Las imágenes de la estatua del tratante de esclavos Edward Colston siendo derribada, pintarrajeada y “estrangulada” por centenas de manifestantes, para luego ser arrojada al río en la ciudad portuaria británica de Bristol, permanecerán por mucho tiempo en nuestra memoria. La verdad es que una cosa así no tiene precio. Ese valiente acto colectivo marcó uno de los momentos más significativos de la enorme ola de protestas antirracistas que en escala internacional desató el brutal asesinato del afroestadounidense George Floyd.

Por: Daniel Sugasti

El justo ataque a la representación del antiguo negrero abrió una polémica sobre el carácter político de la llamada memoria histórica. Colston [1636-1721] era poco menos que un santo en Bristol. En el siglo XVI se enriqueció traficando africanos que luego serían vendidos como esclavos en las Américas. El buen rumbo de sus negocios le valió un asiento en el Parlamento británico, además de permitirle actuar como filántropo en su ciudad natal. La burguesía local, conocedora de que su prosperidad devino en buena medida del comercio de esclavos, decidió eternizar la figura de Colston no solo con aquella estatua sino dándole su nombre a por lo menos veinte calles, escuelas, edificios, etcétera.

Momento en que una de las estatuas de Colston en Bristol es arrojada al río, en junio pasado.

Si todavía cabe alguna duda acerca de cómo la burguesía se toma muy en serio la lucha ideológica –y esto incluye la relación entre simbología y memoria histórica–, puede ser aleccionador hacer un repaso de lo pasó después que el movimiento antirracista se ensañase con el monumento de Colston. Sin perder tiempo, la alcaldía rescató la estatua del fondo del río y, según las noticias, será restaurada para luego exhibirla en un museo.

Pero el caso de este tira y afloja sobre la simbología entre los opresores y los oprimidos no terminó ahí. Tuvo un nuevo episodio cuando la escultura de una activista negra con el puño levantado apareció en el mismo lugar de la del derribado Colston. La estatua representa a la joven Jen Reid (vecina de la ciudad) y fue creada por el artista británico Marc Quinn, que llamó a su obra “A Surge of Power” (una ola de poder). El trabajo y la instalación se hicieron en completo sigilo, tomando a las autoridades locales por sorpresa. Así, la ciudad amaneció el último 15 de julio con una nueva estatua erguida, que a sus pies tenía una placa con la inscripción: “Black lives still matter” (“las vidas negras siguen importando”). Un bello contraataque del movimiento antirracista.

Quinn concibió la escultura como una “instalación temporal”, quizá porque sabía que la exposición no podía durar mucho. En efecto, el Ayuntamiento retiró la estatua en menos de 24 horas, alegando la obviedad de que Quinn no tenía autorización. Sin embargo, acusaron el golpe. El alcalde de Bristol tampoco se atrevió a devolver el monumento de Colston a su antiguo lugar, limitándose a decir que abriría un debate sobre el racismo y la memoria histórica. Por otra parte, anunció que la obra de Quinn sería llevada a un museo para que su autor “la recoja o la done” a la colección municipal.

La activista Jen Reid permaneció junto a su estatua manteniendo el puño en alto. “Es algo jodidamente valiente, eso es lo que es”, expresó. El momento más intenso de la mañana, según cuenta, fue “ver a los niños ponerse junto a mí y levantar los puños. Niños blancos y negros, todos juntos”. Por su parte, el artista declaró que “Jen creó la escultura cuando se subió al pedestal y levantó el brazo”. Ahora, “hemos cristalizado eso”.

El pasado esclavista del Reino Unido

Lo que el movimiento antirracista puso en cuestión cuando atacó no solo las estatuas de tratantes de esclavos sino del propio Churchill es el “intocable” pasado colonialista y esclavista del Reino Unido.

Cuando pensamos en el comercio de esclavos africanos entre los siglos XIV y XIX, es común pensar en los reinos de Portugal o España y en sus antiguas posesiones coloniales. Eso tiene sentido. Si tomamos como criterio, por ejemplo, el destino de los esclavos negros, se sabe que aproximadamente 38% desembarcaron en la América portuguesa y 18% en la hispánica. Cuando se piensa en Inglaterra, es común asociar la idea con las presiones de ese país para abolir el tráfico de esclavos y la esclavitud misma en el siglo XIX, cuando la explotación del trabajo “libre” se mostraba claramente más rentable.

Pero lo cierto es que el Reino Unido es un imperialismo que se construyó –como los demás – sobre la base del colonialismo y el conocido “comercio triangular” de esclavos, negocio con el que alcanzó una posición importante hasta el siglo XVIII.

El tráfico británico comenzó en 1562, por medio de los viajes del famoso corsario John Hawkins, que luego sería nombrado caballero por la reina Isabel I como retribución a los buenos dividendos conseguidos. En 1625, los ingleses tomaron posesión de Barbados, en nombre de Jacobo I. Treinta años más tarde, arrebataron Jamaica a los colonos españoles. En 1660 se fundó en Inglaterra la Real Compañía de Aventureros de Comercio con África. El propio rey otorgó la patente para que sus barcos pudieran comerciar en la costa occidental africana y erigir fortines. La condición: ceder a la Corona la mitad de las ganancias. En 1672, la empresa se reestructuró y asumió el nombre de Real Compañía Africana (RAC, por sus siglas en inglés). Ahora, además de traficar africanos y construir fortines, podía establecer “factorías” (espacios donde se retenía a los esclavos antes de embarcar), empleando sus propios soldados.

En el siglo XVI, Colston era subdirector de la RAC, que en ese tiempo monopolizaba el comercio de esclavos. El director era nada menos que el hermano del rey Carlos II, luego rey Jacobo II. Se estima que más de 84.000 cautivos fueron traficados en los barcos del “hijo ilustre de Bristol”. Las horrendas condiciones de la travesía costaron la vida de entre 10% y 20% de los cautivos. A los sobrevivientes les esperaba una vida de trabajos forzosos y torturas.

A finales de ese siglo, otros tratantes se involucraron en el tráfico de esclavos, aunque debían pagar a la RAC un impuesto de 10% de todas sus exportaciones desde África. El aumento de las actividades hizo que en el siglo XVIII el comercio de esclavos ocupara un lugar importante en la economía británica.

De hecho, tanto el tráfico de esclavos como el esclavismo contribuyeron enormemente para la acumulación originaria de capital que desembocaría en la consolidación del capitalismo en la Europa occidental. La trata de africanos enriqueció no solo a los traficantes –europeos y sus socios africanos– sino también a los dueños de minas y plantaciones en las Américas, a los banqueros que financiaban las expediciones, e incluso a los primeros industriales, que dependían de las materias primas importadas desde zonas colonizadas y donde imperaba el trabajo esclavo.

La cantidad de esclavos traficados por la “civilizada” burguesía inglesa fue alta. Se estima que en 1807, año en que este tráfico se ilegalizó en Gran Bretaña, más de tres millones de africanos habrían sido transportados por barcos de esta bandera hacia las Américas. El total del tráfico por el Atlántico fue de aproximadamente doce millones.

Navio negrero, de Johann Moritz Rugenda (1802-1858)

Lo cierto es que el comercio triangular fue clave en la creación de la economía mundial dominada por los europeos. Los países que dominaron el tráfico experimentaron un crecimiento material impresionante, producto de la succión de recursos y el robo de la mano de obra de las áreas colonizadas. El caso de Gran Bretaña no fue diferente. El monto de su comercio exterior pasó de diez a cuarenta millones de libras durante el siglo XVIII.

Este es el pasado que está en disputa, bañado en sangre de millones de africanos y decenas de pueblos colonizados. Esta disputa se expresa de varias maneras: el “duelo de estatuas” de Bristol es una de ellas. Su impacto ha sido un logro importante del amplio movimiento Black Lives Matters en EEUU, el Reino Unido, y muchos otros países. Un ejemplo de lucha directa que debemos seguir.