El curso de la revolución egipcia, sobre todo después de la caída de Morsi y la Hermandad Musulmana (HM) y la asunción del gobierno controlado directamente por el alto mando militar en ese país –sucedidas en julio de 2013–, es motivo de encendidos debates en la izquierda internacional.  


En realidad no podría ser de otra manera, pues se trata de uno de los procesos revolucionarios más importantes a nivel mundial, determinante para el curso de las revoluciones en el Norte de África y Medio Oriente.

La revolución egipcia, además, está cruzada por una enorme complejidad y marcada por muchas contradicciones que desafían esquemas propios del “sentido común”, y que sólo pueden ser entendidas a partir del marxismo y si comprendemos a fondo el significado de la dramática crisis de dirección revolucionaria existente en ese país y el mundo.

En este sentido, existen interrogantes centrales: ¿Cuál fue el signo del derrocamiento de Morsi-HM? ¿Su caída fue determinada por la enorme movilización popular del 30 de junio o sólo por el golpe militar del 3 de julio? En ese sentido, ¿fue una victoria o una derrota de las masas? ¿El golpe militar implicó la “vuelta al poder de los militares” o una “derrota histórica” que acabó con la revolución? A partir de esa definición, ¿qué son las movilizaciones que la HM protagoniza desde julio? ¿Debemos apoyarlas o, al menos, sería correcto impulsar una unidad de acción con la HM “contra la dictadura”?

En síntesis, ¿cuál es el camino para continuar la revolución hasta su triunfo final, una revolución que no sólo liquide a la dictadura militar sino que acabe con el hambre, el desempleo, la falta de educación y salud, realice la reforma agraria, y libere al país del yugo de las potencias extranjeras, emancipando plenamente a todos los explotados y oprimidos de Egipto?

Algunas premisas
 
Al analizar el proceso revolucionario en Egipto, nosotros partimos de una primera definición fundamental: la caída del gobierno de Mubarak (en febrero de 2011) no representó la destrucción del régimen militar, en pie desde 1952.

Es decir, en Egipto se mantiene hasta hoy un régimen dictatorial, que tiene como principal institución a las Fuerzas Armadas, que continúan controlando 40% de la economía y reciben financiamiento directo del imperialismo.

Sin embargo, aunque no alcanzó a liquidarlo, la caída de Mubarak representó un duro golpe a la dictadura militar, el cual, debido a la fuerza de la acción revolucionaria de las masas, fue obligado a reubicarse y a realizar una serie de concesiones democráticas (comenzando por “sacrificar” al propio Mubarak, elecciones, etc.). Dicho de otra manera, los generales tuvieron que “entregar el anillo para no perder los dedos”, es decir, para salvaguardar lo esencial del régimen. Esta reubicación marca toda la actuación de la cúpula del Ejército en todo el proceso.

Al mismo tiempo, la caída de Mubarak dio lugar a todo un periodo prolongado de enfrentamiento abierto entre las clases, con diferentes momentos de avance y retroceso tanto para la revolución como para la contrarrevolución, pero marcado por esa primera victoria revolucionaria de comienzos de 2011.

Como el régimen militar, aunque socavado, se mantuvo, debemos concluir que el gobierno de Morsi no solamente fue parte sino sostén de esa dictadura, en la medida en que Morsi sólo pudo asumir el poder a partir de un pacto contrarrevolucionario entre la HM y la cúpula del Ejército, que garantizaba la inviolabilidad de los enormes privilegios de las Fuerzas Armadas.

Por este motivo, si el gobierno de Morsi-HM era un gobierno más del mismo régimen militar, la caída de Morsi como producto de una inmensa movilización popular, a pesar de la enorme contradicción que significó el golpe militar, no fue una “derrota” (como afirma la mayoría de la izquierda) sino una inmensa victoria democrática de las masas, que abrió un nuevo capítulo en la revolución egipcia.

Esto es así porque, en nuestra opinión, de los dos elementos embutidos en la caída de Morsi (movilización de millones de personas y un golpe militar), el elemento determinante fue la movilización de las masas, sin la cual el golpe no hubiera ocurrido.

Fue esa histórica movilización de las masas la que, una vez más, obligó a los militares a dar el golpe contra Morsi (“quemar un nuevo fusible”), con el fin de evitar que la ira popular avance contra el régimen en su conjunto.

El pueblo egipcio, harto de las medidas económicas neoliberales que lo hambreaban, de sumisión al FMI y a Israel, y contrario al proyecto dictatorial-teocrático que la Hermandad intentó imponer durante el mandato de Morsi, colmó las calles y plazas del país para derrocar a quien correctamente llamaron “nuevo Faraón”. Al hacerlo, las masas derrocaron a otro gobierno más del régimen militar, asestándole otro duro golpe. Por eso la caída de Morsi fue una nueva victoria de la revolución.  

Pero he aquí la contradicción del proceso. Tal como sucedió cuando cayó Mubarak, la acción revolucionaria de las masas “rompió” el pacto que los generales tenían con la HM y, al ver que Morsi era insostenible y no cumplía más la tarea de contener a las masas, se reubicaron y concretaron su salida del palacio.

Hábilmente, la dictadura egipcia usó una táctica diferente de las dictaduras libia y siria: a pesar de ser “su gobierno”, el régimen no defendió a Morsi, ni optaron por el aplastamiento sangriento del movimiento de masas.
 
Al hacer esta maniobra, por el atraso en la conciencia de las masas y fundamentalmente por la falta de una dirección revolucionaria, los militares salieron de esa crisis, contradictoriamente, con su prestigio aumentado.

La cúpula militar capitalizó la caída de Morsi (así como capitalizó por un tiempo la caída de Mubarak) pues, movidos por su propio interés de auto-preservación y su estrategia de derrotar la revolución, optaron por satisfacer la principal reivindicación de las masas en ese momento (derrocar a Morsi), logrando “usurpar” esa victoria popular.

Por este motivo, las masas vieron erróneamente a los militares como “salvadores del pueblo”, pues para el entendimiento de la mayoría, no sólo se habrían posicionado “al lado del pueblo” contra Morsi, sino que, con ese golpe, también habrían evitado enfrentamientos sangrientos como la guerra civil que se vive en Siria, o sea, sufrimientos mayores.

Como es sabido, la HM se negó a aceptar su derrota y pasó a llamar a movilizaciones para retornar al poder, alegando que Morsi continúa siendo el “presidente legítimo”.

¿Cuál es el carácter de esas movilizaciones y cuál debe ser la posición de los revolucionarios frente a ellas?

Si la caída de Morsi fue una victoria de la acción revolucionaria de las masas, las movilizaciones de la HM, que luchan por el retorno de Morsi al poder, sólo pueden ser contrarrevolucionarias.

Por lo tanto, los marxistas no sólo no podemos apoyar o participar de esas manifestaciones sino que no podemos defender ningún derecho o libertad democrática para que el sector derrotado de la contrarrevolución (Morsi y la HM) se organice y se exprese “libremente” para pasar por encima de una conquista de las masas. De la misma forma en que no lo haríamos si, por ejemplo, Mubarak hubiera llamado a sus seguidores a movilizarse por su retorno, cuando fue derrocado por las masas.

Tras la caída de Morsi, la amplia mayoría de las fuerzas burguesas, así como direcciones sindicales y dichas de izquierda adhirieron al nuevo gobierno títere de los militares, aceptando incluso ser ministros, como el caso de Kamal Abu Eita, ex presidente de la Federación Egipcia de Sindicatos Independientes (EFITU), pasando a colaborar con el régimen.

Frente a esta capitulación a los militares, se hizo necesario presentar una alternativa de oposición frontal al régimen y al nuevo gobierno que, al mismo tiempo, no se confundiese de ninguna forma con el intento de la HM de volver al poder.

Por este motivo, fue sumamente progresivo el surgimiento del llamado “tercer campo” independiente, que se expresa más concretamente en el Frente Camino de la Revolución[1], que levanta la consigna ¡Ni militares ni Hermandad!
 
En el marco de esa ubicación general del “tercer campo”, los marxistas deberán ser el polo más consecuente en el enfrentamiento con la dictadura, combatiendo al mismo tiempo los intentos contrarrevolucionarios de la HM para volver al poder y explicando pacientemente la necesidad de la toma del poder por la clase obrera y el socialismo como salida estratégica a la crisis.

¿“Derrota histórica” y fin de la revolución?
 
A partir de estas premisas, podemos concluir que los militares no “volvieron al poder” con el golpe de julio pasado, por la simple razón de que detentan el poder desde 1952.

Por otro lado, tampoco es correcto, como afirma la mayor parte de la prensa internacional y la izquierda, que con el golpe “la revolución acabó” o, como mínimo, “se retrocedió al régimen de Mubarak”.

Lo que estos sectores no comprenden es el signo general del proceso revolucionario de conjunto, que no es de “derrota” sino que está marcado por dos enormes victorias revolucionarias de las masas (la caída de Mubarak y la de Morsi). Ahora bien, toda revolución pasa por momentos de avance y retroceso. En toda revolución actúa inevitablemente la contrarrevolución. Pero en el caso de Egipto, la contrarrevolución aún se mueve en el marco de una revolución poderosa y en pleno desarrollo.

Es verdad que, tras la asunción del gobierno Al Sisi-Beblawi comenzó una situación defensiva y se evidenció una disminución de las luchas sociales. Según el Centro Egipcio para los Derechos Sociales y Económicos, en 2013 se dieron 2.486 protestas, que superaron a las 1.300 protestas sociales de 2011 pero fueron inferiores a las impresionantes 3.300 de 2012.

La mayoría de las protestas de 2013 se dio durante el gobierno de Morsi (2.243), hecho este que demuestra el odio generalizado que ese gobierno despertó en las masas. Después de la asunción del gobierno Al Sisi-Beblawi (julio a diciembre de 2013) se desarrollaron sólo 243 protestas, lo que indica un reflujo importante, un momento defensivo[2].

Pero lo más importante es determinar las causas de este reflujo y ver su profundidad. Muchos sectores de izquierda sostienen que la supuesta “derrota” o el “retroceso” de la revolución se debe, fundamentalmente, a que la cúpula militar, con el golpe, no sólo “volvió al poder” sino que aplicó una política de aplastamiento físico de la revolución, de represión generalizada y a mansalva contra todo el movimiento de masas, comparando el golpe militar en Egipto con los de Pinochet o Videla.

Pero los hechos fueron demostrando que esto no es así. En primer lugar porque la revolución continúa, con nuevos hechos que así lo demuestran y sobre los que nos detendremos enseguida. En segundo lugar, ante esta realidad, la política central del régimen militar para derrotar la revolución no es el enfrentamiento abierto, físico, con el movimiento de masas en su conjunto (aunque existan medidas bonapartistas) sino una política de engaño, de hacer concesiones democráticas y de utilización de los mecanismos de la democracia burguesa (referendo, elecciones, etc.).

Algunos podrían cuestionarnos: ¿y la represión y las masacres contra la HM? ¿Y la prisión de Morsi y la ilegalización de la HM? ¿Y las prisiones contra los activistas independientes del 6 de Abril o miembros de los Socialistas Revolucionarios (SR)?

Es verdad que el aparato de seguridad sigue reprimiendo, pero el carácter de la represión no es generalizado sino selectivo.

La represión más violenta de la dictadura se centra en la HM y, si bien le gustaría generalizarla a todo el movimiento de masas a partir de esa “campaña contra el terror”, se demuestra que no tiene condiciones, no tiene correlación de fuerzas para tal empresa, pues la situación revolucionaria abierta con la caída de Mubarak no se ha cerrado.
 
En este sentido, la destitución de Morsi y su encarcelamiento, así como la represión y la ilegalización de la HM, no pueden ser considerados como una “represión sangrienta contra la revolución” (a no ser que se considere a la HM como “parte de la revolución”) sino como concesiones que los militares se vieron obligados a hacer “para no perder los dedos”.

Cuando el régimen reprime a la HM, lo hace con un margen de aceptación que no tiene a la hora de reprimir a otros sectores. Al mismo tiempo, utiliza la represión a la HM para consolidarse, pues la prisión de Morsi y la represión a la HM tienen apoyo de sectores mayoritarios de las masas, justamente porque son odiados y fueron derrotados por el pueblo.

De ahí que el régimen militar pudo hacer masacres y proscribir a la HM casi sin reacción popular, salvo, obviamente, la que proviene de la propia HM.

Es evidente que la dictadura intenta utilizar la represión a la HM para extenderla a todo el pueblo, por ejemplo trata de acusar a todos los disidentes de “ayudar a los terroristas”, pero estas intenciones, al menos por el momento, no pudieron concretarlas.

Por eso, la represión que sufren los activistas independientes identificados con el “tercer campo” o aquellos sectores que salen a luchar, como veremos, no tiene punto de comparación con el grado de represión que el régimen ejerce contra la HM.

Por estos elementos, imposibilitado de ahogar en sangre a la revolución, los militares apuestan sus fichas a manipular las ilusiones democráticas de las masas. En ese sentido, impulsaron el referendo constitucional de enero de este año y preparan las elecciones presidenciales para el mes de abril, en la cual es casi un hecho la concurrencia del ahora mariscal Al Sisi.

Pero tampoco en este terreno las cosas marchan exactamente como gustarían los generales. En el referendo constitucional, el proyecto del gobierno superó la abultadísima marca de 98% de aprobación (algo muy común en una dictadura). Sin embargo, ese referendo tuvo una magra participación de 37% (sólo 4 puntos arriba del referendo que impulsó Morsi en diciembre de 2012), cuando los militares esperaban llegar a 80%[3]. Esto demostró que, si bien es innegable que amplios sectores de masas continúan confiando en los generales, ese respaldo comienza a ser cuestionado.

En síntesis, ante el hecho de que la revolución no fue derrotada (lo que no significa que no pueda pasar por situaciones defensivas), el régimen militar (el mismo desde 1952) no tiene condiciones de “aplastar” al movimiento en su conjunto (o al menos no ha optado por ello) sino que se juega a “desviar” el proceso a través del engaño (confianza en Al Sisi, “el salvador de la nación”) y el camino muerto de las elecciones burguesas.

El movimiento obrero entra en escena
 
Hace dos meses comenzaron a esbozarse ciertos elementos de cambio en la correlación de fuerzas, desfavorable para la revolución, que se manifestó durante el segundo semestre de 2013.

Este ascenso obrero, además, fue un factor importante en la renuncia del ex primer ministro Hazem el Beblawi y todo su gabinete, entre ellos Kamal Abu Eita, el ex presidente de la Federación Egipcia de Sindicatos Independientes (EFITU) que aceptó ser ministro de trabajo tras el golpe y ahora es visto como un colaborador del gobierno. La aceptación del gobierno de Beblawi, según encuestas, había caído por debajo de 25%[4].

Las luchas obreras comenzaron el 10 de febrero en el complejo industrial textil de Mahalla, donde trabajan más de 60.000 obreros y que es un emblema de la revolución. A esta huelga le antecedieron huelgas de los trabajadores del hierro y acero, en Alejandría y Suez[5].

En Mahalla, más de 20 mil obreros, sobre todo de las empresas de hilado y tejido Mirs y Helwan, exigieron el pago de una serie de bonificaciones atrasadas y el salario mínimo de 1.200 libras egipcias (170 dólares), siendo que muchos trabajadores ganan alrededor de 70 dólares. También lucharon por la destitución de Fouad Abdel-Alim, un odiado gerente del gobierno que administra las industrias de la zona. Entre sus banderas, también estaba la lucha contra los intentos de privatizar la empresa, que aún es estatal.

La dictadura, a pesar de sus amenazas, no pudo reprimir la huelga, se tuvo que tragar su “ley anti protestas” y, después de varias propuestas que eran rechazadas por los huelguistas, desembolsó 516 millones de libras egipcias para el pago de salarios y de las bonificaciones atrasadas. Los obreros de Mahalla, tras estas conquistas, suspendieron la huelga el 22 de febrero, pero dieron un “plazo” de 60 días para que el gobierno cumpla con las demás reivindicaciones de los trabajadores.

La lucha de Mahalla se fue extendiendo por el país y la bandera del salario mínimo de 1.200 libras egipcias se hizo nacional, unificando las luchas de diversos sectores de trabajadores. La cuestión es que el gobierno, con el fin de aplacar en parte el creciente descontento por la inflación, anunció el aumento de salario mínimo a 1.200 LE para un tercio de los funcionarios del Estado, promesa que no cumplió. Esto no sólo desató la furia de ese sector sino que estimuló a todos los demás sectores, públicos y privados, a exigir el mismo reajuste.

Por esta reivindicación se sucedieron huelgas de choferes en el sector del transporte público en El Cairo y Alejandría. Alrededor de 42.000 trabajadores pararon los 28 garajes de autobuses del Gran Cairo, lo cual obligó al soberbio Ejército a tener que “cubrir” este servicio. Exigían también importantes inversiones para renovar la obsoleta flota de autobuses, que provoca problemas de seguridad. El gobierno, en lugar de reprimir, tuvo que negociar y prometió invertir 15,2 millones de LE, pero los huelguistas juzgaron esa cantidad insuficiente y continuaron el paro hasta el 27 de febrero.

La huelga de conductores, que según el gobernador de El Cairo, Galal al-Saeed, costó a su gobierno 115.000 dólares por día[6], se cerró con una conquista parcial correspondiente a un aumento de 30 dólares. Pero el descontento continúa: “Nos prometieron un salario mínimo y ahora dicen que eso no se aplica a nuestra empresa”, se quejó el conductor Reda Abdel Kerim. “Los comercios ya han remarcado los precios, cuando el gobierno dijo que aumentaría los salarios. El gobierno nos engañó”, reclamó un huelguista[7].

Luego vinieron las huelgas de los correos, de los policías rasos y el sector de la salud, que paró por salarios, condiciones laborales y aumento del presupuesto para la sanidad. La huelga del “personal de blanco”, tuvo un acatamiento de 87%[8] y se configuró una amplia unidad entre médicos, enfermeras, dentistas, farmacéuticos, veterinarios, etc.

Para tener una idea de la magnitud del proceso, el Centro Egipcio para los Derechos Humanos ha registrado 54 huelgas y paralizaciones desde el inicio de 2014, que involucraron a alrededor de 100.000 trabajadores[9], lo cual no sólo es altamente positivo para el cambio del signo de la situación, sino por la entrada en escena de la clase obrera organizada en el proceso posterior a julio.

Para entender el descontento que existe “por abajo”, es interesante la declaración de Hoda Kamel, de la EFITU: “Durante los últimos seis meses, el pueblo estaba esperando a que este gobierno sea el gobierno de la revolución, como lo habían prometido (…) Pero cuando llegó enero, la gente se dio cuenta de que era un engaño, porque el salario mínimo era sólo para una parte muy pequeña de personas que trabajan en el gobierno, no para el sector privado o la mayoría de los trabajadores del gobierno”[10].

El descontento con el régimen y sus prioridades comienza a expresarse, dando un tono más político a las protestas: “¿Por qué el Ministerio del Interior recibe un alza del 30 por ciento, y [también] el Ejército”, se cuestionó Adel Sayed, un trabajador administrativo de la compañía de autobuses, citado por Financial Times. “¿Quiere decir que este país es sólo del Ejército y la policía?”[11]

La ola de huelgas obreras también tuvo la característica progresiva de haber pasado por encima de la dirección traidora ligada al régimen desde los tiempos de Mubarak, la Federación Egipcia de Sindicatos (EFTU), cuyo presidente, Gebaly al- Maraghy​, repetía a los trabajadores el discurso del gobierno: “Nuestra batalla es para aumentar la producción y combatir el terrorismo. Si no ganamos, se destruirá la totalidad de Egipto”[12].

Además, la lucha trajo consigo un incipiente proceso de reorganización y unidad sindical. Se conformó un nuevo comité coordinador de las luchas, que agrupó a trabajadores en huelga de nueve empresas y los representantes de las huelgas de los médicos, además de los miembros de los sindicatos independientes para la aviación civil, el correo y los ferrocarriles, etc.[13]

Ante esto, el gobierno de Beblawi –así como el nuevo primer ministro, Ibrahim Mehleb– demostró las limitaciones que tiene el régimen militar para reprimir a sectores distintos a la HM.

El gobierno simplemente no podía cercar las fábricas de Mahalla con el Ejército y masacrar a mil o dos mil obreros, como hizo con los campamentos de la HM en El Cairo, en agosto último. Una represión de esta naturaleza tendría consecuencias insospechables, pudiendo detonar un nuevo estallido contra el propio régimen, debido justamente al hecho de que la revolución continúa.

Por eso tuvieron que aplicar una política de negociación y de concesiones, al tiempo en que hacían llamados generales al “patriotismo” o frases de Mehleb del tipo: “Dejemos todo tipo de paralizaciones, protestas y huelgas. Empecemos la construcción de la nación”[14]. Al Sisi, el “hombre fuerte” del régimen, tuvo que decir que “entendía” los reclamos obreros, evitando chocar con este sector poco antes de las elecciones.

¡Construir una alternativa obrera e independiente contra la dictadura militar y contra la Hermandad!
 
1. La izquierda revolucionaria debe partir de que la revolución no ha sido “derrotada” sino que continuará, con sus flujos y reflujos, por un periodo prolongado. Esto es así porque los problemas estructurales que motivaron el inicio de la revolución, tanto los de cuño económico como las legítimas aspiraciones democráticas de las masas, no han sido ni podrán ser resueltos por la dictadura militar egipcia y sus gobiernos.

La situación económica, marcada por 30% de desempleo y 40% de la población sobreviviendo con un dólar por día, se agrava con el correr de los meses. Desde comienzos de año aumentaron los cortes de energía y escasea el combustible, situación particularmente irritante para las masas. Los millonarios préstamos y donaciones de las monarquías aliadas del Golfo sólo sirvieron para evitar el colapso financiero inmediato. El gobierno, en este marco, no podrá evitar profundizar el ataque, como establecer el fin del subsidio a los combustibles, una medida que estuvo en la base del descontento que derrocó a Morsi.

En este sentido, el engaño y la confusión que sucedieron a la usurpación que hizo la cúpula militar de la victoria popular que derrocó a Morsi, comienza a mostrar sus límites.

2. La ola de huelgas obreras, además de ser un hecho extremadamente progresivo para la revolución, augura nuevos enfrentamientos y crisis mayores, que encontrarán a los militares al frente del gobierno (lo que puede acelerar una experiencia de las masas con el mismo), sin muchos “fusibles” más y casi sin margen económico para satisfacer las demandas por las que el pueblo egipcio ya ha protagonizado dos grandes capítulos de su revolución.

3. Por estos elementos, es posible que la situación de reflujo abierta tras el golpe de julio comience a cambiar favorablemente para la clase obrera y el pueblo.

4. Sin embargo, es importante tener claro que el nivel de las luchas actuales aún no llegó al grado de colocar en riesgo al régimen, aunque el clima de “unidad nacional” inmediato al golpe comienza a agrietarse. Por otro lado, Al Sisi mantiene el apoyo de sectores de masas y es altamente probable que gane las elecciones. En este sentido, la ausencia de una dirección revolucionaria en el proceso es el principal flanco por el que ataca la contrarrevolución, tanto la representada por el gobierno como la representada por la Hermandad.

5. En este marco, es fundamental que todos los sectores que están protagonizando luchas contra el gobierno y el régimen militar, especialmente el movimiento obrero de Mahalla, los conductores, los trabajadores de la salud, los nuevos comités obreros que están surgiendo por sector, así como los miembros del Frente Camino de la Revolución y todo el “tercer campo” en general, discutan un plan de lucha nacional en un amplio encuentro intersectorial, y coordinen sus acciones para derrotar en las calles los planes económicos y represivos de Al Sisi y los generales egipcios.
 
Es necesario unificar las luchas económicas y democráticas, retomando la gran bandera de la revolución: “Pan, Libertad y Justicia Social”, y avanzar contra la política del gobierno títere de los militares y las acciones contrarrevolucionarias de la HM, que sigue reivindicando la vuelta del “Faraón” derrotado por el pueblo.
 
A partir de esta ubicación en el proceso revolucionario y con esta política, el movimiento obrero, con sus huelgas e incipiente reorganización, debe ponerse a la cabeza de la lucha contra la dictadura militar, mostrando el camino a los demás sectores explotados y oprimidos.

En ese marco, el movimiento obrero también debe encabezar los esfuerzos por construir una alternativa clasista contra el gobierno y la Hermandad para las próximas elecciones presidenciales.
 
En este proceso electoral será muy importante disputar la conciencia de los trabajadores y la vanguardia que derrocaron a Mubarak y a Morsi, presentando una alternativa independiente y postulando candidaturas de obreros y luchadores/as sociales identificados con la revolución, sobre todo aquellos que dirigen huelgas y enfrentan a la dictadura, en contra de la casi segura postulación de Al Sisi y cualquier otra expresión burguesa.

La bandera que unifica esta lucha es justamente ¡Ni militares ni Hermandad!, que es altamente positiva, pues expresa un rechazo a las que históricamente son las dos grandes fuerzas políticas contrarrevolucionarias en el país.

A esto se debe agregar la necesidad de luchar por una alternativa clasista y socialista con un programa de destrucción del régimen militar y por un gobierno obrero y popular, lo cual no significa otra cosa que levantar la necesidad imperiosa y vital de construir un partido revolucionario, obrero e internacionalista en Egipto.


[1] El Frente Camino de la Revolución nació en setiembre de 2013. Su eje es la lucha “contra los militares y la Hermandad Musulmana” y por las consignas clásicas de la revolución “Pan, Libertad y Justicia Social”. Está integrado por el Movimiento 6 de abril, los Socialistas Revolucionarios, Movimiento NO a los juicios militares, entre otros grupos e individuos de la vanguardia independiente que participó de las luchas contra Mubarak y Morsi.






[9] Ídem.





[14] www.foxnews.com/world/2014/03/02/egypt-new-prime-minister-urges-end-to-strikes-protests-says-it-time-for-work/

ANEXO

Una ola de protestas por un salario digno sacude al gobierno egipcio

Obreros del textil, médicos de la sanidad pública, conductores de autobuses y agentes de policía se ponen en huelgas

Ricard Gonzáles desde El Cairo

Una vez que las manifesaciones convocadas por la Hermandad Musulmana parecen haber perdido fuelle, las protestas de tipo laboral se han convertido en el principal dolor de cabeza del nuevo Gobierno egipcio. En las últimas semanas, han convergido las huelgas de obreros del textil, médicos de la sanidad pública, conductores de autobuses e incluso agentes de policía. Más allá de algunas reivindicaciones particulares, les une una demanda común: un salario digno. Su lucha se enmarca en un magmático movimiento de contestación sindical que se inició en 2006, y que consiguió situar las demandas de justicia social en el centro de la revolución que destronó al dictador Hosni Mubarak en 2011.

Sin duda, la más potente de las huelgas es la que ha tenido lugar en la ciudad de Mahalla, situada en el Delta del Nilo y considerada el corazón industrial de Egipto. Fue aquí donde se produjo el primer desafío serio al régimen de Mubarak, cuando el 6 de abril del 2008 centenares de trabajadores enfurecidos pisotearon carteles del raïs. Actualmente, esos mismos obreros han liderado un parón en el sector textil durante un par de semanas que abarca 13 empresas públicas y más de 45.000 empleados. Solo tras el compromiso de las autoridades de estudiar cómo satisfacer sus exigencias se ha suspendido la huelga de forma cautelar.

“Nuestras dos demandas principales son un aumento salarial y que sea cesado el responsable del conglomerado de empresas públicas textiles, Fuad Abdel Alim, por ineficiente y corrupto”, explica en una conversación telefónica Kamal al-Fayumi, un líder sindical de Mahalla. “El sueldo medio de los obreros es de unas 700 libras mensuales (73 euros), insuficiente para mantener una familia. Pedimos que se doble”, añade.

La situación es aún peor en el sector privado, menos receptivo a la presión sindical, sobre todo en un momento de crisis. En el textil, el sueldo medio se sitúa en unas 400 libras mensuales (42 euros), pero la mano de obra femenina puede llegar a recibir solo 150 libras (16 euros). De ahí que la aplicación de un salario mínimo y máximo dignos haya sido la principal demanda de los trabajadores egipcios desde hace más de una década.

“Los tres gobiernos que hemos tenido desde la revolución prometieron enseguida elevar el salario mínimo en el sector público. Sin embargo, ninguno lo ha hecho. El actual decretó un sueldo mínimo de 1.200 libras (126 euros), pero todavía no ha encontrado los fondos para aplicarlo”, explica Tamer Mowafy, investigador del Centro Egipcio para los Derechos Económicos y Sociales. Fue una demanda interpuesta por esta ONG la que consiguió que un juez ordenará en 2010 al Gobierno establecer un salario mínimo “justo”. “En teoría, los fondos deberían salir de la imposición un salario máximo en el sector público, pero los altos funcionarios se niegan en redondo a rebajar sus ingresos”, añade.

Ahora bien, el ejecutivo sí que ha hallado los recursos suficientes para augmentar un 30% la retribución de los policías. “El Gobierno asegura que la estos gestos están motivados por su sensibilidad social, pero en el fondo su objetivo es comprar la lealtad de una masa funcionarial que comprende entre 5 y 6 millones de personas”, explica Amr Adly, un profesor asistente de Economía Política en la Universidad de Stanford.

Los movimientos sindicales y sociales reclaman que el salario mínimo de 1.200 libras se aplique de veras y se extienda también al sector privado. No obstante, el Gobierno se niega hacerlo sin el consentimiento de las asociaciones empresariales, que sostienen que tal medida obligaría a cerrar muchas compañías. “Eso no es verdad. Siempre hemos dicho que seríamos flexibles. Las grandes empresas pueden asumirlos, y para las pequeñas, se podrían alargar plazos o hacer excepciones”, argumenta Mowafy.

“Pan, libertad y justicial social”, rezaba el eslogan más célebre durante la revuelta contra Mubarak. Y para muchos egipcios, una mejora de su nivel de vida era la demanda prioritaria de aquella revolución. Algo lógico si tenemos en cuenta que un 40% de la población vive con menos de 1,5 euros al día. “No ha habido ninguna mejora en la cuestión de la justicia social. Y la razón es que los dos principales actores políticos del país, la Hermandad y el Ejército, son muy conservadores y un cambio social no figura en su agenda”, lamenta Adly, que considera necesaria la formación de una alternativa política creíble de perfil progresista.

A pesar de esta carencia, sí hay propuestas concretas de reforma en al menos dos ámbitos: estructura impositiva y subsidios públicos. “Los impuestos sobre la renta no son realmente progresivos, como deberían. Y los subsidios, que consumen un tercio del presupuesto, se dedican a subvencionar materias primas para las grandes compañías del acero, los fertilizantes y el cemento. Así, sin apenas recursos, no es de extrañar que la sanidad y educación públicas sean muy deficientes”, denuncia Mowafy. Actualmente, el tipo máximo que aplica la hacienda egipcia es del 25% en un país donde, además, la evasión fiscal es una auténtica plaga.

La falta de cohesión entre los trabajadores de los diversos sectores económicos dificulta la eclosión de los sindicatos como un actor clave en la escena política egipcia. Ahora bien, el Ejército es muy consciente de que las fábricas fueron el embrión de la revuelta contra Mubarak. “Creo que la incapacidad de poner fin a la efervescencia sindical es una de las claves de la reciente dimisión en bloque del Gobierno de al Beblawi”, sostiene el politólogo Ibrahim Awad. Entre los ministros sustituidos en el nuevo gabinete se cuenta el de Trabajo, Kamal Abu Eita, un histórico líder sindical. Todo un reconocimiento por parte del régimen bajo tutela militar de que ha fracasado su intento de cooptar al movimiento sindical.