Entre 1986 y 1991, la economía portuguesa creció a una tasa promedio anual del 5,4%, los salarios reales aumentaron más del 5% al año, el consumo privado subió a un ritmo superior al 4%, y el desempleo descendió del 10,4% al 4,8%. Estos indicadores parecían sustentar el éxito del ingreso a la Unión Europea (UE) en 1986 (entonces llamada CEE), y del primer mandato del PSD/Cavaco Silva, con mayoría absoluta (1987-1991), sobre todo cuando, combinados con las abultadas inversiones extranjeras hechas en el período y con las transferencias de fondos estructurales de la UE.


En realidad, tales progresos no resultaron, exclusivamente, del ingreso en la UE, o de cualquier brillante estrategia económica del cavaquismo. En realidad, escondieron problemas e insuficiencias que habrían de conducir al drama que hoy vivimos. Es el insospechado Silva Lopes quien sugiere que a clave del avance de los años 1986-1991 residió, sobre todo, en la mejoría sustancial de los términos de cambio de la economía portuguesa (el valor del petróleo pasó a menos de la mitad y el del dólar casi disminuyó, también, a la mitad), y en un clima internacional expansivo [1].

Crece el déficit comercial

Ante estos factores externos, el aumento gigantesco del déficit comercial de Portugal con los países de la, entonces, CEE (Comunidad Económica Europea), que habrá pasado de un saldo positivo, de 10 millones de euros, en 1985, a un perjuicio de cerca de 6.000 millones de euros en 1991[2], casi pasó desapercibido. Lo que los medios de comunicación resaltaron fue algo muy diferente: fue el impacto de los fondos comunitarios (de la CEE) y de la inversión extranjera en la economía portuguesa. Se introducía la idea de que el núcleo duro de la burguesía europea (en especial el eje franco-alemán) estaría comprometido con la consolidación de la democracia portuguesa e interesado en una Europa de solidaridad y de cohesión.

¡Puras ilusiones! Lo que se escondía detrás de la UE era la aplicación del neoliberalismo, y del dominio de las economías más flacas por las más fuertes. Era la desindustrialización y la dependencia económica de Portugal y de las periferias europeas, al capital financiero/industrial, concentrado, sobre todo, en Alemania, pero con agentes nacionales en todos los países (sobre todo en el sistema financiero).

A la espera del euro

Entre 1992 y 1998, años dominados por la preparación de la entrada al euro, estas realidades y la pérdida parcial del control nacional de ciertas variables macroeconómicas (criterios de Maastricht: el déficit presupuestal no debía exceder del 3% del PBI, la deuda pública del 60% del PBI y la inflación no podía traspasar más del 1,5% del promedio de los tres países de la UE con menos inflación), continuaron sin levantar mayores cuestionamientos.

Al final, y no obstante la crisis de 1993-1994, que marcó el fin del cavaquismo (de Cavaco Silva, presidente de Portugal), el PBI continuó creciendo a una tasa promedio del 2,8% al año, la convergencia con el PBI europeo, per cápita, continuó y el desempleo nunca más volvió a los dos dígitos (estabilizó varios años alrededor del 8% y, en 1998, estaba en el 5%). Además, los fondos comunitarios tampoco faltaron.

Con todo, el reverso de la medalla continuó agravándose. El agravamiento de la tasa de auto-aprovisionamiento de buena parte de los productos agrícolas (en especial, el trigo), del desmontaje de la pesca y de la desindustrialización continuó su camino. Como consecuencia, los déficits de la balanza comercial con los países de la UE continuaron altísimos.

La tragedia del euro para el comercio exterior portugués

Si bien, físicamente, sólo había comenzado a circular el 1° de enero del 2002, el euro liquidó la política monetaria independiente de los países que a él adhirieron desde 1999 y, así, acabó con la autonomía cambiaria de las monedas nacionales, como el escudo.

Desde 1999 Portugal quedó enganchado al cambio fijo del euro, sin posibilidad de desvalorizar/valorizar la moneda para competir en el mercado mundial y limitar las importaciones.

Tal vez sea exagerado afirmar que todos los problemas actuales y el agravamiento de insuficiencias anteriores derivan, exclusivamente, de la adopción de la moneda única y olvidar, igualmente, el papel de la crisis financiera mundial, pero la verdad es que la mayoría de los datos macroeconómicos (exceptuando la inflación y la tasa de intereses) se agravaron después de su entrada en vigencia.

Entre 1999 y el 2010, el PBI portugués sólo creció a una tasa anémica del 0,6%, y la convergencia del PBI per cápita con la Unión Europea se invirtió. Mientras tanto, el déficit comercial con los países de la UE explotó a 16,4 mil millones de euros en el 2009, habiendo triplicado o cuadruplicado, en promedio, durante la primera década del siglo XXI, los déficits comerciales con relación a los promedios anteriores a la entrada en vigencia del euro[3].

El drama del déficit y la desindustrialización

Es aclaratorio comparar el aumento exponencial del déficit comercial portugués con los países de la UE – que, se reafirma, pasó de un pequeño saldo positivo de 10 millones de euros en 1985, a un astronómico déficit de 16,4 mil millones de euros en el 2009 – con ciertos indicadores genéricos de la agricultura, la pesca y la industria (o sea, los sectores económicos que más producen los bienes efectivamente transables y que definen el perfil de la riqueza real de los países a escala internacional).

Una primera aproximación a esta comparación muestra que el drama del déficit comercial con los países de la UE, corrió, siempre, a la par con el debilitamiento del sector primario y la desindustrialización. En 1990, el sector primario representaba el 5,8% del PBI y el 10,8% de la población activa empleada pero, en el 2011, sólo generaba el 2,1% del PBI y el 9,9% del empleo; la tasa de autosuficiencia de productos agrícolas cayó, de más del 80% antes de la entrada en la UE, a valores próximos al 70%, en promedio anual entre el 2000-2010, con una caída dramática en el renglón esencial de los cereales, donde decreció del 56,1% en 1988 al 25,3% en el 2009.

Por su parte, el sector de la industria transformadora (incluyendo la energía) generaba el 38,2% del PBI y el 33% del empleo en 1990, pero pasó a apenas el 23,3% del PBI y el 27,3% del empleo en el 2011. Más que recordar casos concretos de debilitamiento o estancamiento de plus valías industriales, como Lisnave (astillero naval), la Siderurgia Nacional, la Quimigal o Sorefame (industria metálica), estos números hablan por sí sólos. Muy probablemente es en ellos que reside buena parte de la explicación para el interés que el núcleo duro de la burguesía europea siempre manifestó por tener a Portugal y a otros países periféricos dentro de la UE.

Privatización

El desmantelamiento del sector empresarial del Estado (bancos, aseguradoras, industrias y transportes nacionalizados, en su mayoría, durante la crisis revolucionaria de 1974/1975) fue impulsado por Bruselas y por el capital nacional y extranjero. A través del proceso de privatización neoliberal se generó un primer jalón de importantes recetas de decenas de miles de millones de euros para las arcas del Estado, pero que fueron rápidamente transformadas en pérdidas muy superiores, debido al efecto conjunto de los gastos con el previo saneamiento financiero de las empresas y de las ganancias y los impuestos, mientras se traspasaban a las manos del capital privado (sea portugués, sea extranjero).

Si sumamos el proyecto de dependencia económica y desindustrialización a todo lo que representó el desmantelamiento del sector empresarial del Estado, creemos que es, en este marco, donde encontramos la clave para percibir el ingreso de Portugal a la UE. Está aquí y no en una Europa solidaria y fraterna.

Esta será siempre utópica mientras el modelo capitalista imperante, sea en la versión agresiva del neoliberalismo de Passos Coelho/Merkel, en el neoliberalismo un poco más gradual de Hollande/José Seguro o en cualquiera de las versiones keynesianas que la izquierda europeísta piensa implementar cuando la correlación de fuerzas fuera más favorable. Apenas una transformación radical, en el sentido del socialismo revolucionario, podrá producir una Unión Europea solidaria y fraterna, pero eso ya es algo que supera la dimensión meramente analítico-económica de este artículo.
 
Traducción Laura Sánchez


[1] Cf. Silva Lopes, “La economía portuguesa desde 1960”, en Antonio Barreto (org), La situación social en Portugal, 1960-1995, Lisboa, ICS/Universidad de Lisboa, 1996, p. 243-246. Nótese que, los datos estadísticos citados, derivan de este artículo o de fuentes oficiales, como el INE o el Banco de Portugal.
 
[2] Dato no confirmado en fuentes oficiales, por pérdida del documento archivado. En Silva Lopes puede verificarse que, entre 1985 y 1992, las importaciones de la entonces CEE aumentaron 6.4 veces pero, las exportaciones portuguesas, para la misma época, sólo aumentaron 3.9 veces.
 
[3] Cf. Estadísticas de comercio internacional, 1993-2009, Lisboa, INE, 2010, p. 21.