Ha pasado un año desde que el Estado Islámico (EI) iniciara una fulminante ofensiva que, ante la desbandada de las tropas regulares iraquíes, tomó las ciudades de Mosul y Tikrit, deteniéndose a pocos kilómetros de Bagdad[1]. Poco después, Abu Bakr al-Baghdadi, líder del EI, proclamó la fundación de un “califato” que actualmente controla una franja territorial que abarca el este de Siria y el noroeste de Irak.

 

Por Daniel Sugasti

Sin dudas, la entrada en escena del EI –una organización político-militar burguesa que pretende hacerse con los recursos naturales de esos dos países, aplicando para ello métodos fascistas contra las poblaciones locales, coherentes con su programa teocrático-dictatorial–, significó un importante refuerzo para la contrarrevolución en medio del proceso revolucionario que, aunque de manera desigual y contradictoria, sigue su curso en Medio Oriente.

En términos concretos, las milicias sirias pasaron a combatir en “dos frentes”: por un lado, contra el ejército regular de la dictadura de Al Assad; por otro, contra aproximadamente 30.000 soldados del “califato”. En estas semanas, el principal combate de los rebeldes sirios contra ambas fuerzas se desarrolla en la provincia de Alepo.

En setiembre de 2014 comenzó el asedio del EI a la ciudad kurda de Kobane, en el norte de Siria. Este hecho desató una heroica resistencia que, en la práctica, unificó a toda la nación kurda en defensa de su territorio histórico[2]. Durante meses, las milicias kurdas ­–con destacada actuación de combatientes mujeres– recibieron voluntarios de decenas de países y lucharon al lado de brigadas del Ejército Libre de Siria (ELS). De esta forma pudieron infligir una dura derrota militar a los invasores, en febrero de este año[3]. En esa misma senda, a finales de mayo, milicianos kurdos expulsaron al EI de Al Hasaka, situada en el extremo noreste de Siria.

Lo más reciente: la reconquista de Tel Abiad, uno de los puntos clave en la batalla que se desarrolla a lo largo de la frontera turco-siria. Esta ciudad, situada a 85 kilómetros al noroeste de Raqqa, capital del autoproclamado “califato”, constituye un paso estratégico desde Turquía. La toma de Tel Abiad, por parte de las milicias kurdas y de rebeldes árabes sirios, es una victoria importante contra el EI, pues la resistencia unitaria logra cortar el avituallamiento directo entre Turquía y Raqqa. Sin dudas, un duro golpe al envite yihadista que emula lo hecho en Kobane.

Estos hechos demuestran, además de las debilidades militares que tiene el EI, la enorme eficacia que conlleva la amplia unidad a la hora de enfrentarlos.

El “califato” sigue en pie

Sin embargo, es necesario advertir que será necesario mucho más para poder liquidar este aparato contrarrevolucionario. Un año después de haber iniciado su “guerra relámpago”, el EI no solo no ha sido derrotado sino que, en las últimas semanas, demostró un renovado impulso sobre el terreno.

El “califato” controla actualmente un tercio de Irak y media Siria. Aproximadamente, una extensión de 300.000 kilómetros cuadrados donde habitan alrededor de seis millones de personas[4]. En estos territorios, como es sabido, instauró una terrible dictadura teocrática, marcada por ejecuciones masivas, crucifixiones, apedreamientos, mutilaciones genitales y todo tipo de atrocidades que, sistemáticamente filmadas, son luego difundidas mediante un sólido aparato de propaganda.

Sus principales víctimas: las minorías religiosas y las mujeres. La saña contra estas últimas es brutal. Dentro del “califato”, la esclavitud sexual es una práctica común: “Lo que hace aceptable que una mujer sea tomada como ‘al sabi’ (esclava) es su incredulidad [profesar creencias religiosas contrarias a las del EI]. Las mujeres infieles que son capturadas y llevadas a la morada del islam son permisibles, después de que el imam las reparta”, expresa un código de conducta difundido en Mosul. En otro pasaje, se lee: “Está permitido comprar, vender o regalar esclavas porque no son más que una propiedad”[5]. El EI, que se nutre del caos ocasionado por el entrelazamiento de las varias guerras en curso, es una de las expresiones más acabadas de la barbarie en nuestros días.

Por otra parte, es importante entender que, además de la aplicación del terror, existen zonas que, como mínimo en un primer momento, aceptan la presencia de los yihadistas creyendo que esta fuerza podría garantizarles alguna seguridad o estabilidad entre tanta anarquía y persecuciones sectarias. Este es el caso, aparentemente, de ciertas poblaciones o tribus “suníes” en Irak, que terminan apoyando –o al menos tolerando– al EI ante la política criminal de discriminación y represión sectaria implementada por el gobierno “chií” de Bagdad, que a su vez está influenciado por los ayatolás iraníes.

Esto indica que, además de los métodos dictatoriales, por lo menos en algunas zonas del “califato”, el EI cuenta con alguna “base social y política”. Esta puede ser más o menos endeble, pero existe. De la misma forma, cabe señalar que el EI, al igual que otros grupos de la misma naturaleza, han sido estimulados y hasta financiados por sectores burgueses de las monarquías árabes “suníes”, especialmente la saudita.

En ese marco, un genocida inmensamente más destructivo intentaría intensificar su presencia. En agosto de 2014, el imperialismo norteamericano intentó aprovechar la irrupción del EI para “legitimar” su intervención en la región. Obama anunció la conformación de una “coalición internacional” que realizaría ataques aéreos “limitados” contra posiciones yihadistas, principalmente instalaciones logísticas y fuentes de financiamiento.

El propio dictador Al Assad, identificando una posibilidad para “rehabilitarse” en el ámbito internacional, raudamente “ofreció” su colaboración a los EEUU en el “combate al “terrorismo”. Washington hizo lo propio, relegando a un “segundo plano” la exigencia de que el sátrapa sirio abandonase el poder.

Pero los más de cuatro mil bombardeos que esta “coalición internacional” ha realizado en los últimos nueve meses tampoco detuvieron el avance de las hordas de Al-Baghdadi.

Mapa ISIS 1

Ramadi y Palmira

El mes pasado, el EI se apoderó de Ramadi, capital de la provincia iraquí de Al-Anbar y una importante vía de acceso a Bagdad. Poco después ocupó por completo la histórica ciudad de Palmira, en el centro de Siria, una zona con importantes yacimientos de hidrocarburos. En esta ciudad, además, existen varios cuarteles, un aeropuerto militar y una cárcel que es considerada uno de los focos de la represión del régimen sirio. La toma de Palmira, sobre todo, significa el acceso a una serie de carreteras que unen Damasco con Homs y Alepo.

A esto se suma el avance del EI en continente africano: las banderas negras comienzan a extenderse a Libia. En los últimos meses, las tropas del EI han ocupado puertos, aeropuertos, autopistas y yacimientos de mucha importancia para la economía local. Prácticamente han tomado Sirte y están combatiendo en Bengazi, la segunda ciudad del país[6]. La constante penetración del EI le permitió el control, hasta ahora, de 200 de los 1.700 kilómetros de costa mediterránea que hay en Libia.

En este contexto, el 12 de junio centenas de vecinos de la ciudad libia de Derna, situada en el oeste del país y controlada por el EI desde octubre de 2014, se manifestaron contra la “presencia de extranjeros” que llegan a la ciudad para unirse a los yihadistas. El EI respondió disparando contra la multitud. Siete personas fueron asesinadas y otras 30 resultaron heridas. Esto muestra, por un lado, cómo funciona el conocido régimen dictatorial, con elementos de “ejército de ocupación”, que impone el EI en los territorios que controla; por otro, que las poblaciones locales, más tarde o más temprano, terminan viéndolos como “extranjeros invasores”.

Como parte de los avances del EI, se debe apuntar también la adhesión a este de Boko Haram, conocida organización terrorista nigeriana, en marzo. En noviembre de 2014, en el mismo sentido, Al Baghdadi, autoerigido como “califa de todos los musulmanes”, aceptó promesas de lealtad provenientes de otros grupos yihadistas de Egipto, Libia, Argelia, Yemen y Arabia Saudita[7].

Asimismo, aparentemente el EI mantiene parte importante de sus fuentes de financiación: se estima que sus ingresos diarios por la venta de petróleo se sitúan entre 850.000 y 1,65 millones de dólares. A esto se ha sumado otra vía: la venta de antigüedades, que saquea de ciudades como Palmira, que albergan valiosos patrimonios culturales de la humanidad. Según informa el Wall Street Journal, las ganancias en ese ramo alcanzarían 100 millones de dólares al año[8].

La misma táctica con nuevas prioridades

La reciente toma de Ramadi y Palmira hicieron sonar las alarmas en el gobierno de Obama, siempre acosado por críticas internas a su política exterior. La Casa Blanca mide cada paso: la política de “hacer poco” en materia militar puede resultar tan perjudicial a las miras de Obama como el “hacer mucho” de George W. Bush.

Lo concreto es que los recientes progresos del EI siembran dudas sobre el balance presentado por los EEUU: los bombardeos aéreos han matado a más de 10.000 milicianos del “califato”, que habría perdido 25% del territorio inicialmente conquistado. Las críticas aumentan también debido a los altos costos de esta operación “limitada”: US$ 2,7 mil millones desde agosto del año pasado, un promedio de US$ 9 millones diarios[9].

Aun así, el presidente norteamericano anunció recientemente el envío de 450 nuevos “instructores” militares a Irak, que se sumarán a los 3.100 ya desplegados.

No obstante, la táctica general se mantendría: nada de “botas sobre el terreno”. Los militares estadounidenses deberán limitarse a realizar bombardeos aéreos “selectivos” y a “entrenar, aconsejar y ayudar” al endeble ejército iraquí. La diplomacia seguirá sus esfuerzos para sellar una alianza más sólida con las tribus “suníes” –que no se suman porque identifican, con razón, al gobierno “chií” iraquí como enemigo– y con los kurdos peshmergas.

Sin embargo, las prioridades cambiarían: si hasta hace unas semanas el Pentágono se concentraban en retomar Mosul, ahora el objetivo inmediato es Ramadi. En ese sentido, el primer ministro iraquí, Haider Al-Abadi, autorizó el despliegue de 3.000 integrantes de milicias chiíes, mayoritariamente apoyadas por Irán, para iniciar una ofensiva contra la ciudad.

Pero ni el gobierno de Bagdad –apoyado por el imperialismo– ni las milicias financiadas por Irán son una alternativa para el pueblo iraquí de conjunto, en contra del EI. Esto es así porque tanto Al-Abadi-Irán como el EI tienen un proyecto dictatorial teocrático, que plantea la división sectaria del país. Desde hace años, sobre todo en tiempos del primer ministro Nuri al-Maliki, Bagdad implementa una política represiva y persecutoria en contra de las poblaciones “suníes” de Irak. Este es el motivo por el cual los “suníes” no solo son reticentes a sumar esfuerzos para derrotar al EI, sino que, en algunos casos, sostienen a los yihadistas. Solo una movilización independiente de la toda la clase trabajadora iraquí, que a su vez se una y respete los derechos nacionales de los kurdos peshmergas, puede derrotar a las hordas del EI.

Kobane y Tel Abiad muestran el camino

La derrota del EI es una necesidad de la revolución siria y regional. Este “partido-ejército” con características fascistas integra un frente contrarrevolucionario más amplio que atenaza la lucha del pueblo sirio: el dictador Bashar Al Assad –apoyado por Irán, Rusia y Hezbollah–; el imperialismo norteamericano y europeo; y el castro-chavismo, que desde el comienzo se posicionó a favor de las dictaduras árabes, en contra de las aspiraciones democráticas de los pueblos.

En este sentido, la victoria en Kobane y, más recientemente en Tel Abiad, ofrecen una muestra del camino a seguir: la unidad político-militar entre combatientes kurdos y rebeldes sirios árabes. Fue así que el EI fue derrotado en ambas ciudades, incluso siendo superior militarmente. Los bombardeos “humanitarios” del imperialismo, si bien estaban dirigidos contra el EI, resultaron secundarios en ese embate. Lo determinante fue la lucha heroica de los kurdos y árabes sobre el terreno.

En Irak, es necesario que todo el pueblo –“chiíes”, “suníes” y kurdos– se movilice de manera unitaria e independiente en contra del gobierno de Al-Abadi, del imperialismo, y de Irán. Esta es la única forma de expulsar al EI del país.

En Siria, la unificación político-militar de las unidades árabes, kurdas y de todas las nacionalidades para combatir al dictador Al Assad, al imperialismo, y al EI, es el camino para la liberación del pueblo trabajador –tanto de la dictadura de Al Assad como de la dictadura del “califato– y, al mismo tiempo, para avanzar hacia la conquista de la autodeterminación nacional de toda la nación kurda.

Insistimos: la unidad para luchar de toda la clase trabajadora y de todas las nacionalidades oprimidas en la región no es solo progresiva sino, a nuestro juicio, una condición para la victoria.


[2] En poco tiempo, la defensa de Kobane creó un frente común entre milicianos kurdos de las Unidades de Protección Popular (YPG, siglas en kurdo), que combaten en suelo sirio; del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), que opera en Turquía; y de los combatientes peshmergas, fuerza armada del Kurdistán iraquí, que mandaron unidades a Kobane al mismo tiempo en que continúan luchando contra el EI para proteger su territorio histórico.

[4] El EI controla, además de Mosul, importantes ciudades como Faluya (Irak) y Raqqa (Siria), considerada la “capital” del califato.

[6] La inestabilidad en Libia ha dado lugar a dos gobiernos: uno instalado en Tobruk, en el este, reconocido por la comunidad internacional; otro, en Trípoli, formado por la alianza de varias milicias islamistas. Ambos están en negociaciones para firmar un acuerdo de “unidad nacional”.