitamos. (…) En los nuevos partidos anti-capitalistas que se puedan formar en los próximos años, y que expresan la fase actual de combatividad, experiencia y conciencia de los sectores más comprometidos con la búsqueda de una alternativa anti-capitalista. La cuestión de una nueva internacional existe y continuará siendo planteada. Nosotros actuamos y continuaremos actuando de tal forma que esta cuestión no sea planteada en términos de decisiones ideológicas o históricas, que podrán generar divisiones y escisiones. Debe ser planteada en un doble nivel, por un lado, en términos de real convergencia política en las tareas de intervención internacional, en el pluralismo de nuevas formaciones políticas, que deberá poder juntar corrientes de diversos orígenes: trotskistas de diversos orígenes, libertarios, sindicalistas revolucionarios, nacionalistas revolucionarios, reformistas de izquierda (…)”[4].

Ya en 1916, después de la gran traición de Segunda Internacional frente a la Primera Guerra Mundial, Lenin había llegado a la conclusión de que la organización común con los reformistas era imposible. Eso se comprobó una vez más. El SU, que en épocas de Mandel había comenzado a revisar el marxismo, terminó por abandonarlo totalmente convirtiéndose en una organización reformista, aunque conserve parte de su antiguo discurso rojo. Por eso no es de extrañar, no sólo que su centro de actividad sea la parlamentaria, sino que defiendan la participación en gobiernos burgueses y apoyen las intervensiones de la ONU.

La revolución socialista sigue siendo la única salida para evitar la destrucción de la humanidad.

Al ver los efectos de la pandemia, de la crisis climática, de las guerras, de las crisis de los refugiados, no quedan dudas de que el capitalismo, no sólo no puede resolver los problemas de la humanidad, sino que la está destruyendo. La alternativa de “socialismo o barbarie”, es cada vez más presente. La ncesidad de acabar con el capitalismo es de vida o muerte por lo que la revolución socialista se hace cada más necesaria.

Como decía Trotsky, “la revolución parece imposible, hasta que se hace inevitable”. Como la historia lo ha demostado, no es el poderío militar del imperialismo lo que impide la revolución. Tampoco el problema es la falta de combatividad de las masas. El gran problema sigue siendo el que plantea el Programa de Transición: la crisis de la humanidad es la crisis de su dirección revolucionaria.

Reconstruir la IV Internacional fundada por Trotski en 1938

Esa crisis no está dada sólo por la ausencia de una dirección revolucionaria con peso de masas, sino también por la existencia de direcciones como la del ex SU, y muchos otros que lo tienen como referencia, que convencen a los luchadores de que la revolución es imposible, que los ganan para sus posiciones de frentes amplios, de que es posible la unidad de reformistas y revolucionarios, y nos los dejan ver que hay sumas que restan.

Desde la LIT-CI seguimos convencidos de lo que votamos hace 40 años: la gran tarea es derrotar al imperialismo con la revolución socialista mundial y para hacerlo precisamos construir un partido y una internacional revolucionaria siguiendo el modelo de la IV y de la III Internacional dirigida por Lenin y Trotsky.

Con el tirunfo de la revolución, con la expropiación de la burguesía, hubo pueblos como el ruso, el cubano, el chino, que superaron el hambre, el desempleo, acabaron con la prostitución. Esas revoluciones se perdieron, pero se pueden volver a dar.  Es una tarea difícil, pero no es una utopía, ya se hizo por lo que se puede volver a hacer. Lo que es una utopía reaccionaria es pensar que sin destruir al capitalismo se pueden resolver los problemas de la clase obrera y de la humanidad.

El triunfo de la revolución no es inevitable, es una pelea por dar. El resultado no está dado, pero no hay ningún Dios que haya definido que la clase obrera no podrá cumplir con su misión hitórica, de dirigir al resto de los explotados y oprimidos, derrotar al imperialismo y conquistar el reino de la libertad del que hablaba Marx.


[1] Daniel Bensaid, uno de los principales dirigentes y teóricos del SU, después de la muerte de Ernest Mandel. Bensaid. Fue uno de los dirigentes estudiantiles del “mayo francés” de 1968 y uno de los principales dirigentes de la Liga Comunista Revolucionaria de Francia. Murió en 2010.

[2] El inicio de un nuevo debate: El regreso de la Estrategia. Rouge (Revista de la LCR francesa), citado en Marxismo Vivo 22, julio 2009, pp.100-11.

[3] Período en que el SU estuvo al frente de la Municipalidad de Porto Alegre, Brasil.

[4] “Papel y Tareas de la Cuarta Internacional: Resolución preliminar del Comité Internacional” (www.combate.info). Aprobado por el XIV Congreso del SU (2010).

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