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Brasil

La Copa de las apuestas: ganancias multimillonarias a costa de la ilusión del pueblo

Joana Salay

julio 2, 2026

El involucramiento de los brasileños con la Copa del Mundo es una de las mayores expresiones de la pasión popular por el fútbol. En cada partido, millones de personas se detienen para alentar y vivir colectivamente una fiesta que atraviesa generaciones. Pero en este Mundial hay una presencia que aparece casi tanto como las selecciones: las apuestas deportivas.

Están en las transmisiones, en las camisetas de los clubes, en los comentarios, en los entretiempos, en las redes sociales, en los influencers, en las “cuotas especiales” y en las promociones de “apostá ahora”. Las apuestas pasaron a formar parte de la propia experiencia de ver fútbol. En cada córner, falta, tarjeta o remate al arco, intentan transformar la pasión del hincha en una apuesta.

Las casas de apuestas no producen nada socialmente útil. No mejoran el deporte, no democratizan el acceso a los estadios ni garantizan el ocio para el pueblo. Viven de capturar una parte de los ingresos de la clase trabajadora, muchas veces de personas que ya están endeudadas, desempleadas o intentando llegar a fin de mes.

La publicidad intenta vender la apuesta como un juego, una emoción extra, una muestra de modernidad. Pero la lógica es simple: la casa siempre gana. Y gana porque todo este negocio fue construido para eso. La apuesta no es un duelo justo entre el hincha y la suerte. Es una máquina multimillonaria basada en algoritmos, adicción, publicidad agresiva y explotación de la vulnerabilidad social. Para los ricos, perder un poco de dinero puede ser una diversión. Para los trabajadores, es la ruina.

Hubo reacciones frente a esta invasión. La publicidad de las apuestas durante las transmisiones de CazéTV generó indignación en las redes sociales y llevó al Ministerio de Justicia a abrir una investigación por posible publicidad abusiva. Pero en este debate no faltan los hipócritas. Globo intenta beneficiarse del desgaste de CazéTV. Parlamentarios de derecha, como Kim Kataguiri, aparecen criticando las apuestas, pero defienden la lógica del mercado, la desregulación y la libertad para los mismos grupos económicos que convierten todo en un negocio. ¿Cuál es entonces el centro del problema?

Saqueo legalizado

El avance de las apuestas fue institucionalizado y normalizado en Brasil. Las apuestas electrónicas entraron por la puerta abierta durante el gobierno de Temer y adquirieron un marco de legalidad con la regulación y la tributación impulsadas por el gobierno de Lula. Con la complicidad del Congreso Nacional, de sucesivos gobiernos y de los grandes clubes, este mercado se instaló en el corazón del fútbol brasileño.

Con la regulación, las casas de apuestas dejaron la marginalidad para adquirir la apariencia de un negocio legítimo. Pasaron a patrocinar clubes, campeonatos, transmisiones, influencers y grandes plataformas. Según proyecciones del propio sector, Brasil puede mover hasta 31 mil millones de reales en apuestas solamente durante la Copa del Mundo. Hace tiempo que dejó de ser un simple entretenimiento para los hinchas: se trata de una industria multimillonaria orientada a apropiarse de los ingresos del pueblo precisamente cuando los salarios permanecen estancados frente al costo de vida, el endeudamiento se dispara y millones sobreviven en la informalidad.

El argumento de que “regular es mejor que prohibir” sirve, en la práctica, para justificar la recaudación sobre las pérdidas de los trabajadores. En el fondo, el mecanismo es cruel: las empresas obtienen ganancias con la ruina ajena, el gobierno recauda impuestos y los bancos lucran intermediando el desastre. Las medidas cosméticas contra la publicidad abusiva, los bloqueos puntuales o los discursos sobre el “juego responsable” son apenas cortinas de humo. No existe publicidad responsable para un negocio diseñado para destruir.

Endeudamiento de las familias

Las apuestas avanzan sobre una sociedad marcada por los bajos salarios, el desempleo, la informalidad, el aumento del costo de vida y el endeudamiento. Por eso golpean con más fuerza precisamente a los sectores más precarizados de la clase trabajadora.

Quien vive al límite de la tarjeta de crédito, quien pide préstamos para pagar las cuentas, quien trabaja bajo la jornada 6×1, quien ve cómo el salario se termina antes de fin de mes, quien no encuentra perspectivas de futuro, es bombardeado todos los días con la promesa de que una apuesta puede cambiarle la vida. La apuesta ofrece una falsa salida individual para un problema social producido por el capitalismo.

Hay además un elemento específico que hace que las apuestas deportivas sean más peligrosas que otros juegos de azar: se apoyan en la ilusión de la competencia. En el fútbol, todo hincha cree que entiende del juego, conoce a su equipo, sabe cuándo un delantero va a marcar, cuándo una selección va a presionar o cuándo un partido tendrá más tiros de esquina. La persona no siente que simplemente está confiando en la suerte. Cree que está haciendo un análisis. Pero del otro lado no hay otro hincha dando su opinión. Hay empresas con enormes bases de datos, algoritmos, series históricas y cuotas calculadas para garantizar que, en el conjunto, la casa siempre gane.

Durante la Copa del Mundo, esto se vuelve todavía más agresivo. El hincha está emocionalmente involucrado, quiere que su selección gane, vibra con cada ataque y comienza a ver como “obvia” una apuesta que fue diseñada para parecer fácil. Así es como una apuesta pequeña da paso a otra, luego a otra más y después a un intento de recuperar lo perdido. Cuando pierde, la persona intenta compensar las pérdidas. Cuando gana, cree que puede ganar todavía más. Todo el mecanismo está diseñado para mantener al apostador atrapado.

El impacto se refleja en el presupuesto de las familias. Estudios recientes señalan a las apuestas como uno de los principales motores del endeudamiento en Brasil. La plataforma Brasil Contra Bets afirma que 25 millones de brasileños apostaron durante el año anterior, que casi la mitad de los apostadores se endeudó y que alrededor de 10 millones presentaron comportamientos de riesgo. La Confederación Nacional del Comercio estimó que la morosidad vinculada a las apuestas retiró 143 mil millones de reales del comercio minorista entre enero de 2023 y marzo de 2026.

Estas cifras revelan la magnitud de la tragedia social. El dinero que debería destinarse a alimentos, alquiler, transporte, útiles escolares o servicios básicos termina en las plataformas de apuestas. Después, cuando la familia quiebra económicamente, aparecen los bancos, las tarjetas de crédito, los préstamos y la refinanciación de las deudas.

Detrás del discurso de las apuestas aparece el rostro más perverso del capitalismo. Después de asfixiar a la población con bajos salarios y falta de perspectivas, el sistema ofrece el juego como tabla de salvación, disfrazado de meritocracia de la suerte. El marketing dice que el éxito está a un clic de distancia, pero la realidad matemática es implacable: el trabajador pierde y el gran capital se queda con las ganancias.

Tratar esta crisis social como una desviación de conducta individual es tapar el sol con un dedo. El apostador endeudado es la víctima, no el culpable. La adicción no surge de la nada; es estimulada y financiada por una industria multimillonaria.

Medios, influencers y clubes: el fútbol capturado por las apuestas

El imperio de las apuestas no se construyó solo. Creció apoyándose en el prestigio de los clubes de fútbol, las cadenas de televisión y los influencers digitales.

El caso de CazéTV expresa bien este proceso. El canal, que surgió con la promesa de ser una alternativa joven, dinámica y popular al monopolio de las transmisiones tradicionales, terminó sometiéndose a la misma lógica del gran capital. A lo largo de la Copa del Mundo, la mezcla entre comentarios deportivos e incentivos a las apuestas indignó a parte del público y puso al canal bajo la lupa del Ministerio de Justicia por posible publicidad abusiva.

Pero no nos engañemos: Rede Globo no tiene autoridad moral para presentarse como fiscal de las apuestas. La emisora puede beneficiarse del desgaste de CazéTV y de la posibilidad de que la FIFA imponga nuevas restricciones a las transmisiones en futuras Copas del Mundo. Sin embargo, Globo también está involucrada en este mercado.

Boa Lion, una empresa conjunta (joint venture) entre el Grupo Globo y MGM Resorts, concluyó la adquisición total de Bingão do Brasil, una empresa de videobingo en línea vinculada a inversores, entre ellos el presentador Luciano Huck. Es decir, mientras una parte de la prensa denuncia los abusos de las apuestas durante las transmisiones del Mundial, el mismo grupo que históricamente dominó el fútbol brasileño amplía su presencia en ese mismo negocio.

No existe un lado limpio en esta historia. Se trata de una disputa por el control de la audiencia, de los derechos de transmisión y de los miles de millones que genera la pasión popular. Quien termina pagando la cuenta es la clase trabajadora. En la televisión abierta, en las plataformas de streaming o en las redes sociales, el fútbol se ha convertido en el telón de fondo para grandes corporaciones que ven cada gambeta como una oportunidad de obtener ganancias.

La misma lógica atraviesa a los influencers. Presentar la publicidad de las apuestas como un simple entretenimiento es intentar disfrazar la promoción de una adicción que endeuda y destruye familias.

Es evidente que existe responsabilidad al aceptar dinero para promocionar apuestas, especialmente cuando se llega a millones de jóvenes y trabajadores. Pero también es necesario comprender la enorme presión económica de este mercado. La repercusión del rechazo de Fernando Santos a una propuesta de un millón de reales mostró precisamente eso: las cifras son tan elevadas que revelan hasta qué punto las casas de apuestas están dispuestas a pagar para comprar legitimidad.

El problema, por lo tanto, no es solamente quién acepta o quién rechaza hacer publicidad. Celebridades como Virgínia Fonseca ayudan a normalizar este mercado ante millones de seguidores; otras rechazan contratos y ponen de manifiesto la contradicción. Pero la solución no puede depender de la conciencia individual de cada famoso. Es necesario prohibir la publicidad de las apuestas y responsabilizar económicamente a las empresas, plataformas y agentes que lucran con este mecanismo.

Los clubes de fútbol tampoco tienen las manos limpias. Se convirtieron en vitrinas comerciales de las casas de apuestas, normalizando el juego entre sus propias hinchadas a cambio de patrocinios millonarios. Es una consecuencia de la mercantilización y elitización del deporte, que hoy avanza de la mano de la entrega de los clubes a las SAF (Sociedades Anónimas del Fútbol), del compadrazgo entre grandes empresarios y de la subordinación total a los intereses de la televisión.

El resultado es un imperio deportivo financiado por las apuestas. Un negocio multimillonario que no existe a pesar de la crisis social, sino precisamente gracias a ella. Las casas de apuestas obtienen enormes beneficios porque existen millones de trabajadores sin perspectivas de futuro, empujados a buscar en una apuesta aquello que el trabajo ya no les garantiza.

¡Bloquear el flujo del capital y prohibir las apuestas!

La farsa del «juega con responsabilidad» debe ser desmontada. No existe responsabilidad cuando toda una industria está organizada para fomentar la adicción, multiplicar las apuestas y obtener ganancias con las pérdidas de los usuarios. Ese eslogan solo sirve para trasladar la culpa al apostador, como si la ruina de las familias fuera consecuencia de una falta de autocontrol individual y no de un modelo de negocios depredador.

Es necesario atacar a quienes obtienen beneficios: las casas de apuestas, los bancos, las fintech, las plataformas digitales, los clubes, las federaciones y los influencers. El apostador endeudado o afectado por la ludopatía no debe ser tratado como un delincuente, sino como una víctima de una industria multimillonaria.

Combatir únicamente los «excesos», mientras se mantiene intacto el mecanismo que los produce, es pura demagogia. Es necesario prohibir las apuestas, eliminando los juegos de alto riesgo y las apuestas en línea, además de erradicar toda publicidad de este mercado en transmisiones deportivas, camisetas, estadios o redes sociales. No hay lugar para un casino disfrazado de programa deportivo.

Pero esa prohibición no puede convertirse en un simple juego del gato y el ratón en internet, donde un sitio web es bloqueado y otro aparece inmediatamente con una nueva dirección. El objetivo principal debe ser el corazón financiero del negocio. Es necesario asfixiar el flujo del dinero, impidiendo legalmente que los bancos, las operadoras de tarjetas y el sistema Pix intermedien pagos hacia estas plataformas. Sin cuentas bancarias, sin intermediación financiera y sin publicidad, la capacidad de operación de estas empresas se reduce mucho más que mediante medidas aisladas contra determinados sitios web.

También es necesario abrir las cuentas de esta industria para investigar el lavado de dinero, la manipulación de resultados y sus vínculos con el crimen organizado.

Las casas de apuestas deben pagar por el daño que han causado. Por eso es necesario confiscar íntegramente las ganancias obtenidas por las plataformas y destinar esos miles de millones a un fondo público administrado por el Sistema Único de Salud (SUS), orientado a la prevención, la investigación y el tratamiento de la ludopatía.

Del mismo modo, las empresas de comunicación y los influencers que se enriquecieron promoviendo las apuestas no pueden simplemente borrar sus publicaciones y seguir como si nada hubiera pasado. La responsabilidad jurídica y financiera por esta tragedia social también debe alcanzarlos.

Por último, es necesario enfrentar la mercantilización del fútbol. Los clubes deben pertenecer a sus hinchas, no a empresarios, SAF, federaciones corruptas o patrocinadores depredadores. El deporte de base necesita financiamiento público, transparente y controlado por la población. El fútbol debe volver a ser tratado como cultura, recreación y un derecho popular, y no como un simple negocio.

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