En un debate sobre Palestina… la aterradora información de que en medio de los ataques a Gaza en 2014 se realizó una gigantesca marcha en Israel por el derecho de los animales. Quince mil personas participaron. En el mundo entero, los veganos celebraron la preocupación israelí para con los animales. Así, Israel borró el genocidio que promovía en Gaza apropiándose una vez más de una de las luchas que se realizan alrededor del mundo. Luego del pinkwashing (lavar de rosa, al colocarse como paraíso LGBT), veganwashing (algo como lavar de vegano) es el nombre de esta nueva forma de propagandizar en el mundo cuán democrático es el Estado de Israel. La farsa orientalista –en que Israel se coloca ante los “occidentales” civilizados, ante los “orientales” árabes y los palestinos bárbaros– muestra así su cara más perversa: la deshumanización, en nombre de un proyecto imperialista de dominación colonial.

Por: Soraya Misleh

Indigna que el mundo ceda a la manipulación israelí, sobre todo en medio de un genocidio, en el que 142 familias de Gaza perdieron como mínimo a tres personas. Fueron más de 2.200 asesinados, de los cuales 530 eran niños. Treinta y siete por ciento de las muertes se dieron por bombardeos vía drones. O sea, precisión quirúrgica sobre las cabezas, incluso de bebés. Y ese es apenas un capítulo reciente de la Nakba (catástrofe palestina, representada por la creación del Estado de Israel el 15 de mayo de 1948), que sigue desde hace casi 69 años.

Los 400 niños y niñas palestinos apresados por Israel, la continua demolición de casas, sobre todo en barrios de Jerusalén, los ataques frecuentes de colonos a palestinos, y el impedimento de libre circulación en Cisjordania, son algunas “pequeñas” muestras del apartheid, ocupación y colonización israelíes. En Gaza, hasta 18 horas por día no hay electricidad, la población vive bajo escombros, bloqueo deshumano y bombardeos constantes desde hace diez años, como el de 2014.

Donde hoy es Israel, hay cerca de 60 leyes racistas contra los palestinos que escaparon de la expulsión y cientos de aldeas prohibidas de acceso a servicios básicos. En un radio de 150 km de la Palestina histórica, hay 5 millones de refugiados en campos. En el mundo hay miles de esparcidos después de la fragmentación de la sociedad palestina implementada intensamente a partir de 1948 inaugurada, de hecho, incluso a finales del año anterior.

El 29 de noviembre de 1947 fue el marco, preanunciando la tragedia que se abatiría sobre los palestinos. Ese día, la Asamblea General de las Naciones Unidas recomendó la división de Palestina en un estado judío y uno árabe, sin consulta a los habitantes locales. Presidida por el brasileño Oswaldo Aranha, la sesión es un caso ejemplar de las maniobras, entre bastidores en esos círculos, al servicio del dominio imperialista de la región. Esta fue pospuesta hasta que se consiguiesen los votos necesarios para la consolidación del proyecto sionista, de constitución de un estado judío homogéneo en tierras palestinas, para lo que sería necesario la limpieza étnica de la mayoría de la población (no judía).

La acción, con la vergonzosa complicidad del Estado brasileño –que se mantuvo a lo largo de la historia–, proporcionó las bases para que el movimiento sionista pusiese en marcha su plan deliberado de limpieza étnica. Iniciado 12 días después de la recomendación de la ONU, culminó, según escribe el historiador israelí Ilan Pappé, en la expulsión de 800.000 palestinos de sus tierras y propiedades y la destrucción de 531 aldeas.

En 1977, la misma ONU instituyó el 29 de noviembre como Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino. Desde entonces, anualmente se realizan en esta fecha, en todo el mundo, actividades para recordar la Nakba que se abatió sobre los palestinos, denunciar que esta población aún espera por justicia, y ampliar el llamado urgente por solidaridad internacional.

Boicot a HP

En 2016, las iniciativas en este sentido ya comenzaron y despliegan una convocatoria al movimiento de boicot, desinversión y sanciones (BDS) a Israel, para que integren campañas cuyo objetivo ahora es la HP (Hewlett Packard). La famosa multinacional estadounidense de tecnología de la información es la segunda mayor inversora del sector en Israel.

Su sistema está instalado en los checkpoints (puestos de control) en Cisjordania que impiden la libre circulación de los palestinos, en la infraestructura informatizada del cerco a Gaza y a las fuerzas de ocupación, así como a los asentamientos. HP contribuye al control sobre el ir y venir de los palestinos al proporcionar identificación biométrica que los diferencia de los israelíes, en medio del apartheid institucionalizado.

Ante esta complicidad, entre el 25 de noviembre y el 3 de diciembre el llamado del movimiento BDS es que se realicen acciones de boicot a HP. Estas iniciativas –que se reflejan en la campaña por el boicot al apartheid en África del Sur, en los años de 1990– han garantizado pérdidas económicas importantes a las transnacionales y multinacionales como HP, y a Israel, aislando su proyecto colonial. Con el BDS, la caída de las inversiones en Israel alcanzó el 46% en los últimos años.

Oslo y la economía

Esta complicidad ganó refuerzo a partir de los malogrados Acuerdos de Oslo. Firmados entre la Organización por la Liberación de Palestina (OLP) e Israel en setiembre de 1993, no por nada son considerados por muchos palestinos como una nueva Nakba –un ejemplo lamentable de rendición del liderazgo histórico palestino a su verdugo, como denunció desde el inicio el intelectual palestino Edward Said (1935-2003), el cual denominaba tales acuerdos correctamente como “Tratados de Versalles” de la causa palestina.

Said tuvo el mérito de percibir, incluso en 1993, las reales intenciones de Oslo: debilitar la resistencia y los movimientos de solidaridad con el pueblo palestino en todo el mundo, asegurando, a partir de la creación de la Autoridad Palestina (AP), la formación de una nueva clase capitalista subordinada al proyecto sionista.

Oslo fue absolutamente exitoso en su propósito enmascarado bajo el manto de la paz y la coexistencia. Firmando el reconocimiento mutuo entre la OLP e Israel, los acuerdos se basaron en la desde siempre injusta propuesta de los dos Estados –o sea, de una Palestina en apenas 22% de su territorio histórico. La idea difundida al mundo era que el control de ese pedazo pasaría a manos de los palestinos gradualmente. Inicialmente, Cisjordania se mantendría dividida en áreas A (bajo administración de la AP, equivalente a 18%), B (mixta, entre Israel y AP, 22%) y C (bajo control militar exclusivo israelí, 60%). Luego de la firma, Israel amplió la construcción de asentamientos y aparatos, como rutas exclusivas para colonos, que impidieron cualquier autonomía por parte de los dirigentes palestinos. Un año después, como complemento, fueron firmados los Protocolos de París, que sellaron la consecuente cooperación de seguridad de la AP con Israel; en otras palabras, la Autoridad Palestina pasó a gerenciar la ocupación, reprimiendo la resistencia palestina.

La cuestión económica es clave en este proceso: cualquier fondo, importación o exportación por parte de la AP, desde entonces está sujetos a transferencia israelí, que aseguró el control sobre la circulación en tierra, mar y sobre las fronteras. Fruto de ese proceso, una nueva burguesía, vinculada al proyecto sionista, surgió en la Palestina ocupada.

La realidad de Oslo demuestra qué tipo de paz el líder israelí Shimon Peres, tan aplaudido en todo el mundo recientemente, por ocasión de su muerte, defendía y pretendía. Una pacificación con dependencia económica integral de la AP y normalización de relaciones en medio del apartheid y la ocupación. A los palestinos, ante la deuda histórica del Brasil y del mundo, este 29 de noviembre, mucho más allá de la retórica: solidaridad activa.

Traducción: Laura Sánchez.