En un año, la pandemia de Covid-19 ya mató a casi tres millones de personas en el mundo, siendo alrededor de 350.000 de ellas en el Brasil, que, hoy, carga la vergonzosa marca de responder por un tercio de las muertes diarias causadas por el coronavirus. Mientras tanto, como si no bastase vivir en luto permanente, la crisis socioeconómica avanzó a pasos agigantados, dejando como rastro un número cada vez mayor de desempleados, de gente pasando hambre o viviendo en la más absoluta miseria.

Por Wilson Honório da Silva, de la Secretaría de Formación del PSTU Brasil

Durante todo este período, escuchamos la misma cantilena en todo el mundo: no hay dinero para vacunación en masa; no hay cómo construir más hospitales, aumentar los lechos de terapia intensiva, comprar insumo y respiradores; es imposible promover un “lockdown” total, garantizando ingresos dignos para todos. Al final, dicen ellos, es preciso “preservar la salud de la economía” para que el mundo no entre en colapso.

Con todo, solo hay verdad en un lado de esta historia. Por detrás del sufrimiento hay un puñado de gente riendo a carcajadas y festejando ganancias astronómicas. Por detrás de los gobernantes y parlamentarios que han contribuido para esta tragedia sin fin, hay quienes realmente dictan las reglas de un juego donde solo ellos pueden ganar. Por detrás de las muertes y pérdidas de millones, existe un puñado de banqueros, empresarios y latifundistas que han lucrado más que nunca.

Un puñadito de multimillonarios que, aquí y en el mundo, duplicaron o triplicaron sus fortunas durante la pandemia, acumulando, literalmente, billones de dólares. Dinero que sería más que suficiente no solo para el combate al coronavirus, como también para erradicar el hambre y el desempleo en el mundo. Fortunas incalculables acumuladas con una ganancia genocida abominable, que se hace más evidente cuando se sabe que uno de los sectores que más ganaron durante la pandemia está vinculado a la salud privada.

Dos mil multimillonarios valen 73 billones de reales

Según artículo publicado por la revista Forbes el 6 de abril, la lamentablemente famosa lista de los mayores multimillonarios del mundo bate un récord este año: exactas 2.755 personas tienen un patrimonio mayor a U$S 1.000 millones (el equivalente a R$ 5,6 mil millones). Ese número significa que durante 2020 (o sea, en plena pandemia) 660 personas fueron agregadas a la lista de los multimillonarios.

Pero esto ni es todo ni es lo peor. Juntos, ellos acumulan nada menos que U$S 13,1 billones; o sea, R$ 73,3 billones. Un valor diez veces mayor que todo el Producto Interno Bruto (PIB) del Brasil que, en 2020, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE), fue de R$ 7,4 billones. Y más: en la lista anterior, la suma de los bienes de esos multimillonarios era de U$S 8 billones (R$ 44,8 billones); o sea, durante la pandemia, las fortunas de los súper ricos casi duplicaron, con un aumento de casi U$S 5,1 billones.

En el tope de la lista (por cuarta vez consecutiva) está Jeff Bezos, dueño de la red online Amazon y del diario The Washington Post, con una fortuna calculada en U$S 177.000 millones (R$ 990.000 millones). El segundo es el sudafricano, radicado en los EEUU, Elon Musk, presidente de la Tesla Motors, empresa automotriz y de almacenamiento de energía, que saltó de la 31ª colocación al sumar nada menos que U$S 126,4 mil millones a su fortuna, acumulando U$S 151.000 millones (cerca de R$ 845.000 millones).

El tercero, y particularmente ejemplar de que a la burguesía no le importa el sufrimiento de la población mundial, cuidando solo de sus intereses mezquinos y fútiles, es Bernard Arnault, presidente de la compañía de artículos de lujo LVMH, dueña de marcas como Louis Vuitton, Christian Dior y Sephora y, más recientemente, de la joyería Tiffany’s, que duplicó su fortuna, llegando a U$S 150.000 millones, buena parte a través de la especulación financiera y la valorización de las acciones.

Los “top 5” se completan con dos hombres que hicieron fortuna con la computación y los medios digitales: el fundador de la Microsoft, Bill Gates (4° lugar, con U$S 124.000 millones), seguido por Mark Zuckerberg, líder de Facebook, con U$S 94.000 millones.

Entre las mujeres, que son 328 entre los 2.755 súper ricos, las más adineradas son la norteamericana Miriam Adelson, que heredó de su marido un complejo de casinos en Nevada, con una fortuna de U$S 38,2 mil millones; la francesa Francoise Bettencourt Meyers, heredera del imperio de cosméticos L’Óreal (U$S 24,7 mil millones), y Alice Walton (U$S 61,8 mil millones), una de las herederas de la minorista Walmart.

Prueba incuestionable de que no hay nada de “comunista” en China y, sí, una dictadura capitalista al servicio de la superexplotación de la clase obrera, el país asiático (incluyendo a Hong Kong) fue el que más acumuló nuevos multimillonarios en 2020 (210), siendo responsable por 724 miembros de la lista; seguido por los Estados Unidos, con 626 multimillonarios.

Pero, la gananciosa burguesía del Brasil, uno de los países con el mayor índice de desigualdad socioeconómica del mundo, no podía quedarse atrás. El Brasil quedó 7° en la colocación en el ranking de países que más adicionaron multimillonarios a su población en 2020, con un crecimiento de 20 nuevos súper ricos.

En la lista anterior, eran 45. Ahora, son 65, que, juntos, durante la pandemia, vieron saltar sus fortunas de U$S 127,1 mil millones a U$S 219,1 mil millones. Un salto de 71%, equivalente a R$ 477,15 mil millones, lo que hace que, hoy, ellos acumulen nada menos que R$ 1,2 billones.

Y como nuestra burguesía, desde siempre, no tiene nada de “nacionalista’, parte de esa fortuna está en el exterior, donde muchos de ellos residen, comenzando por los que están en el tope de la lista: Jorge Paulo Lemann y Carlos Alberto Sicupira (del grupo Ambev), que viven en Suiza, y Antonio Luiz Seabra cofundador de Natura, que tiene domicilio en el Reino Unido.

Una burguesía parásita

Jorge Paulo Lemann.

Y para que se entienda lo que queremos decir con “festejando sobre cajones”, baste decir que, tanto aquí en el Brasil como en el exterior, el perfil de estos multimillonarios refleja características centrales del capitalismo y su clase dominante: la especulación financiera, el carácter improductivo, y el lucro acumulado sin compasión ni piedad, a partir del sufrimiento impuesto a millones. Al final, no es una coincidencia que la mayoría de los súper ricos actúe como banqueros o, exactamente en el año de la pandemia, esté compuesta por dueños de hospitales y laboratorios farmacéuticos.

Aquí, tres de cada cinco mayores fortunas están ligadas a la Anheuser-Busch InBev (AB Inbev), multinacional de bebidas formada en 2004 por la fusión de la empresa belga Interbrew con la brasileña Ambev: Jorge Paulo Lemann y familia (primero en la lista brasileña, 114° en la mundial, con una fortuna de U$S 16,9 mil millones), Marcel Herrmann Telles (U$S 11,5 mil millones) y Carlos Alberto Sicupira y familia (U$S 8,7 mil millones).

A pesar de que algunos hayan caído en el “ranking”, en función del cierre de los bares, los miembros de este grupo (dueños de la 3G Capital) garantizaron sus ganancias apoyados en sus múltiples negocios, que incluyen inversiones en empresas (como las Lojas Americanas Telemar, Gafisa) y redes alimentarias, como Burger King y Heinz.

Otras grandes fortunas están en manos de multimillonarios actuando en sectores igualmente beneficiados por las situaciones creadas durante la pandemia, en el mercado financiero o en empresas distantes del llamado “sector productivo”.

Ejemplo de eso es Eduardo Saverin (segundo en la lista brasileña y 140°, en la mundial), uno de los fundadores de Facebook y creador de la B Capital, que actúa con medios digitales y en la inversión de “startups” (las llamadas “empresas emergentes” o “emprendedoras”), acumulando un patrimonio de R$ 81,75 mil millones. Otro ejemplo es Vick Safra, viuda del banquero Joseph Safra, que también vive en Suiza, y, sola, tiene un patrimonio de R$ 41,42 mil millones (mil millones menos que el monto acumulado por los demás herederos).

También merece destacarse a Luiza Trajano, dueña de la Magazine Luiza, que, ahora, perdió el puesto de mujer más rica del Brasil para la propietaria de la Amil. Dueña de un patrimonio de R$ 30,5 mil millones, Trajano ya fue propuesta como candidata a vice en una posible lista petista en 2022 y su proyecto de amplia, amplísima, unidad nacional. “Yo creo [que es] una súper lista: Haddad/Luiza Trajano (…). Precisamos reconectarnos con el empresariado que tiene relación con el mercado interno y con el elector de centro, para formar mayoría, ganar y gobernar”, declaró Washingron Quaquá, presidente del PT carioca, en entrevista al diario O Estado de S. Paulo, el 4 de febrero pasado.

Luiza Trajano, dueña de las Tiendas Magazine Luiza.

Además de estos, entre los brasileños hay nombres como Rubens Menin Teixeira, de la constructora MRV; los miembros de la familia Feffer, controladora de la gigante de celulosa Suzano; David Vélez, presidente de Nubank, especializada en servicios financieros y en la operación de tarjetas de crédito, y Annie Marie Werninghaus, accionista de la fabricante de motores WEG.

En el Brasil, ganancias bañadas en dolor y sangre

El 5 de febrero de 2021, el portal de la Forbes Brasil publicó un artículo cuyo título sintetiza cuánto, además de parásita, la burguesía brasileña es también carnicera: “Multimillonarios brasileños del área de la salud son los que más ganaron dinero durante la pandemia”.

Fue explotando la desgracia ajena que los empresarios del sector de la salud privada vieron crecer sus fortunas en R$ 78.000 millones. Un lamentable contrapunto para las centenas de millares de muertos, para las millones de personas enfermas, para el colapso de la red hospitalaria, para todos aquellos que murieron esperando una vacante en terapia intensiva o por falta de insumos y, también, para el esfuerzo sobrehumano de los profesionales de la salud, trabajando bajo pésimas condiciones y recibiendo salarios humillantes.

En la cima de esta lista de buitres está la familia de Jorge Moll Filho, cuya fortuna creció 550%, yendo de U$S 2.000 millones en abril de 2020 a U$S 13 mil millones en enero de 2021 (R$ 11,3 mil millones y R$ 63,9 mil millones, respectivamente). Moll Filho, que es dueño de la red de hospitales privados D’Or São Luiz y del grupo de laboratorios Labs, quintuplicó su riqueza a través de la abertura de la venta pública de acciones en las bolsas de valores y saltó de la 16° posición del “ranking” de multimillonarios brasileños de la Forbes para la tercera.

El mismo camino que llevó a Dulce Pugliese de Godoy Bueno a tornarse la mujer más rica del Brasil (con una fortuna que pasó de R$ 19,7 para R$ 34 mil millones, una valorización de 82,85%) e hizo que su hijastro, Pedro de Godoy Bueno, se tornase, a los 30 años, el más joven multimillonario brasileño, casi triplicando su fortuna en 2020 (de R$ 6,2 para R$ 17.000 millones). La familia es dueña del plan de salud Amil, de la Red Ímpar de hospitales, y de la red Dasa, que controla 34 laboratorios de diagnósticos (como el Delboni Auriemo, Lavoisier, Altra, Salomão Zoppi, Sérgio Franco y Bronstein), con 700 unidades de atendimiento, que llenaron los tubos de dinero durante la pandemia.

Por su parte, Candido Pinheiro Koren de Lima, presidente de Grupo Hapvida y mayor operador de planes de salud del Norte y el Nordeste brasileños (y el tercero mayor del país en beneficiarios), que tuvo su patrimonio valorizado en 175%, saltando de U$S 1,6 mil millones en abril de 2020 a U$S 4,4 mil millones en enero de 2021.

La desproporción de estos números no es flagrante solo en relación con la crisis sanitaria. Como se destaca en el artículo de la Forbes Brasil, la “valorización del patrimonio líquido de los multimillonarios del área de la salud fue astronómicamente superior”, incluso comparado con la de los demás súper ricos: “en números, la media de las fortunas de los 53 miembros brasileños de la lista de los más ricos del mundo saltó de U$S 2,28 mil millones a U$S 3,53 mil millones, una valorización de 54,82%, en menos de un año. A su vez, el corte del patrimonio líquido de los multimillonarios del área de la salud muestra que el valor medio salió de U$S 1,64 mil millones en 2020 para U$S 3,85 en 2021, crecimiento de 134,76%, 80% más que la media general”.

Un nuevo millonario cada 17 horas. 13.000 muertos por Covid y 2.600 de hambre por día

El reportaje de la Forbes también reveló que, durante la pandemia, hubo un récord en el número de personas que aparecen por primera vez en el “ranking” global, cruzando la línea de lo que podría ser llamado “riqueza extrema”. Fueron 493 nuevos multimillonarios, lo que equivale a un nuevo súper rico cada 17 horas.

Mientras tanto, según el portal “Worldmeter”, especializado en estadísticas globales actualizadas diariamente, solamente el 9 de abril, cerca de 2.600 personas murieron de hambre y exactas 13.268 vidas fueron sesgadas por el coronavirus. Una situación que, particularmente en relación con la miseria y el hambre, solo tiende a empeorar en la huella de las consecuencias socioeconómicas de la pandemia y con la profundización de la crisis del capitalismo.

El 9 de julio de 2020, el diario británico The Guardian notició un informe de la ONG Oxfam, que preveía que “millones de personas están siendo empujadas al hambre por la pandemia de coronavirus, lo que puede acabar matando a más personas por falta de alimentos que por la propia enfermedad”. Algo que solo no se comprobó enteramente en función de la falta de interés genocida de los gobernantes mundiales, que llevó al descontrol sobre la pandemia. Lo que, de forma alguna, significa que el hambre no esté aumentando y matando a millones en todo el mudo.

En la última edición de Opinião Socialista, informamos que, según un relevamiento hecho en diciembre de 2020 por la Red Brasileña de Pesquisa en Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional (Red Penssan), 19 millones de brasileños pasaron hambre el año pasado, y que 116,8 millones sufrían algún tipo de inseguridad alimentaria (o sea, no tenían lo suficiente para alimentarse adecuadamente), correspondiendo a 55,2% de los domicilios brasileños.

Como también fue destacado en el periódico del PSTU, ese período coincidió con la reducción a la mitad del auxilio de emergencia de R$ 600 (R$ 1.200 para madres jefes de familia), aunque el valor inicial ni de lejos fuese suficiente para combatir el problema, ya que 28% de los domicilios que recibieron el auxilio vivieron inseguridad alimentaria “grave”, y otro 37,6%, “leve”.

Según una investigación hecha por el portal “Poder 360” y publicada el 1/4/2021, 36% de los brasileños dicen haber pasado hambre o comido menos durante la pandemia, un índice compuesto por la suma del porcentaje de los que dicen haber dejado de hacer entremeses (7%) con los que pasaron a comer menos que de costumbre (29%), lo que equivale a 14,9 millones de personas.

Una triste realidad que, con todo, no es exclusividad del Brasil. De acuerdo con un artículo publicado el 21 de marzo en el portal del Programa Alimentario Mundial de las Naciones Unidas, alrededor del mundo, antes de la pandemia de Covid-19, ya había cerca de 135 millones de personas enfrentando una grave inseguridad alimentaria y ya se esperaba que ese número se duplicase en el transcurso de 2020.

Algunos de los países más afectados por esta calamidad eran Yemen, República Democrática del Congo, Venezuela, Sahel del África Occidental Etiopía, Sudán, Sudán del Sur, Siria y Haití. Pero esto está lejos de restringirse a los países de la periferia del capitalismo. De acuerdo con el diario The Washington Post (6/1/2021), un censo nacional realizado en los Estados Unidos en noviembre pasado, reveló que cerca de 26 millones de norteamericanos (que totalizan una población de 329 millones) afirmaron no tener lo suficiente para comer.

Allá, donde la política igualmente genocida del mejor amigo de Bolsonaro, Donald Trump, hizo que el país acumulase 550.000 muertos por Covid, el hambre se está extendiendo. Según el boletín “El Impacto del Coronavirus en la Inseguridad Alimentaria en 2020 y 2021”, publicado por la ONG “Feeding America” (“Alimentando a los Estados Unidos”), la estimativa es que en 2021, “42 millones de personas (1 de cada 8), incluyendo 13 millones de niños (1 de cada 6), puedan experimentar inseguridad alimentaria”.

En la llamada “mayor democracia del mundo” se repite la misma historia que vemos aquí, donde se alimenta la igualmente ilusoria y falsa “democracia radical”: “Las significativas disparidades raciales en cuanto a la inseguridad alimentaria que existían antes del Covid-19 permanecen en la huella de la pandemia”. La estimativa es que, en el transcurso del año, “21% de los individuos negros (1 de cada 5) puedan sufrir inseguridad alimentaria, en comparación con 11% de los individuos blancos (1 de cada 9)”.

Aún según el Programa Alimentario Mundial de las Naciones Unidas, hoy, ya hay cerca de 34 millones de habitantes en el planeta que están, literalmente, al borde de morir de hambre caso no se tome ninguna medida inmediatamente, lo que exigiría la inversión anual, urgente, de 5,5 mil millones de dólares (o algo alrededor de R$ 30.000 millones).

Números que pueden parecer absurdos y “de otro mundo” para la mayoría de nosotros. Pero que se tornan simplemente odiosos, considerando que este dineral todo es intercambiado en manos de dos mil y tantos multimillonarios citados arriba y sus R$ 73 billones. Un número aún más inaceptable cuando se lo compara con la pérdida de ingresos de la enorme mayoría de la población mundial.

Los “de arriba” se enriquecen, los “de abajo” pierden empleo e ingresos

Como publicado en el site de la Liga Internacional de los Trabajadores (LIT-CI), el 24/3/2021, en el artículo “Desempleo, flagelo del capitalismo”, “según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el desempleo mundial antes de la pandemia era de 187,7 millones, en 2019, en sí un número escandaloso, que se agravó con (…) la pandemia de Covid-19, arrastrando consecuencias como la recesión económica mundial, llegando a 190,3 millones de desempleados en 2020”. Una tasa que, en 2021, crecerá en 5,5%, saltando para 193,7 millones de desempleados.

Y esto aún no es todo. Al lado de los 187,7 millones de desempleados, hay 165 millones de subempleados (personas que trabajan menos horas remuneradas que lo deseado) y 199 millones que simplemente dejaron de buscar empleo.

Como informado por la BBC News Brasil, el 11/10/2020, sobre la base de datos divulgados por el Banco Mundial, en un artículo titulado “Los cálculos prevén 115 millones más de personas en la miseria en el mundo, mientras la fortuna de multimillonarios creció 27%”, que anuncia que este número, en 2021, podrá crecer para 150 millones. Y esto considerando el absurdo criterio internacional para la definición de “extrema pobreza”: una renta diaria de hasta U$S 1,9 (cerca de R$ 10).

En 2020, las mayores pérdidas de empleo fueron registradas en las Américas (10,3%), particularmente en América Latina, donde, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la pandemia está causando un aumento sin precedentes en los niveles de pobreza.

En el informe “Panorama Social de América Latina 2020”, divulgado en marzo de 2021, el año pasado América Latina registró 22 millones de nuevos pobres, totalizando 209 millones de individuos en situación de pobreza. De estos, 78 millones (12,5% de la población total) están en extrema pobreza, 8 millones más que en 2019, los números más altos desde 2008 y particularmente elevados entre las mujeres, que han sido las más afectadas por la crisis.

Aquí, en el Brasil, como en el resto del mundo, el desempleo viene acompañado de aumento de la miseria. Según la Fundación Getúlio Vargas (FGV), durante la pandemia, cerca de 18 millones de personas pasaron a vivir por debajo de la línea de pobreza. En agosto de 2020, eran 9,5 millones (4,5% de la población). En febrero de 2021, se contabilizaban 27,2 millones de hambrientos (12,8% de la población), y vale recordar que el concepto de “pobreza” en estas investigaciones, en realidad definen la propia miseria: para ellos, “pobre” es quien sobrevive con hasta R$ 246 por mes; o sea, poco más de R$ 8 por día.

Aún según la FGV, solamente en el primer trimestre de la pandemia, la renta individual del trabajo del brasileño tuvo una caída media de 20,1%. Y, como ocurre en relación con todos los demás datos relativos a la desigualdad socioeconómica en el Brasil (incluso los números relativos a las muertes por Covid e índice sobre el hambre), las mayores caídas fueron registradas entre los no blancos, los no alfabetizados y los más jóvenes.

Para poner fin a la ganancia es preciso sacarles el poder

Como vimos, los 2.755 súper ricos acumularon sus R$ 73 billones no solo en medio de la mayor crisis sanitaria de la historia, sino también cuando el capitalismo atraviesa su mayor crisis desde los años 1930. Prueba de que no estamos, de forma alguna, en el “mismo barco”. El nuestro está apiñado de dolor y sufrimiento, tal cual los “tumbeiros” [buques negreros que transportaban esclavos, ndt.] de la época de la esclavitud. El de ellos es un yate de lujo, navegando alegremente en un océano de dinero.

Es la prueba contundente de que ellos “no están ni ahí” [no les importa], y que, para aumentar aún más sus fortunas, la burguesía amplía aún más el abismo entre los pobres y un plato de comida decente. En el mismo período en que duplicaron, triplicaron y hasta quintuplicaron sus fortunas, también hubo un aumento astronómico de precios, principalmente de alimentos y bebidas (algunos de los sectores que más ganaron en 2020), cuyos precios subieron en media 15% en el último año, casi tres veces la inflación oficial, que alcanzó 5,2%, conforme el Índice Nacional de Precios al Consumidor Amplio (IPCA).

Aumentos que afectaron principalmente los productos de la canasta básica, como el arroz, que subió 70% en los últimos 12 meses, el “feijão” [frijol] negro (50%), la batata [papa] inglesa (47%), la cebolla (69%), el limón (79%).

Frente a todo esto, no hay solución “emparchada”. No hay reforma posible. No hay cómo conciliar los intereses de un puñado de 1% de seres deshumanos con las necesidades extremas de 99% de la humanidad. Sea en una “unidad nacional”, como quieren las direcciones del PT, del PSOL, del PCdoB, etc., construida en un muy distante 2022 y en un proceso electoral de cartas marcadas; sea, mucho menos, subordinándose al capital extranjero, al imperialismo mundial, a los banqueros, latifundistas, y a la patronal de conjunto.

El abismo cavado por la burguesía no puede ser remendado. Es preciso destruirlo por completo. Y, para esto, es preciso que los trabajadores y las trabajadoras, el pueblo pobre y oprimido retomen en sus manos las riquezas que ellos mismos producen. Por eso, el PSTU defiende la necesidad de la expropiación de los grandes grupos nacionales y extranjeros –industria, comercio, latifundios y servicios–, la expropiación de los bancos y la centralización de todo el sistema financiero en un único banco nacional.

Además, es necesario que se suspenda el pago de la deuda pública, que se ponga un final a la indecente zaranda de la especulación financiera y las privatizaciones, reestatizando las empresas privatizadas, acabando con los subsidios y exenciones fiscales que benefician aún más a los súper ricos.

No obstante, eso solo significaría sentar las bases para acabar con la enorme desigualdad socioeconómica en que vivimos. La construcción de un mundo nuevo solo será posible cuando los trabajadores asuman el control de la economía y, así, puedan definir el destino de la humanidad, arrancándola de la barbarie vigente. Algo que solo será posible con un gobierno socialista de los trabajadores, basado en la movilización popular y en consejos populares electos democráticamente.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 11/4/2021.-

Traducción: Natalia Estrada.