Revisitar SYRIZA: un debate estratégico para el marxismo hoy
Introducción
La ofensiva del gobierno de Javier Milei no se limita a ajustar el presupuesto del Estado. Ajusta también, y quizás sobre todo, el horizonte político de la izquierda argentina, sometiendo a prueba sus concepciones estratégicas más arraigadas. Frente a un programa de ajuste de una profundidad inédita desde la crisis de 2001, y con la creciente popularidad del FITU (Frente de Izquierda y los Trabajadores – Unidad), amplios sectores buscan construir una alternativa más amplia capaz de disputar el gobierno. En ese debate reaparece una propuesta conocida: que esa alternativa se daría mediante la reunificación de toda la «centroizquierda» o la «izquierda amplia» y la conformación de un partido o movimiento amplio que priorice los acuerdos entre las agrupaciones de izquierda por encima de las delimitaciones programáticas. Quienes defienden esta orientación sostienen que solo una fuerza de ese tipo puede romper el aislamiento de la izquierda y convertirse en una verdadera alternativa de poder. Pero la historia ha mostrado repetidamente que la amplitud sin programa es un refugio de ilusos.
El debate no es nuevo. Hace poco más de una década, millones de trabajadores en todo el mundo depositaron expectativas similares en SYRIZA, la coalición de izquierda que llegó al gobierno en Grecia prometiendo poner fin a la austeridad sin romper con el euro —como si la historia, en su ironía más fina, pudiera resolver sus contradicciones sin pasar por el filo de la ruptura. Su ascenso y, sobre todo, su capitulación ante la Troika —la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, responsables de supervisar los programas de ajuste y rescate de la eurozona— constituyen una de las experiencias estratégicas más importantes de la izquierda del siglo XXI. Alrededor de SYRIZA se desarrolló un amplio debate internacional sobre qué tipo de organización política necesitaba la clase trabajadora tras la crisis de la socialdemocracia, en el que surgieron propuestas de formar «partidos amplios» y «nuevas formaciones de izquierda», concebidas como coaliciones electorales que reunieran distintas tradiciones políticas bajo un programa deliberadamente abierto. Volver sobre esa experiencia no responde únicamente a un interés histórico, ya que muchas de las discusiones de fondo abiertas entonces se han reavivado hoy en la izquierda argentina.
La crisis griega no fue un fenómeno aislado. Formó parte de la crisis general de la eurozona abierta en 2008, en la que los Estados socializaron las pérdidas del sistema financiero mediante rescates bancarios financiados con deuda pública y programas posteriores de austeridad. Grecia representó la expresión más aguda de esas contradicciones.^1
La crisis también transformó el sistema político griego. El PASOK, el partido socialdemócrata que había gobernado el país durante décadas, pasó del 43,9% de los votos en 2009 al 13,2% en 2012. Ese derrumbe dio origen al término pasokización, utilizado para describir el colapso electoral de los partidos socialdemócratas que implementaron políticas de austeridad. Al mismo tiempo, entre mayo de 2010 y finales de 2015 se sucedieron veintiocho huelgas generales —incluidas cuatro de 48 horas— junto con cientos de huelgas sectoriales, ocupaciones y manifestaciones que convirtieron a Grecia en el principal epicentro de la resistencia europea a las políticas de austeridad.^2
En ese contexto, SYRIZA pasó de ser una fuerza marginal a convertirse en una alternativa de gobierno. Obtuvo el 4,6% de los votos en 2009; el 16,8% en mayo de 2012; el 26,9% en junio del mismo año; y finalmente el 36,3% en enero de 2015.^3
Entre 2012 y 2015, SYRIZA se consolidó como un referente para amplios sectores de la izquierda internacional. Para millones de trabajadores y jóvenes representó una alternativa frente a la crisis económica, los planes de ajuste y el descrédito de los partidos tradicionales. Pero para amplios sectores de la población, el voto a la coalición de izquierda fue ante todo una forma de castigar a los partidos responsables de los memorandos de austeridad, más que una adhesión plena a un proyecto socialista. Como señalaba entonces la propia LIT, el voto expresaba fundamentalmente el rechazo popular a los partidos que habían administrado la Troika durante los primeros años de la crisis.^4
Diversas organizaciones revolucionarias interpretaron el crecimiento y triunfo electoral de SYRIZA de distintas maneras. El MST (Movimiento Socialista de los Trabajadores) presentó a SYRIZA como el modelo de una nueva izquierda amplia capaz de superar el «sectarismo» de la izquierda revolucionaria tradicional. El Committee for a Workers’ International (CWI), a través de su sección griega Xekinima, la entendió como la expresión más avanzada de las «nuevas formaciones de izquierda», concebidas como un paso hacia nuevos partidos obreros de masas. El Secretariado Unificado la consideró la experiencia más prometedora de los «partidos amplios» surgidos tras la crisis de la socialdemocracia europea. Aunque sus elaboraciones diferían, coincidían en un punto fundamental: SYRIZA abría un nuevo camino para disputar el gobierno y enfrentar la austeridad sin romper inicialmente con los marcos institucionales existentes.^5
La LIT criticó desde el inicio la estrategia de SYRIZA porque estaba determinada por una contradicción de fondo: pretendía poner fin a la austeridad sin romper con las instituciones que la imponían. Desde esa perspectiva, el problema no era únicamente el programa electoral de Tsipras, sino la estrategia que lo sustentaba. Este artículo reconstruye ese debate a partir de los documentos producidos por las distintas corrientes entre 2012 y 2015. Su propósito no es establecer un balance retrospectivo, sino analizar cómo cada una interpretó la experiencia de SYRIZA mientras ésta se desarrollaba y qué conclusiones estratégicas extrajo de ella.^6
¿Qué era SYRIZA? El Programa de Tesalónica y la apuesta por la negociación
Tras la capitulación de 2015, SYRIZA fue presentada por muchos como un partido socialdemócrata más. En el gobierno, pagó la deuda, mantuvo a Grecia en el euro, implementó un tercer memorándum con nuevos ajustes y no expropió los bancos. En la práctica, acabó gestionando el capitalismo griego en crisis, tal como había hecho el PASOK.^7
Sin embargo, esta caracterización no explica por completo el atractivo que SYRIZA tuvo entre 2012 y 2015. Antes de asumir el gobierno, no se la percibía como un partido socialdemócrata más, sino como una alternativa de una nueva «izquierda radical», surgida de una alianza de fuerzas diversas: eurocomunistas, trotskistas, maoístas, ecosocialistas e independientes.^8
Esta heterogeneidad fue presentada como una virtud porque parecía ofrecer una salida a la fragmentación de la izquierda marxista. Varias corrientes buscaron, con una terminología levemente distinta, adaptarse a esa amplitud política: la unidad de la «centroizquierda», las «nuevas formaciones de izquierda» o los «partidos amplios» anticapitalistas. Aunque estas categorías no eran equivalentes exactos, sí compartían un supuesto estratégico: era posible construir una organización capaz de reunir tradiciones políticas diversas en torno a un programa que combinara ideales revolucionarios y reformas radicales, y apuntar a fórmulas de gobierno en solitario o en coalición que no plantearan una ruptura inmediata con las principales instituciones del capitalismo. En ese marco podían convivir orientaciones muy diferentes, desde quienes concebían esas formaciones como una nueva variante de la izquierda reformista que ofrecía una nueva vía al socialismo, hasta quienes las entendían como una mediación hacia futuros partidos obreros de masas.
La orientación estratégica de SYRIZA encontraba su expresión más acabada en el Programa de Tesalónica, presentado por Alexis Tsipras en septiembre de 2014. El programa incluía medidas sociales ambiciosas: la restitución del bono navideño, la electricidad gratuita para 300.000 hogares, el salario mínimo en 751 euros. Todo ello costaba 11.400 millones de euros. Pero la pregunta —que el programa no formulaba, como si fuera de mala educación hacerlo— era: ¿de dónde saldría ese dinero si no se tocaba ni la deuda ni el euro? El aspecto decisivo no era el contenido de esas medidas sino el mecanismo propuesto para hacerlas viables. SYRIZA planteaba convocar una «Conferencia Europea sobre la Deuda», establecer un período de gracia para su pago, excluir la inversión pública de las restricciones del Pacto de Estabilidad y flexibilizar la política del Banco Central Europeo. El supuesto político era claro: poner fin a la austeridad mediante una renegociación con las instituciones europeas, manteniendo a Grecia dentro del euro y de la Unión Europea. Como resumía el propio Tsipras, la alternativa era «negociación europea con SYRIZA o aceptación de los términos de los acreedores con Samaras».^9
Tsipras pretendía navegar contra la corriente, pero sin soltar el timón del euro. Esa contradicción —como tantas en la historia del movimiento obrero— no era fruto de la mala fe, sino de la lógica misma de una posición de clase vacilante, situada a caballo entre dos mundos. Ahora bien, un análisis marxista no se deja engañar por las intenciones de los dirigentes. Se centra en la correlación objetiva de fuerzas —en el terreno, no en el discurso; en la estructura, no en la anécdota. La deuda estaba en manos de los acreedores europeos; el euro era administrado por el Banco Central Europeo, controlado por las principales potencias del continente; y la liquidez del sistema bancario griego dependía de la Troika. La negociación, por tanto, no se desarrollaba entre actores de peso equivalente, sino dentro de una estructura profundamente asimétrica de poder, bajo la lógica subyugadora del capital alemán y francés.^10
En junio de 2012, Tsipras declaró a la BBC: «No al memorándum de bancarrota. Sí al euro». Como si el euro y la bancarrota fueran hermanos enemigos, y no —como era el caso— padre e hijo del mismo régimen. Pocos días después, afirmó a Reuters que «la Unión Europea está bluffeando» y que Grecia permanecería en la moneda única. Antes de las elecciones de enero de 2015 resumió su proyecto afirmando: «No voy a ser un líder de la extrema izquierda. Voy a ser el primer ministro de todos los griegos». Estas declaraciones no eran concesiones coyunturales, sino la expresión coherente de una estrategia política: terminar con la austeridad negociando mejores condiciones dentro del euro, sin romper con él.^11
SYRIZA como proyecto estratégico y el debate en la izquierda
La rápida expansión de SYRIZA convirtió una experiencia nacional en un referente para la izquierda internacional. La crisis de la socialdemocracia, el descrédito de los partidos tradicionales y la irrupción de nuevas fuerzas políticas parecían anunciar una etapa distinta. En los años posteriores a la crisis de 2008 se consolidaron organizaciones ya existentes, como el Bloco de Esquerda en Portugal (1999), el PSOL en Brasil (2004) y Die Linke en Alemania (2007), mientras surgieron nuevas experiencias como Podemos en el Estado español (2014), el crecimiento de los Democratic Socialists of America (DSA) en torno a las campañas de Bernie Sanders (desde 2016) y La France insoumise en Francia (2016). Aunque sus trayectorias, programas y formas organizativas fueron diferentes, todas contribuyeron a una discusión común sobre las formas de reorganización política de la izquierda tras la crisis abierta en 2008. SYRIZA fue la primera de esas experiencias en llegar al gobierno. Por esa razón, el debate que provocó adquirió de inmediato una dimensión internacional. Lo que estaba en juego no era sólo el futuro de Grecia, sino la viabilidad de una estrategia que comenzaba a influir en buena parte de la izquierda europea, norteamericana y latinoamericana.^12
El MST en Argentina fue, probablemente, la organización latinoamericana que más claramente se adhirió a esta nueva experiencia. SYRIZA no era simplemente una coalición electoral exitosa, sino la confirmación de una orientación política que dicha organización venía defendiendo desde hacía años: la necesidad de construir una «nueva izquierda amplia» capaz de superar tanto la fragmentación de la izquierda como el aislamiento de las organizaciones revolucionarias. La amplitud de SYRIZA no se consideraba una concesión táctica, sino una virtud estratégica.
En enero de 2015, Alejandro Bodart viajó a Atenas, invitado por SYRIZA, y declaró: «Los sectarios como Jorge Altamira deberían aprender de SYRIZA. Es una coalición de izquierda amplia, integrada por 13 fuerzas, en la que se priorizan los acuerdos. Desde el MST proponemos ese modelo de unidad para que la izquierda argentina deje su rol testimonial y avance como opción de gobierno». Tras la victoria electoral insistió en la misma orientación. En un artículo titulado «Syriza trae vientos de cambio», Bodart sostuvo que «la victoria histórica de Syriza reafirma nuestro proyecto de construir en la Argentina una Nueva Izquierda moderna, amplia y no sectaria».^13
Para el MST, SYRIZA y Podemos expresaban una misma tendencia histórica: el surgimiento de nuevas organizaciones capaces de ocupar el espacio dejado por la crisis de la socialdemocracia y de disputar el gobierno desde la izquierda. Bodart sostenía que, después del caso griego, «el contagio más próximo que se viene es el posible triunfo de otra nueva izquierda, Podemos, en las elecciones de mayo en España». Incluso después de la capitulación de Tsipras, el MST sostuvo que «el verdadero debate es la necesidad de impulsar grandes coaliciones amplias y de izquierda, asumiendo sus riesgos».^14 La experiencia griega modificaba el balance sobre su dirección, pero no la orientación estratégica hacia la construcción de organizaciones amplias.
La LIT, por su parte, compartía la alegría del pueblo griego por la derrota electoral de los partidos de la Troika, pero distinguía cuidadosamente entre comprender las expectativas populares y reforzarlas políticamente. Como afirmaba pocos días después de las elecciones, «entender las ilusiones en el nuevo gobierno no exige apoyar las ilusiones mismas». Su conclusión era que la única garantía de un cambio real seguía siendo «la lucha de los trabajadores y el pueblo griego».^15 Desde el comienzo sostenía que el nuevo gobierno enfrentaría una disyuntiva insoslayable: «aplicar un plan de rescate de los trabajadores y el pueblo o pagar la deuda de los banqueros y especuladores. O con los trabajadores y el pueblo griego o con la Troika. Ese es el dilema».^16
El Committee for a Workers’ International (CWI) entendía que la discusión abierta por SYRIZA no comenzaba con Grecia sino con la crisis histórica de la representación política de la clase trabajadora. Desde la década de 1990, la organización sostenía que el debilitamiento de la socialdemocracia tradicional favorecería el surgimiento de «nuevos partidos de trabajadores», es decir, nuevas organizaciones de masas que no reproducirían necesariamente la estructura ni el programa de los viejos partidos obreros del siglo XX. Las «nuevas formaciones de izquierda» debían entenderse como una etapa transitoria dentro de ese proceso más amplio de recomposición política.^17
Esa perspectiva llevaba al CWI a asumir una doble tarea: fortalecer las organizaciones revolucionarias existentes e intervenir activamente en la formación de esos nuevos partidos obreros de masas. Como resumía Dobson, la organización debía combinar la construcción de la organización revolucionaria con la participación en la construcción de nuevos partidos obreros.^18 La coexistencia de ambas tareas descansaba en la idea de que la hegemonía reformista de esas nuevas formaciones no terminaría condicionando su desarrollo político ni convirtiéndolas en un obstáculo para la construcción de un proyecto revolucionario.
El CWI advertía que la conducción encabezada por Tsipras apoyaba su política en un discurso contra la austeridad, pero seguía convencida de que era posible negociar una salida dentro de las instituciones del capitalismo europeo. Sostenía que una victoria electoral de la coalición sería un paso adelante porque modificaría la relación de fuerzas entre las clases y abriría un nuevo ciclo de luchas capaz de empujar al gobierno hacia posiciones más avanzadas. Como explicaba Andros Payiatsos, la razón principal para apoyar a SYRIZA era que la clase trabajadora esperaba que algunas de sus demandas fueran satisfechas, y que una victoria de SYRIZA tendría un efecto liberador sobre la sociedad y podría desencadenar un nuevo período de lucha de clases. En el mismo sentido afirmaba que, pese al giro de la dirección hacia la negociación con la Troika, era posible que fueran empujados hacia la izquierda bajo la presión del movimiento de masas.^19
En ese sentido, la posición del CWI ocupaba un lugar intermedio y confuso entre el entusiasmo del MST y la crítica desarrollada por la LIT. Compartía con ésta la preocupación por la moderación creciente de la dirección de SYRIZA, pero seguía considerando que una victoria electoral podía desencadenar un proceso de radicalización de masas capaz de alterar la correlación de fuerzas dentro del propio gobierno.
El Secretariado Unificado compartía buena parte de ese diagnóstico del CWI, aunque desarrolló una elaboración propia en torno a los «partidos amplios» o «anticapitalistas», organizaciones lo suficientemente amplias como para reunir tradiciones políticas diferentes sin exigir una delimitación programática completa como condición previa para intervenir en la lucha política.^21 Pero aquella apuesta por los partidos amplios no era monolítica. Dentro del propio SU, la sección griega OKDE-Spartakos cuestionó abiertamente esa política y sostuvo que SYRIZA permanecía definitivamente dentro del marco del capitalismo y la democracia burguesa. El intercambio público entre el Buró Ejecutivo internacional y su propia sección griega mostró que el debate no era externo sino interno al propio Secretariado Unificado. Mientras la dirección internacional seguía llamando a apoyar electoralmente a SYRIZA, OKDE-Spartakos respondía que el partido permanecía definitivamente dentro del marco del capitalismo y la democracia burguesa, cuestionando tanto su estrategia hacia el euro como la orientación general del Buró Internacional.^22
Años más tarde, Kostas Skordoulis resumía retrospectivamente esa crítica con una formulación aún más directa: decidieron conscientemente convertirse en los administradores del capitalismo griego. Desde su perspectiva, la capitulación de 2015 no fue el resultado de un error táctico sino de una decisión política coherente con el proyecto asumido por la dirección de Tsipras.^23
La LIT llegó a una conclusión distinta porque partía de otro problema. La discusión sobre SYRIZA era inseparable de la discusión sobre su dirección. Pero la cuestión de fondo no era simplemente si Alexis Tsipras terminaría capitulando, sino qué proyecto político expresaba esa dirección y qué estrategia proponía para enfrentar la crisis griega. Desde la perspectiva de la LIT, el Programa de Tesalónica no representaba un proyecto de ruptura frustrado posteriormente por la presión de la Troika, sino una estrategia basada en la posibilidad de derrotar la austeridad mediante la negociación con las instituciones encargadas de imponerla. Preservar el euro, permanecer en la Unión Europea y renegociar la deuda no eran aspectos secundarios del programa, sino sus premisas fundamentales.
Esa convicción, mantenida sin fisuras desde 2012, llevaba a la LIT a concluir que las principales reivindicaciones planteadas por SYRIZA —el fin de la austeridad, la recuperación de salarios y jubilaciones, el no pago de la deuda y la expropiación de la banca— eran incompatibles con la preservación del marco institucional de la Unión Europea, el poder de los grandes bancos y, en última instancia, del propio sistema capitalista. Así planteado, el problema no era simplemente la amplitud de la coalición, sino la estrategia de conciliación de clases sobre la que esa amplitud descansaba.^24
En mayo de 2015 la LIT profundizó su caracterización del gobierno. Ya no se limitó a cuestionar la estrategia negociadora de Tsipras, sino que definió al gabinete Syriza-ANEL como un «gobierno burgués atípico» o de frente popular: un gobierno dirigido por organizaciones provenientes del movimiento obrero que administraba un Estado capitalista en alianza con sectores de la burguesía. La discusión dejaba así de centrarse en las intenciones subjetivas de Tsipras para situarse en el carácter de clase del gobierno y del Estado que administraba.^25
Después del referéndum: la prueba de fuego
Llegó el momento en que las palabras dejaron de ser palabras. El 5 de julio de 2015, más de seis millones de griegos acudieron a las urnas. No votaban por un gobierno ni por un partido: votaban una pregunta, la más elemental y a la vez la más radical que un pueblo puede formularse en tiempos de crisis: ¿sí o no a la austeridad? Esa pregunta, en su desnudez, era ya un juicio sobre el orden existente. El 61,3% dijo no. Esa noche, en el balcón de la sede de SYRIZA, Tsipras no proclamó una ruptura. Anunció una negociación. La prueba de fuego acababa de comenzar.^26
El referéndum no surgió de la nada. Era el punto culminante de un ciclo de movilización abierto años antes mediante decenas de huelgas generales —muchas de ellas de magnitud sin precedentes desde la restauración de la democracia—, además de ocupaciones y manifestaciones contra los memorandos impuestos por la Troika. La clase trabajadora griega era, en 2015, un volcán en erupción. Pero SYRIZA no quería la lava; quería negociar con el cráter. El ascenso electoral de SYRIZA fue la principal expresión política de ese proceso de radicalización social, pero no lo originó.^27
SYRIZA no llegaba debilitada a ese momento decisivo. Por el contrario, acababa de recibir el mayor respaldo político de toda su trayectoria. Millones de trabajadores habían rechazado las condiciones impuestas por la Troika y otorgado al gobierno un mandato inequívoco para enfrentarlas. La aceptación, apenas unos días más tarde, de un tercer memorándum aún más severo que el rechazado en las urnas, convirtió aquella victoria en un problema teórico para toda la izquierda internacional. El resultado colocó al gobierno en la situación más paradójica que un político pueda imaginar: acababa de recibir un cheque en blanco de millones de trabajadores, y lo usó para comprar el tercer memorándum. La historia, como sabía Marx, ocurre dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa. En Grecia, la tragedia fue de las masas; la farsa, de sus representantes.
La cuestión ya no era si SYRIZA podía llegar al gobierno. La pregunta se volvió más brutal: ¿cómo explicar que un gobierno fortalecido por una victoria política tan contundente terminara aceptando exactamente aquello que la mayoría de la población acababa de rechazar?
Esa pregunta adquiría un significado diferente según el diagnóstico previo que cada corriente había formulado sobre SYRIZA. Hasta ese momento, las divergencias habían permanecido parcialmente ocultas tras el apoyo común al rechazo de las políticas de la Troika. El referéndum puso de manifiesto que esas diferencias no se originaban el 5 de julio. Provenían de una discusión previa sobre el carácter del Programa de Tesalónica, el significado de la Unión Europea y la estrategia que debía seguir un eventual gobierno de SYRIZA.
En ese sentido, la victoria del «NO» no resolvió el debate abierto desde 2012; lo desplazó a un terreno nuevo: la relación entre el mandato expresado por millones de trabajadores y la estrategia que el gobierno estaba dispuesto a seguir al día siguiente.
Para el MST, el CWI y el Secretariado Unificado —aunque con matices importantes entre sí—, el triunfo del NO modificaba sustancialmente la correlación de fuerzas. El respaldo popular obtenido por el gobierno parecía abrir una oportunidad inédita para endurecer la negociación con las instituciones europeas o para apoyarse en la movilización social y empujar el proceso hacia posiciones más avanzadas.
La LIT, en cambio, consideraba que el referéndum no modificaba la contradicción fundamental que venía señalando desde el comienzo. El problema decisivo no era la magnitud del apoyo popular ni la fortaleza coyuntural del gobierno, sino la estrategia sobre la que descansaba ese gobierno. Mientras la dirección de SYRIZA continuara intentando preservar simultáneamente el euro, la Unión Europea y la negociación con los acreedores, el mandato expresado en las urnas terminaría inevitablemente subordinado a esos límites políticos. El referéndum no anulaba la contradicción del Programa de Tesalónica; la llevaba a su punto máximo de tensión.
Fue precisamente esa tensión la que comenzó a manifestarse en las primeras reacciones públicas de las distintas corrientes inmediatamente después de conocerse el resultado.
¿Qué significaba el triunfo del NO?
Las primeras reacciones coincidieron en un punto fundamental: el resultado del referéndum representaba una derrota política para la Troika y un triunfo extraordinario de la movilización popular. Pero esa coincidencia inicial ocultaba diferencias profundas acerca del sujeto político capaz de convertir ese respaldo electoral en una ruptura efectiva con la austeridad.
El MST interpretó el resultado como una confirmación del camino recorrido por SYRIZA. Su declaración saludó la victoria afirmando: «Felicidades al pueblo griego, felicidades a SYRIZA y felicidades a Alexis Tsipras».^28 La formulación no era casual. El sujeto que había derrotado a la Troika se presentaba como una unidad: el pueblo, SYRIZA y el gobierno. El enorme respaldo popular recibido por Tsipras parecía confirmar que la estrategia seguida desde enero conservaba plena legitimidad política.
El CWI compartía el entusiasmo por el resultado, pero introducía un matiz importante. También saludó el NO como una derrota del imperialismo europeo. Sin embargo, insistía en que ese mandato sólo podía hacerse efectivo mediante una ruptura con el pago de la deuda, la nacionalización de la banca y la movilización independiente de los trabajadores, tanto dentro como fuera de SYRIZA.^29 El problema ya no era exclusivamente el gobierno; pasaba a depender de la capacidad de la movilización popular para empujar a SYRIZA más allá de los límites que su propia dirección parecía dispuesta a aceptar.
El Secretariado Unificado desarrolló una expectativa similar. Durante los días posteriores al referéndum continuó sosteniendo que el gobierno disponía ahora de una relación de fuerzas más favorable para modificar el curso de las negociaciones. La posibilidad de que SYRIZA se apoyara en la movilización de masas seguía ocupando un lugar central en su análisis.^30
Aunque estas tres interpretaciones diferían entre sí, compartían una premisa común. Todas entendían que el NO había fortalecido políticamente al gobierno y que ese fortalecimiento podía modificar el desenlace de la confrontación con las instituciones europeas.
La LIT formuló el problema de manera distinta. También llamó a votar NO y participó activamente en la campaña contra el memorándum. Pero consideraba que el resultado del referéndum no modificaba la contradicción central señalada desde 2012. La cuestión decisiva no era el respaldo popular obtenido por el gobierno sino el proyecto político que ese gobierno seguía defendiendo. Mientras la dirección de SYRIZA continuara intentando preservar simultáneamente el euro, la Unión Europea y la negociación con los acreedores, el mandato expresado por millones de trabajadores terminaría subordinado a esa estrategia.
Por eso, la LIT no interpretaba el referéndum como una validación del camino recorrido por el gobierno, sino como la máxima expresión de una contradicción a punto de estallar. El apoyo popular fortalecía objetivamente la posibilidad de romper con la Troika, pero no modificaba el hecho de que la dirección de SYRIZA seguía intentando resolver el conflicto dentro del mismo marco institucional cuya preservación había constituido el núcleo del *Programa de Tesalónica*.
Visto retrospectivamente, ésta fue la diferencia decisiva. Para el MST, el CWI y el Secretariado Unificado, el NO abría una nueva oportunidad política. Para la LIT, había llegado el momento de verificar si la estrategia de negociar con las instituciones europeas podía sostenerse frente al primer gran choque con ellas. El problema ya no consistía únicamente en ganar el referéndum, sino en determinar qué haría el gobierno con esa victoria.
Esa pregunta quedó respondida apenas unos días después, cuando Alexis Tsipras aceptó un tercer memorándum todavía más severo que el rechazado en las urnas.
La capitulación: ¿qué había fracasado realmente?
La aceptación del tercer memorándum no fue una noticia. Fue una sentencia. En el lenguaje de la historia, se les llama hechos consumados. Pero ¿sentencia de qué? ¿De una dirección traidora? ¿De una estrategia ingenua? ¿De un proyecto imposible?
Las respuestas divergieron precisamente porque cada corriente respondía a una pregunta distinta. Y esa divergencia remitía a diagnósticos formulados antes de que el referéndum siquiera existiera. La clave residía en determinar qué había fracasado: una dirección política, una estrategia de negociación o un proyecto político más amplio.
Tres corrientes compartían, en el fondo, una misma orientación: el problema era Tsipras. Bodart lo decía sin ambages: «la única salida realista para Grecia es aplicar un plan anticapitalista, no pagar la deuda e incluso salir del euro».^31 El MST, fiel a su enfoque, localizaba la derrota en el abandono del programa por parte de la dirección. No era la estrategia de la «nueva izquierda amplia» la que había fracasado, sino quienes la habían conducido. La solución, entonces, era encontrar una dirección dispuesta a llevarlo hasta el final. Por eso la ruptura de Lafazanis y la creación de Unidad Popular fueron saludadas como una segunda oportunidad —con las mismas premisas estratégicas, pero con otro timonel. Como si en la historia de las revoluciones bastara con cambiar de capitán para que el barco cambiara de rumbo.
El CWI, más cauto, coincidía en lo esencial: Tsipras había abandonado la única política compatible con el mandato popular. Pero su balance no se detenía en la dirección. La crisis griega confirmaba la necesidad de combinar las nuevas organizaciones de masas con una dirección claramente socialista, dispuesta a romper con la Unión Europea, el euro y el capital financiero. La experiencia cuestionaba el rumbo seguido por SYRIZA como caso particular, no la estrategia general de apoyar la intervención en la formación de nuevos partidos amplios.
El SU llegó a una conclusión muy similar. La derrota era histórica, pero no implicaba abandonar la perspectiva de los partidos anticapitalistas. La explicación volvía a centrarse en las decisiones de Tsipras y en su negativa a apoyarse en la movilización popular.
Vistas en conjunto, estas tres interpretaciones compartían un rasgo común. La capitulación de Tsipras aparecía como un hecho coyuntural, no como la consecuencia lógica de su proyecto político. Se explicaba por las decisiones adoptadas por una dirección determinada y por su negativa a apoyarse plenamente en la movilización abierta en torno al referéndum. Ninguna cuestionaba el supuesto estratégico de fondo: que era posible frenar la ofensiva contra la clase trabajadora desde las instituciones del Estado burgués sin romper con el marco de la Unión Europea y de la economía capitalista. La derrota, en esa lectura, era reversible.
Para la LIT, era un error centrar la explicación en por qué Tsipras había capitulado, planteando la cuestión en términos morales o psicológicos. No se trataba de explicar una traición individual, sino de establecer qué intereses de clase expresaban ese gobierno y el proyecto político que representaba. La pregunta decisiva no era por qué había fracasado un dirigente, sino qué estrategia había llegado a sus límites históricos.
Desde la perspectiva de la LIT, la aceptación del tercer memorándum no constituyó una ruptura inesperada con la orientación anterior del gobierno, sino su desenlace lógico. La estrategia de SYRIZA descansaba sobre una conciliación entre objetivos incompatibles: satisfacer las reivindicaciones de los trabajadores preservando, al mismo tiempo, el euro, la Unión Europea, el Estado capitalista griego y los intereses del capital financiero expresados en el pago de la deuda. Cuando esa contradicción se volvió insostenible, no fue el marco institucional el que cedió, sino el contenido social del programa. Por esa razón, *Correo Internacional*, en su balance de la experiencia griega, formuló una pregunta distinta de la predominante en las demás corrientes: **»¿A qué intereses de clase SYRIZA ha sucumbido?»**^32
Esta conclusión encontraba sustento en la evolución interna de SYRIZA. Dentro de la coalición coexistían la Plataforma de Izquierda, partidaria de romper con el euro; el denominado Grupo de los 53, que mantenía una posición crítica; y la dirección proeuropea encabezada por el triunvirato Tsipras-Pappas-Dragasakis.^33 Este último había definido su orientación ya en noviembre de 2014, antes incluso de llegar al gobierno. Los principales responsables de la negociación con la Troika —Varoufakis, Tsakalotos, Kotzias, Voutsis y Stathakis— respondían a esa dirección política y no a la base del partido. Cuando el conflicto con las instituciones europeas alcanzó su punto culminante, el aparato del Estado, controlado por ese sector, impuso su orientación, mientras la izquierda de SYRIZA, carente de mecanismos de control democrático y de una organización independiente capaz de apoyarse en la movilización de masas, fue desplazada.^34
La experiencia confirmaba así la caracterización que la LIT había formulado desde 2012. La contradicción entre las reivindicaciones populares y la preservación del marco institucional europeo no había desaparecido con el referéndum; sólo se había agudizado hasta hacerse irresoluble. Como sintetizaba posteriormente la LIT: «todo gobierno que no rompa con la burguesía y el imperialismo acaba siendo (más temprano que tarde) instrumento del capital financiero».^35 Lo que antes del gobierno constituía una advertencia estratégica, después de julio de 2015 aparecía confirmado por la experiencia.
Lecciones estratégicas: movilización, autoorganización y programa de transición
Frente a una estrategia que había conducido a la derrota, la LIT proponía una alternativa de clase con tres pilares.
El primero era la movilización independiente de la clase trabajadora. Desde julio de 2012, Correo Internacional había llamado a la huelga general y la ocupación de fábricas, advirtiendo que la estrategia de Tsipras de buscar la «paz social» era un callejón sin salida.^36 No se trataba de una consigna abstracta, sino de una apuesta concreta: el único contrapeso real a una dirección que se desplazaba hacia la derecha era la organización autónoma de los trabajadores en los lugares de trabajo y en las calles.
El segundo pilar era la autoorganización de los trabajadores. La experiencia de la Plataforma de Izquierda había demostrado que, sin mecanismos de control de base, los dirigentes podían tomar decisiones sin consultar al partido. Por eso se promovían instrumentos como el mandato imperativo, la revocabilidad de los cargos, las comisiones de base, las asambleas abiertas y la rotación de responsabilidades.^37 Estos no eran detalles organizativos menores: eran la condición para que una dirección respondiera a la base y no a los aparatos del Estado.
El tercero era recuperar el método del programa de transición. No se trataba de levantar un «programa máximo» (el socialismo) ni un «programa mínimo» (reformas dentro del capitalismo). Era un programa de ruptura que partía de necesidades inmediatas: medidas concretas que un gobierno verdaderamente anticapitalista debería aplicar sin demora. No pago de la deuda. Expropiación de los bancos bajo control obrero. Salida planificada del euro. Ruptura con la OTAN. El programa de transición no es una lista de buenas intenciones, sino un puente entre las necesidades inmediatas de los trabajadores y la tarea estratégica de tomar el poder.^38
La experiencia griega mostró hasta qué punto la amplitud organizativa, cuando no está acompañada de delimitaciones programáticas claras, se convierte en el sepulcro de las ilusiones reformistas. La historia no perdona la ambigüedad en los momentos decisivos. La claridad estratégica no es un lujo sectario, sino una condición para no terminar administrando la derrota.
Si bien la LIT llamó a apoyar el «NO» en el referéndum, lo hizo con un programa político explícito: mostrar la contradicción entre el contenido del referéndum y el del gobierno de Tsipras. No se trataba de romper el diálogo con los trabajadores, sino de reconocer sus expectativas legítimas, intervenir en las movilizaciones reales y dejar que las masas hicieran la experiencia por sí mismas. Esa advertencia no era «sectaria»; era la única manera de construir una confianza política basada en experiencias reales y de impulsar formas de organización por la base, independientes y democráticas, para ejercer un contrapeso real a un gobierno que iba a traicionar.^39
Conclusión
La experiencia de SYRIZA fue mucho más que un episodio de la política griega. Constituyó el primer gran experimento de gobierno surgido del ciclo abierto por la crisis financiera de 2008 y, por esa razón, se convirtió en una referencia obligada para las distintas estrategias de reorganización de la izquierda internacional. El interés que despertó entre organizaciones tan diversas como el MST, el CWI, el Secretariado Unificado o la LIT expresaba una discusión más amplia sobre cómo reconstruir una alternativa política para la clase trabajadora tras la crisis de la socialdemocracia.
La discusión sobre la amplitud organizativa remitía, en realidad, a un problema más profundo: la naturaleza del proyecto político que esas nuevas organizaciones debían expresar. Mientras unas corrientes consideraban posible abrir un nuevo ciclo político mediante organizaciones suficientemente amplias para reunir tradiciones y programas diversos, la LIT sostuvo desde el comienzo que el problema decisivo no era la amplitud en sí misma, sino la estrategia que hacía posible esa amplitud y los límites que esa estrategia imponía cuando una organización llegaba al gobierno.
El debate sobre SYRIZA, visto en perspectiva, nunca fue únicamente una discusión sobre Alexis Tsipras. Fue una discusión sobre el Estado, el imperialismo europeo y qué tipo de gobierno necesitan los trabajadores. El Programa de Tesalónica expresaba un proyecto político que buscaba terminar con la austeridad preservando el euro, la Unión Europea y el Estado griego integrado en la arquitectura institucional del capitalismo europeo. La controversia entre las distintas corrientes de la izquierda revolucionaria giró precisamente en torno a la viabilidad de ese proyecto.
El desenlace de julio de 2015 fue la derrota de un gobierno, pero más aún, la prueba de las distintas estrategias elaboradas por la izquierda internacional frente a la crisis abierta en 2008. Esa prueba no fue superada por quienes confiaban en la amplitud organizativa como sustituto de la claridad programática. Tsipras y su corriente, que representaban una tendencia conservadora y burguesa presentada como radicalismo, encontraron su límite en la misma lógica que hoy atraviesa otros proyectos de centroizquierda contemporáneos —La France Insoumise, Podemos, el PSOL— que crecieron a partir del descontento popular, pero que en momentos decisivos no propusieron la ruptura con el euro, la deuda o los bancos, sino que optaron por la conciliación al participar en coaliciones de gobierno.^40 La experiencia griega mostró que la crisis de la socialdemocracia no conduce automáticamente a una política de ruptura con el capitalismo. También puede abrir paso a nuevas formaciones reformistas capaces de canalizar el descontento popular sin romper con las estructuras fundamentales del orden existente.
La pregunta que SYRIZA dejó planteada no ha perdido vigencia: ¿qué tipo de organización política necesita la clase trabajadora para no terminar administrando su propia derrota? La respuesta, a la luz de Grecia, apunta en una dirección: claridad programática, independencia de clase y control de base. Todo lo demás, como demostró SYRIZA, es una invitación a la capitulación.
NOTAS
^1 Costas Lapavitsas et al., *Crisis in the Eurozone* (London: Verso, 2012); Barry Eichengreen, *Hall of Mirrors* (Oxford: Oxford University Press, 2015).
^2 Ministerio del Interior de Grecia, resultados electorales de 2009 y 2012; LIT-CI, «¡Ni una tregua al gobierno de Samaras!», *Correo Internacional*, julio de 2012.
^3 Ministerio del Interior de Grecia, resultados oficiales de las elecciones parlamentarias de 2009, mayo de 2012, junio de 2012 y enero de 2015.
^4 Liga Internacional de los Trabajadores–Cuarta Internacional, «Grecia: Syriza canaliza un enorme rechazo popular a los ataques de la troika europea,» 27 de enero de 2015.
^5 Alejandro Bodart, «Syriza trae vientos de cambio,» Movimiento Socialista de los Trabajadores, enero de 2015; Andros Payiatsos, «Greece: Towards a Syriza Government?,» *The Socialist*, January 7, 2015; Fourth International, Executive Bureau, «The Future of the Workers of Europe Is Being Decided in Greece,» May 25, 2012.
^6 Stathis Kouvelakis, *The Syriza Wave*; Costas Douzinas, *Syriza in Power: Reflections of an Accidental Politician* (Cambridge: Polity, 2017); Alex Callinicos, *Deciphering Capital* (London: Bookmarks, 2014).
^7 Stathis Kouvelakis, *The Syriza Wave*, chaps. 8–10; Costas Lapavitsas, *The Left Case Against the EU* (Cambridge: Polity, 2019), chap. 5.
^8 Syriza, *Founding Declaration* (Athens, 2004); Kouvelakis, *The Syriza Wave*, chap. 1.
^9 Alexis Tsipras, «The Thessaloniki Programme,» speech delivered at the Thessaloniki International Fair, September 13, 2014.
^10 Costas Lapavitsas, *The Left Case Against the EU*, chap. 4.
^11 BBC News, interview with Alexis Tsipras, June 2012; Reuters, interview with Alexis Tsipras, June 2012; Reuters, interview with Alexis Tsipras, January 2015.
^12 Matt Dobson, «New Left Formations: CWI School 2015—Report of Discussion on New Workers’ Parties, Left Populism and the Ideas and Programme of Podemos, Syriza,» *Socialist Alternative*, August 13, 2015.
^13 Alejandro Bodart, declaraciones en Atenas, enero de 2015; Movimiento Socialista de los Trabajadores, «Syriza trae vientos de cambio,» enero de 2015; Alejandro Bodart, «Los sectarios deberían aprender de Syriza,» Movimiento Socialista de los Trabajadores, enero de 2015.
^14 Alejandro Bodart, «La victoria histórica de Syriza reafirma nuestro proyecto de construir una Nueva Izquierda moderna, amplia y no sectaria,» Movimiento Socialista de los Trabajadores, enero de 2015.
^15 Liga Internacional de los Trabajadores–Cuarta Internacional, «Grecia: Syriza canaliza un enorme rechazo popular a los ataques de la troika europea,» 27 de enero de 2015.
^16 Liga Internacional de los Trabajadores–Cuarta Internacional, «Grecia: Syriza canaliza un enorme rechazo popular a los ataques de la troika europea,» 27 de enero de 2015.
^17 Matt Dobson, «New Left Formations: CWI School 2015—Report of Discussion on New Workers’ Parties, Left Populism and the Ideas and Programme of Podemos, Syriza,» *Socialist Alternative*, August 13, 2015.
^18 Matt Dobson, «New Left Formations.» Original en inglés: *»building the revolutionary organisation while participating in the building of new workers’ parties»*.
^19 Andros Payiatsos, «Greece: Towards a Syriza Government?,» *The Socialist*, January 7, 2015. Original en inglés: *»The main reason we support Syriza… is that there is an expectation from the working class that some of their demands will be satisfied… a Syriza victory will have a liberating effect on society… and can unleash a new period of working class struggle.» / «it is possible that they will be pushed to the left under the pressure of the mass movement»*.
^21 Fourth International, Executive Bureau, «The Future of the Workers of Europe Is Being Decided in Greece,» May 25, 2012.
^22 Fourth International Bureau and OKDE-Spartakos, «Exchange between the FI Bureau and OKDE-Spartakos (Greek Section),» June 9, 2012. Original en inglés: *»definitively within the framework of capitalism and bourgeois democracy»*.
^23 Josefina L. Martínez, «Interview: ‘Tsipras Is Saving Greek Capitalism’,» *Left Voice*, October 8, 2015 (interview with Kostas Skordoulis). Original en inglés: *»They consciously decided to become the managers of Greek capitalism»*.
^24 «Una estación de paso en la crisis,» *Correo Internacional*, agosto de 2012; Ricardo Ayala, «Primeras lecciones de Grecia,» *Correo Internacional*, no. 13 (São Paulo: Editora Lorca, agosto de 2015).
^25 Liga Internacional de los Trabajadores–Cuarta Internacional, «El gobierno de Syriza saca dinero de los hospitales para pagar la deuda,» 11 de mayo de 2015.
^26 Yanis Varoufakis, *Adults in the Room: My Battle with Europe’s Deep Establishment* (London: Bodley Head, 2017); Reuters, coverage of the negotiations between the Greek government and the Troika, June–July 2015.
^27 LIT-CI, «¡Ni una tregua al gobierno de Samaras!», *Correo Internacional*, julio de 2012; Ministerio del Interior de Grecia, resultados del referéndum de 5 de julio de 2015.
^28 Movimiento Socialista de los Trabajadores, «Felicidades al pueblo griego, felicidades a Syriza y felicidades a Alexis Tsipras,» 6 de julio de 2015.
^29 Committee for a Workers’ International, «Statement on the Greek Referendum,» 6 July 2015. Original en inglés: *»inside and outside of Syriza»*.
^30 Fourth International, Executive Bureau, statement on the Greek referendum, July 2015; Liga Internacional de los Trabajadores–Cuarta Internacional, «El pueblo griego dijo NO… pero Tsipras y el gobierno de Syriza dijeron SÍ,» julio de 2015.
^31 Alejandro Bodart, «Tsipras capituló: ahora la única salida para Grecia es un plan anticapitalista, no pagar la deuda e incluso salir del euro,» Movimiento Socialista de los Trabajadores, julio de 2015.
^32 Ricardo Ayala, «Primeras lecciones de Grecia,» *Correo Internacional*, no. 13 (São Paulo: Editora Lorca, agosto de 2015).
^33 *The Times*, 18 de junio de 2015; Anadolu Ajansı, 26 de agosto de 2015; GreekReporter, 26 de agosto de 2015.
^34 Eric Toussaint, «El relato de Varoufakis: una autocondena», Verso Books, 2017; Kouvelakis, «Nace Unidad Popular», 2015; GreekReporter, 26 de agosto de 2015.
^35 Liga Internacional de los Trabajadores–Cuarta Internacional, «El gobierno de Syriza saca dinero de los hospitales para pagar la deuda,» 11 de mayo de 2015.
^36 LIT-CI, «¡Ni una tregua al gobierno de Samaras!», *Correo Internacional*, julio de 2012; LIT-CI, *Marxismo Vivo*, n.º 6 y n.º 7, 2015-2016.
^37 Sobre mecanismos de control de base: tradición del bolchevismo leninista y estatutos tipo de la LIT-CI.
^38 LIT-CI, *Marxismo Vivo*, Nº 6, diciembre de 2015; y Trotsky, *El programa de transición*, 1938.
^39 LIT-CI, *Marxismo Vivo*, Nº 7, 2016.
^40 LIT-CI, *Marxismo Vivo*, Nº 7 (2016); *Correo Internacional* (2015-2017, 2022-2024).




