En la mañana del sábado 14 de agosto, las ciudades de Petit Trou de Nippes, Cayes y Jérémie, en el sudoeste de Haití, fueron los epicentros de un terremoto que alcanzó una magnitud de 7,2 en la Escala Ritcher, impactando, incluso, aunque con menor fuerza, los territorios de la República Dominicana (también en la Isla Española), de Jamaica y de Cuba, a kilómetros de distancia.

Por: Wilson Honório da Silva

Entre el primer informe de la Agencia de Protección Civil de Haití, expedido el sábado, y el último, publicado en el final de la tarde del domingo, hubo un enorme salto en el número de muertes: de 304 a 1.297. Además, hay relatos de casi 3.000 personas hospitalizadas y millares de desaparecidos y soterrados.

A pesar de haber alcanzado una región menos populosa que el sismo de 2010, la magnitud del terremoto del sábado fue 0,2 puntos superior a aquel que devastó el país, dejando más de 300.000 muertos, cerca de 500.000 heridos y un millón y medio de desamparados, muchos de ellos (como mínimo 32.000, según los rebajados datos oficiales) que, pasados 11 años, aún no tienen una casa donde vivir.

Se estima que, esta vez, hay cerca de 2,5 millones de personas viviendo en un radio de 80 km del epicentro. En 2010, el terremoto ocurrió en los alrededores de la capital Puerto Príncipe, donde más de 6,5 millones de personas residían en un área semejante.

Esto, de ninguna manera quiere decir que las pérdidas, el sufrimiento y la destrucción puedan ser minimizados. Principalmente porque el terremoto afectó el país más pobre de las Américas en un momento particularmente grave. “Precisamos ayudar a las personas más que después del terremoto anterior”, declaró el médico Floris Nesis a la Agencia Reuters, en la tarde del domingo, recordando que el desastre afectó a los haitianos en un momento de turbulencia económica, social y política que los torna más vulnerables que en 2010.

Para comenzar, en 2016, la mismísima región fue afectada por el huracán Matthew que mató a centenas y devastó la economía dejando, aún, millones de desamparados, una situación que solo empeoró con el paso del huracán Laura, en agosto del año pasado.

Además, el país se encuentra convulsionado desde el asesinato, en julio pasado, del odiado presidente Jovenal Moïse, que asumió poderes dictatoriales en el transcurso del año en que estuvo al frente del gobierno y, desde entonces, está siendo gobernado por el también ilegítimo Ariel Henry .

Y, obviamente, aún está la pandemia. Los números oficiales (19.000 infectados y cerca de 500 muertos, en un país con 11,3 millones de habitantes) son poco creíbles por todo el mundo, y la verdadera dimensión del problema puede ser dada por un único dato: las primeras dosis de vacuna solo llegaron al país el 14 de julio pasado.

No hay nada “natural” en los sufrimientos del pueblo haitiano

Lamentablemente, Haití generalmente solo gana destaque en los grandes medios cuando hay noticias sobre catástrofes, miseria y problemas. No obstante, nada de eso se debe al pueblo haitiano y ni siquiera a los persistentes desastres naturales que afectan la región.

El hecho es que el país paga, hasta hoy, un altísimo precio por haber osado hacer la primera Revolución Negra en la historia de las Américas cuando, a inicios de los años 1800, barrió, de un solo golpe, la esclavitud y la explotación colonial, como ya fue relatado en el excelente Los Jacobinos negros: Toussaint L”Ouverture y la revolución de Santo Domingo, escrito en 1938 por el trotskista C.L. R. James (y publicado, en el Brasil, por la Editora Boitempo). Desde entonces, el país ha sido blanco de sucesivos e incesantes ataques por parte de la burguesía y del imperialismo, sea en la forma de cobro de “indemnizaciones” y creación de una fraudulenta deuda externa, o de intervenciones militares y políticas.

La última de ellas, vale recordar, la Minustah (marcada por asesinatos, violaciones, diseminación de un brote de cólera, entre otras barbaridades) fue vergonzosamente comandada por los petistas (PT-Brasil), entre 2004 y 2017, en alianza con otros gobiernos tenidos como “progresistas”, como los de Bolivia, Chile y Uruguay, entonces gobernados, respectivamente por Evo Morales, Michelle Bachelet y Tabaré Vázquez.

Se suma a esto una detestable sucesión de gobiernos locales que sirvieron como felpudos para los intereses imperialistas, para igualmente lucrar con la superexplotación, imponiendo el terror a través de regímenes dictatoriales, generalmente apoyados en violentísimos escuadrones paramilitares; y es posible comprender por qué hoy, cerca de 60% de la población vive con menos de U$S 2 por día y Haití tenga uno de los menores Índices de Desarrollo Humano (IDH) del mundo: 0,51, en una escala que varía de cero (ningún desarrollo) hasta 1,0 (desarrollo total), lo que deja al país en la 170° posición entre los 189 países considerados (vale decir que, no por casualidad, las 19 naciones debajo de Haití se encuentran en África).

Por eso mismo, no es posible “responsabilizar” a la naturaleza por un capítulo más en la larga historia de aflicciones de nuestros hermanos y hermanas haitianos. Las muertes y la destrucción también están en la cuenta de un sistema en el cual la última de las prioridades es la vida humana, principalmente de los más pobres e históricamente marginados, como negros/as y pueblos originarios de los países periféricos.

La peor tragedia es la ganancia capitalista

Terremotos, maremotos y huracanes afectan el mundo en todo momento y no faltan ejemplos de que hay formas y tecnología de preverlos y amenizar sus efectos destructivos. Para esto, bastaría inversión. Y eso incluso dentro de una óptica capitalista. A título de comparación, es posible citar las declaraciones del profesor Robert Yeats, del Departamento de Geociencias de la Universidad de Oregon (EEUU) en 2010, cuando un terremoto de magnitud 8,8 afectó a Chile pocas semanas después del que devastó a Haití aquel año.

“Terremotos como Northridge, California, en 1994; Kobe, Japón, en 1995, e incluso el reciente enorme terremoto en Chile sesgaron un número significativo de vidas, pero muchos de los daños fueron confinados a edificios e infraestructuras. Hay otras ciudades en todo el mundo donde sismos semejantes podrían matar a un millón de personas, y matarán a menos que nos preparemos mejor para ellos”, declaró el profesor en un artículo en el portal de la universidad, el 8 de marzo de 2010.

La destrucción en el Valle de San Fernando, California, fue uno de los mayores que ya afectó un área urbana en la historia de los Estados Unidos. En la época, cerca de 1,5 millón de personas vivían en la región y el terremoto alcanzó la magnitud de 6,7, pero solo 57 personas murieron y cerca de 9.000 quedaron heridas.

En el Japón, el sismo (de magnitud 7,3) afectó la segunda mayor región urbana del país, donde vivían cerca de 11 millones de personas, provocó estragos en cerca de 240.000 casas, destruyó millares de predios y puentes, hirió a cerca de 30.000 personas, pero el número de muertes fue de un poco más de 6.000. En Chile, por su vez, a pesar de que el terremoto fue uno de los siete más poderosos ya registrados en el mundo y de haber alcanzado una región con cerca de un millón de habitantes, fueron registradas 795 muertes.

En la mayoría de estos casos, también la recuperación de la región y la reconstrucción de viviendas se dio con un ritmo completamente distinto del de Haití. Además, y tan importante como, la letalidad del desastre fue minimizada por providencias previas, como la existencia de alarmas que alertan a la población con preciosos minutos de antelación, o casas y predios construidos para enfrentar temblores, con sus esqueletos hechos de acero, capaz de balancearse con las ondas sísmicas (en lugar de “resistir” y despedazarse).

Esa es la diferencia entre las ya lamentables centenas de muertos en los países citados y las decenas o centenas de millares en el país caribeño, donde los sufrimientos se multiplican en la medida en que nada es hecho entre un desastre y otro. “Cuando miramos la arquitectura de Chile, por ejemplo, vemos edificios que tienen daños, pero no son completamente despedazados, como en Haití”, comparó Cameron Sinclair, director ejecutivo de la ONG Arquitectura para la Humanidad, en 2010.

Pero, el hecho es que, bajo el capitalismo, no hay ni habrá nunca proyectos que visen proteger el conjunto de la humanidad, y los llamados desastres naturaleza continuarán siendo más letales y destructivos en las regiones más pobres y donde los intereses capitalistas ven a la población solo como mano de obra más barata o fuente de extracción de recursos.

Toda solidaridad, ninguna intervención

Como informado en el inicio del artículo, aún es difícil prever el número total de muertos y la extensión de la destrucción. Con un agravante: está previsto que la misma región será afectada por la tempestad tropical Grace en esta semana, lo que tiende a dificultar aún más los trabajos de rescate y la vulnerabilidad de los que ya están desamparados.

De acuerdo con el informe de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), publicado el domingo 15/8, la expectativa inevitable es que los números aumenten, ya que hay registros de más de 700 edificios desmoronados, incluyendo hospitales y escuelas; por los menos 3.778 casas destruidas, y daños significativos en infraestructuras y carreteras.

Frente a esto, el gobierno de Henry hizo las protocolares declaraciones de preocupación y repitió las promesas vacías de sus antecesores, además de hacer una hipócrita “apelación al espíritu de solidaridad y compromiso de todos los haitianos”. Al mismo tiempo, el presidente Joe Biden y países de la Unión Europea hicieron pronunciamientos hablando del envío de “ayuda humanitaria” al país.

El problema, sin embargo, es que ellos se aprovechan de la situación para “justificar” una intervención más en el país, una amenaza que ya sobrevuela Haití desde hace meses, incluso antes de la muerte de Moïse, ya que el imperialismo considera el país un barril de pólvora donde la insatisfacción y la histórica rebeldía del pueblo pueden explotar en cualquier momento, poniendo en riesgo sus mezquinos intereses.

Pero el hecho es que este es el único camino para que el pueblo haitiano pueda construir un futuro para el país, un futuro socialista, donde los propios trabajadores administren los recursos naturales y las riquezas que producen y, así, puedan no solo protegerse en relación con las intemperies de la naturaleza sino también garantizar condiciones dignas de vivienda y de vida.

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Algunas verdades que no serán olvidadas sobre la Minustah.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 15/8/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.