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TEORÍA

El régimen de Putin y la consolidación de un nuevo Estado imperialista en Rusia

Florence Oppen

enero 8, 2026

Introducción

Rusia es un Estado imperialista resultado de un desarrollo industrial desigual. El capital monopolista ruso depende desproporcionadamente de su aparato militar para ejercer su dominio en determinadas regiones y zonas fuera de sus fronteras. Hoy no tiene capacidad para disputar la hegemonía estadounidense a escala mundial. La economía de la Federación Rusa se construyó sobre los cimientos del Estado obrero soviético, primero degenerado por décadas de estalinismo burocrático, y luego privatizado rápidamente en los años noventa tras el colapso de la URSS. La década de 1990 fue económicamente caótica para Rusia y supuso un rápido declive del nivel de vida del proletariado ruso. Sin embargo, las inversiones occidentales en la economía rusa no se tradujeron en su subordinación total, ya que a principios de la década de 2000, los capitalistas compinchados con Yeltsin fueron desplazados por oligarcas del entorno de inteligencia de Putin. Estos últimos procedieron a integrarse en una burguesía estrechamente ligada al Estado, que fue recompensada con financiación de la banca pública y contratos públicos, y con la protección directa del Estado. Las sangrientas guerras de Chechenia y el Cáucaso permitieron la consolidación del poder político de Putin. Bajo su control, el Estado ruso comenzó a impulsar activamente la concentración y expansión del capital monopolista ruso, principalmente, en las antiguas repúblicas soviéticas, es decir, las partes de Europa Oriental, el Cáucaso y Asia Central, pero, también, en otros países. También estableció un régimen autoritario que recuperó y promovió cada vez más la ideología del antiguo imperio ruso para llevar a cabo su expansión económica y política.

El Estado imperialista ruso reconstruido tras la restauración capitalista hace eco al anterior Estado imperialista ruso antes y durante la Primera Guerra Mundial y a la de otros Estados imperialistas rezagados de los períodos anteriores de rivalidad interimperial, como lo fue Alemania en 1871-1945, que se vio igualmente «obligada» a utilizar el poderío militar para irrumpir en los dominios imperiales británico y francés. Desde el colapso de la URSS, el ejército ruso ha retomado repetidamente el papel de gendarme reaccionario en respuesta a cualquier disidencia al dominio ruso en su extranjero cercano. El Estado ruso trató de derrotar cualquier movimiento popular de liberación o acción obrera para mejorar las condiciones de trabajo que desafiara la anexión económica de su semiperiferia. Con este fin, creó la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva en 2002 para institucionalizar su control. En su corta existencia hasta ahora, el imperialismo ruso ha intervenido brutalmente para mantener su control en su periferia: Chechenia (1994-1996, 1999-2009), Tayikistán (1992-1997), Georgia (2008), Ucrania (2014, 2022). Sin embargo, Ucrania no es el único país que se ha visto sacudido recientemente por los atropellos del imperialismo ruso, como Kazajstán, Armenia, Azerbaiyán, Georgia, Abjasia, Serbia y Bosnia.

 

La teoría marxista del imperialismo y el desarrollo desigual y combinado

En la actualidad, el término imperialismo se utiliza de distintas formas. Algunos lo utilizan para describir el orden jerárquico entre las potencias mundiales, o como sinónimo de hegemonía, otros lo teorizan como sinónimo de tácticas militares agresivas y otros como una forma de dominación basada en el control de las cadenas de plusvalía (siguiendo las teorías del sistema-mundo). La importancia de la teoría marxista del imperialismo, esbozada por primera vez por Lenin y muy enriquecida posteriormente, consiste en que explica los mecanismos específicos del capitalismo que llevan a los Estados capitalistas a intervenir económicamente fuera de sus fronteras y, finalmente, a intervenir militarmente para asegurar sus inversiones. Aunque la esencia del imperialismo, «el dominio de los monopolios y del capital financiero» y su implacable empuje para dividir y redividir el mundo, ha permanecido intacta, la forma de dominación imperialista del mundo ha cambiado con el tiempo. [i] El dominio semicolonial indirecto ha suplantado en gran medida a la posesión de colonias por parte de las potencias imperiales.

El análisis y la historia de los Estados imperialistas deben entenderse como parte del proceso de desarrollo desigual y combinado del capitalismo mundial, rompiendo con el dogmatismo de las teorías etapistas. Cada país sigue un camino único y siempre está inmerso en múltiples contradicciones. En la introducción a la edición alemana de Revolución Permanente (1930), Trotsky explica que el «tipo abstracto de capitalismo nacional» no existe en la realidad, ni tampoco un tipo abstracto de imperialismo.[ii] La mayoría de los que niegan el carácter imperialista de China y Rusia en la actualidad, lo hacen porque miden a estos países con el imperialismo estadounidense que surgió de la Segunda Guerra Mundial, al que elevan implícitamente a una norma abstracta de lo que debe ser un Estado imperialista – no comparan los nuevos imperialismos con Bélgica, España o Australia, lo que complicaría su lógica mecanicista. Las formaciones estatales capitalistas nacionales, ya sean de países semicoloniales, independientes o imperialistas, se entienden mejor como «peculiaridades nacionales», como formaciones sociales históricas que existen incrustadas en una multitud de relaciones sociales. Representan «una combinación original de los rasgos fundamentales de la economía mundial», son “precisamente el producto más general … del desarrollo histórico desigual».[iii] Trotsky consideraba las formaciones nacionales como totalidades concretas, no como variaciones de una abstracción de tipo nacional, “no es cierto que los rasgos específicos no sean «más que un complemento de los rasgos generales», algo así como las verrugas en el rostro”. [iv]

Lenin y Trotsky analizaron el surgimiento y desarrollo del imperialismo mundial desde principios del siglo XX hasta la Segunda Guerra Mundial. El orden imperialista mundial en crisis que analizaron es muy parecido al que vivimos desde el inicio del siglo XXI. En ambos periodos, Estados imperialistas desiguales y diversos, cada uno con fuerzas distintas y fruto de una combinación variable de transformaciones económicas, pugnaban por afirmar su hegemonía mundial, en un contexto de creciente competencia y agresiones militares. En sus Cuadernos preparatorios para el libro El imperialismo, Lenin insistió en analizar los Estados imperialistas como insertados en una totalidad: un orden mundial dinámico con interrelaciones vivas entre los Estados, con relaciones de subordinación, dominación o codependencia complejas. Los Estados imperialistas individuales nunca se consideraron por separado de su contexto histórico ni se midieron con criterios o normas abstractos. En 1916, Lenin vio enormes diferencias en términos de medios industriales, militares y financieros entre potencias como Rusia y Japón y otras como Gran Bretaña y Estados Unidos. A pesar de estas diferencias, Rusia y Japón seguían siendo consideradas potencias imperiales, capaces de desarrollar industrias monopolistas, exportar importantes cantidades de capital y subyugar a sus vecinos en el extranjero. Lenin clasificó a los Estados imperialistas según su capacidad para imponer su dominio por sus propios medios. Mientras que Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos se habían erigido en potencias «completamente independientes», Rusia o Japón se definían como imperialismos «no completamente independientes».[v] Las contradicciones inherentes a los imperialismos dependientes y desiguales como el ruso no son una excepción a la teoría marxista del imperialismo. La anomalía, más bien, ha sido la dominación mundial incontestable durante varias décadas de una única superpotencia, los Estados Unidos.

La irregularidad histórica del imperialismo ruso

El régimen actual de Putin recuerda el carácter y el papel histórico que desempeñó la Rusia de principios del siglo XX. En aquella época, los bolcheviques definieron a Rusia como un Estado imperialista que carecía de capacidad de acción completamente independiente de las grandes potencias imperialistas debido a la relativa debilidad de sus monopolios industriales y de su capital bancario, ya que ambos estaban parcialmente controlados por el capital financiero europeo. En El imperialismo, Lenin describió a Rusia como un «imperialismo capitalista moderno» que estaba «está enmarañado, por así decirlo, en una red particularmente densa de relaciones precapitalistas.»[vi] El Estado ruso compensó este menor desarrollo económico con el desarrollo del aparato militar zarista que le permitió dominar a las naciones más débiles que le rodeaban. Antes de su destrucción en la Revolución Rusa, el imperio zarista realizó numerosas incursiones militares contra los territorios independientes que quedaban en Europa Oriental, el Cáucaso y Asia Central, además de penetrar militarmente en la desmoronada esfera de influencia del Imperio Otomano e intentar sin éxito atacar Japón en 1904. La segunda guerra ruso-japonesa por el control del imperio coreano y partes de Manchuria provocó una insurrección masiva de trabajadores en Rusia. La revolución de 1905 fue desencadenada por la pobreza y el desempleo masivos, el aumento de la represión política del régimen zarista y la creciente movilización forzosa y las pérdidas en la guerra. Cerca de un millón de campesinos y obreros fueron reclutados para servir en el frente, y alrededor de 70.000 murieron. Nicolás II se vio obligado a capitular y firmar un acuerdo de paz con Japón para aplastar el levantamiento de masas en su país.

La llegada de Putin al poder reavivó una dinámica similar. A la caótica restauración capitalista de los años 90 siguió la centralización de las fuerzas burguesas y el desarrollo de los monopolios y la expansión hacia el exterior de la inversión extranjera a partir de principios de 2000. Los monopolios rusos dependían del aparato militar de Rusia para mantener y ampliar su acumulación imponiendo acuerdos a las antiguas repúblicas soviéticas de Rusia, que se convirtieron desde entonces en sus semicolonias. La debilidad del capital financiero ruso, concentrado principalmente en sectores industriales de escaso valor añadido como la energía y la minería, llevó al imperialismo ruso a reclamar su área de influencia regional a través de medidas extraeconómicas, imponiendo en esos países regímenes semicoloniales despóticos que aseguraran acuerdos comerciales y financieros que beneficiaran a la oligarquía rusa y obstruyeran cualquier competencia de los monopolios occidentales.

Hoy en día, la Rusia de Putin no puede desempeñar un papel completamente independiente, ni siquiera en su entorno, sin asociarse con una potencia cuyo poder financiero le allane el camino para mantener la subordinación de esos Estados débiles. Rusia desarrolló primero una asociación económica con Alemania, y pivotó cada vez más para privilegiar sus lazos con China, y también con Irán y Corea del Norte. Estas últimas relaciones permitieron a Rusia sortear las sanciones imperialistas de Estados Unidos y la UE y mantener su fuerza geopolítica. A pesar de su relativa debilidad frente a las principales potencias imperialistas independientes, Rusia ha conseguido subordinar con éxito su periferia semicolonial (partes de Europa Oriental y Central, el Cáucaso y las repúblicas centroasiáticas), pero no puede aspirar a disputar el poder a las potencias imperialistas independientes ni a establecerse como potencia hegemónica mundial.

De la restauración capitalista al desarrollo imperialista

El Estado ruso moderno nació en los estertores de la Unión Soviética. El colapso de la URSS fue un acontecimiento caótico. A la disolución efectiva de la Unión Soviética en 1991 siguió una lucha por el poder de distintos sectores de la burguesía emergente, que desembocó en un intento fallido de golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov. Su sucesor, Boris Yeltsin, emprendió un programa de «doctrina shock» con reformas económicas drásticas, incluyendo privatizaciones masivas, acuerdos de libre comercio, abolición de los controles de precios y otras medidas similares. Estas fueron impuestas con el respaldo del FMI, el Banco Mundial y los gobiernos estadounidense y europeos. Sin embargo, este movimiento no surgió de la nada. Fue preparado por la creciente dependencia económica de la URSS en la década de 1980, el rápido aumento de su deuda externa y su creciente posición como productor de petróleo y gas en la división mundial del trabajo, alejándose de su papel como potencia industrial.

La restauración del capitalismo en Rusia supuso un drástico revés para sus fuerzas de producción. El país pasó de ser la segunda potencia económica mundial a un país reducido a la exportación de mercancías. Rusia empezó a experimentar un proceso de inversión extranjera destinado a reducirla a una semicolonia. Los inversores extranjeros pronosticaron rendimientos increíbles de las inversiones en Rusia; en 1995, el Wall Street Journal preveía ganancias potenciales del 2000% en tres años.[vii] Sin embargo, la propiedad de las empresas privatizadas quedó en gran medida en manos de ex burócratas rusos convertidos en oligarcas, debido a las restricciones impuestas a la compra directa de activos rusos por extranjeros. Enormes empresas estatales como Norilsk Nickel, Yukos y Sidanko fueron vendidas por una ínfima parte de su valor a los nuevos oligarcas, adquiridas con dinero público que había sido robado y transferido a cuentas bancarias privadas; en esencia, «el pueblo ruso adelantó el dinero para el saqueo de su propio país».[viii] Esta adquisición y acumulación oligárquica de activos se llevó a cabo, sin embargo, para garantizar que la parte principal de la riqueza en Rusia permaneciera en manos de las élites rusas, no de sus socios extranjeros. Tras el fracaso del intento de golpe de Estado de agosto de 1991 y la posterior disolución del KGB, muchos antiguos miembros del KGB pasaron al sector privado o al mercado negro, con importantes ventajas institucionales derivadas de fondos de inversión iniciales y conexiones políticas. Cuando no se convirtieron ellos mismos en oligarcas, sirvieron brazo armado para asegurar posiciones de mercado para los oligarcas, constituyendo una nueva clase dirigente rusa muy estrechamente vinculada al antiguo aparato de inteligencia del Estado.[ix]

Los resultados de este programa de choque fueron catastróficos para la economía y la sociedad rusa en su conjunto. De 1989 a 1998, el PIB ruso cayó un 45%, la desigualdad de ingresos se disparó masivamente y la tasa de mortalidad creció con 700.000 muertes más al año.[x] Los salarios reales cayeron un tercio y el desempleo aumentó un 8%.[xi] El número de rusos que vivían en la pobreza pasó de 2 millones en 1989 a 74 millones a mediados de los 90.[xii] En el plano internacional, el Estado estaba debilitado y carecía de influencia. Cuando la administración Clinton impulsó la expansión de la OTAN en Europa del Este en la década de 1990, Yeltsin no pudo hacer mucho más que ofrecer quejas ineficaces y luego declarar resignado: «Bueno, lo intenté[xiii]

Putin llegó al poder con la promesa de acabar con el caos de los años de Yeltsin y restaurar el imperio ruso. A principios de la década de 2000, la economía rusa se recuperó, ayudada por la subida del precio del petróleo y el gas. Durante los dos primeros mandatos de Putin, el PIB ruso aumentó un 70%.[xiv] En su postura pública, Putin desafió inicialmente el poder de los oligarcas, declarando que «libraría a Rusia de la clase oligárquica».[xv] En la práctica, sin embargo, las investigaciones y persecuciones se dirigieron únicamente contra sus oponentes políticos; mientras que los oligarcas con conexiones con Putin permanecieron impunes y, de hecho, se hicieron multimillonarios. La riqueza global se concentró aún más en manos de la élite: de 1991 a 2011, la riqueza de la quinta parte más rica de los rusos se duplicó, mientras que la de la quinta parte más pobre de los rusos se redujo a la mitad.[xvi]

El auge de los monopolios rusos bajo Putin

La llegada de Putin al poder garantizó la continuación de la privatización de las empresas estatales y la constitución de algunos monopolios industriales en sectores clave mediante un proceso de integración vertical. Algunos de estos monopolios empresariales se desarrollaron lo suficiente como para convertirse en empresas transnacionales como Gazprom o Lukoil. Este proceso fue dirigido por miembros de la antigua burocracia soviética convertida en burguesía. En paralelo se dio un rápido proceso de centralización del capital y de la propiedad. Para fomentar la formación de grandes monopolios, el gobierno ruso estimuló un proceso de fusiones y adquisiciones, que pasó de 398 en 2004 por un volumen total de 25.000 millones de dólares a 3.684 operaciones en 2010 por un volumen de 109.000 millones de dólares, año del pico de adquisiciones.[xvii] El economista polaco Marek Dabrowski sostiene que, como resultado, hoy en día la propiedad de las empresas rusas está «altamente concentrada», con «una participación de control media que asciende al 57,6%».[xviii]

En el curso del proceso de privatización posterior a la restauración, algunos sectores de la economía siguieron siendo formalmente «empresas de propiedad estatal», aunque están gestionadas por sectores burgueses que indirectamente acumulan los beneficios de forma privada. El régimen de Putin impulsó un plan estatal de industrialización selectiva para reciclar las ventajas estratégicas desarrolladas por el anterior Estado soviético, centrándose en los combustibles fósiles, la minería, la industria armamentística y la producción de energía nuclear. Algunas empresas energéticas son hoy totalmente privadas, como Lukoil, y otras, como Gazprom y Rosneft, son parcialmente propiedad del Estado ruso (40-50 por ciento) y de accionistas privados. Los monopolios químicos, siderúrgicos y mineros están todos controlados por capital privado ruso.

La razón por la que Putin se centró primero en la concentración de la producción industrial de combustibles fósiles es la abundancia de recursos naturales de Rusia. El país creció hasta convertirse en el segundo mayor productor de gas natural, con un 12% del suministro mundial. Antes de la guerra producía el 13% del crudo mundial y el 11% de los productos petrolíferos refinados, y cuenta con grandes reservas de metales.[xix] Además, Rusia es el 1er productor de paladio, necesario para la electrónica y los catalizadores, y el 2º de cobalto, utilizado en algunas baterías de vehículos eléctricos, y también de galio, una de las tierras raras ahora muy codiciadas para potenciar las capacidades de la IA. Además, Rusia es uno de los líderes en la producción de fosfatos y cuenta con una industria agroquímica en auge.

La empresa monopolística rusa más destacada sigue siendo Gazprom, la mayor compañía de gas natural del mundo, que controla casi una quinta parte de las reservas mundiales de gas conocidas.[xx] La expansión de Gazprom, Novatek y Rosneft hacia Europa del Este y Asia Central está vinculada al control de los yacimientos de petróleo y gas, así como de las infraestructuras de energía nuclear, y lo que es más importante, al control absoluto de su distribución regional. Estas empresas son también propietarias de rutas y gasoductos clave hacia los mercados occidental y oriental. Hasta 2022, el 35% del gas y el petróleo importados por la UE procedían de Rusia.[xxi] Con la guerra de Ucrania, los monopolios energéticos rusos encontraron nuevos mercados como China e India. En los primeros meses de 2023, por ejemplo, Rusia superó a Arabia Saudí como principal proveedor de petróleo de China.[xxii]

Los monopolios rusos ocupan un papel significativamente más limitado que los de China u otras grandes potencias imperiales. En 2024, Rusia sólo contaba con cinco empresas -Gazprom, Lukoil, Rosneft Oil, Sberbank y VTB Bank- en la lista Fortune de las 500 mayores empresas mundiales por ingresos.[xxiii] Esto la sitúa muy por detrás de potencias imperiales como Reino Unido (17), Francia (24) y Alemania (29); y aún más lejos de las principales, Estados Unidos o China, con más de 100 empresas cada una. En este sentido, Rusia se sitúa en el rango de potencias imperialistas más pequeñas, como Dinamarca (2) y Suecia (1) o Italia (5).

El imperialismo ruso y su periferia

Rusia es hoy un Estado imperialista sin el peso económico de China o incluso de España, pero ejerce activamente su influencia en su extranjero próximo. En Europa Oriental, y Central, Rusia ejerce su dominio económico a través de sus monopolios energéticos y su deuda. También ejerce una poderosa influencia militar, económica y política en gran parte del Cáucaso y Asia Central. Ese último caso es muy ilustrativo de cómo se ejerce el dominio imperialista ruso.

 Antes de la desintegración de la URSS, las repúblicas centroasiáticas estaban fuertemente subvencionadas por los soviéticos. Las subvenciones rusas en las distintas repúblicas centroasiáticas suponían una parte muy importante de sus PIBs. Tras el colapso de la URSS, las subvenciones continuaron en previsión de una creciente aceptación de la hegemonía capitalista rusa. Un estudio de 2011 concluyó que en 1992 las subvenciones rusas aún representaban el 25,1 por ciento del PIB de Kazajistán, el 22,6 por ciento del de Kirguistán, el 42,3 por ciento del de Tayikistán, el 67,1 por ciento del de Turkmenistán y el 69,2 por ciento del de Uzbekistán.[xxiv] A medida que las nuevas repúblicas independientes intentaban desligarse de la dependencia de Rusia, se fueron eliminando las subvenciones. Las repúblicas centroasiáticas perdieron subvenciones por valor de 40.000 millones de dólares.[xxv] Los fondos no pagados a la antigua URSS en concepto de ventas de energía o armas se convirtieron en deuda externa con Rusia, que a cambio se apropió de las infraestructuras e instalaciones de producción centroasiáticas como pago mediante canjes de deuda por activos. La nueva dependencia a través de la deuda permitió a Rusia aumentar su control sobre el suministro, los precios, los mercados y el transporte de energía en la región. También dio lugar a acuerdos de «seguridad» contra los «terroristas» para que las repúblicas centroasiáticas se ajustaran a sus propias necesidades específicas.[xxvi]

Bajo el mandato de Putin, la decisión de cobrar precios de mercado europeos por el gas a los importadores de energía de Asia Central tuvo un impacto dramático, al igual que en Armenia. Mientras tanto, la debilidad de las economías de las repúblicas centroasiáticas envió millones de trabajadores emigrantes a Rusia. Sus remesas representaron una parte considerable del PIB de algunas repúblicas centroasiáticas. Esto hizo posible que Rusia empezara a utilizar medidas represivas como el endurecimiento de la regulación de la inmigración para conseguir que las repúblicas centroasiáticas se unieran a la Unión Económica Euroasiática (UEE), un bloque comercial favorable a los intereses rusos creado en 2014 que hoy engloba a 183 millones de personas y tiene un PIB combinado de 2,4 billones de dólares.

La guerra imperialista de Rusia contra Ucrania desde 2014

La agresión militar de Putin contra Ucrania debe entenderse como la manifestación más atroz del imperialismo ruso. En 2014, la toma de Crimea y de una pequeña porción del Donbass por parte de Putin fue tanto una respuesta a una amenaza a las inversiones e intereses políticos rusos en Ucrania, como la necesidad de encontrar una válvula de escape a la crisis interna de su régimen, con un movimiento opositor que comenzó en 2011-2012 a congregar a decenas de miles de personas en las calles.[xxvii] Ocho años después, Putin llevó a cabo la invasión y ocupación del 20% del sureste del país. En todo momento, los beneficiarios de esta intervención militar han sido los propietarios capitalistas monopolistas de los sectores de producción militar y extracción de recursos naturales.

Rusia ha ejercido una gran influencia en Ucrania desde su recuperación del colapso económico de la década de 1990. Antes de la revolución del Maidán de 2014, que derrocó a Yanukóvich, Rusia era la fuerza política y económica dominante en el país, a pesar de las súplicas de la Unión Europea. Ucrania estaba sometida a una dependencia económica de la energía rusa que rápidamente se convirtió en una dependencia financiera. En 1991, Ucrania compraba «el 60% de su gas y casi el 90% de su petróleo a Rusia», y sólo era capaz de cubrir un tercio de sus propias necesidades energéticas dependiendo de Rusia para el resto.[xxviii] En 1993, Rusia quintuplicó el precio del gas, y en 1996 volvió a duplicarlo para alcanzar los precios del mercado mundial, y así comenzó el endeudamiento masivo de Ucrania. Para garantizar el reembolso, Rusia empezó a utilizar canjes de deuda por activos, en los que empresas rusas adquirían participaciones en la producción industrial y las instalaciones de transporte de gas de Ucrania. En 2012, Ucrania ya no podía pagar los elevados precios exigidos por Rusia, y ante la negativa del FMI esta vez a prestarle ayuda financiera, Ucrania recurrió de nuevo a Rusia para obtener un préstamo aún mayor con el que saldar su deuda, contratando 2.000 millones de dólares con Gazprom.[xxix] De los 10.000 millones de dólares de deuda externa que debía pagar antes de 2021, Ucrania sólo debía 3.700 millones al FMI; el resto era a Rusia, sobre todo al Sberbank. 

El movimiento democrático Maidan de 2014 fue en parte una contestación a esta extorsión financiera respaldada por la intervención política rusa en los asuntos ucranianos y la corrupción generalizada. Fue respaldado rápidamente por Estados Unidos y la UE y resultó desastroso para Rusia cuando el Gobierno de Yanukóvich, que gozaba de una posición favorable, se derrumbó. En respuesta, Putin intervino para asegurar el pago de su deuda apoderándose de la península de Crimea y partes del Donbass. Según el Washington Post, Ucrania «alberga algunas de las mayores reservas mundiales de titanio y mineral de hierro, yacimientos de litio sin explotar y depósitos masivos de carbón. En conjunto, valen decenas de billones de dólares«.[xxx] La ocupación rusa del sureste de Ucrania pretendía, entre otras cosas, apoderarse de parte de estos recursos, así como de la industria siderúrgica y agrícola.

La invasión de 2022 no fue más que una continuación del mismo plan anexionista imperialista, dada la falta de reacción a la agresión de 2014. Putin se envalentonó y aceleró su plan para restaurar el antiguo imperio ruso. Antes de la nueva agresión, Putin había preparado económicamente al país para resistir mejor las sanciones de la UE y Estados Unidos, aliviando su déficit público y acumulando reservas de divisas. También impulsó el nacionalismo gran ruso y el sentimiento antioccidental y proclamó que la nación ucraniana no existía. El régimen hizo suya la vieja afirmación imperialista de que la zona de influencia «natural» de Rusia había sido invadida por la expansión de la OTAN, y que el país estaba en su derecho de reclamarla. Como explicó la socialista ucraniana Hanna Perekhoda, la negación de la nacionalidad ucraniana por parte del régimen ruso y la extrema derecha mundial no es nada nuevo.[xxxi] La ideología imperial rusa y los primeros intentos de «rusificación» comenzaron en el siglo XVIII. Estos se desarrollaron aún más a finales del siglo XIX, cuando las élites rusas impulsaron la asimilación forzosa de los ucranianos «pequeños rusos» y los bielorrusos «rusos blancos» a la nación «gran rusa» del pueblo ruso, fijándose un objetivo similar al del movimiento de unificación alemán y otros movimientos panacionalistas europeos. La subordinación e integración de estas naciones vecinas de lengua eslava oriental en los rusos conscientes de sí mismos se consideraba «una medida crucial para mantener la competitividad del Imperio». Esta vieja ideología nacionalista-imperialista, a la que se opuso frontalmente el movimiento socialista revolucionario de principios del siglo XX, está de nuevo en auge desde la llegada de Putin al poder en 2000.

La economía de guerra de Putin

Putin ha utilizado la nueva guerra de Ucrania para consolidar aún más el control del Estado sobre los principales sectores estratégicos de la economía y avanzar en su consolidación imperialista. La imposición de una economía de guerra permitió al gobierno movilizar recursos y autoridad estatales sin precedentes para avanzar en la concentración de monopolios estratégicos para el esfuerzo bélico, anulando cuando era necesario la toma de decisiones privadas. Un informe de 2024 indica que «las regiones con grandes concentraciones de industrias de construcción de maquinaria, en particular, se han beneficiado de un drástico aumento de la contratación pública de equipos militares» y que «algunas regiones pobres del Lejano Oriente de Rusia se han beneficiado de un aumento de la inversión en infraestructuras de transporte, ya que Rusia intenta reorientar su comercio exterior más hacia China».[xxxii] De hecho, alrededor del 40% del presupuesto gubernamental está dedicado al gasto militar para la guerra.[xxxiii] El Instituto Sueco de Investigación para la Paz (SIPRI) calcula que el gasto militar total de Rusia en 2024 alcanzará el 7,1 por ciento de su PIB en 2024 (a modo de comparación, en 2015 fue del 5,4 por ciento). [xxxiv]

Además, mientras que la mayoría de los activos que antes eran propiedad del Estado se privatizaron en los años 90, en enero de 2023 Putin estableció como prioridad para los fiscales la devolución al control estatal de todas las empresas estratégicas, como las de combustibles fósiles, industria militar, química y producción agrícola. El objetivo es formar monopolios más competitivos supervisados por el Estado siguiendo el modelo chino. Se calcula que «sólo en el complejo militar-industrial, 15 empresas estratégicas con un valor total de … unos 4.000 millones de dólares han sido devueltas al Estado para marzo de 2024».[xxxv] En varios casos, estas renacionalizaciones afectaron a activos privatizados hace más de 30 años. En muchos casos, Putin ha procedido a la confiscación de activos por orden judicial. En otros, los acuerdos los hace el Kremlin. El Wall Street Journal informó el pasado noviembre de que Putin planeaba una «megafusión» de las tres mayores petroleras del país, para compensar mejor las pérdidas de Gazprom inducidas por las sanciones y poder competir mejor en el mercado.[xxxvi] Según este plan, la petrolera Rosneft, respaldada por el Estado, absorbería tanto a Gazprom como a Lukoil, lo que la convertiría en «la segunda mayor productora de crudo del mundo, después de la saudí Aramco, bombeando casi tres veces la producción de Exxon Mobil».[xxxvii]

Los dos principales puntos débiles del capitalismo monopolista ruso siguen siendo su escaso capital financiero y el subdesarrollo de su industria. En los últimos 30 años, y a pesar de los esfuerzos por desarrollar la producción nacional con mayor valor añadido, Rusia no ha logrado una industrialización más equilibrada. La producción rusa de bienes de equipo y de consumo es muy escasa y ha dependido durante décadas de las importaciones. El economista Michael Roberts estimó que en 2023 «la minería representaba alrededor del 26% de la producción industrial bruta» y tres industrias -la extracción de petróleo crudo y gas natural, la fabricación de coque y productos refinados del petróleo y la fabricación de metales básicos- suponían más del 40% del total.[xxxviii]

En el pasado, los intentos de desarrollar la industria automovilística y aeroespacial no han fructificado. Los únicos avances se han producido en el desarrollo con éxito de algunos sectores industriales agrícolas, lo que ha permitido reducir rápidamente las importaciones de alimentos en algunos productos, y la inversión en la producción de energía nuclear. Putin utilizó la economía de guerra para invertir en sectores de sustitución de importaciones como «la ingeniería mecánica, que incluye la fabricación de productos metálicos acabados (armas), ordenadores, óptica y electrónica, y equipos eléctricos».[xxxix] Sin embargo, estos esfuerzos parecen no ser suficientes. Aunque la guerra y las sanciones han aumentado la demanda interna de productos industriales, no es probable que el keynesianismo militar por sí solo supere el desnivel estructural del desarrollo industrial de Rusia o aumente su productividad a largo plazo.

Además, Rusia no puede mantener indefinidamente este esfuerzo bélico sin una mayor ayuda exterior sostenida. Sus reservas se están agotando, Gazprom sufre nuevas pérdidas y el país se enfrenta a una aguda escasez de mano de obra debido al esfuerzo bélico. Un total de 1,5 millones de rusos han sido movilizados en el frente, y más de un millón de rusos han abandonado el país. Los empresarios rusos estiman un déficit de 2,5 millones de personas para trabajar en industrias clave.

Y lo que es más importante, las contradicciones sociales y políticas en el país van en aumento. La embestida de Putin ha causado al menos 830.000 bajas rusas, y el aumento de la pobreza. Entre 13 y 18 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza, y hay una inflación acumulada de la canasta alimentaria del 24,6 por ciento.[xl] Los trabajadores rusos se ven cada vez más perjudicados por la guerra, y no es descartable que una combinación de factores desencadene grietas en el gobierno de Putin.

Cambios y contradicciones del imperialismo ruso

 El imperialismo ruso sigue siendo dinámico en comparación con sus rivales occidentales. Su PIB creció un 3,6% en 2024, más que el del Reino Unido (0,6%), la UE (0,9%) y Estados Unidos (2,8%), y se prevé que crezca un 2,5% en 2025.[xli] Esto se debe en gran parte a que Putin consiguió aplastar brutalmente cualquier disidencia emergente a la guerra para imponer su economía de guerra. También consiguió aumentar el reclutamiento militar entre los emigrantes centroasiáticos y las nacionalidades oprimidas, que tenían menos medios para resistir. Su régimen es cada vez más autoritario y está aliado con fuerzas de extrema derecha. En el primer mes de la invasión, más de 15.000 manifestantes antibelicistas fueron detenidos en Rusia y se introdujeron leyes de censura que prohibían cualquier crítica a la agresión militar o a los crímenes de guerra del ejército ruso. Los infractores se enfrentan a penas de hasta 15 años de cárcel.

A pesar de los pronósticos de que Rusia sería aplastada por el bloqueo económico occidental, el imperialismo ruso se benefició del hecho de que el mercado europeo dependía en gran medida de los combustibles fósiles rusos y, por tanto, tardó en desvincularse parcialmente de él. Cuando las sanciones empezaron a afectar a las ventas de gas, Rusia desarrolló nuevos acuerdos económicos con China, Irán y otros socios. En 2024, sin embargo, la UE seguiría importando de Rusia GNL por valor de 7.600 millones de dólares. B4Ukraine publicó este año un informe en el que calcula que Rusia ha obtenido 847.000 millones de euros en ingresos por combustibles fósiles desde el comienzo de la guerra a pesar de las sanciones occidentales, principalmente a través de las ventas de crudo y petróleo a sus nuevos socios comerciales.[xlii] Esto se debe a que las sanciones occidentales se han aplicado con deliberados vacíos legales, como permitir que algunos bancos rusos menores sigan utilizando el sistema bancario SWIFT para comerciar con Europa, o el uso de países intermediarios como Turquía, Serbia o Bulgaria para permitir los intercambios comerciales entre Rusia y las potencias occidentales recurriendo a una «flota fantasma» de más de 500 buques no asegurados. Además, el control estatal de los bancos ha conseguido proteger al capital financiero ruso de las sanciones y los bloqueos y aumentar sus beneficios.

Otro avance importante son las crecientes relaciones entre Rusia y China. El comercio entre ambos países ha aumentado un 64% desde 2021, lo que ha permitido a Putin mantener a flote la economía durante la guerra. Rusia ha exportado a China la mitad de su petróleo, y los productos chinos representan el 38 por ciento de las importaciones rusas.[xliii] En particular, China ha suministrado el 63% de las máquinas de Control Numérico Computarizado que sostienen la maquinaria bélica rusa.[xliv] Aunque ambas potencias tienen intereses mutuos en estos intercambios, sus relaciones siguen siendo desiguales y a veces contradictorias. Ambas potencias compiten también por zonas de influencia, como Asia Central. China, por ejemplo, está construyendo el ferrocarril China-Kirguistán-Uzbekistán en 2025 para poder hacerse con los mercados de Asia Central que Rusia considera bajo su esfera. [xlv]

Del mismo modo, la guerra de Ucrania ha empujado al Kremlin a estrechar sus relaciones con sus socios de Oriente Próximo, especialmente tras la caída de Assad, un aliado leal. A pesar de este golpe, Putin pretende mantener sus dos bases militares en Siria. Al comenzar la guerra con Ucrania, Irán proporcionó más de 2.000 drones no tripulados a Putin.[xlvi] Esto permitió a Rusia ganar tiempo para aumentar su producción nacional de drones e incluso localizar la fabricación de drones iraníes.[xlvii]  En 2025, se firmó un acuerdo de libre comercio entre Irán y la Unión Económica Euroasiática liderada por Rusia, y ambos países se comprometieron a integrar sus sistemas de pago nacionales.[xlviii] Dicho esto, en términos de asociaciones económicas para resistir a las sanciones occidentales, las relaciones con Turquía y los EAU son más significativas que las mantenidas con Irán.

El hecho más destacado, sin embargo, es que militarmente Putin no ha conseguido derrotar a la resistencia ucraniana y ganar rápidamente la guerra como se esperaba. Los trabajadores rusos se han visto arrastrados a una guerra prolongada que, además, está agotando los recursos del país y aumentando rápidamente las desigualdades. El ejército ruso ha sufrido importantes reveses y más pérdidas humanas que Ucrania. El pueblo ucraniano, sin embargo, ha estado a la altura de las circunstancias y ha resistido heroicamente durante más de tres años a pesar de las repetidas traiciones de su gobierno. La lucha de clases sigue siendo el factor determinante que definirá el futuro del imperialismo ruso. El giro de la economía hacia la producción de guerra, que ha permitido cierto fortalecimiento de los sectores económicos, no ha resuelto las desigualdades del imperialismo ruso. Por lo tanto, futuras agresiones militares contra Ucrania u otros países vecinos que desafiarían el dominio de Putin siguen estando sobre la mesa. La correlación de fuerzas podría cambiar si se desarrollara un bloque más formal entre China y Rusia. Mientras tanto, la solidaridad con todos los pueblos oprimidos por el imperialismo ruso, con un programa independiente de clase, sigue siendo una necesidad imperiosa. Esto último es clave para revigorizar la lucha de la clase obrera rusa contra sus despóticos gobernantes.


[i] LENIN, V. I. Imperialismo: La fase superior del capitalismo, capítulo 5.

[ii] TROTSKY, León.“Prólogo”, La revolución permanente, 1930.

[iii] Ibid.

[iv] Ibid.

[v]  LENIN, V. I. «Cuaderno B sobre el imperialismo», Obras Completas, Vol. 43, Madrid: Akal Editores, 1978, p. 191.

[vi] LENIN, V. I. Imperialismo: La fase superior del capitalismo. Capítulo 6.

[vii] ​​BROWNING, E. S. «Bond Investors Gamble on Russian Stocks«, Wall Street Journal, 24 de marzo de 1995.

[viii] Ibid.

[ix] DAWISHA, Karen. La cleptocracia de Putin: ¿Quién es el dueño de Rusia? Nueva York: Simon & Schuster, 2014. Pp. 73-75.

[x] POPOV, Vladimir, y SUNDARAM, Jomo Kwame. «Post-Soviet Russian Economic Collapse», Inter Press Service, 6(th) de junio de 2017.

[xi] CONRADI, Peter. ¿Quién perdió Rusia? Del colapso de la URSS a la guerra de Putin contra Ucrania. Londres: Oneworld Publications, 2017, Capítulo 7.

[xii] ​​ KLEIN, Naomi. The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism. Nueva York: Picador, 2008, p. 238.

[xiii] CONRADI, Peter. ¿Quién perdió Rusia? Capítulo 7.

[xiv] ENGEL, Pamela. «Cómo Vladimir Putin se convirtió en uno de los líderes más temidos del mundo», Business Insider, 14 de febrero de 2017.

[xv] ARIS, Ben. «El poder de los oligarcas sobre el Kremlin ha llegado a su fin, dice Putin», The Telegraph, 28 de julio de 2000.

[xvi] PARFITT, Tom. «Los ricos de Rusia duplican su riqueza, pero los pobres estaban mejor en los 90». The Guardian, 11(th) de abril de 2011.

[xvii] ​​ALEKSEY, Ivanov. «La génesis del mercado ruso de fusiones y adquisiciones: el papel del sector industrial», SHS Web of Conferences, 35, 2017, p. 2.

[xviii] DABROWSKI, Marek. La economía rusa contemporánea, Suiza: Palgrave, 2023, p. 128.

[xix] https://www.bruegel.org/dataset/russian-crude-oil- rastreador

[xx] HENLEY, Jon. «¿Está amenazado el suministro de gas de Europa por la crisis de Ucrania?». The Guardian, 3 de marzo de 2014.

[xxi] NUGENT, Clara. «Why Sanctions on Russia Aren’t Targeting Oil and Gas», Time, 25th de febrero de 2022.

[xxii] https://www.aljazeera.com/economy/2023/3/20/russia-overtakes-saudi-arabia-as-chinas-top-oil-supplier

[xxiii] https://us500.com/fortune-global-500

[xxiv] DESCALZI, Carmen & GAYOSO Amelia. Russian hegemony in the CIS region: an examination of Russian influence and of variation in consent and dissent by CIS states to regional hierarchy», Tesis, London School of , 2011, p. 98.

[xxv] Ibid, p. 95.

[xxvi] Ibid. p. 119.

[xxvii] MATVEEV, Ilya. «En Rusia, la lucha está viva», Jacobin, 21 de agosto de 2019.

[xxviii] SAGRAMOSO, Domitilla. Russian Imperialism Revisited: From Disengagement to Hegemony, Nueva York: Routledge, 2020, p. 95

[xxix] MATUSZAK, Slawomir. «Ucrania se está volviendo dependiente de los préstamos rusos», OSW (Centro de Estudios Orientales), 4 de abril de 2012.

[xxx] https://www.washingtonpost.com/world/2022/08/10/russia-ukraine-war-latest-updates/

[xxxi] https://www.posle.media/article/unraveling-russian-state-anxieties

[xxxii] GORODNICHENKO, Yuriy & Alii. «La economía rusa en pie de guerra: A New Reality Financed by Commodity Exports», Center for Economic Policy Research, mayo de 2024.

[xxxiii] https://theconversation.com/russias-economy-is-now-completely-driven-by-the-war-in-ukraine-it-cannot-afford-to-lose-but-nor-can-it-afford-to-win-221333

[xxxiv] COOPER, Julian. «Another Budget for a Country at War: Military Expenditure in Russia’s Federal Budget for 2024 and Beyond», SIPRI Insights on Peace and Security, diciembre de 2023.

[xxxv] POZHIDAEV, Dmitry. «La desvinculación de Rusia de Occidente: The Great Equalizer», LINKS, 13(th) de junio de 2024.

[xxxvi] PARÍS, Costas & alii. «Russia Explores Plan to Merge Oil Giants into Mega Producer», Wall Street Journal, 4(th) de noviembre de 2024.

[xxxvii] Ibid.

[xxxviii] https://thenextrecession.wordpress.com/2024/03/15/russians-vote-for-putin/

[xxxix] https://thenextrecession.wordpress.com/2025/02/24/russia-ukraine-war-three-years-on/

[xl] LYNDELL, Dada. «No a favor de los pobres: Rosstat’s poverty figures vs. objective reality», The Insider, 22(nd) de noviembre, 2024.

[xli] MYKHAILOVA, Kateryna. «The Russian Economy Weakens More as Debt Rises, Oil Prices Fall», Kyiv Post, 15(th) de febrero de 2025.

[xlii] https://b4ukraine.org/pdf/B4Ukraine_3Years_Report.pdf

[xliii] PROKOPENKO, Alexandra. «¿Cuáles son los límites de la «yuanización» de Rusia?», Carnegie Politika, 24(th) de mayo, 2024.

[xliv] https://b4ukraine.org/pdf/B4Ukraine_3Years_Report.pdf

[xlv] https://english.www.gov.cn/news/202412/27/content_WS676eabb1c6d0868f4e8ee51f.html

[xlvi] LISTER, Tim. «The Iranian drones deployed by Russia in Ukraine are powered by stolen Western technology, research reveals», CNN, 28(th) de abril de 2023.

[xlvii] SMAGIN, Nikita. «New Russia-Iran Treaty Reveals the Limits of Their Partnership» Carnegie Politika, 21(st) de enero, 2025.

[xlviii] Ibid.

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