Mar Sep 27, 2022
27 septiembre, 2022

Trotsky: Tres conceptos de la revolución rusa

 

La Revolución de 1905 vino a ser no sólo «ensayo general» de la de 1917, sino también el laboratorio en que se planearon todas las agrupaciones fundamentales de vida política rusa y se proyectaron todas las tendencias y matices dentro del marxismo ruso. En la medula de las discusiones y divergencias estaba, no hay que decirlo, la cuestión relativa a la índole histórica de la Revolución rusa y su futuro desenvolvimiento.

Por León Trotsky (Apéndice del libro Stalin, escrito en 1940)

Aquel conflicto de conceptos y pronósticos no tiene influencia directa sobre la biografía de Stalin, que no participó virtualmente en el mismo. Los pocos artículos de propaganda que escribió sobre este tema carecen en absoluto de interés teórico. Docenas de bolcheviques que manejaban la pluma popularizaron las ideas y lo hicieron muchísimo mejor. Toda exposición de conceptos revolucionarios del bolchevismo, tiene por naturaleza sitio adecuado en una biografía de Lenin. Pero las teorías tienen su propio destino. Aunque durante el período de la primera revolución, y también más tarde, hasta 1923, cuando las doctrinas revolucionarias estaban en pleno desarrollo y aplicación, Stalin no tenía posición independiente alguna, en 1924 se produjo un súbito cambio que dio principio a una época de reacción burocrática y de revisión de antiguos valores. Las viejas doctrinas fueron sometidas a nueva tasación o interpretación. Así, de un modo algo inesperado a primera vista, la atención se concentró en el concepto de «revolución permanente» como primera fuente de todas las falacias del «trotskismo». Durante muchos años a partir de entonces, la crítica de tal concepto construyó el contenido principal de todos los escritos teóricos -sit venio verbo- de Stalin y sus colaboradores. Como quiera que en el plano teórico no hay partícula de «stalinismo» que no haya surgido de la crítica de la revolución permanente tal como se formuló en 1905, es justo dedicar precisamente en este libro, siquiera sea como apéndice, un lugar a la exposición de dicha teoría, distinta de las teorías de los mencheviques y de los bolcheviques.

El desarrollo de Rusia es notable, en primer lugar, por su retraso. Pero el retraso histórico no significa seguir simplemente las huellas de los países avanzados a una distancia de cien o doscientos años. Más bien da lugar a una formación social «combinada» de muy distinto modo, Y en la que los adelantos más recientes de la técnica capitalista y de su estructura están integrados en las relaciones sociales de la barbarie feudal y prefeudal, transformándolas y dominándolas, y moldeando una singular reacción de clases. Igual sucede con las ideas. Precisamente por su retraso histórico, Rusia resultó ser el único país europeo en que el marxismo como doctrina y la Socialdemocracia como partido, disfrutaron de un poderoso desarrollo aun antes de la revolución burguesa; y es natural, porque el problema de la relación entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo se sometió en Rusia al más profundo examen teórico.

Los demócratas idealistas (en su mayoría, los populistas) se negaron supersticiosamente a reconocer la revolución en marcha como revolución burguesa. La llamaban «democrática», intentando disimular bajo este rótulo político neutro (no sólo ante los demás, sino también ante ellos mismos) su contenido social. Pero Plejanov, el fundador del marxismo ruso, en su lucha contra el populismo, mostró ya en la década del 80 del pasado siglo que Rusia no tenía por qué pararse a elegir determinada ruta de progreso; que, como las naciones «profanas», tendría que pasar por el purgatorio del capitalismo, y que, a lo largo de esta misma ruta conquistaría la libertad política, que era indispensable al proletariado en su continua lucha por el socialismo. Plejanov no sólo segregó la revolución burguesa, como tarea inmediata, de la revolución socialista, que a su vez relegó a un impreciso futuro, sino que previó diversas combinaciones de fuerzas para una y otra. El proletariado conseguiría libertad política conjuntamente con la burguesía liberal; seguidamente, al cabo de muchas décadas, alcanzado ya un nivel mucho más alto de desarrollo capitalista, el proletariado emprendería la revolución socialista en abierto conflicto con la burguesía.

«El intelectual ruso… -escribía Lenin hacia fines de 1904- se figura siempre que reconocer nuestra revolución como burguesa significa quitarle color, humillarla, vulgarizarla… La lucha por la libertad política y la república democrática en la sociedad burguesa, es para el proletariado simplemente una de las etapas necesarias en la lucha por la revolución social.» «Los marxistas están firmemente convencidos -escribía en 1905- del carácter burgués de la Revolución rusa. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que esas transformaciones democráticas… que se hicieron indispensables para Rusia, no sólo no significan en sí mismas la socava del capitalismo, de la dominación de la burguesía, sino que, por el contrario, serán las primeras que desbrocen efectivamente el terreno para un amplio y rápido desarrollo, más europeo que asiático, del capitalismo; serán las primeras que hagan posible el dominio de la burguesía como clase…» «No podemos saltar del marco democraticoburgués de la Revolución rusa -insistía-, pero sí podemos ensanchar considerablemente este marco», esto es, crear dentro de la sociedad burguesa condiciones más favorables para la pugna ulterior del proletariado. Hasta aquí, Lenin seguía los pasos a Plejanov. El carácter burgués de la revolución era la confluencia de los atajos de ambas facciones de la socialdemocracia rusa.

En tales circunstancias, es natural que en sus propagandas no se haya arriesgado Koba a ir más allá de aquellas fórmulas populares que constituían la herencia común de bolcheviques y mencheviques. «La Asamblea Constituyente, elegida a base del sufragio universal, igual directo y secreto -escribía en enero de 1905- es nuestro objetivo del momento. Sólo esa Asamblea nos dará una república democrática, tan necesaria para nosotros en nuestra lucha por el socialismo.» La república burguesa como palenque de una prolongada contienda de clases por el objetivo socialista, tal era la perspectiva. En 1907, esto es, después de infinitas discusiones en la Prensa extranjera y en la de San Petersburgo, y tras haber contrastado los pronósticos teóricos con la experiencia de la primera revolución, escribía Stalin: «Que nuestra revolución es burguesa, que ha de terminar con la abolición de la servidumbre y no del orden capitalista, que sólo puede ser coronada por una república democrática, en eso coinciden, al parecer, todos en nuestro Partido.» Stalin no se refería a cómo empezaría la revolución, sino a cómo terminaría, limitándola de antemano, y en forma bastante categórica, «a una mera república democrática». En vano buscaríamos en sus escritos de entonces la menor insinuación respecto a la perspectiva de la revolución socialista vinculada a la insurrección democrática. De este modo había de perdurar su posición hasta los mismos prolegómenos de la revolución de febrero de 1917, hasta la llegada de Lenin a Petrogrado.

Para Plejanov, Axelrod y los líderes del menchevismo en general, caracterizar de burguesa la revolución tenía, ante todo, el valor político de evitar que se agraviase prematuramente a la burguesía con el rojo del socialismo, «espantándola» así al campo de la reacción. «Las relaciones sociales en Rusia sólo han madurado para una revolución burguesa -decía Axelrod, el táctico más notable del menchevismo, en el Congreso de Unificación-. Mientras persista este general desafuero político, no debemos mencionar siquiera la lucha directa del proletariado contra otras clases por el poder político… Combate ahora por las condiciones del desarrollo burgués. Condiciones históricas objetivas obligan a nuestro proletariado a una inevitable colaboración con la burguesía en la batalla contra nuestro común enemigo.» El contenido de la Revolución rusa se confiaba así de antemano a cambios que fuesen compatibles con los intereses y opiniones de la burguesía liberal.

Este fue el punto de arranque de la divergencia fundamental entre los dos bandos. El bolchevismo se negó rotundamente a reconocer que la burguesía rusa fuese capaz de consumar su propia revolución. Con fuerza y consistencia infinitamente mayor que Plejanov, Lenin presentó la cuestión agraria como problema central de la revolución democrática en Rusia: «El punto crucial de la Revolución rusa es la cuestión agraria (de la tierra). Tenemos que acostumbrarnos a considerar la derrota o el triunfo de la revolución… sobre la base de contar con la disposición de las masas en su lucha por la tierra.» En coincidencia con Plejanov, Lenin tenía al campesinado por una clase pequeñoburguesa, y el programa de la tierra para el campesino como el programa del progresismo burgués. «La nacionalización es una medida burguesa -insistía en el Congreso de Unificación-. Dará ímpetu al desenvolvimiento del capitalismo al intensificar la lucha de clases, al reforzar la movilización de la tierra y la inversión de capitales en la agricultura, al reducir los precios del grano.» A despecho del reconocido carácter burgués de la revolución agraria, la burguesía rusa era, sin embargo, hostil a la expropiación de la tierra de los hacendados burgueses, y, precisamente por eso, se esforzaba en buscar un pacto con la monarquía a base de una constitución a estilo prusiano. A la idea plejanovista de unión entre el proletariado y la burguesía liberal, Lenin oponía la idea de unión entre el proletariado y los campesinos. Proclamaba que la tarea de la colaboración revolucionaria de estas dos clases era el establecimiento de una «dictadura democrática» como único medio de limpiar radicalmente a Rusia de sus residuos feudales, crear una clase libre de agricultores y abrir la ruta al desarrollo del capitalismo, más bien según el patrón americano que el de Prusia.

«La victoria de la revolución -escribía- puede lograrse solamente por la dictadura, pues realizar las transformaciones inmediatas e incondicionalmente necesarias para el proletariado y los campesinos ha de provocar la desesperada resistencia de los terratenientes, de la gran burguesía y del zarismo. Sin dictadura sería imposible romper esa resistencia, sería imposible derrotar las tentativas contrarrevolucionarias. Esa dictadura habría de ser, naturalmente, no socialista, sino democrática. No estaría en condiciones (sin toda una serie de etapas intermedias de desarrollo revolucionario) de echar abajo los cimientos del capitalismo. A lo sumo, podría instaurar una redistribución radical de la propiedad de la tierra en beneficio del campesinado, efectuar una consistente y completa democratización, por supuesto, con una república; desarraigar todas las características asiáticas de opresión en la vida de la fábrica y de la aldea; sentar las primicias de importantes mejoras en la situación de- los trabajadores; elevar su nivel de vida, y, finalmente, aunque no por último sea lo menos importante, propagar la conflagración revolucionaria a Europa.» La concepción de Lenin representa un enorme paso adelante, partiendo, como lo hacía, de la revolución agraria más bien que de reformas constitucionales corno tarea central de la revolución, e indicando la única combinación realista de fuerzas sociales que podría llevar a efecto. El punto débil del criterio de Lenin era su noción intrínsecamente contradictoria de «la dictadura democrática del proletariado y los campesinos». El mismo Lenin recalcaba las limitaciones básicas de aquella «dictadura» al llamarla abiertamente burguesa. Quería así dar a entender que, para mantener la unidad en el campesinado, los proletarios se verían obligados a prescindir de plantear inmediatamente la tarea socialista durante la próxima revolución. Pero aquello hubiera significado renunciar el proletariado a su propia dictadura. Por consiguiente, la dictadura era, en esencia, del campesinado, aunque en ella participaran los obreros. En ciertas ocasiones, así precisamente hablaba Lenin: por ejemplo, en el Congreso de Estocolmo, al replicar a Plejanov, que se había rebelado contra la «utopía» de tomar el poder: «¿De qué programa estamos hablando? De un programa agrario. ¿Quién se supone que tomará el poder con ese programa? Los campesinos revolucionarios. ¿Es que confunde Lenin el Gobierno del proletariado con el de los campesinos?» No, dice, refiriéndose a sí mismo: Lenin diferenciaba marcadamente entre el Gobierno socialista del proletariado y el Gobierno democraticoburgués de los campesinos. «¿Y cómo es posible una triunfante revolución campesina -exclamaba también- sin que el campesinado revolucionario se incaute del poder?» En aquella formulación polémica exponía Lenin bien claramente la vulnerabilidad de su posición.

El campesinado estaba disperso por la superficie de un país inmenso, con ciudades como puntos de contacto. Por sí solo, el campesinado no era capaz siquiera de exponer sus propios intereses, porque en cada región los concebían de distinto modo. El contacto económico entre las provincias se hallaba establecido por el mercado y los ferrocarriles; pero tanto el mercado como los ferrocarriles estaban en manos de la ciudad. Al tratar de trasponer los límites de los pueblos y mancomunar sus intereses, el campesinado tenía que sucumbir por necesidad a la dependencia política de la ciudad. Tampoco era homogéneo el campesinado en sus relaciones sociales, su capa de kulaks trataba, naturalmente, de incitarle a unirse con la burguesía de las ciudades, mientras que las capas inferiores de los pueblos tiraban en dirección a los obreros de la industria ciudadana. En tales circunstancias, el campesinado como unidad era manifiestamente incapaz de asumir las riendas del Gobierno.

Cierto es que en la antigua China las revoluciones elevaban al poder al campesinado, o, más bien, a los jefes militares de las insurrecciones campesinas. Aquello daba lugar cada vez a una nueva distribución de la tierra y al establecimiento de una dinastía «campesina», después de la cual la historia reanudaba su marcha: nueva concentración de tierras, nueva aristocracia, nuevo agio, nuevos levantamientos. Mientras la revolución conservaba su carácter puramente campesino, la sociedad no emergía de estas desesperadas rotaciones. Tal era la base de la historia antigua de Asia, incluyendo Rusia. En Europa, comenzando con la aparición de la Edad Media, cada insurrección campesina triunfante no elevaba al poder a un Gobierno campesino, sino a un partido burgués de izquierda. Más concretamente, un alzamiento campesino sólo triunfaba en tanto se conseguía establecer la posición del sector revolucionario de la población de las ciudades. La toma del poder por un campesinado revolucionario era algo inconcebible en la Rusia burguesa del siglo XX.

Así, la actitud hacia la burguesía liberal se convirtió en la piedra de toque en la divergencia entre los revolucionarios y los oportunistas de la Socialdemocracia. Hasta dónde podía aventurarse la Revolución rusa, qué carácter asumiría el futuro Gobierno revolucionario provisional, qué tareas se le presentarían y en qué orden habría de resolverlas…, todos estos problemas sólo podían plantearse en toda su importancia refiriéndolos al carácter básico de la política del proletariado, y este carácter venía determinado en primer lugar por su relación con la burguesía liberal. Plejanov cerró ostensible y obstinadamente los ojos a la fundamental lección objetiva de la historia política del siglo XX; dondequiera que el proletariado aparecía como fuerza independiente, la burguesía se desviaba hacia el campo de la contrarrevolución. Cuanto más atrevido era el empuje de las masas más rápida se hacía la transformación reaccionaria del liberalismo. Nadie había inventado aún el medio de paralizar los efectos de la ley en la lucha de clases.

«Debemos estimar el apoyo de los partidos no proletarios -acostumbraba a repetir Plejanov durante los años de la primera Revolución-, y no apartarlos de nosotros por un trato inadecuado.» Con tal monótonas máximas, el filósofo del marxismo demostraba ser incapaz de comprender la dinámica viva de la sociedad. «La falta de tacto» podría alejar a algún que otro intelectual supersensible. Pero las clases y los partidos son atraídos o repelidos por sus intereses sociales. «Puede decirse con seguridad -replicaba Lenin a Plejanov- que los liberales entre los hacendados os perdonarán millones de «faltas de tacto», pero nunca olvidarán cualquier incitación a arrebatarles sus tierras.» Y no sólo los terratenientes; también la capa superior de la burguesía, ligada a los hacendados del campo por identidad de intereses de propiedad y todavía más íntimamente por el sistema bancario, del mismo modo que la capa superior de la pequeña burguesía y de los intelectuales, material y moralmente subordinados a los proletarios grandes y medianos, temían el movimiento independiente de las masas. Pero si se quería derribar al zarismo era necesario levantar docenas y más docenas de millones de oprimidos para una arremetida revolucionaria heroica, abnegada, inflexible, suprema. Las masas podían ser inducidas a este asalto sólo bajo la bandera de sus propios intereses; esto es, con el ánimo de implacable hostilidad hacia las clases explotadoras y, en primer lugar, hacia los terratenientes. El «sobresalto» de la burguesía de oposición que le inducía a apartarse de los campesinos y obreros revolucionarios era, pues, la ley inmanente de la revolución misma, y no podía prevenirse por «tacto» ni diplomacia.

Cada nuevo mes confirmaba el concepto de Lenin sobre el liberalismo. A pesar de las más halagüeñas esperanzas de los mencheviques, los cadetes no sólo se abstenían de hacer ademán alguno de dirigir la revolución «burguesa», sino que, por el contrario, estaban cada vez más persuadidos de su misión histórica de combatirla. Después de la aplastante derrota de la insurrección de diciembre, los liberales, que gracias a la efímera Duma hicieron su salida a las candilejas de la política, se esforzaron cuanto pudieron por explicar a la monarquía su insuficiente actividad contrarrevolucionaria en el otoño de 1905, cuando los más sagrados puntales de la «cultura» estaban en peligro. El jefe de los liberales, Milukov, que llevó unas negociaciones sub rosa en el Palacio de Invierno, sostenía muy lacónicamente en la Prensa que a fines de 1905 los cadetes aún no podían siquiera presentarse ante las masas. «Aquellos que ahora censuran al partido «cadete» -escribía- por no protestar entonces, convocando mítines, contra las ilusiones revolucionarias del trotskismo…, lo hacen simplemente porque no entienden o no recuerdan las tendencias que entonces prevalecían entre el público democrático que acudía a tales mítines.» Por «ilusiones del trotskismo» significaba el jefe liberal la política independiente del proletariado, que atraía hacia los Soviets las simpatías de las clases modestas de las ciudades, de los soldados, los campesinos y todos los oprimidos, apartándolos así de la sociedad «cultivada». La evolución de los mencheviques se efectuó de modo semejante. De vez en cuando se sentían obligados a exculparse ante los liberales por haberse visto en un mismo bloque con Trotsky, después de octubre de 1905. Las explicaciones de aquel culto publicista de los mencheviques, Martov, se reducían a admitir que era necesario hacer concesiones a las «ilusiones revolucionarias» de las masas.

 

En Tiflis, las agrupaciones políticas se hicieron sobre la misma base de principios que en San Petersburgo. «El aplastamiento de la reacción -escribía el jefe de los mencheviques caucásicos, Jordania-, la consecución y logro de la Constitución, ha de venir de la consciente unificación y dirección bajo un mismo programa de todas las fuerzas del proletariado y de la burguesía… Ciertamente, el campesino será arrastrado a este movimiento y le dará el carácter de una fuerza natural; sin embargo, esas dos clases serán las que lleven la parte decisiva, mientras el movimiento campesino les servirá de refuerzo.» Lenin se divertía con los recelos de Jordania de que una política irreconciliable hacia la burguesía pudiera condenar a los trabajadores al desamparo. Jordania «analiza la cuestión de un posible alistamiento del proletariado en la insurrección democrática y, ¡se olvida… del campesinado! De los posibles aliados de las masas proletarias, admite y se recrea con los hacendados de los distritos rurales, pero no piensa para nada en los campesinos. ¡Y esto en el Cáucaso!» La réplica de Lenin, esencialmente justa, simplificaba con exceso el problema en un punto. Jordania «no olvidaba» a los campesinos, y, como lo prueba la misma alusión de Lenin, no hubiera sido posible olvidarlos en el Cáucaso, donde por entonces se alzaban tumultuosamente bajo la bandera de los mencheviques. Pero Jordania veía en ellos, no tanto un aliado político como un ariete que la burguesía unida al proletariado podían y debían utilizar. No era de parecer que el campesino pudiera convertirse en una fuerza destructora o al menos independiente de la revolución, y en eso no andaba equivocado; pero tampoco creía que el proletariado pudiera conseguir el triunfo de la insurrección campesina reservándose el papel de dirigente, y ahí estaba su fatal error. La idea menchevique de unión entre los burgueses y proletarios significaba realmente sumisión de los trabajadores y de los campesinos a los liberales. El utopismo reaccionario de aquel programa provenía del hecho de que la extrema desmembración de las clases paralizó a la burguesía desde un principio en concepto de factor revolucionario. En aquella fundamental cuestión del bolchevismo estaba en lo cierto: el afán de unirse con la burguesía liberal empujaba necesariamente a la Socialdemocracia en dirección al campo opuesto al movimiento revolucionario de los obreros y los campesinos. En 1905, los mencheviques no tuvieron sencillamente el valor de deducir todas las conclusiones necesarias de su teoría de la «revolución burguesa». En 1917, por llevar sus ideas al extremo límite, se estrellaron.

En cuanto a la actitud hacia los liberales, Stalin estuvo de acuerdo con Lenin durante los años de la primera Revolución. Debe decirse que en aquel período, cuando se trataba de la burguesía de oposición, incluso una mayoría de los mencheviques de la base estaban más cerca de Lenin que de Plejanov. Una desdeñosa actitud hacia los liberales era la tradición literaria del radicalismo intelectual. Pero sería perfectamente inútil buscar una aportación independiente de Koba sobre esta materia, tanto analizando las relaciones sociales en el Cáucaso como enunciando nuevos argumentos o formulando siquiera de un modo nuevo los antiguos. Jordania, jefe de los mencheviques del Cáucaso, era muchísimo más independiente de Plejanov que Stalin de Lenin. «En vano intentan los señores liberales -escribía Koba después del domingo sangriento- salvar el vacilante trono del zar. ¡En vano adelantan los brazos en su socorro…! Las masas agitadas del pueblo se aperciben para la revolución, no para concertarse con el zar… Sí, caballeros, de nada valen vuestros esfuerzos. La Revolución rusa es inevitable, tan inevitable como la salida del sol. ¿Podéis detener al sol en su orto? ¡He aquí el problema!», y así sucesivamente. Koba no podía remontarse más. Dos años y medio después, repitiendo casi literalmente palabras de Lenin, escribía: «La burguesía liberal rusa es antirrevolucionaria; no puede ser impulsara, y mucho menos conductora de la revolución; es el enemigo jurado de la revolución; y contra ellos hemos de librar una lucha persistente.» Sobre este fundamental principio gira la completa metamorfosis experimentada por Stalin durante los diez años que siguieron, de suerte que saludó la Revolución de 1917 como defensor del bloque con la burguesía liberal, y, en consecuencia con ello, como heraldo de la fusión con los mencheviques en un solo partido. Sólo la oportuna llegada de Lenin desde el extranjero dio brusco fin a la política independiente de Stalin, que calificó de remedo de marxismo.

Los populistas consideraban a todos los obreros y campesinos como «trabajadores» y «explotados» sencillamente, unos y otros interesados en igual proporción por el socialismo, mientras que para los marxistas un campesino era un pequeño burgués, capaz de convertirse en socialista sólo en la medida en que cesara de ser material o espiritualmente campesino. Con un sentimentalismo característico en ellos, los populistas veían en esa caracterización un terrible insulto al campesino. Sobre esta pauta se libró durante dos generaciones la batalla principal entre las tendencias revolucionarias dentro de Rusia. Para comprender el ulterior conflicto entre estalinismo y trotskismo, es necesario subrayar que, de conformidad con toda la tradición marxista, Lenin nunca miró al campesino como un aliado socialista del proletariado; por el contrario, la enorme preponderancia del campesinado era lo que había conducido a Lenin a la conclusión de que en Rusia era imposible una revolución socialista. Esta idea se reitera una y otra vez en todos sus artículos que directa o indirectamente tocan la cuestión agraria.

«Apoyamos el movimiento campesino -escribía Lenin en septiembre de 1905- en tanto es revolucionario y democrático. Estamos preparados (en seguida, inmediatamente) a luchar contra él tan pronto se manifieste como un movimiento antiproletario reaccionario. Toda la esencia del marxismo se contiene en esta doble tarea…» Lenin veía al proletariado occidental y hasta cierto punto a los semiproletarios de la aldea rusa como aliados socialistas, pero nunca a todo el campesinado en bloque. «En principio apoyamos al campesino en «general» -repetía con la persistencia típica suya-, hasta el fin y por todos los medios, contra el propietario de la tierra, pero también (y no más tarde, sino al mismo tiempo) apoyamos al proletariado contra el campesino en general.»

«El campesinado vencerá en una revolución democrática burguesa -escribía en marzo de 1906-, agotando así su revolucionarismo como tal campesinado. El proletariado vencerá en una revolución democrática burguesa; y entonces será cuando comience a desplegar su verdadero revolucionarismo socialista.» «El movimiento del campesinado -repetía en mayo del mismo año-, es el movimiento de otra clase; es, una lucha, no contra los fundamentos del capitalismo, sino por acabar con todos los residuos de la servidumbre.» Este criterio puede seguirse en Lenin de artículo en artículo, de año en año, de volumen en volumen. Las expresiones y los ejemplos cambian, pero el pensamiento básico permanece inalterable. Tampoco podía haber sido de otro modo. Si Lenin hubiese visto un aliado socialista en el trabajador del campo, no habría tenido el más mínimo motivo para insistir sobre el carácter burgués de la revolución, limitándola a «la dictadura del proletariado y del campesinado», a tareas puramente democráticas. En las ocasiones en que Lenin me acusó de «menospreciar» al campesino, no había pensado en que yo reconociese unas tendencias socialistas del campesino, sino en que no comprendiese lo suficientemente, desde el punto de vista de Lenin, la independencia democrático burguesa del campesinado, su capacidad dé crear su propio poder e impedir así el establecimiento de la dictadura socialista del proletariado.

La revaloración de este problema sólo comenzó durante los años del Termidor reaccionario, cuyo comienzo coincidió, en general, con la enfermedad y muerte de Lenin. Desde entonces, respecto a la unión de trabajadores y campesinos rusos se declaró que había en ella suficiente garantía contra los peligros de restauración y una firme prenda de que el socialismo se lograría dentro de las fronteras de la Unión Soviética. Habiendo impuesto la teoría del socialismo en un solo país sobre la revolución permanente, Stalin comenzó a calificar de «trotskismo» la estimación marxista del campesinado, y no sólo con referencia al presente, sino también al pasado, con carácter retroactivo.

Naturalmente, es posible decidir si el criterio clásico marxista del campesinado ha resultado o no erróneo. Este tema nos llevaría mucho más allá de los límites de este apéndice. Baste decir ahora que el marxismo nunca atribuyó un carácter absoluto e inmutable a su estimación del campesinado como base no socialista. Marx dijo hace mucho tiempo que el campesinado se altera si cambian las circunstancias. El régimen de la dictadura del proletariado descubrió muchas posibilidades de influir sobre el campesino y reeducarle. La historia no ha sondeado aún hasta el fondo los límites de estas posibilidades. Pero ya está probado que el papel creciente de la coacción estatal en la U.R.R.S., lejos de refutarla, ha confirmado en su base la opinión sobre el campesinado que distinguía a los marxistas rusos de los populistas. Sin embargo, sea cual fuere la situación actual sobre este extremo, al cabo de veinte años de nuevo régimen, subsiste el hecho de que antes de la Revolución de octubre, o más bien antes del año 1924, nadie en el campo marxista, y menos que nadie Lenin, ha tenido al campesinado por un factor de desarrollo socialista. Sin la ayuda de una revolución proletaria en Occidente, insistía una y otra vez, la restauración es inevitable en Rusia. No se equivocaba: la burocracia stalinista no es más que la primera etapa de la restauración burguesa.

Tales eran las posiciones divergentes de las dos facciones principales de la Socialdemocracia rusa. Pero junto a ellas, ya en los albores de la primera Revolución, se formuló otra posición, que en aquellos días no encontró eco, pero que hemos de exponer, no sólo por haber sido confirmada por los sucesos de 1907, sino particularmente porque siete años después de la Revolución, después de haber sido derrumbada, comenzó a desempeñar un papel completamente imprevisto en la política de Stalin y de toda la burocracia soviética.

A comienzos de 1905 publiqué en Ginebra un folleto que analizaba la situación política reinante hacia el invierno de 1904. Llegaba en él a la conclusión de que la campaña independiente de peticiones y banquetes liberales había agotado sus posibilidades; que los intelectuales burgueses, que habían trasladado sus esperanzas a los liberales, se habían encontrado en un callejón sin salida en unión de estos últimos; que el movimiento campesino iba creando condiciones favorables a la victoria, pero incapaces de asegurarla; que las cartas no se pondrían boca arriba sino mediante una insurrección armada del proletariado; que la próxima etapa en tal dirección habría de ser la huelga general. Aquel folleto, titulado Hasta el nueve de enero, había sido escrito con anterioridad al domingo sangriento de San Petersburgo. La potente oleada de huelgas que se inició aquel día, con los primeros choques armados que le sirvieron de complemento, fueron una confirmación inequívoca del pronóstico estratégico consignado en el folleto.

El prólogo de mi obra era de Parvus, emigrado ruso que ya por entonces había llegado a ser un prominente escritor alemán. La personalidad de Parvus era en extremo creadora, capaz de infectarse de las ideas de otros y de enriquecer a otros con las suyas propias. Carecía del equilibrio interno y de la aplicación necesarios para aportar nada digno de su talento como pensador y escritor al movimiento obrero. No hay duda que ejerció considerable influencia en mi desarrollo personal, especialmente con respecto a la comprensión social revolucionaria de la época. Pocos años antes de conocernos, Parvus defendía con apasionamiento la idea de una huelga general en Alemania; pero el país estaba entonces disfrutando una era prolongada de prosperidad industrial, la Socialdemocracia se estaba adaptando al régimen de los Hohenzollern y la propaganda revolucionaria extranjera sólo hallaba una indiferencia irónica. Habiendo leído mi folleto manuscrito, al mismo día siguiente de los sangrientos sucesos de San Petersburgo, Parvus se sentía agobiado al pensar en el papel excepcional que el proletariado de la atrasada Rusia estaba llamado a desempeñar.

Varios días que pasamos juntos en Munich se dedicaron a conversaciones que nos aclararon muchos puntos y personalmente nos acercaron considerablemente. El prólogo que puso entonces Parvus a mi folleto quedó incluido para siempre en la historia de la Revolución rusa. En pocas páginas arrojaba luz sobre aquellas particularidades sociales de la Rusia rezagada que, si bien ya muy conocidas, a nadie antes que a él habían sugerido todas las deducciones necesarias.

«El radicalismo político en todo el Occidente europeo -escribía Parvus-, como todo el mundo sabe, dependía ante todo de la pequeña burguesía. ésta se componía de artesanos y generalmente de toda aquella parte de la burguesía que resultó afectada por el desarrollo industrial y sustituida al mismo tiempo por la clase capitalista… En la Rusia del período precapitalista, las ciudades se desarrollaban según el modelo chino de carácter oficial y burocrático, sin importancia alguna política, mientras que en sentido económico servían de bazares de comercio para el vecindario hacendado y campesino. Progresaban con bastante lentitud cuando contribuyó a su desarrollo el proceso capitalista, que comenzó a establecer grandes ciudades a su imagen, esto es, ciudades fabriles y centros de comercio mundial… Lo que había estorbado al desenvolvimiento de la democracia pequeñoburguesa vino a redundar en beneficio de la conciencia de clase del proletariado en Rusia: el desmedrado avance de la forma artesana de producción. El proletariado se concentró de repente en las fábricas…

«Masas cada vez mayores de campesinos eran atraídas al movimiento. Pero todo lo que pueden hacer es aumentar la anarquía política ya excesiva en el país, debilitando así al Gobierno; no pueden convertirse en ejército revolucionario compacto. Así, pues, a medida que la revolución se desarrolla, recaerá sobre el proletariado una porción aún mayor de labor política. Al mismo tiempo, su experiencia política aumentará, y su energía política se hará rápidamente mayor…

«La Socialdemocracia ha de verse ante este dilema: asumir la responsabilidad del Gobierno como suyo, sea cual fuere la actitud de la Socialdemocracia… En Rusia únicamente los trabajadores pueden realizar una insurrección revolucionaria. En Rusia, el Gobierno provisional revolucionario será un Gobierno de la democracia obrera. Ese Gobierno será socialdemócrata si la Socialdemocracia se coloca a la cabeza del movimiento revolucionario del proletariado ruso…

«El Gobierno provisional socialdemócrata no puede llevar a cabo una insurrección socialista en Rusia, pero el proceso concreto de liquidar la autocracia y establecer una república democrática le dará fecunda base para tina actividad política.»

En el apogeo de los acontecimientos revolucionarios, por el otoño de 1905, encontré a Parvus otra vez, en San Petersburgo. Aunque en cuanto a organización se mantenía independiente de ambas facciones, editábamos conjuntamente Russkoye Slovo (La Palabra Rusa), periódico destinado a las masas de la clase obrera, y en coalición con los mencheviques, el importante periódico Nachalo (El Comienzo). La teoría de la revolución permanente solía asociarse a los nombres de «Parvu y Trotsky». Esto sólo en parte era justo. Parvus alcanzó la madurez revolucionaria a fines del pasado siglo, cuando iba a la cabeza de las fuerzas que propugnaban el llamado «revisionismo», esto es, las distorsiones oportunistas de la teoría de Marx. Pero su optimismo se vio socavado por el fracaso de todos sus esfuerzos por empujar la Socialdemocracia alemana en dirección a una política más revuelta. Parvus se fue haciendo cada vez más reservado en cuanto a las perspectivas de una revolución socialista en Occidente. Al mismo tiempo sentía que «el Gobierno provisional socialdemócrata no puede llevar a cabo una insurrección socialista en Rusia». Por consiguiente, su pronóstico señalaba, en vez de la transformación de revolución democrática en socialista, simplemente el establecimiento en Rusia de un régimen de democracia obrera, poco más o menos como en Australia, donde el primer Gobierno laborista, sobre cimientos agrarios, de granjeros, no se aventuraba más allá de los límites del régimen burgués.

Yo no compartía esa conclusión. La democracia australiana, madurando orgánicamente en el suelo virgen de un continente nuevo, inmediatamente asumió un carácter conservador y dominó al proletariado, joven, pero ya bastante privilegiado. La democracia rusa, por el contrario, sólo podría salir adelante a consecuencia de una insurrección revolucionaria de grandes vuelos, cuya dinámica no permitía al Gobierno obrero mantenerse dentro del marco de la democracia burguesa. Nuestras diferencias de opinión, que comenzaron poco después de la Revolución de 1905, dieron lugar a una completa ruptura al comienzo de la guerra, con ocasión de la cual, Parvus, en quien el escéptico había vencido al revolucionario, resultó hallarse al lado del imperialismo germano y más tarde se convirtió en consejero e inspirador del primer presidente de la República alemana, Ebert.

Después de escribir mi folleto Hasta el once de enero, repetidamente volví sobre el desarrollo y el asiento de la teoría de la revolución permanente. En vista de la importancia que luego adquirió en la evolución intelectual el héroe de esta biografía, es necesario presentarla aquí en forma de citas exactas de mis obras de los años 1905 y 1906.

«El núcleo de población en una ciudad contemporánea (al menos en una ciudad de importancia económica y política) es la clase marcadamente diferenciada del trabajador asalariado. Esta clase, esencialmente desconocida en la gran Revolución francesa, es la destinada a desempeñar el papel decisivo en nuestra Revolución… En un país económicamente más atrasado, el proletariado puede llegar al poder antes que en uno que esté más adelantado en sentido capitalista. La concepción de una especie de dependencia automática de la dictadura proletaria, respecto de las fuerzas y los medios técnicos de un país es un prejuicio de materialismo «económico» simplificado al extremo. Tal criterio nada tiene de común con el marxismo… A pesar del hecho de que las fuerzas productoras de la industria estadounidense son diez veces más grandes que las nuestras, el papel político del proletariado ruso, su influencia en la política de su propio país y la posibilidad de que influya sobre la fijación del proletariado norteamericano…

«Me parece que la Revolución rusa ha de crear tales condiciones que el poder puede (y en caso de triunfo debe) pasar a manos del proletariado antes de que los políticos del liberalismo burgués encuentren posible desplegar su genio estadista… La burguesía rusa entregará todas las posiciones revolucionarias al proletariado. También tendrá que entregar la hegemonía al campesinado. El proletariado en el poder aparecerá ante los campesinos como el liberador de la clase… El proletariado, apoyado en los campesinos, pondrá en movimiento todas las fuerzas para elevar el nivel cultural de la aldea y para desarrollar conciencia de clase en el campesinado…

«Pero, ¿no empujará acaso el campesinado mismo al proletariado más lejos, llegando a substituirle? Eso es imposible. Toda la experiencia histórica repudia tal supuesto. Muestra que el campesinado es absolutamente incapaz de desempeñar su papel político independiente… De lo dicho resulta claro cómo pienso en relación a la idea de la «dictadura del proletariado y los campesinos…» No se trata de si la considero admisible en principio, de si «deseo» o «no deseo» tal forma de cooperación política. La creo irrealizable, al menos en sentido directo e inmediato…»

Lo que antecede demuestra cuán incorrecta es la aserción de que el concepto aquí expuesto «saltaba sobre la revolución burguesa», como más tarde se ha dicho con insistente reiteración. «La lucha por la renovación democrática en Rusia… -escribía yo al mismo tiempo- se deriva por completo del capitalismo, y la dirigen fuerzas formadas sobre la clase del capitalismo, e inmediatamente, en primer lugar, apunta contra los obstáculos de feudalismo y vasallaje que se atraviesan en el camino del desarrollo de una sociedad capitalista.» Pero la sustancia de la cuestión era con qué fuerzas y por qué métodos podrían eliminarse tales obstáculos. «El marco de todos los problemas de la revolución puede limitarse por el aserto de que nuestra revolución es burguesa en sus finalidades objetivas, y, por consiguiente, en todos sus inevitables resultados, y es posible al mismo tiempo cerrar los ojos al hecho de que la fuerza activa principal de esa revolución burguesa es el proletariado, que se acerca al poder aprovechando todo el ímpetu de la revolución… Puede uno consolarse con la idea de que las condiciones sociales en Rusia no han madurado aún para una economía socialista, y al mismo tiempo pasar por alto que, al subir al poder, el proletariado, con toda la lógica de la situación, avanzaría maquinalmente hacia el manejo de la economía a expensas del Estado… Llegando al Gobierno, no como rehenes desvalidos, sino como fuerza directriz, los representantes del proletariado, por esta sola razón, borran las fronteras entre el programa y el máximo, esto es, incluirán el colectivismo en el orden del día. En qué punto se detendrá el proletariado en tal tendencia depende de la correlación de fuerzas, pero ciertamente no de las intenciones iniciales del partido del proletariado…

«Pero podemos preguntarnos ya: ¿Debe inevitablemente la dictadura del proletariado estrellarse contra la armazón de la revolución burguesa, o puede, a base de la situación histórica existente en el mundo, contemplar la perspectiva de victoria, después de desbaratar el marco limitante…? Una cosa puede decirse con certeza: sin el apoyo gubernamental directo del proletariado europeo, la clase trabajadora de Rusia no será capaz de mantenerse en el poder y transformar su dominio temporal en dictadura socialista perdurable…» Pero esto no lleva necesariamente a un pronóstico pesimista: «la liberación política, dirigida por la clase trabajadora de Rusia, elevará al dirigente a una altura sin precedentes en la historia, transmitiéndole fuerzas y medios colosales, y haciéndole el iniciador de la liquidación del capitalismo en el mundo entero, para lo cual la historia ha creado todos los requisitos objetivos previos…».

En cuanto a la extensión en que la Socialdemocracia internacional se mostrará capaz de realizar su tarea revolucionaria, escribía yo en 1906: «Los partidos socialistas europeos, y en primer lugar el más poderoso de ellos, el alemán, han desarrollarlo su conservadurismo, que se hace mayor en proporción a las dimensiones de las masas que abarca el socialismo y la efectividad de la organización y disciplina de esas masas. Por eso, la Socialdemocracia, como organización que encarna la experiencia política del proletariado, puede en un momento dado ser el obstáculo inmediato en el camino de un choque declarado entre los trabajadores y la reacción burguesa…» Sin embargo, concluía mi análisis expresando la seguridad de que «la revolución del Este infectaría. al proletariado occidental de idealismo revolucionario, despertando en él el deseo de principiar a hablar en «ruso» con su enemigo…».

En resumen. El populismo, como el eslavofilismo, provenía de ilusiones de que el curso de desarrollo de Rusia habría de ser algo único, fuera del capitalismo y de la república burguesa. El marxismo de Plejanov se concentró en probar la identidad de principios del curso histórico de Rusia con el Occidente. El programa que se derivó de eso no tuvo en cuenta las peculiaridades verdaderamente reales y nada místicas de la estructura social y el desarrollo revolucionario de Rusia. La idea menchevique de la Revolución, despojada de sus episódicas estratificaciones y desviaciones individuales, equivalía a lo siguiente: la victoria de la revolución burguesa en Rusia sólo era posible bajo la dirección de la burguesía liberal y debe dar a esta última el poder. Después, el régimen democrático elevaría al proletariado ruso, con éxito mucho mayor que hasta entonces, al nivel de sus hermanos mayores occidentales, por el camino de la lucha hacia el socialismo.

La perspectiva de Lenin puede expresarse brevemente por las siguientes palabras: La atrasada burguesía rusa es incapaz de realizar su propia revolución. La victoria completa de la revolución, por mediación de la «dictadura democrática del proletariado y los campesinos», desterraría del país el medievalismo, imprimiría al capitalismo ruso el ritmo del americano, fortalecería el proletariado en la ciudad y en el campo y haría posible efectivamente la lucha por el socialismo. En cambio, el triunfo de la Revolución rusa daría enorme impulso a la revolución socialista en el Oeste, y ésta no sólo protegería a Rusia contra los riesgos de la restauración, sino que permitiría al proletariado ruso ir a la conquista del poder en un período histórico relativamente breve.

La perspectiva de la revolución permanente puede resumiese así: la victoria completa de la revolución democrática en Rusia sólo se concibe en forma de dictadura del proletariado, secundado por los campesinos. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondría sobre la mesa no sólo tareas democráticas, sino también socialistas, daría al mismo tiempo un impulso vigoroso a la revolución socialista internacional. Sólo la victoria del proletariado de Occidente podría proteger a Rusia de la restauración burguesa, dándole la seguridad de completar la implantación del socialismo.

Esa compacta fórmula con igual claridad la semejanza de los dos conceptos últimos en su irreconciliable diferenciación de la perspectiva liberal menchevique y su discrepancia esencialísima en cuanto a la cuestión del carácter social y de las tareas de la «dictadura» derivadas de la revolución. La queja no infrecuente en los escritos de los teóricos actuales de Moscú de que el programa de la dictadura del proletariado era «prematura» en 1905, no hace al caso. En un sentido empírico, el programa de la dictadura democrática del proletariado y los campesinos resultó asimismo «prematura». La desfavorable combinación de fuerzas en la época de la primera Revolución no sólo impidió la dictadura del proletariado, sino sobre todo la victoria de la revolución en general. Y, sin embargo, todos los grupos revolucionarios se basaban en la esperanza de un completo triunfo: la lucha suprema revolucionaria hubiera sido imposible sin tal esperanza. Las diferencias de opinión se referían a la perspectiva general de la revolución y a la estrategia resultante de ella. La perspectiva del menchevismo era falsa hasta la medula; señalaba al proletariado un camino erróneo. La perspectiva del bolchevismo no era completa: apuntaba bien la dirección general de la lucha, pero caracterizaba mal sus etapas. La insuficiencia de la perspectiva bolchevique no se apreció en 1905 sólo porque la revolución misma no fue más adelante. Pero luego, a principios de 1917, Lenin se vio obligado a alterar su perspectiva, en directo conflicto con los viejos cuadros de su partido.

No hay pronóstico político que pueda considerarse matemáticamente exacto; basta con que indique debidamente la línea general de desarrollo y ayude a orientar el curso de los acontecimientos, que inevitablemente tuerce a derecha e izquierda la línea principal. En tal sentido, es imposible no ver que el concepto de revolución permanente ha pasado por la prueba de la historia. Durante los años iniciales del régimen soviético nadie negaba esto; por el contrario, es un hecho que se reconoció en numerosas publicaciones oficiales. Pero cuando la reacción burocrática contra octubre se manifestó en la calmada y refrescada capa superior de la sociedad soviética, se dirigió desde luego contra la teoría que reflejaba la primera revolución proletaria mejor que ninguna otra cosa, mientras exponía a la vez su carácter imperfecto, limitado y parcial. Así, por vía de repulsión, se originó la teoría del socialismo en un solo país, dogma fundamental del stalinismo.

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